Importancia de la práctica físico-deportiva y del género

Importancia de la práctica físico-deportiva y del género en el autoconcepto físico de los 9 a los 23 años
International Journal of Clinical and Health Psychology
RESUMEN

El propósito de este estudio descriptivo mediante encuesta es comprobar los efectos de la edad, el género y la práctica físico-deportiva en el autoconcepto físico en estudiantes de 9 a 23 años. La muestra está compuesta por 2.332 alumnos a los que se les pasó el Physical Self-concept Questionary (PSQ). Tras distintos análisis de correlación, univariantes, multivariantes y de regresión, los resultados revelan que tanto la autoestima como el autoconcepto físico están influenciados por la edad, el género y la práctica físico-deportiva, destacando como principal aportación que la práctica de alguna actividad física o deportiva es la que más predice la autoestima en particular y el autoconcepto físico, en general. Por otro lado, son los varones los que presentan una mayor autoestima, imagen corporal, competencia y condición física. En cuanto a la evolución de la autoestima y el autoconcepto físico de los 9 a los 23 años, solo se observan diferencias significativas en la competencia percibida y la condición física. Como conclusión, este estudio muestra la relevancia que la edad, el género y la práctica físico-deportiva extraescolar parecen tener sobre la elaboración del autoconcepto físico.

PALABRAS CLAVE. Autoestima. Autoconcepto físico. Edad. Género. Deporte. Estudio descriptivo mediante encuesta.

Diversos estudios reflejan los beneficiosos efectos que proporciona la práctica del ejercicio físico-deportivo en el ámbito físico, fisiológico y, muy especialmente, en el psicológico (Alfermann y Stoll, 2000; Fox, 2000b). En este sentido, existen estudios que muestran que los resultados referidos a la salud mental son favorables para la autoestima, creando un efecto positivo en el bienestar del individuo practicante y asociando estados depresivos y quejas de salud para los sedentarios (Fox, 1997, 2000a; Sonstroem y Morgan, 1989; Sonstroem y Potts, 1996). No obstante, y a pesar de estos beneficios, existe un predominio de los sedentarios frente a los físicamente activos (García Ferrando, 2005; US Departament of Health and Human Services, 1996).

En la sociedad occidental se cultiva mucho el cuerpo y la imagen corporal considerándolos como un arma muy importante a la hora de presentarnos a los demás. Además, existe una relación directa entre el aumento de la competencia percibida y la aceptación personal, favoreciendo el desarrollo de la autoestima (Fox, 2000b). Ambos aspectos, el cuerpo y la apariencia, también se reflejan como el predictor más influyente en la autoestima (Fox, 1997; Harter, 1993).

Los efectos positivos en la autoestima y el autoconcepto físico también se deben a la duración (Leith, 1994) y frecuencia de la práctica físico-deportiva (Bruya, 1977; McGowan, Jarman y Pedersen, 1974), ya que cuanto mayor es la frecuencia de la práctica de actividad física, mejor es la salud mental del individuo, disminuyendo por tanto su grado de depresión (Kull, 2002). Basado en el modelo del auto-concepto multidimensional de Shavelson, Hubner y Stanton (1976), Fox y Corbin (1989) desarrollaron el Perfil de Auto-percepción Físico (Physical Self-Perception Profile, PSPP) dividiendo el auto-concepto físico en cuatro subdominios (competencia percibida, fuerza física, condicionamiento físico y atractivo, apariencia o imagen corporal) junto con un quinto y más general (autoestima). La percepción de condición física se ha manifestado como el predictor más fuerte en la conducta del ejercicio físico (Fox y Corbin, 1989; Sonstroem, Speliotis y Fava, 1992), atribuyendo aspectos diferentes al ego o aspecto físico y destacando la importancia de la competencia percibida. También se ha resaltado como un factor que afecta a la conducta del ejercicio y a la auto-evaluación física del individuo (Harter, 1986).

Numerosos estudios demuestran que las mujeres tienen mayor preocupación por su cuerpo y su imagen (Bane y McAuley, 1998), mostrando que éstas son más críticas con sus cuerpos y están más involucradas en la apariencia física que los hombres (Heunemann, Shapiro, Hampton y Mitchell, 1966; Loland, 1998). Encontramos otras diferencias en el género constatando menores puntuaciones en todos los subdominios del PSPP comparando las mujeres con los hombres (Fox y Corbin, 1989; Hayes, Crocker y Kowalski, 1999). Ellas también parecen asociar más el atractivo corporal con el conjunto del Physical Self-concept Questionnaire (PSQ), mientras que los hombres se basan más en el deporte y aspectos de fuerza física en relación con el ego personal (Asçi, Asçi y Zorba, 1999; Hayes et al., 1999).

De forma general, las personas sufren cambios físicos que afectan al cuerpo en ambos géneros y, por consiguiente, al proceso de construcción de su identidad personal y social. Como afirma Lirgg (1993), esto explicaría que la inclusión de alumnos de diferente sexo dentro del grupo-clase, cuando estos cambios se producen y son fácilmente observables por el género contrario, crearía una situación poco confortable que cambia a medida que los escolares consolidan su adolescencia. En este sentido, el proceso de formación del autoconcepto físico estaría sujeto a los relevantes cambios que los escolares presentan a lo largo de este periodo de edad. No obstante, como Fox (1988) argumenta, es difícil demostrar como afectan a la autoestima los distintos estadios de desarrollo en el niño. Algunos estudios en adolescentes jóvenes atribuyen la falta de correlación entre los diferentes dominios del autoconcepto físico a una autoestima poco diferenciada que se va incrementando a lo largo de la adolescencia (Alsaker y Olweus, 1992; Harter, 1999; Marsh y O´Niell, 1984).

Teniendo en cuenta los resultados obtenidos por estudios previos (Lindwall y Hassmen, 2004; Maïano, Ninot y Bilard, 2004; Moreno y Cervelló, 2005; Moreno, Moreno y Cervelló, 2007) las hipótesis planteadas en este estudio fueron:

– Respecto al género, creemos que los varones presentarán un autoconcepto físico significativamente mayor que las mujeres.
– En cuanto a la edad, nuestra hipótesis de partida es que el autoconcepto físico será mayor en los estudiantes de Educación Secundaria que en los de Primaria y, como así afirman los estudios previos, no esperamos encontrar diferencias entre los estudiantes de Secundaria y los universitarios.
– También esperamos encontrar mayores niveles de autoconcepto físico en los practicantes de actividades físicas deportivas extraescolares. En la redacción de este artículo se siguieron las recomendaciones de Ramos- Alvarez, Valdés-Conroy y Catena (2006).

Método

Diseño de la investigación

Para cumplimentar las hipótesis del trabajo se utilizó un diseño de investigación de estudios ex post facto evolutivo transversal (Montero y León, 2007).

