ALGUNAS IDEAS DE CÓMO AYUDAR DESDE PEQUEÑOS A QUE NUESTROS HIJOS SEAN RESPONSABLES.

Tamara Serna Manzano
Profesora de euskera.
Tutora del aula de dos años.
Colegio Ayalde ikastetxea

Enseñar a los niños a ser responsables requiere un ambiente especial tanto en el colegio como en casa. Se trata de conseguir un ambiente que les ofrezca información sobre las opciones entre las que deben escoger por un lado, las consecuencias de cada una de ellas y proporcionarles los recursos necesarios para elegir bien.

Uno de los objetivos que nos proponemos como padres, consciente o inconscientemente, es la de preparar a nuestros hijos e hijas para que aprendan a tomar decisiones, libres y personales, debiendo asumir las consecuencias que se deriven de ellas.

Nos podemos preguntar a qué edad debemos comenzar a educar en responsabilidad a nuestros hijos. Como cualquier otro hábito bueno que se les quiera enseñar, es aconsejable comenzar desde pequeños: el niño comenzará a hacerse cargo sobre su ropa, sus juegos, sus juguetes…

Con frecuencia consideramos que son demasiado pequeños, y no les damos la oportunidad de realizar algunas tareas, sin embargo, los niños pueden hacer bastante más de lo que pensamos.

Es un error pensar que los niños al crecer se convierten en personas responsables y, muchas veces es más cómodo hacer las cosas por el niño que enseñarle a hacerlas o esperar que sea capaz de hacerlas. Pero esta actitud conlleva el riesgo de que el niño no llegue a responsabilizarse de sus pequeñas obligaciones.

Primero tiene que aprender a obedecer las decisiones que tomen sus padres o educadores, para, poco a poco ir aprendiendo a tomar sus propias decisiones. Antes de los tres años es conveniente comenzar con pequeños encargos: recoger sus juguetes, ayudar en las tareas domésticas, llevar su mochila al colegio, darle comida a su mascota… Son tareas que puede realizar sin problema y que se irán convirtiendo en una herramienta eficaz para educarles desde muy pequeños en el hábito de la responsabilidad.

El hecho de que cometan errores no debe hacernos desistir, los padres debemos estar ahí para orientarles y, sobre todo, animarles.

Para desarrollar la responsabilidad, tenemos que fomentar este hábito y la mejor manera de hacerlo es ofrecerles pequeños encargos, siempre teniendo en cuenta la edad y sus capacidades, ya que no todos los niños son iguales y algunos necesitan más tiempo para desarrollar una actitud responsable.

La responsabilidad se va aprendiendo e interiorizando de forma progresiva, por ello comenzaremos por ponerle tareas simples y a medida que el niño va creciendo le podremos pedir otras más complejas.

Conviene tener presentes estas orientaciones para ayudarles a ser responsable:

– Establecer normas que sirvan como puntos de referencia.
– Empezar por tareas simples que tengamos la seguridad que el niño sabe hacer y poco a poco ir introduciendo y enseñando otras más complejas.
– Instrucciones claras y sencillas.
– Mostrar seguridad y firmeza en lo que le exigimos utilizando argumentos y razonamientos.
– Procurar que exista una coherencia entre nuestros actos y nuestras palabras.
– No responsabilizarse de las tareas de los hijos, se les puede ayudar, orientar, asesorar pero no asumir sus responsabilidades de forma que el niño se desentienda.
– Sin amenazarles ya que no siempre cumplimos las amenazas. Los niños no nos tomarán en serio y perderemos toda credibilidad.
– Siempre reforzando las buenas actitudes, estimulándole para continuar su buen comportamiento, haciéndoles ver que estamos orgullosas de ellos, alabándoles que no quiere decir que no tengamos que corregirle.

Y para finalizar diría que educar en la responsabilidad no es tarea fácil, pero que realmente merece la pena conseguir, mediante el esfuerzo diario de padres y educadores, ganar las pequeñas batallas del día a día para que nuestros niños y niñas lleguen a ser adultos responsables.
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Fuente:sontushijos.org

Una de las claves del éxito profesional: equilibrar trabajo y hogar

(Por Carlota de Barcino, Mujer Nueva, 2010-08-06)
El libro, con un título tan llamativo como “Los siete secretos de la mujer de éxito”, al momento captó mi atención. Su autora muestra bastante experiencia en temas de organización empresarial relacionada con la mujer [1]. Después de varios estudios y entrevistas a mujeres con puestos de alta responsabilidad en el mundo empresarial, reconoce siete elementos comunes que las han conducido al éxito.

Enunciaré cada uno de esos elementos, deteniéndome en aquél que más me llamó la atención, y el único no estrictamente relacionado con la dinámica organizativa de una empresa.

