Hacia una nueva definición de la niñez

(Por Marta Rodríguez, Mujer Nueva, 2010-06-25)
El hombre es el único ser capaz de manejar conceptos. A veces el raciocinio que los alumbra no es una acción de la razón individual, sino el resultado de la reflexión de muchos expertos. Tal es el caso de la palabra “persona”, desconocida en la filosofía griega, y acuñada por primera vez ante la necesidad de explicar las nociones introducidas por el cristianismo. Será Boecio quien, ya en el siglo V, aporte la definición clásica que perdura hasta nuestros días.

Casi mil quinientos años después, la palabra “niño” está sufriendo importantes mutaciones que se dirigen a un fin todavía desconocido. Una particularidad de hoy es que las definiciones no se elucubran en los laboratorios del saber (formados por peritos, pensadores y sabios) sino que se gestan al pulso de decisiones y acuerdos políticos, cuya agenda determina el modus vivendi y, de ahí, el modus essendi de un grupo humano. ¿Qué es un hombre? Aquello que la Declaración Universal de los Derechos Humanos reconozca como tal. ¿Qué es un niño? En éstas estamos…

Hagamos un poco de historia. El 20 de noviembre de 1989, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Convención sobre los Derechos del Niño (resolución 44/25). El documento, que consta de 54 artículos, entró en vigor el 2 de septiembre de 1990, y ha sido ratificada por todos los países del mundo menos dos (curiosamente, uno es Estados Unidos).

Una vez que se adopta una convención de este tipo se pone en marcha un Plan de Acción, que es el programa base para que todos los países trabajen conforme a lo acordado. Existe un comité formado por 10 representantes (elegidos por voto entre los candidatos que propone cada país) cuya misión es velar y revisar el cumplimiento del plan de acción. A este comité se envían los informes regionales, nacionales y mundiales.

Dentro de unos meses, en septiembre de 2001, se celebrará en Nueva York una sesión especial de las Naciones Unidas. Su objetivo es dar seguimiento a la Convención y definir los pasos siguientes.

Así, lo que se diga en la ONU será la brújula de la política universal en los temas que afectan a la niñez. Definitivamente, cuando Boecio definió el concepto “persona” no contaba con semejantes agentes de implantación supranacional.

Los artículos de la Convención tocan aspectos muy diversos: desde los problemas de la nutrición, la violencia y la pobreza, hasta el derecho de los niños a la privacidad y a la libertad de expresión.

Llama la atención, sin embargo, que siendo el documento fundamental que elenca todos los derechos de los niños, carezca de una definición seria de la infancia. La única que contiene aparece en el artículo 1, y dice textualmente: «…Se entiende por niño todo ser humano menor de dieciocho años de edad, salvo que, en virtud de la ley que le sea aplicable, haya alcanzado antes la mayoría de edad».

De esta vaguedad surgen algunas imprecisiones que ponen en tela de juicio la solidez de los derechos enunciados. Se percibe la letal carencia de un corpus teórico fundamentado, lo que se presta a interpretaciones y manipulaciones. Menciono sólo dos puntos:

·Incoherencia en la madurez atribuida al niño: En el artículo 38/2 se establece que los Estados deben velar para que los menores de 15 años no participen en los conflictos armados. De igual modo, el artículo 40/3 pide que cada país «establezca una edad mínima antes de la cual se presumirá que los niños no tienen capacidad para infringir las leyes penales». Dos botones de muestra de que los niños no se consideran aptos para ejercer plenamente sus facultades, dada la inmadurez propia de su edad. Sin embargo, los artículos 13 y 14 hablan del derecho a la privacidad y a la información como si se tratara de adultos ya maduros. «El niño tendrá derecho a la libertad de expresión; ese derecho incluirá la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de todo tipo, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o impresas, en forma artística o por cualquier otro medio elegido por el niño».

