Paraisos anónimos

Casi una escuela de padres

«¡ES FÁCIL SER PADRES!»

 

Un título sorprendente, inesperado en estos tiempos. ¿Será cierto? Sus autores son CARLOS GOÑI (colaborar de Arvo) y PILAR GUEMBE. Edita Ariel. Acabamos de recibirlo, con fecha abril 2005. La foto de arriba figura en la portada de libro. “Educar es un ciencia y un arte”, nos dicen. Fascinante.

Las entrevistas con padres suelen acabar con una expresión de desánimo: “¡Qué difícil es ser padres!”. Se trata de una auténtica manifestación de impotencia, cargada de pesimismo, todo lo comprensible que se quiera, pero inaceptable. Los padres no podemos hacerle concesiones al desencanto, sino ilusionarnos con el reto que tenemos entre manos. EL cometido de este libro es darle la vuelta a ese comentario presuntamente inevitable y hacer posible este otro: ¡Es fácil ser padres!

A lo largo de este libro se dan muchas ideas para poder desenredar esos nudos cotidianos, grandes o pequeños, sencillos o enmarañados, que se van liando conforme vamos hilando los cabos de la educación de nuestros hijos, desde que nacen hasta que entran en la pubertad. No pretenden ser sino orientaciones, sugerencias, propuestas, pautas… que funcionan; no recetas infalibles, que no existen. Cada niño, cada niña, es diferente, como también lo son sus circunstancias y sus padres, sin embargo, dada la trascendencia de la tarea no vendrá mal cuando menos, compartir ideas.

Los autores saben por experiencia que la educación no es una ciencia abstracta, por eso cada capítulo arranca con la narración de un caso real, de una preocupación concreta de los padres. Después viene el movimiento de generalización (contexto) mediante el cual circunscriben cada situación en la temática correspondiente. Por último, ofrecen una serie de orientaciones que pretenden hacer más tácil la labor de ser padres.

esfacilserpadres@yahoo.es

Algunos hijos desatendidos y padres desorientados: el arte de educar

 

Javier Urra*

Esos desconocidos: nuestros propios hijos

A veces no conocemos en profundidad el pensamiento y la realidad de sus conductas. Bien es cierto que los hijos en muchas ocasiones no conocen el sentir íntimo de sus padres. No deja de ser una paradoja para quienes no hace tanto éramos jóvenes. Y es que los niños, los adolescentes, son en sí mismos una identidad, no son adultos pequeñitos o un proyecto, tampoco se les debe concebir como angelitos inermes sin imaginación o sin capacidad de obrar mal.

Debemos preguntarnos cómo se está socializando, es decir, cómo va el proceso por el que nace y se desarrolla su personalidad en relación con el medio social. Tenemos que facilitar el vivir con, y para ello se ha de propiciar la inmersión en la cultura, el control de los impulsos, la experiencia en sí mismo, el desarrollo de la afectividad y la motivación de logro.

Somos sabedores de que la infancia busca ser ella misma, desea romper el cordón umbilical con los padres, ser libre, autónoma. Y así ha de ser.

Existen ritos iniciáticos de independencia para mostrarse ante sí mismos y al grupo de referencia que ya son; algunos lo hacen con la ingesta de alcohol, de anfetaminas, con fugas o rotura de objetos o trasgresión de normas. Los tutores hemos de propiciar los pasos iniciáticos adecuándolos a su edad y características (ir a un campamento, viajar por Europa en grupo…), canalizaremos sus impulsos y necesidades, no los cercenaremos. Pero para ello hay que haber ganado su confianza, haber estado a su lado desde pequeños, haberles acariciado con nuestra escucha, ser valorados.

Todo padre debe dedicar tiempo a los hijos, un tiempo que será diario y de calidad. Se puede conocer a los hijos, se puede caminar y disfrutar juntos sin confundir el ser amigos con ser colega, pues los padres han de marcar límites; los niños los precisan. Se cuenta la historia de una niña que por la noche llamaba y decía: «Papá ven», y el papá fue y le dijo: «¿Qué quieres, hija?», y ella no contestó. Al rato gritó: «Papá, ven», y el papá fue y le dijo: «¿Qué quieres, hija?» y ella no contestó; así muchas veces, hasta que al final la niña exclamó: «Que me digas no».

Dar a los niños de todo –juguetes, dinero, objetos- es un error, haremos de ellos unos egoístas y caprichosos. Si a Y es que hay quien constata que tiene hijos en vacaciones –algunos ni eso-. ¿Valoramos suficientemente el ser padres o hay tal falta de reconocimiento como ocurre con las amas de casa? demás no les damos dedicación, nos vivirán como que nos lo quitamos de encima

Tener hijos no es lo mismo que ser padres. La familia educa por «presión osmótica», los niños aprenden de los modelos, no de la crítica destructiva. En el hogar se han de transmitir valores éticos, educar en los ideales, en la no-violencia, en la apreciación de lo distinto, en la reflexión. Hay que retomar la charla, el sentimiento de vecindad, el interesarse por el otro.

