Vale la pena esperar

Controla tu pensamiento

CONTROLAR EL PENSAMIENTO

Hay veces que no podemos concentrarnos en lo que queremos pensar. En otras ocasiones lo que ocurre es que nuestros pensamientos nos asaltan una y otra vez. ¿Cómo podemos educar nuestros pensamientos? ¿Qué tenemos que hacer para que guiemos nuestros pensamientos y los podamos controlar y no sean ellos los que nos controlen?

Nuestra mente se alimenta de los pensamientos que le damos. Hay situaciones en las que parece como si los pensamientos tuviesen voluntad propia, y que se niegan a obedecer los mandatos que le damos.
Los pensamientos que no podemos controlar nos están machacando durante todo el día y la noche y contaminan nuestras actividades habituales.

¿Qué podemos hacer para guiar nuestro pensamiento hacia lo que nosotros de verdad queremos?

Hay que tener en cuenta varias cosas importantes:
– El pensamiento se ocupa de aquello que nos pre-ocupa. El pensamiento viene porque anteriormente nosotros lo hemos registrado en nuestra mente como algo importante o pendiente de solución.
– Normalmente el pensamiento se queda en las cosas que estamos haciendo. Cuando tenemos “algo en la cabeza” sin hacer nada tiende a dispersarse.
– El pensamiento y su actividad están relacionados directamente con el estado físico de la persona. A mayor bienestar y relajación mayor calidad de pensamiento, a mayor cansancio menor actividad y calidad.
– El pensamiento está directamente influido por la cantidad y complejidad de las informaciones que procesa nuestra mente, así como el impacto emocional que generan esas informaciones. Las cosas son como te las tomas.
– El pensamiento está directamente influido por la motivación y las prioridades de la persona que lo gobierna o intenta guiarlo.

¿Cómo guiar y educar el pensamiento?
– No cargar inútilmente la mente. En lugar de recordar es mejor apuntar las cosas, de esta manera no sobrecargamos nuestra mente.
– Saber qué es lo que uno quiere y cómo lo quiere.
– Hacer ejercicios de concentración con frecuencia.
– La relajación es una práctica que te ayudará a reducir el cansancio y la tensión física, y te dará una mayor capacidad para guiar tu pensamiento.

¿Qué necesitamos tener en cuenta para controlar nuestro pensamiento?
– La manera de pensar y de tratar nuestros pensamientos no se cambia de la noche a la mañana. La primera condición es darse tiempo.
– Hay que tener serenidad para no producir nuevos pensamientos que todavía compliquen más la tarea del control de pensamientos.
– Si después de intentar distintas cosas y de darse tiempo no se consigue controlar los pensamientos, lo mejor es acudir a un profesional que te ayude.
– Hay que tener siempre la esperanza y la confianza en nuestra posibilidad de cambio.
– Sólo cambia quien quiere cambiar.

Fuente: www.buzoncatolico.org

10 valores humanos que los padres deben enseñar a sus hijos…

Está perfectamente comprobado que los niños que han recibido en su hogar y en la escuela una buena educación en las valores y virtudes humanas, tienen las mejores puntuaciones en autocontrol, comportamiento y cooperación que los que no han recibido esa educación. Los padres que tienen hijos que se portan mal, en casa y en la escuela, suelen estar mas alejados de las prácticas religiosas, el habito de las virtudes y el ejercicio de los valores.

10 principales Valores. Amistad, autodisciplina, compasión, coraje, fe, honestidad, lealtad, perseverancia, responsabilidad y trabajo. Están puestas por orden alfabético, pero cada uno debe ponerlas en orden a su preferencia.

Forma de practicarlos: Cómo que se deben inculcar a los hijos y la forma de adaptarlos al comportamiento de los hijos en la escuela, en la familia y en la sociedad:

Razones del por qué educar en Valores: Si los padres practican con el ejemplo y enseñan a sus hijos los valores y las virtudes religiosas y humanas, como la cultura moral de lo que se supone que tiene que ser el mundo, están contribuyendo a crear unos hábitos en los hijos que trascienden a todas sus actividades, escolares, sociales, familiares y políticas.

Las organizaciones religiosas, siempre apoyan a los padres, mejoran sus habilidades y los niños ven que los mensajes de los progenitores, son reforzados por otros adultos, además de que las comunidades religiosas, aportan al ser padre una significación sagrada. No he tenido en cuenta la religión que practican los padres, bien sean católicos, protestantes, judíos, musulmanes, etc.

1. Amistad: La amistad es algo mas que un afecto, es amor. Es una perspectiva moral. La amistad tiene sus exigencias: Franqueza, apertura, capacidad de aceptar críticas y halagos, lealtad, sacrificio, etc. Suele surgir de intereses y metas comunes. Un amigo es mucho más que un conocido. Se requiere mucho tiempo y esfuerzo para establecerla y gran trabajo para mantenerla. Los padres no son amigos, los padres son padres por encima de todo y de una forma muy superior. A un amigo lo pueden rechazar, a un padre no.