Muestra

Los participantes de este estudio constituyen un total de 2.332 estudiantes de edades comprendidas entre 9 y 23 años (M = 15,55 años; DT = 3,78), siendo 1.152 varones y 1.180 mujeres. Para la elaboración de los grupos de edad se tuvo en cuenta la etapa educativa en la que estaban implicados los sujetos. Por tanto, la muestra se dividió en cinco grupos en relación con la edad: 9-11 años (n = 578), 12-14 años (n = 430), 15-17 años (n = 647), 18-20 años (n = 371) y 20-23 años (n = 306). De todos ellos, 1.752 practican alguna actividad físico-deportiva y no practican 580 estudiantes.

Por grupos, en el grupo de 9-11 años, 51 no practican y 527 practican, en la edad de 12-14 años, 142 no practican y 288 sí practican, a los 15-17 años 206 no practican y 441 sí practican, en el grupo 18-20 años 90 no practican y 281 sí practican, mientras que en los 20-23 años, 91 no practican y 215 sí practican. De aquellos que practicaban, el 22% practicaba puntualmente (una sesión a la semana), el 42% practicaba entre dos y tres sesiones a la semana y el 36% practicaba más de tres sesiones a la semana. Entre las actividades físico-deportivas incluíamos tanto la práctica física organizada (fitness, gimnasia de mantenimiento, deportes, etc.) como la no organizada (pasear, carrera, etc.). Los sujetos de 9 a 11 años fueron tomados en Escuelas de Enseñanza Primaria, mientras que los de 12 a 14 años y de 15 a 17 años en Institutos de Enseñanza
Secundaria y el resto de 18 a 23 años pertenecen a grupos de nivel universitario de la Región de Murcia.

Instrumento

Se empleó el Cuestionario de Autoconcepto Físico. La adaptación al español de esta escala (Moreno y Cervelló, 2005) parte de la original Physical Self-Perception Profile (PSPP) de Fox (1990) y Fox y Corbin (1989). El instrumento está compuesto por 30 ítems y cinco factores: Competencia percibida, Atractivo corporal (imagen o percepción corporal), Condición física, Fuerza física y Autoestima. A la versión española de Moreno y Cervelló (2005) se le denomina Physical-Self Questionnaire (PSQ), siendo utilizado en distintos contextos y edades (Asçi, 2005; Boyd y Hrycaiko, 1997; Maïano, et al., 2004; Petrakis y Bahls, 1991; Sonstroem, Harlow y Josephs, 1994). Las respuestas al instrumento original están expresadas en una escala tipo Lickert de 0 (totalmente en desacuerdo) a 5 (totalmente de acuerdo) puntos. La versión de Moreno, Cervelló, Vera y Ruiz (2007) para edades de 9 a 11 años presenta un rango de respuesta de 0 a 10 puntos. En el presente estudio los coeficientes alfa de Cronbach obtenidos son de 0,82 para Competencia percibida, 0,74 para Atractivo corporal, 0,78 para Condición física, 0,54 para Fuerza física y 0,72 para Autoestima. Tomando como valores aceptables aquellos que son igual o están por encima de 0,70 (Nunnally, 1978), sólo un factor mostró una fiabilidad inferior al recomendado, quedando fuera de nuestro interés para este estudio (Fuerza física).

Procedimiento

Se llevó a cabo una selección de centros atendiendo a un muestreo aleatorio por conglomerados (Azorín y Sánchez-Crespo, 1986). La cumplimentación del cuestionario por parte de los alumnos de edades comprendidas entre los 9 y los 17 años se llevó a cabo en el aula de Educación Física, no estando presente el profesor pero sí el investigador principal con el fin de solventar toda duda que pudiera surgir en la comprensión, tanto de los ítems que componen el cuestionario como de las instrucciones establecidas al inicio de la administración del mismo. En cuanto a los alumnos universitarios los datos se recogieron en diversas clases y especialidades. La escala se contestó de forma autónoma y en un ambiente calmado y tranquilo favoreciendo la relajación y oncentración de los alumnos. Las instrucciones establecidas previas a la cumplimentación del cuestionario hicieron referencia al objetivo general del estudio, con el fin de que mostraran mayor interés en la mecánica de rellenado del mismo. Del mismo modo, se aclararon algunos términos que pudieran resultar confusos y se les animó para que lo rellenaran de la manera más sincera posible haciendo hincapié en el anonimato de los mismos. En el caso de los sujetos menores de edad se solicitó una autorización paterna para su participación en el estudio, mientras que a los mayores de edad se les presentó una hoja informativa con los objetivos del estudio. En todos los casos se indicó que la participación en la investigación era voluntaria. El tiempo requerido para la cumplimentación del cuestionario fue de 10-15 minutos en función del número de alumnos y la agilidad de la clase. El instrumento de medida incluía ítems relativos a variables sociodemográficas (edad, género, práctica físico-deportiva extraescolar, frecuencia de práctica, tipo de práctica y estudios).

Análisis de datos

Las relaciones entre variables se exploraron utilizando correlaciones bivariadas de Pearson. Las diferencias en autoconcepto físico relativas a la edad, género y práctica físico-deportiva extraescolar fueron obtenidas utilizando un análisis de varianza. Por último, para comprobar el poder de predicción de la edad, género y práctica físicodeportiva extraescolar en el autoconcepto físico se utilizó un análisis de regresión lineal. Para ello se empleó el paquete estadístico SPSS en su versión 12.0 para Windows.

Dado que los datos fueron recogidos en dos escalas de puntuación distintas, los mismos fueron convertidos en puntuaciones tipificadas para su posterior análisis.

Resultados

Medias, desviaciones típicas y análisis de correlación

Respecto a las medias se observa que el mayor valor corresponde al factor autoestima (M = 0; DT = 0,69), seguida de imagen corporal (M = -0,01; DT = 0,60), condición física (M = -0,02; DT = 0,69) y competencia percibida (M = -0,03; DT = 0,74). En relación a la correlación de los factores del autoconcepto físico, encontramos que todos se relacionan significativamente con todos (véase la Tabla 1). Cabe destacar la alta correlación positiva entre competencia percibida y condición física (r = 0,73), así como entre fuerza y autoestima (r = 0,51), imagen corporal (r = 0,50) y condición física (r = 0,51).

Efectos principales y efectos de interacción de edad, género y práctica físico-deportiva sobre la autoestima y el autoconcepto físico

Se realizó un análisis multivariante donde se consideraron como variables independientes la edad, el género y la práctica físico-deportiva extraescolar y como variables dependientes la autoestima, la imagen corporal, la competencia percibida y la condición física. El resultado de los contrastes multivariados mostró un efecto de interacción entre la edad y la práctica deportiva (Lambda de Wilks = 0,97, F (16, 7048) = 4,28, p < 0,01) y efectos principales para el género (Lambda de Wilks = 0,95, F (4, 2307) = 24,72, p < 0,01), la edad (Lambda de Wilks = 0,98, F (16, 7048) = 2,50, p < 0,01) y la práctica deportiva (Lambda de Wilks = 0,89, F (4, 2307) = 65,10, p < 0,01).