Pero es que además de la familia, a la infancia y a la juventud las educan la escuela, las revistas, la música que escuchan, la televisión, el grupo de iguales.

Los amigos pueden servir para socializar o para todo lo contrario, por eso es tan importante conocerlos, conseguir que las amistades sean sanas y duraderas. Y piénsese que los amigos se hacen en las actividades en que participen los hijos, que bien pueden ser de conocimiento de la naturaleza (un verdadero antídoto de otras formas de buscar aumentar la adrenalina) o de viajes en grupo (que enseñan a evitar la endogamia, a valorar la riqueza de lo distinto), en grupos de teatro, de música, de pintura… Hay otro gran amigo que debemos presentarles: es el libro. Pero es que, además, pueden colaborar en las ONG (hoy tenemos una generación de jóvenes solidarios).

Hay que educar en la capacidad crítica para poder defenderse de esos modelos psicopáticos que pueblan las películas de televisión, donde el duro, el vengador, el inmisericorde triunfa y se hace acreedor de lo que le apetece.

Debemos entender a los jóvenes, esforzarnos por comprender sus modas, lo que significan los logotipos de sus camisetas, no podemos quedarnos sordos a sus intereses y emociones.

No se puede delegar la educación a la escuela. Hay que retomar la figura del maestro (hasta económicamente), los padres han de hablar con el mismo y apoyarse mutuamente, no se puede restar autoridad, pues haremos de ellos unos tiranos.

Hay jóvenes que no viven en casa, la utilizan como un hotel, se marchan los viernes y regresan los lunes por la mañana. Hay quien ejerce violencia intrafamiliar, algo, todo ha fallado en la educación.

El laissez-faire es un grave error. Las normas, la sanción, son necesarias, educativas, pero recuérdese que la sanción puede ser en positivo (hacer más y mejor) y nada tiene que ver con el castigo físico.

Es tarea de todos los ciudadanos el educar a los más jóvenes en el respeto, en el autodominio, en valorar el silencio, el arrepentimiento, el conocerse a sí mismos y ponerse en el lugar del otro, es decir, ahondar en la autointrospección y la socialización, el emplear la razón y aprender a ser libres, el valorar lo realmente importante: la persona, el agua, los árboles, el aire, enseñar a disfrutar del patrimonio cultural de nuestros pueblos y ciudades, sentirse partícipes de un aprendizaje, utilizar el sentido del humor.

Tenemos que conseguir que nuestros jóvenes no vivan deprisa, deprisa. Para ello tenemos que autoeducarnos y mirar sin miedo al horizonte. Dice una canción vasca, Txori, Txuria «si yo le cortara las alas, sería mío, no se escaparía, pero… de esa forma ya no sería nunca más un pájaro, y yo quería al pájaro».

Los tiempos están cambiando

Lo dijo Bob Dylan: “Vamos muy deprisa, pero a veces sin rumbo, miramos pero sin recrearnos, oímos pero no escuchamos, no aceptamos la espera y nuestra paciencia disminuye”.

Los padres sienten que es cada vez más difícil que sus mensajes lleguen a los hijos, pues la competencia es atroz.

Los progenitores hemos de estar disponibles, pues niños y jóvenes buscan “estar conectados”. Y entender que el bienestar emocional del hijo desborda el nivel de aprendizaje.

Los padres precisan apoyo, han de poner amor, experiencia, lógica, tener conciencia de esta sublime tarea, pero debe aportárseles técnicas. Ya los alumnos de cursos preuniversitarios debieran ser formados en esa misión, las más trascendente.

Posteriormente se ha de seguir coadyuvando a los padres, que puedan consultar, que reciban respuestas de todo tipo. Al igual que se les remite el calendario vacunal de los hijos, se les ha de proveer de programas educativos, facilitadores de resolución de conflictos (actualizados a una sociedad siempre cambiante).

es que nunca en la historia de la humanidad los niños han recibido tantísima información sin pasar por el filtro de los adultos.

Hay que enseñar a los padres la necesidad de que eduquen en la comprensión empática, en el razonamiento, para que transmitan seguridad, motivación y estímulo a sus hijos. La familia es un termómetro del sistema, su fracaso anticiparía un desbarajuste general.

Hay que educar con amor, humor y respeto, transmitir confianza y responsabilización, dar libertad dentro de unos límites razonados.

Utilizar las estrategias educativas elegidas por los padres como antecedentes y no consecuentes de las conductas de sus hijos.

