Las parejas de hecho no comprometen su futuro

Tom O’Gorman – Iona Institute, 21 de julio 2011.

05-08-2011

Un reciente estudio del Institute for Fiscal Studies británico indica que los niños criados por parejas que viven juntas lo hacen igual de bien como media que los criados por parejas casadas –una vez hechas las correcciones adecuadas según el nivel socieconómico del que proceden–, por lo que no debería haber motivos para que el Estado beneficie a éstas últimas.

Esas correcciones tienen en cuenta que los casados suelen ser personas mejor educadas y, por tanto, lo hace bien porque simplemente les “pegan” lo que son. Por eso, resulta que ese estudio ignora completamente el hecho de que la mera convivencia es por definición menos estable que el matrimonio y, por tanto, el camino más directo hacia la monoparentalidad. Existen decenas del estudios rigurosos de las distintas ciencias sociales que muestran que los hijos criados por padres solteros no lo hacen como media tan bien como los que tienes dos padres. Esto lo sabe hasta Barack Obama, que fue criado por su madre (y sus abuelos).
Los datos del estudio de la llamada British Millennium Cohort, por ejemplo, señalan que los padres que conviven tienen 2,5 veces más posibilidades de haberse separado cuando su hijo cumple cinco años que los que están casados.
Todavía más, incluso los matrimonios que terminan en divorcio duran más como media que las parejas de hecho. La duración media en el Reino Unido de un matrimonio que termina en divorcio es de 11,5 años, mientras que la convivencia media de las parejas de hecho apenas supera los 2 años.
Los escasos datos de Irlanda indican que sólo la cuarta parte de parejas de hecho siguen juntas como tales después de siete años. El resto han roto o se han casado.
Lo que los resultados que subraya el estudio del IFS muestran realmente es más bien hasta qué punto la cultura del matrimonio se ha perdido en muchas áreas económicamente deprimidas, que son precisamente las que más necesitan la estabilidad que aporta el matrimonio.

Fuente: www.thefamilywatch.org

¿Relaciones prematrimoniales? – JMJ Young Answers

Gran parte de los matrimonios están casados a medias

Autor: Maru Ruano

Es casi general ver tristeza o preocupación en los rostros de los matrimonios que tienen algunos años de casados

Gran parte de los matrimonios están casados a medias
Es casi general ver tristeza o preocupación en los rostros de los matrimonios que tienen algunos años de casados.
Pareciera que cuando están juntos o salen en pareja no demuestran ninguna alegría. Se aceptan, conviven con cara de pocos amigos.

Es cierto que no somos responsables de la cara que tenemos, pero si de la cara que ponemos.
Y la cara que pongo es reflejo de lo que siento y es reflejo de lo que
en mi interior, hay .

¿Estamos nosotros en esta situación?
Si así fuera, deberíamos reflexionar seriamente sobre dos preguntas que tienen que ser claves para aquellos que han decidido hacer de su vida un solo camino.

¿Entre nosotros hay encuentro, sabemos encontrarnos?
¿Entre nosotros hay amistad? ¿Sabemos mantener esa relación profunda y abierta de todas nuestras cosas?

Gran parte de los matrimonios están casados a medias.
¿Qué quiere decir, estar casados a medias?
Se encuentran sus cuerpos pero no se encuentran sus almas.
Se usan, se desahogan pero no crecen en espíritu.
No crecen en ser persona en unidad con el otro.

Y cuando esto ocurre, aparece en su vivir el egoísmo, el encerrarse en un montón de actitudes.
¿Dónde quedó aquel inicio tan hermoso, dónde quedó aquella luna de miel que eran nuestros primeros años de casados?

La luna de miel se acaba cuando chocan los dos egoísmos.
La luna de miel continúa cuando me preocupo por lo que quiere el otro.
Hay que aprender a vivir con el otro ser humano.
Hay que aprender sus vicios, sus virtudes, sus defectos y caprichos, sus alegrías y sus malos humores.
Sus días de mala luna, como se dice por ahí.

La vida de un hombre y una mujer está hecha de pequeños momentos cotidianos, está hecha de pequeñas incomprensiones, olvidos, gestos dulces y amargos, diálogos cálidos y también enojosos.

La vida de los esposos, hay que entenderlo bien, es la historia de su vida compartida, hecha en la responsabilidad común. Cada uno aceptando al otro. Y al hacerlo harán crecer su ser personal y el del otro.

Eso si, la comunión entre varones y mujeres no puede hacerse en un instante, en un momento. Se necesita de su tiempo.
Por creer esto fracasa muchas veces la experiencia de la pareja.
No se puede amar a otra persona sin tener en cuenta su propia historia, cuyo conocimiento iremos descubriendo poco a poco.
La comunión se edifica día a día, compartiendo, dando, recibiendo.

Lo justo en esto de vivir juntos sería –si no pueden evitar los malos momentos– que cada uno de los cónyuges tuviese por turno riguroso sus días de mal humor.
Por desgracia, sucede a veces, que uno de los dos detenta el monopolio del mal humor.
En tal caso………en tal caso al otro no le queda más remedio que armarse de valor y tratar de tener otro monopolio: ¡el monopolio de la paciencia!

