Vale la pena querer amar

Rehuir el esfuerzo

No hace mucho se hizo pública la noticia de que el famoso internado británico Summerhill, escuela que en los año 60 se convirtió en el modelo de la educación anti-autoritaria, tendrá probablemente que cerrar debido al bajo rendimiento de sus —sólo— 66 alumnos.

Esta escuela, fundada en 1921 por Alexander Neill, tuvo un espectacular auge en la década de los sesenta, pero después fue perdiendo gradualmente alumnos hasta quedar ahora semidesierta.

Su método pedagógico es realmente peculiar: no hay exámenes ni calificaciones, la asistencia a clase es voluntaria y la vida del centro se rige en gran medida de modo asambleario por los propios alumnos.

El caso es que los alumnos de Summerhill no salen bien preparados. La realidad es que apenas van a clase y que su formación —según un reciente informe del Ministerio de Educación británico— presenta asombrosas deficiencias.

El intento de esta escuela por erradicar el autoritarismo merece todos los elogios, pero sus resultados muestran que su planteamiento ha sido muy ingenuo. Cualquier persona ha de esforzarse seriamente para conseguir cualquier objetivo valioso en su vida, y para esforzarse seriamente en algo, resulta muy práctico —sobre todo en esas primeras etapas en las que se va conformando el carácter— procurar sujetarse a un plan exigente. Libremente, pero sujetarse.

Hacer lo que uno entiende que debe hacer supone muchas veces un esfuerzo considerable. Y una educación responsable ha de llevar a plantear y plantearse un alto nivel de exigencia personal.

Hay personas que son como un manojo de sentimientos, que sólo quieren aceptar la parte fácil de la vida. Quieren el fin, pero no los medios necesarios para alcanzar ese fin. Quieren ser premios Nobel sin estudiar, enriquecerse sin dar ni golpe, ganarse la amistad de todos sin hacerles un favor, o ingenuidades por el estilo. Y eso no es serio. No se enfrentan con la realidad de la vida porque están enormemente mediatizados por la comodidad.

No distinguen entre lo que es querer seriamente lograr algo, con todas sus consecuencias y poniendo los medios necesarios, y lo que es sencillamente una ilusión, un apetecerles, un soñar soltando la imaginación. Para el trabajo se necesita más esfuerzo que para las novelas fabricadas por la fantasía.

Son personas que quieren triunfar en la vida, como todo el mundo, pero olvidan el esfuerzo continuado que esto supone: para hacer bien una carrera son precisas muchas jornadas de clases y estudio que no siempre apetecen; para ser un buen atleta hay que perseverar en un entrenamiento muchas veces agotador; para dominar un idioma no bastan cuatro clases o unas semanas en el extranjero. Para casi todo hace falta esfuerzo y, si éste se rechaza, supone rechazar el fin, no querer de verdad.

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La esclavitud de la pereza

Todos habremos visto a un albañil subido a un andamio cantando alegremente mientras ponía ladrillos y, junto a él, a otro amargado y con mala cara, realizando ambos la misma tarea.

O un conductor de autobús que hace su trabajo con satisfacción y procurando agradar a los viajeros, y, en su misma ocupación y condiciones, a otro que trabajando de mala gana y despotricando de todo.

Y lo mismo al acercarse a una ventanilla, a la barra de un bar, al mostrador de una tienda, o al ir a la peluquería.

Y lo mismo en las aulas. Y lo mismo en la familia. Hay padres y madres que se recrean en las tareas del hogar y en la educación de sus hijos, y padres y madres que parece que sólo saben quejarse del trabajo y los quebraderos de cabeza que les dan sus hijos, que dicen que no pueden más, que les agota, que se les hace pesado, que no hay quien lo aguante.

Muchas veces, la raíz de su tristeza y su desgana está en la pereza. En que son personas que se pasan la vida en una lucha —agotadora lucha, por otra parte— para rehuir el esfuerzo, para encontrar el modo de hacer menos y que sea otro quien haga las cosas.

El trabajo, las tareas del hogar, la educación de los hijos… cualquier persona emplea la mayor parte del día en esas tareas, ¿por qué entonces hacerlas de mala gana?: eso equivaldría a pasarse amargado la mayor parte de la vida.

Es verdad que a veces hay problemas, y problemas serios, y se hace todo muy pesado, y no apetece hacer nada. Pero también es cierto que, con un nivel de motivos de tristeza bastante parecido, hay gente habitualmente contenta y gente habitualmente descontenta. Quizá la diferencia esté en la filosofía con que cada uno se toma la vida. Se trata de:

• en vez de trabajar con desgana, procurar poner ganas, y ya acabarán apareciendo satisfacciones en ese trabajo;

• en vez de ver y de hacer ver el trabajo como una carga pesada, descubrir en él —entre otras cosas— una forma de realizarse, un motivo de satisfacción y una oportunidad de servir a los demás (Einstein decía que sólo una vida vivida por los demás merece la pena ser vivida);

• en vez de estar pensando en la hora de acabar, procurar esmerarse en lo que se está haciendo en cada momento;

• en vez de quejarse continuamente y crear un clima negativo, procurar poner ilusión y crear alrededor un clima positivo; etcétera.

Muchos padres dicen que sus hijos son muy perezosos. Perezosos, dicen, para levantarse, para estudiar, para llevar a cabo cualquier actividad que no implique diversión, y a veces incluso hasta para eso. Que todo les cansa, todo les aburre, que no saben pasarlo bien más que un rato. Que una simple contrariedad les conduce al abatimiento. Que les resulta difícil hacer frente al ocio, incluso mantener una afición o un hobby. Que no logran hacer lo que se proponen y eso les hace sentirse frustrados y estar tristes.

La pereza y, en general, la falta de una adecuada educación de la voluntad, constituyen una de las más dolorosas formas de pobreza: porque impiden a quienes la padecen disfrutar de la vida y recrear su espíritu al nivel que a nuestra naturaleza humana corresponde.

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Éxitos y fracasos

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte: “Me están haciendo un precioso anillo, con un diamante extraordinario, y quiero guardar dentro de él un mensaje muy breve, un pensamiento que pueda ayudarme en los momentos más difíciles, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre.”

Aquellos sabios podrían haber escrito grandes tratados sobre muchos temas, pero escribir un mensaje de sólo dos o tres palabras era bastante más complicado. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no encontraban nada. El rey lo consultó entonces con un anciano sirviente por el que sentía un gran respeto. Aquel hombre le dijo: “Hace muchos años, estuve unos días al servicio de un gran amigo de tu padre. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me entregó este diminuto papel doblado. Me insistió en que no lo leyera antes de necesitarlo de verdad, cuando todo lo demás hubiera fracasado.”

Aquel momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió su reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos le perseguían. Llegó a un lugar donde el camino se acababa. No había salida. Frente a él había un precipicio. Tampoco podía volver, porque el enemigo le cerraba el paso. Ya escuchaba el trotar de los caballos de sus perseguidores. Cuando iba a rendirse, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y leyó el misterioso mensaje. Tenía sólo tres palabras: “Esto también pasará”.

Tuvo fuerzas entonces para resistir un poco más. Sus enemigos debieron perderse en el bosque, pues poco a poco dejó de escucharse el trote de los caballos. El rey recobró el ánimo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Hubo una gran celebración, con banquete, música y bailes. Se sentía muy orgulloso de su triunfo. El anciano estaba sentado a su lado, en un lugar preferente, y le dijo: “Ahora también es un buen momento para leer el mensaje”. “¿Qué quieres decir?”, preguntó el rey. “Ese mensaje no es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero”.

El rey volvió a leerlo, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero su orgullo, su altivez, su egolatría, habían desaparecido. Comprendió que todo pasa, que ningún éxito o fracaso son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza, y hay que aceptarlos como parte de la dualidad de la naturaleza, porque pertenecen a la misma esencia de las cosas.

Este viejo relato nos invita a pensar en esos momentos de abatimiento o de exaltación por los que todos pasamos, a veces con muy poca diferencia de tiempo. Entonces, lo positivo o lo negativo parece ocupar por completo nuestra cabeza. La memoria resalta los fracasos o los éxitos, según el caso, y podemos sentirnos llamados alternativamente al desastre o a la gloria. Y probablemente nos falte objetividad en ambos casos. Por eso, aquel mensaje del “esto también pasará” es una llamada y una invitación a pensar con ecuanimidad, a levantar la mirada más allá del éxito o el fracaso de ahora, para pensar en el largo plazo de la vida, en qué esperamos de ella, en qué es lo que le da sentido.

Entonces, enseguida vemos que el éxito se disipa en un desengaño si no se ha alcanzado como un ideal de servicio. Sólo encontramos sentido a una vida que esté volcada en los demás. Sólo se mantiene la ilusión si se apunta hacia ideales altos, porque, como dijo el poeta, “si quieres que el surco te salga derecho, ata a tu arado una estrella”.