Imponer disciplina, que significa enseñar, no estar constantemente castigando. No olvidemos sin embargo que los adolescentes (y el resto de los humanos) precisan normas, para sentirse seguros.

Transmitir a nuestros hijos que tienen una responsabilidad social y han de realizar acciones en favor del mundo (no sólo del más próximo).

Ser padres

“Sois los arcos mediante los cuales vuestros niños como flechas vivientes, son disparados” (Khalil Gibran)

Por eso ser padres, supone saber educar, lo que se requiere es amor, lógica, técnica, arte y conocimiento. No es fácil, pero no es imposible.

Es un acto ininterrumpido, pues, para educar bien a los hijos, hay que educar bien a los padres, es un gesto continuado de generosidad, pues se debe amar sin intentar poseer.

Ser padres es un alarde de optimismo, de confianza en los otros, de conocimiento positivo de sí mismos. Es incentivar la libertad de los pequeños, ejerciendo con responsabilidad la propia. Es buscar ser, siendo, pensar y actuar en búsqueda de una mejoría diaria.

Ser padres es asumir que se educa en todo momento, más con los actos que con la palabra, que la educación es el combustible del alma, que se precisa autoeducarse en el altruismo, autocontrol y autodisciplina, que hay que enriquecer la competencia emocional.

No deseo en estas líneas dar unas píldoras pedagógicas, pues nada se aprende realmente, si no se compromete la propia persona. Y además lo importante –creo- no es aprender muchísimo, sino lo útil, lo esencial, lo positivo, lo que le acerca a ser una mujer o un hombre completo, es cierto que sólo a través de la educación se alcanzan esas cotas emocionales y racionales, por eso se precisa la disciplina, pues viene de «discere», aprender, algo muy opuesto del erróneo «laissez-faire», dejar hacer.

Estaremos de acuerdo, en que un hombre es la sumativa de sus actos, y coincidiremos con aquél Noble español del sigo XVII, que puso en la inscripción de su escudo: «Mis hechos, no mis abuelos, me han de llevar a los cielos».

Tenemos que erradicar las enfermedades biográficas, heredadas, hemos de conformar el currículo de nuestros niños, con los latidos de nuestro corazón, sabedores de que como dijo Montaigne, «el niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender». Es cierto, un niño, si posee los mínimos puede llegar muy lejos, si le implantamos los medios, ¿no puede volar una mosca a 10.000 m., si la introducimos en un avión?

Ahora bien, el joven, que no se dude, debe ser indócil y rebelde, debe aprender «la parábola de la paloma que creía que sin la resistencia del aire volaría con más libertad. Pero esa resistencia es, precisamente, la que le mantiene en vuelo» (Kant).

Resulta alegremente constatable que las familias hoy son más democráticas y simétricas, en cuanto a ostentación de poder y responsabilidad, buscan además una más pronta autonomía personal de los hijos, no siempre conseguida.

Y sin embargo, en ocasiones se confunde la tolerancia con la permisividad, hemos generado una sociedad de padres «light», que no quieren asumir el rol de autoridad, que exigen del Estado una adopción de un papel tuitivo y castrador de derechos.

Derechos para los niños, todos, pero educándoles en el respeto, la autoresponsabilidad, habiéndoles motivado para el acceso escolar, posibilitándoles la adquisición de los mínimos de atención, escucha, que les facilite ulteriores adquisiciones.

No se olvide a lo largo de la vida, que científicamente hemos constatado que la familia es la institución primaria de socialización más reconocida por los jóvenes. Tan es así, que la transmisión de valores educativos se queda en un diálogo de sordos, cuando el joven no encuentra elementos adecuados para adaptar a su realidad cotidiana esos valores que recibe. Y es que al final, un maestro puede llegar a enseñar, pero se precisa a un alumno que realice el difícil acto de aprender.

Algo importante falla. Si preguntamos a los niños, nos dirán que no son suficientemente escuchados ni queridos. O llevan razón, o les hemos enseñado sólo a exigir y reclamar.

Hemos de mostrar a los niños, nuestra entrega y que poseemos debilidades humanas, inevitables y muy humanas.

Tenemos que transmitirles sin decirlo, la sensibilidad en carne viva, conscientes de que sin amor todo chirría. La justicia es vindicativa, la norma artrósica, la ayuda egoísta, la disponibilidad ficticia, la inteligencia fría, la responsabilidad estricta, la dignidad inalcanzable, la fe fanática, la simpatía hipócrita, la sonrisa helada.

Tenemos que erradicar la patética falta del sentido del humor, debemos rescatar y exaltar la cotidianidad como una parte de nuestra vida, y en lo posible conversar con los antecesores, antiguos griegos, que tanto sabían de práctica pedagógica.

Importante será lo que enseñemos, pero más el gusto que transmitamos por aprender.

