Algunos hijos desatendidos y padres desorientados: el arte de educar

 

Javier Urra*

Esos desconocidos: nuestros propios hijos

A veces no conocemos en profundidad el pensamiento y la realidad de sus conductas. Bien es cierto que los hijos en muchas ocasiones no conocen el sentir íntimo de sus padres. No deja de ser una paradoja para quienes no hace tanto éramos jóvenes. Y es que los niños, los adolescentes, son en sí mismos una identidad, no son adultos pequeñitos o un proyecto, tampoco se les debe concebir como angelitos inermes sin imaginación o sin capacidad de obrar mal.

Debemos preguntarnos cómo se está socializando, es decir, cómo va el proceso por el que nace y se desarrolla su personalidad en relación con el medio social. Tenemos que facilitar el vivir con, y para ello se ha de propiciar la inmersión en la cultura, el control de los impulsos, la experiencia en sí mismo, el desarrollo de la afectividad y la motivación de logro.

Somos sabedores de que la infancia busca ser ella misma, desea romper el cordón umbilical con los padres, ser libre, autónoma. Y así ha de ser.

Existen ritos iniciáticos de independencia para mostrarse ante sí mismos y al grupo de referencia que ya son; algunos lo hacen con la ingesta de alcohol, de anfetaminas, con fugas o rotura de objetos o trasgresión de normas. Los tutores hemos de propiciar los pasos iniciáticos adecuándolos a su edad y características (ir a un campamento, viajar por Europa en grupo…), canalizaremos sus impulsos y necesidades, no los cercenaremos. Pero para ello hay que haber ganado su confianza, haber estado a su lado desde pequeños, haberles acariciado con nuestra escucha, ser valorados.

Todo padre debe dedicar tiempo a los hijos, un tiempo que será diario y de calidad. Se puede conocer a los hijos, se puede caminar y disfrutar juntos sin confundir el ser amigos con ser colega, pues los padres han de marcar límites; los niños los precisan. Se cuenta la historia de una niña que por la noche llamaba y decía: «Papá ven», y el papá fue y le dijo: «¿Qué quieres, hija?», y ella no contestó. Al rato gritó: «Papá, ven», y el papá fue y le dijo: «¿Qué quieres, hija?» y ella no contestó; así muchas veces, hasta que al final la niña exclamó: «Que me digas no».

Dar a los niños de todo –juguetes, dinero, objetos- es un error, haremos de ellos unos egoístas y caprichosos. Si a Y es que hay quien constata que tiene hijos en vacaciones –algunos ni eso-. ¿Valoramos suficientemente el ser padres o hay tal falta de reconocimiento como ocurre con las amas de casa? demás no les damos dedicación, nos vivirán como que nos lo quitamos de encima

Tener hijos no es lo mismo que ser padres. La familia educa por «presión osmótica», los niños aprenden de los modelos, no de la crítica destructiva. En el hogar se han de transmitir valores éticos, educar en los ideales, en la no-violencia, en la apreciación de lo distinto, en la reflexión. Hay que retomar la charla, el sentimiento de vecindad, el interesarse por el otro.

Pero es que además de la familia, a la infancia y a la juventud las educan la escuela, las revistas, la música que escuchan, la televisión, el grupo de iguales.

Los amigos pueden servir para socializar o para todo lo contrario, por eso es tan importante conocerlos, conseguir que las amistades sean sanas y duraderas. Y piénsese que los amigos se hacen en las actividades en que participen los hijos, que bien pueden ser de conocimiento de la naturaleza (un verdadero antídoto de otras formas de buscar aumentar la adrenalina) o de viajes en grupo (que enseñan a evitar la endogamia, a valorar la riqueza de lo distinto), en grupos de teatro, de música, de pintura… Hay otro gran amigo que debemos presentarles: es el libro. Pero es que, además, pueden colaborar en las ONG (hoy tenemos una generación de jóvenes solidarios).

Hay que educar en la capacidad crítica para poder defenderse de esos modelos psicopáticos que pueblan las películas de televisión, donde el duro, el vengador, el inmisericorde triunfa y se hace acreedor de lo que le apetece.

Debemos entender a los jóvenes, esforzarnos por comprender sus modas, lo que significan los logotipos de sus camisetas, no podemos quedarnos sordos a sus intereses y emociones.

