¿Con un adolescente…? ¡Nada!

 

El «problema» de la adolescencia

A sabiendas de que escandalizaré a más de uno, en estas primeras líneas querría sugerir que la adolescencia como problema-que-debe-ser-resuelto es, en buena medida, un mito o, más correctamente, una creación de los adultos y, en particular, de los padres y de las madres.

Aunque, para que nadie se llame a engaño, resalto que lo que considero casi inventado es tan solo el carácter de problema que atribuimos a esta etapa de la vida de nuestros hijos; problema que transformamos en tragedia en la proporción exacta en que pretendemos solucionarlo.

No pongo en duda, lógicamente, el hecho de la adolescencia en cuanto tal, que es algo obvio.

Y me explico.

La adolescencia como no-problema

Casi nadie que haya reflexionado un poco sobre el asunto dejará de reconocer que, en sí misma, la adolescencia es un período de crecimiento necesario en todos los ámbitos que componen la persona humana: algo, por tanto, además de ineludible, bueno, porque bueno es o debería ser su resultado final… que no puede lograrse si uno no es durante un tiempo adolescente.

Y que así debemos considerarla, si queremos evitarnos y evitar a otros sufrimientos inútiles. Hemos de aprender a verla como una fase concreta e imprescindible en el desarrollo global de toda una vida y en el horizonte de ese despliegue. Es decir, como me repetía —con expresión típica de Málaga— quien me enseñó hace años a conducir, «mirando al lejos», que es el único modo de no obsesionarnos con esa etapa de transición, de relativizarla y darle su verdadero valor y alcance.

Ciertamente, así enfocada, la adolescencia no haría perder el sueño a ningún adulto. Y, de hecho, de ordinario no nos inquietan las trasformaciones morfobiológicas que experimentan nuestros hijos o hijas; más aún, aprendemos a observarlas con agrado y una pizca de nostalgia, anticipando el desarrollo futuro. Nos preocupan, por el contrario, las dimensiones psíquico-espirituales, no bien definidas aún y en aparente peligro, y ciertas connotaciones que la adolescencia suele presentar hoy día.

Todo lo demás, desde las desproporciones físicas hasta el cambio de modulación en la voz, con sus momentos ridículos…; la atención desmesurada al propio físico, al modo de vestir y de arreglarse…; la dependencia del qué dirán, sobre todo respecto a los o a las adolescentes del grupo al que se han entregado prácticamente por entero; los altibajos de humor y las salidas de tono… incluso podrían divertirnos porque sabemos que, en condiciones normales, son cosas que pasan ¡y que se pasan!: que acaban por desaparecer.

En la actualidad

Por el contrario, si solo pensar en la adolescencia nos hace temblar es porque medio advertimos que en el mundo de hoy:

1. Es bastante frecuente que no llegue a sazonar la esfera psíquico-espiritual: que sea justo esta inmadurez lo que no se pase, sino que se extienda más tiempo del previsto e incluso tienda a instalarse de por vida ¾no en vano se ha acuñado la expresión perpetuo adolescente¾, con el cúmulo de consecuencias desagradables que esta falta de progreso lleva aparejadas.

2. Cosa que sucede, si no me equivoco y simplificando un tanto, porque en el presente existen-y-faltan elementos que en épocas no muy lejanas estaban más compensados.

Lo que sobra

Existe, por utilizar una expresión que puede resumir la mayoría de las disfunciones de esta etapa, una desproporción entre las grandísimas posibilidades de acción de nuestros hijos y el dominio y la responsabilidad —más bien la relativa carencia de uno y de otra— que muestran respecto a sus propias actuaciones.

Cuestión que cabe concretar en un solo ejemplo, de particular incidencia en nuestros adolescentes y que calificaré —tomando este término en un sentido muy, muy amplio— como un consumismo atroz.

Un hiperconsumo ¾como dirían ellos¾ que en parte propiciamos los propios padres, como contrapeso a nuestra mala conciencia por no atender debidamente a lo que nuestros hijos nos demandan, a veces sin siquiera ser conscientes: nuestro tiempo, nuestra intimidad… y nuestra exigencia.

Y que consideramos mucho más peligroso que el practicado por nosotros mismos como consecuencia de la falta de consonancia entre la capacidad de acción y la responsabilidad del adolescente a que acabo de aludir.

