Lecciones sobre el amor

Por Laurel Robinson

Traducido y adaptado por Guiselle Jiménez

“Matrimonio… ¿quién lo necesita?”

Eso es lo que muchos de los solteros de la “generación X” dicen… Por supuesto, eso es lo que decimos diariamente sobre el amor; padres, chicos, amigos –, básicamente toda situación o concepto que nos causa momentos de dolor. Las cosas que están más cerca de nuestro corazón son las que nos pueden lastimar más, y nos encontramos deseando que existiera la posibilidad de prescindir de ellas. Sin embargo, el hecho de que nos pasemos tanto tiempo y gastemos tanta energía pensando acerca del matrimonio, es realmente una indicación de que LO NECESITAMOS. – o por lo menos, necesitamos algo que lo plasme o exprese a la perfección.
* * *
Es mi primera noche con Nick – un chico de 25 años de edad quien hasta ahora parece increíble y adorable. En medio de la iluminación tenue de este restaurante de cuatro estrellas, estoy disfrutando escuchándolo hablar de sí mismo. Claramente, él lo está disfrutando también.

Me olvido de los cuidados de mi recién adquirido estilo de vida: “joven profesional urbano” cuando escucho las historias de Nick sobre su mundo. Por un momento recuerdo el juego de “casita” que solía jugar cuando era niña. Quizás Nick y yo estamos jugando “romance”, – pero no creo que esto haga daño: Es sólo por diversión; sólo aquí, sólo por ahora.

La realidad golpea: Nick está diciendo: “Hay algo que no sabes sobre mí: estuve casado”.

“¡Enserio!”-respondo, tratando de no mostrar ninguna emoción en particular, sin estar segura de que esta revelación me afecta de alguna manera.

-Sí…estuve casado durante cuatro meses.”

Conservo mi postura de escucha atenta, al tiempo que me explica cómo él y aquella joven mujer deseaban casarse. Los dos querían hacer bien lo que sus padres habían hecho mal, querían dar y recibir amor, querían ser aquellos que se casan para ser felices para siempre. No obstante, las Pequeñas cosas malas (la forma en que ella apretaba el tubo de pasta de dientes, o la forma en que él doblaba los calcetines), fueron situaciones que se acumularon y se convirtieron prontamente en cosas muy grandes. Los Grandes y Genuinos Problemas también salieron a la luz, como su incapacidad para entender y apoyar la pasión de Nick por la vida. Así, después de cuatro meses, decidieron separarse mientras no tenían hijos y aún sin haber fusionado todos sus activos.

O por lo menos creo que eso es lo que él acaba de decir. Mientras muevo mi cabeza a manera de expresión de que sigo su conversación, trato de escuchar…y pienso en mi padre. Me pregunto: ¿cuando tiene una nueva cita con una mujer…su descripción del breve matrimonio que tuvo con mi madre suena de esta manera? “Ella y yo éramos incompatibles…ella no podía entender mis pasiones…era mejor ponerle fin más temprano que tarde.” En la mente de una niña que experimentó el divorcio de sus padres, las preguntas persisten: ¿Por qué no pudiste hacer que funcionara? ¿De quién fue la culpa? ¿Por qué hicieron las cosas tan apresuradamente?

Las reflexiones de Nick me hacen pensar acerca de mi propio compromiso hace más de cuatro años. Hubiera querido estar enamorada. Yo quería ser amada. Quería lo que sabía que podía hacer bien, y quería hacerlo mejor que mis padres. Quería una garantía de que esto iba a funcionar, e hice todo lo posible para fomentar la fidelidad y la interdependencia. Durante cuatro años, estuvimos “enamorados”. Estábamos actuando tan seriamente, como lo pueden hacer dos estudiantes de secundaria, y éramos fieles. Pero el “amor” por sí mismo nunca es suficiente. Pequeñas cosas que debieron haber permanecido pequeñas, comenzaron a molestarme. Me convertí en un fastidio a la edad de 17 años, y no me gustaba en lo que me estaba convirtiendo.

Rompí mi compromiso incluso antes de haber definido una fecha, – pero al igual que Nick, arrojé mi mente y corazón dentro de ese profundo deseo de “amar correctamente”. Me pregunto: ¿por qué tanto Nick como yo nos habíamos acercado a contraer matrimonio – especialmente con tan poco o ningún ejemplo positivo de lo que significa “matrimonio” en nuestras vidas? No debe de existir ninguna razón por la cual hubiéramos querido experimentar y tratar con cosas de amor – a menos que hayamos sido diseñados para las relaciones.