Los grandes logros han de saber asumirse y mantenerse. Muchas veces, cuesta más mantener que crear. Cuesta más mantenerse sobre una ola que subirse a ella, pero, en cualquier caso, la ola nunca será eterna.

Demostramos inteligencia cuando sabemos aprender de los fracasos y no nos envanecemos tontamente con los triunfos. Por eso se ha dicho que un hombre inteligente se recupera enseguida de un fracaso, pero un hombre mediocre jamás se recupera de un triunfo.

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El espejo de los deseos

¿A quién no se le ha escapado la imaginación pensando ser el protagonista de una aventura espectacular, en la que resaltan con luz propia las cualidades que más deseamos tener?

Es verdad que sin deseos no hay proyectos, y que sin proyectos no hay logros. Los deseos expanden nuestro mundo interior, lo trascienden, le dan vida. Son importantes, evidentemente. Pero debemos cuidar que no se hipertrofien y acaben siendo un mecanismo de evasión, porque soltar la imaginación de los deseos es para muchas personas una auténtica droga de diseño que les sumerge una triste dependencia.

Lo refleja bien un diálogo entre Harry Potter y el sabio mago Dumbledore. Harry ha descubierto un espejo sorprendente, el espejo de Oesed (la palabra “OESED”, puesta ante un espejo, se lee “DESEO”). Cuando Harry se mira en ese espejo, se ve acompañado de sus padres, a los que nunca llegó a conocer.

Harry llega por tercer día consecutivo a la habitación del espejo. Dumbledore le explica que ese espejo muestra el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón: “Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote (…). Sin embargo, Harry, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible.”

Toda persona vive situaciones que desea prolongar o de las que anhela liberarse. Hay muchas cosas que nos invitan a refugiarnos en ese mundo ideal de nuestra imaginación. Es verdad que evadirse en ensueños proporciona un cierto alivio, pero sabemos que no es duradero, y al toparnos de nuevo con la terca realidad advertimos enseguida que no era una buena solución. Encerrarse en un mundo imaginario es tarea fácil, porque ninguna legalidad física pone trabas a nuestra imaginación, y nos sentimos completamente libres, pero es una libertad ficticia, un espejismo que retrocede según avanzamos, una maravillosa argucia que nos mantiene un tiempo en vuelo pero que no sabemos donde nos dejará caer.

Todos disponemos de entradas gratis a esa vida de fantasía, llena de colorido pero irreal. Escaparse a ella, huir de la realidad, no nos da conocimiento ni verdad, sino una mayor frustración. Por eso Dumbledore da un último consejo a Harry: “Y si alguna vez te cruzas con el espejo, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo.”

Cuando las personas se dejan arrastrar por los sueños, su imaginación se convierte en un torrente de deseos e ideas con las que intentan evadirse de una realidad que les disgusta. De vez en cuando abren los ojos y ven que el esfuerzo se interpone en el camino hacia cualquier logro, y eso les desazona y les hace volver al cálido refugio de su mundo interior. Se hacen personas pasivas, de voluntad dormida y mirada dispersa.

Las paz y el dinamismo no son fruto espontáneo, sino fruto del esfuerzo por vencer el desorden interior que siempre nos amenaza, fruto de poner orden en nuestra cabeza y nuestro corazón, y eso no es algo que viene después de la lucha, sino que más bien proviene de estar en esa lucha, de esmerarse de modo habitual por no dejarse engullir por tantas ocasiones de autoengañarnos que se nos presentan a diario.

No hay que olvidarse de vivir la vida real. El mundo es una sucesión de oportunidades que desfilan ante los ojos de hombres cansados. Una vida que se llena de ilusión y de sentido en la medida que descubrimos lo importante que podemos ser para los demás, lo que podemos ayudarles, la ilusión que podemos aportar a su vida, a su vida real.

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Reacciones inteligentes

Un día, el burro de un aldeano se cayó a un pozo. El pobre animal estuvo rebuznando con amargura durante horas, mientras su dueño buscaba inútilmente una solución. Pasaron un par de días, y al final, desesperado el hombre al no encontrar remedio para aquella desgracia, pensó que como el pozo estaba casi seco, y el burro era ya muy viejo, realmente no valía la pena sacarlo, sino que era mejor enterrarlo allí. Pidió a unos vecinos que vinieran a ayudarle. Cada uno agarró una pala y empezaron a echar tierra al pozo, en medio de una gran desolación. El burro advirtió enseguida lo que estaba pasando y rebuznó entonces con mayor amargura.

Al cabo de un rato, dejaron de escucharse sus lastimeros quejidos. Los labriegos pensaron que el pobre burro debía estar ya asfixiado y cubierto de tierra. Entonces el dueño se asomó al pozo, con una mirada triste y temerosa, y vio algo que le dejó asombrado. Con cada palada, el burro hacía algo muy inteligente: se sacudía la tierra y pisaba sobre ella. Había subido ya más de dos metros y estaba bastante arriba. Lo hacía todo en completo silencio y absorto en su tarea. Los labriegos se llenaron de ánimo y siguieron echando tierra, hasta que el burro llegó a la superficie, dio un salto y salió trotando pacíficamente.

Llevar una vida difícil, o tener contratiempos más o menos serios, es algo que a cualquiera puede suceder. La vida a veces parece que nos aprisiona como en el fondo de un pozo, y que incluso nos echa tierra encima. Ante eso, hay modos de reaccionar inteligentes, como el de aquel burro, que de lo que parecía su condena supo hacer su tabla de salvación; y otros estilos que son más bien lo contrario, propios de personas que no saben sacar partido a sus propios recursos, y que en cambio dominan lo que podría llamarse el arte de amargarse la vida.

Hay quienes se han acostumbrado a dejar divagar su mente por el pasado hasta convertirlo en una inagotable fuente de amargura. Ven su juventud como una edad de oro perdida para siempre, lo que les proporciona una reserva inagotable frustración, y sobre todo les hace pensar poco en el presente. Sus suposiciones sobre el futuro son igualmente tristes y sombrías, y eso les facilita encontrar motivos para abandonar la mayoría de los esfuerzos razonables por mejorar las cosas. Son bastante dados al victimismo, a echar la culpa a los demás, o a la sociedad, que malogra todos sus esfuerzos, o a sus amigos o parientes, o a lo que sea, pero casi siempre la solución a sus problemas parece estar fuera de su alcance. Piensan mal de los demás, y se conducen como si leyeran con gran clarividencia los pensamientos ajenos, cuando en realidad aciertan pocas veces (aun así, seguirán considerando ingenuos a los que tengan una visión más positiva de las personas o las situaciones). También muestran una sorprendente capacidad para ver cumplidas sus negras profecías (hacen bastante para que así sea), y en el trato personal son susceptibles e impredecibles, de esos que te dicen algo y es difícil saber si van en broma o en serio, pero lo que es seguro es que después te reprocharán que te tomas en broma las cosas serias o que no tienes ningún sentido del humor.

Todos tenemos contratiempos, todos los días. La clave es cómo reaccionamos ante ellos. De eso depende en buena parte nuestra calidad de vida, y la de quienes nos rodean.

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TUS PREGUNTAS SOBRE EL AMOR Y EL SEXO

Ediciones Palabra acaba de publicar un libro titulado “Tus preguntas sobre el amor y el sexo”, escrito por Mary Beth Bonacci.

Mary Beth Bonacci se dedica desde hace más de quince años a impartir conferencias en Estados Unidos y en todo el mundo sobre estos, reuniéndose cada año con más de 100.000 personas.

En este libro, la autora aporta numerosas respuestas a las diversas inquietudes que la gente joven tiene actualmente sobre lo que de verdad es el amor y sobre cómo vivir la sexualidad.

Tras recibir las preguntas de miles de adolescentes cada año en sus conferencias, la autora las ha reunido por primera vez en este libro impactante. A lo largo de sus páginas, intenta mostrar muestra cómo se debe vivir la sexualidad para llegar a un amor auténtico.

Mary Beth Bonacci es fundadora de Real Love, Inc., una organización dedicada a promover el respeto a la sexualidad como don de Dios. Ha grabado y producido seis vídeos sobre castidad, escribe regularmente una columna en varios diarios y es autora de varios libros. Ha realizado un Máster en Teología del Matrimonio y la Familia en el Instituto Juan Pablo II y actualmente reside en Phoenix, Arizona, donde también participa como asesora del programa nacional Life Teen.

A través de esas preguntas y respuestas, Mary Beth ofrece una profunda catequesis acerca de las enseñanzas de la Iglesia sobre sexualidad y matrimonio. Se atreve con los temas más controvertidos. Algunas de las preguntas que salen a lo largo del libro son:

¿Cómo decir a alguien “basta” sin perderlo?