Cualquiera que tenga ojos para ver y razón para juzgar se puede dar perfecta cuenta de qué tipo de “información” es la que asalta los niños a través de internet, los planes de educación sexual de los colegios, las revistas, etc. Así, mientras los padres se concentran en respetar meticulosamente la libertad de expresión de sus hijos, éstos son invadidos por la propaganda de las agencias que, en un gesto de bondad de su parte, les llenan la cabeza y el cuerpo de anticonceptivos, aborto y homosexualidad. Y a esto, la Convención para los Derechos del Niño lo llama “respeto”. Más bien parece locura.

· Papel poco claro de los padres en la educación de los hijos. Los límites de su responsabilidad son nebulosos, pues el texto juega con un derecho de los padres a educar a sus hijos (véanse los artículos 27 y 29) y el deber de no interferir en sus decisiones (el ya citado artículo 13). De nuevo la falta de precisión denota falta de claridad de fondo, y abre la puerta a peligrosas aplicaciones.

Urge que las delegaciones de los países y ONGs se den cuenta de que no basta “colgar” una serie de derechos a los niños, como si se tratara de adornar un bonito árbol de Navidad. Para buscar su bien es necesaria una reflexión seria, menos politiqueo barato y menos intereses económicos y egoístas.

Antídotos contra el estrés en la 3ra edad

 

El envejecimiento por sí mismo no tiene que provocar estrés a pesar de que esta etapa, como evento vital evolutivo, trae consigo una serie de cambios biológicos, psicológicos y sociales que implican esfuerzos de ajustes.

La tercera edad está acompañada de eventos que la persona puede evaluar como causantes de estrés: muerte de contemporáneos, jubilación, nido vacío, pérdida de algunas capacidades sensoriales etc. No obstante la reacción ante dichos eventos depende de cada individuo y de otros factores moduladores del estrés como las características de su personalidad, el sentimiento de control sobre su vida, el grado de independencia, la percepción sobre la disponibilidad de apoyo social y en general su sistema de actividades.

Según el Dr. Dionisio Félix Zaldívar, especialista cubano en Psicología Clínica, el enfrentamiento del estrés y su prevención en la tercera edad, requieren en primer lugar la disposición de la persona para implicarse en procesos de captación de información y reflexión que le permitan el desarrollo de un proyecto de vida, para mantenerse activo y desarrollar un sistema de acciones que le posibiliten mejorar su bienestar y calidad de vida.

“La ausencia de un proyecto de vida adecuadamente estructurado, la pérdida de contactos sociales, un bajo nivel de actividad física y social y la falta de motivación para desarrollar nuevos intereses, resultan factores de riesgo a controlar y evitar” afirma el especialista.

Acciones de prevención y control

La primera acción para prevenir y controlar el estrés en la edad dorada es capacitar a las personas para que reconozcan los factores estresores más importantes que suelen aparecer en esta etapa de la vida y sus efectos sobre la salud. En segundo lugar, el especialista aconseja un adiestramiento para que se controlen las situaciones estresantes y se desarrollen habilidades personales para cambiar las estrategias con las que se abordan los problemas de estrés.

El doctor Zaldívar recomienda estos cuatro tipos de estrategias:

1 Estrategias generales, cuyos objetivos son el mantenimiento y la promoción de un adecuado estado físico (realización de ejercicios, dieta balanceada y apropiada a la edad), red de apoyo social y la implicación en actividades para el disfrute del ocio y la distracción.

2 Estrategias cognitivas, dirigidas al desarrollo de una visión optimista, a la modificación y control de pensamientos deformados e ideas irracionales, y el control de estados emocionales negativos (ansiedad, depresión, ira).

3 Estrategias fisiológicas, encaminadas a la prevención y control de los estados de activación psicofisiológica como la relajación física, el control de la respiración, o la meditación.

4 Estrategias conductuales, como el entrenamiento asertivo, la solución de problemas, el auto-control, o la gestión del tiempo, cuya finalidad será la toma de decisiones y el enfrentamiento a situaciones conflictivas.

Fuente: saludparalavida.sld.cu

Lo propio de la edad

 

Si existen dos actitudes morales

que nuestro tiempo necesita con urgencia

son el autocontrol y el altruismo.