No se puede delegar la educación a la escuela. Hay que retomar la figura del maestro (hasta económicamente), los padres han de hablar con el mismo y apoyarse mutuamente, no se puede restar autoridad, pues haremos de ellos unos tiranos.

Hay jóvenes que no viven en casa, la utilizan como un hotel, se marchan los viernes y regresan los lunes por la mañana. Hay quien ejerce violencia intrafamiliar, algo, todo ha fallado en la educación.

El laissez-faire es un grave error. Las normas, la sanción, son necesarias, educativas, pero recuérdese que la sanción puede ser en positivo (hacer más y mejor) y nada tiene que ver con el castigo físico.

Es tarea de todos los ciudadanos el educar a los más jóvenes en el respeto, en el autodominio, en valorar el silencio, el arrepentimiento, el conocerse a sí mismos y ponerse en el lugar del otro, es decir, ahondar en la autointrospección y la socialización, el emplear la razón y aprender a ser libres, el valorar lo realmente importante: la persona, el agua, los árboles, el aire, enseñar a disfrutar del patrimonio cultural de nuestros pueblos y ciudades, sentirse partícipes de un aprendizaje, utilizar el sentido del humor.

Tenemos que conseguir que nuestros jóvenes no vivan deprisa, deprisa. Para ello tenemos que autoeducarnos y mirar sin miedo al horizonte. Dice una canción vasca, Txori, Txuria «si yo le cortara las alas, sería mío, no se escaparía, pero… de esa forma ya no sería nunca más un pájaro, y yo quería al pájaro».

Los tiempos están cambiando

Lo dijo Bob Dylan: “Vamos muy deprisa, pero a veces sin rumbo, miramos pero sin recrearnos, oímos pero no escuchamos, no aceptamos la espera y nuestra paciencia disminuye”.

Los padres sienten que es cada vez más difícil que sus mensajes lleguen a los hijos, pues la competencia es atroz.

Los progenitores hemos de estar disponibles, pues niños y jóvenes buscan “estar conectados”. Y entender que el bienestar emocional del hijo desborda el nivel de aprendizaje.

Los padres precisan apoyo, han de poner amor, experiencia, lógica, tener conciencia de esta sublime tarea, pero debe aportárseles técnicas. Ya los alumnos de cursos preuniversitarios debieran ser formados en esa misión, las más trascendente.

Posteriormente se ha de seguir coadyuvando a los padres, que puedan consultar, que reciban respuestas de todo tipo. Al igual que se les remite el calendario vacunal de los hijos, se les ha de proveer de programas educativos, facilitadores de resolución de conflictos (actualizados a una sociedad siempre cambiante).

es que nunca en la historia de la humanidad los niños han recibido tantísima información sin pasar por el filtro de los adultos.

Hay que enseñar a los padres la necesidad de que eduquen en la comprensión empática, en el razonamiento, para que transmitan seguridad, motivación y estímulo a sus hijos. La familia es un termómetro del sistema, su fracaso anticiparía un desbarajuste general.

Hay que educar con amor, humor y respeto, transmitir confianza y responsabilización, dar libertad dentro de unos límites razonados.

Utilizar las estrategias educativas elegidas por los padres como antecedentes y no consecuentes de las conductas de sus hijos.

Imponer disciplina, que significa enseñar, no estar constantemente castigando. No olvidemos sin embargo que los adolescentes (y el resto de los humanos) precisan normas, para sentirse seguros.

Transmitir a nuestros hijos que tienen una responsabilidad social y han de realizar acciones en favor del mundo (no sólo del más próximo).

Ser padres

“Sois los arcos mediante los cuales vuestros niños como flechas vivientes, son disparados” (Khalil Gibran)

Por eso ser padres, supone saber educar, lo que se requiere es amor, lógica, técnica, arte y conocimiento. No es fácil, pero no es imposible.

Es un acto ininterrumpido, pues, para educar bien a los hijos, hay que educar bien a los padres, es un gesto continuado de generosidad, pues se debe amar sin intentar poseer.

Ser padres es un alarde de optimismo, de confianza en los otros, de conocimiento positivo de sí mismos. Es incentivar la libertad de los pequeños, ejerciendo con responsabilidad la propia. Es buscar ser, siendo, pensar y actuar en búsqueda de una mejoría diaria.

Ser padres es asumir que se educa en todo momento, más con los actos que con la palabra, que la educación es el combustible del alma, que se precisa autoeducarse en el altruismo, autocontrol y autodisciplina, que hay que enriquecer la competencia emocional.

