Enseñando a los niños a considerar a los demás

Por Sue Nowicki y Shelly Radic

Traducido por Stephanie Campos, editado por Guiselle Jiménez

Compartimos con usted algunas ideas para ayudar a los pequeños a aprender a ser considerado con los demás:

Una caja de juguetes de tregua

Mis hijos tienen solamente 15 meses de diferencia en sus edades, y sus intereses son similares. Cuando estaban pequeños, usualmente peleaban por sus juguetes. Yo traté de solucionar ese problema animándoles a compartir, instalándolos en habitaciones diferentes donde cada uno tenía sus juguetes y distrayéndolos cuando se peleaban por su oso de peluche tamaño jumbo.

Luego mi esposo y yo tuvimos una idea: Al iniciar el tiempo de juego, juntamos todos los juguetes favoritos y los colocamos dentro de una caja en medio de los niños, cada uno debía turnarse para escoger un juguete de la caja hasta que los juguetes estuvieran divididos en partes iguales. Este método puso fin a la lucha egoísta entre ellos. Desde que cada uno empezó a recoger sus juguetes y turnarse entre ellos, se eliminó la tensión y eso les permitió jugar de forma independiente. Además, casi todos los días, ellos escogían intercambiar los juguetes que habían escogido y jugar con los mismos sin pelear. Este sencillo método permitió que mis hijos comenzaran a tratarse mutuamente en la forma en que Dios desea que lo hagan.

— Sue Nowicki

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noun
lucha de la cuerda
lucha
tira y afloja
Cuide las palabras que usan
Las palabras que los niños pequeños utilizan pueden ser su primer paso para aprender a compartir acerca de Cristo con los demás. Al igual que muchos niños en edad preescolar, mis hijos desarrollaron una temprana afinidad por algunas palabras, tales como: hediondo, tonto y cállate. Así, ellos necesitaron ayuda para mostrar bondad, y para encontrar palabras que demostraran respeto y ofrecieran ánimo hacia otros.

Cuando mi hijo preescolar empezó a utilizar palabras hirientes o inadecuadas, yo le pedía que escogiera palabras diferentes, motivándole a seleccionar palabras que expresaran cómo se estaba sintiendo, qué era lo que necesitaba o porqué estaba frustrado. Algunas veces tuve que ayudarle a pensar en palabras para articular su irritación.

Así, conforme un niño preescolar cambia palabras como: “eres un estúpido” por “me siento frustrado” y “cállate” por “necesito un momento tranquilo”, éste se forma el hábito de escoger palabras positivas, al tiempo que fortalece la relación con sus hermanos.

—Shelly Radic, MOPS International (MOPS.org/focus) autora de: Momology: The Art and Science of Shaping Great Kids

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Este artículo apareció por primera vez en la edición de la revista Thriving Family de Septiembre/Octubre, 2010. Derechos Reservados © 2010 por Sue Nowicki y Shelly Radic. Usado con permiso.

Encuentre la versión en inglés de este artículo en: www.thrivingfamily.com

Fuente: enfoquealafamilia.com

¿QUÉ SON LOS VALORES HUMANOS?

La formación integral de la persona: “Unidad de cabeza, voluntad y corazón”

Hoy y siempre se les ha dado una gran importancia en la educación, aunque a veces se olvidan. Los valores humanos son cualidades que las personas vamos adquiriendo y que nos hacen mejores como personas: más creativas, más equilibradas, más animosas, más responsables, más leales… en fin, más buenas personas.

Los valores configuran una personalidad humana madura y atractiva. ¿Pero como se distingue a una persona madura? La madurez humana s e manifiesta en el equilibrio y la armonía que resultan del dominio de uno mismo y en el modo positivo como tratamos a los demás.

Siempre serán importantes

Los valores configuran una personalidad humana madura y atractiva. ¿Pero como se distingue a una persona madura? La madurez humana se manifiesta en el equilibrio y la armonía que resultan del dominio de uno mismo y en el modo positivo como tratamos a los demás.

Los valores son la parte de la educación llamada a persistir siempre, incluso en una sociedad pragmática como la nuestra. Es cierto que la dura competencia por los primeros puestos, por triunfar en el trabajo o los negocios, por las calificaciones para acceder a determinados estudios, no va a desaparecer. Pero cuando un joven o una joven se presenten a una entrevista para pedir un trabajo, serán sus virtudes de honradez, iniciativa, responsabilidad, lealtad, constancia, laboriosidad, etc. las que más contarán. O cuando tengan que afrontar problemas familiares, cívicos o de conciencia profesional, por ejemplo, serán sus criterios, hábitos y disposiciones morales los que iluminarán sus decisiones.