Y así es. No importa lo que nuestros ojos han visto, parece que en nuestro corazón sabemos que hay algo intrínsecamente bueno en el amor, la entrega, la obediencia, la responsabilidad y la interdependencia que implica una relación comprometida – y que el matrimonio representa el compromiso de toda la vida como la mejor y más sublime forma de relación humana.

Nosotros los seres humanos hemos sido creados para la intimidad; fuimos hechos para ser verdaderamente conocidos y apreciados. En última instancia, para nosotros la forma más alta y plena de unión es con nuestro Creador.

También podemos aprender mucho acerca de la naturaleza de nuestro corazón mediante la observación de las complejas danzas que realizamos en nuestro intento de aproximarnos a las riquezas que se encuentran en esa santa relación, ordenada por Dios llamada matrimonio.

Evidencia número uno: Los científicos sociales lo llaman “cohabitación”; fundamentalistas lo llaman “vivir en pecado”; la Generación X lo llama seguro y sensato. Pero lo que revela es que simplemente no queremos estar solos. Por supuesto, tampoco queremos quemarnos, – no queremos el dolor que hemos visto en el sufrimiento de nuestros padres y amigos. Por lo tanto, intentamos un acercamiento romántico pero también pragmático: Vivamos juntos, disfrutémonos mutuamente, pero evitemos apegarnos demasiado – o al menos pospongamos convertirnos legalmente inseparables. Lindo pensamiento…

En la década de 1950, nueve de cada 10 nuevas novias nunca habían “convivido” con su pareja antes de sus bodas. A principios de 1990, dos de cada tres mujeres jóvenes pasó algún tiempo viviendo con su pareja antes de casarse. ¿Qué puede indicar esto? Creo que esto demuestra que tenemos miedo. A la luz de las altas e inquietantes probabilidades de que nos “quememos”, entonces ¿por qué guardarnos para esa persona especial? Después de todo, se nos ha dicho que 50% de los matrimonios terminan en divorcio, y hemos visto a nuestros familiares y amigos pasar por el dolor que causa la separación. Así que nos conformamos con una relación que es casi lo que queremos. Nos aproximamos a esa relación amorosa que, al parecer, sólo existe en los sueños de nuestra niñez. Pero la pregunta sigue siendo: A medida que sacrificamos el deseo de nuestro corazón, ¿vale la pena la recompensa que recibimos?

No sólo nuestros corazones anhelan intimidad, sino que también demandan compromiso

Debido a la confianza que estamos dispuestos a depositar, queremos cierta seguridad. Estudios demuestran que las parejas que cohabitan y luego se casan tienen 33% más de probabilidad de divorciarse que las parejas que no viven juntos antes de casarse. Esa cifra ni siquiera toma en cuenta todas las parejas que viven juntos por un tiempo y luego se separan sin haberse casado.

No hace falta ser un psicólogo para entender la lógica detrás de esto. Cuando inviertes en algo que sabes que podría terminar en cualquier momento, ¿qué seguridad puedes sentir? ¿Cuánto de ti mismo puede revelar realmente? ¿Cuánto estarías dispuesto a sacrificar, sin garantías de la gratitud o la seguridad? ¡Simplemente, “vivir juntos” palidece en comparación con el vivir juntos en un hogar establecido a partir de los votos comunes ante Dios y ante una congregación de familiares y amigos!

Ansiamos la seguridad incomparable de ser plenamente conocidos y aceptados. En este sentido, Dios, quien nos conoce por completo y nos ama entrañablemente, ha ordenado el matrimonio, que personifica la intimidad más segura y más verdadera que cualquier otro acuerdo sobre la tierra.

Evidencia número dos: la promiscuidad emocional. No puedo tomar ningún crédito por este concepto tan brillante y penetrante. Lo encontré en un artículo que leí hace más de dos años, y no creo que lo vaya a olvidar jamás. Algunas veces, a pesar de que nos oponemos moralmente a las relaciones sexuales prematrimoniales, tendemos a perseguir relaciones, teniendo así citas amorosas consecutivas. Hacemos todo lo posible para alcanzar algún tipo de exclusividad con alguien del sexo opuesto, alardeamos frente a nuestros amigos, y flotamos en una elevación emocional hasta que, surgen discrepancias debido a alguna diferencia que probablemente nos hubiera parecido insignificante, si no hubiéramos tenido tanta prisa por sentirnos bien.

