Enseñar a estar

 

Se habla mucho de la soledad como un estado intrínsecamente negativo porque supone no estar rodeado ni acompañado de ningún otro ser vivo, ya sea humano o animal y puede generar sentimientos de inutilidad y sensaciones de pérdida de sentido de la vida.

La soledad es muy difícil de soportar cuando no se atendió la propia existencia y cuando desaparece aquello a lo que la persona se dedicó en exclusividad, ya sea la familia, los demás, el mundo exterior o a una actividad profesional o a todas a la vez. Y siendo esa dedicación a los otros y ese salir de sí mismo una misión noble y que dignifica a quien lo hace, no es menos cierto que olvidarse de cuidar y fomentar la compañía del propio yo, en cuerpo y espíritu, nos enfrenta a un vacío vivencial difícil de aguantar.

Conocernos y querernos

No estamos solos, estamos siempre con nuestra mismidad, con nuestra propia biografía. Y en este estar con uno mismo es fundamental y de vital importancia que nos conozcamos y nos queramos, eso que ahora llamamos autoestima y autoconcepto.

Debemos aprender a vivir con el propio yo, con sus muchas grandezas y miserias, sin tener que huir a través del teléfono, de los mensajes del móvil, del ordenador y sus muchas variaciones de comunicaciones virtuales o mediante juegos informáticos o televisivos o, en el peor de los casos, a través del peligroso mundo del alcohol y la droga. Y este aprendizaje debe ser el objetivo principal de la educación dentro de la familia y en la sociedad si queremos tener hombres y mujeres comprometidos con el mundo.

¿Qué nos ocurre a las personas para que no soportemos el quedarnos con nuestra propia realidad y sintamos la necesidad de evadirnos de ella? Ya desde el principio de nuestra historia personal, fuimos óvulo fecundado que se respetó y se dejó avanzar por las fases de la vida, estamos acompañados de nuestras ideas y pensamientos, sustentados en un cuerpo que siente y orientados por unas creencias y valores.

Soledades

La soledad impuesta, como puede ser la de muchas personas mayores y la de bastantes enfermos, genera inseguridad y miedo y es importante que la combatamos mediante la familia, los amigos, los voluntarios o las prestaciones sociales. Ahora bien, no creo que esta sea la soledad que hace más daño porque puede tener soluciones como las indicadas. La soledad del que no se soporta, del que reniega de sí, del que ha perdido el sentido de su existencia, del que maldice el día de su nacimiento o ve absurda su presencia en el mundo sí es dolorosa e insoportable y supone una amenaza para el propio sujeto porque no ve salida a esa situación. A todos los que están padeciéndola les dedico mis palabras de aliento y de ánimo y mis deseos de que encuentren algún germen que pueda fructificar y proporcionar paz y sosiego a sus días.

La soledad del que se vive felizmente acompañado por sí mismo, en comunión con su entorno y abierto al encuentro con los demás y con Dios es una de las vías más importante para disfrutar del sentido de la vida y hacerlo en toda su extensión y profundidad, porque siendo finita en el tiempo y en el espacio, es infinita en sus posibilidades y expectativas. Esa soledad deja de serla porque supone el encuentro consigo y la proyección hacia la eternidad.

José María Fernández Chavero

Psicólogo Clínico y Máster en Bioética

chavero@correo.cop.es