Forma de practicarla: Todos los padres saben que para los hijos es fundamental la elección de amigos, pues eso les indicarán el rumbo que van a seguir en la vida. Los buenos amigos elevan nuestro desarrollo moral e intelectual y los malos amigos lo disminuyen y en ocasiones lo destruyen. Los padres deben enseñar a los hijos, a reconocer las falsas amistades y a que comprendan en que son nocivas para éllos. También los padres deben dar ejemplo con sus propias amistades, con las que se relacionan. Una actividad de maduración profunda para un joven, puede ser el trabar amistad con otro alumno que no tiene amigos, porque es nuevo o porque es menos afortunado en los estudios o en la sociedad.

El aspecto mas activo de la amistad se refleja en estas frases: ”Para tener un amigo, sé un amigo” y “Los amigos no permiten que sus amigos, conduzcan ebrios”

Algunas circunstancias donde se ven claramente la fuerza e intensidad de la amistad: Los amigos que permanecen unidos en la adversidad. Los amigos que dan mas de lo que esperan recibir. Los amigos que para mejorar, se inducen mutuamente. Los pequeños actos, grandes sacrificios o acciones heroicas, realizadas por amistad.

2. Autodisciplina: Quiere decir, discípulo de uno mismo. Es imprescindible para mantener el control sobre nuestra vida y desarrollo. Con élla conseguiremos la formación de hábitos mediante la puesta en práctica. Podremos plantearnos desafíos que nos permitan obtener los logros propuestos. Nos ayuda a tener orden y rigor en nuestras cosas.

Forma de practicarla: Es indispensable para poder conseguir los objetivos propuestos en la escuela o en la casa. Servirá para hacer la tarea sin dilaciones ni excusas. También para cumplir los horarios de llegada a la escuela y de empezar y terminar las tareas. Para distribuir el tiempo dedicado a los estudios, deportes, asueto, televisión, juegos, lecturas, etc.

Podrán ponerse desafíos y hacer programas con tiempos, objetivos y controles parciales. Irán viendo los resultados y apreciaran los avances. Los alumnos que tienen diseñado un programa de horarios para sus actividades, tienen muchísimas mas posibilidades de obtener mejores resultados en sus estudios.

3. Compasión: Es un valor que tiene en cuenta la realidad de otras personas. Es bondad, benevolencia, amistad. Es una actitud hacia la camaradería, la unión y el compañerismo en los momentos difíciles. Auxiliar al que está en desgracia. Modera el egoísmo virulento del individuo. Lo contrario es lo divisorio: racismo, sexismo, chovinismo, el pecado de omisión, etc.

Forma de practicarla: Si se ha acostumbrado a los hijos a distinguir con claridad entre lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer, encontrarán muy sencillo aplicarla ante situaciones que diariamente se le presentan con sus compañeros de clase. Siempre habrá un momento, donde podrán ayudar a alguien con tareas que el otro no puede hacer. De esta manera, reforzaran sus propios conocimientos y dejan un buen sabor de boca en quien ha sido ayudado. Normalmente las obras buenas, se esparcen rápidamente y siempre la ayuda realizada se recibe devuelta, multiplicada por mil. Lo que crea un flujo y reflujo de ayuda, que beneficia escolarmente, a todos los que practican el valor de la compasión.

Enseñar a practicar la compasión, elimina el grave problema de la descriminacin por razas, sexos, economías, religiones, etc. Por eso los hijos educados en la compasión, se pueden desenvolver en todos los ambientes, pudiendo sacar buen provecho de situaciones, donde otros no pueden entender el convivir.

4. Coraje: El coraje consiste en saber que es lo que se debe temer. Lo contrario del coraje es la temeridad, que algunos la confunden con la falta de miedo. El coraje en las personas bien formadas, sale a relucir frente a las injusticias. Realizando actos de valentía, nos volvemos valientes y cuanto mas valientes somos, mas capacidad de resistencia poseeremos. La razón sirve para actuar con inteligencia, ante situaciones desafiantes.

Forma de practicarla: Los padres deben fomentar también este valor, pues ayudara a los hijos a sacar fuerzas de las flaquezas. Les enseñará a luchar fuerte, en lo que consideran retos de estudios, trabajos o relaciones. Habrá cosas que las hagan en función de un reto, que ellos mismos se propongan. Dominarán el miedo al ridículo, serán valientes en defensa de los demás, incluso hablando por los que no tienen voz. Los padres también deberán enseñar a los hijos a acompañar a otros que estén en circunstancias difíciles. Esto permitirá que los jóvenes adquieran coraje y aprendan a manejar su confianza y su temores, aprendiendo también a distinguir que es lo correcto, incluso dominando su voluntad.

5. Fe: Es la virtud teológica que añade una dimensión trascendente a la vida moral de la humanidad y une a la gente, de una manera inimitable por otros medios. Para los fieles de cualquier credo religioso, es una fuente de disciplina, poder y sentido de la vida. Las grandes regiones, ofrecen anclas sólidas para los que andan a la deriva, pues ofrecen estabilidad social y desarrollo moral, tanto al individuo como al grupo. La fe proporciona a quienes la practican: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, generosidad, fidelidad, afabilidad y disciplina.

