Casarse es bueno para la salud

Investigadores de la Universidad de Cardiff, en Gales (Reino Unido), aseguran que el matrimonio es bueno bueno para la salud, mejorando sobre todo el estado físico de los hombres y la salud mental de las mujeres.

Cuanto mayor es el compromiso con la pareja, mayor beneficio para la salud”Pese a que, como reconocen los propios autores de esta investigación, el matrimonio puede estar lleno de dificultades y estrés, la evidencia científica demuestra que “vale la pena” ya que mejora los estándares de salud de quienes se casan.

El estudio, que publica el British Medical Journal, se ha basado en una revisión de diversos estudios en los que se analizaba el impacto que tiene para la salud vivir en pareja. Uno de ellos, incluso, mostraba que las parejas casadas tenían una tasa de mortalidad entre un 10 y 15 por ciento más baja que la del resto de la población.

Duración y apoyo social
De este modo, observaron que las relaciones de pareja de larga duración tienen una mejor calidad de vida, relacionado por los autores con un mayor apoyo social que, según aseguran, comienza en su propia pareja, lo que también “favorece un estilo de vida más sano y una mejor salud emocional y física”.

Las mujeres tienen una influencia más positiva en el estilo de vida de su pareja”Sin embargo, los investigadores observan que estos efectos protectores varían de acuerdo al tipo de relación,distinguiendo entre vivir en pareja y estar casados. “Cuanto mayor es el compromiso con la pareja, mayor beneficio para la salud”, aseguran, comprobando efectivamente que las parejas casadas viven más.

El matrimonio, mejor para las mujeres
Igualmente, observaron también que el matrimonio es ”especialmente beneficioso” para la salud mental de las mujeres, mientras que los hombres que vivían en pareja pero no estaban casados tenían una muy buena salud física, según los autores, porque “las mujeres tienen una influencia más positiva en el estilo de vida de su pareja”.

En el estudio también se observó que la duración de las relaciones también afectaba a la salud, siendo mayor el beneficio en las parejas que llevaban más tiempo juntos.

Del individuo a la pareja o al revés
En el estudio también se ha tratado de definir cuál es el mejor momento para establecer un compromiso duradero de pareja, determinando que para los hombres es después de los 25 años y para las mujeres entre los 19 y los 25 años.

Los investigadores subrayan, sin embargo, que hasta ahora la evidencia científica no ha logrado confirmar si la buena salud mental de un individuo conduce a una buena relación de pareja o viceversa. “Hay una hipótesis que dice que los individuos bien adaptados tienen más probabilidades de establecer relaciones de largo plazo”, explican, destacando que sobre esto “es probable que los beneficios de salud observados no sean sólo la causa de tener una buena relación de pareja”.

fuente:Europa Press

¿VALE LA PENA CASARSE?

Bastantes jóvenes aseguran hoy que no ven razón alguna para contraer matrimonio. Se quieren, y en ello encuentran una justificación sobrada para vivir juntos. Estimo que están equivocados, pero los comprendo perfectamente.

Por Tomás Melendo (*)

Y es que las leyes y los usos sociales han arrebatado al matrimonio todo su sentido: a) la admisión del divorcio elimina la seguridad de que se luchará por mantener el vínculo; b) la aceptación social de «devaneos» extramatrimoniales suprime la exigencia de fidelidad; y c) la difusión de contraceptivos desprovee de relevancia y valor a los hijos.

¿Qué queda, entonces, de la grandeza de la unión conyugal?, ¿qué de la arriesgada aventura que siempre ha sido?, ¿con qué objeto «pasar por la iglesia o por el juzgado»? Vistas así las cosas, a quienes sostienen la absoluta primacía del amor habría que comenzar por darles la razón… para después hacerles ver algo de capital importancia: que es imposible quererse bien, a fondo, sin estar casados.

Hacerse capaz de amar

Aunque pueda suscitar cierto estupor, lo que acabo de sostener no es nada extraño. En todos los ámbitos de la vida humana hay que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del amor, que es a la par la más gratificante y difícil de nuestras actividades? Jacinto Benavente afirmaba que «el amor tiene que ir a la escuela». Y es cierto. Para poder querer de veras hay que ejercitarse, igual que, por ejemplo, hay que templar los músculos para ser un buen atleta.

