Los buenos modales

Niños de 7 a 12 años

Es muy bueno que los niños aprendan idiomas, computación, deportes…, pero, ¿qué hay de ese joven a la hora de sentarse a la mesa?, ¿cómo recibe y despide a sus visitas? Y ¿qué tal es su conversación con sus padres y adultos?

Un segundo de distracción cuando el semáforo se ha puesto verde, basta para que los motorizados se cuelguen a la bocina o griten todo tipo de improperios con gestos ad hoc.

En el metro y en las microbuses los hombres, al ver subir a una mujer, se sumergen con pasión en su lectura o miran decididamente el paisaje -el túnel en el caso del metro- con tal de no dar el asiento.

Los jóvenes hablan a garabatos y el que no lo hace simplemente está “out”. Y para qué decir de la “sentada”. Ellas han olvidado que las piernas abiertas no son aconsejables cuando se viste falda y ellos creen que es normal que sus compañeras de estudio se sienten sobre sus piernas en vez de darles el lugar.

Existe consenso: hacen falta los buenos modales. No se trata de que añoremos un mundo de pompas y venias. Nada semejante. Consiste simplemente en que los actualmente poco ponderados buenos modales constituyen un pasaporte al éxito, porque tras el buen comer, correcto hablar y preciso comportamiento se disfraza el quid de la convivencia: el respeto a los demás.

DAR EJEMPLO

Está claro que junto con la llegada de la adolescencia, los hijos se ponen rebeldes y adoptan un aire de suficiencia. Esto es natural y demuestra el crecimiento que están viviendo al reafirmar su personalidad. Sin embargo, como parte de ese proceso es necesario que asuman tres actitudes:

– Los valores esenciales no se cambian por moda o por edad.

– Criticar es natural en estos años, pero proponer soluciones positivas es siempre mejor.

– Ponerse en el lugar del otro.

Sin estos ingredientes, los adolescentes crecerán sin haber aprendido a manejarse bien socialmente. Carecerán de lo que se ha denominado “inteligencia social” -que es saber llegar a las personas en el momento adecuado y en la forma oportuna- tan útil en la vida personal y profesional.

La adolescencia es un período en que los jóvenes necesitan cerca a sus padres y los requieren como tales: en el papel de guías y dando ejemplo. ¿Qué sacan los padres con exigir buenas maneras si “pelan” descarnadamente a otros, pelean a gritos o mienten al no querer recibir una llama- da telefónica que no se atreven a enfrentar?.

Un caso patético, ocurrió en Reñaca hace un tiempo, cuando un potente auto se desvió a propósito de su pista para golpear y volcar a una moto -conducida por una pareja joven- que lo molestaba. El auto, conducido por un padre con cinco hijos a bordo, se dio a la fuga…

TRANSAR EL” ARITO”, NO EL RESPETO

Juanita Balmaceda, encargada de la Unidad Técnica Pedagógica del Colegio Villa María Academy y profesora en esa institución, señala: “Es importante que los papás distingan entre lo que es una terquedad propia de la etapa, y lo que es ser mal educado. El aspecto estético de si usan el pelo más largo o un arito, puede disgustar, pero éstos son asuntos transables, comprendiendo que es propio de la juventud. Lo que no se debe transar nunca es el respeto a los demás. Porque en definitiva eso constituye el fondo de los buenos modales: la sensibilidad hacia los otros”.

Una experta en el tema es Sylvia Gubbins de Bustamante, embajadora de Perú en Chile hasta el año 1985. Narra su experiencia: “Soy una convencida de que los niños no nacen conociendo la buena educación y es un deber de los padres instruirlos en ella. Creo que consiste básicamente en mostrarles la manera de tratar a la gente, a todos con igual consideración, desde un rey a un mendigo. En esto, hay forma y fondo, porque el saber agradecer, comportarse y conversar con los otros, demuestra cultura y respeto hacia el prójimo”.

