La belleza de verlos crecer

Educar bien

Este nuevo spot de la agencia de inversiones surafricana Allan Gray sobre la conveniencia de no precipitarse ni actuar sin medir las consecuencias es una buena imagen de cómo la generación actual de padres trata de que sus hijos no caigan en sus mismos errores.

Padres: el ejemplo vale más que mil palabras

¿Cómo exigir algo a los hijos, cuando los mismos padres hacen todo lo contrario? El mayor deseo de un padre, es que sus hijos sean personas rectas e íntegras, por eso las incesantes enseñanzas sobre valores y virtudes, las cuales requieren ser reforzadas con grandes dosis de buen ejemplo, de lo contrario, será difícil que los hijos interioricen las normas o acaten los llamados de atención.

Aprendizaje por imitación

Todo proceso educativo se encuentra constituido por una parte de comunicación verbal y otra de no verbal. Ambas igualmente importantes, pues una sirve de soporte a la otra y viceversa. Así surge el aprendizaje por imitación, una de las vías más utilizadas por el cerebro humano durante las primeras edades.

El niño hace un permanente y exhaustivo trabajo de observación de lo que a su alrededor se encuentra, sea positivo o negativo, para luego repetir la información que ha absorbido; de ahí que el buen o mal ejemplo de los padres sea tan determinante.

Predicar con el ejemplo

El ejemplo es la conducta que sirve de modelo para que otros asimilen una lección. Es la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, su gran influencia en la transmisión de normas y valores, lo convierten en una de las claves de la formación de los hijos. Su efecto es tan arrollador, que puede echar al piso todas las buenas intensiones de un solo tiro.

Una situación cotidiana de cualquier familia, puede ser aquella cuando se presenta rivalidad entre hermanos, en la que los padres deben intervenir y darles a sus hijos una plática sobre el buen trato que debe haber entre ellos. No obstante, estas palabras caen en saco roto, cuando una vez culminada la conversación, los padres se agreden e irrespetan entre sí.

Por tanto, poco o nada sirven las charlas y sermones que no van de la mano de actos acordes a lo que se predica. Los hijos necesitan ver en sus referentes principales –los padres-, modelos que sirvan de inspiración, para poder así validar las enseñanzas que se les brindan. Cuando esto no sucede, se despierta en los chicos una postura crítica y/o rebeldía, debido a que no hallan relación alguna entre lo que se les reclama y lo que observan.

De esta manera, se dice que enseñar mediante el ejemplo, puede implicar mayor esfuerzo por parte de los educadores, ya que hablar es relativamente fácil, de cierta forma las palabras son “libres”, pero los actos no.

Tampoco ha de presumirse que los padres sean seres perfectos, ajenos a las equivocaciones. La misión del ser humano es buscar su propia realización personal sin percatarse de que otros lo tengan en la mira, es más una cuestión de rectitud. Lo mismo sucede con el ejemplo que se le debe proveer a los hijos, no se hace para que ellos crean que sus padres son superhéroes, sino para que imiten las bondades que los llevarán a actuar y proceder positivamente ante diferentes situaciones que la vida los pondrá a prueba. De otro lado, también es muy sabio aceptar los errores y disculparse ante los hijos, además hacerles expresa la decisión de remediar la falta. Esto les enseña el valor de la humildad y en ningún momento se ve perjudicada la autoridad.

10 puntos en los que los padres deben dar ejemplo

El buen ejemplo es el gran aliado de los padres a la hora de emitir conceptos y enseñanzas, para ello Francisco Gras, autor de Micumbre.com propone los siguientes puntos:

1. En el cuidado, respeto y cariño demostrado a sus padres (abuelos).
2. En las exquisitas relaciones con su esposa e hijos.
3. En su comportamiento de visión y liderazgo familiar, religioso y social, a plazo corto, medio y largo.
4. En su comportamiento con los amigos y con la sociedad.
5. En su comportamiento cívico al respetar las leyes y las costumbres de donde se vive.
6. En su comportamiento religioso, poniendo por delante en su vida, las prácticas religiosas y el ejercicio de las virtudes y valores humanos.
7. En su continua formación humana, profesional e intelectual.
8. En el mantenimiento responsable de su salud.
9. En su entrega al prójimo.
10. En la forma de hacer negocios o cumplir con sus obligaciones laborales y profesionales.

Fuente:lafamilia.info

Gracias: psicología de la gratitud


08-11-2010

Dar, pedir y recibir son tres verbos que conjugamos con frecuencia. Pueden ser también la expresión de tres aprendizajes que nos conviene adquirir a lo largo de la vida: saber dar, saber pedir y saber recibir. En el ejercicio de mi profesión como psiquiatra me encuentro habitualmente con personas que saben dar, que dan sin dificultad, pero a las que les cuesta mucho pedir. En la vida cotidiana todos conocemos a otros que son ejemplo de lo contrario, pedigüeños inmisericordes que no se cansan de pedir y que no dan ni la hora. Lo normal es, por otra parte, que la persona generosa que sabe dar sea también agradecida y sepa recibir. Gratitud y generosidad suelen ir de la mano, son virtudes íntimamente relacionadas que se complementan, quien sabe recibir con gratitud sabe dar con generosidad.