Pues bien, la boda capacita para amar de una manera real y efectiva. Nuestra cultura no acaba de entender el matrimonio: lo contempla como una ceremonia, un contrato, un compromiso… Algo que, sin ser falso, resulta demasiado pobre. En su esencia más íntima, la boda constituye una expresión exquisita de libertad y amor. El sí es un acto profundísimo, inigualable, por el que dos personas se entregan plenamente y deciden amarse de por vida. Es amor de amores: amor sublime que me permite «amar bien», como decían nuestros clásicos: fortalece mi voluntad y la habilita para querer a otro nivel; sitúa el amor recíproco en una esfera más alta. Por eso, si no me caso, si excluyo ese acto de donación total, estaré imposibilitado para querer de veras a mi cónyuge: como quien no se entrena o no aprende un idioma resulta incapaz de hablarlo.

A su joven esposa, que le había escrito: «¿Me olvidarás a mí, que soy una provincianita, entre tus princesas y embajadoras?», Bismark le respondió: «¿Olvidas que te he desposado para amarte?». Estas palabras encierran una intuición profunda: el «para amarte» no indica una simple decisión de futuro, incluso inamovible; equivale, en fin de cuentas, a «para poderte amar» con un querer auténtico, supremo, definitivo.

Casarse o «convivir»

No se trata de teorías. Cuanto acabo de exponer tiene claras manifestaciones en el ámbito psicológico. El ser humano sólo es feliz cuando se empeña en algo grande, que efectivamente compense el esfuerzo. Y lo más impresionante que un varón o una mujer pueden hacer es amar. Vale la pena dedicar toda la vida a amar cada vez mejor y más intensamente. En realidad, es lo único que merece nuestra dedicación: todo lo demás, todo, debería ser tan sólo un medio para conseguirlo.

Pues bien, cuando me caso establezco las condiciones para consagrarme sin reservas a la tarea de amar. Por el contrario, si simplemente vivimos juntos, y aunque no sea consciente de ello, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, a «defender las posiciones» alcanzadas, a no «perder lo ganado».

Todo, entonces, se torna inseguro: la relación puede romperse en cualquier momento. No tengo certeza de que el otro se va a esforzar seriamente en quererme y superar los roces y conflictos del trato cotidiano: ¿por qué habría de hacerlo yo? No puedo bajar la guardia, mostrarme de verdad como soy… no sea que mi pareja advierta defectos «insufribles» y decida no seguir adelante. Ante las dificultades que por fuerza han de surgir, la tentación de abandonar la empresa se presenta muy cercana, puesto que nada impide esa deserción…

En resumen, la simple convivencia sin entrega definitiva crea un clima en el que la finalidad fundamental y entusiasmante del matrimonio —hacer crecer y madurar el amor y, con él, la felicidad— se ve muy comprometida.

¿Amor o «papeles»?

Todo lo cual parece avalar la afirmación de que «lo importante» es quererse. Me parece correcto. El amor es efectivamente lo importante. No hay que tener miedo a esta idea. Pero ya he explicado que no puede haber amor cabal sin donación mutua y exclusiva, sin casarse. Los papeles, el reconocimiento social, no son de ningún modo lo importante… pero, en cuanto confirmación externa de la mutua entrega, resultan imprescindibles.

¿Por qué?

Desde el punto de vista social, porque mi matrimonio tiene repercusiones civiles claras: la familia es -¡debería ser!- la clave del ordenamiento jurídico y el fundamento de la salud de una sociedad: es indispensable, por tanto, que se sepa que otra persona y yo hemos decidido cambiar de estado y constituir una familia.

Pero, sobre todo, la dimensión pública del matrimonio -ceremonia religiosa y civil, fiesta con familiares y amigos, participaciones del acontecimiento, anuncio en los medios si es el caso, etc.- deriva de la enorme relevancia que lo que están llevando a cabo tiene para los cónyuges. Si eso va a cambiar radicalmente mi vida para mejor, si me va a permitir algo que es una auténtica y maravillosa aventura… me gustará que quede constancia: igual que anuncio con bombo y platillo las restantes buenas noticias. Igual, no. Mucho más, porque no hay nada comparable a casarse: me pone en una situación inigualable para crecer interiormente, para ser mejor persona y alcanzar así la felicidad. ¿Cómo no pregonar, entonces, mi alegría?