En toda vida de a dos hay y habrá obstáculos. Veamos algunos:
“nuestro pobre corazón” tan versátil e imprevisible.

El cónyuge prudente sabe que es preciso mantenerlo bajo control.
A veces, sin embargo, hay quien se engaña.
Cree poder descuidar un tanto la vigilancia y permitirse alguna distracción.
La tan común llamada “cañita al aire”
La familia se fue de vacaciones, uno va los fines de semana y de lunes a viernes es fácil la tentación. Estoy sólo, sabré controlarme.

Y se dice: ¡es solo un momento! ¡No saldré de mis limites!
El momento se convierte en una hora y la hora en traición.
Dice San Francisco de Sales: nadie despierta voluntariamente el amor sin hacerse su prisionero.

En este juego, el que atrapa es atrapado.
El fuego del amor es más activo y poderoso de lo que parece; uno cree que le ha tocado solamente una chispa y uno se queda estupefacto viendo que, como un rayo, se ha incendiado el corazón, reduciendo a cenizas aquel propósito y en humo nuestra reputación, nuestra fidelidad.

Conocemos los grandes navegantes de la mitología griega. Estos prometían a sus amigas y amantes volver a casa, después de algún tiempo de aventuras y trabajos, pero nunca volvían. En el mar, escuchaban los cantos de las sirenas, quedaban fascinados y cambiaban de rumbo para estar con ellas. Las mujeres no los veían nunca más.
Pero hubo uno -Ulises- que previó el peligro. Quiso que sus compañeros le ataran al mástil de la nave. Cuando pasaron por la isla de las sirenas, también él escuchó su canto maravilloso, también él se quedó fascinado, pero no podía seguir las voces y los cantos de las sirenas, ya que estaba atado. Así, las sirenas no pudieron seducirle. Fue el único que volvió a casa.
Ser precavido como Ulises da buenos resultados
Toda persona -incluso el más acérrimo crítico del matrimonio- anhela, si es sincero consigo mismo, tener alguien en quien poder abandonarse completamente, alguien que siempre esté con él, pase lo que pase, que confíe en él también cuando todo está en contra suya; también cuando sufre fracasos y enfermedades, cuando se hace mayor y más débil.
“La edad no protege contra el amor, más el amor, en cierta medida, protege contra la edad” (Jeanne Moreau)

Los celos son también un obstáculo que aparece en algunos matrimonios.
Los celos no ennoblecen el amor –como a veces se dice y se cree– sino que lo humillan y corrompen.
Los celos son ciertamente indicio de la fuerza del afecto, pero no de su calidad, ni de su pureza y perfección.

Quién está celoso, duda de la fidelidad de la persona amada, duda de la fidelidad del otro.
Los celos terminan por destrozar la sustancia del amor, porque producen disputas y discrepancias.
Disputas y discrepancias no son tierra fértil para que el amor crezca.

Jutta Burggraf piensa que el humor, el reírse o al menos sonreírse es importante para un buen clima hogareño.
La mejor educación es la convivencia familiar alegre y armónica.

“Cuando hayas estado un día entero sin reír, habrás perdido totalmente ese día”. Este lema es muy importante precisamente para la vida cotidiana de la familia. Las personas carentes de humor e incapaces de reír llevan una vida poco atractiva. Los matrimonios y las familias, que han dejado de reír, están perdidas.

En cambio, el que tiene sentido del humor, puede olvidarse de sí mismo, y de este modo está libre para los demás. Todos tendemos a veces a plantearnos problemas existenciales por cosas insignificantes, y esto afecta a las relaciones entre los hombres. Debemos esforzarnos por no contemplar las múltiples cosas pequeñas de la vida cotidiana desde su aspecto negativo. Cada cosa, como es sabido, tiene dos caras, y vale la pena centrar la vista en aquella cara de la que podemos reírnos a gusto, o al menos sonreír.

Pablo Neruda escribió: Podrán cortar todas las flores, pero nada impedirá la llegada de la primavera.
Igual sucede en los que se aman.
Habrá obstáculos, habrá discrepancias, habrá malos momentos, podrá haber infidelidades, pero el amarse hace posible que siempre llegue una primavera.

Que siempre llegue un nuevo brotar, una nueva primavera en nuestra vida.
Simplemente porque se aman.
Y en toda primavera si algo se necesita, si algo sobra es el amor
Y desde el amor todo es superable.