Y en lo posible

«¡Castigar nunca! a tu niño nadie le debe castigar Nunca. Sería un crimen, un holocausto. Nadie le debe castigar. Ni Dios lo hace. A tu niño, se le puede reprender. Pero, sólo quien le quiere tal como es, quien le quiere a fondo perdido. Tu niño -semillero soterrado, roto bajo la nieve paradójica- aflora y florece por tu pupila cálida». (Antonio Beristain)

En conclusión, la relación de padres y madres, respecto a sus hijos debe ser de amor y enseñanza a la par.

No podemos, ni hemos de olvidar, que nacemos del amor físico y emocional de las personas de sexo distinto, que ambas figuras –paterna y materna- son esenciales para la más correcta maduración psíquica, en cuanto a identificación de valores sexuales.

Por eso, hay que educar que el sexo no es sólo contacto físico –con serlo y muy grato- que hay y debe haber respeto y sentimientos recíprocos.

La familia debe ser protegida por el Estado y específicamente a quienes puedan tener hijos (familias heterosexuales), esta mayor protección lo ha de ser, en cuanto es un derecho del más vulnerable (el que nace). Hemos de distinguir entre familias y parejas (sean, o no, de hecho).

Todo se aprende

Por eso tenemos que aprender y posteriormente enseñar a contemplar, a percibir la realidad.

Hay que transmitir el amor a la Tierra, como ama el recién nacido el latido del corazón de su madre.

Hay que inculcar a nuestros hijos, que el suelo que está bajo sus pies tiene las cenizas de nuestros antepasados.

Hay que educar en el afecto, la tolerancia, la empatía, ésta es la auténtica prevención y administrar capacidad para planificar, para demorar los impulsos.

Hay que enseñar a labrar el propio ser con amor, sembrándolo de generosidad.

Hay que transmitir una fundada sospecha de la perduración de las cosas, algo con lo que convivimos, pues cuando se nos mueren los nuestros, anticipamos nuestra propia muerte.

Hay que domar el sentido de la vida, incluyendo un componente vital, como es la espiritualidad y es que en muchas existencias humanas se detecta el brote o la revolución mística.

En todo caso el hombre debe trascender de sus limitaciones y miserias, debe dar un sentido longitudinal pero también vertical a su «nacer, crecer, desarrollarse, reproducirse y morir».

Una opción personal es la de formar parte de una religión, recordando lo que dijo Mahatma Gandhi en sus cartas del ashram: «las religiones son como caminos distintos que convergen en un mismo punto. Qué importa que sigamos itinerarios distintos, si llegamos a una misma meta».

Ciertamente la paz sólo puede empezar en los niños, pero a algunos les enseñamos a ser mentirosos compulsivos, o mentirosos de conveniencia, no nos referimos a la «mentirijilla», sino al primar el propio interés sobre la verdad y es que ven esa actitud a su alrededor. La mentira, en muchas ocasiones debe ser más sancionada que la causa que la ha generado.

Las graves y continuadas faltas educativas, las vivencias traumáticas, ocasionan que algunos niños deflecten emociones y sentimientos. Otros jóvenes caen en la indefensión aprendida, la cual aparece cuando la persona cree que los sucesos son incontrolables, que no puede hacer nada para cambiarlos, pues no influye sobre ellos.

Es natural que el trato que se dé a «los reyes de la casa» sea de afecto, cariño, mimo, es comprensible que los abuelos estén para «mal educar» a los nietos, pero tenemos que saber que entre los objetivos de la educación es prioritario el formar para vivir en sociedad y hacerlo democráticamente, sabiendo escuchar, respetar.

Por eso el trato no puede ser entre algodones, sino desde el niño autogobernado, autoposeído, mostrémosle sin miedo que les enseñamos para que se emancipen, hagámoslo desde las cosas que pudieran parecer intrascendentes como la asignación económica, formémosles para que sean responsables ante la toma de decisiones, lo que conllevará su posicionamiento ante la oferta de drogas o su opción para mantener relaciones sexuales.

Y cuando decimos que deseamos familias democráticas, nos referimos a la sumativa de individuos que respetan la intimidad del otro, sea o no niño, claro que hay que saber con quién va, qué le interesa, en qué riesgos puede incluirse pero eso no da licencia para abrir su correspondencia, revisar sus cajones…

A los niños tenemos que intentar enseñarles, la verdad de la vida, las verdades, las utopías, tenemos que mostrarles su capacidad para llevar su vida, en sus propios brazos, no debemos colocarlos ante los acontecimientos sin capacidad de crítica, de iniciativa, no podemos sentarlos ante una televisión que enseña a los niños, que les «muestra» pasivamente sin participación ni esfuerzo, sin diferenciación de estadios, rompiendo el tradicional currículum escolar e impidiendo o dificultando la motivación por lo desconocido, el esfuerzo por aprender mediante la explicación, el estudio, la lectura (algo más costoso que ponerse a ver la TV).

