La familia: cenáculo de amor

 

Aunque parece legítimo hablar de crisis de la familia, quizá sería más apropiado hablar de «crisis de amor». Aun cuando probablemente no en todos los casos donde se constata la «crisis familiar», con certeza en la gran mayoría –independientemente de estamentos sociales o de clasificación urbana o rural– se debe hablar de una «crisis de amor» que genera la «crisis de familia».

¿Qué es la familia si no hay amor? ¿Una mera célula de la sociedad? ¿Un centro donde se mezclan intereses contrapuestos? ¡Y si se trata de una familia que se llama cristiana! Será cualquier cosa, pero del todo alejada de ese misterio de amor, de ese sacramento de la presencia amorosa de los cónyuges y los hijos que le dice al mundo que Cristo Jesús es su centro y su vida. Cuando se olvida que el matrimonio, del que surge la familia, es una vocación, un llamado de Dios a los cónyuges para que se santifiquen por ese camino, se cede a la rutinización y con ello al empobrecimiento que mata lo sublime y termina por minar la unión. La vida conyugal cristiana es un camino a la santidad. Es doloroso que hoy muchos lo olviden, o quizá hasta lo ignoren. Cuando se olvida o se origina que el matrimonio es un camino ascético donde los cónyuges van matando el egoísmo para sumergirse en un «nosotros» que trasciende el «yo» y el «tú» en una realidad misteriosa que hace presente a Cristo entre ellos, se destruye la posibilidad de vivir una realidad maravillosa: la familia como cenáculo de amor. Dolorosamente, es fácil constatar que hay muchas «familias» que no son sino un egoísmo en plural.

Y, porque se olvidan estar realidades es por lo que hoy se casa mucha gente con la misma facilidad con la que se toma una cerveza o una gaseosa. Sin pensarlo mucho; sin prepararse bien. La frase puede parecer poco feliz, pero mucho más infeliz es la cantidad de hogares destrozados por falta de amor. La cantidad de hijos víctimas, en esos hogares, es trágico resultado de la superficialidad, donde se confunde el misterio del amor con superficiales emociones. Incluso en muchos casos donde hay una fuerte incidencia de factores estructurales ¡hay tanto que se podría haber superado con un amor auténtico, purificador!

Para muchos resulta poco comprensible hablar de la familia como «pequeña Iglesia» o como reflejo del Amor íntimo de Dios. Y es que falta amor. Falta comprender que la realidad del ser humano apunta al Amor, y que la realidad de amor que cada uno vive –cuando es de verdad amor– es una participación de ese Amor que viene de Dios. Para esto hay que educarse y purificarse. Cada ser humano, invitado por Dios a la realidad sublime de participar del Amor, está herido por el pecado –¡cómo se olvida hoy la terrible realidad del pecado! –, y esa tendencia del anti-Amor que cada cual puede constatar en sí es un grave obstáculo para la realización integral del ser humano, para la integración personal y para la comunión con los demás. Bien nos han recordado nuestros Obispos latinoamericanos en Puebla que el pecado es rechazo del amor y ruptura de la comunión, y que su presencia envenena al hombre y a los pueblos.

El pecado, ruptura con Dios, es causa de la ruptura de la realidad íntima del hombre en una fragmentación y desarticulación que le mueve a los más angustiantes quejidos recogidos por la literatura de un Kafka, un Camus, un Celine o un Sartre, pero vividos por hombres concretos, cercanos. El pecado es fuente del mal que hay en el hombre y en la sociedad. El pecado da lugar al egoísmo, que en el caso del matrimonio es su negación, y en el caso de la familia conduce a la cosificación de los hijos, a su apropiación como objetos, y a la mutación de las responsabilidades de un amor promotor, liberador, que respeta y reverencia la profunda libertad de esos «hijos de Dios», por la de «dar cosas». Muchas «crisis» de familias se deben a esa sustitución de la realidad del «ser», que es amor, por la del «tener»; trágica sustitución hija de una civilización sometida al materialismo más vulgar y al hedonismo que de él nace.