Forma de practicarla: Los padres deben inculcar a sus hijos, desde pequeños, los principios de la fe, para que estén preparados para que cuando llegue la edad del raciocinio, puedan distinguir lo bueno y lo malo de lo que externamente les ofrecen. De pequeños es posible que no comprendan todo lo que les dicen, pero si no tienen una sólida formación en la fe, no podrán elegir libremente, lo mejor para sus vidas y caerán en manos, de los que sistemáticamente, se dedican a engañar a los jóvenes menos formados.

Los principios de la fe adquiridos desde pequeños, son inamovibles durante el paso de los años y continuamente salen a relucir, incluso en los difíciles momentos de incertidumbre, próximos a la desesperación. La fe conduce a la practica de las otras virtudes, tan necearías para la formación de los jóvenes, por eso los padres tienen la obligación de enseñar con el ejemplo, practicando su fe públicamente. Cuando todo falla, la fe es el asa donde los padres pueden agarrarse, para la educación de sus hijos, pues la fe conserva su firme arraigo en el amor y en la vida.

6. Honestidad: Es la capacidad de decir y hacer la verdad. La honestidad expresa respeto por uno mismo y por los demás, pero necesita practica y estudio para conseguir la integridad. La mentira es una fácil herramienta de ocultamiento y cuando se emplea a menudo degenera en un vicio maligno. Es imprescindible para las relaciones humanas, para la amistad y para la autentica vida comunitaria. El engaño produce mucho mas daño, que las dificultades que acompañaban a la honestidad.

Forma de practicarla: Los padres deben enseñar con su propio ejemplo todas las variantes de la honestidad, incluyendo la del trabajo bien hecho. Deben tomarla en serio y practicarla diariamente, para que se afinque en la mente de los jóvenes. Es una de las virtudes mas difíciles de mantener en la escuela, pero cuando se practica con asiduidad, deja una fama imperecedera. Inculcar la virtud de la honestidad, supone que debe dejar de existir el juego con la sociedad de ”píllame si puedes”. Los padres deben enseñar que “no es lo mismo ser honesto, que parecer honesto”. A la larga la honestidad es rentable para todos los humanos, aunque cueste sacrificio no dejarse llevar por determinadas malas costumbres. Copiar o hacer trampas en los exámenes, es engañarse uno mismo y a la larga o a la corta no se obtiene nada mas que perjuicios. La honestidad de un joven con su ejemplo, enciende mas honestidad en sus compañeros.

7. Lealtad: La lealtad es la verdadera unión con la familia, religión, amigos, profesores y grupos con los que hemos decidido identificarnos. Siempre intentaremos que la lealtad sea mutua. La verdadera lealtad sobrevive a los contratiempos, resiste a la tentación y no se acobarda ante los ataques. La lealtad es diferente de la amistad, aunque algunas veces van de la mano. Las lealtades conflictivas, pueden imponer decisiones desagradables, pero analizándolas inteligentemente, se pueden poner en sus justos términos, pues no siempre las lealtades son antagónicas.

Forma de practicarla: Los padres tienen que enseñar y dialogar con los hijos, sobre cuales son las verdaderas lealtades que los hijos deben tener, aclarándoles las prioridades, compatibilidades e incompatibilidades, con la formación que se ha adquirido y el estilo de vida que se quiere llevar. Ser leales a las buenas causas es un signo de Gran humanidad. La lealtad mal entendida es lo que esclaviza a muchos jóvenes, en su pertenecía a las pandillas. En las pandillas se entra bastante fácil, pero cuando se entra, ya no se puede salir.

Es fundamental enseñar con el ejemplo, a ser leales a los principios educativos, religiosos, sociales y cívicos. También a los ancestros familiares, a los amigos cuando tienen problemas, a las buenas causas, etc. Será una enseñanza que deberá aplicarse durante la vida escolar y que perdurará para toda la vida. Alguien siempre esta esperando que le seamos leales.

8. Perseverancia: La perseverancia es crucial para el éxito, si está unida a la inteligencia práctica. Ha sido siempre un ingrediente esencial apra el progreso humano. La asiduidad y la persistencia son irrestistibles, para aguantar la opurtunidad. Perserverancia es: Resistir, tenacidad, constancia, tesón, insistir, etc. Lo contrario es el abandono, los titubeos y la falta de determinación.

