Juventud frente a desidia intelectual y moral

(Por Emili Avilés, Colaborador de Mujer Nueva, 2009-10-12)

Me decía hace unos días un amigo, experto jefe de departamento de recursos humanos, que para conseguir un buen equipo de trabajo a él le iba muy bien no sólo motivar con ideas sensatas e ilusionantes, sino escuchar con atención las más sutiles opiniones o el más desconcertante de los pareceres, incluso de los miembros más jóvenes de ese grupo.

Pues sí, ahora más que nunca, ha de funcionar aquello del “factor confianza”, pero de veteranos a noveles y viceversa. Aunque, para eso, los modelos-referencia educativos han de ser fieles a lo que es propio de la naturaleza humana. De esta manera, no sólo ofreceremos un buen liderazgo, sino también un buen ideal. Para ello, necesitamos la libertad y desenfado de los más jóvenes.

Es verdad que se echan a faltar iconos globales positivos que estén lejos de consumismos y poltronerías. Es cierto que necesitamos ver más clara la altura y hondura que cabe en el corazón humano. Y es justo reconocer, por ejemplo, la cruda realidad que para jóvenes y mayores representa aquello de una canción de Amaia Montero, destacada figura del pop español actual: “Tengo tantas cosas y ninguna está en su sitio”.

Desterremos de nuestra sociedad la tiranía de la sinrazón. Para eso, necesitamos todos contextualizar, en el sentido común y en la totalidad de la persona, la capacidad de ilusionarse y de luchar para construir un mundo mejor.

Salir de nosotros mismos, pensar en las ocasiones en las que podemos ser para los demás ¡algo grande! Como dice, también en ese sentido, la citada canción: “Una farola que se enciende al pasar”, o el reconstituyente “café de las 3”. Será, con esos detalles cotidianos, como conseguiremos un plus de calidad de vida en nuestro ambiente más próximo.

Es claro que mil ejemplos negativos se nos vienen a la cabeza. ¡Entonces! ¿Vivimos en un país para indolentes? ¿Estamos destinados a la galbana intelectual y moral? ¿Estamos condenados a la insignificancia?

Evidentemente ¡no! Pero para estos temas no busquemos respuestas en programas electorales o en boca de muchos personajes de la vida pública. La clave va por otro sitio y es punto de encuentro para todos, poderosos y sencillos, triunfadores y vencidos: ¡Querer y saberse queridos! Eso anima a luchar frente a la adversidad; a mejorar las posibilidades propias y de quienes nos rodean, de los de cerca y de los de lejos; a superar la inhumana avidez económica o de poder, que atenaza tantas buenas iniciativas en la universidad, en la concertación social y familiar, o en las políticas presupuestarias y de empleo.

Creo que, ante todo, nos debería mover a actuar un ideal alto. Después, ya las diversas circunstancias situarán en espacio, lugar y tiempo, la concreción de rectos objetivos. Es la manera de no perder de vista las diferencias entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, la verdad y la mentira, la virtud y el exceso. (…)

Todo el mundo sabe que la moral no es respetar cuatro reglas, fijadas para pasar todos por el tubo de la ideología más o menos democrática de quien gobierne un país o región. Nos es preciso el querer, como el respirar. Y hemos de comprometernos en facilitar a nuestro alrededor el enamoramiento por las cosas buenas. (…)

Que ¿cómo conseguirlo? Cada uno lo podrá ver en sus circunstancias cotidianas. Y puede estar seguro que no estará nunca solo. Abramos bien los ojos y veremos ejemplos vivos de felicidad y coherencia.

O lo que es lo mismo: Seamos jóvenes, consideremos posible lo mejor, con los pies bien en el suelo. Y luchemos por conseguirlo.