No deseo en estas líneas dar unas píldoras pedagógicas, pues nada se aprende realmente, si no se compromete la propia persona. Y además lo importante –creo- no es aprender muchísimo, sino lo útil, lo esencial, lo positivo, lo que le acerca a ser una mujer o un hombre completo, es cierto que sólo a través de la educación se alcanzan esas cotas emocionales y racionales, por eso se precisa la disciplina, pues viene de «discere», aprender, algo muy opuesto del erróneo «laissez-faire», dejar hacer.

Estaremos de acuerdo, en que un hombre es la sumativa de sus actos, y coincidiremos con aquél Noble español del sigo XVII, que puso en la inscripción de su escudo: «Mis hechos, no mis abuelos, me han de llevar a los cielos».

Tenemos que erradicar las enfermedades biográficas, heredadas, hemos de conformar el currículo de nuestros niños, con los latidos de nuestro corazón, sabedores de que como dijo Montaigne, «el niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender». Es cierto, un niño, si posee los mínimos puede llegar muy lejos, si le implantamos los medios, ¿no puede volar una mosca a 10.000 m., si la introducimos en un avión?

Ahora bien, el joven, que no se dude, debe ser indócil y rebelde, debe aprender «la parábola de la paloma que creía que sin la resistencia del aire volaría con más libertad. Pero esa resistencia es, precisamente, la que le mantiene en vuelo» (Kant).

Resulta alegremente constatable que las familias hoy son más democráticas y simétricas, en cuanto a ostentación de poder y responsabilidad, buscan además una más pronta autonomía personal de los hijos, no siempre conseguida.

Y sin embargo, en ocasiones se confunde la tolerancia con la permisividad, hemos generado una sociedad de padres «light», que no quieren asumir el rol de autoridad, que exigen del Estado una adopción de un papel tuitivo y castrador de derechos.

Derechos para los niños, todos, pero educándoles en el respeto, la autoresponsabilidad, habiéndoles motivado para el acceso escolar, posibilitándoles la adquisición de los mínimos de atención, escucha, que les facilite ulteriores adquisiciones.

No se olvide a lo largo de la vida, que científicamente hemos constatado que la familia es la institución primaria de socialización más reconocida por los jóvenes. Tan es así, que la transmisión de valores educativos se queda en un diálogo de sordos, cuando el joven no encuentra elementos adecuados para adaptar a su realidad cotidiana esos valores que recibe. Y es que al final, un maestro puede llegar a enseñar, pero se precisa a un alumno que realice el difícil acto de aprender.

Algo importante falla. Si preguntamos a los niños, nos dirán que no son suficientemente escuchados ni queridos. O llevan razón, o les hemos enseñado sólo a exigir y reclamar.

Hemos de mostrar a los niños, nuestra entrega y que poseemos debilidades humanas, inevitables y muy humanas.

Tenemos que transmitirles sin decirlo, la sensibilidad en carne viva, conscientes de que sin amor todo chirría. La justicia es vindicativa, la norma artrósica, la ayuda egoísta, la disponibilidad ficticia, la inteligencia fría, la responsabilidad estricta, la dignidad inalcanzable, la fe fanática, la simpatía hipócrita, la sonrisa helada.

Tenemos que erradicar la patética falta del sentido del humor, debemos rescatar y exaltar la cotidianidad como una parte de nuestra vida, y en lo posible conversar con los antecesores, antiguos griegos, que tanto sabían de práctica pedagógica.

Importante será lo que enseñemos, pero más el gusto que transmitamos por aprender.

Y en lo posible

«¡Castigar nunca! a tu niño nadie le debe castigar Nunca. Sería un crimen, un holocausto. Nadie le debe castigar. Ni Dios lo hace. A tu niño, se le puede reprender. Pero, sólo quien le quiere tal como es, quien le quiere a fondo perdido. Tu niño -semillero soterrado, roto bajo la nieve paradójica- aflora y florece por tu pupila cálida». (Antonio Beristain)

En conclusión, la relación de padres y madres, respecto a sus hijos debe ser de amor y enseñanza a la par.

No podemos, ni hemos de olvidar, que nacemos del amor físico y emocional de las personas de sexo distinto, que ambas figuras –paterna y materna- son esenciales para la más correcta maduración psíquica, en cuanto a identificación de valores sexuales.