¿… y por qué sobra?

Intento explicarme de nuevo. En general, los adolescentes de clase media o media-alta… o medio-baja o baja de nuestro país, como los de muchos otros de características semejantes, gozan de instrumentos materiales (dinero, en primer término, pero también medios de locomoción propios o de sus amigos, acceso a lugares de esparcimiento y diversión, a fincas y casas de campo, hoteles y similares…), y de una libertad de movimientos de los que los padres no carecemos, pero tampoco podemos emplear con la ligereza y desenvoltura con que ellos lo hacen: en esto, que bastantes llamarían un poco ingenuamente libertad, nos superan por goleada.

Como consecuencia, los adolescentes componen un poderosísimo colectivo, presa fácil de la publicidad y del afán de ganancias de los que negocian con los impulsos ajenos.

El adolescente actual posee todas los atributos del mejor consumista: dinero del que no tiene que dar cuenta a nadie y ganado sin otro esfuerzo que el de pedirlo-exigirlo, a veces con solo poner mala cara… si es que los padres no nos adelantamos a dárselo por miedo a que nos las pongan; compulsividad a la hora de comprar, usar y tirar; comparaciones con otros adolescentes, de las que derivan caprichos descontrolados; incapacidad de esfuerzo y, sobre todo, de espera…

Añado, aun a sabiendas de que con esto pierdo ante los adultos más puntos de los que ya he perdido con los adolescentes, que a la mayoría de los padres no nos asusta el consumismo de nuestros hijos, que nosotros mismos —con una mal disimulada hipocresía o, al menos, con una flagrante falta de coherencia— vivimos en primera persona y provocamos en ellos a cambio de que nos dejen en paz. Nos aterra más bien que semejante consumo se ejerza sobre productos peligrosos: no tanto el sexo, que en la mayoría de las familias empieza casi a hurtadillas a formar parte de lo políticamente correcto, sino sobre todo el alcohol, la droga… y todo lo que estos ambientes llevan consigo, como, por señalar tan solo un par de extremos, la prostitución o la delincuencia.

Lo que falta

No existen en nuestra sociedad, por el contrario, realidades básicas e insustituibles para el crecimiento de una persona.

Enumero, sin afán de ser exhaustivo:

1. Faltan personas o personajes que encarnen modelos de vida como los que los padres querríamos para nuestros hijos, pero que nosotros mismos estamos lejos de hacer propios, porque nuestros principales intereses se mueven en otras direcciones.

2. Faltan enseñanzas ambientales (la mal llamada cultura popular) e institucionales (centros educativos de los distintos niveles) capaces de poner freno a lo que los adultos afirmamos como correcto, aunque no siempre lo vivamos.

3. Faltan leyes y actividades políticas acordes con el perfeccionamiento de la persona.

4. Y falta un dilatado etcétera, virtualmente más peligroso para quien, como el adolescente, ha abandonado todos los valores que hasta ese momento lo protegían y que ahora advierte como impuestos y, por lo tanto, rechazables… con el fin, no siempre consciente, de recuperarlos (esos u otros, pero ahora como propios).

El suma y sigue de estos excesos y carencias es que casi toda la educación de los adolescentes deberíamos llevarla a cabo en la familia… en un momento de la civilización en que la presencia de los padres en la propia casa no es excesivamente amplia ni de gran calidad educativa.

Pues, bastante a menudo, los padres —y, en particular, los varones— pasamos el tiempo en el hogar descansando de un trabajo que nuestros hijos no presencian y cuyo valor no pueden, por tanto, apreciar.

O, lo que viene a traducir y concretar el párrafo anterior: viendo la televisión, navegando por Internet, haciendo cuentas del dinero ganado o que estamos por ganar, organizando los viajes y demás planes de recreo para el matrimonio o la familia o los amigos…

Entonces… ¿nada?

Les pido que me concedan que en lo esbozado hasta ahora hay, al menos, un punto de verdad.

¿Por qué, entonces, sugiero en el título que, ante semejante situación, lo mejor que podemos hacer por los adolescentes es precisamente NADA?

Aclaro que, aunque haya intentado expresarlo con humor, no es en absoluto una broma ni una declaración de impotencia ni, mucho menos, de indiferencia o cinismo.