Clave de la formación integral

No se trata simplemente de aprender a sentirse bien. Más allá del mismo bien-estar personal y social, y abrazándolo, está el ámbito del bien-ser de la persona. Frente a algunas versiones de la educación que caen fácilmente en la abstracción, no hay que olvidar que se trata de una auténtica educación del carácter. Se trata, en suma, de formar (y de formarse) como hombres y mujeres en quienes se pueda confiar.

Se requiere adquirir criterio, unidad interior, coherencia personal. En nuestra cultura postmoderna, que tiende tanto a la dispersión, la educación corre el riesgo de convertirse en una suma de actividades y de aprendizajes inconexos e incompletos que, en lugar de integrar a la persona humana, la disgregan, oscureciendo el sentido de la vida, y que además debilitan su capacidad de ordenación de la propia vida ante una multitud de solicitaciones.

La importancia de los maestros

Valores y actitudes se educan en y desde la práctica, por medio del esfuerzo y la convivencia; pero especialmente viendo cómo otros los viven, es decir, por el trato frecuente y habitual con personas que los hacen brillar en su ser y en su obrar. Estamos hablando de los auténticos “maestros”.

Se trata de una auténtica educación del carácter, de formar hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. Se requiere adquirir criterio, unidad interior, coherencia personal. En nuestra cultura postmoderna, que tiende tanto a la dispersión, la educación corre el riesgo de convertirse en una suma de actividades y de aprendizajes inconexos e incompletos que, en lugar de integrar a la persona humana, la disgregan, oscureciendo el sentido de la vida, y que además debilitan su capacidad de ordenación de la propia vida ante una multitud de solicitaciones.

Un maestro, en el sentido más noble y profundo de la palabra, es aquel que enseña lo que vive y vive lo que enseña. Las virtudes, los valores humanos, se dan vivos en la persona y con la singularidad que es propia de esa persona. Es maestro o maestra, de verdad, quien sabe transmitir y suscitar en otro esa calidad humana.

El mejor “maestro” es el ejemplo. Un educador sólo puede esperar de la índole de sus alumnos (o de sus hijos) aquello que él mismo intenta conquistar en sí mismo cada día.

Para educar en valores

No basta saber qué es, por ejemplo, la justicia para ser justos: Muchos saben lo que es justo pero no lo hacen. Si se quiere educar a la persona de modo integral, hay que mirar a la “unidad de cabeza, voluntad y corazón”. Para fomentar un valor hay que contar con esas tres dimensiones; si falta alguna de ellas, las otras dos se resienten y la formación no se consolida. Si no se tienen ideas claras acerca de lo que está bien o mal, si no se distingue entre lo aparente y lo real, la desorientación impedirá una integración inteligente de la personalidad. Si falla el sentimiento, la motivación será deficiente. Si la voluntad es débil y no arraigan los hábitos por medio de la práctica, la educación será superficial y todo logro resultará efímero.

Se cuenta que en un teatro de Atenas se celebraba una representación teatral a la que habían sido invitados los embajadores espartanos. Cuando el teatro estaba lleno, entró un anciano y trató inútilmente de hallar sitio libre. Unos jóvenes atenienses que veían los esfuerzos del anciano por acomodarse comenzaron a reírse de él irrespetuosamente. Al ver esto, los embajadores de Esparta, acostumbrados a venerar a sus mayores, se levantaron y ofrecieron sus sitios al anciano. Todo el público del teatro, al presenciar la escena, aplaudió a los embajadores.

“- Es curioso, dijo el anciano, los atenienses aplauden las virtudes, mientras que los espartanos las ejercitan.”

Los valores se comprenden cuando se viven, y dejan de entenderse y apreciarse cuando se dejan de vivir. Esto significa, entre otras cosas, que no se adquieren y atesoran sin esfuerzo… Pero de esto hablaremos otro día.

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¿Drogas para niños?

Considero que con nuestros hijos, alumnos y gente menuda en general, no sólo hemos de dialogar, sino observar, para ayudarles a construir elementos de protección y madurez.

En recientes conversaciones, varios colegas se han hecho eco de la idea de que los psicofármacos para niños es una moda peligrosa. No puedo dejar de dar mi opinión. Está claro que no todo niño o niña que no sea tranquilo, callado o estudioso, sin un excelente comportamiento, ni unas estupendas calificaciones, deba tener por ello un “desequilibrio químico” en el cerebro. Y digo esto, además, porque la controversia está alimentada al conocerse estudios recientes que revelan un incremento notable en el uso de psicofármacos en niños y jóvenes.