Si no existiera el amor no habría primavera. ¡Existen primaveras! en la vida de todos, porque es amando que uno llena en profundidad toda su vida si somos capaces de volver amar
Salvador Casadevall
salvadorcasadevall@yahoo.com.ar
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REFLEXIONES DESDE LA FAMILIA………..para acompañar a vivir
Galardonado con la Gaviota de Oro-Mar del Plata 2007 Programa “Día Internacional de la Mujer”
Galardonado con la Rosa de Plata-Buenos Aires 2007 Programa “Navidad”
Galardonado con la Gaviota de Oro-Mar del Plata 2006 Programa “Día del Niño”
Mención especial Premio Magnificat-Buenos Aires 2005 Programa “Adultos Mayores”

Los cuatro primeros libros sobre estas Reflexiones están disponibles y son vendidos por correo certificado de entrega.

fuente:catholic.net

Ponle fuerza a lo débil

Sacramento del matrimonio

Consejos Prácticos a mujeres jóvenes que anhelan casarse

Por Carolyn McCulley
Traducido por Eduardo Gil, adaptado por Guiselle Jiménez

!Hola! Este es un consejo a todas mis amigas jóvenes adultas ¡que anhelan casarse con el hombre apropiado! Vamos a sentarnos a platicar acerca del hombre con quién te quisieras casar. Hay algo que he aprendido con el tiempo que me gustaría transmitírselo a ustedes.

Empecemos con la pregunta: ¿Cómo describirías al hombre con quién te quieres casar? ¿Cómo crees que será el como esposo y como padre de familia? Estas son las preguntas claves que debes hacerte a la hora de incluso pedirle a Dios un compañero para el resto de tu vida, y quien probablemente llegará a tu vida en los próximos años.

Si has tenido numerosos ejemplos de hombres buenos en tu vida – tu papá, guía espiritual, jefe, amigo de la familia, tío, líder de un grupo, etc, – ya tienes una imagen mental basada en cualidades ideales que valoras en estos hombres. Te felicito y te animo a que sigas creyendo en esas aspiraciones. Pero, antes de admirar a aquellos buenos hombres, ¡primero deberías sentarte a hablar con sus esposas! ¿Por qué? Bueno, porque estas mujeres probablemente tengan mucho qué decir en torno a este tema. Algunas dirán que su marido ha pasado por un proceso de mejora, transformación y madurez. Gracias a los refinamientos a través del tiempo, estos hombres han llegado a crecer a la estatura masculina que hoy tienen y son hombres muy diferentes – en el buen sentido – a lo que eran hacen más de 20 años.

Ahora bien, dale un vistazo a los hombres jóvenes que ya conoces. Algunos de ellos, al igual que los árboles en primavera, ya muestran señales de florecimiento con brotes impresionantes; y se les ve potencial de crecimiento muy evidente, pero aún no plenamente realizado.

Esto es lo que quiero impartirles a ustedes hoy: hay una curva de aprendizaje para el liderazgo de un hombre como esposo y padre. Las cualidades positivas que exhibe la vida de un hombre de 50 años de edad, ¡se desarrollaron durante 50 años! Hay 25 años más de crecimiento por delante para el hombre de 25 años de edad hoy, antes de que sea equitativa la comparación con otros hombres mayores.

Veamos un ejemplo que ilustrará mi punto:

Una Trayectoria

Un día, mi amigo Kevin anunció una importante revelación. Dice Kevin que “Hace poco me di cuenta de que he estado coqueteando y buscando una novia, en lugar de a una esposa. He estado presumiendo románticamente sobre el matrimonio, en lugar de prepararme para ello.”

En la actualidad, Kevin ya tiene 23 años y siempre supuso que un día se casaría. Pero no se había dispuesto intencionalmente a prepararse para un matrimonio bien edificado. Se dio cuenta de un patrón en su vida: el de presumir sobre su interés en mujeres específicas (antes del noviazgo), en lugar de prepararse para amar, respetar y servir a una esposa. Kevin se dio cuenta de que el invertía tiempo y esfuerzo, prematuramente, tomando pasos apresurados para crecer en el afecto hacia una mujer. Y se dio cuenta de que es mucho más sabio el dar pasos firmes en su crecimiento personal y hacia Dios, mientras se sujetan sus intereses y aspiraciones, sin aferarse a anhelos relacionales antes del debido tiempo.

Esta “revelación” le vino al estudiar a fondo y al compartir con hombres maduros acerca del modelo de masculinidad. A raíz de esta nueva disposición de su parte, Kevin ahora está tomando medidas específicas para alcanzar sus metas a largo plazo de un matrimonio saludable.

Esta evaluación muestra que actualmente hay dos áreas en las cuales Kevin necesita crecer. La primera es en el manejo del dinero, por lo que Kevin ha elaborado un presupuesto para rastrear sus gastos e inversiones. La segunda área de necesidad es en la preparación para la paternidad. A pesar de que vive con su familia, él no está expuesto a muchos niños. Es por eso que se inscribió para servir en un ministerio de niños, donde no sólo cuida de los niños semanalmente, sino que también puede observar a otros hombres interactuando con niños. Dice que esto lo desafía a crecer personal y espiritualmente y a ser un ejemplo consistente de modelaje para estos niños. Además, se reúne frecuentemente con sus amigos a quien les rinde cuentas y monitorean su crecimiento personal.