Y me explico mediante una comparación. Los que vamos estando entrados en años, y cualquier persona con un poco de experiencia vivida, sabe que los sentimientos y estados de ánimo son controlables solo hasta cierto punto y de dos maneras complementarias.

1. A veces, uniendo lo que nos otorga nuestro temperamento y un empeño habitual y repetido, somos capaces de atajar las emociones que tienden a salirse de madre por exceso o por defecto: elevándonos sin fundamento hasta las nubes o hundiéndonos en la miseria, también sin suficiente base real.

2. Pero lo más habitual es que hayamos aprendido no tanto a moderar nuestros afectos, incrementándolos o disminuyéndolos, según convenga; sino más bien a convivir con ellos, tal y como se nos imponen, pero haciéndoles solo el caso que en cada circunstancia les debemos otorgar.

Por eso, en los momentos bajos que alguna vez nos aquejan prácticamente a todos, a menudo hemos de limitarnos… a dejar que esos ratos o temporadas pasen y, mientras tanto, a no tomar decisión alguna.

Con otras palabras: en tales situaciones, lo mejor que podemos hacer —¡lo único!— es… no hacer nada y esperar a encontrarnos de nuevo en forma.

Entonces… ¡nada!

Pues no es muy distinto lo que sucede con el adolescente… o sí es muy distinto, como prefieran. En realidad, visto desde nuestra perspectiva de adultos, las diferencias son tres y nada irrelevantes:

1. En primer término, el protagonista del drama —¡o de la tragedia!, si nos empeñamos— es una persona distinta a nosotros mismos, sobre la que no tenemos un dominio ni un influjo directo.

2. Además, se trata de alguien que —no tanto por definición, sino por naturaleza: por ser adolescente— se ve sometido a cambios constantes de ánimo… que aún no ha aprendido a manejar.

3. Y casi siempre, y ahí comienzan los auténticos problemas, pensamos que nuestra responsabilidad consiste en tomar ¡por ellos! las decisiones que les permitirán superar el desasosiego (sobre todo el que generan en nosotros, seamos francos).

3.1. Con el agravante, en primer término, de que lo que menos quiere y está dispuesto a permitir un adolescente es que nadie usurpe su lugar… y menos todavía su padre o su madre: por lo que nuestra pretensión de indicarles lo que deben hacer solo consigue inclinarlos más decididamente hacia el otro lado de la balanza: a no hacer ni decidir ni decidir-hacer nada, cosa que nos resulta enervante.

Un buen adolescente —un adolescente que se precie— responderá que no, por principio, tanto a una sugerencia paterno-materna… como a la exactamente contraria: ¡para algo es adolescente!

3.2. Y con el gravamen añadido de que la situación de los adolescentes —igual que los que calificamos como nuestros momentos de baja— no puede solucionarse… y menos todavía tomando decisiones… y menos aún tomándolas en lugar de ellos.

También ahora es preferible esperar momentos mejores.

¿Luego…?

Luego hay que armarse de paciencia, de esperanza y de buen humor del bueno, que consiste en no tomarse en serio ni a uno mismo ni a los puñeteritos adolescentes (expresión que emplearía mi suegro, maestro de buen humor), por más que sean nuestros hijos o precisamente por serlo.

Lo cual —ahora me toca a mí ser sincero— no se presenta ni es demasiado fácil.

1. No lo es la paciencia, en una época cuya mayor y tal vez la única novedad verdadera es justo la velocidad.

2. No lo es la esperanza, en momentos en que, en buena parte porque dejamos que dirijan nuestra mirada sobre todo a lo que no marcha en el mundo, parece que la civilización está al borde del fracaso… igual que los civilizados en ella.

3. Y menos todavía lo es el buen humor —la relativización de lo relativo, comenzando por mí mismo y acabando por todo lo mío… porque el resto parece que ni siquiera existe—, en una etapa de la historia en que se nos enseña desde muy pequeños a considerar nuestro ego como el ombligo del mundo.

Por eso, y dando por supuesta una confianza inconmovible en cada uno de nuestros hijos, de los tres consejos apuntados acentuaría sobre todo el del buen humor, estableciendo como norma prácticamente absoluta —que también debe afrontarse con buen humor, es decir, relativizándola— que quien no sea capaz de tomarse a sí mismo en broma muy difícilmente dará su justo valor a cuanto con él se relaciona y, de manera muy particular, a lo que le sucede a sus hijos.