¿Cómo saber si hay verdadero amor?

¿Cuándo hay que decidirse a romper con alguien?

¿Por qué la Iglesia dice que el sexo es bueno dentro del matrimonio pero malo fuera?

¿Estoy yendo demasiado lejos?

¿Hasta dónde puedo llegar sin pasarme?

¿Afecta el sexo a nuestra afectividad?

¿Qué es eso de la castidad?

¿En qué me afecta la pornografía?

¿Cómo puede ayudar a mi mejor amiga que se ha quedado embarazada?

¿Se debe tener un hijo que es fruto de una violación?

¿No es el uso de la píldora un derecho que tiene la mujer?

¿Los preservativos evitan el contagio?

¿Qué tiene de malo que mi novio y yo vivamos juntos?

¿Cómo sabré que he encontrado a la persona con la que debo casarme?

¿Hay amor en el flechazo?

¿Qué hacer ante la homosexualidad?

¿Qué pasa si has cometido un pecado grave sin saber que lo era?

¿Puedo vivir la castidad aunque ya no sea virgen?

Las respuestas son incisivas y actuales, y abarcan multitud de dudas e interrogantes que se plantean muchos chicos y chicas jóvenes acerca de cómo vivir la sexualidad. La autora ha recogido las inquietudes reales de los adolescentes que ansían un amor que no busca la propia satisfacción sino lo que es mejor para el otro. Esa clase de amor auténtico, sincero y generoso que no siempre es fácil de encontrar.

Está escrito en tono positivo, y ofrece siempre un consejo práctico para vivir estas enseñanzas y un apoyo compasivo para aquellos que han fallado.

Mary Beth BonnaciMM,

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Amarse, dialogar y reconciliarse

Tres columnas para sostener un matrimonio

Amarse, dialogar y reconciliarse

Si nos amaramos, dialogaríamos, porque el amor busca intimidad y la comunión con el ser amado.

Si dialogamos nos comprenderíamos porque nos escucharíamos hasta ponernos en el lugar del otro.

Si nos reconciliamos nos amaríamos, porque solo nos amamos cuando nos amamos como somos y eso es perdonarnos y reconciliarnos.

¿Qué es reconciliarse? ¿Qué es reencontrarse?

Es rehacer el vínculo entre los dos.

Por supuesto que hay inconvenientes y las dificultades que surgen son siempre producto del orgullo y del egoísmo.

Sin embargo si tengo el firme propósito de reconciliarme y tengo la generosidad y la humildad de enmendarlo, se convierten estas dos actitudes

–generosidad y humildad — en condiciones indispensables para rehacer la común unión con el ser amado.

La reconciliación no es un acto de olvido, sino una actitud generosa que contiene una fuerte dosis de perdón.

Tengo que esperar el momento propicio para la reconciliación; es decir, siempre tengo que estar atento cuando es el momento propicio.

No importa, tener o no tener culpa, lo único que importa es la actitud de perdón.

La reconciliación tiene doble importancia en el caso de un conflicto conyugal. Cuando yo pego un portazo, es a mi mismo que me lo estoy dando.

Las horas que pasan en estado de conflicto, son horas negativas que van envenenando los años.

Porque nos amamos nos esforzamos en dialogar y es dialogando que siempre encontraremos el camino de la reconciliación.

Amarse, dialogar y reconciliarse son las tres columnas para que un matrimonio sea feliz, para que un matrimonio viva feliz.

El ser feliz, el vivir feliz, es aquel que pone su granito de arena todos los días para hacer de aquel día, mejor que el día de ayer.

Y siempre deberé hacerlo en espíritu y actitud de reconciliar, de rehacer, de mejorar.

Es frecuente que los acontecimientos mundanos nos absorban y no nos demos cuenta de cuan valiosa es la vida y del como se viva la vida con el otro.

Corremos el riesgo de que se nos pase la vida sin darnos cuenta de cuan valiosa es.

Corremos el riego de vivir sin valorar cuan importante es el seguir viviendo y contigo. Es decir el otro, el que me acompaña en mi diario vivir.

Todos quieren seguir viviendo, pero lo importante es que reflexiones, el porqué quieres seguir viviendo…..y contigo. Es decir con el otro.

Y en eso de distraernos hace que dejemos para mañana:

esa flor que regalar,

esa palabra que ofrecer,

ese perdón que obsequiar,

ese abrazo que derrochar,

esa mirada que espera ser correspondida…….

La vida feliz de todo matrimonio está salpicada de pequeños gestos, de pequeñas atenciones que debemos incorporar en nuestro diario vivir.

No hay que distraerse y dejar regar el amor que nos tenemos.

Los gestos son como el agua para las flores.

Recordemos aquella regla de oro, que tantas veces ya hemos citado.

Todo lo que me acerca a mi mujer es el plan de Dios.

Todo lo que me aleja de mi mujer, no es el plan de Dios.

Y a la inversa: todo lo que me acerca a mi esposo……

Si mis actos encajan con el plan de Dios, seguro que mi matrimonio vivirá feliz todos los días que nos toquen vivir.

Ya saben cómo ser feliz.

Sé feliz! Sean felices!

Se harán el bien, por aquello de que hacer el bien hace bien y el primero que se alegrará será el mismísimo Dios.

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net

Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

Aceptar al otro

La fe, el creer, necesita entender, sin entender y esto solamente se logra desde un corazón generoso

Amar es, entre otras cosas, comprender a la persona que se ama.

Para un mayor amor, se debe buscar comprender mejor al otro, aun cuando esto sea difícil.

En efecto, muchos son los esposos que dicen que lo más difícil en el matrimonio es adaptarse a la personalidad del cónyuge, avenirse a él.

Las causas de esta dificultad son ciertamente diversas.

Hablando directamente del principal problema, es que los esposos no se acuerdan de que sus esposas son mujeres, y se comportan como mujeres, mientras que las esposas, con frecuencia cometen el error de querer que sus maridos actúen no como hombres, sino como mujeres.

Ya lo saben: los hombres son hombres y las mujeres son mujeres. A no olvidarlo.

Se puede evitar este problema, o encontrar más fácilmente la solución, si uno toma conciencia de lo que es propio del hombre y de lo que es propio de la mujer.

Este aprendizaje debería ya hacerse en la etapa del noviazgo.

Que cada novio comprenda a su novia en sus reacciones de mujer y que cada novia acepte que su novio se comporta como hombre.

Así de sencillo. Así de sencillo de entender, no tan sencillo de practicar.

Hacer nacer una pareja unida es para todos un deseo legítimo.

Todos quieren ser uno, todos quieren caminar tomados de la mano.

Esta ambición todos la tienen y no basta con esforzarse en conocer al otro, también es necesario conocerse bien uno mismo.

Debo conocerme mi propia personalidad y la de mi cónyuge, y saberlas armonizar, saberlas ensamblar.

En ese camino de conocerme y conocer al otro debo reflexionar sobre varios puntos que son esenciales para la unidad.

Debo partir de que el hombre es hombre y la mujer es mujer con todas las características que los diferencian. Nunca debo olvidarme de esta circunstancia.

La constitución física de los dos es diferente. Sus reacciones son diferentes incluso frente a una misma circunstancia.

El modo de conocer las cosas varía en el hombre y ello es producto de su forma de ser varonil. La mujer percibe las cosas de distinta forma y las llega a conocer con matices distintos.

Cada uno ama, pero cada uno ama a su manera. El hombre no ama igual que la mujer. El amor del hombre casi siempre nace en el cerebro, en su faz pensante, después quizás baja al nivel corazón, pero siempre arranca de su parte pensante.

No ocurre así en la mujer. Ella siempre pone el corazón por delante.

Y por último está su vida religiosa. Es frecuente que la mujer sea más religiosa, más creyente que el hombre. Ello le viene por lo que hemos citado antes: lo religioso va más unido al corazón que al cerebro.

El creer conmueve mas, emociona más.

Las cosas pueden ser razonadas, pero el misterio de la fe no puede ser razonado, de ahí que la mujer le es más fácil creer, porque ella es más proclive a primero usar el corazón y después si es necesario, pensará.

La fe, el creer, necesita entender, sin entender y esto solamente se logra desde un corazón generoso.

¿Qué quiere decir esto? Que a veces vislumbramos que entendemos esto, que no entendemos, y esto solamente se logra desde un corazón generoso; desde un corazón abierto.

Allí es donde realmente crece y se arraiga la profundidad de la fe, la profundidad de lo que creemos.