¿Anticipar el futuro?

Es verdad que, a la vista de lo expuesto, bastantes se preguntan: ¿cómo puedo yo comprometerme a algo para toda la vida, si no sé lo que ésta me deparará?, ¿cómo puedo estar seguro de que elijo bien a mi pareja?

A todos ellos les diría, antes que nada, que para eso esta el noviazgo: un período imprescindible, que ofrece la oportunidad de conocerse mutuamente y empezar a entrever cómo se desarrollará la vida en común.

Después, si soy como debo ya sé bastante de lo que pasará cuando me case: sé, en concreto, que voy a poner toda la carne en el asador para querer a la otra persona y procurar que sea muy feliz. Y si ese propósito es serio, será compartido por el futuro cónyuge: el amor llama al amor. Podemos, por tanto, tener la certeza de que vamos a intentarlo por todos los medios. Y entonces es muy difícil que el matrimonio fracase.

Observar y reflexionar

Ciertamente, esa decisión radical de entrega no basta para dar un paso de tanta trascendencia. Hay que considerar también algunos rasgos del futuro cónyuge. Por ejemplo, si «me veo» viviendo durante el resto de mis días con aquella persona; también, y antes, cómo actúa en su trabajo, trata a su familia, a sus amigos; si sabe controlar sus impulsos sexuales (porque, de lo contrario, nadie me asegura que será capaz de hacerlo cuando estemos casados y se encapriche con otro u otra); si me gustaría que mis hijos se parecieran a él o a ella… porque de hecho, lo quiera o no, se van a parecer; si sabe estar más pendiente de mi bien (y del suyo) que de sus antojos…

En definitiva, atender más a lo que es; después, a lo que efectivamente hace, a cómo se comporta; y en tercer lugar, a lo que dice o promete, que sólo tendrá valor cuando concuerde con su conducta.

Relaciones anti-matrimoniales

Y aquí suele plantearse una de las cuestiones más decisivas y sobre las que impera una mayor confusión. La necesidad de conocerse, de saber si uno y otra congenian, ¿no aconseja vivir un tiempo juntos, con todo lo que esto implica?

Se trata de un asunto muy estudiado y sobre el que cada vez se va arrojando una luz más clara. Un buen resumen del status quaestionis sería el que sigue: está estadísticamente comprobado que la convivencia a que acabo de aludir nunca -nunca!- produce efectos beneficiosos. Por ejemplo: a) los divorcios son mucho más frecuentes entre quienes han convivido antes de contraer matrimonio; b) las actitudes de los jóvenes que empiezan a tener trato íntimo empeoran notablemente y a ojos vista… desde ese mismo momento: se tornan más posesivos, más celosos y controladores, más desconfiados e irritables…

La causa, aunque profunda, no es difícil de intuir. El cuerpo humano es, en el sentido más hondo de la palabra, personal; y quizá muy especialmente sus dimensiones sexuales. En consecuencia, la sexualidad sólo sabe hablar un idioma: el de la entrega plena y definitiva.

Mas en las circunstancias que estamos considerando esa total disponibilidad resulta contradicha por el corazón y la cabeza, que, con mayor o menor conciencia, la rechazan, al evitar un compromiso de por vida. Surge así un ruptura interior en cada uno de los novios, que se manifiesta psíquicamente por un obsesivo y angustioso afán de seguridad, cortejado de recelos, temores, suspicacias… que acaban por envenenar la vida en común.

De ahí que a este tipo de relaciones, en contra del uso habitual, prefiera llamarlas «anti-matrimoniales».

Para conocerse de veras

Por otro lado, resulta ingenua la pretensión de decidir la viabilidad de un matrimonio por la «capacidad sexual» de sus componentes: ¡como si toda una vida en común dependiera o pudiera sustentarse en unos actos que, en condiciones normales, suman unos pocos minutos a la semana!