Forma de practicarla: Los padres, por medio del ejemplo, deben alentar a los hijos a perseverar, insistiendo en el esfuerzo de perfeccionarse a si mismos, de mejorar su propia suerte e intentar mejorar la suerte ajena. Unida a las otras virtudes, la perseverancia, no tiene límites para intentar una y otra vez seguir realizando los esfuerzos necesarios para obtener los objetivos que nos hayamos propuesto. La perseverancia es la fuerza que hace que no abandonemos retos propuestos, incluso en los momentos más difíciles, e intentar una y otra vez hasta conseguir los objetivos. Esta actitud supondrá ante otros jóvenes el deseo de emulación y la virtud se multiplicará, cuando otros vean los esfuerzos realizados y los logros conseguidos. Los entrenamientos para los deportistas pueden ser aburridos, pero perseverando en ellos, es la única manera de lograr los triunfos. El repaso continuo de las lecciones mas difíciles y aburridas, supondrá un buen ejemplo de la perseverancia. El ahorro sistemático de dinero, aunque sea poco, es otra forma de practicar la perseverancia.

9. Responsabilidad: Significa tener la capacidad, madurez y responsabilidad de responder de nuestros actos. Las personas maduras, son las que se hacen cargo de si mismas y de sus conductas. Lo contrario son las excusas, la falta de compromiso y eludir las obligaciones. Es necesario la práctica y el ejemplo, para cultivar la responsabilidad de forma clara, coherente y acorde con las aptitudes de los hijos. No debemos avergonzarnos, cuando nos invitan a participar en actos de manifiesta responsabilidad.

Forma de practicarla: Educar a los hijos en la responsabilidad empieza, desde muy pequeños en la casa, con el cumplimiento de pequeñas tareas. Si con el ejemplo y la práctica continua de los padres, se consigue introducir esta virtud en el comportamiento diario de los hijos, cuando lleguen a la escuela tienen andado ya un camino muy importante, pues responderán ante sus maestros, padres y compañeros con firmeza, ante las obligaciones contraídas en el desempeño de sus obligaciones. Serán responsables de sus horarios, tareas encomendadas, calidad exigida, actitud ante los demás, utilización de materiales propios y ajenos, voluntariados prometidos, aseo necesario, indumentaria, dinero para administrar, etc. La responsabilidad conlleva implícita la satisfacción del deber cumplido ante la comunidad, la familia y ante si mismo.

10. Trabajo: El trabajo es el esfuerzo aplicado, en aquello a lo cual nos dedicamos para lograr algo. No es la tarea con la cual nos ganamos la vida, si no aquello que hacemos con nuestra vida. Lo opuesto al trabajo, no es el ocio ni la diversión, es la pereza, el hecho de no invertir en nuestras aptitudes. Las tareas escolares, las que hacen en el hogar y las realizadas en equipo, son trabajos no remunerados, se hacen porque son necesarios. La antitesis del trabajo bien hecho, es el “yavalismo” que proviene de la tan difundida frase de “ya vale”

Forma de practicarla: Para ayudar a nuestros hijos a que sean felices y que disfruten de la vida, necesitamos ofrecerles dos cosas: La práctica en hacer varias cosas que requieran un nivel de esfuerzo y compromiso, compatible con cierta inversión personal en la actividad y el ejemplo de nuestra propia vida. Hay que ayudándoles a que encuentren una vocación profesional y que disfruten de ella. El habito del trabajo se debe fomentar desde muy pequeños, en las tareas personales y de la casa. El aseo personal, la ayuda en la cocina, hacer las camas, pequeños recados, etc. Todas las tareas domesticas, requieren aprendizaje y se puede hacer alegremente y con orgullo, o a regañadientes y a disgusto. No hay tareas indignas, sólo actitudes indignas. El trabajo está íntimamente asociado, con la mayoría de las otras virtudes, por eso forman un conjunto inseparable. Fomentar en los hijos el concepto del trabajo bien hecho y a tiempo, será un paso muy importante para su formación escolar y profesional. Las empresas y los profesores, enseguida distinguen quienes has sido bien educado en sus años jóvenes en la virtud del trabajo.

A partir de esta virtud, nacen los conceptos de trabajo gratuito, bien en la escuela o en la sociedad. Fomentarlo es ayudar a que practiquen de niños, lo que el día de mañana, podrá ser una experiencia que le servirá parea distinguirse de los demás

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2009-11-09

Controlar los propios sentimientos

 

Cuando un hombre está irritado,

sus razones le abandonan.

Proverbio

La espiral de la preocupación

«Estaba desolada. Por alguna razón, aquella pequeña historia de ese tonto comentario era superior a mis fuerzas.

»Reviví mentalmente el incidente una y mil veces, como una obra en tres actos. Lo analicé, lo diseccioné, lo descuarticé y volví a recomponerlo. Reviví mis emociones, la ira y el tremendo dolor por ese comentario.

»Me sentía muy dolida, pero veía que la memoria y la imaginación estaban multiplicando ese dolor, repitiéndolo todo una y otra vez, haciéndome desear que hubiera dicho o hecho eso o lo otro. Es horrible. Te puedes obsesionar con un suceso y perder la medida real de las cosas.»

La preocupación, que tan vivamente narraba aquella mujer, si no se mantiene dentro de unos límites razonables, puede desarrollarse hasta extremos claramente perjudiciales.

La espiral de la preocupación

es el núcleo fundamental

de la ansiedad.