Pues sí, lo cierto es que en los últimos diez años se ha producido un aumento del 300% en las prescripciones de fármacos psiquiátricos en niños, lo que es difícilmente asumible desde un punto de vista clínico: No nos engañemos, las conductas distorsionadoras y agresivas, la depresión, la hiperactividad y la ansiedad son también un reflejo del contexto vital de nuestros niños y jóvenes. Entonces, los que no entran en los estándares de comportamiento y control definidos por los padres, escuelas o gobiernos, se transforman en “problemas” que deben solucionarse: La respuesta, en demasiadas ocasiones, es la prescripción de un fármaco.

Considero que con nuestros hijos, alumnos y gente menuda en general, no sólo hemos de dialogar, sino observar, para ayudarles a construir elementos de protección y madurez, para que se conozcan y se abran al mundo con buen ánimo y seguros de aportar mucho de positivo. En esta dinámica, sí es verdad que van a poder aparecer necesidades especiales, que habrá que atender lo antes posible. No obstante, es evidente que no se han de aplicar métodos psiquiátricos para solucionar problemas “académicos”. Como también está claro que la prescripción muy estudiada y puntual de medicación puede aumentar la eficacia de un abordaje terapéutico integral, que facilitará otras intervenciones no farmacológicas. (No olvidemos que se ha de valorar la conducta del niño dentro de su medio familiar, escolar y sociocultural: Evitar la falta de límites, la impunidad o el desapego puede ser la mejor medicina inicial).

Todos los expertos coinciden en que tan negativo es tratar de más como de menos. Es preciso evitar el mal uso o abuso de psicofármacos. Es aquí donde un tratamiento multidisciplinar ha de aparecer como clave para afrontar las dificultades graves o menos graves que en algunas criaturas pueden surgir.

Por ello, hemos de sistematizar un adecuado tratamiento psicológico, dirigido a padres e hijos; un tratamiento farmacológico, a veces de larga duración, prescrito por un médico especialista; y un tratamiento psicopedagógico, con terapias cognitivo-conductuales que ayudarán a adquirir estrategias de comportamiento y habilidades sociales.

En uno de los ejemplos más característicos, el de niños con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), los psiquiatras reiteran una y otra vez que arrastrar a lo largo de la infancia y adolescencia síntomas de TDAH sin resolver suficientemente, puede producir un enorme riesgo de complicaciones a medio-largo plazo, derivadas de múltiples fracasos sucesivos, inseguridad, baja autoestima y/o desadaptación.

Entonces, algo habrá que hacer. Sí, pero sin olvidar que la práctica médica razonable excluye administrar una medicación que cause más problemas de los que evite. En todo caso, se hace imprescindible aplicar de manera combinada la vía psicoterapéutica y la vía farmacológica, y ésta última sólo cuando sea de verdad imperioso. O sea, antes de empezar cualquier tratamiento siempre es necesaria una evaluación cuidadosa del estado físico y psicológico del niño, niña o adolescente; además de considerar el aspecto funcional de cada familia en concreto.

Pues venga, no perdamos energías alimentando controversias. Que nos una un objetivo común, ya que compartir nuestros conocimientos mejorará la calidad de vida de nuestros niños y jóvenes. Y, de paso, la nuestra. Para ello, nos urge una estrecha colaboración entre padres, profesionales de la educación y médicos especialistas y pediatras.

(Por Emili Avilés, Colaborador de Mujer Nueva, 2010-05-06)

¿Qué se hicieron los buenos modales?

Al parecer, los modales ya no son tan importantes en la educación actual. Ciertos padres prefieren enfatizar en otras áreas y creen que los modales son simples “formalismos” que no valen la pena desgastarse en ellos; ¡fatal error! Detrás de todo esto hay una gran falta de respeto por la persona.

Las buenas maneras son la expresión de lo mejor que hay en nosotros para darnos a los demás, como una muestra de respeto y atención, ubicándonos ambas partes en el mismo nivel y dándole a entender al otro que es tan valioso como lo soy yo. Además, expresan el nivel de conciencia que tenemos hacia la dignidad de los otros.

¿Y qué pasa con la sociedad moderna?