El libro recomienda a la empresaria tener un mentor o tutor en la empresa, que la forme, la apoye y aconseje, indicando el camino y los obstáculos con que se encontrará en el desarrollo de su trabajo. En segundo lugar, que su trabajo sea visible, que desarrolle iniciativas abiertamente, mostrando con naturalidad su preparación. Otro de los secretos es desarrollar una red de trabajo efectiva, lo que significa establecer contactos con personas que puedan enriquecer nuestro trabajo, o con las que se pueda mantener cualquier tipo de colaboración o intercambio de información. La cuarta clave es saber comunicarse con efectividad (con los cargos superiores, los compañeros del departamento, en juntas de trabajo y negociaciones). Asimismo, es preciso desarrollar la capacidad de asumir riesgos inteligentes y comprender las políticas de la organización donde se trabaja.

Sin embargo, quien es capaz de poner en práctica todos estos elementos, todavía no puede ser considerado una persona de éxito en los términos en que la autora lo presenta. Falta un requisito fundamental, que relaciona la eficacia en la empresa con la vida personal: el equilibrio entre trabajo y familia. Dos son, en mi opinión, los pasos que hay que dar para conseguirlo: primero, reconocer que el trabajo no lo es todo, y que necesitamos disfrutar del tiempo libre; segundo, que la familia es, a la vez, fuente de ocio y de obligaciones, y que ambos aspectos deben ser compartidos por la pareja. Si se dan estos dos pasos, hombres y mujeres disfrutaremos de la familia como nuestro mejor tiempo de ocio.

Con relación al primer paso (la necesidad del tiempo libre), en una entrevista realizada por la revista Men’s Health [2] acerca del equilibrio entre vida privada y profesional, un gran número de hombres se quejaban de tener que hacer auténticos actos de malabarismo para conciliar el trabajo y el tiempo libre. Comentando este tema un grupo de mujeres, se rieron… ¿Tiempo libre? Eso ni siquiera entraba en sus actos de malabarismo… ¡Las responsabilidades diarias relacionadas con el hogar y los hijos, absorbían toda su dedicación fuera del tiempo de trabajo!

Ciertamente, los hombres empiezan a mostrar una mayor tendencia a lo que en Estados Unidos se conoce como “downshifting”. Especialmente los ejecutivos de nivel superior e intermedio, se dan cuenta de que los horarios exhaustivos de trabajo, la tensión continua por ganar más éxito y dinero, la competencia feroz con sus compañeros, no les hacen felices. Y a menudo optan por una mejor calidad de vida que les permita recuperar el tiempo dedicado a su familia, a actividades creativas, o al simple disfrute de la naturaleza, aunque ello conlleve reducir el ritmo de vida y ciertas comodidades a que estaban acostumbrados. Y declaran disfrutar más un picnic que una cena en el restaurante más lujoso de la ciudad, el turismo rural en lugar de un crucero por el Caribe, la compañía de sus hijos en vez de esas largas veladas con compromisos profesionales.

Así pues, la calidad de vida no siempre se mide por el nivel de bienestar material de que dispongamos. También es la capacidad de realizar actividades con el simple fin de disfrutarlas (o de disfrutarlas en compañía de las personas más queridas) [3]. Jugar con los niños, hacer deporte, bordar, pintar, cocinar, leer, pueden reducir la tensión, la ansiedad y la frustración; llevan a relaciones más saludables, a mayor creatividad y confianza; a desarrollar con naturalidad nuestra personalidad, siempre y cuando no nos tomemos todo como un reto o como un deber más. Conozco mucha gente que tiene dificultades para hacer algo que le parece “improductivo” y sin resultados cuantificables que justifiquen el tiempo dedicado.

Pero, ¿qué pasa con la mujer? Mientras los hombres empiezan a buscar ese tiempo libre, ellas piden horarios flexibles de trabajo, no para disfrutar de la lectura, el deporte o la naturaleza, ni siquiera para disfrutar de la familia; parece bastarles el tiempo suficiente para poder atender las necesidades de sus hijos, de su casa y de su marido: la compra, las citas en el colegio, la visita al médico… Realmente, no parece que hombres y mujeres tengamos las mismas aspiraciones, y sin embargo, el ocio resulta indispensable para el éxito, no sólo como profesional, sino también, como madre y esposa.