Mi función como amiga de Kevin es animarlo en este esfuerzo, señalando los cambios positivos que observe. Ahora Kevin está forjando una trayectoria que lo preparará para un futuro fructífero.

Este tipo de intencionalidad en el crecimiento personal y espiritual, es lo que mujeres jóvenes deben buscar y observar en un hombre joven.

Pero seamos honestas, mis amigas jóvenes. Cuando nos sentimos atraídas hacia un hombre, podemos ser deslumbradas por él y no ser objetivas, lo cual es una reacción femenina normal, pero no ideal. En estas situaciones, nuestras emociones se exaltan y es una lucha el ser observadoras objetivas de su carácter. Debes ser objetiva y madura, al tiempo que le pides a Dios sabiduría y dominio propio, guardando así una distancia apropiada para poder discernir la realidad, por encima de los sentimientos.

Concretamente, ¿qué es lo que debemos observar? La respuesta es el compromiso que asume un hombre con Dios, con sus estudios, con su familia o sus proyectos personales. Lo cual nos ayudará a discernir cómo el ha de interactuar con una novia y posteriormente con una esposa e hijos.

Ahora bien, es claro que estás llamada a discernir sobre el carácter de los hombres con quienes estableces amistad, o a quién cortejas; al tiempo que te conoces más y más a ti misma y experimentas así también esa curva de aprendizaje. En tanto que te preparas para llegar a compartir tu vida con la persona idónea, preocúpate por desarrollar tus potencialidades e intereses. Es decir, en crecer personal, profesional y espiritualmente.

Copyright 2009 Enfoque en la Familia. Todos los derechos reservados. Derechos internacionales asegurados. Este artículo fue publicado el Boundless.org el 13 de enero de 2009.

Claro que el amor es «lo que importa»!


El sí matrimonial es capaz de originar la obligación gozosa de amarse para siempre, en las duras y en las maduras, porque simultáneamente hace posible esa entrega incondicionada

¡Claro que el amor es «lo que importa»!
A modo de introducción: Bodas “de etiqueta” y bodas de “Sí, quiero” (Por Marta Román)

Qué manía le ha dado a todo el mundo con poner etiquetas a las bodas y a lo que de ellas se deriva, es decir, a las familias. Hoy en día se reducen a dos: “Tradicional”, que me suena a “aburrimiento”, y “Nueva”, que me suena a “guay”.

En este artículo, Tomás Melendo me rompe ese esquema y me da otra visión más real y, sobre todo, más profunda de lo que supone decir “Sí, quiero” en la vida de dos personas. Lo expresa como un “acto único” que, dicho “en cristiano”, significa lanzarse a la aventura, perder el miedo o algo así. La boda es la acción concreta que marca un antes y un después, y el verdadero “sí, quiero” es el que capacita a dos personas para hacer posible lo imposible.

La verdadera boda no tiene etiqueta y es propia de la gente de hoy o de antes, pero gente lanzada, abierta a nuevas experiencias y aventurera: que apuesta al “todo o nada”, que cree que el amor es lo importante, que arriesga, que desafía miradas de hipocresía ante la llegada de un nuevo hijo y con franca sonrisa dice —y se dice— “a su casa viene”. Gente que lo mismo va vestida de marca, que de Zara, que de hippy. Que lo mismo lleva rastas que se plancha el pelo.

Porque toda ella, con sus variados estilos de vida, se mueve en un plano invisible con una idea común sobre el matrimonio: que la felicidad tiene mucho que ver con encontrar una persona con la que andar la aventura de la vida.

Es verdad que existen bodas de etiqueta o bodas de “mero trámite”, que intentan planificar un futuro en el que todo está predicho y en el que el amor, de haberlo, cuenta lo justo para justificar esa unión. Pero pensar en ellas me parece muy aburrido, tanto si se celebraron hace tres siglos como el sábado pasado.
Qué mala soy…

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El amor sí es lo que importa

Más de una vez he oído explicar la grandeza del amor que se pone en juego en el momento de la boda haciendo ver que no se trata de un acto de amor como cualquier otro, sino de algo especialísimo, realmente grandioso, porque lleva consigo la osadía de hacer obligatorio el amor futuro: si antes de la boda los novios se amaban de forma radicalmente gratuita, sin compromiso alguno, en el preciso momento del “sí” se aman tanto, con tal locura e intensidad, que son capaces de comprometerse a amarse de por vida.
Siendo esto verdad, no lo es menos algo que con frecuencia ni tan siquiera se nombra… A saber: que el sí matrimonial es capaz de originar la obligación gozosa de amarse para siempre, en las duras y en las maduras, porque simultáneamente hace posible esa entrega incondicionada.

Y “eso”, ¿no es una locura?

La reflexión sobre los excesivos fracasos matrimoniales que observamos en la actualidad, y más todavía la mayor frecuencia con que rompen los lazos quienes se han unido en convivencia cuasi-matrimonial pero sin casarse, me han llevado a advertir que la pretensión de obligarse a amar de por vida a otra persona, con total independencia de las circunstancias por las que una y otra atraviesen, si no fuera acompañada de un robustecimiento de la recíproca capacidad de amar, resultaría, en el fondo, una soberana ingenuidad, casi una demencia.