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net

Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

El matrimonio puede ser visto como un contrato o como una alianza

Los que creemos que el matrimonio es una alianza, creemos que las alianzas no se pueden romper

El matrimonio puede ser visto como un contrato o como una alianza

Los contratos son revocables, se hacen a medida de la conveniencia de las partes. Vemos con frecuencia que los famosos que cambian con ligereza de cónyuge que ya fijan lo que le corresponderá a cada uno a la hora de separarse. Ya fijan de ante mano lo que cada uno se va a llevar: esto es un contrato.

Son dos personas se conocieron, se juntaron y convinieron algo.

Y el día que una de las partes o las dos por pura conveniencia, pueden decidir romper esta unión, a igual que se hace con cualquier contrato de cualquier índole.

Los que creemos que el matrimonio es una alianza, creemos que las alianzas no se pueden romper así como así.

Esto significa que cuando uno se casa no formula un contrato a medida, sino que entra en una institución. La institución del matrimonio.

Así como hubo una alianza entre el pueblo hebreo y Dios, entre Cristo y su Iglesia también la hay entre un hombre y una mujer, cuando deciden hacer un solo camino.

El mismo camino que emprendió el pueblo judío y la nueva Iglesia cristiana.

Un camino de hombre lleno de infidelidades.

Infidelidades, que si duelen pueden ser perdonadas.

Y en realidad, toda vida de hombre es un camino lleno de infidelidades perdonadas.

Hoy la prolongación de la vida lleva que uno, al casarse entre los 25 y 35 años, tenga por delante 50 años de vida conyugal.

A lo largo de esos años habrá muchas etapas, algunas quizás hasta programadas o esperadas o pensadas, pero también muchas imprevistas.

Cada cambio es etapa de una crisis.

Bienvenidas las crisis si son para crecer.

Crisis no significa necesariamente que se ponga en juego la estabilidad del matrimonio, sino la ocasión para repensar, reformular y reorganizar afectivamente una vida donde han ido ingresando los hijos: esos hijos crecen y llega un momento en que se van. Y volvemos a encontrarnos solos como el día que empezamos.

En el medio habremos tenido que practicar la humildad para perdonar y pedir perdón.

Dado que hoy se habla tanto del matrimonio como una alianza de amor, la gran pregunta que nos podemos formular es: ¿Qué es el amor?

Es un sentimiento, ciertamente, pero no es sólo un sentimiento.

Es una voluntad, ciertamente, pero no es solamente voluntad.

El amor es la fuente donde puede brotar un proyecto de vida en común, como cualquier proyecto de entrega incondicional, es el deseo con voluntad de amar que anida en el corazón.

Sólo cuando se llega al corazón, de donde nacen las decisiones más profundas que hacen a la vida, se palpa la realidad del amor desde el corazón.

Amor recibido y devuelto, o amor dado que nos viene de vuelta en un ir y venir que nunca se sabe el cómo empezó. Amé y recibí, fue y volvió.

Es entender que cuando uno está dispuesto y desea amar, está dispuesto a aceptar los lazos del amor: saber que cuando yo contraigo matrimonio me enlazo con alguien, cuando engendro hijos me hago servidor de ellos. Responsable de ellos.

El eje de la felicidad de los hijos pasa por tener un papa y una mama que se quieren y que los quieran y los cuiden.

La peor de las carencias es la ignorancia. Es la ignorancia de saber esto.

Comprender tarde es no comprender.

Hay muchos tipos de amor, pero todos hilvanados por un mismo hilo conductor.

Decirle a alguien “te amo” no es lo mismo que pensar “te deseo” o “me siento atraído por ti” aunque el deseo y la atracción existan.

El verdadero camino del amor inteligente es el que desde un enamoramiento inicial se profundiza y crece para lograr la convivencia de a dos..

En el hacer un sólo camino hay un verdadero enjambre de estados de ánimo; sentirse absorbido, estar encantado, dudar, tener celos, desear físicamente, percibir las dificultades de entendimiento, decepcionarse, volver a entusiasmarse, volver a reconciliarse, volver a querer, volver a empezar.

Recuerdo que una vez le pregunté a mi amigo Monseñor Domingo Castagna que debía hacer uno cuando el amor se acaba. Y él con su cara de santo, los amigos ya lo hemos santificado, me contestó sonriendo: Salvador, hay que volver a empezar, hay que volver a amar.

Ya lo saben, cada vez que haya un distanciamiento, hay que volver a empezar.

El hombre, como animal que es, es un permanentemente descontento, a veces se calma, pero la más de las veces, siempre quiere más.

Por eso el conocimiento del amor le conduce poco a poco hacía lo mejor,

El amor es lo más importante de la vida. Mueve todo.

Aprender a amar con la razón es recuperarse del primer deslumbramiento.

Es pasar de un puro sentimiento, a un caminar con el otro, creando y viviendo una historia propia.

Sentimiento y razonamiento irán juntos para siempre.

Ambas cosas ayudaran a entender y superar sus diferencias, ya que están decididos a convivir.

Ya que están decididos en hacer un sólo camino.

Dos formas personales de ser, pero un sólo camino.

Cada uno seguirá siendo como es, pero irán tomados de la mano haciendo un solo camino.

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net

Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

¿Es malo el placer?

Es malo cuando se lo agranda, cuando se cree que la vida pasa por ahí, cuando uno construye la vida desde ahí, cuando uno cree que la felicidad pasa por ahí

¿Es malo el placer?

Creo que los que se van a vivir en pareja dan una prioridad al placer y dejan en un segundo plano la responsabilidad.

Hay que comprender que el placer es una gran seducción.

Negarlo sería no reconocer una realidad.

¿A quién no le atrae el placer?

¿A quién no le gusta pasarlo bien? ¡Hay tantos placeres que nos seducen!

¿A quién no? Y todos los placeres.

Los placeres de la vista.

Los placeres del paladar.

Los placeres genitales. ¿Y es malo el placer? NO, no es malo el placer.

Es malo cuando se lo agranda, cuando se cree que la vida pasa por ahí, cuando uno construye la vida desde ahí, cuando uno cree que la felicidad pasa por ahí.

Eso es lo malo. Cuando todo lo medimos desde ahí.

Cuando todo lo medimos, desde el pasarlo bien.

Vivir en pareja tiene su mayor debilidad en haber dejado en segundo plano la responsabilidad, las obligaciones que todo futuro impone a la vida.

El vivir teniendo en cuenta el futuro, debería condicionar nuestros actos de hoy. Esto se llama vivir en la responsabilidad.

La base de la responsabilidad se encuentra en la libertad que cada uno de nosotros tenemos.

Es la libertad que Dios le dio al hombre para su buen uso.

Muchos creen que la libertad le fue dada al hombre para hacer lo que quiera.

Y no es así. La libertad le fue dada para hacer lo que debe, no lo que quiere.

El hombre es feliz si hace lo que debe y no lo que quiere.

El querer, siempre es un impulso primario.

El deber, es siempre razonado, pensado y reflexionado,

Al tomar una decisión, hacer una elección, al ir a vivir en pareja o en matrimonio, cada uno de nosotros ha tenido que pensarlo y realizarlo conscientemente.

Y somos responsables de las consecuencias.

Sean ellas buenas o malas.

Esto es asumir futuro.

Mi acto personal y libre tendrá consecuencias.

Persona responsable es quien está dispuesto a dar respuesta y la da efectivamente a todas las exigencias de la vida diaria y asume las obligaciones que le vienen.

Cuando las cosas empiezan a andar mal, andan precisamente mal, porque no se tienen en cuenta las obligaciones.

Se fueron a vivir juntos, se atrajeron, se gozaron, se entregaron sus cuerpos, pero no se entregaron el alma.

Para entregarse el alma, se necesita la total entrega del ser, no solo de una parte de mí.

…………un sobrino vivía en pareja: le expliqué la diferencia y se lo quedó pensando. Sobre todo cuando le remarqué que desde aquel instante, cada vez que hicieran el amor, no podrían evitar recordar que su entrega no es total, no es absoluta, cualquiera de los dos puede pegar el portazo e irse tan campante.

Eso no es el amor, podrá ser cualquier cosa, menos el amor.

Si no hay un compromiso definitivo, no se puede construir nada.

Si no hay un compromiso definitivo, no le puedo decir al otro, que yo lo amo.

Porque una de las cosas propias del amor, ¿saben que es?

Es decirle para siempre.

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net

Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

La existencia del matrimonio es esencial para la humanidad

Si la unión estable del hombre y la mujer no hubiera existido la vida del hombre haría ya mucho tiempo que se hubiera extinguido

La existencia del matrimonio es esencial para la humanidad

Si la unión estable del hombre y la mujer no hubiera existido la vida del hombre haría ya mucho tiempo que se hubiera extinguido. Todo lo que la humanidad fue construyendo lo hizo sobre el amor duradero de un varón que era varón y una mujer que era mujer.

Fuera de esto la construcción de la vida no hubiera sido posible.

Esa unión, sobre la cual se ha construido todo lo que la humanidad ha construido, tiene como una de las finalidades el de perpetuarse en el hijo.