Pero es que la mejor manera de conocer a nuestro futuro cónyuge en ese ámbito consiste, como antes sugería, en observarlo en los demás aspectos de su vida, y tal vez principalmente en los no se relacionan directamente con nosotros: reflexionar sobre el modo cómo se comporta en su familia, en el trabajo o estudio, con sus amigos o conocidos. Si en esas circunstancias es generoso, afable, paciente, servicial, tierno, desprendido…, puede asegurarse, sin temor al engaño, que a la larga esa será su actitud en las relaciones íntimas. Mientras que la «comprobación directa», e incluso la forma de tratarnos, por responder a una situación claramente «excepcional» -el noviazgo- no sólo no proporciona datos fiables sobre su vida futura, sino que en muchos casos más bien los enmascara.

¿Probar a las personas?

Pero se puede ir más al fondo: no es serio ni honrado «probar» a las personas, como si se tratara de caballos, de coches o de ordenadores. A las personas se las respeta, se las venera, se las ama; por ellas arriesga uno la vida, «se juega -como decía Marañón- a cara o cruz, el porvenir del propio corazón».

Además, la desconfianza que implica el ponerlas a prueba no sólo crea un permanente estado de tensión difícil de soportar, sino que se opone frontalmente al amor incondicionado que está en la base de cualquier buen matrimonio.

A lo que cabe añadir otro motivo, todavía más determinante: no se puede (es materialmente imposible, aunque parezca lo contrario) hacer esa prueba, porque la boda cambia muy profundamente a los novios; no sólo desde el punto de vista psicológico, al que ya me he referido, sino en su mismo ser: los modifica hondamente, los transforma en esposos, les permite amar de veras: ¡antes no es posible hacerlo!, como ya apunté.

Pero esta es una cuestión de tanta trascendencia que quizá merezca, íntegro, un nuevo escrito.

(*) Tomás Melendo

Catedrático de Metafísica (Filosofía)

Universidad de Málaga

e-mail: tmelendo@eresmas.net

Colaborador de Arvo.

Este artículo ha sido publicado en ESCRITOS ARVO.

¡Nos casamos!

            He tenido la oportunidad de asistir durante este verano a algunas bodas de familiares y amigos. La verdad es que muchos podrían decir hoy en día que esto de casarse ya no se lleva, sin embargo aún son muchas parejas las que deciden comprometerse y dar ese paso hacia el sacramento del matrimonio. “ Yo, …, te recibo a ti, …, como esposo/a y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida”. Estas son las palabras que se encuentran en el centro de la liturgia del matrimonio, con las cuales los novios sellan su unión. Son ellos los ministros del sacramento pues, en este caso el sacerdote es el testigo oficial del ritual de la boda, que al mismo tiempo bendice el matrimonio y preside toda la liturgia del sacramento. También son testigos, en cierto sentido, todos los participantes en el rito de la boda, y en forma oficial algunos de ellos.

El matrimonio como sacramento es sagrado, un símbolo que en las religiones, cualquiera que sean, tiene importancia capital. Casarse en un momento de la vida, es arriesgarse, de ahí conectar con su valor sagrado y experimentarlo de esa forma, ambos. Casarse implica comenzar una nueva vida, no es un sencillo acto social. Es por eso que para los cristianos el matrimonio no es un contrato sino una alianza que recuerda la alianza de amor que Dios hizo con la humanidad.

            ¿Pero qué es lo que lleva a las persona a tender a este compromiso? Son ellos los que deciden casarse y nadie les obliga. (si esta condición se diera sería causa de nulidad matrimonial) Inscrito está en el corazón del hombre -como he comentado en otras ocasiones- vincularse, comprometerse con lo que uno desea, llámese un trabajo, una dedicación… o en el caso que nos ocupa una persona. El compromiso resulta de la firme intención de dedicarse a la otra persona, serle fiel y compartir con ella actividades y bienes personales sin limitación temporal. Es el deseo y decisión de formar un nosotros y poderlo manifestar públicamente con cualquier tipo de reconocimiento oficial. A la misma vez es esta necesidad de compromiso en la relación de pareja la que le confiere sensación de seguridad y confianza. Así también lo expresa el psiquiatra Paulino Castells “Necesitamos asirnos a unos compromisos,… Nuestra razón y corazón se han de comprometer al unísono y de facto. Estar seguros de que nuestra pareja nunca nos abandonará confiere una sensación de seguridad y confianza en la relación”.