Las pruebas de los efectos inter-sujetos mostraron para el caso de la interacción entre la práctica deportiva y la edad únicamente diferencias significativas en el factor autoestima (F (4, 2307) = 11,22, p < 0,01). El análisis univariado muestra que el autoconcepto físico relacionado con la edad presenta diferencias significativas (Lambda de Wilks = 0,98, F (16, 7048) = 2,50, p < 0,01). Tras un análisis a posteriori (prueba de Tukey) encontramos dichas diferencias en la competencia percibida (F = 2,80, p < 0,01) entre los grupos de 9-11 años y de 18-20 años, a favor de los de mayor edad y en la condición física (F = 2,97, p < 0,01) entre los grupos de 9-11 años y de 20-23 años, a favor de estos últimos y entre los grupos de 12-14 años y de 18 a 20 años, a favor del grupo de 18-20 años (véase la Tabla 2). El género presenta diferencias significativas (Lambda de Wilks = 0,87, F (4, 2307) = 80,78, p < 0,001) cuando se relaciona con los factores del PSQ. Dichas diferencias se dan en todos los factores: autoestima (F = 41,88, p < 0,001), imagen corporal (F = 51,96, p < 0,001), competencia percibida (F = 309,90, p < 0,001) y condición física (F = 192,51, p < 0,001), siendo los varones los que presentan valores más altos que las mujeres (M = 0,07; M = 0,06; M = 0,69; M = 0,65) (véase la Tabla 2). Cuando se relaciona el PSQ con la práctica físico-deportiva también encontramos diferencias significativas (Lambda de Wilks = 0,84, F (4, 2307) = 108,59, p < 0,001). Estas diferencias se dan en autoestima (F = 66,17, p < 0,001), apariencia o imagen corporal (F = 21,12, p < 0,001), competencia percibida (F = 239,35,‘p < 0,001) y condición física (F = 362,83, p < 0,001), siendo mayores en los que practican frente a los sedentarios (véase la Tabla 2).

Regresión lineal

Para comprobar la importancia del valor predictivo de las variables edad, género y práctica físico-deportiva sobre el autoconcepto físico se han realizado diferentes análisis de regresión lineal (véase la Tabla 3). En relación a la dirección de las correlaciones respecto a la edad, no se encuentran correlaciones en ninguno de sus factores: autoestima (r = -0,01, p > 0,05), apariencia física (r = -0.02, p > 0,05), competencia percibida (r = 0,03, p > 0,05) y condición física (r = 0,02, p < 0,05). Por género, son los hombres quienes perciben los subdominios del PSQ como más importantes que las mujeres; en este sentido se encuentran correlaciones en autoestima (r = -0,12, p < 0,001), apariencia física (r = -0,16, p < 0,001), competencia percibida (r = 0,36, p < 0,001) y condición física (r = 0,29, p < 0,001). Para la variante práctica físico-deportiva se encuentran correlaciones en todos sus factores en aquellos que practican, siendo el de mayor valor la condición física (r = 0,39, p < 0,001), seguido de la competencia percibida (r = 0,32, p < 0,001), autoestima (r = 0,20, p < 0,001) y apariencia física (r = 0,11, p < 0,001). Respecto al poder de predicción del género, la edad y la práctica físico-deportiva extraescolar sobre el autoconcepto físico se observa que la edad predice de forma significativa, pero débilmente, la competencia percibida (R2 = 0,004, p < 0,001) y la condición física (R2 = 0,004, p < 0,01), mientras que el género se ha mostrado como un buen predictor significativo de la competencia percibida (R2 = 0,132, p < 0,001), pero aporta poca varianza explicada en la condición física (R2 = 0,033, p < 0,001), la apariencia física (R2 = 0,024, p < 0,001) y la autoestima (R2 = 0,004, p < 0,01). Por otro lado, la práctica físico-deportiva se ha mostrado como mejor predictor de la condición física (R2 = 0,149, p < 0,001), que de la competencia percibida (R2 = 0,050, p < 0,001), la autoestima (R2 = 0,040, p < 0,01) y la apariencia física (R2 = 0,004, p < 0,001).

Discusión

Este estudio presenta la relación del autoconcepto físico con diferentes variables sociodemográficas como la edad, el género y la práctica físico-deportiva extraescolar en estudiantes de distinto nivel educativo. Los resultados generales muestran que existe influencia de las variables edad, género y práctica físico-deportiva en el autoconcepto físico, apoyando la idea de que el autoconcepto es el resultado de varias interacciones sociales y personales en contacto con el medio, por lo que su configuración está influida por los núcleos sociales que lo rodean, siendo los factores competencia percibida y condición física los más influenciados por la edad, concretamente en el grupo de 18 a 20 años. Sin embargo, estos resultados difieren del estudio de Welk, Corbin y Lewis (1995) que apoyan dicha influencia en individuos de 12 a 17 años de edad. La diferencia encontrada con el estudio de Welk et al. puede ser debida a los diferentes rangos de edad de los dos estudios, aunque futuras investigaciones deberán analizar si estas diferencias son únicamente debidas a la edad o se puede estar produciendo una diferente interacción social.

Encontramos que el autoconcepto físico se ve influido por el género, tal y como lo indica Marsh (1998) con estudiantes adolescentes, coincidiendo con la mayoría de autores en mayores valores de los varones frente a las mujeres (Crocker, Eklund y Kowalski, 2000), aunque por el contrario, otros afirman que el factor imagen corporal influye en mayor medida en la autoestima de las mujeres (Hagger, Ashford y Stambulova, 1998). Del mismo modo, el autoconcepto físico se ve influido por la práctica físicodeportiva extraescolar, coincidiendo con los resultados obtenidos por Crocker et al. (2000). Además, los resultados del análisis multivariante de nuestro estudio han mostrado un efecto de interacción entre la edad y la práctica físico-deportiva, encontrando que la implicación en actividades físico-deportivas muestra mejoras en la autoestima en todos los niveles de edad. Estos resultados parecen estar en consonancia con numerosas investigaciones (Alexander, Nickel, Boreskie y Searle, 2000; Boyd y Hrycaiko, 1997; Jackson y Marsh, 1986; Weiss, McAuley, Ebbeck y Wiese, 1990) que han analizado el efecto de la práctica de actividades físicas en la autoestima. Líneas de investigación futuras deberán precisar de forma más detallada el efecto que diferentes tipos de prácticas físico-deportivas extraescolares (organizadas y no organizadas) pueden tener en la variación del autoconcepto físico. Esta es además una de las limitaciones de este estudio, que deberá ser contemplada en el futuro.

Respecto a los efectos de interacción, hemos encontrado que la edad y la práctica físico-deportiva extraescolar parecen estar afectando al nivel de autoestima de los sujetos, de forma que aquellos que tienen mayor edad y practican actividades físicodeportivas extraescolares presentan mayores niveles de autoestima. Los resultados parecen mostrar que aquellos que están más años practicando puedan desarrollar de forma más clara su autoestima. Sin embargo, los resultados (evidentemente debido a la naturaleza correlacional de la investigación) no nos dan una explicación clara acerca de dicha relación. Sería interesante, que futuros trabajos abordaran desde una perspectiva más cualitativa si existe un efecto de la edad y la práctica sobre la autoestima, o más bien podría ocurrir que los sujetos con un mayor autoconcepto físico fuesen los que se involucrasen durante más tiempo en las actividades físico-deportivas.