Daniel Goleman

Rasgos de su carácter

Todo lo que digamos sobre las características generales de un chico de diez o doce años serán…, eso, generalidades. Pero es útil pararse a analizarlas, introducirse en la profundidad y riqueza de su carácter, lograr sintonizar con la frecuencia de su efervescente personalidad, porque es algo clave para acertar en su educación.

Ciertamente, las circunstancias en que se ha desarrollado la vida de cada niño condicionan bastante su forma de ser y su carácter, pero hay todo un conjunto de rasgos que son comunes a esta edad. Tratemos de describirlos.

El carácter de un chico a los diez u once años ha alcanzado ya normalmente un considerable grado de equilibrio, como si se tratara de una madurez de su etapa infantil. El antes complaciente niño de ocho o nueve años presenta ahora rasgos más definidos de afirmación de su personalidad, de curiosidad y de sociabilidad.

Es inquieto, investigador, movido. No puede estar parado. Habla con desparpajo y con un ingenio que suele hacer gracia a los mayores. Se pregunta de continuo el porqué de cada cosa. Escudriña a los adultos, los estudia con mirada penetrante, hace radiografías de cada gesto, de cada reacción, de cada modo de hablar.

Le gusta explorar, curiosear, descubrir, entrometerse. Tiene una ruidosa espontaneidad sin mucho criterio que le hace alternar fácilmente lo ocurrente y simpático con lo inoportuno o grosero.

Su vida emocional presenta frecuentes contrastes. En poco tiempo puede pasar de un espectacular enfado a una explosión de risa. Es voluble en su estado de ánimo. Puede estar gruñón e insoportable por la mañana y alegre y juguetón por la tarde. Otras veces alternará días buenos con días sombríos. Su mal humor puede aparecer en cualquier momento, aunque no suele durar mucho: no es hombre de resentimientos.

Necesita hacerse oír. Es fácil verle alzar la voz o buscar con ansiedad el protagonismo. Tiene, por naturaleza, el deseo de atraer la atención sobre sí. No conviene ser cómplices de esa tendencia mostrando excesivo interés por él en detrimento de los demás.

Es travieso e incansable. La actitud de los padres ante sus trastadas deja enseguida su huella en el carácter del chico. Cuando le hacen frente con demasiada rigidez se suceden continuos episodios de irritación familiar. Si, por el contrario, las dejan pasar, su forma de ser cristalizará en un carácter molesto y prepotente. Acertar con un juicioso término medio entre ambas actitudes extremas es un continuo reto en su educación.

Manifiesta exuberancia, curiosidad, talante extrovertido y hablador, incluso una cierta ansiedad. Le falta aún bastante sentido de la medida y de los matices. A veces no comprende bien el alcance de lo que hace; cuando alguien bromea con él, es fácil que el chico acabe por faltarle al respeto.

El hecho de que por lo general se porte mejor fuera de casa, no debe extrañar a los padres. Puede y debe verse como algo positivo: cuando quiere, sabe comportarse bien. Es una actitud bastante común en esta edad.

Es fácil contemplarle en rebeldía, y oírle decir que hace lo que le da la gana, que no tiene por qué obedecer en todo a sus padres, que ya es demasiado mayor para hacer siempre lo que ellos quieran… pero nada le gusta más que sentir la protección del padre o de la madre a la primera dificultad.

No suele buscar el aislamiento. Si tiene habitación individual, no acostumbra a permanecer encerrado en ella. Le gusta gravitar en torno a los demás, estar con todos, aunque a veces manifieste deseos de independencia. Interrumpe y molesta, pero también tiene una capacidad desusada para la alegría y la risa. Es la alegría de la casa.

Prefiere contradecir a responder. Con el tiempo aprenderá a poner equilibrio en esos impulsos. No es malicia premeditada ni simple obstinación, es parte de esa crisis de consolidación de su carácter. Otras veces le gusta establecer cordiales intercambios de opiniones, casi siempre fuera de casa, y le encanta profundizar en el conocimiento de todo.

