¿Qué hacer ante la sospecha de anorexia o bulimia en el aula?

 

En primer lugar compartir nuestras dudas con otros profesores de la alumna para contrastar nuestra impresión.

Si nuestras dudas se confirman, y con el objetivo de valorar la gravedad del problema, el orientador del centro, junto con el tutor o el profesor que tenga más afinidad con ella, deberían reunirse.

La persona que mantenga una mejor relación con la alumna, será el responsable de hablar con ella. Durante el encuentro, sería deseable hacerle ver que nos hemos dado cuenta de que está más triste, más aislada, etc. y que notamos que algo le pasa. Si ella confía en nosotros, no tardará en contarnos su historia. Nos interesa convencerla para que cuente el problema a sus padres.

Si conseguimos nuestro objetivo, es importante que nos pongamos en contacto con los padres de la alumna, a posteriori, para coordinarnos con ellos.

Si la joven no se atreve a hablar con sus padres, dicho profesor puede ofrecerse para hacerlo en su nombre.

En el caso de que plantee resistencias, es imprescindible hacerle ver que su problema es serio, que no puede solucionarlo por sí misma y que necesita ayuda. Aún en contra de su voluntad, el tutor tendría que hablar con sus padres y explicarles la situación.

El profesor no puedo olvidarse que este tipo de problemas deben resolverse fuera del ámbito escolar y que el caso se debe derivar al organismo correspondiente de la Sanidad Pública.

Si los padres rehusan hablar con el tutor, éste puede intentar consultar el tema con algún especialista. Cerca del centro educativo tiene que existir un Centro de salud, con médicos de familia o pediatras, y un centro de Salud Mental, con psicólogos y psiquiatras.

www.masqueunaimagen.com (Iniciativa de protegeles.com)

10 consejos para ayudar a los hijos en el estudio

 

Hay una serie de dificultades típicas en el estudio, en las que nuestros hijos pueden caer. Ya sea porque tienen dificultades en la concentración, falta de base, etc.

1. No estudiar o jugar a como que estudio El gran problema no es que estudien mal o no puedan, sino que, simplemente, no estudian. Hacen tareas, deberes y dibujos pero no estudian. Se meten en su cuarto y todo el mundo está convencido de que el niño está estudiando. Pero han podido pasarse la tarde entera haciendo un dibujo o una redacción sin estudiar. Así no van adquiriendo ese poso de conocimientos para cuando llegue el examen.

Consejo: a éstos, lo que más le conviene, es empezar todos los días por estudiar. Nada más sentarse, que estudien un tiempo. Si son niños menores de diez años, podría ser un cuarto de hora o veinte minutos. De diez a catorce años por lo menos tres cuartos de hora. Y a partir de quince años, por lo menos una hora a hora y media de control para que sigan este plan. Y después del estudio que hagan las tareas. Necesitan un cierto control para que sigan este plan. Si tiene toda la tarde para hacer las tareas, gasta la tarde entera . Si solo tiene una hora, se ajusta y va más aprisa. Además el estudio cansa y hay que estudiar cuando se está más descansado.

2. Estudio atropellado, de últimos días Tiene que ver con el anterior. Este si estudia, pero sólo unos días antes del examen. Además se crea en la familia la idea de que ha estudiado mucho ya que queda la sensación tanto al chico como a los padres, de la última semana y media: se levantado pronto, se ha esforzado muchísimo, se ha acostado tarde estudiando. Así piensan, o que no hay derecho a que luego suspenda. Pero en realidad falta el poso necesario para que la memoria asimile y comprenda las lecciones.

Consejo: el trabajo y el estudio diario, con control, todos los días ha de estudiar algo. Si un día tiene mucha tarea, después del estudio la hará y lo mismo si no tiene. Si no tiene tarea solo estudiará.

3. Falta de ejercicio. Confundir “lo entiendo” con “me lo sé” Los hay que confunden el “lo entiendo” con “me lo sé”. Leen una lección y como la entienden, ya creen que se la saben y dejan de estudiar. Sin embargo, lo que les hace falta es ejercitación, repasar y hacer los ejercicios.

Consejo: que vean la ejercitación como parte de su estudio. Hay que enseñarles que “lo sé” es igual a “lo entiendo” más “me lo estudio”. Entender es lo más difícil, pero una vez que lo entiendes hay que aprenderlo: hay que dedicar esfuerzo, repetirlo, hay que usar la memoria.

4. Dificultades de concentración, falta de control de la imaginación.

Les cuesta mucho concentrarse, les cuesta el arranque: desde que se sientan hasta que comienzan a estudiar. Están muy a medio gas y se les va fácilmente la imaginación.