Y ese hijo es el que más necesita para su formación psíquica y espiritual la vida estable y armónica de sus padres.

De ahí la gran importancia el que vea que sus padres se aman.

Es tanto o más importante que el quedarse solamente en darle amor. Necesita si, ser amado, pero si queremos que aprenda a amar deberá verlo hacer en sus padres.

Decía el Padre Remigio Parámio, agustino él, que para enseñar a los hijos lo que es el amor, hay una sola sílaba de diferencia. Más que amarLOS, hay que amarSE.

La fidelidad y la indisolubilidad del matrimonio es más una ley natural, que una ley divina porque es una ley necesaria para la perpetuidad de la vida.

El matrimonio es una institución destinada a perpetuarse en el tiempo, en un tiempo de vida en común para asegurarse que la prole crezca y se forme armónicamente.

Y si además crees en Dios, no puedes armar tu vida sin prestarle atención que el hombre no puede separar lo que Dios ha unido. Los creyentes, podremos muchas veces no entender a Dios, pero siempre deberé tener en cuenta lo que El me dice, aun que no lo entienda, si es que creo en Dios y María Santísima.

El matrimonio cristiano es solamente separable por la muerte de los cónyuges. Hay un concepto fundamental que hace a la unión de los esposos y este concepto es el de la fidelidad.

Es una cosa muy elemental y desgraciadamente es una de las cosas que en el matrimonio más se viola todos los días.

Tal vez sea una de las cosas que más hay que remarcar.

Estamos cansados de ver con que frecuencia la fidelidad es violada.

¿Cuantos centenares de años hace que el mundo se viene riendo de la fidelidad? Viene de allá a lo lejos y hace tiempo.

Hasta hubo una época en que la fidelidad le tocaba más que nada a la mujer, la esposa era la que debía ser fiel y existía un cierto consenso, al menos en lo popular, en lo común, de que ello no iba para el hombre.

Las actitudes infieles de los varones no eran medidas con la misma vara con que se medían las actitudes de las mujeres.

Recordemos aquel hecho evangélico de aquella mujer adúltera que iba a ser apedreada y cuando Jesús les dice que tire la primera piedra el que esté libre de pecado, no quedó ni uno.

Hoy todo el mundo habla de sexo. Todo está lleno de sexo: películas, novelas y hasta especialistas en sexo, que los llaman sexólogos.

Hoy se crece sabiendo de sexo y viendo sexo: solamente hay que prender el televisor.

En mi infancia no recuerdo haber escuchado nunca la palabra sexo.

Y el tanto hablar y ver sexo son muchos los que confunden sexo con amor.

Muchos son los que creen que el tener alguien encima es el amor.

El sexo no es el amor, es sí parte del amor, pero no es el amor.

Aquella unión que se realiza creyendo que el sexo es el amor, que el sexo es el todo, dura lo que dura la atracción sexual, y desgraciadamente la experiencia demuestra que la atracción dura hasta que estoy satisfecho.

Cuando en una pareja se llega a la satisfacción sexual por fuerza se pasa al hastío: es una cosa absolutamente inevitable.

Y esto ocurre si no hay nada más que sexo. El sexo, se quiera o no se quiera, es una cosa repetida. Una unión basada solamente en la atracción sexual termina inevitablemente en ruptura.

Y esto ocurre porque falta el amor.

Basaron su unión sobre una actitud egoísta. Lo puramente sexual es egoísta, es buscar que el otro me dé satisfacción, que el otro me sacie, me calme.

Donde el egoísmo se extingue, el amor aparece. Lo contrario del amor es el egoísmo. El egoísmo es lo que separa, es lo que nos aleja del otro.

El amor une, el amor acerca.

El amor tiene diferencias muy importantes porque lo que busca fundamentalmente es la satisfacción de la persona con que se hacen las cosas.

El amor es esencialmente un sentimiento altruista, generoso, busca siempre hacer feliz al otro, más que lo hagan feliz a uno.

Indudablemente buscar la satisfacción del otro es algo muy complejo, que exige algo más, algo más que no puede existir solamente en lo puramente sexual, en lo puramente físico.

El Padre Pedro Richards, fundador del Movimiento Familiar Cristiano, que ya goza de conocer el rostro de Dios, nos decía: El amor se divide en dos partes, cintura para arriba y cintura para abajo.

El de cintura para abajo siempre termina cayéndose, en cambio el que siempre crece y se mantiene nuevo, es el de cintura para arriba.

El camino del amor de dos que quieren hacer un solo camino es un llenar todos los días de actos, gestos, comprensiones, diálogos cálidos, miradas que saben ver en el otro la razón del porque quiere uno seguir viviendo y……..contigo.

Porque vivir, todos queremos vivir: lo bello es querer seguir viviendo y….contigo.

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net

Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

La felicidad es ensamblar dos formas de ser

La pareja humana no consiste en dos medias naranjas, sino en dos personas diferentes creadas para complementarse en una relación de amor

La felicidad es ensamblar dos formas de ser

Desde los primeros tiempos de la humanidad, las parejas que se casan han aprendido del ejemplo de sus padres y de otras familias la forma de comportarse como marido y mujer.

La forma de comportarse lo aprendieron viendo vivir las situaciones de la vida diaria de su casa, de la casa de sus amigos y parientes.

Aprendieron porque lo vieron vivir, el modo de organizarse socialmente, la forma de solucionar problemas y su manera de entender y vivir valores y tradiciones.

Lo vieron en su hogar y lo trasladan a su nuevo hogar.

Así ha funcionado la familia desde que el mundo es mundo.

O funcionó así.

Desde niños se aprende el cómo relacionarse y comportarse en su vida de casados. La mayor parte de esta enseñanza les llegó por ejemplo de otros.

Todos tendemos a repetir lo que vemos, en especial aquello que hemos visto vivir en nuestros padres.

Sin embargo, hay que tener muy en cuenta, que las circunstancias de hoy son muy diferentes de las que vivieron los padres.

El mundo moderno cambia rápida y profundamente a una velocidad nunca jamás vivida anteriormente.

En consecuencia hay que encontrar respuestas nuevas a situaciones también nuevas: los matrimonios actuales no pueden y con frecuencia tampoco quieren comportarse según el estilo de vida matrimonial de sus padres y menos al de los abuelos.

Este proceso de cambio del mundo moderno es más notable en las grandes ciudades y más lento en pueblos o zonas rurales, pero sucede en todas partes, porque el gran modificador de costumbres, que es la televisión, llega a todas partes.

Actualmente las parejas desde el inicio de su relación sucede en un plano de mayor igualdad.

La mujer moderna, estudia y trabaja a igual paridad que el hombre.

Como consecuencia de ello, la mujer ya no se entrega al hombre, sino que se une a él.

Ambos unen su vida no solamente para formar una familia, sino para compartir una vida que va mucho más allá de las paredes del hogar.

Una de las cosas que las mujeres de hoy no deben de cansarse de agradecer a la tecnología es el como se han simplificado las tareas del hogar.

Es de mi recuerdo –en aquel pequeño pueblito catalán de mi infancia– que las mujeres iban al río a lavar la ropa. Hoy todas las casas tienen lavarropas. Lavan la ropa mirando televisión o haciendo otra tarea.

La vida del mundo de hoy le ha dado a la mujer una libertad que antes no tenía.

Puede trabajar fuera del hogar; otras estudian o participan en diversas actividades de la comunidad.

Dispone de más tiempo para dedicarse a aspectos de su persona.

La pareja moderna es mucho más igualitaria; su relación es de solidaridad y colaboración. Las decisiones se comentan y se comparten.

Los dos se sienten iguales responsables de su vida en común y de todo lo que gira alrededor de esta vida en común.

Hoy más que nunca los novios y los esposos están convencidos de que el amor es el verdadero fundamento de su matrimonio y su familia.

Como el matrimonio tiene hoy una relación de mucho más igualdad, su amor es más rico y busca el bien del otro, busca su felicidad, la de hoy y la eterna.

Siempre se ha dicho que la mujer es distinta al hombre.

Por suerte es distinta. Los hombres somos los primeros en estar agradecidos de esta diferencia. Contrariamente sería muy aburrido.

Ellas son capaces de ciertas cosas de las que es incapaz el hombre, e incapaces de otras de las que el varón es capaz.

La riqueza de la vida, la riqueza de la convivencia está en estas distintas capacidades.

La felicidad consiste en ensamblar las dos formas de ser.

Desde luego, existen diferencias entre ellos.

La más fácil de apreciar, pero no la única, es la diferencia física.

Sus cuerpos son distintos

Frecuentemente la mujer se interesa por determinados aspectos de la realidad que dejan indiferente al hombre, mientras él se apasiona por cuestiones que parecen no existir para ella.

