Humildad: la verdad sobre uno mismo

La humildad es el rechazo de las apariencias y de la superficialidad; es la expresión de la profundidad del espíritu humano; es condición de su grandeza
Juan Pablo II

En la vida se presenta a veces dos caminos: el de la humildad o el de la soberbia; el primero siempre tiene un final feliz, el segundo acaba mal. Este valor lleva a la persona a conocer y aceptar la realidad de su vida, sin subestimarse ni creerse superior a los demás.

La humildad es la actitud derivada del conocimiento de las propias limitaciones y que lleva a obrar sin orgullo. Este valor lleva a la persona a conocer y aceptar la realidad de su vida, sin subestimarse ni creerse superior a los demás. Es la verdad sobre uno mismo.

Humildad no quiere decir “flojera”, falta de carácter o debilidad -pues no se le puede llamar así a la virtud que denota pureza de alma y paz interior-, como tampoco la soberbia es signo de fortaleza.

Recordamos entonces las palabras de Santo Tomás: “La soberbia consiste en el desordenado amor de la propia excelencia”. La soberbia enceguece al hombre, pues no le permite aceptar o ver sus defectos y por eso mismo, no puede corregirlos. El hombre humilde en cambio, cuando detecta una rama torcida, puede enderezarla, aunque le duela.

Los beneficios de la humildad

Covadonga O´Shea, en su libro “En busca de los valores”, hace un interesante análisis en su apartado sobre la humildad. La autora con base en su experiencia, conocimientos y aprendizaje de otras personas, dice que la humildad provee un estado de alerta y de admiración hacia el trabajo de los demás. De igual manera, afirma: “quien tiene una actitud humilde en la vida diaria está siempre abierto a pedir consejo, no porque no nos fiemos de nuestra inteligencia, sino porque tenemos en mucho la de los demás. Otra consecuencia positiva de quien trata de ser humilde es que esta virtud no nos deja creer que hemos llegado a la cumbre en ningún sentido, ni nos ciega hasta el punto de no ver lo mucho que nos queda por recorrer hacia adelante y la ventaja que nos llevan otros”.

Por tanto, la humildad es una vía hacia la felicidad, pues se vive en armonía con los demás, se valora a sí mismo de la misma forma que se valora a quienes le rodean, se experimenta serenidad, tranquilidad y se desarrolla la capacidad de admitir las equivocaciones, se facilita el perdón, hace que la crítica se transforme en una posibilidad de crecimiento, y finalmente, se elimina la presión externa y el miedo a mostrarse como un ser perfecto, lo cual no es posible bajo ningún punto de vista.

La humildad en acción

La humildad va más allá de las palabras. Vivir con humildad es reconocer los propios errores y además comunicárselo a quien fue ofendido. Un ejemplo claro de esto, es cuando los padres de familia se equivocan en cualquier actuar con los hijos, donde es válido y necesario pedirles disculpas, lo que está lejos de ser un declive de autoridad. Este gesto de humildad, además del crecimiento personal que representa, les enseñará a los hijos que aunque los seres humanos se equivocan, tienen derecho a rectificar sus errores, logrando así superar las dificultades sin afectar el cauce natural de la vida.

También se es humilde, cuando en el rol de líderes (dentro de grupos sociales, trabajo, etc.) se aprende de los demás y se reconoce en el otro su valor como ser humano. Asimismo, se reconocen las propias fortalezas pero no se enaltecen aplastando las de los otros.

Claves para estimular la humildad

El libro “Pequeña Guía de los Valores Humanos”, presenta las siguientes claves para no caer en comportamientos que denoten falta de humildad o de modestia:

Ser consciente de que se poseen virtudes, pero también defectos, y reconocerlos con total naturalidad sin menospreciarse por ello.
Diferenciar una crítica constructiva de un ataque injustificado y no dejarse amedrentar por reproches sin fundamento.
Saber qué lugar nos corresponde dentro de la familia, sociedad, etc., e intentar cumplir nuestra misión lo mejor posible sin pretender sustituir a otras personas.
Intentar en todo momento mejorar y superarnos sin dejarnos abatir por las adversidades.
Mostrar siempre nuestra auténtica cara sin máscaras ni disfraces.
Ser laboriosos e insistentes en nuestro intento de mejorar y crecer.
Amarnos a nosotros mismos y a quienes nos rodean para perdonarnos y perdonar los errores.
Ser delicados y tiernos con el prójimo.
Conservar la sencillez y accesibilidad que pueda ganarnos el respeto y cariño de quienes nos rodean.
Fuentes: Libro En busca de los valores, Covadonga O´Shea. Ediciones La Esfera de los Libros. Madrid, 2006.
Libro Pequeña Guía de los Valores Humanos, Leslie Rosen. Ediciones Robinbook. España, 1998.
corazones.org