De nuevo, esta danza revela nuestro deseo de cercanía. Pero no satisface por completo las demandas de nuestro corazón: no dura, y nuestro corazón no está hecho para la monogamia en serie. Las parejas que, después de muchos años aún están casadas y felices, podrán decir que su amor y compromiso mutuo se profundizó durante los momentos más difíciles. Además, si en la relación, hubieran buscado únicamente su propio beneficio, se habrían separado hace tiempo. El hecho es (como a un amigo le gusta decir), “¡Puedo ‘enamorarme’ de quien sea en un restaurante de cuatro estrellas!”

Lo anterior me lleva de vuelta a Nick. Todavía estamos hablando; todavía es fascinante, hemos ordenado un postre cuatro estrellas. Él me está tratando como a una dama; hay música clásica sonando en el nivel de abajo en este elegante edificio…

“Jugar a ser románticos” – ¿es lo que he dicho que estamos haciendo? “Sólo por placer, simplemente porque estamos aquí, sólo por ahora” – ¿Dije eso para mí misma? ¿Debería creer en esto? Tomando en cuenta que quiero guardar mi cuerpo, mente y corazón para mi futuro esposo, me doy cuenta de la necesidad de actuar con cautela. ¿Cómo puedo saber cuáles son, verdaderamente, las intenciones de Nick? ¿Cómo sé que él no está buscando “enamorarse” de nuevo?

Por mucho que he desacreditado el valor de cualquier sustituto de lo que es Real y Verdadero, mi propia tendencia por buscar intimidad emocional en el aquí y ahora sigue siendo fuerte. Mientras yo sea humana, con un corazón hecho para el perfecto amor de Dios, siempre será así. Yo no lo aceptaría de ninguna otra manera.

Asimismo, no renunciará a nada que esté destinado a compartirse con mi futuro esposo (quien quiera que resulte ser). Cuando recuerdo esta resolución, me importa menos cuáles podrían ser las intenciones reales de Nick; sé de quién soy. Sé dónde se encuentra la verdadera realización, y sé cuál es el contexto adecuado para la intimidad humana: Un pacto con una persona que ha demostrado con el tiempo, tener el carácter de Dios. No me voy a conformar con menos. Mi corazón no me dejaría.

Fuente:enfoquealafamilia.com

Una receta para un matrimonio feliz

10 consejos de Benedicto XVI a los jóvenes

Dentro de un año, miles de personas se reunirán en Madrid con Benedicto XVI. Es un encuentro que el Papa reserva para estar con la gente joven de todo el mundo. Desde el inicio de su pontificado, el Papa ha dirigido muchos mensajes a los jóvenes. Este es un resumen de frases suyas con especial fuerza.

1) Dialogar con Dios
«Alguno de vosotros podría tal vez identificarse con la descripción que Edith Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo de Colonia: “Había perdido consciente y deliberadamente la costumbre de rezar”. Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar».

2) Contarle las penas y alegrías
«Abrid vuestro corazón a Dios. Dejaos sorprender por Cristo. Dadle el “derecho a hablaros” durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que él ilumine con su luz vuestra mente y toque con su gracia vuestro corazón».

3) No desconfiar de Cristo
«Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con María, vuestro “sí” al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo que dije al principio de mi pontificado: “Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren de par en par las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera”. Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo».

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Consejos prácticos para la crianza: Responsabilidad, disciplina y orden

 

La disciplina

Formar voluntad en los hijos

El valor del esfuerzo en la formación de la persona

Educar la voluntad de los hijos

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Consejos prácticos para la crianza

1. En un corcho que se puede colgar en la cocina o en el pasillo, se pegue una cartulina con el nombre de cada hijo. Cada vez que cada uno realice un acto de orden por su propia iniciativa, se le darán dos puntos positivos. Cuando haya que recordárselo porque se le ha olvidado, y obedezca, solo ganará uno. Si sigue sin ordenar, perderá un punto. Cada diez puntos, el niño tendrá un reconocimiento ya sea elegir la película de video, ir a comer un helado u otro que usted crea apropiado.

