EL LENGUAJE EN MIL PALABRAS

Por Miguel Siguán
catedrático de Literatura
en NUEVA REVISTA

Probablemente lo más profundo que se pueda decir sobre el lenguaje es que es al mismo tiempo instrumento del conocimiento y medio de comunicación entre los hombres.

Que el lenguaje es instrumento del conocimiento quiere decir que al conocer estructuramos verbalmente la realidad conocida. ¿Qué es la física sino un conjunto de afirmaciones, a las que se añaden un conjunto de preguntas sobre unos determinados aspectos de la realidad? Y lo mismo puede decirse de cualquier otra ciencia. Fueron los griegos los primeros en advertir esta estrecha relación entre lenguaje y conocimiento; las palabras se corresponden con los conceptos a los que designan, las frases con los juicios y los discursos o los textos con los razonamientos, lo que equivale a decir que hay una estrecha relación entre lenguaje y razón. Y fueron los griegos quienes definieron al hombre como un animal racional, pero también como un animal locuente, dejando así clara la mutua dependencia entre racionalidad y capacidad de hablar. No por casualidad la palabra logos significa en griego tanto “palabra” como “razón”, y lo mismo ocurre con el término verbo en latín. Una relación estrecha, que se mantiene en la escolástica medieval y en toda la filosofía racionalista, y en buena medida hasta nuestros días, como fundamento del conocimiento cientítico, tanto por quienes entienden que la razón es una manifestación del espíritu, como por quienes la consideran un resultado de la actividad del sistema nervioso.

Todos los niños del mundo empiezan a hablar a la misma edad y siguiendo las mismas etapas, lo que demuestra la dependencia del lenguaje respecto a unos condicionantes orgánicos insertos en la propia biología. Sin embargo, cada niño aprende a hablar no en general, sino precisamente en la lengua que hablan los que le rodean. Y así nos topamos de bruces con la gran paradoja del lenguaje. El lenguaje como instrumento del conocimiento es común a todos los hombres, pero el lenguaje como medio de comunicación se fragmenta en lenguas distintas, y solo pueden comunicarse entre sí los que hablan la misma lengua. Y en el mundo existen millares de lenguas, entre cuatro mil y seis mil (o muchas más, según algunos autores).

Cada lengua forma un sistema cerrado y estructurado; es posible estudiarlo como tal y deducir sus normas en sus distintos niveles (el sistema fonético, el sistema léxico y el sistema gramatical), que es lo que han hecho los lingüistas en todos los tiempos. Haciéndolo así es posible, como hace Chomsky, considerar cada lengua como una concreción de una gramática general inscrita en la propia naturaleza humana. No obstante, esto no explica por qué existen lenguas distintas, ni cómo surgen sus diferencias.

Cualquiera que sea la manera como se imagine la aparición del hombre en el proceso evolutivo, actualmente existe un acuerdo generalizado sobre la unidad de la especie humana y, con ella, sobre el origen común del lenguaje. A partir de un lenguaje originario, no parece difícil imaginar cómo se desarrollaron las lenguas actuales. Una lengua, aunque sea la misma para todos sus hablantes, no es algo estático, sino que cada uno al utilizarla introduce pequeñas variaciones. Algunas de ellas son recogidas por sus interlocutores y acaban provocando algún cambio lingüístico. Mientras el grupo de hablantes siga unido, los cambios se difundirán por todo el grupo, pero si el grupo se escinde en grupos incomunicados entre sí, la evolución lingüística será distinta en cada lugar, y con el tiempo producirá lenguas distintas. El estudio de la evolución de las lenguas y de las variedades de una misma lengua en un territorio geográfico extenso fue la gran novedad de la lingüística del siglo XIX. Sin embargo, esta perspectiva histórica ha tenido como consecuencia otra manera de entender las lenguas.

Frente al pensamiento clásico (que creía que la cultura era única y se expresaba en una lengua determinada, primero en griego y luego en latín) y frente a los humanistas (que seguían creyendo en la unidad de la cultura, aunque se expresase en las distintas lenguas cultas), el romanticismo, a partir de Humboldt, difundió la idea de que cada lengua se corresponde con una cultura, a la que expresa, y que es el producto de una colectividad histórica que puede constituirse en nación. Aprendiendo a hablar, el niño se incorpora a una cultura determinada que moldeará su personalidad. Así entendida, la lengua no solo es un modo de comunicación de los miembros de un grupo, sino también su signo de identidad individual y colectiva.