Las mujeres de hoy nos estamos convirtiendo en los hombres de las generaciones pasadas: sufrimos más ataques cardíacos, fumamos más, tenemos más depresiones, y experimentamos una mayor tensión en todos los aspectos de nuestra vida. Precisamente, porque todo en nosotras está relacionado: mi rendimiento en el trabajo desciende cuando sé que mi hijo está en cama con fiebre en manos de una niñera, o que en ese momento está actuando en la representación teatral del colegio y me busca entre el público; y sufro cuando tengo que salir de viaje varios días y sólo podré escuchar el relato diario de sus actividades escolares por teléfono, sin poder ayudarle con los deberes…

El primer paso para solucionar esta situación, ya lo ha dado un gran número de hombres, que reconocen que el trabajo no lo es todo, y que la vida debe disfrutarse más. ¡Estupendo! Por el contrario, para que una madre se lo llegue a plantear, es necesario que el hombre, una vez reajustados sus horarios para permitirse mayor tiempo libre, lleve a cabo en este tiempo una parte de las obligaciones familiares que, hasta ahora, han recaído casi exclusivamente en la mujer. Y ése es el segundo paso que todavía muchos hombres no han dado.

Sé que la mayoría de las lectoras desearían que sus hijos las vieran más a menudo disfrutando con ellos, y menos, trabajando en la casa o exigiéndoles sus deberes. Pero, ¿cómo hacerlo? Mi primera respuesta sería: programa tu semana junto a tu marido, de modo que el tiempo fuera del horario laboral esté equitativamente repartido (o, mejor, compartido: hacer las tareas domésticas a la vez, permite poder disfrutar del ocio simultáneamente).

He aquí el segundo paso: compartiendo las responsabilidades familiares, hombre y mujer podremos disfrutar en familia ese tiempo libre que descansa, renueva y equilibra a la persona.

Por otra parte, si es cierto que nuestra familia necesita que se le dedique el tiempo libre, a veces puede llegar a necesitarnos en el horario de trabajo. ¿Qué hacer en esos casos? El libro ofrece una respuesta muy sencilla: reconoce que necesitas ayuda, y hazlo saber en tu entorno laboral.

A las mujeres nos cuesta especialmente reconocer que no podemos con todo lo que se nos encomienda, y callamos para evitar dar la impresión de incompetencia o falta de experiencia. Así pues, lo primero es aprender a pedir ayuda (en el caso de puestos de base o intermedios) o delegar de manera efectiva (en los cargos directivos).

Una característica común de todas las madres ocupando con éxito puestos directivos es su capacidad para delegar, estableciendo muy bien las líneas de actuación y supervisando con eficacia. Otra, es que han determinado bien sus prioridades. El libro narra ejemplos de ejecutivas de muy alto nivel en multinacionales, cuya prioridad número uno es la familia, y manifiestan abiertamente sus ausencias por temas familiares, negociando eficazmente una flexibilidad que les permita trabajar por resultados o recuperar de otro modo ese tiempo. Y sus empresas les apoyan. Ciertamente, han sabido ganarse esa confianza y su valía profesional es reconocida.

Las mujeres en cargos no directivos, también necesitan a menudo tomar algún tiempo de trabajo por causa de la familia. Es necesario establecer una comunicación fluida con el jefe. Si éste pertenece al cada vez más reducido grupo de empresarios que no reconocen la importancia de la familia, pueden surgir situaciones difíciles. Sería muy útil discutir el tema, de manera que se puedan hacer arreglos alternativos por adelantado (programar la agenda para llegar más temprano, trabajar tarde, o incluso llevar trabajo a casa en ciertos casos).

Si los directivos masculinos, en la recta final de su carrera profesional, empiezan a decir que se arrepienten de no haber pasado más tiempo con su familia, ¿vamos a esperar a estar en la misma situación para constatarlo? ¡Aprendamos de los errores de nuestros compañeros, y empecemos ya mismo a marcar esas prioridades! Y, por favor, ¡dejemos de ver nuestra maternidad como un cúmulo de responsabilidades y consideremos el tiempo con la familia como el más satisfactorio de todos los que conforman nuestra jornada!

Si honestamente constatamos que el tiempo libre que nos queda al final de la jornada laboral es excesivamente reducido, o que no contamos con la flexibilidad suficiente para atender necesidades familiares, entonces deberíamos plantearnos: ¿Es la familia mi prioridad? ¿Estoy dispuesta a detenerme en el umbral del cargo directivo, a cambio de más tiempo de calidad fuera del trabajo? ¿Soy consciente del valor de una persona que aporte serenidad y equilibrio al crecimiento de los hijos y la vida de pareja? [4]

Hace unos años, tras un grave terremoto en Los Ángeles, la mayoría de las carreteras de acceso a la ciudad quedaron seriamente dañadas. Como consecuencia, el trabajo a distancia se convirtió en una necesidad instantánea. Las empresas no tuvieron tiempo de realizar estudios de factibilidad, y el cambio de organización se llevó a cabo de un día a otro. Sorprendentemente, un gran número de empresas se dieron cuenta de que su productividad no disminuyó. De hecho, muchos de sus empleados prefirieron este estilo de trabajo y mostraron su viabilidad.