            Previamente al matrimonio consideramos que es necesario un tiempo de preparación para él. A este período se le ha dado en denominarse noviazgo y sirve para que la pareja se conozca con mayor intimidad y poder así buscar la unión de ideales para dar el paso siguiente hacia el compromiso, en el matrimonio. Visto de esta forma garantiza la posibilidad de un mejor conocimiento, ofrece la necesidad de salir de sí mismo para poder acercarse al otro y es periodo de aprendizaje de los propios límites, de posibilidades y un conocimiento real. 

            La elección en el noviazgo debe apoyarse en algo profundo antes de tomar la decisión para contraer matrimonio. Elegir pareja bajo sobre la base exclusiva de lo sensitivo (ver, oír,, tocar, gustar, etc.) o apoyar tal elección en base experiencias vividas en el pasado bien positivas o negativas no es propiamente una elección madura. Y es que si hay algo que diferencia al noviazgo del matrimonio es su condición de libertad, el noviazgo no tiene por qué terminar en el matrimonio. Lo que distingue un estado del otro, es que en uno hay libertad de decisión y en el otro la decisión ya está tomada. Precisamente los noviazgos, como decíamos, son para el conocimiento mutuo, ver similitudes, diferencias, otros puntos de vista, en definitiva ver si quiero realmente compartir mi vida con esa persona. Si durante ese período los ajustes no llegan a consolidarse entre la pareja seguir con una relación en la que uno no se encuentre cómodo, confiado, o respetado (entre otros) puede abocar a que en el paso siguiente hacia el matrimonio haya dificultades añadidas a las cuáles tendrán que enfrentarse.

            Dicho así tenemos que saber que un buen noviazgo prepara para un buen matrimonio, aunque no necesariamente este tiene que llevar a él. Y si hay algo que principalmente los diferencia es esa exclusividad y compromiso del uno con el otro. La situación del noviazgo es un tiempo de preparación y conocimiento fundamentado en la realidad de la pareja, que necesita encontrar su identidad  por lo que la sinceridad, el apoyo, el respeto, la comunicación, la superación de dificultades, el tiempo de compartir, etc. son los ingredientes básicos para sostener la relación  o bien dicho la confianza mutua. Tenemos que saber que también  durante el noviazgo es necesario que ambos miembros vean paulatinamente como crecen cómo pareja, en los momentos que comparten y en los momentos en que estén solos, decimos con esto que el noviazgo necesita oxigenarse y proyectarse hacia el exterior, vivir una exclusividad que no le compete puede asfixiar a los miembros de al pareja  y promover los celos, que son fruto de todo lo contrario, la desconfianza.

            Entre otros es importante que la pareja también reestructure sus relaciones con sus familias de origen. La familia seguirá estando presente en la vida del individuo, pero muchas decisiones y opciones futuras se van a tomar en función de la nueva relación afectiva que se ha establecido. La familia de origen, pasa a segundo plano, lo que no hay que confundir con pérdida de afecto o sentimientos de alejamiento. Éstas a su vez pueden ayudar a madurar a la pareja facilitándoles el contexto necesario para que se desmarquen, favorecer la independencia, la autonomía y menor control parental.

            En definitiva considerar un tiempo de noviazgo adecuado previo al matrimonio, favorece que la pareja decida con confianza sellar su unión en un sacramento que los unirá para siempre. Expresando juntos la promesa de fidelidad y exclusividad mutuas. Y de ahí  irradiar hacia el exterior  luz y alegría, testigos de una misma misión.

 Mª Del Carmen González Rivas

mcarmengr@cop.es

Centro de Atención psicológica y Familiar Vínculos

¿Existe alguna diferencia entre casarse y convivir en pareja?

                Siempre he creído que algún día me casaría con la persona con la que quisiera compartir mi vida, pero cuando hablo con mis amigos veo como muchos de ellos han decidido optar por convivir  en pareja. Y si a eso le sumo que el panorama social que nos rodea aporta la idea de que el matrimonio es muy difícil, y en la mayor parte de las ocasiones  se rompe, me siento un poco rara y a veces no se si seré yo la equivocada en mi manera de pensar.

           

 Eva es una chica de 28 años, ha comenzado recientemente a salir con un chico del que se siente muy enamorada y a gusto. Es bastante comunicativa y expresa abiertamente en su relación lo que piensa  y espera de una relación de pareja. Tanto que vive muy ilusionada con esta relación. Y aunque es pronto para plantearse un futuro con él. Quiere aclarar sus dudas entorno a casarse o una convivencia en pareja en un futuro, y es por eso que necesita que alguien le ayude a resolverlas.