Saber dar supone no echar en cara, no pasar la factura y no alardear ostentosamente haciendo publicidad a diestro y siniestro de lo dado. Dar ostentosamente es casi peor que no dar. Muy distinto es ese dar sin que tu mano derecha sepa lo que hace la izquierda. Dar sin humillar, sin que el que recibe se sienta pobre y pequeño, dar sin que se note, imperceptiblemente. Ese dar es compartir con alegría. Y, por el otro lado, gratitud es recibir con alegría y compartir esa alegría con el que da. Es saber dar las gracias. Ser agradecido supone haber superado el egocentrismo, ese creer que todo me es debido. La gratitud no es posible sin humildad, el egoísta y el soberbio son desagradecidos porque no les gusta reconocer lo que reciben del otro, y la gratitud es ese reconocimiento. Cuando somos egoístas nos comportamos como esos agujeros negros de los que hablan los astrónomos, que todo lo absorben y no devuelven nada ni tan siquiera la luz que les llega.

La soberbia es la antítesis de la gratitud. Dar a un soberbio puede acarrearnos alguna sorpresa. Un gran amigo octogenario, sabio por formación y más sabio aún por experiencia de vida, me dijo en cierta ocasión hablando de una decepcionante relación con un compañero, ¡qué favor le habré hecho yo a éste para que me trate tan mal! En efecto, uno de los más grandes filósofos, Kant, al tratar sobre la psicología del soberbio advertía de algo en apariencia contradictorio, el ganarnos un enemigo por los favores que hayamos prestado. Y es que el soberbio, el orgulloso en grado superlativo, posee tal amor propio que puede llevar a cabo esa extraña y desgraciada transformación: la ingratitud y el rencor hacia su benefactor. Así pues, habrá que cuidarse del orgulloso al que hayamos hecho un favor.

La generosidad y la gratitud son virtudes y como tales son “excelencias” que no abundan y de las que en general andamos faltos. En un mundo donde casi todo se compra y se vende apenas queda sitio para ellas. Pero no caigamos en el pesimismo, todos conocemos a personas generosas que son agradecidas, que dan sin esperar recibir, que saben, en definitiva, que lo que no se da se pierde. La mayoría, sin embargo, practicamos un trueque, no damos sino que intercambiamos, o damos esperando una recompensa futura, lo cual tampoco es generosidad sino inversión. Dichoso aquel que puede dar sin recordar y recibir sin olvidar, en esta sentencia se encierra la esencia de la gratitud y de la generosidad.

La palabra virtud deriva de la raíz latina vir que significa fuerza y ciertamente todas las facultades que los clásicos llamaban virtudes hacen a los hombres más fuertes y mejores. Además, la felicidad está del lado del bien y por lo tanto de la virtud. Ser generosos y agradecidos nos hace en definitiva más felices. La cuestión es si se nace o se hace, si se es por naturaleza o se puede adquirir, si es cuestión de genética o de educación y aprendizaje. Probablemente haya algo de cada cosa, a la genética no podemos cambiarla, pero sí podemos hacer por aprender, por educar y educarnos. Hoy parece olvidada una disciplina que cuando era niño formaba parte de las calificaciones escolares, me estoy refiriendo a la “Urbanidad”, algo por cierto muy distinto a la “Educación para la ciudadanía”. La urbanidad no es una virtud sino el aprendizaje de las virtudes, una suerte de ensayo o de práctica. Todos podemos recordar cómo en nuestra niñez, nuestros padres nos repetían con machacona insistencia aquello de “¿qué se dice?”, y nosotros pronunciábamos la palabra “gracias”.

El crecimiento personal en cualquier virtud no es nada fácil sino siempre complicado, y no hay recetas que podamos seguir. Pero, que algo sea difícil no es excusa para no intentarlo. Cada cual acaba siendo experto en lo que practica asiduamente y la generosidad y la gratitud pueden practicarse. Ahora, que somos mayores, podemos tomar consciencia de tantas cosas sencillas que nos pasan inadvertidas en nuestra vida cotidiana y que podrían despertar en nosotros la palabra gracias. Creo que sería un buen ejercicio para todos decir y escuchar internamente esa palabra, “gracias”, seguro que si buscamos en nuestros adentros encontraremos motivos para pronunciarla. Y ese ejercicio es aún más oportuno en tiempos de crisis como los que corren en los que vemos todo tan oscuro, sin reparar en las cosas buenas que poseemos. La gratitud puede volcarse hacia la vida en su conjunto, ¡hay tantas cosas por las que podemos dar las gracias! Así lo hacía Mercedes Sosa cuando cantaba aquella inolvidable canción de Violeta Parra: “gracias a la vida que me ha dado tanto”, todos debiéramos grabarla en nuestro corazón, es un canto lleno de alegría y gratitud.

La gratitud sirve incluso para afrontar lo más difícil de la vida, la muerte de nuestros seres queridos. La muerte que acaba adueñándose de todos y de todo, no puede adueñarse de lo que hemos vivido. El duelo, ese trance irremediable, se acaba cuando llega serenamente la gratitud, que es la alegría por haber tenido, por haber disfrutado de la persona amada. La gratitud no anula el duelo pero hace que lo superemos porque consigue que pasemos del dolor atroz por la pérdida a la dulzura del recuerdo. Por eso decía Epicuro: “Dulce es el recuerdo del amigo desaparecido”. La gratitud es la memoria del corazón.