No es que la preocupación sea negativa de por sí. Como han señalado Lizabeth Roemer y Thomas Borkovec, la preocupación es esencial para la supervivencia y la dignidad del hombre, pues resulta imprescindible para la reflexión constructiva, y sirve para alertar ante un peligro potencial y facilitarnos la búsqueda de soluciones.

Sin embargo, cuando la preocupación se repite continuamente sin aportar ninguna solución positiva, produce un constante ruido de fondo emocional que genera un agobiante murmullo de ansiedad. Esa espiral suele comenzar por un relato interno, que luego va saltando de un tema a otro, a una velocidad que puede llegar a ser vertiginosa. Si se hace crónica y reiterativa, esas personas no logran dejar de estar preocupadas y no consiguen relajarse. Y en lugar de buscar una posible salida, se limitan a dar vueltas y más vueltas en torno a esas ideas reiterativas, profundizando así el surco del pensamiento que les inquieta.

Si ese círculo vicioso se intensifica y persiste, ensombrece el hilo argumental de la mente y puede conducir, en los casos más graves, a trastornos nerviosos de diverso género: fobias (cuando la ansiedad se fija en una intensa aversión hacia situaciones o personas), obsesiones (por la salud, el orden, la limpieza, la propia imagen, el peso, la forma física, etc.), sensación de pánico (ante un riesgo físico, o al tener que aparecer en público), insomnio (como consecuencia de pensamientos intrusivos o preocupaciones no bien abordadas), etc.

—¿Y por qué la preocupación puede terminar en esa especie de adicción mental?

Es difícil saberlo. Quizá porque mientras la persona está inmersa en esos pensamientos recurrentes, escapa de su sensación subjetiva de ansiedad. Cede a la tentación de perderse en una interminable secuencia de preocupaciones, en las que se refugia, y que le envuelven en una especie de neblina narcotizante.

—¿Y qué hay que hacer para salir de esa espiral de la preocupación? Porque no es nada fácil seguir consejos como «no te preocupes; anda, distráete un poco», u otros parecidos.

Lo mejor es conocerse bien para así detectar el fenómeno y cortar con esa tendencia desde sus inicios. Hay que adoptar una actitud crítica hacia lo que constituye el origen de su preocupación, y preguntarse básicamente tres cosas:

• ¿Cuál es la probabilidad real de que eso suceda?

• ¿Qué es razonable que haga yo para evitarlo?

• ¿De qué me está sirviendo darle vueltas de esta manera?

Así, con una mezcla de atención y de sano escepticismo, se puede ir frenando la ansiedad y salir poco a poco del círculo vicioso en que tiende a aprisionarnos.

El control de la tristeza

Es cierto que puede haber momentos en que la tristeza sea la reacción más natural y adecuada: por ejemplo, ante el fallecimiento de un ser querido, o ante alguna otra importante pérdida irreparable. En esos casos, la tristeza proporciona una especie de refugio reflexivo, de duelo necesario para asumir esa pérdida y ponderar su significado.

Sin embargo, la tristeza común, esa melancolía que lleva a las personas a estar abatidas, a aislarse de los demás y hundirse bajo el peso de la soledad o el desamparo, es un sentimiento cruel y lacerante que hay que aprender a superar.

Uno de los principales motivos de la duración e intensidad de un estado de tristeza es el grado de obsesión que se tenga ante la causa que ha producido la tristeza. Preocuparse más de lo debido por esa causa, sólo hace que la tristeza se agudice y se prolongue más aún. Aislarse, dar vueltas y vueltas a lo mal que nos sentimos, o a los nuevos males que nos pueden sobrevenir, son excelentes modos de prolongar ese estado.

—¿Y qué se puede hacer para superarlo?

De modo análogo a lo que decíamos al hablar sobre la espiral de la preocupación, la mejor terapia contra la tristeza es reflexionar sobre sus causas, para así buscar remedio en la medida que podamos.

Aprender a abordar los pensamientos

que se esconden en el mismo núcleo

de lo que nos entristece,

para cuestionar su validez

y considerar alternativas más positivas.

A veces la tristeza tiene su origen en causas sorprendentemente pequeñas. Comienza quizá con un talante un poco gruñón, de queja, de susceptibilidad, o de envidia, más o menos leve, que en ese momento nos parece controlable e inofensivo. Pero si nos dejamos dominar por esos sentimientos, será inevitable que nos asalten también después, en horas más bajas, y es probable que, entonces, en un descuido, se hagan con el gobierno de nuestro estado de ánimo.

Y lo peor de todo este fenómeno no es el mal rato que nos haga pasar –y haga pasar a otros– en cada ocasión; lo más grave es que, si no actuamos decididamente para superarlo, puede llegar un momento en que esos sentimientos se establezcan de modo permanente en nosotros y, en continuas oleadas, vayan invadiendo lugares cada vez más profundos de nuestra vida emocional.