El no cumplimiento de la normas de tránsito; la impuntualidad; el comportamiento inadecuado en las aulas; la ausencia de palabras como “buenos días”, “gracias”, “hasta luego”; la manera de comer de los niños y jóvenes; el mal uso del celular y demás gadgets en reuniones, teatros, iglesias; la ausencia de urbanidad en los buses con ancianos o mujeres embarazas; la falta de cortesía entre vecinos, compañeros de trabajo, de estudio… Son muestras de falta de educación del día a día que cada vez se hacen más presentes, todo da a entender que ya no existe la conciencia suficiente de su importancia, como sí lo era hace algunas décadas. Basta con recordar la insistencia permanente que hacían los padres y abuelos en la adecuada conducta social.

Pia Orellana de la Revista Hacer Familia dice: “los padres hemos relegado a un segundo plano este aspecto de la educación. Si la niña no saluda, es porque `es tímida´. Si salta arriba de los sillones, se debe a que `es tan alegre y tan llena de energía´. Cuando se abalanza sobre la comida es porque `por suerte es buena para comer´. Y si se niega a cumplir una orden, la razón es `que tiene mucha personalidad´.”

Parece el mundo al revés. Solange Favereau, filósofa, lo pone en estos términos: “Hay cierta confusión, porque hoy está la mirada de que los niños tienen que ser auténticos, espontáneos, libres. No es que los padres no quieran enseñarles buenos modales, sino que hoy no existe conciencia de que se deben enseñar”.

Adicional a esto, también hay que darle cabida al hecho de que los padres están fuera de los hogares la mayor parte del tiempo, cuando sabemos que algunos de los factores determinantes en el aprendizaje de estas conductas son la observación y el ejemplo, y si los padres están ausentes… ¿de quién aprenderán? Tampoco olvidemos la pérdida de la tradicional cena familiar, pues es común observar que ahora cada quien come en su habitación o en el horario que más se le acomode, dejando de lado la mejor ocasión para enseñar buenos modales a los hijos.

La invitación entonces, es a preservar los espacios existentes y crear nuevos, en donde los padres interactúen con sus hijos y no deleguen la enseñanza de los buenos modales a nada ni nadie –incluido el colegio-. Igualmente es crucial el buen ejemplo que reciban de los adultos cercanos, pues de qué vale reclamarles a los hijos que no hablen mientras coman, escuchen a quien les habla, saluden, apaguen el celular en la misa; si los padres salen en el auto y no dan paso al peatón o al subir al ascensor no dan una sonrisa amable a los demás. Hay que tener presente que los hijos siempre están en permanente observación de sus principales modelos: los padres.
Tips de cortesía y buena crianza

La puntualidad es cultura y por consiguiente ser impuntuales crea malestar, además del abuso del tiempo del otro. Hay que sembrar en los hijos este buen hábito desde que son pequeños; claro está que en las primeras edades, la tarea será exclusiva de los padres, ya que los niños no tienen la autonomía necesaria y serán los adultos quienes deban llevarlos a tiempo al colegio, clases extra escolares, citas médicas, cumpleaños de amigos, etc.
El saludo debe convertirse en un hábito de la vida diaria y debe aplicarse a todas las personas con la que nos topamos a diario (cónyuge, hijos, empleada, portero, jefe, compañeros de estudio o trabajo, desconocidos, etc.)
Los gritos y las malas palabras, además de una falta de respeto, denotan desequilibrio emocional y falta de autocontrol.
Saber comportarse al tomar los alimentos, es una expresión básica que merece toda la atención del caso. Las comidas diarias de toda familia, son la mejor oportunidad para educar a los hijos en la buena conducta en la mesa. Asimismo, se le debe hacer igual acento tanto a las cenas en restaurantes o casas ajenas, como en las del propio hogar.
Las personas mayores, con discapacidades físicas, familias con niños o mujeres embarazadas, tienen prelación en los puntos de pago, estacionamientos, ubicación en sitios públicos, entre otros. Un muy buen gesto de urbanismo es cederle el asiento a estas personas o dejarlas adelantar en las filas de espera.
Mirar a los ojos a quien nos habla, denota que se le está prestando toda la atención, como también es un indicio de autoconfianza y autoestima.
El sonido de un celular en medio de una clase, conferencia, reunión, cita, película, misa… desconcentra a quien está hablando y causa desagrado en los demás.
Buen gusto en el vestir, de acuerdo a la ocasión, de tal manera que la presentación personal sea expresión de la valía personal y del respeto a los demás.
La postura corporal es un lenguaje no verbal de gran impacto y debe ir acorde al contexto en el que se esté presente.
Una sonrisa siempre será un gesto amable y de buen gusto.

Fuentes: Revista Hacer Familia, enbuenasmanos.com