A esta edad empieza ya a ver a los adultos con otros ojos, de menor admiración y mayor sentido crítico. Censura su comportamiento y sus palabras. No es que disminuya su cariño, pero hay quizá un exceso de suspicacia para encontrar defectos, cierto ánimo discutidor, cierta inclinación a insultar, a gritar, o a contestar de forma insolente. Pese a ello, el chico sigue conservando un fuerte sentimiento de lealtad y apego hacia su hogar. Su turbulencia no proviene de un antagonismo con la vida familiar.

Habitualmente procura decir la verdad, pero si se le hace demasiado difícil puede acostumbrarse a mentir. Está en una etapa importante para consolidar su educación en la veracidad y necesita apoyo. Resultará negativo que una excesiva severidad le dificulte ser sincero.

En contraste con lo que sucede a las chicas de la misma edad, normalmente, a los diez u once años el interés del varón por el sexo opuesto aún es bajo, y puede incluso afirmar que las niñas no le importan, o que son cursis y aburridas. Es fácil, por ejemplo, verles jugar en el colegio o en la urbanización en grupos separados de chicos y de chicas.

No es extraño que, cuando salen en grupo, tiendan a un cierto gamberrismo de poca malicia contra el otro sexo. La conducta colectiva tiene mucha fuerza y la conciencia de grupo les lleva a hacer cosas que quizá no harían solos.

A los doce, en muchos casos, las cosas pueden haber cambiado y ese interés puede surgir con una fuerza hasta entonces desconocida. Son los primeros albores de la adolescencia. Esa atención por las chicas quizá se torne de nuevo en cierta indiferencia a los trece, pero, desde luego, ha llegado ya a un nivel cronológico de interés por el sexo opuesto.

Con el paso del tiempo empieza a reivindicar para sí el derecho a tomar determinadas decisiones por sí solo, y disfruta con ello. Esto constituye un saludable síntoma de crecimiento mental. Comienza a experimentar en su interior con especial fuerza la nueva libertad de la elección responsable.

En algunos casos pueden aflorar ya rasgos característicos de la pubertad. A lo mejor no le gusta ir por la calle con su madre. O todo quiere hacerlo con sus amigos. O, no sabe por qué, pero se siente tiranizado por los padres y presenta ingenuas muestras de independencia. O no cuenta casi nada y da respuestas cortantes y lacónicas.

Son pequeñas afirmaciones de su personalidad, ante las que una madre prevenida y un padre sensato, saben aflojar la cuerda prudentemente. Ya volverán las aguas a su cauce en poco tiempo. Unos padres ingenuos y asustadizos pretenderán introducirse entonces en la intimidad del chico, precisamente ahora que él trata de cerrarse.

Son momentos en los que se advierte con diáfana claridad que se ha perdido terreno, y que quizá incluso se ha llegado ya un poco tarde. En vez de lamentarse por haber dejado pasar tantas oportunidades de ganar en confianza con el chico cuando éste lo ponía más fácil, se trata ahora de aprovechar mejor las ocasiones que se presenten en el futuro. Estamos casi la última etapa en la que aún es fácil para los padres trabar una relación profunda con la psicología del chico. No hay tiempo que perder.

La candidez, el ardor y la simpatía se combinan en un confuso proceso de crecimiento. Quizá es ahora menos insistente y más razonable, más compañero de los suyos. Hace gala de un mayor discernimiento y discreción. Recurre más a ganarse la aprobación de los demás que a las anteriores presiones y desafíos. Ya no muestra un egocentrismo tan ingenuo, y es capaz de considerar a sus mayores, e incluso a sí mismo, con cierta objetividad.

Trata de parecer mayor. Quizás afirma con facilidad que ya no es un niño y que no debe considerársele como tal. Este proceso de madurez no es uniforme ni constante, y desconcierta muchas veces al adulto por sus fluctuaciones y su inestabilidad.

Todas sus actitudes encierran un gran potencial para el bien, pero que puede ser mal encauzado en un hogar desordenado, un colegio inadecuado o un ambiente adverso. Puede decirse que

La etapa de los

diez a los doce años

es un periodo clave

en la formación de la personalidad.