Fuente: elimparcial.es

El encanto de la vejez

«Al atardecer se levantará para ti una especie de luz meridiana, y cuando creyeres que estás acabado, te levantarás cual estrella matinal. Estarás lleno de confianza por la esperanza que te aguarda»(Job 11, 17-18)

SER ANCIANO implica haber vivido una prolongada existencia, encontrarse al final de un largo viaje, quizá demasiado cansado. La ancianidad es también tiempo de despedidas. Las cosas y los afanes le van dejando a uno. También la gente querida que ha partido antes que nosotros. Con frecuencia, como recuerda Ovidio, se siente el abandono de quienes más nos debían. La ancianidad es antesala natural de la muerte y del juicio divino; antesala, según el plan de Dios, del gozo y descanso eternos. Pero no se puede olvidar que la ancianidad pertenece todavía al tiempo del peregrinaje terreno. Es, por tanto, tiempo de prueba, tiempo de hacer el bien, tiempo de labrar nuestro destino eterno, tiempo de siembra. No puede concebirse la vejez como una época fácil de nuestra vida. A los trabajos propios del peregrinaje sobre la tierra —eso es la vida humana— se suman la progresiva pérdida de fuerzas, la inercia de cuanto se ha obrado anteriormente, los característicos defectos de la vejez contra los que es necesario luchar, los inconvenientes que plantea este siglo nuestro tan inhumano.

Es inevitable envejecer; pero no se puede ser buen anciano —y son tan necesarios— sin mucha gracia de Dios y sin una continua lucha personal. Por ello, la vejez, que es tiempo de serena recogida de frutos, puede ser también tiempo de naufragios. Se atribuye al general De Gaulle esta descripción amarga de la ancianidad: «La vejez es un naufragio.» La frase debe calificarse en ocasiones como de muy justa. No es sólo un naufragio de las fuerzas físicas o una disminución paulatina de las mismas fuerzas morales: inteligencia y voluntad. Es un naufragio de todo el hombre. Digamos que en la vejez puede revelarse con todas sus fuerzas —y sin piadosas vendas que lo oculten—el naufragio de toda una vida. Tantas veces el estrepitoso derrumbamiento moral de la vejez muestra que se naufragó en la adolescencia, en la juventud, en la madurez. Metido en la corriente de la vida, se intentó almacenar, como el cocodrilo, las pequeñas piezas cobradas en sórdidas cacerías, y el paso del tiempo lo único que hace es difundir su olor a podrido.

En oposición a la adolescencia —que es tiempo de promesas y de esperanzas, tiempo en que el ensueño desdibuja los perfiles de las cosas y de las acciones—, la ancianidad es tiempo de recuento, de verdad desnuda, de examen de conciencia. Y aquí radica no poco de su utilidad y de su grandeza. Digamos que la misma debilidad de la vejez es su mayor fuerza y, a una mirada cristiana, uno de sus principales encantos.

Y no es que sea aceptable la concepción heideggeriana del hombre como un ser-para-la-muerte, un ser que alcanzase su realización en la propia destrucción. Quédese esto para quienes conciben al hombre como un ser vomitado con la amargura de quien se cree hijo del azar y no de una omnipotente y amable sabiduría creadora. E1 hombre no es fruto del azar. Su misma estructura material ha sido delineada por la sabiduría amorosa del Creador; infundióle Dios un alma inmortal, capaz de conocer y de amar trascendiendo lo efímero, capaz de desear una vida y un amor eternos. El hombre fue creado para vivir, y no para envejecer o morir.

Y. sin embargo, la misma debilidad de la vejez —que es un mal, en cuanto que es carencia de vida— es su mayor fuerza. Lejanos ya los sueños de la adolescencia y los delirios de la juventud, el anciano puede enfrentarse a la verdad con una sobriedad y con un realismo superiores a los de las demás épocas de la vida. Se hace así más fácil descubrir con una nueva nitidez lo que es importante y lo que es intrascendente, distinguir lo fugaz de lo que permanece. La ancianidad pertenece al ciclo vital humano. Antesala de la muerte, la vejez prepara para el encuentro definitivo con Dios, para ese juicio divino que va a recaer sobre toda nuestra existencia.

La debilidad inherente a la vejez ayuda a despojarse de todo vano afán, de toda estúpida soberbia. Si a lo largo de la existencia el hombre superficial ha podido olvidarse de su humilde origen, de que ha sido hecho, de que es una débil criatura, la vejez le otorga una oportunidad inmejorable para volver al sentido común, a la contemplación de las realidades elementales. La ancianidad facilita el cumplimiento de aquella primera regla del ideal apolíneo —conócete a ti mismo—, expresión que en su sentido inicial quería decir: conoce tus limitaciones, tu condición mortal respecto a los inmortales, para que no te rebeles contra ellos. En definitiva, es buena época la ancianidad para que Dios siga colmando aquel deseo suplicante que formulaba San Agustín: Domine, noverim me, noverim te; que me conozca a mí, que te conozca a Ti, Señor.