Ante un mismo problema o ante un trabajo de la misma clase, la mujer reacciona de modo distinto al hombre; se interesa por otros aspectos.

Las diferencias entre varón y mujer son fuente de riqueza para su relación, pues lo que uno tiene complementa las necesidades del otro.

En realidad, la persona humana, tal como la creó Dios, está compuesta de un varón y una mujer.

Un varón y una mujer hacen el hombre bíblico.

La suma de los dos hacen la igualdad y semejanza del que los creó.

Y esta imagen y semejanza del momento creador se da cuando más hombre sea él y más mujer sea ella.

La pareja humana no consiste en dos medias naranjas, sino en dos personas diferentes creadas para complementarse en una relación de amor.

De la cual nacerá la construcción de una familia: la tarea más hermosa e importante de una vida en común.

Hacer nacer y crecer una familia es la aventura más hermosa del hombre.

Solamente se atreven los que se aman.

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net

Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

Cambiar el mundo

La clave de nuestra capacidad de hacer cambiar a los demás está siempre ligada a nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos

Cambiar el mundo

«Cuando era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo.

»Según fui haciéndome mayor, pensé que no había modo de cambiar el mundo, así que me propuse un objetivo más modesto e intenté cambiar sólo mi país.

»Pero, con el tiempo, me pareció también imposible. Cuando llegué a la vejez, me conformé con intentar cambiar a mi familia, a los más cercanos a mí.

»Pero tampoco conseguí casi nada. Ahora, en mi lecho de muerte, de repente he comprendido una cosa: si hubiera empezado por intentar cambiarme a mí mismo, tal vez mi familia habría seguido mi ejemplo y habría cambiado, y con su inspiración y aliento quizá habría sido capaz de cambiar mi país y —quien sabe— tal vez incluso hubiera podido cambiar el mundo.»

Este viejo relato, recogido en una lápida de la Abadía de Westminster, puede servirnos como una interesante reflexión acerca del sentido crítico y el deseo de cambio que todos tenemos en nuestro interior. Normalmente, la crítica se tiñe del ánimo o la disposición interior que hay tras ella, y de la que muchas veces procede. También sabemos que hay disposiciones mejores y peores, positivas y negativas, optimistas y pesimistas, y eso debemos tenerlo presente, y saber reconocerlo, pues resulta decisivo para comprobar la rectitud de nuestros juicios y la fiabilidad de nuestra capacidad de valoración y de crítica.

Si damos entrada a la envidia, al orgullo, la ira, la ambición, o a cualquiera de las múltiples formas en que la soberbia se manifiesta en todos los hombres, ese ánimo o predisposición con que observamos a los demás condicionará todo lo que observamos. Y entonces perderemos objetividad en nuestros análisis y eficacia en nuestros empeños por mejorar el mundo que nos rodea.

Solamente si hay una buena disposición, si se ve a los demás con el necesario afecto, deseando su bien, sólo entonces la crítica reúne las condiciones que requiere para ser una crítica útil y constructiva. Y sólo entonces es un acto de virtud para quien la practica y una verdadera ayuda para quien la recibe.

Y para entender y realizar así la crítica, es preciso ensayarla primero con uno mismo, como advirtió al final de su vida el protagonista de aquella reflexión. Sólo cuando se sabe lo que cuesta mejorar, lo difícil que resulta y, al tiempo, lo importante y liberador que es, sólo entonces se puede observar a los demás con cierta objetividad y ayudarles realmente. El que sabe decirse las cosas claras a sí mismo, sabe cómo y cuándo decírselas a los demás, y sabe también escucharlas con buena disposición.

Saber recibir y aceptar la crítica es prueba de profunda sabiduría. Dejarse decir las cosas es signo cierto de grandeza espiritual y de inteligencia clara. Aprender de la crítica es decisivo para hacer rendir los propios talentos. En cambio, quien no soporta que se le critique nada, e incluso ataca a quien ha tenido la atención y el desvelo de hacerle una crítica honesta y buena, o incluso se ensaña con el mensajero, esa persona difícilmente saldrá de sus errores, que con seguridad serán numerosos.

No se trata de vivir siempre pendiente de la crítica, bailando al son de lo que se diga o se deje de decir sobre lo que hacemos o somos, porque esa preocupación acabaría siendo patológica. El que no hace nada no suele recibir críticas, pero el que hace mucho suele ser criticado por todos: lo critican los que no hacen nada, porque ven su vida y su trabajo como una acusación; lo critican los que obran de modo contrario, porque lo consideran un enemigo; y lo critican a veces también los que hacen las mismas o parecidas cosas, porque se ponen celosos. Tiene que hacerse perdonar por los que apenas hacen nada y por los que no conciben que se pueda hacer nada bueno sin contar con ellos.

En todo caso, y como también advirtió con lucidez aquel hombre al final de sus días, la clave de nuestra capacidad de hacer cambiar a los demás está siempre ligada a nuestra capacidad de cambiarnos a nosotros mismos.

Alfonso Aguiló | Fuente: Interrogantes.net

Comentarios al autor: aaguilo@tajamar.es

El valor de la fidelidad matrimonial

Entrevista al Dr. D. Alfonso López Quintás donde clarifica la idea de fidelidad matrimonial, la deslealtad y las crisis que sufren actualmente las instituciones a las que se debería tener fidelidad.

El valor de la fidelidad matrimonial

D. Alfonso López Quintás, catedrático emérito de filosofía en la Universidad Complutense (Madrid) y miembro de la Real Academia Española de Ciencias Morales y Políticas, ha resaltado en varias de sus obras el carácter creativo de la fidelidad. Queremos rogarle que clarifique un poco la idea de fidelidad, que juega un papel decisivo en nuestra vida de interrelación.

Pregunta: ¿Es la fidelidad actualmente un valor en crisis? ¿A qué se debe el declive actual de la actitud fiel?

Respuesta: A juzgar por el número de separaciones matrimoniales que se producen, la fidelidad conyugal es un valor que se halla actualmente cuestionado. Entre las múltiples causas de tal fenómeno, deben subrayarse diversos malentendidos y confusiones:

• Se confunde, a menudo, la fidelidad y el aguante. Aguantar significa resistir el peso de una carga, y es condición propia de muros y columnas. La fidelidad supone algo mucho más elevado: crear en cada momento de la vida lo que uno, un día, prometió crear. Para cumplir la promesa de crear un hogar con una persona, se requiere soberanía de espíritu, capacidad de ser fiel a lo prometido aunque cambien las circunstancias y los sentimientos que uno pueda tener en una situación determinada. Para una persona fiel, lo importante no es cambiar, sino realizar en la vida el ideal de la unidad en virtud del cual decidió casarse con una persona. Pero hoy se glorifica el cambio, término que adquirió últimamente condición de “talismán”: parece albergar tal riqueza que nadie osa ponerlo en tela de juicio. Frente a esta glorificación del cambio, debemos grabar a fuego en la mente que la fidelidad es una actitud creativa y presenta, por ello, una alta excelencia.

• Si uno adopta una actitud hedonista y vive para acumular sensaciones placenteras, debe cambiar incesantemente para mantener cierto nivel de excitación, ya que la sensibilidad se embota gradualmente.

• Esta actitud lleva a confundir el amor personal -que pide de por sí estabilidad y firmeza- con la mera pasión, que presenta una condición efímera.

• De ahí el temor a comprometerse de por vida, pues tal compromiso impide el cambio. Se olvida que, al hablar de un matrimonio indisoluble, se alude ante todo a la calidad de la unión. El matrimonio que es auténtico perdura por su interna calidad y valor. La fidelidad es nutrida por el amor a lo valioso, a la riqueza interna de la unidad conyugal. Ob-ligarse a dicho valor significa renunciar en parte a la libertad de maniobra -libertad de decisión arbitraria- a fin de promover la auténtica libertad humana, que es la libertad para ser creativo. La psicóloga norteamericana Maggie Gallagher indica, en su libro Enemies of Eros, que millones de jóvenes compatriotas rehuyen casarse por pensar que no hay garantía alguna de que el amor perdure. Dentro de los reducidos límites de seguridad que admite la vida humana, podemos decir que el amor tiene altas probabilidades de perdurar si presenta la debida calidad. El buen paño perdura. El amor que no se reduce a mera pasión o mera apetencia, antes implica la fundación constante de un auténtico estado de encuentro, supera, en buena medida, los riesgos de ruptura provocados por los vaivenes del sentimiento.

P.-: Si la fidelidad se halla por encima del afán hedonista de acumular gratificaciones, ¿qué secreto impulso nos lleva a ser fieles?