La lengua china es muy sabia: crisis y oportunidad son la misma palabra. Aprovechemos la crisis de tantos trabajadores masculinos que, al final de carreras llenas de éxito, vuelven su mirada y lamentan tantas horas robadas a esos hijos que ya son padres y madres y que, recordando la ausencia de su padre, se han propuesto no reproducir esas pautas. ¿Tendremos que esperar muchos años para llegar a la misma conclusión? ¿Contaremos con la ayuda de los hombres –en el trabajo y en el hogar- para que la familia sea nuestra mayor fuente de satisfacción? De nosotras depende: establezcamos prioridades y defendámoslas.

…………………………………..

NOTAS

[1]“Los siete secretos de la mujer de éxito”, de Donna y Lynn Brooks, Editorial McGraw-Hill, 1997. La autora es experta en desarrollo de adultos y organizacional, y vicepresidenta ejecutiva en EEUU de la European Women’s Management Development Network, con sede en Bruselas.

[2] Men´s Health Magazine, 8 (3), 8 (1995).

[3] P. Roberts: “The art of goofing off”, Psychology Today, 28 (4), 1996.

[4] A. McGee-Cooper: “You don´t have to go home from work exhausted”, Bantam, New York 1990.

Transmitir lo importante en casa

 

En tiempos pasados, la fe estaba íntimamente unida a la vida diaria, de manera que entre ambas no había frontera. Así, pues, la transmisión de las creencias se llevaba a cabo de forma natural a través de la rica vivencia familiar.

El padre Tomás Morales, jesuíta formador de laicos, que estuvo unos años en Badajoz, con su peculiar estilo austero, recoge en su obra “Laicos en Marcha” la siguiente anécdota: “Quirófano de un hospital. Operación peligrosa a una niña de corta edad. El cirujano le dice que empiece a contar. ¿Para qué?, pregunta. Para que te duermas. La niña: Entonces, rezaré como todas las noches. Y lentamente comenzó a decir el Ave María. Días adelante el médico comentaba: Después de muchos años, ante aquel ejemplo, volví a rezar. Y como yo, con lágrimas en los ojos, todos los que me ayudaban”. La anécdota no es sino el compendio de la fe transmitida y vivida en el seno de la familia. La oración fue el Ave María, como pudo ser el “Jesusito de mi vida”.

A simple vista

No hace falta ser muy observador para darse cuenta de que esto ha cambiado. Hace unos años, un compañero me decía que había elegido un prestigioso colegio para sus hijos “porque allí los educan muy bien”. Esta opinión se extendió desafortunadamente durante una época que, creo y deseo, está hoy ampliamente superada. Pero ha dejado huella en muchos padres, y su cicatriz aún muestra algunas tendencias actuales a ceder en otras instituciones la transmisión de lo importante y, peor aún, en dejarse seducir por propuestas “educativas” desquiciantes por parte de la Administración pública.

Si fuéramos conscientes de la radical importancia de lo que llamo “la transmisión de lo importante” me atrevería a decir que en gran medida, agentes formativos tan adecuados, apreciados y, sin duda, imprescindibles hoy, como son los catequistas, no serían necesarios al menos durante la catequesis de iniciación del niño, pues habría sido “transmitida” por la madre, el padre, los hermanos y hasta los abuelos.

“Porque en estas vivencias amasamos ternura” decía Isabel Mairal en una ponencia de “La Familia a Debate”, organizada por la CONCAPA en 1994, Año Internacional de la Familia. La infancia es etapa de aprendizaje a través de la ternura, imprescindible en el ser humano. Pocos sitios indicados para ello como la familia, en donde “aprendemos día a día, a dar y a recibir sin pasarnos factura de las ganancias o las pérdidas… y en donde la autoridad es entendida como servicio”.

Autoridad como servicio

Solo en una sociedad basada en el amor es posible entender la autoridad como servicio. El momento de decir ¡no! a nuestros hijos es duro muchas veces. Pero cuando se dice, hay que mantenerlo… con amor, que es lo que hace funcionar el sistema. “La acción de Dios inunda el alma sin apenas advertirlo, como un susurro… con un movimiento tan suave como el de una fuente tranquila”, decía don Luis Zambrano (Antorcha, 31) de la Providencia divina. La “providencia familiar” ha de ser la base de nuestra educación, un susurro que permite que lo esencial cale en profundidad. ¿Quién sabe cuándo surgirá la semilla sembrada? Lo digo por esos padres y madres en dificultades graves para educar a sus hijos en plena rebeldía adolescente. No tengamos miedo al fracaso. Ese temor es el monstruo latente que bloquea gran parte de nuestras iniciativas. ¿Estoy educando correctamente? ¿Soy demasiado severo? ¿Demasiado blando? A veces los padres no tenemos altura de miras para captar lo que hay más allá de nuestros ojos, en la profundidad del corazón del hijo. Quisiéramos acortar y allanar su camino de lucha, que es camino propio y exclusivo de él y, así, verlo siempre radiante de “felicidad” y apaciguado… y eso no es la realidad.

