Prueba de amor: Hora de postular al colegio

Escrito por María Ester Roblero / Nº 137
Jueves 24 de Mayo de 2007
Elegir un colegio para el hijo, imponer la propia elección por sobre la del cónyuge, esforzarse en dar una buena impresión y evitar los “papelones” pueden transformarse en una fuente de conflicto matrimonial.
La entrada del primer hijo al colegio marca un gran cambio para el matrimonio. Implica la llegada de un nuevo personaje en su vida familiar: “la institución escolar”.

Es verdad que el colegio acompañará a los padres en un largo periodo de la vida de sus hijos, desde la infancia hasta la juventud, pasando por la pubertad y la adolescencia. Es verdad que en este lugar el hijo hará amistades, compartirá con otras familias, se relacionará en un contexto cultural, social y valórico determinado…

Pero es mentira que, llegado el momento, la elección del establecimiento mismo sea lo más importante. Lo más importante, de ahí en adelante, es la actitud que asumen los padres ante su hijo y ante el rendimiento de éste. Los mensajes conscientes o inconscientes que transmiten los padres influyen mucho más sobre la vocación, motivación y autoestima de los hijos, que los mismos profesores.

En momentos en que muchos padres están viviendo el proceso de postulación, les entregamos algunos consejos.

No transformar el proceso en una lucha de poder
A la hora de discutir sobre la elección del colegio para los hijos, se pueden decir cosas muy hirientes, que involucran no sólo al cónyuge sino a toda su familia. En este error fatal caen creyentes y no creyentes, muy cultos y poco cultos. Hay que recordar algo elemental: si no hay acuerdo en qué colegio queremos que vayan los hijos es porque hay diferencias entre los cónyuges. Y esas diferencias debieran estar aceptadas y digeridas desde antes. Si las diferencias son muy grandes -como suele ser el tema de la orientación religiosa de un colegio- es importante que uno ceda, pero siempre pensando en el bien del hijo. Es más, ésta puede ser una excelente ocasión para conversar profundamente de esas diferencias, sopesar en qué medida los distancia y en qué medida se pueden ir acercando en el futuro. La “guerra santa” en este caso no es “meter finalmente al hijo a ese colegio” sino crecer como familia, siendo ejemplares en el mensaje de unidad, mutua aceptación y respeto que existe entre los padres.

No proyectar los propios temores en el hijo
No siempre es fácil ponerse de acuerdo en el colegio que queremos para un hijo. Afloran los deseos personales más profundos (“me habría gustado ser más deportista”) y surgen los temores (“el mundo será cada vez más competitivo”). Reconocer esos deseos y temores es un buen punto de partida para entender que no podemos proyectar frustraciones ni inseguridades personales en los hijos.

De ahí en adelante, lápiz en mano, hacer un listado en conjunto, padre y madre, de los aspectos de fondo que sí nos importan para nuestro hijo. Un buen consejo dado por el educador norteamericano William Bennett es el siguiente: todos queremos que nuestros hijos sean buenos, felices y exitosos. Pero la prioridad que le damos a cada una de esas tres categorías determina nuestras decisiones.

No traicionar al otro por dar una buena impresión
Hay casos en que el marido o la esposa no se sentirá jamás cómodo en determinada comunidad escolar. Y eso se nota desde el primer minuto: no cuaja. Y no es raro que uno de los dos presione al otro, criticándole su falta de asertividad a la hora de hablar, de dar buena impresión, de participar. Incluso tras la entrevista personal de los padres con el director de un colegio surgen recriminaciones explícitas -“Siempre metes la pata” o “Tú, dale con hablar leseras”- y lo peor, pensamientos muy dañinos: “Me da vergüenza que él no sea muy inteligente”, “el resto de la gente la encuentra frívola”… Hagan todos los esfuerzos posibles por corregir esas actitudes porque son nefastas.

El colegio debe facilitar la vida familiar
Dicen que muchas veces las personas somos “constructoras” de nuestras propias cruces. Por más grandes y comprensibles que sean nuestras ganas de darle la mejor educación a los hijos, no podemos elegir un colegio mucho más caro de lo que la prudencia nos aconseja pagar, tan lejos de la casa que nos volvamos esclavos del transporte del niño, o con una comunidad escolar diametralmente opuesta en su estilo de vida a la propia. Son factores concretos que terminan por impedirnos gozar del tiempo libre, desarrollar con naturalidad el propio estilo de vida familiar o cultivar pasatiempos familiares igualmente educativos y formativos para los hijos.

Los padres siempre son los primeros educadores
Por bueno que sea un colegio, su efecto educativo será siempre inferior al de la familia. Es muy difícil que un niño sea buen alumno si en su casa no hay ambiente favorable al estudio; es muy difícil que un hijo tenga ricos intereses si en su casa no le despiertan el gusto por la vida y el mundo; es muy difícil que un niño crezca en autoestima y seguridad para salir a “comerse” el mundo si en su casa no le refuerzan la identidad y engruesan sus raíces. Por eso el colegio será siempre un segundo lugar de crecimiento, jamás el primero ni el principal.

fuente: www.hacerfamilia.net