Otro modo de variar el estado de ánimo es actuar sobre las asociaciones de ideas que se producen en nuestra mente. Como ha señalado Richard Wenzlaff, todos contamos con un amplio repertorio de ideas y razonamientos negativos que acuden con facilidad a nuestra mente cuando estamos con un bajo estado de ánimo. Las personas más proclives a la tristeza suelen haber establecido fuertes lazos asociativos entre esas ideas y lo que les sucede en la vida ordinaria: tienden a distraerse asociando esas ideas, saltando de una a otra, con lo que sólo consiguen ahondar ese surco, y acaban dominados por una fuerte tendencia a convertir en lamento cualquier reflexión que hacen. Cortar esas cadenas de negros pensamientos es lo más eficaz para salir del círculo vicioso de la tristeza.

La vida es algo más que

un libro de

reclamaciones.

Y aunque a algunas personas les parezca una prueba de agudeza y de madurez mostrar una actitud de constante denuncia de los males que padecen ellos, o la sociedad en general, es mucho más práctico dedicar esas energías –o al menos una buena parte de ellas– a descubrir buenos ejemplos en quienes nos rodean, y procurar seguirlos. No es que haya que ignorar o esconder lo que está mal, pero es importante aprender a centrarse en tareas que siempre sean constructivas.

También la distracción es una buena forma de alejar esas ideas recurrentes, sobre todo cuando esos pensamientos más o menos deprimentes tienen un carácter bastante automático, e irrumpen en la mente de modo inesperado, sin una causa directa clara. De todas formas, es preciso hacer esto con medida, pues el recurso inmoderado a la distracción suele ser perjudicial: por ejemplo, los telespectadores empedernidos suelen concluir sus maratonianas sesiones con un mayor sentimiento de tristeza y de frustración que al comenzar.

Hay otras muchas formas de abordar la tristeza. Por ejemplo, esforzarnos por ver las cosas desde una óptica diferente, más positiva; eludir los pensamientos autocompasivos o victimistas; vislumbrar lo positivo que –poco o mucho– puede haber detrás de lo que en ese momento nos parece tan negativo; pensar que muchas otras personas saben sobrellevar bien situaciones que son objetivamente mucho peores; buscar el desahogo en alguien que, al no estar atrapado por esa espiral de la tristeza, pueda más fácilmente ofrecernos alternativas o remedios; etc.

Habrá otras ocasiones en que la causa principal sea simplemente el cansancio. Por ejemplo, una persona que duerma habitualmente poco, puede mostrar un carácter pesimista o irritable, y estar convencido de que sus reacciones son las lógicas ante las cosas que le suceden, y quizá no se da cuenta de lo que realmente pasa: que sufre un mero y simple estado de cansancio, resultado natural de haber dormido poco. Es un ejemplo de influencia de una situación corporal en nuestro estado de ánimo, pero experimentada a veces de una manera no consciente.

Unas veces, la solución será descansar. En otras, embeberse en alguna ocupación, aunque no sea estrictamente de descanso: por ejemplo, acometer pequeñas tareas pendientes (trabajos domésticos, por ejemplo) que nos hagan centrar la atención en otra cosa y además nos hagan gozar de la gratificante satisfacción del deber cumplido.

Cabría insistir, por último, en que pensar en los demás es una excelente terapia contra la tristeza, pues ésta suele alimentarse de preocupaciones que giran en torno a uno mismo, y el hecho de ayudar a los demás –algo siempre recomendable para cualquier persona, esté triste o alegre– tiene el benéfico efecto, entre otros muchos, de contribuir a que nos desembaracemos un poco de nuestro egoísmo.

El proceso del enfado

Supongamos –el ejemplo es de Daniel Goleman– que otro conductor se aproxima peligrosamente a nosotros en medio del intenso tráfico de la circulación urbana, y su maniobra nos obliga a dar un golpe de volante y un fuerte frenazo para lograr esquivarlo. ¿Cuál es nuestra reacción?

Es posible que nuestro primer pensamiento sea: «¡Este imbécil, casi choca conmigo. No sabe por dónde va!». Y quizá vaya seguido de otros pensamientos más duros y hostiles, que pueden transformarse en frases, gestos o incluso gritos. Y como resultado de ese pequeño incidente, sufrimos una fuerte descarga de adrenalina, una crispación y un mal humor que puede durarnos unos segundos, o unos minutos…, a no ser que se dispare nuestro mal genio y hagamos algo de consecuencias más serias y duraderas.

Comparemos ahora esa reacción con otra más serena, o con un poco de sentido del humor: «Vaya, parece que no me ha visto. Se ve que lleva prisa, parece que va a apagar un incendio.» Este estilo de reacción atempera nuestro primer pensamiento de cólera mediante la comprensión o el buen humor, y detiene la escalada del enfado.

—Pero el enfado no tiene por qué ser malo siempre.

Por supuesto. Se trata de alcanzar ese equilibrio que proponía Aristóteles cuando decía: Cualquiera puede enfadarse, eso es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado adecuado, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, ya no resulta tan sencillo.