Al fin y no se entienda como cursi, o «pastelito», transmitamos la idea de Rabindranath Tagore: «Yo dormía y soñaba que la vida era alegría. Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el servicio era alegría».

*Defensor del Menor (1996-2001)

¿Cómo trabajar con niños con déficit de atención?

 

Son niños que no se mueven en exceso, muchas veces se trata de todo lo contrario, pues son poco activos y lentos.

Clavé Psicopedagogos

Dentro del Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDA-H) existen tres subtipos que se diferencian por los síntomas más característicos de cada uno de ellos:

- El trastorno por déficit de atención con hiperactividad de tipo combinado, en éste grupo están los niños que muestran ambos síntomas de forma clara, tanto los problemas de atención como el excesivo movimiento.

- El trastorno por déficit de atención con hiperactividad con predominio del déficit de atención.

- El trastorno por déficit de atención con hiperactividad con predominio hiperactivo-impulsivo.

Con esta clasificación se sigue funcionando para poder dar un diagnóstico y un tratamiento adecuados a los niños que sufren de TDA-H. Sin embargo, hace ya algún tiempo que tanto padres como profesionales, creen en la necesidad de cambiar los términos para dar cabida a niños que no encajan en ninguno de los subtipos acordados para el TDA-H.

Son niños que no se mueven en exceso, muchas veces se trata de todo lo contrario, pues son poco activos y lentos. Pueden pasarse largos ratos sentados tranquilamente realizando sus actividades favoritas y no tienen problemas para terminar algunas de sus tareas. No son impulsivos, pero sí despistados y distraídos. En general todo lo hacen con lentitud, incluso el responder en clase.

Son mejor aceptados por sus iguales que los niños típicamente hiperactivos pues no son conflictivos normalmente. Pueden, sin embargo también mostrar dificultades a la hora de relacionarse y hacer amigos. Muestran torpeza en su autonomía y retrasos en el aprendizaje de la lectura, la escritura y las matemáticas por lo que pueden llegar a sufrir fracaso escolar.

La diferencia de estos niños inatentos con los niños hiperactivos con predominio de déficit de atención está en sus problemas atencionales principalmente. Los niños con TDA-H tienen dificultades para sostener su atención, pueden centrarla pero no pueden mantenerla durante el tiempo necesario para poder realizar sus tareas escolares con éxito. Esto se une a su impulsividad, a su movimiento descontrolado y a su carácter normalmente conflictivo. Los niños inatentos pueden mantener su atención durante largos períodos de tiempo, lo cual es favorecido por su falta de impulsividad y movimiento, pues como se ha dicho, son lentos y poco activos. Su problema atencional no se refiere a la cantidad de su atención (en cuanto al tiempo que pueden mantenerla), sino a la calidad de la misma. Lo que les impide rendir óptimamente en la escuela es su incapacidad de focalizar su atención, de poder ver los detalles importantes y dejar de lado los supérfluos.

Son niños que se les ve a menudo absortos y distraídos, o apáticos y poco interesados. Tardan más que sus compañeros en comprender las explicaciones de los profesores y les cuesta organizar su atención de modo que puedan saber qué pasos han de dar para realizar sus tareas con eficacia.

El hecho que primero llamó la atención sobre la diferencia entre niños inatentos y niños con TDA-H, fue su diferente respuesta a la medicación que habitualmente se administra a los niños con este trastorno. Los niños hiperactivos se calman y consiguen mantener su atención con psicoestimulantes (metilfenidato). Los niños inatentos, sin embargo, no mejoran con este tipo de fármacos. Aún no existen suficientes estudios para saber con certeza si el nuevo medicamento recetado a niños con TDA-H (atomoxetina) y que, en lugar de ser un psicoestimulante es un antidepresivo, resulta efectivo en los niños inatentos.

Por estas razones, el único tratamiento oficialmente aceptado como beneficioso en niños inatentos es el trabajo cognitivo realizado por psicopedagogos que entrenan al niño para trabajar con su atención de forma más efectiva.

El TDA-H es un trastorno 3 ó 4 veces más común en niños que en niñas. Pero esto no parece ser así en el caso de los inatentos, donde se ven muchas más niñas que en el grupo de los hiperactivos. Todavía no existen datos suficientes para conocer los porcentajes de niñas inatentas con respecto a los niños.

Lo que sí que es un dato a tener en cuenta es el porcentaje de niños inatentos que se estima existen entre la población infantil. Los hiperactivos representan un 3% de nuestros niños. ¡Los niños inatentos un 13%!. Esto supone que si hay posibilidades de tener uno o ningún hiperactivo en cada aula de 25 niños, es posible llegar a contar con 2 ó 3 niños inatentos por aula… Una proporción realmente alarmante y que los educadores no debemos olvidar…

Orientaciones para el trabajo del TDAH en el aula

A partir de nuestro trabajo para la realización de la charla sobre TDAH y adaptaciones curriculares, elaboramos a partir de diferentes fuentes una serie de orientaciones que consideramos se deberían tener en cuenta en el abordaje del TDAH en el aula.