En parte para atraer la atención de quienes me escuchan, y sobre todo porque estimo que el ejemplo es correcto, aunque atrevido, suelo ilustrar ese deber-capacitación con el mandamiento máximo y máximamente nuevo que Jesucristo impuso a sus discípulos en la Última Cena.

Y añado, con todo el respeto posible y una pizca de humor, que semejante pretensión sería una auténtica chifladura si el Señor, en el momento de establecer el precepto, no incrementara de manera casi infinita la capacidad de amar del cristiano, o previera los medios para fortificarla y hacerla crecer.

¿Cómo, si no, pedir a unos simples hombres que quieran a los demás como el mismísimo Dios los ama: «Como Yo os he amado»?

Pues algo análogo, no idéntico, sucede en el momento de la boda, también la que se sitúa en el ámbito natural. En el mismo momento en que pronuncian el sí de manera libre y voluntaria, los nuevos cónyuges no solo se obligan, sino que sobre todo se tornan mutuamente capaces de quererse con un amor situado a una distancia casi infinita por encima del que podían ofrecerse antes de esa donación total. Por el contrario, sin ese sí que los “hace aptos”, la pretensión de obligarse resultaría casi absurda.

Lo importante

Cuando mis amigos o alumnos afirman, con más o menos agresividad y “buscándome las cosquillas”, que lo importante para llevar a buen puerto un matrimonio es el amor, les respondo sin titubear que sin ninguna duda: estoy mucho más convencido que cualquiera de ellos.

(Es más, considero que el haber centrado la clave de la vida conyugal en el amor mutuo, dejando de lado otras razones menos fundamentales, es una de las ganancias o conquistas teóricas más relevantes de los últimos tiempos respecto al matrimonio).

Pero inmediatamente añado que, para poder amarse con un amor auténtico y del calibre que exige la vida en común para siempre, es absolutamente imprescindible haberse habilitado para ello; y que semejante capacitación es del todo imposible al margen de la entrega radical que se realiza al casarse.

Con otras palabras: lo importante, desde el punto de vista antropológico, no son ni “los papeles” ni “la bendición del cura”.

(Personalmente, considero una inaceptable usurpación y, por eso, me niego en rotundo a que me case ningún funcionario del Estado ni sacerdote alguno: me caso yo —y mi mujer— y justo y solo porque quiero y quiere ella; ningún otro está capacitado para hacerlo por mí; solo el libre consentimiento de los cónyuges realiza esa unión, con todos los efectos antropológicos que lleva aparejados).

Sin embargo, para que lo importante —el amor— sea efectivamente viable resulta del todo necesaria la acción de libre entrega por la que los cónyuges se dan el uno al otro en exclusiva y para siempre.

Estamos, lo digo especialmente para los conocedores de la filosofía, aunque todos podamos entenderlo, ante un caso muy particular del nacimiento de un hábito bueno o virtud: que, para más inri, es justamente la virtud de la “castidad conyugal”, tan denostada.

Virtud… ¡qué aburrimiento!

No quiero insistir en que el hábito y la virtud tienen mucha menos relación con la repetición de actos, que a menudo conduce a la rutina o incluso a la manía, que con la potenciación o habilitación de la facultad o facultades que vigorizan.

Es decir, el hábito y la virtud, con independencia absoluta de su origen, nos tornan mejores y, de forma muy directa, nos permiten obrar a un nivel muy superior que antes de poseerlos.

La cuestión resulta muy fácil de ver en las habilidades de tipo intelectual, técnico o artístico, llamadas en filosofía hábitos dianoéticos: solo quien ha aprendido durante años a dibujar, a proyectar edificios y jardines o a interpretar correctamente al piano (y el resultado de esos aprendizajes son distintos hábitos o capacitaciones de un conjunto de facultades) es capaz de realizar tales actividades de la forma correcta y adecuada, con facilidad y gozo, y sin peligro próximo de equivocarse… a no ser que le de la gana hacerlo mal (cosa no tan infrecuente).

Lo mismo ocurre con las virtudes en sentido más estricto, que son las de orden ético. Quien ha adquirido la virtud de la generosidad, pongo por caso, no solo se desprende fácilmente de aquello —¡el tiempo, en primer lugar!— con lo que puede hacer más feliz a otro, sino que se siente inclinado a realizar ese tipo de acciones y, ¡ahí es nada!, disfruta como un enano al realizarlas.

De ahí que la vida éticamente bien vivida no sea una especie de carrera de obstáculos tediosa y sin norte, un “más difícil todavía” carente de término, sino que, precisamente a causa de a las virtudes, compone una senda de disfrute progresivo, en el que incluso el dolor y el sacrificio se tornan gozosos.