R.-: La fidelidad, bien entendida, brota del amor a lo valioso, lo que se hace valer por su interna riqueza y se nos aparece como fiable, como algo en lo que tenemos fe y a lo que nos podemos confiar. Recordemos que las palabras fiable, fe, confiar en alguien, confiarse a alguien… están emparentadas entre sí, por derivarse de una misma raíz latina: fid. El que descubre el elevado valor del amor conyugal, visto en toda su riqueza, cobra confianza en él, adivina que puede apostar fuerte por él, poner la vida a esa carta y prometer a otra persona crear una vida de hogar. Prometer llevar a cabo este tipo de actividad es una acción tan excelsa que parece en principio insensata. Prometo hoy para cumplir en días y años sucesivos, incluso cuando mis sentimientos sean distintos de los que hoy me inspiran tal promesa. Prometer crear un hogar en todas las circunstancias, favorables o adversas, implica elevación de espíritu, capacidad de asumir las riendas de la propia vida y estar dispuestos a regirla no por sentimientos cambiantes sino por el valor de la unidad, que consideramos supremo en nuestra vida y ejerce para nosotros la función de ideal.

P.-: Según lo dicho, no parece tener sentido confundir la fidelidad con la intransigencia…

R.-: Ciertamente. El que es fiel a una promesa no debe ser considerado como terco, sino como tenaz, es decir, perseverante en la vinculación a lo valioso, lo que nos ofrece posibilidades para vivir plenamente, creando relaciones relevantes. Ser fiel no significa sólo mantener una relación a lo largo del tiempo, pues no es únicamente cuestión de tiempo sino de calidad. Lo decisivo en la fidelidad no es conseguir que un amor se alargue indefinidamente, sino que sea auténtico merced a su valor interno.

Por eso la actitud de fidelidad se nutre de la admiración ante lo valioso. El que malentiende el amor conyugal, que es generoso y oblativo, y lo confunde con una atracción interesada no recibe la fuerza que nos otorga lo valioso y no es capaz de mantenerse por encima de las oscilaciones y avatares del sentimiento. Será esclavo de los apetitos que lo acucian en cada momento. No tendrá la libertad interior necesaria para ser auténticamente fiel, es decir, creativo, capaz de cumplir la promesa de crear en todo instante una relación estable de encuentro.

Así entendida, la fidelidad nos otorga identidad personal, energía interior, autoestima, dignidad, honorabilidad, armonía y, por tanto, belleza. Recordemos la indefinible belleza de la historia bíblica de Ruth, la moabita, que dice estas bellísimas palabras a Noemí, la madre de su marido difunto: “No insistas en que te deje y me vuelva. A dónde tú vayas, iré yo; donde tú vivas, viviré yo; tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios; donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán. Sólo la muerte podrá separarnos, y, si no, que el Señor me castigue”.

P.-: En Iberoamérica y en España parece concederse todavía bastante importancia a la fidelidad conyugal. ¿Cómo se conjuga esto con la crisis del valor de la fidelidad?

R.: En estos países todavía se conserva en alguna medida la concepción del matrimonio como un tipo de unidad valiosa que debe crearse incesantemente entre los cónyuges. De ahí el sentimiento de frustración que produce la deslealtad de uno de ellos. Esto no impide que muchas personas se dejen arrastrar por el prestigio del término cambio, utilizado profusamente de forma manipuladora en el momento actual.

P.-: ¿Puede decirse que lo que está en crisis actualmente son las instituciones a las que se debiera tener fidelidad?

R.-: Exige menos esfuerzo entender el matrimonio como una forma de unión que podemos disolver en un momento determinado que como un modo de unidad que merece un respeto incondicional por parte de los mismos que han contribuido a crearla. Este tipo de realidades pertenecen a un nivel de realidad muy superior al de los objetos. Hoy día vivimos en una sociedad utilitarista, afanosa de dominar y poseer, y tendemos a pensar que podemos disponer arbitrariamente de todos los seres que tratamos, como si fueran meros objetos. Esta actitud nos impide dar a los distintos aspectos de nuestra vida el valor que les corresponde. Nos hallamos ante un proceso de empobrecimiento alarmante de nuestra existencia.

Por eso urge realizar una labor de análisis serio de los modos de realidad que, debido a su alto rango, no deben ser objeto de posesión y dominio sino de participación, que es una actividad creadora. Participar en el reparto de una tarta podemos hacerlo con una actitud pasiva. Estamos en el nivel 1 de conducta. Participar en la interpretación de una obra musical compromete nuestra capacidad creativa. Este compromiso activo se da en el nivel 2. Para ser fieles a una persona o a una institución, debemos participar activamente en su vida, crear con ella una relación fecunda de encuentro –nivel 2-. Esta participación nos permite descubrir su riqueza interior y comprender, así, que nuestra vida se enriquece cuando nos encontramos con tales realidades y se empobrece cuando queremos dominarlas y servirnos de ellas, rebajándolas a condición de medios para un fin.

P.-: Al analizar la cuestión de la fidelidad, volvemos a advertir que la corrupción de la sociedad suele comenzar por la corrupción de la mente…

R.-: Sin duda. Es muy conveniente leer la Historia entre líneas y descubrir que el deseo de dominar a los pueblos suele llevar a no pocos dirigentes sociales a adueñarse de las mentes a través de los recursos tácticos de la manipulación. Si queremos ser libres y vivir con la debida dignidad, debemos clarificar a fondo los conceptos, aprender a pensar con rigor, conocer de cerca los valores y descubrir cuál de ellos ocupa el lugar supremo y constituye el ideal auténtico de nuestra vida.

María Ángeles Almacellas,

Doctora en Filosofía.

Universidad Complutense, Madrid

Valoración sacramental del matrimonio

Jamás de los jamases, el Cristo Nupcial deja de responder a nuestros pedidos. Es una fija que todo matrimonio tiene

Valoración sacramental del matrimonio

Desde siempre se ha hecho una valoración sacramental de la familia.

Todos sabíamos, al menos los que nos habíamos casado por la iglesia, de la existencia del sacramento en nuestra unión matrimonial.

Lo que no estaba tan claro, o no se le daba una profundidad conyugal, el como funcionaba la eficacia del sacramento. Sabíamos que lo teníamos, nadie nos explicaba el como usarlo.

Éramos muchos que tomábamos el sacramento como algo mágico, como una vacuna que nos protegía. Pesaba mucho el creer en Dios y no concebíamos que Dios no estuviera presente en el momento de casarnos.

Era algo que teníamos, que recibíamos, pero nadie nos enseñó a usarlo.

Hasta que un día el P. Pedro Richards, fundador del Movimiento Familiar Cristiano empezó a hablarnos del Cristo Nupcial.

En la vida sacerdotal está el Cristo Sacerdote, en la vida matrimonial está el Cristo Nupcial. Al altar fuimos dos y del altar regresamos tres.

Este tercero, el Cristo insertado en medio de los dos, no es ni más ni menos que el tan conocido sacramento, que desde que el mundo es mundo, los bautizados, varones y mujeres, se han ido dando libremente delante de Dios y de la comunidad.

Al personalizar el sacramento en la figura del Cristo Nupcial fue fácil entender que este Cristo propio estaba para que le rezáramos, para que lo usáramos, pues fue creado para ello: para que los esposos le recen, para que los esposos le pidan la iluminación para seguir creciendo en el amor mutuo.

Y como fue creado para ello, jamás de los jamases, el Cristo Nupcial deja de responder a nuestros pedidos. Es una fija que todo matrimonio tiene.

Hay un texto bíblico que nos relata que los apóstoles están en una barca en medio de la tormenta y Pedro no sabiendo más que hacer para enfrentar la tormenta que amenaza hundir la barca, se da cuenta que allí, en aquella barca, está Jesús durmiendo y decide despertarlo para que le dé una mano del como enfrentar la situación.

Jesús no sólo calmó la tormenta sino que llevó a buen puerto la embarcación.

Así sucede, o puede estar sucediendo en nuestro matrimonio.

¿Cómo está nuestro Cristo Nupcial?

Si no sabemos que lo tenemos, ¿como vamos a usarlo? Y al no usarlo seguro que debe estar dormido. Será cuestión de despertarlo.

Y si lo hago, seguro que llevará a buen puerto vuestro matrimonio.

Fue creado para esto. No lo olvides.

Y antes que empiece a sonar el teléfono pidiendo estampitas del Cristo Nupcial, digamos que no existen en ninguna santería. No las busquen en ningún lugar que vendan estampitas. No las hay, no existen.

Bueno…….no hay estampitas, pero si existe el rostro del Cristo Nupcial.

Debéis buscarlo en vuestro álbum de fotos del día de vuestro casamiento. El Cristo Nupcial tiene el rostro del esposo y de la esposa.

Miren si es propio que hasta tiene vuestra cara ¡cómo para no rezarle!.

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net

Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

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El amor entre dos personas bautizadas, es decir cristianos

No estará nuestro Cristo Nupcial, dormitando? ¿No será hora de despertarlo? ¿No habrá llegado la hora de usarlo?