Consejo: hay que empezar a estudiar a una hora fija para conseguir un buen rendimiento cerebral, así la cabeza se concentrará con más facilidad a esa hora de estudio. Por otro lado el mejor consejo para sujetar la imaginación es sacarle uso en el estudio, hay que poner la imaginación en cada tema de estudio y me imagino como es lo que estoy estudiando. Esto ayuda a que se graben mejor las lecciones.

Respecto a la televisión hay que decir que cansa la cabeza y daña la capacidad de concentración, lo mismo que los videojuegos. Es mejor un rato de lectura, un tebeo, un periódico… porque eso es como un precalentamiento.

5. Problemas de comprensión. Dificultades en la lectura. Vocabulario pobre.

Es el caso del que se ve que se esfuerza pero que no puede. Si le explicas la lección y se la cuentas aprende enseguida. Pero si tiene que aprendérsela él solo con el libro le cuesta mucho. Se siente defraudado, pues no hay resultados.

Consejo: lo que hay que hacer es ayudarle a leer bien corrigiéndole los defectos de lectura y ayudándole a hacerse un cuaderno de vocabulario. Con ese pequeño diccionario personal tendrá que hacer ejercicios con las palabras desconocidas. Si no se ataja no se mejora. Se le puede decir que estudie más, pero llega un momento en que se hunden. Si hay un problema más serio como dislexia, etc., hay que llevarle a un especialista. No vale con estudiar más.

6. Lagunas, falta de base Son los que entienden las matemáticas, por ejemplo, pero fallan en los quebrados, que pertenecen al programa del año pasado cuando estaban enfermos.

Consejo: con estos, hay que dejar de quejarse y ponerse a rellenar las lagunas. En el colegio es muy difícil, pero para ello es muy útil un profesor particular o que el hermano mayor se dedique a explicar. Una vez conocidas las lagunas, habrá que solucionarlas en vez de quejarse continuamente.

7. Ansiedad, angustia. Bloqueo emocional, inseguridad. Hay chavales que por un exceso de ansiedad y de miedo a suspender se angustian. Comienzan a estudiar y como salen con el gran miedo a perder, se angustian. Quizá tras un año de malas experiencias, de un fracaso, de haber suspendido muchas, … pierden la confianza en si mismos y se sienten agobiados. Se les distingue fácilmente cuando llegan a los exámenes pues tienen trastornos intestinales, duermen mal, están tensos, les sudan las manos en medio del examen, etc. Son chavales temerosos y eso les bloquea, pues no tienen la serenidad suficiente para sacar a la luz lo que saben.

Consejo: hay que tratarles de dos maneras: primero, dándoles seguridad, valorando su esfuerzo, reforzando la confianza en que ellos son capaces, reforzando sus pequeños éxitos. Y, después, enseñarles a controlar esa ansiedad, enseñarles a relajarse, mediante algunas técnicas.

8. Timidez, inseguridad, no preguntar, no puedo.

En este caso el bloqueo llega por la timidez y la vergüenza a preguntar. Es el temor al ridículo, a quedar mal y, así el “no puedo” es la excusa que ponen para no enfrentarse a un problema que les da miedo.

Consejo: hay que ayudarles a superar ese temor al ridículo y a preguntar, puede ser, controlando, junto al profesor, cuántas veces pregunta en clase, planteándoselo al hijo como un punto de esfuerzo personal.

9. Los “empollones” memorísticos. En estos el desarrollo intelectual no va parejo al sistema de estudio. Hasta los 12 años hay una gran facilidad para memorizar así, leyendo varias veces. Pero a partir de esa edad la memoria es la más lógica, más de relación, de sentido global. Hay chicos que pasan los cursos y siguen estudiando igual, leyendo veinte veces. Eso, además de aburrídisimo, es un tipo de memoria peligrosa. Son los chavales de “lo tengo en la punta de la lengua”, “si me dice la primera palabra sigo yo”, “¿eso era lo que estaba en la página segunda?”. Sufren mucho, dedican mucho tiempo y según pasan los cursos va a peor.

Consejo: a estos hay que enseñarles a estudiar, a cambiar el método de estudio, sabiendo que al principio le costará, pero luego será muy eficaz.

10. Los “optimistas” del “ya me lo sé, pregunta” “Lo tengo dominado, está chupado, mamá”. A estos hay que ayudarles a tocar tierra, preguntándoles para que comprueben que efectivamente no lo saben.

Consejo: hay dos técnicas: que se autoevalúen y repasen. Que no digan “no me lo sé” antes de haber cerrado un libro y de haberse preguntado. Y, a la vez, enseñarles a repasar. Los contenidos de las lecciones se aprenden bien una vez que se repasan. En el estudio se entiende, en los repasos es donde de verdad se aprende.