La génesis de las virtudes

Una de las diferencias que se han señalado tradicionalmente entre hábitos dianoéticos (técnicas, artes, etc.) y éticos, es que algunos de aquellos pueden lograrse con un solo acto —ahí se encuadra, por ejemplo, la tan clara como difícil de comprobar adquisición del “uso de razón”—, mientras que las virtudes propiamente dichas requieren de una repetición de actos realizados cada vez con mayor amor.

Propongo una leve corrección a esta doctrina. Por un lado, porque la experiencia demuestra que, en ocasiones, una persona adquiere el valor o pierde el miedo como resultado de una única acción, más o menos arriesgada: por ejemplo, lanzarse a la piscina después de meses de dudarlo o saltar en paracaídas por vez primera… y experimentar la emoción que inclina a volver y volver a saltar, pero ahora ya sin miedo.

Y me parece que el acto único de la entrega matrimonial consciente y decidida tiene un efecto muy parecido: otorga a quienes se casan el vigor y la capacidad para amarse de por vida a una altura y con una calidad que resultan imposibles sin esa donación absoluta.

Cosa no difícil de comprender si recordamos que el fin de toda vida humana es el amor entregado, y que la ofrenda que se realiza en el matrimonio (igual que la que se hace a Dios de forma definitiva), por encarnar de manera privilegiada esa tendencia al amor, no puede sino fortalecer la capacidad de amar, hasta el punto de situarla a una distancia casi infinita de la que los novios tenían antes de la boda.

No se trata de una cuestión psicológica, como algunos me han comentado o preguntado, aunque también pueda reflejarse en esos dominios; sino de algo infinitamente más serio. Estamos ante un cambio abismal, comparable por ejemplo a lo que en filosofía denominamos el primum cognitum o la llegada del “uso de razón”: aquel hábito que permite —en un momento difícil de precisar, pero sin duda existente—, conocer la realidad tal como es, con independencia de sus beneficios o desventajas para mí, y no solo, como los animales y los niños de muy poca edad, en lo que cada una supone para mi propia satisfacción o malestar.

De esta suerte, igual que puede hablarse de un hábito primero en los dominios del conocimiento, que lleva a conocer de un modo radicalmente superior al que se tiene antes de su formación (es lo que llamo primum cognitum o habitus entitatis), es legítimo referirse a un hábito muy concreto de la voluntad —lo denominaría, si no fuera una cursilada, habitus sponsalis amoris—, que hace posible amar de una forma inédita y muy ennoblecida: conyugalmente.

Hasta el extremo de que hay que afirmar que la persona que lo genera —justo en el instante y como producto de la entrega sin reservas— es capaz, en general, de fijar definitivamente el objeto de sus amores en aquel (o Aquel) a quien se ha entregado y, en el caso del matrimonio, de transformar el cuerpo sexuado en vehículo eficaz (de la culminación) de la entrega de la propia persona… cosa imposible antes de casarse.

Habilitarse… más o menos

Me explico con un poco más de detalle. A veces entendemos la responsabilidad como la cuenta que habremos de dar, ¡si nos pillan!, por lo que hemos hecho mal; o del premio que recibiremos por lo bueno que hay en nuestra vida… y que nosotros nos encargamos de dejar muy claro.

De nuevo es una visión correcta, pero muy pobre. Ante cualquier acción que realizamos, nuestra persona responde de inmediato mejorando o empeorando, haciéndonos más capaces de obrar de nuevo, mejor y con más facilidad, en el mismo sentido, bueno o malo: quien se acostumbra a robar se va haciendo un ladrón; el que miente, un mentiroso; el que emprende grandes empresas en bien de los demás, una persona magnánima; quien se entrena siete horas en el gimnasio —si no perece en el intento— un auténtico “cachas”, etc.

Esa respuesta, que nos marca queramos o no, es la verdadera responsabilidad: el modo como nuestro ser responde y se modifica en función de nuestras actuaciones.

Pongámonos en el supuesto de acciones buenas. Cada una de ellas nos mejora y nos hace más capaces de realizar fácilmente, con gusto y sin equivocarnos el mismo tipo de operaciones. Pero no todas nos capacitan con la misma intensidad.
Quien presta sus apuntes a un compañero, se hace un poco más generoso; quien dedica toda una tarde a explicarle lo que no comprende, bastante más; quien, sin que se note, está constantemente pendiente —aunque a él le cueste sangre— de que sus amigos hagan lo que deben, con gracia y sin hacérselo pesar… ¡es un tío grande, maestro en generosidad y en muchas otras virtudes (no digo «tía grande», no por pusilánime, sino porque ellas se llaman a sí mismas «tío»: viva la juventud y la no-juventud que quiere parecer joven)!

Una puntualización importante

Pero todos estos ejemplos cuadrarían mejor con el incremento paulatino de la capacidad de amar que, cuando queremos bien, vamos generando en nosotros.
Hay otros casos que se sitúan más cerca del que estamos considerando, aun sabiendo que un ejemplo es solo eso: algo que, si está bien escogido, ayuda a entender la realidad que pretendemos ilustrar, pero que no se identifica con ella.