Aprovechemos el tiempo de verano. Aunque parezca lo contrario, ellos necesitan de nuestra presencia, no de nuestros sermones. Presencia constante y siempre abierta a la respuesta prudente; tal vez al silencio de la escucha paciente. Generalmente nos interpelará en el momento más inoportuno, pero cuando surge, la confidencia del joven es única e irrepetible: tal vez no habrá una segunda oportunidad. Y que conste que lo digo por propia experiencia.

Juan Santiago Garrido Moreno

www.iglesiaencamino.com

Sus estudios

 

El hombre se descubre

cuando se mide con el obstáculo

Antoine de Saint-Exupéry

Que aprenda a organizarse. Educar en la laboriosidad

Recuerdo a unos padres que organizaban las horas de estudio de su hijo hasta el detalle, le racionaban el tiempo libre con criterios muy estrictos –aunque sacaba buenas notas–, venían a ver a los profesores con inusitada frecuencia, e intervenían en todo lo que el chico pudiera hacer o decir.

Eran como sus portavoces, anulaban su personalidad. Con esa pretensión de control absoluto y de superprotección hacían pasar una notable vergüenza al chico, molesto por el riguroso cerco al que estaba sometido.

Le llevaban en coche al fútbol, porque no iban a dejarle ir solo, con la bolsa de deporte, “tal como está el mundo”. Le insistían en que se abrigara, le corregían continuamente, le planificaban el descanso, le recordaban todo.

Su padre se empeñaba incluso en que le tenían que gustar las rimas de Bécquer y la música de Vivaldi, porque “esos cantantes modernos lo único que hacen es pegar berridos”. Era todo un intento de meter a presión en un molde su forma de ser y sus aficiones.

Con planteamientos así no se puede pretender que el chico llegue a ser alguien responsable. Hay que educarle en libertad, con una vigilancia atenta, pero que mantenga un poco las distancias. Si no, le será difícil llegar a entender –y es importante– que él mismo es quien debe estar interesado en estudiar y encontrar el modo de hacerlo lo mejor posible.

No es difícil sustituir ese cerco de controles por motivaciones más positivas: en vez de prohibirle la televisión, por ejemplo, acordar con él un resultado concreto en el estudio. En vez de privarle de algo, sin más, hacerle ver que debe ser generoso y compartirlo con su hermano. En vez de afear su mala conducta, elogiar la que ha sido buena –que la habrá– y decirle que estamos seguros de que puede ser así siempre.

Interesa dejar un amplio margen a su iniciativa personal. No podemos pretender que tenga el mismo modo de organizarse o de estudiar que tuvimos nosotros.

Tiene su modo de hacer las cosas y de entender los problemas. Y a esta edad hay que empezar ya a respetarlo con bastante tacto, pues el exceso de imposiciones suele producir el efecto contrario: el deseo de libertad puede incluso llevarle a hacer lo que no quisiera, con tal de dejar bien sentada su independencia personal.

Debe tenderse lo más posible a que actúe bajo su propia responsabilidad. Los educadores que dejan huella –y huella de la que se recuerda toda la vida– son aquellos que saben hacer que esté en condiciones de tomar decisiones y elegir caminos cuanto antes.

Es un gran error ser posesivos o impositivos. Es mejor ir haciéndole amistosamente las preguntas oportunas sobre el porqué de sus ideas. Este modo de comportarse tiene otra ventaja: cada día se aprende algo de ellos; por eso, tener la suficiente sensibilidad para lograrlo es una tan preciada cualidad en el educador.

—Oye, que estábamos hablando del estudio.

Sí, pero el estudio es el campo en que quizá más claro puede verse todo esto. Debe aprender a organizar su tiempo y decidir sobre el mejor modo de dar cabida a todo: estudio, descanso, aficiones, ratos de tertulia familiar, y sus encargos en la casa.

Que razone él mismo (aunque se le puede ayudar) para aplicar un orden de prioridades en las cosas que tiene pendientes. Es mejor pedirle resultados concretos y hacer el papel de observador, con una vigilancia que sea atenta y respetuosa a la vez, serena, y afable a la hora de intervenir, sin caer en la tentación de pretender fiscalizarlo todo. Al chico empiezan a molestarle las actitudes excesivamente paternalistas.

A veces resultará

más pedagógico

dejarle que se equivoque

si el asunto no es grave.

Porque esos pequeños golpes son los que más enseñan al niño, ya que son consecuencia del empleo consciente de su libertad. Lo contrario produce inhibición. Si hay un exceso de dirigismo, el chico no termina de convencerse de que es bueno lo que le obligan a hacer, porque nunca llega a experimentar el fracaso como consecuencia de una decisión libre suya.