A veces convendrá exteriorizar nuestra indignación para remarcar una actitud de reprobación que consideramos conveniente mostrar, pero otras veces –quizá las más– el problema es que el enfado puede escapar a nuestro control. Como escribió Benjamin Franklin, siempre tendremos razones para estar enfadados, pero esas razones rara vez serán buenas.

—De todas formas, a veces será mejor descargar el enfado que quedárselo dentro.

A veces sí, pero es dudoso que esa terapia sea eficaz de modo general. No está nada claro que descargar el enfado tenga efectos liberadores.

Lo normal es que el hecho de dar rienda suelta a nuestro enfado, aunque al principio parezca proporcionar un cierto alivio o satisfacción, haga poco o nada por mitigar sus efectos. Es verdad que hay excepciones, y a veces resulta necesario expresar con rotundidad nuestra indignación, e incluso puede resultar sumamente pedagógico (por ejemplo, para restaurar la autoridad, o para mostrar la gravedad de una situación); sin embargo, dada la naturaleza altamente inflamable de la ira, eso es mucho más difícil de hacer que de decir: mantenerse dentro de los límites razonables de un enfado es algo que a pocas personas les resulta posible.

Las más de las veces –casi todas–, descargar el enfado nos lleva a decir y hacer cosas de las que –si somos sinceros con nosotros mismos– nos habremos arrepentido al poco tiempo. En los momentos de enfado se piensan, se dicen y se hacen cosas que producen heridas que a veces no tienen arreglo, o al menos tienen un arreglo difícil.

Un golpe de estado al gobierno de nuestra persona

Discurría una calurosa tarde de agosto de 1963, cuando Richard R. decidió robar por última vez en su vida. Llevaba tiempo sin hacerlo, después de un buen número de pequeños hurtos por los que ya había estado en prisión. Pero necesitaba desesperadamente dinero, y pensó que, de verdad, aquella ocasión sería la última.

Eligió un lujoso apartamento del Upper East Side de Nueva York que ocupaban dos universitarias. Richard pensó que no habría nadie allí a esa hora, pero se equivocó y, una vez dentro, se encontró con una de las chicas. Se vio obligado a amenazarla con un cuchillo y atarla, y lo mismo tuvo que hacer cuando, a punto de salir, se tropezó con la otra ocupante del apartamento, que llegaba en ese momento de la calle.

Mientras ataba a esta última, su compañera iba enfadándose cada vez más, al ver lo que estaba sucediendo, y en pocos minutos fue presa de un ataque de nervios, en medio del cual aseguró a Richard que ella recordaría siempre su rostro y no pararía hasta que la policía diera con él y lo metieran en la cárcel.

Richard, que tanto se había jurado que aquél sería su último robo, empezó a alterarse, hasta que también perdió completamente el control de sí mismo y, en pleno ataque de rabia y de miedo, apuñaló a las dos chicas repetidas veces, hasta quitarles la vida.

Treinta años más tarde, aquel hombre aún seguía en prisión por lo que entonces se conoció como «el crimen de las universitarias». Recordando aquella tarde desgraciada, aquel hombre se lamentaba desde la cárcel, en una entrevista publicada en una revista: «Estaba como loco, mi cabeza estalló, no sabía lo que estaba haciendo».

Aquella aciaga tarde de agosto de 1963 dos personas perdieron el control de sí mismas, y aquello se saldó con el final de la vida de dos personas y la ruina de una tercera que por entonces parecía haberse enderezado.

Este trágico episodio, tristemente real, es un ejemplo extremo de cómo descargar el enfado puede llevarnos a un verdadero golpe de estado al gobierno de nuestra persona. En forma menos drástica, aunque quizá no siempre menos intensa, es algo que nos sucede a todos con mayor o menor frecuencia. Basta pensar en las veces en que uno puede haber perdido el control de sí mismo al enfadarse con su cónyuge, su hijo, sus padres, un compañero de trabajo, el conductor de otro vehículo, o quien sea. En esos momentos se pueden decir y hacer cosas que, consideradas poco tiempo después, vemos que fueron completamente desproporcionadas y contraproducentes.

Por esa razón, lo normal es que expresar abiertamente el enfado sea una de las peores maneras de tratarlo, puesto que los arranques de ira incrementan la excitación emocional y prolongan su duración.

Es mucho más eficaz

tratar de calmarse.

—O sea, reprimirse.

Más que reprimir el enfado, diría que buscar una salida. No se trata de enterrar el enfado sin más, ni tampoco dejarse arrastrar por él, sino procurar tranquilizarse y buscar una solución del modo más positivo posible.

—Pero no es tan fácil tranquilizarse cuando a uno le han enfadado.

No lo es, desde luego, pero hay muchos modos de intentarlo, más o menos eficaces. Por ejemplo, la cadena de pensamientos hostiles que alimenta el enfado nos proporciona una clave para ver cómo podemos calmarlo.

Debemos tratar de socavar

las convicciones que

alimentan el enfado.

De lo contrario, cuantas más vueltas demos a los motivos que justifican nuestro enojo, más justificaciones encontraremos para seguir enfadados o para enfadarnos aún más.