Ciertamente el trabajo del TDAH en el aula no es tan difícil si realmente se conoce como se debe realizar, aquí os proponemos una serie de pautas, organizadas por bloques:

DIDÁCTICA

Órdenes precisas y claras y en un lenguaje positivo.

Asegurarse realmente de que la instrucción o mensaje se ha entendido.

Explicaciones en clase que resulten motivadoras, dinámicas y que permitan la máxima participación del alumno.

Utilizar diferentes registros.

Repetición de instrucciones por parte del profesor.

Mantener contacto visual.

Evitar exceso de estimulación.

Explicar al niño lo que se espera de él.

Ser concretos en las demandas, si hace falta individualmente.

ORGANIZACIÓN DEL TRABAJO

Tener ordenado y organizado su espacio de trabajo (dar un tiempo diario si hace falta)

Supervisión frecuente por parte del adulto.

Organizar los horarios y posarlos en un sitio visible.

Utilización de la agenda para mejorar la organización personal y al mismo tiempo comunicación escuela familia.

ENTORNO DE AULA

Evitar estímulos distractores que estén situados cerca del alumno (murales, ventana…) Ubicación en la clase en las primeras filas.

Anticipar los cambios.

Ofrecer un entorno estructurado, con recordatorios, repeticiones …

TRABAJO / ACTIVIDADES.

Combinar cortos periodos de atención con acción manipulativa.

Combinar diferentes formatos o tipo de actividades.

Dar más tiempo para la realización de las actividades.

Actividades cortas y secuenciadas, contemplando la posibilidad de que pueda moverse pasado un tiempo determinado.

Actividades ajustadas a sus capacidades.

Reducción de las actividades:”menos se más”

Permitir ratos y momentos de descarga física (por ejemplo participando en las rutinas o encargos de clase)

Permitir los movimientos del niño que no molesten al trabajo propio y ajeno.

Material atractivo, con predominio de contenido visual.

Estrategias de reflexión (Técnica STOP: paro, miro, decido, sigo, repaso)

EVALUACIÓN

Adaptar las estructuras y el formato del examen.

Destacar en el enunciado de las preguntas la palabra clave.

Reducir el número de preguntas.

Evaluación continuada dando importancia a la evaluación oral y al proceso.

Dar más tiempo para la realización de pruebas escritas.

Fijarse más en la calidad de la tarea que en la cantidad.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2008-04-19

Transmitir lo importante en casa

 

En tiempos pasados, la fe estaba íntimamente unida a la vida diaria, de manera que entre ambas no había frontera. Así, pues, la transmisión de las creencias se llevaba a cabo de forma natural a través de la rica vivencia familiar.

El padre Tomás Morales, jesuíta formador de laicos, que estuvo unos años en Badajoz, con su peculiar estilo austero, recoge en su obra “Laicos en Marcha” la siguiente anécdota: “Quirófano de un hospital. Operación peligrosa a una niña de corta edad. El cirujano le dice que empiece a contar. ¿Para qué?, pregunta. Para que te duermas. La niña: Entonces, rezaré como todas las noches. Y lentamente comenzó a decir el Ave María. Días adelante el médico comentaba: Después de muchos años, ante aquel ejemplo, volví a rezar. Y como yo, con lágrimas en los ojos, todos los que me ayudaban”. La anécdota no es sino el compendio de la fe transmitida y vivida en el seno de la familia. La oración fue el Ave María, como pudo ser el “Jesusito de mi vida”.

A simple vista

No hace falta ser muy observador para darse cuenta de que esto ha cambiado. Hace unos años, un compañero me decía que había elegido un prestigioso colegio para sus hijos “porque allí los educan muy bien”. Esta opinión se extendió desafortunadamente durante una época que, creo y deseo, está hoy ampliamente superada. Pero ha dejado huella en muchos padres, y su cicatriz aún muestra algunas tendencias actuales a ceder en otras instituciones la transmisión de lo importante y, peor aún, en dejarse seducir por propuestas “educativas” desquiciantes por parte de la Administración pública.

Si fuéramos conscientes de la radical importancia de lo que llamo “la transmisión de lo importante” me atrevería a decir que en gran medida, agentes formativos tan adecuados, apreciados y, sin duda, imprescindibles hoy, como son los catequistas, no serían necesarios al menos durante la catequesis de iniciación del niño, pues habría sido “transmitida” por la madre, el padre, los hermanos y hasta los abuelos.