            En nuestros días los pensamientos de Eva son algo muy común, aunque lo que es más quizás es no plantearse ni si quiera la duda y ver ambas situaciones como idénticas, optando por la que implica menores riesgos: convivir en pareja, como periodo previo para después casarse o para quedarse en ese estado.

            Entonces  ¿qué diferencias existen, si es que las hay?, ¿Cómo afecta a la relación una u otra opción?

En primer lugar creo que antes de referirnos de que se trata una u otra cosa, es importante que fundamentemos el concepto del amor en la relación de pareja.  Y es que más allá de ser solo un sentimiento es algo más: una actitud, aquella que me mueve interiormente a buscar lo mejor hacia la persona que quiero, y por ese motivo algo que requiere mi esfuerzo y dedicación. Muy lejos de dejarlo todo en manos de la suerte, del tiempo o de cualquier circunstancia ajena a la persona. Pues bien dicho lo dicho, si con el querer al otro estoy buscando promocionarle y así mismo sacar de el todo lo mejor, darle seguridad y protección. La relación entre  los dos tiene que buscar lo mismo por ambas partes.

Ahora bien, pues ¿qué significa casarse y que es lo que aporta a una relación y que lo diferencia de  una convivencia en pareja?

El matrimonio es la decisión libre consentida de formar un nosotros, el amor entre un hombre y una mujer que quieren comprometerse, y que quieren que ese amor sea exclusivo: tu para mi y yo para ti; pero no un amor cerrado sino todo lo contrario con apertura a la vida, entendida esta como crecimiento y bien para la sociedad. Y todo ello entorno a una promesa de fidelidad en un para siempre, que supone la aceptación mutua y un vivir contigo pase lo que pase.

Lejos de todo esto, la convivencia en pareja supone privatizar su unión, dando lugar a que en la mayoría de las ocasiones no se encuentra nombre a su relación, no hay compromiso público, ante la cual no hay pretensión de fidelidad o exclusividad, y lo más importante hay reservas en la unión con esa persona, ya que el vínculo que se mantiene con ella es inestable, generando a veces confusión y malestar en muchas parejas que a veces son atendidas psicológicamente. 

Como vemos las principales diferencias se encuentran entorno a lo que supone el valor de compromiso y la fidelidad. Si el otro no me aporta una nueva significación en mi vida puede que prefiramos vivir vidas paralelas pero no unidas. Fundamentar las uniones será tarea de una buena educación afectivo-sexual que intente despejar las dudas y falsos prejuicios hacia lo que supone la libertad y la responsabilidad en las decisiones que competen a las personas.

Orientaciones que nos ayudaran a madurar nuestra decisiones para decantarnos por una u otra opción.

-Tener un buen autoconcepto, es decir madurar en nuestro propio conocimiento, fundamentado en la verdad y la realidad.

– Actuar con libertad, actuando con libertad en lo que uno piensa y necesita, y absteniéndose de tomar decisiones no consensuadas o bajo presiones externas, bien sea por el otro miembro de la pareja o personas ajenas a la relación. Además actuar con libertad supone hacerlo sin ningún tipo de temor o pérdida porque la otra persona nos pueda dejar. Y por lo tanto hacernos responsables de la elección que realizamos.

– Saber que se espera de una relación de pareja, lo que yo quiero en ella y estoy dispuesto a dar. Y así mismo comunicarlo al otro dentro de la relación de pareja.

– Estar dispuesto a crecer en el amor de pareja, a permitirse desarrollar el arte de amar, y por ello esforzarse desde la voluntad superando dificultades y aprendiendo a disfrutar de las alegrías, y en este sentido compartirlas.

– Estar dispuesto a entregar y recibir, abiertos a la complementariedad y desde lo que yo puedo aportar al otro y el otro me puede aportar a mí.

       – La aceptación del otro miembro de la pareja, en su historia pasada, presente y futura, contemplándolo en su diferencia y viendo en ella reconocimiento y riqueza.

Mª Del Carmen González Rivas

Psicóloga- Centro de atención psicológica Familiar Vínculos

http://vinculos-psicologiayfamilia.blogspot.com