Y sobre todo en aspectos como la razonabilidad, la comprensión y el buen humor. Hay que estar atentos para que esas cualidades cristalicen en rasgos firmes de su carácter.

Algunos autores señalan su expansivo entusiasmo como el rasgo principal de esta edad. Se apasiona por una comida que le apetece, por un amigo que le ha caído bien, por una película o por un capricho. Se zambulle en lo que le interesa. Le deleita el debate y la discusión. Le gusta ejercer sus capacidades intelectuales y hacer demostraciones de memoria o ingenio. Cualquier concurso en el que haya puntos, competencia, dinero de ficción o posibilidad de ser elogiado, tendrá con él un éxito asegurado.

Es una edad estupenda para fomentar su afición a la buena lectura y sus deseos de saber. Suelen interesarle los cuentos, relatos, biografías o novelas sencillas, cuyo argumento capte su atención. No suelen gustarle, por el contrario, los libros o películas de carácter romántico o sentimental, y aún no entiende bien cómo pueden tener tanto atractivo para los adultos.

También es edad de asombrosas iniciativas, de actitud expeditiva y aires de ejecutivo. Exigirá realización inmediata para sus buenas ideas, pues su confianza y seguridad en sí mismo suelen ser arrolladoras.

Es poco permeable a las abstracciones. Las ideas no suelen interesarle si no van envueltas en una imagen o, mejor aún, en una acción. Por eso es tan importante hablarle con un lenguaje concreto, emplear imágenes y comparaciones claras, y mostrar con ejemplos lo que se le quiere decir.

En estos años el chico es ya más hábil para descifrar las expresiones emocionales de los demás y ser sensible a los sentimientos ajenos. Tiene curiosidad por saber cómo son los demás niños. Se plantea con frecuencia si él es raro por sus sentimientos o inquietudes, y se pregunta por los intereses ajenos.

Es bastante sensible a la intranquilidad y al nerviosismo. La agitación le desconcierta. Ver en sus padres una cara de desánimo o de fatiga mal disimulada le contagia y tiene en él un reflejo inmediato.

Espera de los adultos

seguridad y coherencia,

decisiones sabias y maduradas.

Suele enorgullecerle saber soportar el dolor físico sin quejarse, o ser capaz de resistir el frío o el calor, o cualquier cosa que se plantee como prueba de madurez. Es una buena edad para inculcar la paciencia y la reciedumbre. Por lo general logra reprimir mejor las lágrimas y la violencia. Acepta la autoridad y disciplina justas, y a veces busca, incluso, la autodisciplina.

Encierra ya modos de pensar, de sentir y de actuar que prefiguran nítidamente su carácter futuro. Es extraordinario que estos indicios de madurez adulta se presenten tan temprano en el ciclo del desarrollo adolescente, como si la naturaleza quisiera desde muy pronto proporcionarnos una visión general de sus mecanismos secretos y de sus reservas latentes.

Actitudes e intereses: una época de contrastes

A los diez o doce años quizá se encuentre menos seguro que antes sobre su futuro. A lo mejor sueña con ser un gran futbolista, un cantante famoso, o simplemente con tener un caballo o dirigir una granja. Es frecuente que todavía se encuentre bajo la influencia de las profesiones de sus padres, pero puede tener ya sus ideas propias, aunque más confusas de lo que aparenta.

Quizá haya pensado ya en el matrimonio y puede sorprendernos afirmando que no quiere casarse o que le falta poco para hacerlo. En cuanto a los hijos, no sería extraño que explicara con detalle el número de los que piensa tener.

Le hace particularmente feliz el éxito en su trabajo escolar. Al tiempo, le puede hacer perder su buen ánimo una acumulación de tareas para el fin de semana o el día antes de un sencillo examen.

En general no se muestra ahora tan temeroso como antes, pero echa bastante de menos la presencia del adulto. A menudo no le hace ninguna gracia, por ejemplo, quedarse solo en la oscuridad. A lo mejor mira debajo de la cama antes de acostarse. O quizá oye ruidos cuyo origen ignora y teme la presencia de un intruso. Puede haberle afectado una película de excesivo terror o suspense, y desde entonces alberga nuevos temores.