Juanita Balmaceda señala “Sin duda hemos vivido un cambio impresionante en los últimos años. Notamos un problema concreto: los niños no son formados en los buenos modales por sus familias, ante lo cual los colegios hemos tenido que ir asumiendo un rol que nunca antes nos había tocado y que incluye hasta el cómo comen los alumnos. Los papás deben poner atajo a los malos modales. Tienen que entender que ellos son conductores de sus hijos. Esto, además de ser una experiencia excepcional, también significa estar dispuesto a llevarse el mal rato y no sólo a ser siempre el compadre, sino un orientador”.

SENSATEZ y SENTIMIENTOS

El adolescente tiende a vivir apasionadamente, pero hay que encauzar toda esa energía. Ellos en ocasiones, con- funden la filosofía con que se toman la vida con la mediocridad. Por eso resulta apropiado ayudarles a llenar la vida con algo que les dé sentido, útil para ellos mismos y la sociedad. Todo lo contrario a una vida arrastrada y vulgar.

Sin duda, cada día la espontaneidad cobra un rol más preponderante en todo el proceso social. Gracias a ella, padres e hijos están más próximos, las generaciones se han acercado y comprendido mejor, e incluso es un valor que ayuda a la formación del propio carácter: hoy se considera fundamental moverse en un clima de confianza. Pero no es menos cierto que a veces, escudados en el “ser uno mismo”, se atropella a los otros, sus sentimientos y su espacio. De ahí el sabio consejo: “Conviene añadir sensatez a la sinceridad para no caer en la idiotez sincera, que no por ser sincera, deja de ser idiota”.

Lo anterior, en términos de diccionario, significa moderación, reflexión, cautela, ponderación… es decir, usar el sentido común y simplemente, ponerse en el lugar del otro. En otras palabras, el equilibrio del carácter exige una cuidadosa compensación entre los extremos.

Hay modales que se han hecho humo:

– Saludar con respeto a una persona mayor, lo que implica ponerse de pié cuando ésta entra a donde estamos.

– Dar el asiento a las personas mayores o mujeres embarazadas.

– Estar limpios a la hora de comer y comer bien, usando servilletas y cubiertos como se debe.

– Saber escuchar y no interrumpir a alguien cuando habla.

– Respetar la autoridad del profesor.

– No secretearse en público ni comentar las intimidades de la familia.

– Golpear ante una puerta cerrada.

– Colocar la televisión o la radio a volumen moderado.

– Ofrecer ayuda.

Fuente:

EL ARTE DE EDUCAR
Adolescencia, solos frente al camino
Fundación Hacer Familia
Santiago-Chile
2a. edición

¿Qué se hicieron los buenos modales?

Al parecer, los modales ya no son tan importantes en la educación actual. Ciertos padres prefieren enfatizar en otras áreas y creen que los modales son simples “formalismos” que no valen la pena desgastarse en ellos; ¡fatal error! Detrás de todo esto hay una gran falta de respeto por la persona.

Las buenas maneras son la expresión de lo mejor que hay en nosotros para darnos a los demás, como una muestra de respeto y atención, ubicándonos ambas partes en el mismo nivel y dándole a entender al otro que es tan valioso como lo soy yo. Además, expresan el nivel de conciencia que tenemos hacia la dignidad de los otros.

¿Y qué pasa con la sociedad moderna?

El no cumplimiento de la normas de tránsito; la impuntualidad; el comportamiento inadecuado en las aulas; la ausencia de palabras como “buenos días”, “gracias”, “hasta luego”; la manera de comer de los niños y jóvenes; el mal uso del celular y demás gadgets en reuniones, teatros, iglesias; la ausencia de urbanidad en los buses con ancianos o mujeres embarazas; la falta de cortesía entre vecinos, compañeros de trabajo, de estudio… Son muestras de falta de educación del día a día que cada vez se hacen más presentes, todo da a entender que ya no existe la conciencia suficiente de su importancia, como sí lo era hace algunas décadas. Basta con recordar la insistencia permanente que hacían los padres y abuelos en la adecuada conducta social.