Numerosos investigadores consideran que existe una posible explicación de estas diferencias atribuyendo la importancia del ideal social sobre el cuerpo (Maïano et al., 2004; Marsh, 1999). Se observa una estrecha relación entre la imagen corporal y la autoestima sobre todo en mujeres con edades adolescentes de 15 a 23 años (Crocker et al., 2000; Hagger et al., 1998). De hecho, en un reciente estudio que utilizó el metaanálisis para relacionar la imagen corporal con la práctica de actividades físicas se encontró como principales resultados que los practicantes de actividades físico-deportivas presentaban una imagen corporal más positiva que los sedentarios, que los estudios de intervención que han aplicado programas de actividad físico-deportiva han conseguido modificar positivamente la imagen corporal de los grupos experimentales frente a los grupos de control y que existen otras variables, como por ejemplo la edad y el género, que están moderando la imagen corporal de las personas (Hausenblas y Fallon, 2006).

Los resultados del presente estudio apoyan las conclusiones obtenidas de este trabajo de revisión. Además, son los varones los que practican más actividad físico-deportiva haciéndolo también en edades adolescentes y obteniendo una mayor autoestima (Crocker et al., 2000; Sonstroem et al., 1992). Este mismo resultado es compartido por Trew, Scully, Kremer y Ogle (1999) reiterando que los adolescentes que practican actividad físico-deportiva tienen un autoconcepto más elevado. Por su parte, Balaguer (1998) especifica que los varones practicantes tienen una mayor competencia percibida e imagen corporal que aquellos que no practican, mientras que las mujeres, también practicantes, sólo obtienen puntuaciones más altas en la competencia percibida, señalando que ellos son más activos que ellas, logrando por tanto una mayor percepción en el autoconcepto físico global. Así pues, de todos los factores del autoconcepto físico, la competencia percibida es el valor más importante para los varones. Nuevos trabajos deberán determinar las variables culturales y sociales que pueden estar detrás del mayor nivel de compromiso en actividades físico-deportivas que presentan los varones frente a las mujeres.

El género y la práctica físico-deportiva son predictores del PSQ en todos los subdominios analizados en este estudio, mientras que la edad lo es en la competencia percibida y la condición física. Las asociaciones predictivas más fuertes se encuentran en las variables género y práctica físico-deportiva extraescolar, anotando mayores valores en los subdominios condición física y competencia percibida. Coincidiendo con Lindwall y Hassmen (2004) encontramos una mayor puntuación a favor de los varones y de los que más practican.

Para concluir, y resumiendo, en este estudio hemos tratado de analizar las relaciones existentes entre la edad, el género y la práctica físico-deportiva extraescolar sobre el autoconcepto físico, utilizando una muestra de estudiantes de edades comprendidas entre los 9 y 23 años. Los resultados revelan una relación entre el autoconcepto y las citadas variables sociodemográficas, suponiendo esta investigación una primera aproximación al análisis del autoconcepto físico, ya que actualmente no existen muchas investigaciones que analicen la relación entre estos constructos, y debería ser un punto de partida para su estudio, pues se pueden obtener datos relevantes para el logro de una mayor persistencia en la práctica de actividad físico-deportiva. En este sentido, la investigación de Lindwall y Hassmen (2004) apunta a los posibles beneficios que la misma puede generar en la salud de los adolescentes. Así pues, sería importante que se valorase la práctica de la actividad físico-deportiva como un factor muy positivo para la salud, tanto en el ámbito físico como en el psicológico, ya que como refleja este estudio, podría potenciar efectos positivos sobre el autoconcepto físico. En esta práctica, debe prevalecer la frecuencia sobre la intensidad apoyándose en el campo de la Medicina que recomienda realizar actividad física durante 30 minutos diarios sin distinción de género o edad (US Department of Health and Human Services, 1996). Sólo así se puede reducir el elevado número de niños obesos con los que cuenta la sociedad actual como resultado de la ausencia de hábitos de vida saludables (Fox, 2000a, 2000b).

Por tanto, sería interesante realizar estudios donde se potencien hábitos saludables (inclusión de la actividad físico-deportiva en el estilo de vida o aumento de la práctica físico-deportiva) para comprobar y reafirmar, de forma experimental, la mejora del autoconcepto físico.

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Fuente: International Journal of Psychology and Psychological Therapy 2007, Vol. 7, Nº 1, pp. 13-26 Autor:Juan Antonio Moreno (Universidad de Murcia, España), Eduardo Cervelló (Universidad Miguel Hernández de Elche, España) y Remedios Moreno (Universidad de Murcia, España) Comentarios Imprimir

La autoestima

(Por Alfonso Aguiló, conoze.com, 2009-03-03)
Como señala Miguel Angel Martí, a veces parece como si sólo existieran dos tipos de personas. Unas que se supervaloran, cayendo así en actitudes más o menos engreídas o prepotentes. Y otras -que son quizá las menos-, que se infravaloran, que únicamente son capaces de ver en su personalidad los aspectos negativos y las deficiencias. Y su relación con ellos mismos es intrapunitiva, se sienten culpables de todos sus fracasos, aunque éstos se deban a factores externos, y esto les lleva a una cruel inseguridad, y a valorar siempre más la opinión de los otros que la suya propia. Son personas que, en casos extremos, pueden terminar necesitando ayuda médica para entablar con los demás unas relaciones de igualdad y sentir un mínimo de afecto por ellas mismas.

La falta de autoestima, además, suele conducir a un círculo vicioso de actitudes mentales negativas. Puede comenzar pensando, por ejemplo, que no será capaz de alcanzar una meta que se ha propuesto, porque tiene la impresión de que rara vez logra lo que se propone. Se encamina hacia ella con talante gris y mortecino, tarde y sin entusiasmo, con más miedo al fracaso que afán de lograr el éxito. Si luego las cosas no salen -y no suelen salir cuando se acometen así-, la experiencia, una vez más, vuelve a reforzar el juicio negativo anterior: de nuevo se ha demostrado que no valgo, que he fallado y que seguiré igual en el futuro.

Un correcto sentido de autoestima debe estar presente en todo proceso educativo, tanto familiar como escolar, y resulta fundamental para la propia maduración psicológica y para formar el carácter. Cuando la persona aprende a respetarse a sí misma, y a no compararse dañosa e inútilmente con los demás, tiene entonces mayor facilidad para tomar conciencia de su propia singularidad y dignidad. Es decisivo comprender que cada ser humano posee unas virtualidades propias que sólo él mismo -con la ayuda que sea necesaria- puede llegar a hacer rendir, proponiéndose proyectos y metas a las que se siente llamado y que llenarán de contenido su existencia.