El caso de muchos padres que por omisión incumplen sus deberes de formar en la fe a sus hijos no es sino un ejemplo de su ignorancia de la realidad profunda y eminentemente difusiva del misterio del amor. Incluso se ve la dolorosa realidad de que, cuando los hijos que han recibido la semilla de la fe en el Bautismo descubren por sí mismos las consecuencias de esa fe, hay padres que se oponen, celosos de Dios, de los caminos de Dios, y consideran exagerado un auténtico compromiso liberador con el Señor Jesús. ¡Es que ignoran el amor! ¡Es que están ciegos a la realidad de Cristo! Por ello, en vez de amor, que es respetuoso de la libertad y del destino del otro, surge el afán posesivo, planificante, cosificador, nacido del anti-Amor. ¡Cuánto obstáculo al Plan de Dios!

El matrimonio, la familia, son proyectos en la vida de sus miembros. Son caminos por los cuales Dios invita a sus componentes a un encuentro plenificador, a una conversión, a una apertura. La familia cenáculo de amor es un proyecto de existencia, un estilo de vida fundado en el modelo de la Familia de Nazaret. Ella constituye un horizonte que debe orientar a todos aquellos a quienes el Señor llama a vivir la vocación del matrimonio, o su presencia en la familia, a descubrir el dinamismo liberador del Amor.

El llamado de Cristo a la conversión no es una invitación a separar la vida de la fe de la vida diaria, como algunos parecen comprender, sino a integrar la fe en la vida diaria. Todos los actos de la vida deben traslucir los efectos del compromiso con el Señor. En la vida conyugal y familiar se debe buscar que la presencia transformante de Dios se vuelque en la vida concreta, manifestándose en los diversos aspectos y realidades de la vida diaria de cada uno de los integrantes de la pareja y de la familia.

Amar es una posibilidad del ser humano, pero no es una realidad fácil de alcanzar. Amor, responsabilidad, libertad, respeto, son realidades que van unidas. Los medios de comunicación social han vulgarizado y envilecido la suprema realidad del misterio del amor. Es tarea de cada cual descubrirse a sí mismo, y descubrir qué tipo de tendencias anidan en él. Hay que seguirle la pista al anti-Amor para darle la contra, y así hacer lugar al impulso generoso y reverente del Amor, que es participación y conduce a la comunión. Hay un estrecho vínculo entre la tarea de hacerse hombre, ser humano pleno, y la tarea de abrirse a la gracia de Dios para erradicaar la tendencias del anti-Amor y dar lugar al Amor, a sus consecuencias y a sus participaciones.

El matrimonio, vocación de encuentro humano en el amor, es una realidad donde se puede verificar la verdad del «nosotros», dimensión que, al estar enraizada en el amor, será la de un dinamismo de apertura y comunión hacia los otros. La familia es también un medio de relaciones que, cuando están centradas en el amor y en la comunión, en la libertad respetuosa de cada cual, en el orden justo y prudente, es un «cenáculo de amor» que plenifica a sus integrantes, que abren sus vidas al Señor de la Vida, y se vuelcan generosa y solidariamente hacia los demás seres humanos, compartiendo inquietudes y esperanzas, y dando un testimonio efectivo de que el amor es posible, de que es real, por obra de Aquel que es todo Amor.

El matrimonio y la familia son realidades sublimes que deben ser comprendidas y valoradas a la luz de la Revelación del Señor, para que puedan ser vividas a plenitud en conformidad con el amoroso Plan Salvífico de Dios.

Fuente: La versión electrónica de este documento ha sido realizada por el Movimiento de Vida Cristiana. Derechos reservados (©). Este texto en versión electrónica solo puede ser reproducido por razones pastorales de la Iglesia sin introducir modificación alguna y manteniendo la integridad de su sentido. Deberá consignarse claramente la fuente. Se entiende que sólo puede ser usado en ediciones no comerciales y ajustándose a las condiciones estipuladas. Autor: Luis Fernando Figari, 1980.