Origen y escalada del enfado

Según unos estudios de Dolf Zillmann, el enfado suele tener su origen en la sensación de hallarse amenazado. Una amenaza que puede ser física o psicológica –sentirse menospreciado, frustrado, etc.–, y produce una descarga corporal de catecolaminas, más o menos intensa según la magnitud del enfado, y que cumple la función de generar un acceso puntual y rápido de la energía necesaria para la lucha o para la huida.

Paralelamente, se produce una descarga de adrenalina en nuestro sistema nervioso, que provoca una excitación generalizada que puede perdurar minutos, horas, o incluso días, manteniendo una difusa hipersensibilidad que predispone a nuevas excitaciones. Esto hace que las personas suelan estar más predispuestas a enfadarse una vez que ya han sido provocadas, estén ligeramente excitadas o se encuentren más cansadas.

Por esa razón, después de un largo día de trabajo, una persona se sentirá especialmente predispuesta a enfadarse en su casa por las razones más insignificantes (el ruido o el desorden de los niños, o cualquier pequeña contrariedad), aun siendo motivos que en otras circunstancias no tendrían entidad suficiente para provocar esas reacciones.

El enfado suscita una excitación que tiende a disiparse lentamente. Si durante esa etapa de paulatina desactivación del enfado se presenta una nueva provocación (lo cual es fácil que suceda, debido a la hipersensibilidad propia de esos momentos), se producirá una segunda descarga, antes de que la anterior se haya disipado. Como es natural, este proceso puede repetirse, y cada descarga cabalga sobre las anteriores, y cualquier pensamiento perturbador que se produzca durante ese proceso provocará una irritación mucho más intensa que si se hubiera producido fuera de él.

Por eso, una vez que alguien está inmerso en esa dinámica del enfado, si no pone un serio esfuerzo por abandonar ese camino, su temperatura emocional irá aumentando hasta desembocar fácilmente en un estallido de ira.

—Pero, si es así, la gente enfadadiza tenderá a enfadarse cada vez más, y por motivos más nimios.

Hay, sin embargo, otro elemento que conviene resaltar. La mayoría de las personas que son irritables, agresivas o susceptibles, se sienten muy mal cuando comprueban la facilidad con que pierden los estribos, y eso hace que se muestren bastante interesados en aprender a dominarse.

Por eso, el remedio más eficaz es conocernos bien, de manera que sepamos bien cuáles son los tipos de pensamientos a los que somos más sensibles, para estar atentos a los primeros síntomas del enfado y poner solución.

En el caso, por ejemplo, de que una persona con la que hemos quedado citados se retrase, hemos de tratar de buscar una explicación positiva en vez de molestarnos de entrada. Si tenemos que mantener una conversación ineludible con una persona que nos resulta molesta, intentamos desarrollar nuestra capacidad de ver las cosas desde el punto de vista de esa persona. Y para los momentos críticos, a veces lo más inteligente es tener previstos modos de dominarnos, como esforzarse en callar, no responder a un desaire con otro, seguir caminando sin detenerse ante una provocación, etc.

Son hábitos de comportamiento que no surgen de manera automática, sino que es preciso aprender. Y el principal problema es que esas habilidades deben ejercitarse precisamente en los momentos en que nos encontramos en peores condiciones, es decir, cuando observamos que se acelera el pulso y nos estamos indignando: es justamente entonces cuando hemos de recordar todo esto, escuchar, procurar calmarnos y mantener el control. Sin alterarnos, sin echar las culpas a otros y sin tampoco refugiarnos en un mutismo rencoroso. Cuando dos personas se están enfadando, la que normalmente demuestra ser más inteligente es la que sabe callar o retirarse a tiempo (o si ya están enfadados, la que toma la iniciativa de la reconciliación).

Llegar a tiempo

El momento de la escalada del enfado en que intervenimos es decisivo: cuanto antes lo hagamos, mayores probabilidades de atajarlo tendremos. El enfado puede apagarse en sus comienzos, antes de que se aviven las llamas, si damos con un pensamiento eficaz que logre contenerlo antes de exteriorizarlo.

—¿A qué tipo de pensamientos te refieres?

A alguna explicación que nos ayude a reconsiderar las cosas, o que satisfaga de alguna manera nuestra perplejidad inicial. Por ejemplo, pensar que la persona que nos ha molestado puede estar cansada, o sometida a unas tensiones que la están alterando, o que es víctima de su mal carácter y no sabe medir bien sus palabras; o recordar que ya otras veces nos hemos enfadado en situaciones parecidas y después lo hemos lamentado a los pocos minutos; etc.

También puede convenir alejarse un poco de la causa del enojo, o al menos procurar centrar la atención sobre otros asuntos y así frenar la escalada de pensamientos hostiles. Aunque parezca un remedio muy simple, es un excelente recurso para desactivar el enfado, pues es difícil seguir enfadado cuando uno está enfrascado en otras cosas o lo está pasando bien.

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