Los padres como primeros educadores (I)

 

Mis padres se casaron muy jóvenes, y sin embargo nos educaron como si fueron todos unos “veteranos”. Si hay algo que admiro de mis padres es definitivamente, la educación que han sabido dar a todos sus hijos.

Pero, ¿qué es eso de “educar” a los hijos? A menudo, el concepto “educación” se confunde con la mera transmisión del saber o de los conocimientos. La instrucción es necesaria, pero no es educación.

Educar es uno de los caminos para alcanzar el desarrollo pleno de la persona humana. Es la modelación de la personalidad, la transmisión de un modo de comprender al mundo, a la vida, a las personas, etc. La educación debe estar encaminada a formar a la persona humana integralmente, es decir, lograr el desarrollo armónico y jerarquizado de todos los componentes de la personalidad, de todas las facultades y capacidades de la persona.

Los padres y la familia como fuente de educación.

Esta misión de formar personas compete primeramente a los padres de familia. No es el Estado, la televisión o los otros parientes quienes más deben influir en los hijos. Podemos decir que la paternidad y la educación son sinónimos, pues la misión del padre y de la madre es ayudar al hijo a que se desarrolle hasta la plenitud.

Los padres son los primeros y principales educadores de sus hijos. Su tarea empieza en la concepción del hijo y su labor se prolonga durante toda la vida. Ellos, que han dado la vida a los hijos y establecen con ellos una relación única de amor, son quienes están en condiciones de transmitir la educación a los hijos.

Cuando una persona viene a este mundo, entra en él necesitada de todo tipo de ayuda: material, afectiva, etc. y sólo poco a poco, con el paso del tiempo, va cobrando autonomía e independencia. En este proceso la persona necesita de otras personas que le ayuden; en primer lugar, necesita de sus padres, y en segundo lugar, de su familia.

Con la educación pasa lo mismo que con la vida humana. La persona llega al seno de la familia con unos dones y talentos, pero al mismo tiempo, la persona llega como una tablilla en blanco, que sólo a través de la relación personal con los seres que le rodean y con la ayuda de otros, podrá ir adquiriendo un contenido. En la familia, se da esa comunicación directa con la persona, y por medio de esa relación, se van transmitiendo los valores, la cultura, la educación. Así pues, la educación no puede entenderse como un mero “aprender”, sino que es un “aprender de otros seres humanos” en la convivencia diaria.
Elementos necesarios para la educación de los hijos

La educación en la familia no es automática, requiere varios elementos. Sin tratar de ser exhaustivos podemos decir que algunos de los ingredientes para crear un ambiente positivo y formativo en la familia podrían ser: confianza, comunicación, conocimiento mutuo, convivencia, constancia y el común acuerdo en las metas. Vamos a ver brevemente cada uno de ellos.

a. Confianza y comunicación.
No existe un entorno mejor ni más natural para el proceso de maduración personal, que el hogar y la familia. Nada, ni nadie puede sustituir esa relación personal con los padres.

La escuela es un complemento excelente para el proceso educativo, pero no deja de ser eso, un complemento. No hay escuela o colegio que pueda reemplazar a los padres en la transmisión de una educación para sus hijos, pues en la familia se da el ambiente de confianza y de comunicación necesarios para educar.

Acrecentar la comunicación y la confianza entre padres e hijos, acrecienta también las posibilidades de educación en el hogar. Si hay comunicación, habrá intercambio de ideas, de pensamientos; si hay confianza, habrá mayor influencia positiva y directa sobre los hijos.

b. Conocimiento de las personas.
A veces se puede pensar que ya se conoce al hijo sólo porque se le ha visto crecer. Los padres deben conocer a fondo a sus hijos para saber cómo tratarlos, y saber qué exigir a cada uno, pues cada hijo tiene su temperamento, sus reacciones, su tipo de inteligencia, etc. En una misma familia puede ser que una hija sea muy sensible y otra no, que un hijo sea más activo y el otro más reservado. Así, cada hijo necesitará un trato y una educación personalizada según sus dones, características y temperamentos. El conocimiento se hace necesario para ir sacando lo mejor de cada hijo y limar sus posibles “aristas” o limitaciones.

c. Convivencia.
Además, para educar a alguien es necesario estar con él. No se trata de determinar un tiempo específico. Un padre puede estar tres horas con su hijo para resolver problemas de matemáticas, pero no darle el cariño que le pide. Bastará con tener algún momento al día o varios momentos a la semana para estar con los hijos, y alguna vez a la semana dedicarle más tiempo a la familia; lo importante es la calidad en la relación en los momentos que se tiene. La tarea de los padres no se reduce a dar contenidos o a establecer normas sino que exige involucrarse y comprometerse de manera personal en el perfeccionamiento de cada hijo.

d. El común acuerdo entre los padres al educar.
La educación se ha de presentar sin ambigüedad, sin divisiones en las posturas de los padres. La comunión en los criterios, principios, normas que se han de aplicar en casa y en los hijos, es indispensable en la transmisión de la educación. Así si los padres de familia quieren educar, primero deben de estar de acuerdo en cómo educar.

e. Constancia.
Esta se aplica a las decisiones, permisos, órdenes y prohibiciones que reciben los hijos de sus padres. Es de vital importancia que los padres sean firmes, de forma que un no, sea siempre no, (a menos que circunstancias especiales ameriten un sí) y el sí también se mantenga sin cambiar por el llanto del pequeño o el capricho del niño. No hay que temer el negarles algo a los hijos cuando eso les beneficia, pues de otra forma, en la práctica, se puede dejar que los hijos sean niños caprichosos, volubles, débiles, al hacer siempre lo que quieren sin nunca contradecirles.

f. Claridad en las metas.
Igualmente, es necesario saber qué se quiere lograr con los hijos, refrescarlo todos los días, y tenerlo bien presente y claro en el momento de actuar.

(Por Marcela García Frausto, Colaboradora de Mujer Nueva, 2010-09-09)

fuente:mujernueva.org