La ancianidad es tiempo de recoger frutos y tiempo de siembra. Siendo un mal, Dios la ha permitido, porque de ella pueden surgir bienes superiores. E1 dolor, la soledad, la sensación de impotencia, se convierten —tantas veces— en imprescindible colirio para curar los ojos del alma y abrirlos a las realidades trascendentes. También la ancianidad está bajo la mano providente y amorosa de nuestro Padre Dios.

La medicina divina es enérgica, pero el hombre sigue siendo hombre y libre: puede no aprovecharla. Es posible que quien naufragó a lo largo de toda su vida naufrague también en esta última época, ya cercana la última batalla entre el pecado y Dios, en que se juega la suerte eterna. El proceso de involución, que se inició con el primer pecado y que ha podido irse acelerando —generalmente por la pereza y la soberbia—, puede seguir avanzando, y la egolatría terminar en un lamento estéril por el ídolo caído. Se avanzaría así, casi inexorablemente, hacia el endurecimiento total del corazón, precursor del infierno. Y es que la ancianidad, como toda época de la vida, puede ser bien vivida o mal vivida; pero es una época quizá fatigosa —¿cuál no lo es?—, en la que Dios nos espera, nos asiste, llama a la puerta de nuestro corazón, y en la que tiene más importancia de lo que a veces sospechamos la respuesta de nuestras libres decisiones.

No es la vejez una época vacía o inútil. Es época de lucha ascética, de heroísmo, de santidad. A pesar de la decadencia física, la gracia de Dios rejuvenece el alma con fuerzas sobrenaturales, hacienda la santidad tan asequible como en la adolescencia.

Pero decíamos que, a una mirada cristiana, la ancianidad tiene un encanto especial, como la niñez, la enfermedad o la pobreza. En efecto, si cada hombre es Cristo, los débiles lo son especialmente. Dios, que es misericordioso con todas sus criaturas, siente una ternura especial por las más desamparadas. Los enfermos, los niños, los ancianos son de una forma especial el mismo Cristo que nos sale al encuentro. Resuenan con fuerza eterna aquellas palabras del Maestro en la descripción del juicio final: «Venid, benditos de mi Padre, entrad a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber (…); estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; (…) En verdad os digo, cuantas veces se lo habéis hecho a uno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt. 25, 34-40)

Los ancianos constituyen en realidad una parte importante del tesoro humano y sobrenatural de la humanidad entera. La picaresca de un mundo deshumanizado —precio inherente al ateísmo— se esfuerza en poner de relieve que los ancianos son una carga, subrayando sus defectos. A este triste materialismo hedonista sólo hay un yugo que no le parece insoportable: la esclavitud a placeres desnaturalizados en un frenesí cada vez más insaciable.

No es verdad que los ancianos sean inútiles o constituyan una carga difícil de soportar, aunque a veces su misma debilidad material les convierta en ocasión de que los hombres y la sociedad entera practiquen con ellos la virtud de la caridad en cumplimiento de unas dulces obligaciones que, casi siempre, dimanan de estricta justicia. ¡Ellos, en cambio, aportan tantas cosas con su presencia! Nos dieron mucho, cuando se encontraban en plena fuerza; nos lo dan ahora, en el ocaso de su vida, con su presencia venerable, con su sufrimiento silencioso, con su palabra acogedora. Privar a la humanidad de los ancianos sería tan bárbaro como privarle de los niños. Dios cuenta con los ancianos para el bien de todos nosotros. Ellos son útiles en tantas cosas humanas; son útiles, sobre todo, en el aspecto sobrenatural. Forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y lo enriquecen con su santidad, con su oración, con sus sacrificios. Si ninguna vida es inútil a los ojos de Dios, mucho menos puede serlo la de aquellos que sufren física o moralmente. Estas vidas, en las que se refleja con especial vigor la Cruz de Cristo, adquieren a la mirada divina un relieve y un valor inexpresables.

Los ancianos, vivificados par la gracia de Dios, pueden ejercer ese «sacerdocio real» de que habla San Pedro (1 Pedr 2, 5 ), ofreciendo su vida —unidos a Cristo— como acción de gracias, como impetración, como reparación. La vida, entonces, se ennoblece, y el alma descubre horizontes de universalidad insospechados. Se puede palpar lo certero de esta afirmación de monseñor Escrivá de Balaguer: «Si sientes la Comunión de los Santos —si la vives— serás gustosamente hombre penitente. Y entenderás que la penitencia es gaudium etsi laboriosum —alegría, aunque trabajosa—, y te sentirás aliado de todas las almas penitentes que han sido, y son y serán» (Camino, n. 548~.