Contrasta sin embargo su ánimo decidido y resuelto para muchas otras cosas. No suele tener miedo a la velocidad ni al riesgo físico, normalmente por una falta de experiencia que le lleva a hacerse poco cargo del peligro en general, salvo que la memoria de un accidente le haga ser más prudente.

Se ha tornado mucho más consciente de su aspecto físico. Tiene una clara noción de lo que viste la mayoría de la gente y es raro que vaya en contra de esas corrientes. Si está de moda tal pantalón, aquella camiseta o esa cazadora, no quiere otra cosa. Puede acabar entendiendo muchísimo de marcas de vaqueros o de zapatillas de deporte.

Empieza ya a preocuparse de que las prendas hagan juego y de combinar los colores. Para desesperación de los padres, esta exigente atención a la elección de la ropa no suele extenderse a su conservación y cuidado. Le gusta dejar que se amontone y que sea mamá quien tenga que insistir para que quede bien doblada o para echarla a lavar o a planchar. Una excesiva transigencia con esa conducta malogrará hábitos tan propios de esta edad como son el preocuparse por sus cosas y tener ordenados su armario y su habitación.

Poco a poco va perdiendo su resistencia a trabajar mostrada en épocas anteriores. Reconoce cuales son sus deberes y no suele oponerse a cumplir con sus obligaciones. Puede no hacerlo por propia iniciativa y sigue siendo necesario recordárselo, pero de tanto en tanto llega a dar pruebas de verdadera buena voluntad. Tiende a querer hacer todo en un minuto. Por lo general es más responsable cuando los padres están ausentes o no muy pendientes de él:

Hay que darle posibilidades

de ejercitar

su responsabilidad.

La mayor parte de sus actos no están determinados por la premeditación, sino por la postmeditación, una vez que sus padres o profesores le han recordado sus obligaciones. Sabe de antemano que al final tendrá que hacer las cosas, pero todavía necesita con frecuencia el impulso inicial para decidirse.

Sabe que después de una larga conversación con su madre acabará por tener que ordenar la habitación o bajar a hacer ese recado, o que unos cuantos comentarios paternos censurando su pérdida de tiempo a lo largo de la tarde le harán sentirse lo bastante culpable como para ponerse a estudiar.

Toma las críticas muy a pecho, aunque no siempre lo suficiente como para seguir adoptando por propia iniciativa la conducta deseada.

A esta edad, los varones resultan a veces menos diplomáticos con su padre. Las niñas de esta misma edad suelen mostrarse mucho más zalameras con él, y a menudo –según dicen las madres– son las que mejor lo manejan en la familia. Ellas aprenden mucho antes a reconocer los sentimientos ajenos, y saben elegir con acierto el momento más adecuado para plantear en casa una petición o conseguir un permiso.

Puede surgir en el chico de esta edad una ilusión grande por cuidar y casi criar a sus hermanos pequeños, con los que quizá apenas sienta ya celos. Sabe cómo jugar con ellos y entretenerlos, y, si los padres saben facilitarlo, es fácil que les tome un gran cariño.

No es edad de fuertes sentimientos de envidia. Si siente celos de la mayor atención a un hermanito suele ser más bien por la idea de injusticia comparativa o por su preocupación de que mimen al pequeño. Le irritan las actitudes de sus padres que lleven a malcriarlo, y protestará con energía diciendo cosas como que “si le mimas así, luego no te quejes de que sea tan insoportable…”, o frases parecidas.

También puede admirar o incluso idealizar a un hermano o hermana mayores. Es fácil que confíe más en ese hermano de quince o de dieciocho años que sabe mostrarse atento y comprensivo con él, que en sus propios padres. El hermano mayor puede jugar así un papel importante en su formación. Es ciertamente una labor educativa –muy natural en las familias numerosas– en la que los más mayores educan a los más pequeños, usando de la sabiduría que han adquirido, casi sin darse cuenta, observando a sus padres.