El principal enemigo del dejar hacer es la impaciencia. No en vano dice aquel proverbio turco que la paciencia es la llave del paraíso, pues aunque costosa, sus frutos son extraordinariamente sabrosos. Hay que aprender a esperar, cosa nada fácil, y contar con el tiempo para que mejore, sin exigir resultados milagrosos, como no los obtuvieron con nosotros nuestros padres.

Ir a las causas, sin quedarse sólo en lo académico

Muchas veces queremos curar el sarampión granito a granito, y no puede ser. Es preciso ir a las causas. Un niño sano, a esta edad, en un ambiente normal, debe querer estudiar. Lo contrario indica alguna anormalidad.

Cuando un niño de estad edad

no estudia,

debe pensarse

que tiene un problema,

y es preciso

descubrirlo cuanto antes.

Estando en contacto con su tutor o sus profesores, no es difícil saber qué es lo que pasa. Lo que no es acertado es querer arreglarlo a base de remedios superficiales.

No podemos pretender arreglarlo resolviéndole los problemas de matemáticas, dictándole la redacción o haciéndole la lámina de dibujo. Ni tampoco con la comodidad de poner un profesor particular, si el problema es que no le da la gana esforzarse por atender en clase.

Las causas del bajo rendimiento escolar suelen tener mucho que ver con la falta de virtudes básicas: laboriosidad, orden, reciedumbre, fortaleza, optimismo, castidad, etc.

—¿Has dicho la castidad?

Sí. Es algo que influye más de lo que parece. Son edades propicias para obsesionarse un poco con cuestiones de carácter sexual, que dificultan bastante la concentración en clase o en el estudio, crean conflictos interiores y producen turbulencias en su imaginación y en su capacidad de fijar la atención. Pero ya lo trataremos en el capítulo noveno.

Hay que enseñarles a estudiar y, sobre todo, hacer lo posible por detectar los errores educativos y actuar sobre el verdadero problema de fondo, para consolidar aquellas virtudes básicas que echemos más en falta.

—¿Por qué no pones algunos ejemplos más concretos?

¿De verdad quieres ejemplos de contradicciones educativas? Seguro que muchos nos resultarán familiares a todos.

Si resulta que come siempre lo que le da la gana, fuera de hora, y a su capricho…, luego no te quejes de que sea tan blandito que no aguante ni quince minutos estudiando.

Si se pasa la tarde en casa en pijama, estudia tumbado en la cama, y cuando se sienta en el sofá adopta siempre posturas hiperperezosas…, luego no te extrañe que no sea capaz de vencer la pereza para hacer esas tareas de clase o preparar aquel examen.

Hazle luchar

contra la pereza en todo;

recuerda aquello de que

“la pereza seduce,

el trabajo satisface”.

Si se pasa el día con la cabeza en otro mundo, distraído, viendo horas y horas de televisión, escuchando música a todo volumen o absorto con sus auriculares hasta altas horas de la noche, sin exigirle que participe en el ambiente familiar…, luego no te maravilles de que sea bohemio, esté lleno de fantasías y que no logre concentrarse ni cinco minutos seguidos en clase, en el estudio, o en la lectura de ese libro que le han mandado para un trabajo del colegio.

Si se ha pasado la vida sin guardar ningún orden, dejando tiradas su ropa y sus cosas del colegio, sin sujetarse a un horario…, bien pueden ser ésas las causas de su actual descuido y desorden integral en los estudios.

Ante el fracaso escolar

hay que volver la vista

hacia el conjunto

de la educación del chico,

no sólo hacia los libros,

las horas de estudio

y los profesores.

Es un error grave preocuparse sólo de las notas. Hay padres que, cuando van al colegio, sólo preguntan por el boletín de notas, las recuperaciones y el profesor de matemáticas. Piensan en la carrera que hará su hijo, pero no en el tipo de persona que será. Y no les importa si su hijo es buen compañero, o leal y sincero con los amigos.

Como padre, o como madre, debes preocuparte de saberlo. Entérate, por ejemplo, de si ya ha aprendido a dejar el bolígrafo o los rotuladores o ese libro a sus compañeros de clase. Preocúpate por saber si lleva ya al colegio, para jugar con sus amigos, aquel balón que le han regalado en su último cumpleaños. No resulte que esté convirtiéndose en un egoísta avaro de sus libros, sus rotuladores o su balón de reglamento.

Porque las notas suelen ser muchas veces consecuencia de lo demás. Y, aunque no fuera así, ¿de qué serviría tener un hijo premio Nobel si luego es un egoísta, está lleno de orgullo, o es un envidioso redomado?

—Oye, que supongo que no todos los problemas serán de falta de voluntad o de virtudes…

Cierto. Hay también, aunque con menor frecuencia, problemas de aprendizaje. Pueden ser dificultades de lectoescritura, comprensión, memoria, atención, etc., que quizá se agudizan a estas edades. A veces se ponen de manifiesto coincidiendo con el año en que en el colegio pasan al sistema de un profesor por asignatura. Es cuestión de acudir entonces a un gabinete psicopedagógico de confianza.