Es la vejez tiempo de sufrimiento, tiempo de santidad, tiempo de hacer el bien. Es la vejez, también, tiempo de despedida; y en las despedidas se suelen decir las cosas más importantes. No es la vejez —no puede ser— tiempo de jubilación en lo que se refiere a la ayuda humana y sobrenatural a los demás. Aunque las circunstancias han cambiado, permanecen en su sustancia las mismas obligaciones y los mismos lazos entrañables que fuimos adquiriendo durante la vida. Ningún bien nacido puede recordar a sus padres, ya ancianos, sin conmoverse. Cuando la muerte nos los arrebata, sentimos una irreparable pérdida, nos duele la orfandad, aunque les sabemos en el cielo. No es sólo la sensación lógica de haber perdido la tierra donde hundíamos nuestras raíces; es, por encima de eso, el claro convencimiento de que con ellos se nos ha ido el cariño más desinteresado, de que hemos perdido nuestra mejor custodia. Nos damos cuenta, quizá demasiado tarde, de que, a pesar de su invalidez, eran nuestro mejor tesoro, de que con su presencia nos hacían mucho bien. Nos conforta la seguridad de que, ahora de una forma invisible, nos siguen custodiando desde el cielo, de que conservamos los mismos vínculos, ahora más queridos y beneficiosos. Y nos queda el orgullo de que en ningún momento, ni siquiera en los de su mayor postración, nos fueron inútiles. Su rostro deseado, surcado por las arrugas de tantos sufrimientos, es ahora una de esas pequeñas luces que iluminan indeficientemente la noche de nuestra vida. De su mano —que antaño nos enseñó a andar— y de la mano de Santa María, que es Madre del Amor Hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza (cfr Eccli. 24, 24), podemos aprender —aún en nuestra misma ancianidad— esas lecciones que son las que más importan, las que orientan toda la vida hacia su verdadero centro: hacia esa Hermosura, esa Bondad y ese Poder indeficientes de nuestro Padre-Dios; hacia esa fecundidad del espíritu que no mengua cuando el vigor de la carne muere.

fuente: arvo.net

La importancia de la lectura en los niños

La lectura es la llave prodigiosa de la información, de la cultura, del mundo de la ficción, de la fantasía… Conseguirla no es tan sencillo: está al alcance de todos los niños, pero con condiciones. La colaboración de los padres es necesaria para impulsar el proceso de aprendizaje.

Hay una labor familiar de preparación extremadamente importante antes de que los niños aprendan a leer, y de seguimiento, después. Aunque resulte increíble, se recomienda poner a los niños en contacto con la lectura a partir de un año aproximadamente. Hablamos de cuentos con grandes imágenes y poco texto, que se irán complicando y ampliando a la medida del “lector”.

Merece la pena “perder” el tiempo con los niños leyéndoles y contándoles historias porque los efectos pueden ser muy positivos. A corto plazo esta actividad permite:

1. Enriquecer la relación adulto-niño.

En esta relación mágica, niño-adulto-libro, el padre, la madre son los encargados de maravillar a su hijo con el libro y de descubrirle el mundo sorprendente que guarda. Estos momentos de “lectura” son muy gratificantes, porque están, además, envueltos en afectividad.

2. Familiarizar al niño con los textos.

• Acostumbrándole al objeto: al niño le gusta imitar a sus padres.

• Mostrándole que los pequeños signos negros tienen un significado.

• Haciéndole experimentar la permanencia de la palabra escrita.

Cuando llegue al colegio, la lectura le parecerá una actividad necesaria e interesante.

3. Ampliar y organizar el universo del niño.

Tanto las imágenes como los textos le ayudarán a:

• Conocer el mundo.

• Conocerse a sí mismo.

• Dominar el entorno real.

Los textos le adelantarán, además, futuras experiencias.

4. Desarrollar las capacidades mentales del niño.

• Memoria. El niño podrá contar el cuento que le ha leído, siguiendo las imágenes.

• Lenguaje. A través de la lectura oída, el pequeño ampliará su vocabulario y aprenderá frases cada vez más complicadas.

• Capacidad de abstracción. El niño establece la relación entre los objetos que ha visto en la realidad y la representación de los mismos en las ilustraciones. Pasa, en consecuencia, a un nivel de abstracción.

• Imaginación. A partir de la imagen y del texto, el niño comienza a construir su propia representación, a crear una realidad en su mente.

Ideas que ayudan

• Un niño de siete años no digiere cualquier libro. Si no comprende lo que lee, no desarrollará una auténtica actividad de lector.

• El lector principiante necesita un texto a la medida de sus capacidades, adaptado a su sensibilidad, que tenga en cuenta su lenta progresión.

• La lectura-placer es un magnífico entrenamiento para entender y apreciar los libros de texto. Y los libros de texto sugieren aficiones y otras lecturas.

• Hay que dejar al niño elegir las lecturas. Si no termina un cuento, tal vez no sea por pereza o inconstancia, sencillamente se ha equivocado en la elección. Tendrá muchas oportunidades en su vida escolar y familiar para encontrar temas interesantes.

• Para acompañar a un lector que empieza, es preciso conocer sus gustos. Animales, brujas, la prehistoria… La propuesta debe ser amplia y variada. Si un niño está fascinado por un tema, decidirá voluntariamente detenerse en comprender el texto, ayudado por las imágenes.

• Al principio conviene seguir leyéndole los textos, porque su lectura es dificultosa y lenta y puede acabar cortando la comunicación.

• No se debe confundir la lectura escolar, que es un ejercicio de progresión, y la lectura-placer. En la lectura-placer se puede equivocar, interpretar mal el sentido. No importa. Él solo se corregirá.

• La cita periódica y puntual con la lectura-placer es muy positiva.

• Libros, revistas, cómics. La calidad es lo importante.

El que lee de niño…

Los especialistas en lectura están de acuerdo en que leer es un hábito, un placer, que difícilmente se adquiere en la edad adulta. Y que la afición a la lectura tiene muchas posibilidades de consolidarse cuando se ha despertado en la niñez.