El fomento de la autoestima no debe llevar, bajo ningún concepto, a promover un modelo de personalidad narcisista. La autoestima es un sensato y equilibrado afecto por uno mismo, que no tiene por qué conducir al egoísmo ni a la vanidad. La autoestima es respeto a la propia persona, convicción de que cada uno es portador de una alta dignidad como hombre, comprensión profunda de que cada ser humano es irrepetible, llamado a realizar en el mundo una tarea que dará sentido a su vida y que nadie puede hacer por él.

¿Son compatibles autoestima y humildad? Para muchas personas parecen valores difíciles de conciliar, quizá porque en su interior piensan que la humildad es algo tan simple como tener una mala opinión acerca de los propios valores y talentos. Pero la verdadera humildad no es eso, ni es tampoco una absurda simulación de falta de cualidades, pues la humildad no puede violentar la verdad, no está en exaltarse ni en infravalorarse, sino que va unida al conocimiento propio, a la sinceridad, la sencillez y la naturalidad.

Muchos afirman que las personas de mucho talento tienen más fácil caer en la vanidad o la egolatría. Sin embargo, tengo la impresión de que las actitudes vanidosas o ególatras no son cuestión de mucho o poco talento, sino que son más bien un problema de virtud, de educación, de sentido común. Es más, podría incluso decirse que las actitudes engreídas revelan, en cierta manera, poca cabeza: porque todo ese tórrido presumir de talentos que uno ha recibido sin ningún mérito propio es bastante ridículo y carente de sentido, y quizá venga a demostrar más bien que todo ese supuesto talento es bastante escaso.

Tal vez el hecho de que en el mundo abunden los ególatras sea la causa de que se insista tan poco desde los distintos ámbitos de la educación en la necesidad que tiene el hombre de ser educado en un sensato principio de autoestima.

Orgullo y egocentrismo

• El orgullo

• Reparto de culpas

• Una aclaración sobre la humildad

• ¿Soportarlo todo?

• Nuestra verdad

• El mal genio

• El control de la ira

• ¿Soberbia yo?

El orgullo

El orgullo adopta muy diferentes disfraces. Si lo buscas dentro de ti, lo hallarás por todas partes. Sin embargo, cuida de no utilizar esos descubrimientos para desalentarte.

El orgullo te afecta en tu propia casa. Una mirada autocrítica a tu vida familiar revelará muchas áreas en que el orgullo la ha empobrecido y te ha llevado por un camino equivocado. Pongamos ejemplos:

• Marido que interrumpe a su esposa —o viceversa— y no escucha lo que le dice, como si sus propias opiniones fueran las únicas que merecen ser tenidas en cuenta.

• Madre que no quiere corregir a su hijo por temor a perder el afecto del niño.

• Marido que llega tarde a cenar y no avisa porque es él quien manda.

• Hijo consentido que casi nunca ayuda en nada y se queja constantemente de todo.

Más ejemplos en la vida diaria fuera del hogar:

• Estás dando vueltas en busca de aparcamiento en el centro de la ciudad, cuando alguien te corta el paso y ocupa el espacio libre que tenías delante. Te pones furioso, le increpas, te embarga una ira desproporcionada.

• Llegas a la oficina y entregas a tu secretaria el trabajo bruscamente y le das órdenes de forma desconsiderada y altiva, sin dar las gracias ni mostrarte amable.

• Eres médico o abogado, y un cliente acude a ti con un problema, y resulta ser un poco premioso, y te impacientas con él y le apabullas con la jerga médica o jurídica.

• Estás en la cola, a la espera de hacer una compra, y a una anciana que tienes delante le resulta difícil contar el dinero; te mueves con impaciencia y suspiras sonoramente con exasperación.

En la medida en que tú erradiques el orgullo de tu vida, desaparecerá de la familia y tendrá menos arraigo en tu hijo adolescente. Piensa que en una gran parte de esos ejemplos los hijos son espectadores, y es entonces cuando van formando sus criterios de conducta.

No te estoy hablando simplemente de cuidar los modales. Piensa en cuál es tu forma de pensar acerca de ti y de los demás:

• Cada vez que actúas con superioridad o humillante condescendencia para con los demás, has caído en el orgullo.

• Cuando increpas a un conductor un poco torpe, criticas a tu cónyuge o tratas a un camarero como si fuera un esclavo, agredes la dignidad de alguien que la merece toda.

• Cuando parece que disfrutas diciendo que no, porque así te das aires de mucho mando, o cuando produces actitudes serviles ante ti, degradas a esas personas y te degradas a ti mismo.

• Cuando —quizá incluso siendo pacifista— te olvidas de la paz en tu vida cotidiana, y resulta que eres peleón y encizañador en tu trabajo, intolerante con tu marido o tu mujer, excesivamente duro con tus hijos, despectivo con tu suegra, o áspero con tu portero y tus vecinos, entonces demuestras que ninguna de tus teorías para la paz del mundo tiene sitio en tu propia casa.

Son agresiones que demuestran egocentrismo, y los hijos lo ven, y lo asumen casi sin darse cuenta. Uno a uno, cada uno de estos episodios no significan gran cosa. Pero cuando el orgullo se hace fuerte en esos detalles que empiezan a acumularse, puede convertirte en un gran deseducador en la familia.

Reparto de culpas

«Salí un día de viaje muy enfadado con mi mujer, después de una pequeña trifulca. Como siempre, por una bobada. Pero una bobada que me ofendió, y bastante.

»Yo era de carácter bastante difícil, ahora sí me doy cuenta, pero entonces no lo veía así. Y con ese resentimiento profundo me fui al aeropuerto dando un portazo.

»No era la primera vez que me pasaba y sin embargo aquella vez fue todo distinto, todavía no sé casi por qué.

»El caso es que salí de casa ofendido y esperando a que a la vuelta mi mujer me pidiera perdón para ofrecérselo yo a regañadientes. Pero las cosas en mí empezaron a cambiar, gracias a que tuve la suerte de coincidir en el viaje con un antiguo compañero, muy amigo mío, y empezamos a hablar, y al final acabé contándole mi vida.

»La verdad es que me hizo pensar. Curiosamente, empezaron a asaltarme dudas sobre mi actitud. Al principio, de forma tímida; luego, con más claridad. Al final, la duda se había transformado ya en una certeza: quizá tenía razones para pensar que la culpa no era mía, pero estaba seguro de que no tenía razón.»

Aquel hombre entendió que su actitud con su mujer y sus hijos estaba siendo arrogante y orgullosa, y que, aunque pudiera ser cierto que en esa ocasión concreta su mujer no lo hizo bien, en el fondo la culpa era suya por comportarse tan incorrectamente de modo habitual.

Empezó a sentir la necesidad de pedir perdón, y era algo que le resultaba casi novedoso. Entendió que su actitud a lo largo de esos años había sido mucho peor que la pequeña ofensa de su mujer en aquella sobremesa, o que mil como ésa.

Que durante años se había visto cegado por disquisiciones tontas sobre quien tenía la culpa. Porque siempre pensaba que la culpa era de su mujer, o de su hijo, o de su hija, y ellos pensaban lo contrario, y todos quedaban a la espera de que les pidieran perdón. Era un círculo vicioso del que no lograban salir.