De lo que concluyo que, para abordar el problema de la adolescencia, aquí y ahora, la pregunta clave no ha de dirigirse a los hijos, sino precisamente a los padres.

Entre otros motivos, y aunque no sea el de mayor peso, porque los padres —cada cual y cada cuala el padre o la madre que él o ella es— son justo lo que los padres podemos y debemos cambiar: es decir, yo y usted, e invierto el orden que señala la buena educación para no eludir responsabilidades.

Las dos preguntas-clave

Para propiciar ese cambio se me ocurren dos preguntas bastante comprometidas, que de nuevo me hago ante todo a mí mismo

1. Cuando nos planteamos educar a nuestros hijos y, más en concreto, a nuestros hijos adolescentes, ¿realmente perseguimos que ellos acaben siendo como deben o simplemente que no nos den problemas?

Me aconsejo y le aconsejo pensarlo con calma y con hondura, porque solo en función de nuestra respuesta, serena y clara, podremos introducir en nuestras vidas un cambio eficaz… también para nuestros hijos adolescentes:

1.1. Un cambio de actitud: nuestra y de ellos.

1.2. Un cambio de estado de ánimo: nuestro y tal vez de ellos.

1.3. Y un cambio de comportamiento: de nosotros hacia ellos (que es lo que está en nuestras manos) y, ¡quién sabe!, tal vez de ellos hacia sí mismos y, mucho menos probablemente, de ellos hacia nosotros (lo que, con buen humor y en fin de cuentas, no nos debería importar demasiado).

2. La otra gran pregunta, dirigida sobre todo a aquellos cuyos hijos aún no han llegado a la edad fatídica, resulta también muy neta… y comprometida: ¿cómo son tus hijos durante los 10 ó 12 años, o 9 si lo prefieres, o al menos 5 ó 6, que preceden hoy día a la adolescencia?

O, para centrar mejor la cuestión y hacerla más operativa: ¿qué has hecho y que haces realmente por tus hijos en los años previos a que acabo de aludir?

Porque el sentido común señala y la experiencia muestra que, salvando la libertad —fuente siempre de sorpresas—, muy probablemente así, como nosotros los hayamos orientado, acabarán siendo nuestros hijos cuando dejen atrás sus dudas e incertidumbres de adolescente.

Resumiendo

Nos puede costar más o menos sangre admitirlo: depende de nuevo de hacia dónde estemos dirigiendo realmente nuestros intereses. Pero la adolescencia hay que pasarla. Nuestros hijos e hijas también. Es inevitable y buena, pues, en esencia, consiste en comenzar a ser realmente libres y responsables y, por tanto, capaces de crecer y de merecer.

Solo abandonando y rechazando todos los valores que hasta el momento se han vivido desde otros, y que en la adolescencia se descubren como ajenos, puede una persona hacerlos realmente propios.

Y si nuestros hijos no son capaces —cuanto antes, mejor, aunque nos duela el desgarro— de vivir su vida, con independencia de nuestros dictados, aunque no de nuestros consejos… somos un fracaso como educadores y como padres.

Los interrogantes sobre la adolescencia se bifurcan, por tanto, hacia adelante y hacia atrás.

1. Lo que importa y sobre lo que tenemos un cierto imperio es lo que transmitimos a nuestros hijos en esos años todavía tiernos en que son tan deliciosos que hacen libremente… lo que nosotros les indicamos.

2. Y lo que importa más todavía y sobre lo que solo tenemos un influjo muy relativo es lo que lleguen a ser… una vez pasado el período de turbulencia (quería decir de la adolescencia).

En la práctica, esto quiere decir que la adolescencia hay que trabajarla mucho antes de que llegue. Antes, incluso, de que nuestros hijos vengan a la vida: aprendiendo a apoyar a nuestro cónyuge con la misma entrega y exquisitez absolutas con que respetamos su libertad… y entrenándonos y preparándonos desde entonces para hacer lo mismo con cada uno de nuestros hijos, que, lo digo por si alguien no lo había advertido, ¡no suelen nacer ya adolescentes!

Y concluyendo

Nuestros hijos serán normalmente lo que hayamos sembrado durante los años previos a la adolescencia… y durante la adolescencia misma.

¿Cómo?