A veces escuchamos a los padres lamentarse: “a mi hijo no le gusta leer”. Y lo dicen con cierta inquietud. En realidad, hay muchas personas a las que no les gusta leer. Es una cuestión de temperamento, de intereses, de medio… Leer es una actividad contemplativa que necesita concentración, silencio, aislamiento, inmovilidad, exclusividad.

Pero, a pesar de las excepciones, la afición a la lectura depende también de cómo se haya abordado la cuestión cuando los niños ya leen. Muchas veces se ha considerado que un niño sabe leer porque pronuncia una frase escrita. A los seis o siete años aproximadamente, comienza a utilizar un código, pero le hará falta tiempo para saber utilizarlo realmente. Porque saber leer es apropiarse del texto: elegir la lectura, leer rápidamente, ser capaz de servirse del texto para algo, hablar del mensaje, completarlo y ampliarlo con otras lecturas.

Recompensa

Leer demanda un esfuerzo y es preciso recibir una recompensa. Hay muchas formas de entrar en la lectura. Se lee para:

• Instruirse y aprender

• “Crecer”

• Pasar un buen rato

• Pensar y reflexionar

• Viajar

• Conocer otras formas de pensar

• Afirmar la personalidad

• Relajar tensiones

• Informarse…

Isabel García Olasolo

Fuente: conmishijos.com

OLVIDOS PREOCUPANTES

 
El mundo de los olvidos es interesante, con grandes implicaciones de carácter psicológico y que, últimamente, ofrece aspectos inquietantes. No me refiero a los que se olvidan números de teléfono, nombres de amigos o asuntos importantes que no admiten espera; estoy pensando en los que dejan olvidadas cosas o personas.
EDUCAR EN SOBRIEDAD
P or José Luis Olaizola (*)
Un caso curioso fue el de un amigo mío que se dejó olvidada a su mujer en la cola del cine. Llegaron a la taquilla, había una cola moderada y mi amigo rogó a su esposa que aguardara en ella mientras él aprovechaba para tomarse un café en el bar más cercano. En el bar se encontró con un viejo amigo de la infancia, se pusieron a charlar, y se olvidó de su mujer. ¿Qué hizo la mujer? Sacó las entradas; esperó; dejó una de ellas al portero, con el apellido de su marido; a media función no aguantó más y salió del cine… Y cuando llegó a su casa dispuesta a llamar a la comisaría, se encontró a su marido esperándola. Es decir, fue un olvido relativo, porque acabaron encontrándose e, incluso, pudieron llegar a las manos.

Más bien estaba pensando en olvidos de objetos importantes, que en su día tuvieron dueño y que, de repente, parecen convertirse en bienes mostrencos. Por ejemplo, el otro día apareció en el jardín de mi casa un balón de reglamento, pero no un balón cualquiera, de esos de imitación, sino un balón de legítimo cuero inglés, con su marca impresa, hinchado, satinado y apto para jugar con él una final de la Copa del Mundo. Pregunté a mis hijos, a mis nietos: «¿De quién puede ser este balón?» Se limitaron a mirarlo de reojo, diciendo lacónicamente: «Se lo habrá dejado olvidado algún chaval.» Supongo que se referirían a alguno de los chavales, amigos suyos, que de vez en cuando honran con su presencia el jardín de mi casa. Lo curioso es que han pasado las semanas, los meses, y nadie reclama un balón que hubiera hecho la felicidad de los muchachos de cualquier generación que no fuera esta.

Porque a esta generación de adolescentes le pasan cosas muy raras con eso del consumo. El más notable, a mi entender, fue el caso de Boni Martín, seudónimo con el que disimulo el verdadero nombre de un muchacho que residía en una urbanización de lujo en la zona noroeste de Madrid. Este llegó a olvidarse de dónde había dejado la moto. Salía de casa en moto y volvía sin ella porque no se acordaba dónde la había dejado. Bien es cierto que era hijo único y disponía de varias motos; como no tenía la edad para conducirlas por vías públicas, le llevaban al colegio en coche con chófer, y un remolque transportaba dos o tres motos, que prestaba a sus amigos para echar carreras durante el recreo.

Tanto me impresionó aquel caso que escribí una novela, titulada La leyenda de Boni Martín, en la que mi buen amigo el doctor Vallejo-Nágera consigue curar al chico por un procedimiento un tanto rocambolesco que no viene al caso. Pero lo que sí viene al caso es que la novela estaba destinada, de acuerdo con la problemática del protagonista, a un público adolescente, y editada, por tanto, en una colección para jóvenes. Cuál será mi sorpresa cuando me entero de que en un determinado colegio habían calificado dicho libro como de recomendada lectura no para los chicos, ¡sino para los padres! La razón que me dio el director del centro fue que la culpa de lo que consumen los hijos la suelen tener, por regla general, los padres.

Más me sorprendió que en un colegio al que fui invitado a participar en un libro-fórum sobre libros míos, me encontré que el seleccionado había sido, precisamente, La leyenda de Boni Martín. Me sorprendí porque entendía que el problema que en él se reflejaba era consecuencia de un mundo de ricos caprichosos, y aquel colegio estaba situado en un barrio periférico, humilde, de clase honrada y trabajadora. Lo comenté con la profesora encargada del coloquio, quien me replicó contundente: «El problema es el mismo; a otro nivel, pero el mismo. Los padres les dan más de lo que pueden y los chicos no se cansan de pedir y acaban por apreciar poco todo lo que tienen.»