En el límite, este punto de vista significaría que cada cultura es única y, por tanto, que las lenguas son intraducibles. Significaría que ser bilingüe supone tener una personalidad partida y, si se quiere, esquizofrénica. Es un punto de vista claramente exagerado. Los seres humanos logran comunicarse y entenderse a pesar de tener lenguas distintas. En primer lugar, porque el lenguaje como instrumento del conocimiento permite alcanzar conocimientos comunes que pueden ser expresados en lenguas distintas. Pero también logran comunicarse porque la comunicación no se apoya exclusivamente en el lenguaje verbal. Antes de adquirirlo, los niños son capaces de comunicarse con los que les rodean de muchas maneras, gracias a un lenguaje gestual que no solo es anterior al lenguaje verbal, sino que le acompaña a lo largo de nuestra vida. Este lenguaje gestual surge a su vez de esa necesidad de comunicarse que define al niño desde su nacimiento y que le lleva a convertirse en persona en relación con otras. Se trata de un proceso en el que el lenguaje verbal desempeñará un papel importante tanto como soporte de la intimidad (que en buena parte es lenguaje interiorizado), como instrumento al servicio de las relaciones con los demás, en buena parte construidas por diálogos verbales. En buena parte, pero no del todo. Pues, en definitiva, el lenguaje nos aparece como un intermedio entre dos polos opuestos: el silencio de la indiferencia o del odio que imposibilitan la comunicación, y el silencio de la comunicación plena cuando las palabras se hacen inútiles.

Fuente: www.arvo.net

CONOCIMIENTO DE LOS HIJOS

Para saber educar es necesario el conocimiento propio y el conocimiento de los hijos. Todos tenemos cualidades y defectos, también reaccionamos de forma distinta según con quien tratamos.

Dice Yela: “Es a partir del conocimiento de nuestras propias limitaciones, de la aceptación de las que son ineludibles y del esfuerzo para superarlas de donde irradia la labor del educador”. Nos encontramos, pues, con tres elementos importantes para el tema que tratamos: conocimiento, aceptación y mejora personal, que deberíamos aplicar a nosotros y a nuestros hijos.

Hemos de reconocer que cuando vamos acelerados por el trabajo tenemos menos posibilidades de vivir la empatía; podría ser que al pensar demasiado en las propias ocupaciones, dejáramos de lado los que primero nos necesitan. “Miramos por la ventana el ruido de la calle y nos olvidamos de alguien que está a nuestro lado y necesita nuestra compañía”, nos recuerda el filósofo André Frossard.

Ante todo no podemos olvidar, que desde la vertiente de persistir en el esfuerzo por comprender a los demás, hace falta no estar pendientes de nuestro estado de ánimo sino del de los que nos rodean, en este caso, y en primer lugar el de nuestros hijos. La realidad es que si esperáramos a tener buen humor para ser empáticos, nos costaría encontrar el momento para tener una actitud de disponibilidad que reclama el tema que tratamos. Llegamos a la conclusión, después de probar toda clase de “recetas” educativas que, dedicar tiempo y saber escuchar son las llaves de esta cualidad.

Me parece interesante, en el tema que tratamos, reflexionar en que puede perjudicar la empatía el hecho de que, en alguna ocasión podemos encontrarnos con hijos nuestros que tienen una extremada timidez y nos cuesta entender que les pasa. Es la timidez, como un miedo a demostrar cómo se es, inquietarse preocupándose que podrán decir de ellos o como les juzgaran los demás. Y para estos hijos según como sea la mirada de padres o profesores ante sus actuaciones les puede resultar verdaderamente amenazadora. No pretendo dar la culpa a los padres pero si que, con la intención de poner remedio, me parece que esta timidez puede venir de haberles dado más responsabilidades de las que podían asumir y que no eran adecuadas a su edad ni temperamento y esto habría propiciado el quedar decepcionados por no poderlas cumplir. O bien por una sobreprotecció excesiva que no los haya dejado tener iniciativas para poder valorar lo que han hecho, evidentemente de manera positiva.

Todas las dificultades de nuestros hijos las podemos mejorar con la empatía hacia ellos. Tenemos que tomar la resolución de tener una buena disposición para sentir lo que ellos sienten. Los ejemplos anteriores de pedir más de las responsabilidades que puedan asumir o bien de la sobreprotección se acentúan cuando nos encontramos con niños muy vergonzosos que lo son por temperamento, y de forma innata tienden a la timidez, pero pueden aprender pronto a superarla, como sugeriremos en el siguiente párrafo.