Castigar es fácil; motivar es difícil

Vuelvo a insistir brevemente en la motivación y en el castigo, porque en los estudios de los chicos suelen tener bastante protagonismo.

Si se tiene verdadera autoridad,

raramente será necesario castigar.

Un simple detalle, una mirada o un sencillo comentario más severo que muestre que ha actuado mal, suele ser suficiente si le hemos educado bien y con cariño. El recurso al castigo es casi siempre la solución más cómoda y socorrida, la menos inteligente.

El castigo es el arma

de quien no sabe

educar mejor.

De todas formas, si honradamente no se te ocurre mejor solución, castiga. Pero que sepas que es porque antes no supiste hacerlo mejor; y que aún ahora existen otras soluciones. Pero no lo dejes pasar si crees que hay que actuar.

Cuando uses del castigo, el chico ha de quedar siempre con la sensación de que ha habido justicia, como si hubiera perdido en un juego con unas reglas muy claras y sin trampas. La reprensión y el castigo deben ser como el eco del reproche que el niño se haga a sí mismo en el interior de su conciencia. Si no se consigue esto, su eficacia es muy dudosa.

También conviene que los castigos sean en lo posible educativos, relacionados con la falta cometida. E incluso productivos, si es posible, porque así al cumplirlo no se añade la carga de sentir que se está haciendo algo absurdo o inútil.

Por eso, si tiene desordenado el armario, se le puede decir que lo ordene antes de salir. Si llega tarde a comer, puede recoger la mesa o hacer algún otro trabajo doméstico, y descargar así de trabajo a otros. Y si las notas no han sido buenas, habrá que marcarle unos mínimos exigentes en su estudio, y deberá cumplirlos.

Motivar no equivale a premiar. Es más. Es infundir un deseo de actuar de un modo determinado: de estudiar, de ayudar a los demás, de saber, de conocer.

La clave está

en lograr despertar

esos buenos deseos

que hay en toda persona,

porque detrás de esos deseos,

la educación viene sola.

Sería un error entender el premio como la mejor motivación, y más aún si fuera recompensa siempre material. Alguna vez puede ser solución, pero es grande el riesgo de entrar en la espiral de los caprichos, los regalos y las concesiones. Cualquier intento de comprarle en vez de educarle suele llevar a resultados tan malos como desafortunado y degradante es el sistema.

Multiplicar los regalos lleva a que no se valoren, y a sumergir al chico en un creciente consumismo. Usarlos como continuo cebo para obtener cualquier objetivo lleva a que necesite de ellos a cada paso. Corregir lo negativo y premiar el no ser malo no es educar motivando.

Un chico bien educado

prefiere muchas otras cosas

antes que un regalo.

Valora mucho más encontrar en el momento adecuado una sonrisa, un pequeño elogio, un estímulo inteligente, unas palabras de ánimo, un sincero interesarse por lo que ha hecho. Es bueno que saboree la alegría de haber vencido las dificultades.

Cuando ha hecho

esfuerzos y progresos

debe saber que

lo habéis visto

y que estáis contentos de él.

Con los regalos no se puede sustituir lo insustituible: el trato humano, la alegría del hijo por la satisfacción de los padres al contemplar su buen hacer, y la satisfacción propia: aquello a lo que se refería Séneca cuando dijo que el premio de la buena obra es haberla realizado.

Diversos modos de equivocarse

La materialización de la motivación es como un alto pararrayos de desgracias que se abaten sobre quien la emplea. Enseguida surge como efecto la insaciabilidad, o la saturación, por falta de ingenio para disfrutar de la vida sin necesidad de nuevas y costosas aportaciones.

Pronto se echa de menos una autoridad limpia que no tenga su fundamento en atender el capricho. En un colegio pueden verse casos que son ejemplo de este proceso, y que desgraciadamente son frecuentes.

Recuerdo unos padres que me explicaban cómo habían prometido a su hijo –medianamente listo, pero que no había dado ni golpe en todo el curso– comprarle una moto para el verano si sólo suspendía cuatro o menos asignaturas en junio.

Me sorprendía eso de cuatro o menos, porque no parecía una meta muy elevada… Pero es que –pensaban– “con cuatro todavía había posibilidades de que en septiembre pase curso…”.

Con tal sistema de motivación, el resultado fue proporcionado a la genialidad del plan. Aprobó todas menos cuatro –qué menos en un chico así–, le compraron la moto –con gran sacrificio económico, y además, no una moto cualquiera, para que el chico no quedara avergonzado ante sus amigos–, hizo numerosas amistades en un ambiente que no correspondía a su edad, no tocó un libro y suspendió de nuevo a la vuelta de las vacaciones las famosas cuatro asignaturas, con la consiguiente pérdida del curso. La anécdota no necesita glosa.