El caso es que por mi casa, como consecuencia de nuestra estructura de familia numerosa, pasa mucha gente (a veces pienso que demasiada), y es asombroso ver las cosas tan valiosas que se olvidan en ella, sin que nadie las reclame. O que pasen meses sin acordarse de que fue allí donde se dejaron un chaquetón de piel que haría las delicias de un minero de Alaska.

Se olvidan de las cosas porque se olvidan de lo bueno que es tener, sólo, lo justo y lo necesario.


José Luis Olaizola es escritor, Premio Planeta, colaborador de Arvo.

DERECHO Y DEBER DE EDUCAR A LOS NIÑOS


S. S. JUAN PABLO II
(07/06/1997)

1. “Dejad que los niños vengan a mí” (Mc 10, 14). Eso lo dijo Jesús a los Apóstoles en cierta ocasión. Era una maravillosa invitación. El Señor Jesús amaba a los niños y quería que estuvieran cerca de él. Muchas veces los bendecía e incluso los ponía como ejemplo a los adultos. Decía que el reino de Dios pertenece a los que se asemejan a los más pequeños (cf. Mt 18, 3). Naturalmente eso no significa que los adultos deban volver a hacerse niños desde todos los puntos de vista, sino que su corazón debe ser puro, bueno, confiado, y estar lleno de amor.

Queridos niños, el Papa viene hoy a vosotros para deciros, en nombre del Señor Jesús, que él os ama. Ciertamente vuestros sacerdotes catequistas y las religiosas catequistas os han hablado de esto muchas veces. Pero quiero repetirlo una vez más, para que recordéis durante toda la vida esta alegre noticia. ¡Jesús os ama!

Hace poco tiempo habéis podido convenceros de esa verdad de modo particular. Jesús ha venido por primera vez a vuestro corazón. Lo habéis recibido bajo la especie del pan en la primera santa Comunión. ¿Qué quiere decir que ha venido a vuestro corazón? Para dar una respuesta a esta pregunta, debemos volver unos instantes al cenáculo. Allí, durante la última cena, poco antes de su muerte, el Señor Jesús dio a los Apóstoles pan y les dijo: “Tomad y comed todos: esto es mi Cuerpo”. Del mismo modo, les dio vino, diciendo: “Tomad y bebed todos de él: éste es el cáliz de mi Sangre”. Y nosotros creemos que, aunque los Apóstoles percibieron en su boca el sabor del pan y del vino, verdaderamente comieron el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Y eso era un signo de su amor infinito, pues quien ama está dispuesto a dar a la persona amada todo lo más valioso que posee. El Señor Jesús en este mundo tenía pocas cosas que regalarles a los Apóstoles. Pero les dio algo mejor: se dio a sí mismo. Desde entonces, al recibir este Alimento santísimo, podían estar constantemente con Jesús. El mismo habitaba en su corazón y lo llenaba de santidad. Eso es lo que significa que Jesús ha venido a vuestro corazón. Él está en vosotros; su amor os llena y hace que os asemejéis cada vez más a él, que seáis cada vez más santos.

Se trata de una gran gracia, pero también de un gran compromiso. Para que el Señor Jesús pueda habitar en nosotros, debemos esforzarnos para que nuestra alma esté siempre abierta a él. Este es, por tanto, vuestro compromiso: amar siempre a Jesús, tener un corazón bueno y puro, e invitarlo lo más frecuentemente posible, para que mediante la sagrada Comunión habite en vosotros. Y no hagáis nunca cosas malas. A veces esto puede resultar difícil. Pero recordad que Jesús os ama y desea que también vosotros lo améis con todas vuestras fuerzas.

2. Hoy, junto con vosotros, quiero dar gracias a Cristo por el infinito amor que siente por todos los hombres. Lo alabamos de modo especial por el don de la Eucaristía, en la que se ha quedado para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10, 10). Doy también las gracias a vuestros catequistas, que os han llevado hasta Jesús Eucaristía, así como a los que en toda Polonia trabajan por transmitir la fe en las escuelas. Es una tarea elevada, aunque muchas veces no resulta fácil. Exige un testimonio de fe, esperanza y caridad: de fe, que se apoya firmemente en el Evangelio; de esperanza, que en la perspectiva de la salvación no excluye a ningún hombre; y de caridad, que no duda en dar lo que es mejor, incluso a costa del propio sacrificio. Tened siempre la convicción de que los jóvenes, aunque no lo demuestren, necesitan y desean vuestro testimonio. El Espíritu Santo, que ha iluminado y fortalecido a generaciones y generaciones de apóstoles de Cristo, os sostenga también a vosotros, los actuales innumerables catequistas, hombres y mujeres, de Polonia.

Por último, quiero dirigir unas palabras de agradecimiento también a los padres: a los que están aquí presentes, y a todos los padres de Polonia. Al llevar un día a vuestros hijos para ser bautizados, os habéis comprometido a educarlos en la fe de la Iglesia y en el amor a Dios. Estos niños, que por primera vez han recibido la sagrada Comunión, son signo de que habéis asumido ese compromiso y tratáis de cumplirlo con sinceridad. Os pido que nunca renunciéis a él. Los padres son los primeros que tienen el derecho y el deber de educar a sus hijos, en sintonía con sus propias convicciones. No cedáis este derecho a las instituciones, que pueden transmitir a los niños y a los jóvenes la ciencia indispensable, pero no les pueden dar el testimonio de la solicitud y el amor de los padres.