Más sobre este tema: La virtud de la humildad explicada a los hijos

autor: lafamilia.info

Limitaciones y riesgos de la libertad

Las mayores limitaciones de la libertad personal vienen dadas por la propia condición de la naturaleza humana: naturaleza limitada e imperfecta.

La libertad del hombre es finita y falible, como lo demuestra la experiencia diaria, aunque con frecuencia éste actúe de espaldas a esta realidad.

Los mayores obstáculos en el ejercicio de la libertad personal provienen de fallos en la inteligencia y en la voluntad. De aquí la importancia de informar bien la inteligencia con la verdad y de fortalecer la voluntad en la elección del bien.

La libertad necesita de la verdad. La libertad requiere del entendimiento -facultad que busca la verdad- y de la voluntad -facultad que busca el bien-. Usando ambas, el hombre puede determinar dónde está el bien verdadero y escogerlo.

El catedrático de psiquiatría, Enrique Rojas, al hablar de libertad afirma: la verdad engendra libertad. A más conocimiento más verdad y mayor libertad personal.

Es verdad que el hombre es causa de sí mismo, pero lo es como criatura e imagen de Dios. La imagen de Dios en el hombre constituye el fundamento de la libertad y dignidad de la persona humana. Cuando el hombre se aparta de este fundamento y cae en la tentación de liberarse de Dios y ser él mismo un dios, se aleja de la verdad, poniendo su voluntad por encima de ésta y se extravía y se destruye.

Conocerse a sí mismo

Para el ejercicio de la libertad personal es necesario el conocimiento personal que garantice el éxito a la hora de decidir y actuar, conocer nuestros puntos fuertes y nuestros puntos débiles en la lucha diaria. Saber “de qué pie se cojea” y actuar en consecuencia ahorra muchos disgusto y sobresaltos. De ahí que el ayudar al niño y a la niña desde pequeñitos a conocerse suponga un gran servicio a su libertad; al mismo tiempo que le vamos descubriendo los verdaderos enemigos de la misma

Se dice que el hombre inteligente es aquel que, conociéndose así mismo, sabe descubrir a tiempo los enemigos de la libertad personal y pone los medios para no dejarse vencer.

Para recordar a los hombres de su época la importancia del “nosce te ipsum”, conócete a ti mismo, los siete sabios de Grecia mandaron esculpir esta inscripción en el frontispicio del templo de Delfo, para que constituyera la base del pensamiento griego. Parece que el origen de esta frase se remonta a escritos antiguos, y surge como una invitación a reconocerse mortal, no dios.

Cómo conocerse

El conocimiento propio no es tarea fácil. Conocerse así mismo es fruto de un esfuerzo continuo de reflexión y evaluación sobre uno mismo y sus propios actos, con la intención de enderezar lo torcido de nuestras vidas. Se necesita la suficiente humildad para aceptar lo que somos y estar dispuestos a mejorar un poco cada día, empezando de nuevo cada jornada, por el bien propio y en bien de los que nos rodean.

Habituarse a realizar un pequeño examen al final de cada jornada sobre cómo hemos afrontado las dificultades de cada día, analizando los errores y los aciertos cometidos, ayuda mucho en el conocimiento de nuestros puntos flacos y nuestros puntos fuertes a la hora de actuar y tomar decisiones en lo sucesivo.

Aunque no fuese nada más que para perder el miedo a reconocer los propios errores, ya estaría justificado el pequeño esfuerzo de este ejercicio diario. El fruto: una mayor comprensión con los defectos ajenos y una valoración más objetiva de los propios, lo cual influye decisivamente en la cordialidad de las relaciones con los demás.

Manuel Caballero
Padre de familia y orientador familiar