Por eso, hay que educar que el sexo no es sólo contacto físico –con serlo y muy grato- que hay y debe haber respeto y sentimientos recíprocos.

La familia debe ser protegida por el Estado y específicamente a quienes puedan tener hijos (familias heterosexuales), esta mayor protección lo ha de ser, en cuanto es un derecho del más vulnerable (el que nace). Hemos de distinguir entre familias y parejas (sean, o no, de hecho).

Todo se aprende

Por eso tenemos que aprender y posteriormente enseñar a contemplar, a percibir la realidad.

Hay que transmitir el amor a la Tierra, como ama el recién nacido el latido del corazón de su madre.

Hay que inculcar a nuestros hijos, que el suelo que está bajo sus pies tiene las cenizas de nuestros antepasados.

Hay que educar en el afecto, la tolerancia, la empatía, ésta es la auténtica prevención y administrar capacidad para planificar, para demorar los impulsos.

Hay que enseñar a labrar el propio ser con amor, sembrándolo de generosidad.

Hay que transmitir una fundada sospecha de la perduración de las cosas, algo con lo que convivimos, pues cuando se nos mueren los nuestros, anticipamos nuestra propia muerte.

Hay que domar el sentido de la vida, incluyendo un componente vital, como es la espiritualidad y es que en muchas existencias humanas se detecta el brote o la revolución mística.

En todo caso el hombre debe trascender de sus limitaciones y miserias, debe dar un sentido longitudinal pero también vertical a su «nacer, crecer, desarrollarse, reproducirse y morir».

Una opción personal es la de formar parte de una religión, recordando lo que dijo Mahatma Gandhi en sus cartas del ashram: «las religiones son como caminos distintos que convergen en un mismo punto. Qué importa que sigamos itinerarios distintos, si llegamos a una misma meta».

Ciertamente la paz sólo puede empezar en los niños, pero a algunos les enseñamos a ser mentirosos compulsivos, o mentirosos de conveniencia, no nos referimos a la «mentirijilla», sino al primar el propio interés sobre la verdad y es que ven esa actitud a su alrededor. La mentira, en muchas ocasiones debe ser más sancionada que la causa que la ha generado.

Las graves y continuadas faltas educativas, las vivencias traumáticas, ocasionan que algunos niños deflecten emociones y sentimientos. Otros jóvenes caen en la indefensión aprendida, la cual aparece cuando la persona cree que los sucesos son incontrolables, que no puede hacer nada para cambiarlos, pues no influye sobre ellos.

Es natural que el trato que se dé a «los reyes de la casa» sea de afecto, cariño, mimo, es comprensible que los abuelos estén para «mal educar» a los nietos, pero tenemos que saber que entre los objetivos de la educación es prioritario el formar para vivir en sociedad y hacerlo democráticamente, sabiendo escuchar, respetar.

Por eso el trato no puede ser entre algodones, sino desde el niño autogobernado, autoposeído, mostrémosle sin miedo que les enseñamos para que se emancipen, hagámoslo desde las cosas que pudieran parecer intrascendentes como la asignación económica, formémosles para que sean responsables ante la toma de decisiones, lo que conllevará su posicionamiento ante la oferta de drogas o su opción para mantener relaciones sexuales.

Y cuando decimos que deseamos familias democráticas, nos referimos a la sumativa de individuos que respetan la intimidad del otro, sea o no niño, claro que hay que saber con quién va, qué le interesa, en qué riesgos puede incluirse pero eso no da licencia para abrir su correspondencia, revisar sus cajones…

A los niños tenemos que intentar enseñarles, la verdad de la vida, las verdades, las utopías, tenemos que mostrarles su capacidad para llevar su vida, en sus propios brazos, no debemos colocarlos ante los acontecimientos sin capacidad de crítica, de iniciativa, no podemos sentarlos ante una televisión que enseña a los niños, que les «muestra» pasivamente sin participación ni esfuerzo, sin diferenciación de estadios, rompiendo el tradicional currículum escolar e impidiendo o dificultando la motivación por lo desconocido, el esfuerzo por aprender mediante la explicación, el estudio, la lectura (algo más costoso que ponerse a ver la TV).

Al fin y no se entienda como cursi, o «pastelito», transmitamos la idea de Rabindranath Tagore: «Yo dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era alegría».

*Defensor del Menor (1996-2001)