Vida escolar

Decíamos que a los doce años una de sus características distintivas es el entusiasmo, que puede ser tan fuerte que el chico se deje arrastrar por él. Es una edad a la que en el colegio se le puede exigir bastante. Está dispuesto a responder en la medida de sus fuerzas.

Aunque a veces manifieste con intensidad su desagrado hacia algo del colegio, la realidad es que suele ser un alumno dispuesto, entusiasta y deseoso de cooperar. Suele exigir en sus profesores o maestros capacidad de liderazgo, autoridad, justicia y comprensión.

Ahora, el grupo le resulta de suma importancia, hasta el punto de perder un poco su propia identidad dentro de él. Es probable que se una a las faltas de respeto hacia el profesor poco prestigioso, o a las bromas a otro alumno menos aventajado. Acostumbra a plegarse a la decisión colectiva. Intenta no dar apariencias de chico buenecito –suele decir– “porque si no se ríen de uno y le toman por tonto”.

Si en la clase ven a su profesor poco seguro, o blando, y que no logra mantener la disciplina, no dejarán pasar la oportunidad de arrojar pelotitas de papel, gritar a coro con los demás compañeros o golpear por debajo el pupitre ruidosamente. Contrasta esto con su formalidad ante un profesor que sepa dirigir bien el grupo. Al adulto le suele sorprender esa doble personalidad, esa diferencia entre su comportamiento en un ambiente y otro, pero es una simple prueba de la importancia que empieza a dar al grupo.

No siente predisposición contra sus profesores. Le gusta que le enseñen, y suele tener admiración hacia los que se muestran enérgicos, saben mucho, destacan en el deporte o son capaces de llevar la clase a un tiempo con autoridad y sentido del humor. La lealtad colectiva hacia sus compañeros no suele volverse contra el profesor, al que más bien tienen tendencia a admirar si presenta algunas buenas cualidades.

Sus mayores preocupaciones pueden perfectamente ser el colegio, los exámenes, el boletín de notas o la posibilidad de suspender, o que el profesor haga llegar una queja a sus padres. El fracaso escolar puede repercutir con fuerza en toda su vida de relación con los demás, hacerle mostrarse agresivo o triste, o incluso provocar que un buen día no quiera ir a clase y llore en casa desconsoladamente.

Es importante conocer las causas de esas posibles angustias para poner remedio, cosa que no es difícil si se está en contacto con su tutor o sus profesores. A veces, ante esos resultados negativos, le faltará aprender a controlar sus emociones y superar esos contratiempos.

No será raro que le guste llegar al colegio un rato antes de la hora de entrada, para reunirse con sus amigos y charlar. Puede ser el momento de comentar el partido de fútbol o la película de anoche, o de finalizar una tarea –quizá copiándola de un compañero– que el día anterior dejó sin concluir.

A esta edad los niños ya no se aglomeran tanto en torno a su profesor, aunque siguen dándole entrada en sus conversaciones y actividades, y aún se preocupan bastante de su imagen ante él.

Puede existir un considerable intercambio profesor-alumno, pero ya no le gusta parecer que va detrás de él, o que le ríe todas las gracias o está demasiado atento a lo que dice.

Revela una gran diversidad de intereses en su trabajo escolar, aunque sigue prefiriendo los deportes. Puede encontrar una facilidad grande para las matemáticas, o deleitarse comprobando su facilidad para retener datos e ideas.

Es época de consolidar y desarrollar facultades como la memoria –tan erróneamente desprestigiada en algún tipo de enseñanza–, la capacidad de cálculo aritmético, la visión espacial, el sentido del ritmo y de la armonía, la sensibilidad artística, etc.

Es fácil encontrarle en clase deliciosamente abierto y falto de inhibiciones, igual que en el hogar. Es franco respecto a las cosas que le desagradan. Se ha dicho que el niño paga con su aprobación o su rechazo siempre al contado. Cualquier acción positiva suscita de inmediato su adhesión, igual que cualquier atropello provocará su más enérgica protesta. Si siente vulnerados sus derechos no tiene ningún reparo en decirlo. Le parecerá muy injusto, por ejemplo, que un profesor les retenga en el aula después de la hora en que comienza el recreo o el deporte.