Ángeles Carranza

Orientadora familiar

 www.familiayeducacion.org

¿Por qué la familia?

Autoridad de los padres: influencia

Los Profesores solemos oír con frecuencia las preocupaciones de los padres en lo que se refiere al poco caso que les hacen sus hijos cuando les “sugieren” lo que deben hacer respecto a su mejor educación. Sugerencias como: “Por favor, siéntate bien en la mesa”, “Ponte un horario de estudio y cúmplelo”, “Haz tu cama y arregla tu habitación”, “No vengas tarde el fin de semana, acordemos un horario”, “Habla con corrección a profesores y personas mayores”, “Cuida de tus amistades”, etc. son motivo, en no pocas ocasiones, de discusiones, enfados y malos humores en el seno familiar.

Los demás padres

A veces, los progenitores llegan a decirnos que “no pueden con sus hijos”, que “por favor, hagan lo que puedan y edúquenmelo porque ni su padre ni yo podemos con él”. Son situaciones de angustia que se producen, desgraciadamente cada vez con más frecuencia, y en la que todos, padres, comunidad educativa y sociedad en general, estamos implicados.

En un informe elaborado por el Catedrático de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid, Gerardo Meil, con el patrocinio de la Caixa se afirmaba que “más de dos tercios de los padres encuestados piensan que los ´demás padres´ consienten demasiado a sus hijos y además no les dedican el tiempo suficiente”, pero estas apreciaciones están en contradicción, pues apenas hay padres que reconozcan sus carencias y manifiestan que los defectos son siempre de los otros. En el mismo informe y sobre el grado de autoridad, un 28% de los padres se define como “muy o bastante estricto”, sin embargo también se sienten identificados con afirmaciones como “por más esfuerzo que uno hace, al final los hijos salen como quieren”.

En las Escuelas de Padres, también solemos oír frases como: “dado que los padres, en las circunstancias sociales que existen ahora, no podemos hacer frente a la educación de nuestros hijos, sería conveniente que las administraciones públicas nos dieran su ayuda más eficaz para realizar nuestra labor”. No creo que estemos de acuerdo con esas afirmaciones pues los padres no debemos ceder ni perder un ápice de nuestro derecho a la educación de nuestros hijos a favor de la Administración Pública. Creo que los padres tenemos capacidad y posibilidades para educar bien a nuestros hijos, salvo en casos muy especiales.

¿Buscar soluciones fuera?

Ya sabemos que en numerosas familias la autoridad de los padres se ha debilitado, pero buscar las causas y las soluciones fuera de la familia, no sirve de nada. La autoridad de los padres no es un “don divino” que se nos otorga y con él obtenemos la ciencia para decidir correctamente. El grado de autoridad que tenemos los padres depende, sobre todo, de cómo utilizamos nuestro “ser de padres” y eso nos permitirá aumentarlo, recuperarlo o perderlo. La autoridad de los padres, si queremos que sea eficaz, debe reunir una serie de condiciones como: que exista consenso entre los padres, que lo hagamos de modo participativo y llegar a algunos acuerdos aunque sean mínimos, que tenga como fin la educación y autonomía de los hijos, que seamos coherentes entre lo que decimos a nuestros hijos y lo que después hacemos en nuestra vida diaria, que nuestra autoridad se apoye en valores morales y normas estables y que nuestro testimonio sea el mejor ejemplo para nuestros hijos.

Adolescencia estirada

La familia “posmoderna” aparece como una estructura más heterogénea, su situación económica es mejor y se encuentra mejor equipada en el hogar. La adolescencia se ha prolongado y nuestros hijos permanecen en el hogar paternal hasta edades más avanzadas que antes, contraen matrimonio o conviven juntos en pareja a partir de los 30-40 años, se ha reducido el tamaño de los hogares, el primer hijo aparece tardíamente, aumenta vertiginosamente el índice de divorcios y separaciones, se incrementan las familias monoparentales, aparecen las parejas de hecho y hay un cambio de relaciones intergeneracionales (abuelos-padres-hijos). La familia tradicional casi ha desaparecido y en esta nueva familia posmoderna, las relaciones son menos autoritarias que en el pasado y las normas de convivencia actuales son más flexibles.

Hoy día, la estrategia de los padres para “ganarse” a los hijos pasan por unas relaciones más afectivas y una comunicación basada en el diálogo y la confianza. Por aquí puede pasar el proceso de autoridad de los padres en la familia actual. En ello estamos a pesar de las grandes dificultades. ¡Ánimo!

Francisco L. Bobadilla Guzmán
Maestro y Coordinador de Escuela de Padres