Tienen los hijos un ámbito adecuado para sobreponerse a esta vergüenza: es la escuela y la tenemos que saber potenciar. Por ejemplo, si tienen de recitar una lección en público o participar en el aula oralmente delante del profesor y varios compañeros, poco a poco, aprenderán que no los ha pasado nada, que lo pueden hacer bien, y con esta experiencia irán cogiendo confianza y llegar a ser personas seguras.

Es importante que los niños y los adolescentes vayan, también, solucionando todos los problemas cotidianos y ordinarios de conflictos que tengan en el hogar y en la escuela, sin una intervención directa de los padres, a no ser que viéramos que fuera necesaria por tratarse de conflictos extraordinarios.

Es también una buena ayuda que tenga alguna actividad de tiempo libre, que les guste, para conocer más niños y relacionarse. Al mismo tiempo enseñarle a compartir, invitando amigos a casa y hacer que se interese por las cosas de los demás, especialmente si no tiene muchos hermanos. Todas las formas de sociabilidad ayudan a pequeños y a adultos a llevar a la práctica la empatía. Y desde luego recibir siempre a los hijos, principalmente a la vuelta del colegio, con una actitud alegre y sonriente por facilitar su confidencia y a la vez ejercitar todos los sentidos para adivinar y entender que les sucede.

Victoria Cardona Romeu

Profesora y educadora familiar

Un libro para el noviazgo

El profesor Rafael Hernández desvela en su libro: Noviago ¿seguros? ideas para acertar. Algunas ideas para una buena vivencia del noviazgo.

“Si se cultiva esa etapa, el éxito en el matrimonio está garantizado”, afirma el capellán del Instituto Superior de Secretariado y Administración de la Universidad de Navarra

Rafael Hernández, docente y capellán del Instituto Superior de Secretariado y Administración (ISSA) de la Universidad de Navarra, ha publicado el libro “Noviazgo: ¿Seguros? Ideas para acertar”. Prologado por el psiquiatra Enrique Rojas, el volumen es fruto de los seminarios que el profesor Hernández ha dirigido con estudiantes de diversas universidades y facultades a lo largo de 10 años.

“El noviazgo -apostilla- es una etapa importantísima de conocimiento mutuo entre la mujer y el hombre, en la que existen unas reglas no escritas de sinceridad, respeto, amor verdadero, paciencia, conocimiento profundo, que muchas veces se pasan por alto y marcan para siempre la futura relación matrimonial. Si se descuidan aparecerán en el futuro patologías que llevan a crisis muy difíciles de superar cuando una mujer y un hombre ya están definitivamente comprometidos. Si se cultivan los pasos del noviazgo, el éxito del matrimonio, de algún modo, está garantizado por ese aprendizaje en el amor”.

Además, Rafael Hernández otorga gran relevancia “al estudio de los diversos temperamentos humanos, que deben tenerse en cuenta para acertar, y pistas para crecer en inteligencia emocional”.

A continuación os dejamos con un enlace a una entrevista que le realizaron en una televisión autonoma vasca.

http://www.unav.es/noticias/241008-07.html

Un libro para el noviazgo

El profesor Rafael Hernández desvela en su libro: Noviago ¿seguros? ideas para acertar. algunas ideas para una buena vivencia del noviazgo.

 

Rafael Hernández, docente y capellán del Instituto Superior de Secretariado y Administración (ISSA) de la Universidad de Navarra, ha publicado el libro “Noviazgo: ¿Seguros? Ideas para acertar”. Prologado por el psiquiatra Enrique Rojas, el volumen es fruto de los seminarios que el profesor Hernández ha dirigido con estudiantes de diversas universidades y facultades a lo largo de 10 años.

“El noviazgo -apostilla- es una etapa importantísima de conocimiento mutuo entre la mujer y el hombre, en la que existen unas reglas no escritas de sinceridad, respeto, amor verdadero, paciencia, conocimiento profundo, que muchas veces se pasan por alto y marcan para siempre la futura relación matrimonial. Si se descuidan aparecerán en el futuro patologías que llevan a crisis muy difíciles de superar cuando una mujer y un hombre ya están definitivamente comprometidos. Si se cultivan los pasos del noviazgo, el éxito del matrimonio, de algún modo, está garantizado por ese aprendizaje en el amor”.

Además, Rafael Hernández otorga gran relevancia “al estudio de los diversos temperamentos humanos, que deben tenerse en cuenta para acertar, y pistas para crecer en inteligencia emocional”.

A continuación os dejamos con un enlace a una entrevista que le realizaron en una televisión autonoma vasca.

http://www.unav.es/noticias/241008-07.html

“Si se cultiva esa etapa, el éxito en el matrimonio está garantizado”, afirma el capellán del Instituto Superior de Secretariado y Administración de la Universidad de Navarra