“Porque en estas vivencias amasamos ternura” decía Isabel Mairal en una ponencia de “La Familia a Debate”, organizada por la CONCAPA en 1994, Año Internacional de la Familia. La infancia es etapa de aprendizaje a través de la ternura, imprescindible en el ser humano. Pocos sitios indicados para ello como la familia, en donde “aprendemos día a día, a dar y a recibir sin pasarnos factura de las ganancias o las pérdidas… y en donde la autoridad es entendida como servicio”.

Autoridad como servicio

Solo en una sociedad basada en el amor es posible entender la autoridad como servicio. El momento de decir ¡no! a nuestros hijos es duro muchas veces. Pero cuando se dice, hay que mantenerlo… con amor, que es lo que hace funcionar el sistema. “La acción de Dios inunda el alma sin apenas advertirlo, como un susurro… con un movimiento tan suave como el de una fuente tranquila”, decía don Luis Zambrano (Antorcha, 31) de la Providencia divina. La “providencia familiar” ha de ser la base de nuestra educación, un susurro que permite que lo esencial cale en profundidad. ¿Quién sabe cuándo surgirá la semilla sembrada? Lo digo por esos padres y madres en dificultades graves para educar a sus hijos en plena rebeldía adolescente. No tengamos miedo al fracaso. Ese temor es el monstruo latente que bloquea gran parte de nuestras iniciativas. ¿Estoy educando correctamente? ¿Soy demasiado severo? ¿Demasiado blando? A veces los padres no tenemos altura de miras para captar lo que hay más allá de nuestros ojos, en la profundidad del corazón del hijo. Quisiéramos acortar y allanar su camino de lucha, que es camino propio y exclusivo de él y, así, verlo siempre radiante de “felicidad” y apaciguado… y eso no es la realidad.

Aprovechemos el tiempo de verano. Aunque parezca lo contrario, ellos necesitan de nuestra presencia, no de nuestros sermones. Presencia constante y siempre abierta a la respuesta prudente; tal vez al silencio de la escucha paciente. Generalmente nos interpelará en el momento más inoportuno, pero cuando surge, la confidencia del joven es única e irrepetible: tal vez no habrá una segunda oportunidad. Y que conste que lo digo por propia experiencia.

Juan Santiago Garrido Moreno

www.iglesiaencamino.com

Juegos educativos

 

Los niños no necesitan juguetes educativos costosos para aprender. Lo que ellos necesitan es que sus padres compartan enseñándoles como sus mejores y primeros maestros.

Aquí hay algunas sugerencias para hacer el aprendizaje más divertido:

Escoja el momento apropiado, no cuando su niño está cansado, con hambre o cuando usted está enojado.

Juegue por períodos cortos de tiempo, para los más pequeños de 10 a 15 minutos es un tiempo razonable.

Elimine distracciones, apague el televisor y guarde los juguetes.

Felicite a su niño con un abrazo, una sonrisa o un beso.

Sea flexible, quizá su niño encuentre una nueva y divertida manera de aprender juegos educativos.

Experimente algunos de estos juegos educativos con su hijo:

Cerrando sus ojos

Pídale a su niño que lo vea a usted cuidadosamente y luego que cierre sus ojos. Mientras él tiene los ojos cerrados, pregúntele qué color de camisa está usted usando. Modifique el juego haciendo preguntas acerca de la habitación o una fotografía. ¿Qué cosas recuerda su niño? Deje que su niño tome un turno y sea usted quien trate de recordar. Este juego ayudará a desarrollar la memoria de los niños y en el futuro les ayudará con las matemáticas y a aprender a leer.

Detective

Mientras usted se mueve dentro de la habitación y hace un sonido como “muuu”, pídale a su niño que cierre sus ojos y trate de localizarlo. El debe indicar el lugar en donde usted se encuentra y entonces él podrá abrir sus ojos. Asegúrese de tomar turnos con su niño. Buenos oídos resultan en buenos lectores.

Punto a punto

En una hoja de papel dibuje líneas de puntos. Tome turnos con su niño dibujando una línea entre cada dos puntos, para arriba y abajo, de derecha a izquierda, o viceversa (en algunos países se llama totito). El objetivo de este juego es hacer cuantos cuadrados como sea posible. Cuando su niño cierre un cuadrado, ponga las iniciales de él dentro de éste cuadrado. Cuando todos los cuadrados estén completos, la persona con la mayoría de cuadrados gana el juego.

Adivina lo que estoy haciendo

Haga mímicas o gestos y represente algo que su niño pueda adivinar, tal como cepillarse los dientes, marcar un número en el teléfono, o hacer un emparedado. Haga cosas simples que ya son conocidas por su niño. Tome turnos. Los niños disfrutan actuando y pretendiendo cosas. Ellos disfrutarán viendo a mamá y papá haciendo mímicas y gestos y los padres se divertirán con este juego también.