2. Siempre es útil ser concretos en las órdenes que se le dan a los hijos, asegurándonos de que el niño sabe con exactitud lo que debe hacer y porqué. Por ejemplo, no se le puede decir: “sé más limpio”, sino “sé limpio y antes de sentarte a comer lávate las manos”. Además es imprescindible que cada exigencia se convierta en un acto que pueda comprobarse fácilmente que ha sido cumplido.

3. Para que el niño (a) se sienta cómodo en el inodoro, es necesario que se quede desnudo (a) de cintura para abajo, de modo que pueda abrir bien las piernas. Sin embargo, déjeles las media o si está descalzo (a) ponga un tapete para que no sienta una sensación desagradable del suelo frío.

4. Una técnica muy sencilla pero eficaz para fomentar la responsabilidad en los niños pequeños es invitarles a contribuir para resolver las dificultades. Si se le pregunta a menudo, qué es lo que haría él o ella para resolver este o aquel problema, se le está dando la oportunidad perfecta para entrenarse en la capacidad de tomar decisiones.

5. Una buena táctica para que el niño no olvide sus obligaciones, es ayudarle a elaborar una tabla con cada una de las áreas que debe realizar a lo largo de varias semanas. Así, cada vez que comience una semana, sabrá que tendrá una tarea nueva.

6. Fomente una comunicación familiar asertiva, es decir, expresando lo que necesitamos, deseamos, creemos, sentimos y pensamos de manera clara, directa, firme, sin agredir, respetando a las otras personas. Los niños se sienten mejor cuando hablan de sus sentimientos. Así no tienen que enfrentar sus miedos sin el apoyo de un referente adulto.

7. Cuando ocurra una rabieta en alguno de los chicos, proceda de la siguiente manera:

Garantice la seguridad del niño.

No muestre ansiedad y evite agudizar la crisis mostrando su nerviosismo.

No responda ante la rabieta y espere a que se le pase.

No trate de controlar la rabieta hablando, pegando, u obligando al niño de cualquier otra manera a que cambie de actitud. Lo mejor es dejar que la rabieta pase de forma natural pensando que si una conducta no es reforzada tiende a extinguirse.

Lo peor que podemos hacer ante una rabieta es acceder a la solicitud que la ha provocado; es decir, un niño no puede nunca salirse con las suyas utilizando este método. En caso contrario, el niño aprenderá a utilizar este mecanismo cada vez que quiera algo. El niño debe saber que si desea algo debe expresarse con serenidad, negociando las cosas relajadamente, pidiendo las cosas con corrección y aceptando de buena gana una negativa por parte de sus padres.

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Responsabilidad, disciplina y orden

por Bernabé Tierno

Los padres no pueden estar siempre detrás del niño o del adolescente para hacerle cumplir las normas. Lo que se ha de lograr, mediante estrategias educativas adecuadas, es que estas normas estén tan arraigadas, que nuestros hijos lleguen a comportarse de una manera responsable también cuando no haya nadie que les indique lo que han de hacer o dejar de hacer.

Padres, maestros y educadores hemos de establecer los lazos de afecto, consideración y respeto esenciales para el ejercicio, tanto de la paternidad como de la docencia. En la medida en que el respeto y el afecto hacia el niño sean una realidad palpable, captará y aceptará las normas disciplinares tanto en casa como en la escuela.

Establecer límites

Para lograr que el niño acceda a comportamientos responsables es imprescindible establecer unos límites muy claros pero razonables que le den seguridad al tiempo que le ofrezcan alguna libertad de elección.

Se ha demostrado experimentalmente que el niño se percata de que sus padres se comportan con firmeza porque les importa, porque le quieren de verdad. El niño conoce muy bien que él no sabe valerse por sí mismo y que necesita esa seguridad de saber que hay alguien encargado de su vida y de su cuidado. Así puede aprender y experimentar con las dificultades que le vayan surgiendo desde una base segura. Es fundamental que el niño, ya desde los primeros años, sepa qué es exactamente lo que se espera de él. Esto le dará seguridad, pero es evidente que esas normas y límites establecidos han de cumplir unos requisitos:

1. Que sean sencillas y simples. Huir de lo complicado.

2. Que sean justas.

3. Que el niño tenga muy claro cuáles van a ser las consecuencias si no las cumple.

4. Que apliquemos las normas de forma coherente y fundamentalmente justa.

Buena conducta

Cualquier niño aprende a comportarse, principalmente de sus padres, hermanos, y demás familiares, así como de sus maestros, compañeros de clase, vecinos, etc. Es decir, que la conducta, buena o mala, se aprende, no se adquiere de manera natural. En realidad, la palabra disciplina significa aprendizaje y constituye el medio más adecuado para que los padres consigan que sus hijos aprendan a comportarse de manera adecuada.