Recuerdo otro sucedido similar, que se refiere al remedio motivador que el ingenio de una madre vino a idear ante la falta de interés por el estudio de su hijo, también de esa misma edad.

Resolvieron en consejo familiar comprar a la criatura un pequeño aparato de televisión para su habitación, eso sí, con la promesa formal del chico de que a cambio estudiaría en adelante muchísimo más.

El efecto fue inmediato y demoledor. El muchacho, con poca fuerza de voluntad, y que hasta entonces estudiaba poco, claudicó inevitablemente ante la cercana, continua y facilitada tentación televisiva, descendiendo enormemente su rendimiento escolar.

Otro ejemplo frecuente es el que podríamos denominar incontinencia castigadora. Unos padres contrariados porque su hijo, siempre brillante en los estudios, tiene un mal resultado académico, y vuelven a casa con el boletín de notas, envalentonados tras una enardecida conversación con el profesor en el colegio.

Nada más llegar, dan al chico una solemne explicación de lo que va a ser el castigo que ha merecido. Disertación que por lo grandilocuente no desentonaría nada en un discurso parlamentario. Le explican que no se va a mover de casa para nada, que se acabó la televisión, que no habrá cine ni salidas con sus amigos, que se queda sin paga semanal, y que se despida de la prometida bicicleta para el verano. Y que además, el castigo seguirá así, sin relajación alguna y sin posible remisión, hasta que lleguen las notas de junio, dentro de cuatro meses.

Después de un episodio semejante, lo más probable es que se produzca una de las dos siguientes situaciones. La primera y más corriente es que efectivamente haya una relajación del castigo y se vayan sucediendo las escenas de hacer la vista gorda: la abuela cede por un lado, mamá por otro, un secretito de papá –cuántas veces muestran menos fortaleza los padres que las madres–, y el niño, que no es tonto, acaba por superar, una por una, todas las barreras impuestas.

De este modo se va erosionando el prestigio de los padres, que con los años acabarán teniendo que batirse en defensa numantina de las ruinas de una autoridad prácticamente destruida. Podríamos definir este efecto como inconstancia sancionadora.

Y la segunda posibilidad, propia de padres más tenaces, es que la larga duración del castigo –que al chico se le antoja interminable–, así como la imposibilidad de su remisión, corten radicalmente su esperanza. Este segundo efecto podría llamarse irrevocabilidad sancionadora. Con ella suele perderse el efecto pedagógico que debe buscarse en todo castigo, y acaba siendo contraproducente.

La enseñanza de este sucedido es clara: hay que dar posibilidad de remisión del castigo, basada en exigencias concretas de mejora personal; que no sea demasiado prolongado en el tiempo; y que de verdad estemos dispuestos a hacerlo cumplir. O, mejor aún, no castigar la primera vez, tener una conversación exigente y animante –examinando las causas del tropiezo–, y confiar en que mejorará, puesto que era un buen estudiante.

El último ejemplo que quiero poner se refiere a los castigos físicos. Recuerdo la vergüenza ajena con que vi en una ocasión a una madre en la triste situación de correr detrás del hijo que huía del castigo corporal. Aparte de un espectáculo penoso, es muestra muy sintomática de una autoridad ya casi perdida.

No se debe pegar, y quienes tengan que llegar a hacerlo habrán de ser conscientes de que es consecuencia de una larga acumulación de errores en la educación del chico y en la autoridad de los padres. Suele ser consecuencia de la irritación y de la pérdida del dominio de sí mismo, desprestigia a quien la emplea, produce resentimientos, y es algo que recordarán cuando sean mayores y que difícilmente nos podrán agradecer.

—¿Por qué no resumes algunos consejos sobre los estudios?

Sin pretender ser exhaustivo ni descalificar otros criterios, propongo los siguientes:

• que aprenda a organizarse: que prepare sus libros para ir a clase, tenga ordenadas sus cosas, vea como distribuir su tiempo y se haga su horario;

• no pretendas fiscalizarlo todo, que es peor; haz lo posible para que comprenda que él es el interesado en ser un buen estudiante;

• si no estudia, investiga las causas, sin reduccionismos simplistas; háblalo detenidamente con su tutor y sus profesores;

• investiga un poco también sobre sus amigos y su integración en la clase;

• si tiene detalles de falta de reciedumbre o de capricho, no se los consientas;

• ojo con la televisión (o con los videojuegos, o con internet), y que no tenga receptor en su habitación;

• nada de aprobados a cambio de bicis o motos;

• usa lo menos posible del castigo; y, si tienes que hacerlo, que no sean castigos absurdos; que los cumpla y que sepa el modo de conseguir el perdón.

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