No os dejéis engañar por la tentación

De asegurar a vuestros hijos las mejores condiciones materiales a costa de vuestro tiempo y de vuestra atención, que necesitan para crecer “en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52). Si queréis defender a vuestros hijos contra la corrupción y el vacío espiritual, que el mundo presenta con diversos medios y, a veces, incluso en los programas escolares, rodeados del calor de vuestro amor paterno y materno, y darles el ejemplo de una vida cristiana.

Encomiendo vuestro amor, vuestros esfuerzos y vuestras preocupaciones a la Sagrada Familia, patrona de esta iglesia. Que la protección de Jesús, María y José os conforte.

3. Una vez más, abrazo con mi corazón a los niños aquí presentes y a todos los niños de nuestro país, especialmente a los que soportan el peso del sufrimiento o del abandono.

Rindo homenaje a todos los padres que asumen el compromiso diario de mantener y educar a sus hijos. Agradezco a los pastores y a los fieles de toda la parroquia la benevolencia, la hospitalidad y el don de la oración. Bendigo de corazón a todos.

Actitud culta

Todo parece sugerir que la actual educación, con su prodigioso despliegue técnico, está produciendo en masa hombres instruidos pero no cultos.

Por Jorge Peña Vial

Víctor García Hoz, un gran pedagogo del siglo XX, escribió: “nunca como hoy ha dispuesto la educación de tantos medios y recursos, y sin embargo, nunca como hoy el descontento ha sido mayor y tan generalizado”. Es que quizás el problema no radica tanto en métodos y planificaciones como en la actitud del alumno frente al saber. No ignoro que son múltiples los factores que inciden en la educación. Pero prescindiendo de causas de tipo psicológico o social, quiero centrarme ahora en la actitud de la persona ante el saber. Ni siquiera un Sócrates puede hacer algo ante un alumno mal dispuesto frente al saber. Tristemente comprobamos cómo los profesores se topan con jóvenes a quienes no les interesa el conocimiento, no aceptan el esfuerzo, se complacen en sus limitaciones y adoptan desafiantes la actitud de “¡Enséñame si puedes!”.

La actitud ante el saber puede ser culta o instruida. La diferencia está en la actitud subjetiva de la persona frente al saber. En la actitud culta se da una participación vital del sujeto en aquello que conoce; en la instruida, se dispone de datos, técnicas, conocimientos, pero éstos permanecen externos, impersonales, no transforman al sujeto que los conoce. Así puede darse que una persona disponga de una abundante instrucción, y, sin embargo, carecer de una actitud culta. A la inversa, se puede tener una escasa instrucción y, a pesar de ello, ser culto, estar dotado de una verdadera sabiduría, de un sentido innato de la realidad y de las cuestiones últimas capaces de iluminarla. Resulta desconcertante cómo, cuando se imparte una instrucción generalizada muy superior a la del pasado, nuestras autoridades se quejan del evidente apagón cultural. Todo parece sugerir que la actual educación, con su prodigioso despliegue técnico, está produciendo en masa hombres instruidos pero no cultos.

La actitud culta presupone instrucción, aunque va más allá de ella, y supera el mero conocimiento de datos. Si se trata de aprender de memoria el poema de Quevedo “Polvo, pero enamorado”, no se limitará a su recitación formal de acuerdo al arte de la dicción, sino que ese poema lo removerá interiormente y le permitirá una mejor comprensión del misterio del amor y de la muerte. Lo mismo puede acontecer en cualquiera otra área del saber. El alumno culto sabe reaccionar personalmente, aquello le afecta, ilumina, tiene en él una resonancia interior. Por eso sabrá recrear originalmente lo conocido y establecer relaciones inéditas entre los distintos datos de la instrucción. Como se puede apreciar, la instrucción es de orden cuantitativo. La actitud culta es de tipo cualitativo, apunta al modo de poseer dichos conocimientos. La instrucción es externa y el sujeto permanece al margen de lo conocido. En la cultura el sujeto se ve modificado interiormente. La instrucción se refiere al “tener”: se tienen las cosas, y, del mismo modo, los conocimientos. Se usan y una vez utilizados (para el examen), prontamente se olvidan. La cultura, en cambio, afecta nuestro modo de ser, a nuestra manera de ver el mundo. No se olvida aquello en lo que hemos estado realmente implicados: persiste influyendo en nuestra conducta, en nuestro modo de ser y vivir. En la actitud instruida hay una mera apropiación de los contenidos con un fin utilitario inmediato; en la actitud culta, una verdadera asimilación personal del saber que penetra e ilumina la intimidad del sujeto. El desafío del docente es promover y despertar una actitud culta, ser capaz de irradiar en sus alumnos una efectiva participación vital en aquello que conocen y aprenden.

*Jorge Peña Vial

Universidad de los Andes

Artes y Letras, diario El Mercurio,

Arvo Net, 22/08/2006

Una receta para un matrimonio feliz