Me refiero, por concretar, y en negativo, a que quien no se decide a tirarse desde un trampolín, venciendo con ello el miedo que inicialmente lo acogota, nunca estará en condiciones de saltar de nuevo, con gusto y soltura, mejorando progresivamente la técnica y el estilo.

O, en positivo, y apurando un poco más la analogía, a la firme decisión que lleva, después de un tiempo de aprendizaje, a lanzarse por primera vez en caída libre desde un avión, gracias a un acto de valor que vence el miedo connatural a realizar ese salto; o, en una línea no muy lejana, a dar el paso definitivo para entrar a ejercer una profesión de alto riesgo en beneficio de los demás (pienso, entre otros, en los bomberos o los equipos de salvamento), haciendo caso omiso del temor que suscita el poner la propia vida en peligro con relativa frecuencia.

En estas circunstancias y en otras similares, ese notable acto de virtud, al multiplicar el vigor de las facultades respectivas, coloca a quien lo realiza en un nivel superior que antes de llevarlo a cabo, y lo faculta para irse superando en el ejercicio cada vez más perfecto de las actividades, que antes no eran posibles y ahora ya sí lo son.

La gran aventura

Y casi en el término de esa línea ascendente se sitúa el sí de la boda.
Como apuntaba, varón y mujer son seres-para-el-amor; y la culminación y mayor expresión de todo amor es la entrega. Cuando esa entrega es sincera, profunda, total y de por vida —cosa que se manifiesta en un solo acto, el sí de la boda—, ¿cómo no va a responder nuestra persona incrementando de una forma impensable su capacidad de querer?
¡Ahí se encuentra la razón antropológica más de fondo de la necesidad de casarse! El motivo más entusiasmante para decir un sí que nos permita iniciar la gran aventura del matrimonio: el camino que nos llevará hasta nuestra plenitud personal y nuestra felicidad.

¿Que eso suena demasiado utópico? ¡Qué lástima!, porque entonces no se comprende lo

• Quienes la emprenden se pongan una meta alta, en apariencia inalcanzable, pero que vale la pena.

• No tienen ninguna seguridad de que van a alcanzar su objetivo; de lo contrario, ¿dónde queda la gracia de la aventura?

• Una vez que la inician, no permiten que las dificultades y los contra-tiempos, también los imprevistos, sofoquen la ilusión inicial ni les impidan recrearse en lo que ya han logrado.

• La mirada fija en el fin, en el triunfo hace que, a cada paso, renueven las energías y las agallas para seguir adelante.

Si enfocamos de este modo el matrimonio, contando con las fuerzas que nos proporciona el habernos casado, sí será ciertamente un camino de rosas, en el que la apariencia y la fragancia de las flores logren que casi no advirtamos los pinchazos de las espinas (¡qué cursilada!, pero como no lo ha leído mi mujer…).

No lo será, sin embargo, si por ignorancia o dejadez o desprecio hemos decidido que la boda constituye un mero trámite y no nos hemos capacitado para querer con un amor relevante, aventurado y venturoso; más todavía, con ese acto omisión nos vamos paulatinamente haciendo incapaces de amar de la forma correcta.
Por el contrario, si, mediante el matrimonio, conseguimos que lo importante sea efectivamente el amor, no cabe la menor duda de que ¡vale la pena casarse!

Málaga, 15 de febrero de 2011

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
tmelendo@uma.es

informativos 13 TV:Si quiero

El noviazgo free ¿es la opción?

Es una actitud típica de personas superficiales, light, que no han aprendido a amar.

Un noviazgo free no es tan libre como parece porque también tiene sus reglas:

No hay obligación de llamarse.

Nada de andar con celos.

No hay compromiso.

No hay que pedir ni rendir cuentas, ni cuestionar al otro.

No esperar nada del otro, excepto el gusto de vivir el momento.

No tener un proyecto en común ni un plan a futuro.

Lo que no se dice, porque es tabú, es: Nos gustamos pero no nos amamos, sólo “nos usamos”.

Hay plena libertad para salir con otras parejas.

Cada una podrá tener aparte una pareja estable sin que ello sea un obstáculo para andar de free.

En esa relación se impone el instinto, la atracción, no la generosidad, ni el sacrificio.

Karla decía: “¿para qué tener a uno si puedo tener a casi todos?”. Lo que Karla propone es que la mujer accesible a todos, y no se da cuenta de que ello lo puede llevar a una esclavitud: A ser adicta al sexo. Olvida que forma parte de la dinámica del amor aspirar a lo definitivo.

Otros entienden, por noviazgo free, irse a la cama nada más conocerse, pero esto no lo tratamos aquí por ser una triste perversión.

En el noviazgo sin compromiso la persona huye del riesgo, que es lo mismo que decir que “tiene miedo a la libertad”. El hombre prefiere ser masa receptiva de propaganda que factor individual de pensamiento crítico.

