La familia del cónyuge

 

Primeros años de casados: Una de las situaciones que pueden provocar las primeras escaramuzas matrimoniales es el lugar que las respectivas familias de origen ocuparán en sus vidas.

Cuando un hombre y una mujer se enamoran, lo lógico y lo natural es que quieran unir sus destinos “hasta que la muerte los separe”. Desde ese momento, las dos personas sienten que, de ahí en adelante, la vida no tendría sentido para cada uno sin el otro. Y así comienzan a hacer planes para compartir su futuro y deciden formalizar para siempre sus sueños y esperanzas con vistas a una vida en común.

Indudablemente, y sobre todo al principio de la vida matrimonial, las cosas suelen deslizarse sin mayores tropiezos porque ambos cónyuges están tratando de descubrirse mutuamente, aprendiendo a conocerse en la nueva situación, apreciando las virtudes del otro y tratando de aceptar o comprender sus defectos, conquistándose mutuamente y hasta estableciendo reglas de juego con respecto a la vida en común.

Esta primera etapa en la vida matrimonial puede ser clave para la solidez de la pareja dependiendo de las decisiones que se tomen porque, según sean, dependerán muchas cosas en el futuro. Una de las situaciones que pueden depender de estas primeras escaramuzas matrimoniales es el lugar que las respectivas familias de origen ocuparán en sus vidas. Este punto puede llegar a ser crucial en algunos momentos especiales y, por lo tanto, tal vez convenga tenerlo resuelto – o por lo menos, hablado – de antemano para evitar desencuentros futuros.

Hay un dicho popular que dice que, cuando uno se casa, también se casa con la familia del otro. La vida matrimonial ya tiene sus propias preocupaciones y, por lo tanto, es prudente evitar posibles problemas con las respectivas familias. Cada pareja verá cómo resuelve este punto según las circunstancias de cada uno, pero cualquiera sea la decisión que se tome a este respecto, ésta debe pasar inevitablemente por el mutuo respeto, la mutua comprensión, la mutua confianza y la mutua buena voluntad.

Como decía una sabia mamá de 10 hijos: ”ninguno de los dos esposos nació de un hongo” sino que procede de una familia que lo crió y lo educó de acuerdo a sus propias circunstancias, que no por ser distintas, son mejores ni peores. Esto quiere decir que cada uno de los cónyuges vendrá con un bagaje propio de costumbres, ideas, valores y actitudes según las haya recibido de su familia de sangre que nunca hay que juzgar sino que debemos respetar y aceptar si queremos, a nuestra vez, ser respetados y aceptados.

Al querer de veras a nuestro cónyuge, por extensión y por amor a él o a ella querremos a su familia porque, después de todo, ella o él es lo que es porque su familia lo hizo así y, por eso mismo, me enamoré.

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