El amor entre dos personas bautizadas, es decir cristianos

Es una promesa que él y ella se hacen mutuamente y se prometen amarse para siempre; esta promesa la hacen delante de Dios y de la comunidad que asiste a la ceremonia. Nadie los casa; ellos se casan.

Y Dios se compromete con ellos y les ofrece su fuerza misma, su gracia, su iluminación y acompañarlos para el resto de su vida.

Es la inserción del Cristo Nupcial para acompañarlos para siempre.

Al altar fueron dos personas y regresaron tres. Este tercero es quien los ayudará a superar situaciones que humanamente parecen insuperables.

Y lo son sin la ayuda de Dios, sin la ayuda de este Cristo Nupcial que fue creado para ayudarlos.

Son muchos que no saben de su existencia; le rezan a muchos santos y no saben que tienen un Cristo propio que jamás de los jamases dejará de responderles, si le piden lo que le pidan.

Si hay un Cristo Nupcial que los ayuda, ¿por qué entonces fracasan tantos matrimonios cristianos?

Fracasan simplemente porque no lo usan. Si lo usaran, si cuando hay una crisis se recurriera a Él, Dios mismo iluminaría. Nunca deja de hacerlo

¿Pero como va a iluminar si no se recurre a ÉL? El Cristo Nupcial solamente interviene si tu le pides que intervenga.

Así de respetuoso es Dios con la libertad de cada uno de nosotros.

Tal vez pensemos que vivir de verdad el amor conyugal es algo que sólo logran algunos privilegiados, algo demasiado exigente para personas comunes como nosotros, sin embargo, si leemos con cuidado la Biblia, que es la historia del amor salvador de Dios a la humanidad, tendremos que reconocer que Dios nos llama a todos a ese amor, a todos nos invita a crecer para poder amar y ser amados.

No es algo para unos cuantos, sino para todos los bautizados; es para nosotros dos, aquí y ahora. No aceptar esto es no creer a Dios, es rechazar la felicidad que nos ofrece.

Claro está que Dios, caballero Él, no iluminará, no intervendrá, si yo no se lo pido. Dios no nos da las cosas hechas. Ha puesto en nosotros muchas cualidades humanas que debemos desarrollar. El amor de Dios no actúa en nosotros contra nuestra voluntad, ni tampoco si no ponemos todo nuestro esfuerzo para superar las dificultades.

Tal vez hemos pensado alguna vez que el habernos casado por la Iglesia, como comúnmente se dice, es una especie de garantía que Dios nos da de que todo irá bien y que siempre nos amaremos. Y esto no es así cuando nos desentendemos de nuestro crecimiento humano y no hacemos ningún esfuerzo para mejorar.

El casarse por la Iglesia, el sacramento que allí recibimos, no es mágico.

No hace responsable a una persona que no se esfuerza en cumplir con sus obligaciones, no hace generoso a una persona que solo piensa en si mismo, sobrio a un alcohólico o comprensivo a un intransigente.

Entonces, ¿qué es lo que hace? Lo que hace es darle, a quien lo desee, busca y pone esfuerzo, la fuerza para superarse. Hace, nada más y nada menos, lo que nosotros no podemos hacer. Pero no hará nada que nosotros podamos hacer.

Reflexionemos en las cualidades humanas que necesitamos desarrollar para crecer en el amor conyugal.

Cualidades como la paciencia, la admiración por la persona que es el otro, el respeto que es la base para sustentar el amor, la gratitud, la inteligencia, la responsabilidad, la cortesía, la comprensión, la voluntad de dialogar con el otro, la alegría, la capacidad de perdonar, la fidelidad.

Porque sobre estas cualidades humanas, sobre esta naturaleza, se construye un matrimonio que quiere ser imagen del amor grande, del amor profundo, del amor estable, del amor para siempre.

Todas son cualidades humanas que yo debo esforzarme en hacerlas mejor.

Amar es algo muy difícil y exigente; por eso Pablo de Tarso lo llamó un camino excepcional. Lo logran quienes son capaces de imponerse una disciplina de vida. La disciplina de hacernos mejores cada día.

La historia del amor en nuestro matrimonio es la historia de nuestra lucha para superarnos, es la historia de infidelidades perdonadas, es la historia de dos que un día decidieron hacer un sólo camino.

Y en ese caminar, si queremos que sea un largo camino juntos, debemos recurrir a nuestro Cristo Nupcial. Fue creado para ello, está en medio de nosotros para ello, para que lo usemos.

Hay por ahí un texto bíblico que nos relata que Pedro se enfrentaba una tormenta y que ya no sabiendo que debía hacer, se dio cuenta que Jesús estaba allí durmiendo en un rincón de la barca y decidió despertarlo. Jesús no solo calmo la tormenta sino que llevó a la barca a buen puerto.

No estará nuestro Cristo Nupcial, dormitando? ¿No será hora de despertarlo? ¿No habrá llegado la hora de usarlo?

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net

Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

Vale la pena querer amar

¡A luchar! Hoy más que nunca. A luchar por ese amor que sigue ahí

Sin conocerlas, siento el dolor y la impotencia de muchísimas personas. Y el caso es que yo mismo me veo capaz de cualquier barbaridad. Sin la gracia de Dios sin duda sería así. ¿Quién soy yo para permanecer en Su gracia? Nada y menos que nada. Bueno, sí, soy hijo de Dios, que es serlo todo. De un Dios que me acoge siempre -haga lo que haga- en el sacramento de Su misericordia infinita. De un Dios al que comulgo en Su Cuerpo y en Su Sangre. ¿Conocéis una intimidad semejante?

Os voy a contar algo un poco confidencial. Hace pocos días, en la tertulia de después de la cena, mi hijo mayor -venía a cuento por la conversación en la que estábamos enfrascados- nos dijo: “Si vosotros os separarais la vida no tendría sentido para mí, todo me daría igual; ¡¡daría cada puñetazo!!”. Mi mujer y yo nos quedamos helados. Y pensativos. El amor conyugal es una responsabilidad muy grande. Pero esta responsabilidad se fundamenta en la entrega divina. Porque Jesús se nos entrega cada día, en cada instante. Él se enamora de nuestro amor. Y nos impulsa a una delicadeza mayor con nuestra esposa o con nuestro marido.

Tenemos que rezar más, abandonarnos más en el Señor. Porque no nos entendemos ni a nosotros mismos. Y caemos una y otra vez en el dispendio de Su gracia que es el pecado. Sin fidelidad en lo pequeño. ¿Es posible ser santos en el matrimonio si nos abandonamos a mil fantasías o nos acostumbramos a un corazón enfermo de egoísmo? Nuestros hijos se dan cuenta, lo perciben. Necesitan vernos serenos, piadosos, alegres. Necesitan ver en nuestra mirada una caridad delicada, y sentir en nuestras palabras el tacto de la misericordia de Dios.

Pensemos despacio, con calma. No nos precipitemos en la angustia del momento. ¿Una mujer? ¿Un hombre? ¿Una crisis de madurez? ¿La bebida o la droga? ¿Un pánico incontrolable? Síguele queriendo y perdonando. Una vez y siempre. El Espíritu Santo y tu ángel de la guarda te ayudarán. Renueva ante Dios tu entrega cada día. Dile: “No entiendo nada de lo que nos pasa Dios mío, pero confío en ti, y te ofrezco todo lo que soy, cada lágrima. En Ti dejo mis miedos y mis planes y mi vida. Cuida de mis hijos, que no te abandonen nunca, y cuida del alma de mi marido (o de mi mujer, según sea el caso). Que no se pierda jamás, y que si ha de ser así podamos reencontrarnos en el Cielo. No entiendo nada, pero si Tú quieres que sufra este horror, lo acepto. Sólo te pido que preserves la alegría de nuestros hijos -que son Tus hijos-, para que sean santos y fieles a Ti.”.

El matrimonio debe estar unido hasta en la separación. Esto, que puede parecer una perogrullada, en realidad no lo es. El vínculo sigue presente, y la oración y el amor pueden obrar el milagro de lo que parecía imposible: del perdón. No dialoguemos con la tentación de la desesperanza, del desánimo o de la tristeza.

¡A luchar! Hoy más que nunca. A luchar por ese amor que sigue ahí, en tu corazón casi omnipotente de esposa y madre. O de esposo y padre. Ninguno estamos libres de meter la pata.

La Virgen será nuestro consuelo al pie de la cruz, el ánimo y el revulsivo que necesitan nuestras acomodadas vidas. Ella es madre. Y sabe lo que es el dolor. Agarrémonos al rosario de su entrega total, de su abandono incondicional a la voluntad de Dios.

Autor: Guillermo Urbizu | Fuente: Catholic.net

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