Abuelos canguro (I)

 

Con demasiada frecuencia en los últimos años estamos asistiendo a un cambio, uno de tantos, que nos ha tocado vivir en nuestro tiempo. Es un cambio que afecta, ¿como no?, a la dinámica propia de la familia. Sin duda la institución más importante dentro de nuestra sociedad, y también sin duda, la que está siendo más castigada desde diversos ámbitos. Me estoy refiriendo concretamente a la aparición de la figura de los “abuelos canguro”, tema que obviamente ha de estudiarse desde una perspectiva familiar.

Como antesala a un desarrollo más general de este artículo habré de decir que me desagrada la idea de pensar en los abuelos como “canguros” de los nietos.

No me parece lo más adecuado ni para unos ni para otros. Este tema es uno de los muchos que se están derivando de la situación ilógica e irracional de una sociedad frenética que nos impide tener tiempo para reflexionar ante los aspectos que realmente importan en nuestra vida. Estamos siendo empujados a tantos comportamientos y cambios de funciones, por aspirar a un supuesto bienestar, que perdemos el verdadero sentido de las cosas.

Bien es cierto que gracias a los avances de la medicina, de una mejor alimentación, de una concepción más abierta del ocio, etc, nuestros mayores cuentan con mejor salud a la edad en la que empezamos a hacerlos abuelos. También es cierto que muchos de los abuelos a los que me dirijo en este artículo encuentran en el cuidado de los nietos una razón para seguir viviendo y encontrar sentido a su existencia.

Por otra parte, observando en otras ocasiones el trato, que por desgracia, ofrecen algunas, mal-llamadas, “cuidadoras” a bebés y niños de distintas edades, prefiero que los pequeños estén en manos de sus cariñosos abuelos que de estas personas sin ninguna cualificación ni profesional ni, sobre todo, personal. Afortunadamente, hay que decir también que dentro de este colectivo hay personas que lo hacen muy bien. No sólo se limitan a proporcionar al bebé su alimentación, higiene y descanso, sino que también son capaces de entretenerlos con juegos, e incluso acaban sintiendo afecto por ellos. Aún así no deja de ser un personaje postizo en sus vidas, bajo mi punto de vista.

Es el amor lo más valorado entre los padres, para llegar a la conclusión de preferir dejar a sus hijos en sus manos, antes que contratar a una chica de fuera. Esto es evidente. Lo digno de preocupación al referirnos a este tema afecta a varios campos que iré exponiendo a continuación.

Dejación de funciones

 

En primer lugar por orden de importancia, en mi opinión, aparece la dejación de funciones que este nuevo planteamiento ofrece al matrimonio joven. Por supuesto, en un principio, cuando se piensa en los abuelos como las personas más adecuadas para cuidar a los nietos estoy totalmente de acuerdo. Eso sí de forma esporádica, un imprevisto, una escapadita de los padres que van de cena, el niño está enfermo durante unos días para poder asistir a la guardería, etc. Pero no estoy de acuerdo en que la solución definitiva sea la permanencia con los abuelos a todas horas. Incluso que los nietos tengan que pasar noches fuera de casa porque sus padres tienen que salir de forma habitual a divertirse con sus amigos. No. No es el planteamiento correcto.

Existen, por desgracia de manera cada vez más habitual, parejas de padres incapaces de asumir el cambio que, en sus vidas, ha de suponer tener hijos. Es natural y bueno que al ir pasando los años, se asuman nuevos roles. Que al elegir unas opciones, otras desaparezcan. Es un principio básico de madurez. Aceptar que hay decisiones importantes en la vida que no tienen marcha atrás. Uno no puede “tener y no tener” ni “ser ” y “no ser” al mismo tiempo. O sólo quedarse con aquella parte que parece mejor, pero sin aceptar lo que no es tan apetecible. Toda nueva situación tiene sus ventajas y sus inconvenientes. El papel de padre/madre con todas sus consecuencias -reconfortantes y molestas- o se acepta al 100% o mejor no asumir este papel.

Esto que está sucediendo, demasiado a menudo en nuestra sociedad, no es otra cosa que una dejación y no aceptación en su totalidad, del rol de padres. Por una parte sienten la necesidad de tener hijos, aspecto además de natural totalmente loable; por otra parte no quieren perder la capacidad de poder salir y entrar cuando quieran. “Para eso se pasan la semana trabajando”- dicen.

Esta situación, más frecuente de lo que parece, está alimentada por un creciente egoísmo, una ausencia de pararse a pensar, una falta, en definitiva, de ponerse en el lugar de los abuelos. Abuelos que acaban convirtiéndose en “chachas” de los nietos, y encima “sin cobrar”, a los que cada vez se les exige más, hasta que poco a poco lo asumen como una obligación.

Julio de la Barrera Lebrato
Profesor