Pia Orellana de la Revista Hacer Familia dice: “los padres hemos relegado a un segundo plano este aspecto de la educación. Si la niña no saluda, es porque `es tímida´. Si salta arriba de los sillones, se debe a que `es tan alegre y tan llena de energía´. Cuando se abalanza sobre la comida es porque `por suerte es buena para comer´. Y si se niega a cumplir una orden, la razón es `que tiene mucha personalidad´.”

Parece el mundo al revés. Solange Favereau, filósofa, lo pone en estos términos: “Hay cierta confusión, porque hoy está la mirada de que los niños tienen que ser auténticos, espontáneos, libres. No es que los padres no quieran enseñarles buenos modales, sino que hoy no existe conciencia de que se deben enseñar”.

Adicional a esto, también hay que darle cabida al hecho de que los padres están fuera de los hogares la mayor parte del tiempo, cuando sabemos que algunos de los factores determinantes en el aprendizaje de estas conductas son la observación y el ejemplo, y si los padres están ausentes… ¿de quién aprenderán? Tampoco olvidemos la pérdida de la tradicional cena familiar, pues es común observar que ahora cada quien come en su habitación o en el horario que más se le acomode, dejando de lado la mejor ocasión para enseñar buenos modales a los hijos.

La invitación entonces, es a preservar los espacios existentes y crear nuevos, en donde los padres interactúen con sus hijos y no deleguen la enseñanza de los buenos modales a nada ni nadie –incluido el colegio-. Igualmente es crucial el buen ejemplo que reciban de los adultos cercanos, pues de qué vale reclamarles a los hijos que no hablen mientras coman, escuchen a quien les habla, saluden, apaguen el celular en la misa; si los padres salen en el auto y no dan paso al peatón o al subir al ascensor no dan una sonrisa amable a los demás. Hay que tener presente que los hijos siempre están en permanente observación de sus principales modelos: los padres.
Tips de cortesía y buena crianza

La puntualidad es cultura y por consiguiente ser impuntuales crea malestar, además del abuso del tiempo del otro. Hay que sembrar en los hijos este buen hábito desde que son pequeños; claro está que en las primeras edades, la tarea será exclusiva de los padres, ya que los niños no tienen la autonomía necesaria y serán los adultos quienes deban llevarlos a tiempo al colegio, clases extra escolares, citas médicas, cumpleaños de amigos, etc.
El saludo debe convertirse en un hábito de la vida diaria y debe aplicarse a todas las personas con la que nos topamos a diario (cónyuge, hijos, empleada, portero, jefe, compañeros de estudio o trabajo, desconocidos, etc.)
Los gritos y las malas palabras, además de una falta de respeto, denotan desequilibrio emocional y falta de autocontrol.
Saber comportarse al tomar los alimentos, es una expresión básica que merece toda la atención del caso. Las comidas diarias de toda familia, son la mejor oportunidad para educar a los hijos en la buena conducta en la mesa. Asimismo, se le debe hacer igual acento tanto a las cenas en restaurantes o casas ajenas, como en las del propio hogar.
Las personas mayores, con discapacidades físicas, familias con niños o mujeres embarazadas, tienen prelación en los puntos de pago, estacionamientos, ubicación en sitios públicos, entre otros. Un muy buen gesto de urbanismo es cederle el asiento a estas personas o dejarlas adelantar en las filas de espera.
Mirar a los ojos a quien nos habla, denota que se le está prestando toda la atención, como también es un indicio de autoconfianza y autoestima.
El sonido de un celular en medio de una clase, conferencia, reunión, cita, película, misa… desconcentra a quien está hablando y causa desagrado en los demás.
Buen gusto en el vestir, de acuerdo a la ocasión, de tal manera que la presentación personal sea expresión de la valía personal y del respeto a los demás.
La postura corporal es un lenguaje no verbal de gran impacto y debe ir acorde al contexto en el que se esté presente.
Una sonrisa siempre será un gesto amable y de buen gusto.

Fuentes: Revista Hacer Familia, enbuenasmanos.com