Su conclusión después de aquello fue clara: una de las dificultades grandes de la convivencia familiar es dar demasiada importancia al “quién tiene la razón”.

«Quererse, estar en paz, convivir alegremente, es mucho más importante que saber quién tiene razón. ¿Qué más dará saber quién tiene la culpa? Casi siempre nos la repartiremos entre los dos, en mayor o menor proporción cada uno. Además, hay muy pocos culpables o inocentes absolutos.

»De cada diez veces que veo discutir a dos personas y una de ellas insiste con vehemencia en que tiene la razón, nueve de ellas pienso que no la tiene, y que lo que está haciendo es imponer su punto de vista con una falta de objetividad asombrosa.»

Lo que importa es que vuelva a reinar la paz. Ya se verá más adelante, una vez vuelta la calma, si es preciso o no tomar alguna medida. Actuando así, además, al final casi siempre ya da igual saber quién tenía razón, porque si la familia funciona bien, ambos se habrán considerado culpables y habrán pedido perdón.

Una aclaración sobre la humildad

Son muchas las personas —explicaba con gracia C.S.Lewis— que piensan que humildad equivale a mujeres bonitas tratando de creer que son feas, o personas inteligentes tratando de creer que son tontas.

Y como consecuencia de este malentendido se pasan la vida intentando creerse algo manifiestamente absurdo y, gracias a eso, jamás logran ganar en humildad. No debe confundirse la humildad con algo tan simple y ridículo como tener una mala opinión acerca de los propios talentos. La humildad nada tiene que ver con una absurda simulación de falta de cualidades.

Se trata de un error bastante extendido, a pesar de que durante siglos se han alzando contra él muchas voces sensatas que venían a recordar cómo la humildad no puede violentar la verdad, y que la sinceridad y la humildad son dos formas de designar una realidad única. La humildad no está en exaltarse ni en infravalorarse, sino que va unida a la verdad y a la naturalidad.

Quizá por eso, para aclarar conceptos, podemos empezar por dejar claro primero lo que no es humildad:

• No se logra la humildad en la familia humillando a los demás (así, suele conseguirse habitualmente lo contrario).

• Ni regateando los legítimos y prudentes elogios a las buenas acciones de los hijos o del cónyuge, con la excusa de evitar que se envanezcan.

• Tampoco conviene a la humildad la continua comparación con otras personas, puesto que a una persona no le viene la justa medida por su relación con otras, sino, ante todo, por lo que de natural debiera ser.

• Ni consiste tampoco en echarse encima toneladas de basura. Porque, además, esas personas autoculpistas no suelen creerse lo que dicen. Se pasan la vida diciendo que tienen muy mala memoria, que son un desastre, que no dan una a derechas…; pero suelen decirlo de modo genérico, y no les gusta que sea otro quien lo dé a entender, y menos si se desciende a lo concreto: cuando van conduciendo, por ejemplo, la culpa casualmente será de otro conductor, el problema será del coche, o de la carretera, o de que le han distraído; o en el deporte, resultará que le han dado mal el pase, o que el balón o el terreno no estaban bien; etc.

• Tampoco es humildad esa triste y victimista actitud de quien dice “es que soy así” y se abandona a sus propios defectos sin molestarse en luchar por mejorar. Eso puede ser comodonería o inconstancia, pero nunca humildad.

¿Soportarlo todo?

«Es una cosa que ha ido empeorando en casa de día en día desde hace ya tiempo —se lamentaba con amargura una chica de diecisiete años.

»Antes, mi madre tenía más autoridad, pero ahora está como arrinconada y apenas le obedece nadie en nada de lo que dice.

»La casa se ha convertido en una especie de pensión donde la gente sólo aparece para comer, dormir y pedir dinero. Cada uno vive a su aire, es frecuente que lleguemos tarde a casa sin avisar, y es raro el día que no discutimos.

»Mis dos hermanos pequeños han perdido el respeto a mi madre. Le llevan siempre la contraria, y alguna vez, en medio de esos enfados, han llegado a insultarla. Me duele ver cómo la tratan, pero no me atrevo a decirles nada, porque la verdad es que tengo que reconocer que yo a veces también he actuado bastante mal y no estoy en condiciones de echarles en cara nada.

»Mi padre está siempre fuera, desde que cambió de trabajo, y cuando llega a casa no está para nada. Además, como tiene un genio fatal, mi madre prefiere no decirle nada de los disgustos que le damos, y hace bien, porque creo que sería casi peor.

»Ella sufre mucho y soporta todo con una paciencia y una humildad admirables.»

Parece claro que es un error consentir esas actitudes a los hijos. Y parece claro también que, estando ya tan consolidadas, no es nada fácil reconducirlas. Tendría que servir este ejemplo como experiencia para plantear bien las cosas desde el principio, porque la actitud de esa madre ni es paciencia ni es humildad, como pensaba su hija. No puede ser virtud dejarse avasallar de esa manera. En la familia, como en todos sitios, hay que empezar por exigir que a uno le traten con respeto, y eso no es orgullo ni vanidad.

Hay veces en que a una persona le toca sufrir un drama familiar muy doloroso, y a lo mejor casi lo único que puede hacer es soportarlo todo pacientemente. Pero lo normal es que todos tengamos que dejar las cosas claras todas las veces que haga falta hasta conseguir que se nos respete.

Quien insulta, sobre todo si es con frecuencia, se descalifica a sí mismo. Y quien lo soporta habitualmente con gesto de víctima puede ser admirable o heroico, pero a veces resulta que es, más bien, simplemente un poco tonto o un poco tonta. Hay que poner la energía precisa para defender los propios derechos, y esto es compatible con la humildad.

Habrá que buscar una solución concreta a cada caso, pero raramente la postura ideal será soportarlo todo y callarse eternamente.

Nuestra verdad

Siempre me ha parecido bastante ilustrativo participar en conversaciones informales con gente joven, con niños incluso muy pequeños. Ayuda mucho a conocer su mentalidad, y con lo que se aprende puede uno ahorrarse muchos errores en la educación.

A veces en los transportes públicos nos vemos obligados a enriquecernos con esas conversaciones, aunque sólo sea como oyentes, pues la gente joven suele tener buena voz y hace generoso uso de ella sin preocuparse mucho de que en todo el autobús o todo el vagón casi no se oiga otra cosa.

No hace mucho coincidí en un viaje en tren con un grupo de alumnos de un colegio. Hablaban muy animadamente, lejos en ese momento del cuidado del profesor que iba con ellos.

Al principio tenía bastante gracia y resultaba incluso divertido. Cada uno de los contendientes iba aguzando su ingenio, tratando de aprovecharse de los fallos dialécticos del contrario y de ironizar sobre sus razones. Pero al cabo de media hora todos los viajeros presentes estábamos rendidos. Y acabamos rendidos porque:

Era como si a ninguno le importara en absoluto lo que el otro dijera. Mientras uno habla, el otro prepara su respuesta. Y si se le ocurre algo antes de que termine, le interrumpe sin contemplaciones.