Todavía en clase se suceden episodios que tardará en considerar infantiles. Es fácil ver cómo se pelean, hay persecuciones, se esconden carteras, pasan furtivamente los libros de un compañero por toda el aula o se lanzan cualquier tipo de objetos… y disfrutan con ello de una forma sorprendentemente pueril para el observador adulto.

Las entrevistas con su preceptor o tutor en el colegio empiezan ya a ser más normales. A los ocho o nueve años era casi imposible dialogar con él de modo un poco estable: no fijaba la atención, se distraía con todo, jugaba, no había forma de mantener una conversación por mucho tiempo. Ahora, es ya un hombrecito que muchas veces hace gracia por su agudeza y su amenidad.

Se muestra cortésmente amistoso, sincero, seriecito y objetivo. Da rienda suelta a su irrefrenable curiosidad. Su atento examen visual de todo le da un sociable espíritu inquisitivo. La conversación suele ser agradable para ambos.

Suele hacer comentarios o formular preguntas sobre cualquier cosa que se presente a su vista o irrumpa en su imaginación. Aunque responde con rapidez, se muestra más reflexivo. Sus frases son claras, espontáneas e interesantes. Cuando se capta su atención, escucha totalmente estático y con los ojos muy abiertos.

Su franqueza y su comunicatividad son tan grandes que basta con escucharle con interés para que el chico cuente todo lo que pasa por su cabeza. Si se logra esa confianza, es fácil conocerle y poder así orientarle bien.

interrogantes.net

La divertida, triste y confusa etapa

 

“A través de esta carta, quiero hacerles llegar la necesidad que tengo de que vuelvan a confiar en mí, como yo en ustedes…”

Queridos mamá y papá:

Soy Juan, su hijo. Como recuerdan tengo 17 años recién cumplidos.

Hoy les escribo para contarles sobre la divertida, triste y confusa etapa que estoy viviendo; no solamente para ustedes es difícil tener un adolescente en casa, serlo es aún más complicado.

No es fácil transmitir claramente qué siento y qué pasa por mi cabeza, porque de verdad son muchas cosas. Me cuestiono todo: mi apariencia física, porqué en vez de ser alto soy bajo y porqué mi pelo es morocho y no rubio; la educación que recibí de ustedes, sus actitudes frente a la vida, frente a mí y al resto de los miembros de la familia; la existencia de Dios o de algún otro ser superior; mis amistades, etc.

Estos cambios, generalmente me provocan dolor. Este dolor acompañado de falta de experiencia me lleva en muchos casos, a actuar irresponsablemente y a cometer una seguidilla de errores, que me separan aún más de ustedes. Ya no soy más el niño mimado y de tez suave que traía alegría a la casa; y ustedes no más esos padres cariñosos y pacientes, que cuando me caía me ayudaban a levantar; ahora soy una mochila pesada, que nada de lo que hago les enorgullece. Esa pérdida de confianza en mí, me genera rebeldía y aún más amargura.

A través de esta carta, quiero hacerles llegar la necesidad que tengo de que vuelvan a confiar en mí, como yo en ustedes; porque son los únicos que me pueden ayudar a crecer de verdad.

No quiero que cierren sus ojos ante la realidad que les toca vivir como padres de un adolescente. Quiero volver a confiar en ustedes y poder abrirles mi corazón, para que estén enterados de quién soy en realidad: un hijo que grita por su amor y confianza, una persona con un gran potencial que necesita ser incentivado.

Les pido perdón por todos los dolores de cabeza que les causé injustamente, y les cuento que los quiero mucho, y que ese caparazón de chico rudo y difícil es una simple caparazón, y que los necesito mucho, de verdad los necesito, juntos y fuertes, llenos de paciencia para terminar la obra que empezaron hace un poco más de diecisiete años.

Juan

www.sembrarfamilia.org