Veamos cómo debe ser la buena disciplina.

1. No tiene objeto prolongar la ansiedad del niño tras cometer una falta; la disciplina debe ser inmediata.

2. El niño se sentirá culpable cuando ha quebrantado una regla, cuando ha hecho algo malo y debe aprender que una conducta errónea o peligrosa tiene sus consecuencias, al menos la que se deriva del castigo. Error cometido y disciplina deben estar unidos para que el niño no pase demasiado tiempo abrumado por las consecuencias de su comportamiento.

3. Además de inmediata, la buena disciplina ha de ser lógica. La coherencia educativa es fundamental para propiciar seguridad al niño y no desconcertarlo constantemente como es el caso de esos padres que en ciertas ocasiones aprueban un determinado comportamiento del niño o les es indiferente, y, en otros casos, reprenden severamente el mismo comportamiento. Esta falta de coherencia enseña al niño a desconfiar de sus padres y de las normas dictadas.

4. Otra característica de la buena disciplina es su firmeza y seguridad, es decir, que inexorablemente tras una determinada falta o error, con toda seguridad se producirá el correspondiente castigo o acto de reflexión e invitación a corregir la mala acción. Los niños que saben por experiencia que las amenazas constantes de sus padres terminan por no cumplirse, no aprenden a ser disciplinados.

5. Se debe poner en práctica en cualquier momento, situación o lugar.

6. Hay padres que se sienten como avergonzados si tienen que corregir una mala acción de sus hijos y se limitan a decir, «en casa hablaremos». No critico este modo de proceder, que casi siempre resulta provechoso, pero me parece más adecuado que se llame al hijo a un rincón de la estancia o se le saque al pasillo mientras pedimos disculpas a nuestros amigos o invitados y le hagamos las reconvenciones y correcciones necesarias… in situ, sin dejarlo para después. Así, tras la falta cometida reflexionará de inmediato.

7. Tiene que ser justa. Si de manera accidental mancha la camisa porque le salpicó un poco de comida al pretender pinchar un trozo de carne, considerará injusta una reprimenda desmesurada, un comentario hiriente como “eres un sucio”, “no consigues estar limpio jamás”. Por el contrario, si ha faltado deliberadamente al colegio o ha pegado a su hermano menor, su propio sentido de la justicia le hará reconocer que merece una buena reprimenda.

8. Ha de ser positiva, es decir, que ofrezca alternativas, soluciones, apoyos, de manera que fortalezca el entendimiento, el diálogo y los vínculos afectivos entre los padres y los hijos. En ningún caso es positivo humillar al hijo, hacerle sentirse como un ser despreciable o que es incapaz de hacer nada bien, porque las insultantes y despreciativas palabras del adulto se convertirán en profecía que llegará a cumplirse, al reducir al mínimo su autoestima y el sentimiento de valía y de competencia.

9. La intensidad debe estar regulada y adaptada al desarrollo evolutivo del niño, a su personalidad y a su grado de sensibilidad. Un niño introvertido, muy sensible y poco seguro de si mismo no soportaría una grave reprimenda sin padecer un considerable daño psicológico. Sin embargo, otro niño, seguro de sí, abierto y de fuerte personalidad recibiría provechosamente una buena reprimenda merecida, sin sufrir daño alguno.

10. Finalmente, toda buena disciplina ha de conseguir su propósito que es enseñar una buena conducta.

Actuar con coherencia

Educamos a nuestros hijos para la libertad, pero la verdadera libertad sólo se consigue cuando uno es responsable de sus actos, «se hace cargo” de sí mismo y es capaz de vivir con independencia y autonomía. El orden y la coherencia en la conducta, sólo se adquieren tras un largo período de ejercicio y entrenamiento en comportamientos responsables y disciplinados. Dejar a los hijos hacer su voluntad y capricho sin marcar unos límites ni establecer unas normas que les den seguridad, les convierte en seres irresponsables o inmaduros, incapaces de encontrarse a sí mismos y de encontrar un puesto en la sociedad, al carecer del necesario orden interno.