Según avanza la discusión, las posturas se van alejando más, en vez de converger.

Las afirmaciones son cada vez más radicales. A veces, da la impresión de que incluso van más allá de lo que piensan, pero lo hacen para forzar su imposición dialéctica.

Cuando uno se ve un poco acorralado o se le acaban los argumentos, no duda en recurrir a ataques personales o a hacer descalificaciones demagógicas sin molestarse en razonarlas. Cualquier cosa, antes que dar la impresión de que uno pierde terreno, se deja convencer o cede un poco en sus afirmaciones.

Lo más triste es que las ideas de unos y otros no parecían estar muy lejanas. Podrían haberse puesto de acuerdo. No era un problema de fondo, sino de forma. Sus posturas serían fácilmente conciliables si las hablaran de otra manera, si aprendieran a dialogar, a intercambiar impresiones y puntos de vista, en vez de discutir acaloradamente.

Si examinamos nuestra vida, es algo que nos puede estar sucediéndonos a nosotros mismos y casi no nos damos cuenta. Muchas veces parece que tenemos nuestra verdad y nos cuesta dar entrada en ella a cualquier idea que venga de fuera. Como si tuviéramos una oposición permanente a todo lo ajeno, una tendencia a condenar, a discutirlo todo.

Es cierto que hay cosas que pertenecen a lo sustancial de nuestras convicciones y en las que no se debe ceder. Pero hay que pensar que esas convicciones básicas, aunque sean muy importantes, también suelen ser pocas. Y sobre todo, que lo habitual es que las peleas y discusiones sean por otras cosas mucho más secundarias.

Sería muy interesante que pasáramos por el tamiz de nuestra propia ironía las razones que nos llevan a discutir. Con frecuencia nos parecerían ridículas. Descubriríamos que la amargura que deja toda polémica desabrida es un sabor que no vale la pena probar. Y descubriríamos que habitualmente resultará más grato y más enriquecedor buscar las cosas que unen, en vez de las que separan.

Y que cuando haya que contrastar ideas lo hagamos con elegancia, sin olvidar aquello que decía Séneca de que la verdad se pierde en las discusiones prolongadas.

Además, pensando en el hijo adolescente, si no siempre es fácil conseguir que acepte los consejos que sus padres le dan de forma razonada y respetuosa con su libertad, ¿cómo podemos pretender que los acepte —sobre todo a partir de cierta edad— si los damos en forma de imposiciones poco razonadas en medio de una discusión?

El mal genio

Algunas personas parece como si se rodearan de alambre de espino, como si se convirtieran en un cactus, que se encierra en sí mismo y pincha.

Y luego, sorprendentemente, se lamentan de no tener compañía, o de que les falta el afecto de sus hijos, o de sus padres, o de sus conocidos.

La verdad es que todos, cuando pasa el tiempo, casi siempre acabamos por lamentar no haber tratado mejor a las personas con las que hemos convivido: Dickens decía que en cuanto se deja atrás un lugar, empieza uno a perdonarlo.

Cuando nos enfadamos se nos ocurren muchos argumentos, pero muchos de ellos nos parecerían ridículos si los pudiéramos contemplar unos días o unas horas más tarde, grabados en una cinta de vídeo.

Algunos piensan que más vale dar unas voces y desahogarse de vez en cuando, que ir cargándose de resentimiento reprimido. Quizá no se dan cuenta de que la cólera es muy peligrosa, porque en un momento de enfado podemos producir heridas que tardan luego mucho en cicatrizar.

Hay personas que viven heridas por un comentario sarcástico o burlón, o por una simpleza estúpida que a uno se le escapó en un momento de enfado, casi sin darse cuenta de lo que hacía, y que quizá mil veces se ha lamentado de haber dicho.

Los enfados suelen ser contraproducentes y pueden acabar en espectáculos lamentables, porque cuando un hombre está irritado casi siempre sus razones le abandonan. Y de cómo sus efectos suelen ser más graves que sus causas nos da la historia un claro testimonio.

¿Entonces, no hay que enfadarse nunca? Fuller decía que hay dos tipos de cosas por las que un hombre nunca se debe enfadar: por las que tienen remedio y por las que no lo tienen. Con las que se pueden remediar, es mejor dedicarse a buscar ese remedio sin enfadarse; y con las que no, más vale no discutir si son inevitables.

A veces, enfadarse puede ser incluso formativo, por ejemplo para remarcar a los hijos que algo que han hecho está mal, pero serán muy poco frecuentes. Hace falta un gran dominio propio para hacerlo bien.

El mal genio deteriora la unidad de la familia. Y cuando uno se inhibe o se desentiende hace daño, pero cuando desune hace quizá más.

Muchas veces, además, carga con el mal genio el menos culpable, el que más cerca está, incluso el propio mensajero de la mala noticia. Y es terriblemente injusto. “Voy a decirle cuatro verdades…”, ¿y por qué han de ser cuatro? Sólo con eso ya veo que estás enojado.

Es verdad que el ánimo tiene sus tiempos atmosféricos. Que un día te inunda el buen humor como la luz del sol, y otro, sin saber tú mismo bien por qué, te agobia una niebla pesada y basta un chubasco, el más leve contratiempo, un malestar pasajero, para ponerte de mal humor. Pero debemos hacer todo lo posible para adueñarnos de nuestro humor y no dejarnos llevar a su merced.

El control de la ira

Cuando alguien recibe un agravio, o algo que le parece un agravio, si es persona poco capaz de controlarse, es fácil que eso le parezca cada más ofensivo, porque su memoria y su imaginación avivan dentro de él un gran fuego gracias a que da vueltas y más vueltas a lo que ha sucedido.

La pasión de la ira tiene una enorme fuerza destructora. La ira es causa de muchas tragedias irreparables. Son muchas las personas que por un instante de cólera han arruinado un proyecto, una amistad, una familia. Por eso conviene que antes de que el incendio tome cuerpo, extingamos las brasas de la irritación sin dar tiempo a que se propague el fuego.

La ira es como un animal impetuoso que hemos de tener bien asido de las bridas. Si cada uno recordamos alguna ocasión en que, sintiendo un impulso de cólera, nos hayamos refrenado, y otro momento en que nos hayamos dejado arrastrar por ella, comparando ambos episodios podremos fácilmente sacar conclusiones interesantes. Basta pensar en cómo nos hemos sentido después de haber dominado la ira y cómo nos hemos sentido si nos ha dominado ella. Cuando sucede esto último, experimentamos enseguida pesadumbre y vergüenza, aunque nadie nos dirija ningún reproche.

Basta contemplar serenamente en otros un arrebato de ira para captar un poco de la torpeza que supone. Una persona dominada por el enfado está como obcecada y ebria por el furor. Cuando la ira se revuelve y se agita a un hombre, es difícil que sus actos estén previamente orientados por la razón. Y cuando esa persona vuelve en sí, se atormenta de nuevo recordando lo que hizo, el daño que produjo, el espectáculo que dio. Piensa en quiénes estuvieron presentes, en esas personas en cuya presencia entonces quizá no reparaba, pero que ahora le inquieta recordar. Y tanto si eran gente amiga o menos amiga, se siente ante ellos profundamente avergonzado.

