Amor a primera vista I

 

Durante la cena le preguntó: “¿Te quieres casar conmigo?”, a lo que ella inmediatamente contestó que sí. El entonces le preguntó: “¿Pero ni siquiera lo vas a pensar?”…

Noviazgo

Corría enero del año 1972 cuando Mariana conoció a Gustavo en Santiago de Chile donde su padre estaba radicado por razones de trabajo. Desde que lo vio, quedó prendada de él. No era para menos: Mariana, una rubia alegre, dinámica y romántica, tenía en ese momento 19 años y Gustavo, un hombre de negocios, buen mozo y con mucho mundo, tenía 29. El flechazo en Mariana fue instantáneo.

Lo conoció en una comida formal, muy elegante, en la cual él, por supuesto, la ignoró. A pesar de esto, Mariana lo invitó un par de veces a su casa para ocasionales reuniones con amigos comunes y, aunque después de eso, él la llamó esporádicamente por teléfono, la cosa no pasó de ahí. Ella tampoco insistió en llamarlo porque una amiga suya que también conocía a Gustavo le advirtió que tuviera cuidado porque él era “un picaflor”.

Pasado un corto tiempo, el padre de Mariana fue trasladado a Buenos Aires con toda su familia. Dio la coincidencia de que Gustavo, a su vez, tenía que viajar regularmente a esa ciudad con motivo de sus negocios y entonces fue ahí cuando él volvió a dar señales de vida, llamándola para salir cada vez que viajaba. Y las salidas eran muy familiares porque – como él a su vez tenía un hermano y sobrinos allí – algunas veces incluso salían todos juntos. A raíz de estas salidas, Mariana fue conociendo más a fondo a Gustavo y veía que era muy “familiero”, generoso, y que le encantaba hacer programas con sus sobrinos. Y ella también disfrutaba con esas salidas.

Hasta que un día feriado de ese mismo año, él se apareció en Buenos Aires sorpresivamente y la invitó a cenar. Durante la cena le preguntó: “¿Te quieres casar conmigo?”, a lo que ella inmediatamente contestó que sí. Y él entonces le preguntó: “¿Pero ni siquiera lo vas a pensar?” No era necesario. Ella, enamorada como estaba, ya lo tenía resuelto. A los dos meses de esta propuesta, se casaron porque él tenía que hacer un viaje de negocios a Europa que estaba programado de antemano y Mariana decidió acompañarlo.

Para esa época, éste no fue exactamente un noviazgo convencional. Incluso tan poco convencional que los padres de ella no conocían a Gustavo, y ellos por su parte, en sus encuentros esporádicos o llamadas telefónicas, nunca hablaban del tema noviazgo y, mucho menos, de matrimonio. Pero esto no impedía que cada uno se fuera formando una opinión del otro y lo que ella veía en él era que tenía valores de familia bien constituida, el cariño que demostraba por sus hermanos y sobrinos, además de ser muy trabajador y muy respetuoso. Cuando se casaron, un año y medio después de haberse conocido – aunque esto no significa que se vieran o se trataran en forma continuada durante ese tiempo — Mariana ya tenía 20 y él 30 años.

Casamiento

Desde el día en que decidieron casarse hasta la fecha del casamiento, escasamente dos meses después, Mariana y Gustavo se vieron muy poco. Ella seguía viviendo en Buenos Aires y él en Santiago. Se mantenían en contacto telefónicamente, con algunas visitas esporádicas de él. Tan es así que el padre de la novia quiso asegurarse de las buenas intenciones de Gustavo y pidió referencias acerca de su persona (algo habitual en esa época), las que fueron todas excelentes.

La preparación material para el matrimonio fue mínima: el ajuar constaba solamente de dos juegos de sábanas y dos juegos de toallas. En cambio, la preparación afectiva fue para Mariana bastante más concreta. Viéndola preocupada y sin saber que una prima le había aconsejado que no tuviera hijos enseguida, la madre le preguntó: “Dime, ¿para qué te quieres casar?”, a lo que ella contestó sin dudar: “Pues, para formar una familia”. “Entonces”, concluyó la madre, “¿para qué evitar los hijos? La vida son los hijos, el fruto más maravilloso del amor. No te preocupes: Dios te va a ayudar.” Y lo más curioso del caso fue que, a pesar de que ni Mariana ni Gustavo evitaron los hijos cuando se casaron, ella no quedó embarazada en los primeros años de su matrimonio.

Después de un tiempo los hijos vinieron uno detrás de otro y, aunque el matrimonio no hablaba abiertamente del tema “hijos”, llegó un momento en que Gustavo empezó a insinuar un cambio drástico en la situación. Ella, entonces, respondió que si él lo quería así realmente, como la cosa era de a dos, lo aceptaría pero que tuviera en cuenta que de ahí en adelante ella iba a tener que privarse de comulgar. Ante ese argumento y como él admiraba la firmeza de su creencia y le había dicho más de una vez que hasta la envidiaba en ese sentido, él respetó su pensamiento y el tema quedó zanjado.

De todas maneras, las cosas después de casados no fueron fáciles. Él tenía arranques de mal humor por cuestiones de trabajo, por las dificultades económicas pero, sobre todo, por su mismo temperamento. Mariana no estaba acostumbrada a que le gritaran pero, con el tiempo, aprendió a no sufrir por eso y a tratar de ver todo lo bueno y positivo que él tenía. Se daba cuenta de que Gustavo era de una rectitud enorme, sumamente generoso y siempre estaba dispuesto a pensar en los demás. En muchos aspectos, Mariana considera que Gustavo la educó y la obligó a aprender a no achicarse ante las dificultades: en otras palabras, la hizo fuerte para enfrentar la vida.

Mariana y Gustavo son una pareja como tantas otras en algunos sentidos y una pareja muy especial en otros. Han sido muy generosos con la vida y eso ha redundado en mutuo respeto, mutuo cariño y hasta en mutua admiración. Él le ha dado seguridad a ella y ella le ha dado su juventud, su alegría de vivir y la solidez de sus sentimientos. En algunos aspectos, Mariana – no sólo por la diferencia de edad – ha sido un poco también una hija que Gustavo fue formando e, incluso, a veces hasta la trata de esa manera. Para Mariana, Gustavo ha sido su apoyo y el hombre que quiso y admiró desde el momento que lo conoció hasta el día de hoy.

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