Muchos jóvenes aman la libertad y no saben ni qué es la libertad. ¿Qué es la libertad? La libertad es la propiedad espiritual que tiene todo ser espiritual de elegir, de realizar la elección de su vida, que es la elección de su fin (Cornelio Fabro). La libertad nos perfecciona o nos hace esclavos: depende de qué elegimos. El hombre no vale por lo que tiene o lo que es, sino por lo que decide.

El libertinaje contribuye al eclipse del valor de la vida humana. La libertad se entiende como la capacidad de hacer lo que a cada cual se le antoje, movido por su propio interés, iniciando de esa manera, la nueva cultura de un individualismo egoísta, que no debe rendir cuenta de sus actos a nadie.

La causa de que haya libertad no reside en mi conciencia de ella. Al revés, tengo conciencia de mi libertad debido a que soy libre. El hombre no es libre porque pueda prescindir de sus ataduras sino porque puede decidir a qué vinculaciones quiere quedar atado. Y no es más libre si las ataduras son menores. Al contrario, la libertad estará en proporción de la profundidad de los proyectos con que se vincule; la libertad llega a su fondo cuando llega a nuestro propio ser.

Para entender bien la esencia de la libertad debemos evitar los extremos del movimiento pendular: en un extremo, se confiere la primacía a la liberación sobre el proyecto, y en otro, se la otorga al proyecto por encima de nuestra propia naturaleza.

Me decía una chica de 17 años: “por el momento tengo miedo de casarme y de que mi marido no me deje trabajar ni desarrollarme en mi profesión. Y, ¿cómo conocer bien a las personas?”.

A las personas se les conoce observándolas. Y en un noviazgo, antes de enamorarse hay que preguntarle al otro qué piensa del trabajo de la mujer fuera de casa, de su desarrollo personal y profesional, para luego no tener sorpresas.

Si alguien sólo es de carácter respetuoso, considerado y servicial con determinadas personas y con otras no, definitivamente no es respetuoso, considerado y servicial: solamente “está actuando”. Hay que observar cómo se comporta esa persona con aquellos de quienes no espera nada, cómo soporta y reacciona ante los roces y tensiones que conlleva toda convivencia. A los seres humanos se les conoce en los momentos de tensión, de crisis, de fracaso, de frustración. Dice Saint-Exupery: que el hombre se mide a sí mismo con el obstáculo.

San Agustín dice: si quieres conocer a una persona, no te fijes en lo que hace y dice; fíjate en ¿qué ama, qué desea? Lo que uno desea es lo que uno es. ¿A dónde se le va el corazón a mi novio (a)?… ¡allí están sus amores! Para conocerse hay que saber: “A mí lo que me mueve en la vida es esto” Eso simplifica mucho el propio conocimiento.

El matrimonio es la situación existencial que más felicidad puede proporcionar a la mayoría de los seres humanos. Por eso todo el mundo se quiere casar, pues el matrimonio es una estructura creada por el amor total para expresarse y perpetuarse.

Si hay una decisión importante en la vida del ser humano es la de casarse. Sin embargo, si hay algo que no se piensa es precisamente esto. Entregarse al otro no es someterse –a menos de que él sea un tirano-, es amar y compartir penas y alegrías.

Es propio del corazón humano aceptar exigencias, incluso difíciles, en nombre del amor. El novio que ama a su novia, sabe esperar, y no pide una prueba de amor, cuando él no puede ofrecerle un matrimonio con la misma prisa con la que él pide la prueba de amor. Cuando un varón elige a una mujer, la elige de acuerdo con el perfil psicológico y moral que trae dentro: De algún modo refleja su alma. La mujer también tiene su decisión: puede elegir entre resultar encantadora o provocadora, es decir, puede optar por ser una dama o una hembra.

El problema de la sexualidad, cuando es determinado por la mera genitalidad —absolutamente desvinculada de las dimensiones psicológica, social, ética y trascendente que le son propias—, considera al sexo como un objeto de consumo más, en vez de fomentar un comportamiento sexual constructivo de la personalidad.

Los medios masivos de comunicación social difunden la ideología del hombre “light” cuya única referencia es su propio bienestar entendido como un consumismo desenfrenado o como un disfrute irresponsable de un pasatiempo fácil.

Los jóvenes han de saber que la calidad de los sentimientos se mide por la conducta, no por la pasión. Hay que actuar “con” pasión, pero no “por” pasión.

La sexualidad pertenece al designio originario del Creador; pero pide a todos que la respeten en su naturaleza profunda, por amor a la verdad de la persona humana. Por eso es moralmente inaceptable el “amor libre” y la homosexualidad. La pureza de vida es necesaria, la castidad no significa rechazo ni menosprecio de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe promoverlo hacia su realización plena (cfr. Familiaris consortio).

Un poeta contemporáneo dice que el hombre maduro buscaría un “triste amor”, un “amor apaciguado”, sin peligro, sin venda ni aventura, esperando “en el amor prenda segura”, cuando “en amor locura es lo sensato

fuente: encuentra.com

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