La ira suele tener como desencadenante una frustración provocada por el bloqueo de deseos o expectativas, que son defraudados por la acción de otra persona, cuya actitud percibimos como agresiva. Es cierto que podemos irritarnos por cualquier cosa, pero la verdadera ira se siente ante acciones en las que apreciamos una hostilidad voluntaria de otra persona.

Como ha señalado José Antonio Marina, el estado físico y afectivo en que nos encontremos influye en esto de forma importante. Es bien conocido cómo el alcohol predispone a la furia, igual que el cansancio, o cualquier tipo de excitación. También los ruidos fuertes o continuos, la prisa, las situaciones muy repetitivas, pueden producir enfado, ira o furia. En casos de furia por acumulación de diversos sumandos, uno puede estar furioso y no saber bien por qué.

¿Y por qué unas personas son tan sociables, y ríen y bromean, y otras son malhumoradas, hurañas y tristes; y unas son irritables, violentas e iracundas, mientras que otras son indolentes, irresolutas y apocadas? Sin duda hay razones biológicas, pero que han sido completadas, aumentadas o amortiguadas por la educación y el aprendizaje personal: también la ira o la calma se aprenden.

Muchas personas mantienen una conducta o una actitud agresiva porque les parece encontrar en ella una fuente de orgullo personal. En las culturas agresivas, los individuos suelen estar orgullosos de sus estallidos de violencia, pues piensan que les proporcionan autoridad y reconocimiento. Es una lástima que en algunos ambientes se valoren tanto esos modelos agresivos, que confunden la capacidad para superar obstáculos con la absurda necesidad de maltratar a los demás.

Las conductas agresivas se aprenden a veces por recompensa. Lamentablemente, en muchos casos sucede que las conductas agresivas resultan premiadas. Por ejemplo, un niño advierte enseguida si llorar, patalear o enfadarse son medios eficaces para conseguir lo que se propone; y si eso se repite de modo habitual, es indudable que para esa chica o ese chico será realmente difícil el aprendizaje del dominio de la ira, y que, educándole así, se le hace un daño grande.

¿Soberbia yo?

Un escritor va paseando por la calle y se encuentra con un amigo. Se saludan y comienzan a charlar. Durante más de media hora el escritor le habla de sí mismo, sin parar ni un instante. De pronto se detiene un momento, hace una pausa, y dice: “Bueno, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora hablemos de ti: ¿qué te ha parecido mi última novela?”.

Es un ejemplo gracioso de actitud vanidosa, de una vanidad bastante simple. De hecho, la mayoría de los vicios son también bastante simples. Pero en cambio la soberbia suele manifestarse bajo formas más complejas que las de aquel fatuo escritor. La soberbia tiende a presentarse de forma más retorcida, se cuela por los resquicios más sorprendentes de la vida del hombre, bajo apariencias sumamente diversas. La soberbia sabe bien que si enseña la cara, su aspecto es repulsivo, y por eso una de sus estrategias más habituales es esconderse, ocultar su rostro, disfrazarse. Se mete de tapadillo dentro de otra actitud aparentemente positiva, que siempre queda contaminada.

Unas veces se disfraza de sabiduría, de lo que podríamos llamar una soberbia intelectual que se empina sobre una apariencia de rigor que no es otra cosa que orgullo altivo.

Otras veces se disfraza de coherencia, y hace a las personas cambiar sus principios en vez de atreverse a cambiar su conducta inmoral. Como no viven como piensan, lo resuelven pensando como viven. La soberbia les impide ver que la coherencia en el error nunca puede transformar lo malo en bueno.

También puede disfrazarse de un apasionado afán de hacer justicia, cuando en el fondo lo que les mueve es un sentimiento de despecho y revanchismo. Se les ha metido el odio dentro, y en vez de esforzarse en perdonar, pretenden calmar su ansiedad con venganza y resentimiento.

Hay ocasiones en que la soberbia se disfraza de afán de defender la verdad, de una ortodoxia altiva y crispada, que avasalla a los demás; o de un afán de precisarlo todo, de juzgarlo todo, de querer tener opinión firme sobre todo. Todas esas actitudes suelen tener su origen en ese orgullo tonto y simple de quien se cree siempre poseedor exclusivo de la verdad. En vez de servir a la verdad, se sirven de ella –de una sombra de ella–, y acaban siendo marionetas de su propia vanidad, de su afán de llevar la contraria o de quedar por encima.

A veces se disfraza de un aparente espíritu de servicio, que parece a primera vista muy abnegado, y que incluso quizá lo es, pero que esconde un curioso victimismo resentido. Son esos que hacen las cosas, pero con aire de víctima (“soy el único que hace algo”), o lamentándose de lo que hacen los demás (“mira éstos en cambio…”).

Puede disfrazarse también de generosidad, de esa generosidad ostentosa que ayuda humillando, mirando a los demás por encima del hombro, menospreciando.

O se disfraza de afán de enseñar o aconsejar, propio de personas llenas de suficiencia, que ponen a sí mismas como ejemplo, que hablan en tono paternalista, mirando por encima del hombro, con aire de superioridad.

O de aires de dignidad, cuando no es otra cosa que susceptibilidad, sentirse ofendido por tonterías, por sospechas irreales o por celos infundados.

¿Es que entonces la soberbia está detrás de todo? Por lo menos sabemos que lo intentará. Igual que no existe la salud total y perfecta, tampoco podemos acabar por completo con la soberbia. Pero podemos detectarla, y ganarle terreno.

¿Y cómo detectarla, si se esconde bajo tantas apariencias? La soberbia muchas veces nos engañará, y no veremos su cara, oculta de diversas maneras, pero los demás sí lo suelen ver. Si somos capaces de ser receptivos, de escuchar la crítica constructiva, nos será mucho más fácil desenmascararla.

El problema es que hace falta ser humilde para aceptar la crítica. La soberbia suele blindarse a sí misma en un círculo vicioso de egocentrismo satisfecho que no deja que nadie lo llame por su nombre. Cuando se hace fuerte así, la indefensión es tal que van creciendo las manifestaciones más simples y primarias de la soberbia: la susceptibilidad enfermiza, el continuo hablar de uno mismo, las actitudes prepotentes y engreídas, la vanidad y afectación en los gestos y el modo de hablar, el decaimiento profundo al percibir la propia debilidad, etc.

Hay que romper ese círculo vicioso. Ganar terreno a la soberbia es clave para tener una psicología sana, para mantener un trato cordial con las personas, para no sentirse ofendido por tonterías, para no herir a los demás…, para casi todo. Por eso hay que tener miedo a la soberbia, y luchar seriamente contra ella. Es una lucha que toma el impulso del reconocimiento del error. Un conocimiento siempre difícil, porque el error se enmascara de mil maneras, e incluso saca fuerzas de sus aparentes derrotas, pero un conocimiento posible, si hay empeño por nuestra parte y buscamos un poco de ayuda en los demás.

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