Clasificando los Cubiertos

Mientras usted lava los platos, deje que su niño guarde los cubiertos. Los niños disfrutan clasificando y también les gusta imitar y ayudar. Muéstrele a su niño en que lugar se guardan las cucharas, los tenedores y los cuchillos. Asegúrese de felicitarlo cuando él los ponga en el lugar correcto.

Estas ideas fueron tomadas de diferentes libros: “Playing Smart” (Jugando Inteligentemente) escrito por Susan K. Perry, Free Spirit Publishing, Minneapolis, MN. 1990; “You and Your Small Wonder” (Usted y su Pequeña Maravilla) por Merle B. Karnes, American Guidance Services, Circle Pines, MN. 1982; “Games for Learning” (Juegos para Aprender) por Peggy Kaye, Noonday Press, New York, 1991.

Preparado por Rebecca Douglas, Educadora de Extensión, Vida Familiar.

Adaptado al Español por German Cutz, Especialista en Programas de Extensión en Español. Extensión de la Universidad de Illinois.

lafamilia.info

CAMINANTE NO HAY CAMINO

los hijos ven… a sus padres

Manejo de conflictos, aprendizaje para vivir mejor

 

Las personas efectivas no se orientan hacia los problemas, sino hacia las oportunidades. Stephen R. Covey

Es propio de la interacción humana las diferencias, el choque de opiniones y el contraste de criterios. El conflicto es inherente a las personas y cuando se evita a toda costa se está cerrando una gran oportunidad de aprendizaje y mejora, entre otras cosas. De otro lado, cuando al conflicto no se le da el tratamiento adecuado, causa bastante daño y en lugar de construir, puede destruir intensamente, muchas veces ocasionando daños irremediables. Así pues, se debe aprender a enmarcar el conflicto dentro de un debate respetuoso, compuesto de argumentos de peso, para finalmente alcanzar una negociación de ganar-ganar.

Siendo el conflicto una realidad cotidiana, se convierte en una necesidad comprender su dinámica y la forma de resolverlo de la manera más asertiva posible.

El conflicto en las relaciones humanas

En cualquier ámbito de desarrollo de la persona -social, laboral, familiar, matrimonial- se van a presentar contrariedades, por el solo hecho de que somos seres únicos, en donde cada quien tiene un modo diferente de ver y afrontar las situaciones. Por esto mismo, hablar de un estado nulo de conflictos, es una utopía.

Evitar totalmente el conflicto tampoco es una solución sana. El ser humano necesita expresarse, pues cuando se represan los sentimientos, tarde o temprano saldrán a la luz y hay bastantes probabilidades que cuando esta carga emocional explote, no se exteriorice de la manera más adecuada.

No obstante, a sabiendas de la importancia de su manejo, algunas veces las cargas emocionales negativas dominan las situaciones y hacen que se torne en una guerra de intereses que deteriora la relación y afecta notablemente a sus implicados. Cómo hacer para no llegar a este punto crítico, es la clave. Las siguientes reglas de oro, facilitan herramientas para afrontar los conflictos de la mejor forma:

Reglas de oro para el manejo de conflictos

Respeto y más respeto: este valor es definitivo en el contexto del conflicto. Cuando se falta al respeto, ya sea con gritos, insultos, malas palabras, acusaciones fuertes, etc. difícilmente se llevará a un buen término la negociación.

La forma de decir las cosas: es un complemento del punto anterior. La mayoría de las veces, la forma determina el cauce del conflicto.

Escucha activa y permanente: en ciertas ocasiones es tanta la ira que la persona no se permite escuchar, cuando es aquí donde más se necesita prestar atención a los sentimientos del otro.

Validar al otro: demostrar que está escuchando, que lo respeta, que le da la importancia que merece, aunque no esté de acuerdo con él/ella o no comparta su misma teoría.

Autocontrol: dentro del conflicto es posible que aparezcan elementos como la rabia, la soberbia, el orgullo, el egoísmo… los cuales sesgan la información, entorpecen la comunicación y dificultan el hallazgo de las soluciones.

Actitud flexible: no cerrarse ni negar las posibilidades de abrir el horizonte. No todas las veces se tiene la razón y habrá que reconocer que hay que mejorar en ciertos puntos débiles.

El momento adecuado: algunos conflictos no surgen espontáneamente sino que existe una predisposición o alguna clase de planeación. De ser así, se tendrá que elegir el momento en que las partes se encuentren en estado de tranquilidad, recordemos que los períodos emocionales alterados no son los precisos para llegar a un acuerdo.

Proponer y buscar soluciones: de un conflicto siempre deben surgir soluciones, pues de lo contrario no se logrará sanar el problema de raíz y lo más seguro es que se vuelva a repetir.

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