De menor a mayor importancia:

1. Con nuestras explicaciones, que, si siempre deben ser breves, en la adolescencia están de más —y resultan contraproducentes— en cuanto superen las tres palabras… y un número muy limitado de decibelios.

2. Con nuestro comportamiento, sin hacerlo nunca pesar, sino más bien logrando que nuestros hijos vean la grandeza de nuestro cónyuge.

3. Con su conducta: la de nuestros hijos. De nuevo con el más radical respeto a la libertad de cada uno, nuestro quehacer educativo solo será eficaz cuando —con conciencia y autonomía crecientes— el bien que proponemos entre a formar parte de la vida vivida de cada uno de nuestros hijos. Cuando lo vayan poniendo por obra, cada vez más libremente: porque les da la gana.

Concretando un poco

Pero lo que verdaderamente sembremos en nuestros hijos depende a su vez, en un tanto por ciento elevadísimo, de lo que, en el fondo-fondo, pretendamos que lleguen a ser.

Y aquí, de nuevo, el autoengaño está a la orden del día. El autoengaño, se sobreentiende, entre quienes queremos hacerlo bien (pues yo me incluyo entre ellos, a todos los efectos… y a todos los defectos).

Normalmente sostendremos sin reparos que lo importante en esta vida es el amor, que una persona vale lo que valen sus amores, que la verdadera educación consiste en ayudar al otro a estar más pendiente de los demás que de sí mismo… y un buen número de alegatos por el estilo, que desde el fondo del alma estimo que son los únicos verdaderos y eficaces.

Pero también es bastante probable que nuestra conducta diaria desmienta afirmaciones tan encantadoras. Que, por ejemplo, demos más importancia a las calificaciones que a la ayuda real que nuestros hijos prestan a sus amigos o hermanos o a la honradez de no poner en un brete, para salir él o ella de un posible compromiso, a ninguno de sus compañeros o compañeras.

O, para no alargarme demasiado, que identifiquemos subrepticiamente el ser buenos con ser tontos, de modo que en cuanto indiquemos a alguno de nuestros hijos una manera recta de obrar, pero que ponga en peligro algo importante en su vida (en fin de cuenta, las aritméticas —¡las cuentas! = $$$—), de inmediato añadamos el truco para no dejarse pisar y para hacer valer sus derechos, no buscando el beneficio propio —¡hasta ahí podríamos llegar!—, sino para que el infractor no cometa las mismas tropelías con otras pobres víctimas.

O, a la hora de ayudar a decidir la carrera universitaria, pongamos un énfasis excesivo en las salidas, que equivalen en última instancia a las entradas —¡las cuentas! = $$$—, sin nombrar siquiera la posibilidad de servicio desde la profesión en que, a tenor de sus características personales, esa ayuda pueda ser más eficaz.

… Y un corolario

Con lo que, en última instancia, acabamos en lo de siempre. No educamos tanto por lo que hacemos —con lo que pierde importancia que durante un tiempo no hagamos nada— sino por lo que somos… o luchamos por ser.

Un hijo —¡cualquier hijo o hija!— solo puede ser educado por un padre o una madre a los que, simultáneamente, quiere y admira… y por quienes se siente querido y admirado.

Para lo cual no es preciso, sino más bien contraproducente (por falso), ser o creerse un superman o una superwoman. Basta con que puedan ver en nosotros a un adulto cabal que:

1. Ama efectivamente, y por encima de todo lo humano, a su propio cónyuge.

2. Trabaja lealmente, con espíritu de servicio.

3. Y lucha por ser mejor persona. Es decir: mejor esposo o esposa, padre o madre, amigo o amiga…

(Soy consciente de dejarme en el tintero la pregunta del millón: ¿qué hago si, cuando debía, no hice lo que tenía que hacer, porque casi no fui consciente de que tenía hijos… justo hasta que llegaron a la adolescencia?

¡Próxima entrega!

Y un anticipo. Desde luego, lo que no debo es complicar todavía más la cosa, haciendo en el momento inoportuno y de la forma inadecuada lo que debería haber hecho si hubiera caído antes en la cuenta de que eso de educar a mis hijos es algo que pudiera haber valido la pena tener en cuenta…

Continuará.)

Tomás Melendo

Catedrático de Filosofía (Metafísica)

Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia

Universidad de Málaga

tmelendo@masterenfamilias.com

www.edufamilia.com