Mi hijo es demasiado movido

 

Andrés es un niño de 6 años y en casa no suele parar mucho tiempo quieto, le encanta jugar e ir al parque. Pero le cuesta mucho quedarse sentado, realizar una tarea tranquilo, y se irrita fácilmente cuando sus padres le castigan. En el colegio se muestra impulsivo e inquieto en juegos comunes y eso hace que el resto de sus compañeros comiencen a “darle de lado”. Sus padres se muestran muy preocupados por esta situación.

El caso de este niño no es único en nuestros días, ni hoy ni antes, siempre ha habido niños movidos, inquietos, alborotadores, etc. ¿Pero que hacer con ellos? ¿En dónde vienen las instrucciones para este tipo de niños? Se preguntan muchos padres, porque es cierto que suelen agotar la paciencia de más de uno de ellos

En la actualidad se oye mucho hablar de una alteración del comportamiento denominada hiperactividad. En los centros escolares el profesor y orientador, son los que lo detectan o se encuentra con este problema. Ya que es alrededor de los 5 años, cuando el niño inicia su escolaridad en un sistema reglado, donde comienzan sus principales dificultades pues éste les exige tener una mayor atención y control sostenido de los impulsos en muchas actividades. Siendo su prevalencia mayor entre los chicos que las chicas.

Entendemos por trastorno de hiperactividad con déficit de atención o sin él aquel que impide al niño su desarrollo normal, debido a la incapacidad para centrar su atención, su inquietud constante e impulsividad. Por este motivo un niño con hiperactividad toma decisiones demasiado pronto, antes de obtener o revisar la información, por ello se comprende que este tipo de niños fracasen en la escuela.

Pero dejando a un lado esta alteración del comportamiento en el niño y volviendo al caso de Andrés, tendríamos que valorarlo. Sus padres, de primera mano, tienen que considerar que un niño de su edad tiene que estar en constante movimiento, es lo que les toca y por eso mentalizarse de que no se es “malo” por eso, ya que muchos padres consideran que, a veces, esa forma de comportarse es para fastidiarles y ahí es donde se crea el principal problema, algo natural y evolutivo en un niño se comprende mal y de ahí que se eduque mal, (bien con excesiva disciplina o permisividad, ya que cuando la anterior falla uno no sabe qué hacer). De esta manera salen mal parados los dos: el niño, porque se cree raro y malo, y los padres, porque se culpan de haber tenido un niño que para ellos es un incordio. Es por lo que, a veces, acuden una y otra vez a múltiples especialistas que les ayuden pensando que éstos podrán arreglar la situación. Y es que, a veces, no caen en la cuenta de que primero tienen que mostrar una “sintonía emocional” con su hijo, aprender a quererlo tal cual, entendiendo su peculiar forma de comportarse y a raíz de ahí, con el uso de pequeñas rutinas, de estimular su autonomía, ponerles límites, favorecer su desarrollo siendo sistemáticos, coherentes y consistentes en todo momento (y, claro esta, por parte de ambos padres).

Por otro lado, sí es cierto que el contexto social al que se exponen la gran mayoría de los niños pequeños es realmente estresante: la variedad de actividades extraescolares en las que se ven inmersos, no contar con figuras de referencia estables que les sirvan de apoyo y guía, la ausencia de hábitos o rutinas, sumado todo ello a la exposición a las nuevas tecnologías de las cuáles se hacen dueños; y tan cierto es eso que recientemente pude escuchar el caso de un niño pequeño de apenas 4 años que se acostaba con sus padres en su cama viendo la televisión, sus padres se dormían y el continuaba viendo la televisión hasta altas horas de la madrugada sosteniendo, literalmente, el “mando de la tele”. Éste no creo que sea el único caso. Con lo cual es de considerar que por parte de los padres se tengan en cuenta toda esta clase de factores, que de alguna manera pueden estar influyendo para que su hijo además de que es de por si inquieto, acentúe todavía más su situación.

Sí es cierto que los padres aprenden por ensayo y error en la mayoría de las cosas, pues bien lo dijo en una de sus viñetas nuestra querida Mafalda: “Padres e hijos reciben el mismo título pero ninguno de ellos han asistido un curso para ejercer su profesión”. Por lo cual, sí es cierto que se puede meter la pata, pero mejor esto a que los padres permanezcan de brazos cruzados viendo pasar como sus hijos son educados por “otros”. Así estas orientaciones pueden resultarles útiles:

– Identificar las potencialidades y debilidades del niño, creándose unas expectativas realistas sobre el/ella.

– Favorecer su autonomía personal: no haciendo lo que pueda hacer por sí mismo/a, dejarles que asuman las consecuencias de sus actos y comprender sus errores.

– Insistir en que haya normas y límites claros que tienen que ser respetados (siempre acomodándolos a su edad y desarrollo).

– Darle un lugar apropiado para el estudio, buena alimentación y pautas de sueño, que le ayuden a fomentar la capacidad del niño para concentrarse en lo que esta haciendo, y reduciendo en todo lo posible influencias perturbadores en su entorno.

– Si hay que introducir cambios en su comportamiento tienen que ir dirigidos u orientados al cambio de esa conducta concreta. Por lo tanto nunca exigir desde un principio el cambio de actitudes: “es que tienes que ser…”. Frente a ellos es mejor: “tienes que hacer o tienes que comportarte”.

– Reforzar sus esfuerzos y progresos frente a una fijación extrema de que todo lo hace mal, le ayudara a sentirse valorado

– Y, ante todo, fomentar un clima de seguridad y comunicación, en donde se favorezca la expresión emocional del niño, así como un diálogo con él.

María del Carmen González Rivas
Psicóloga
mcarmengr@cop.es