No hay amor sin humor

Lorena Zabala
Especialista en Relaciones Internacionales y Comunicación Audiovisual.
Es profesora de ESO y Bachiler en Ayalde Ikastetxea.

¿Se imaginan viajar en un coche sin amortiguadores?: un horror, sobre todo cuando toca un camino pedregroso y lleno de obstáculos. Esto es lo que sucede cuando no contamos con el sentido del humor para sortear los numerosos baches con los que nos encontramos en el viaje del vivir. Nos atacan los dolores con cada piedrecita del camino porque no tenemos amortiguadores. Y es que el humor (y no la ironía, que es otra cosa) cura y ayuda a vivir, es humilde, una experiencia catártica diría yo.

La risa bien entendida aporta algo de alegria, algo de dulzura, de ligereza a la miseria del mundo y no más odio, más sufrimiento o desprecio.

Sin embargo y pese a sus bondades, el buen humor es algo casi tan raro y difícil de encontrar como una pequeña planta en un paisaje polar o un trébol de cuatro hojas. Por su escasez precisamente, creo que merece una pequeña reflexión.

¡Qué pena que sea algo tan poco abundante hoy en día! Creo que puede ser una fórmula o un camino ideal para llevar una vida plena y exitosa. Digo que escasea porque se han puesto de moda las terapias de la risa como forma para atajar los problemas y es porque las personas parece que lo hemos perdido o por lo menos, que está un poco en desuso.

Siempre se ha dicho que son cinco los sentidos, a saber: el oído, gusto, olfato, vista, y tacto. Yo, la verdad, añadiría otros dos: el sentido común y el sentido del humor.

Bertrand Russell decía que “el humor es cualidad moral que más necesita el mundo”.En el ámbito de la medicina, también se ha visto cómo la recuperación de algunas enfermedades se hace más rápida debido a la actitud del paciente “el humor purga la sangre haciendo que el cuerpo rejuvenezca, adquiera viveza y se encuentre listo para cualquier empresa”dice R.Burton. Y es que son muchos los que le han dado vueltas al asunto desde sus disciplinas, como Nietzsche, que afirma” el poder intelectual de un hombre, se mide por el humor que es capaz de utilizar” o Mark Twain “La raza humana tiene un arma verdaderamente eficaz: la risa”.

En cierto sentido, y pensándolo bien, carecer de humor es en realidad carecer de humildad, es estar demasiado inflamado de uno mismo ¿verdad?

Además, creo que está igualmente relacionado estrechamente con el amor porque la esencia del humor a mi entender, es al fin y al cabo la sensibilidad: es decir, la cálida y tierna también simpatía y mirada hacia a todos los seres.

El humor es una demostración de grandeza que pareciera que es mejor decir que en última instancia todo lo que nos sucede, es en cierto modo lo que nos pasa por el camino, lo anecdótico, pero no el propio camino y que es mejor reir. La risa es además, como asegura alguno, la distancia más corta entre dos personas y entre el problema y la solución.

Termino con palabras de R.Kraimer que asegura que tomarse las cosas con humor equivale al dicho de “tomarse las cosas con filosofía”.El sentido del humor es de los sentimientos más serios, gratuitos y paradójicos con que podemos cepillarnos las telarañas del alma.

fuente: sontushijos.org

Amarse con los defectos

¿Qué es la Teología del cuerpo?

What is the Theology of the Body?

The “rich patrimony” of John Paul II’s teaching “has not yet been assimilated by the Church. My personal mission is not to issue many new documents, but to ensure that his documents are assimilated.”

Benedict XVI (Interview on John Paul II’ s Legacy, October 16, 2005)

Pope John Paul II devoted the first major teaching project of his pontificate – 129 short talks between September of 1979 and November of 1984 – to providing a profoundly beautiful vision of human embodiment and erotic love. He gave this project the working title “theology of the body.”
George Weigel, author of Witness to Hope: The Biography of Pope John Paul II, calls this papal study of human sexuality “one of the boldest reconfigurations of Catholic theology in centuries” – a “theological time-bomb set to go off with dramatic consequences …perhaps in the twenty-first century.” At this point the Pope’s vision of sexual love “has barely begun to shape the Church’s theology, preaching, and religious education.” But when it does, Weigel predicts, “it will compel a dramatic development of thinking about virtually every major theme in the Creed” (pp. 336, 343, 853).

Far from being a footnote in the Christian life, the way we understand the body and the sexual relationship “concerns the whole Bible” (TOB 69:8). It plunges us into “the perspective of the whole Gospel, of the whole teaching, even more, of the whole mission of Christ” (TOB 49:3). Christ’s mission, according to the spousal analogy of the Scriptures, is to “marry” us. He invites us to live with him in an eternal life-giving union of love.

This is what the union of the sexes is meant to proclaim and foreshadow – the eternal union of Christ and the Church. As St. Paul says, quoting from Genesis, “‘For this reason a man shall leave his father and mother and be joined to his wife, and the two shall become one flesh.’ This is a great mystery, and I mean in reference to Christ and the church” (Eph 5:31-32).

By helping us understand this profound interconnection between sex and the Christian mystery, John Paul’s theology of the body not only paves the way for lasting renewal of marriage and the family; it enables everyone to rediscover “the meaning of the whole of existence, the meaning of life” (TOB 46:6).

Please Click Hereto view Pope John Paul’s 129 Wednesday Audiences, which comprise his Theology of the Body.

*TOB Man and Woman He Created Then: A Theology of the Body, John Paul II’s general audience addresses on Human Love in the Divine Plan, Michael Waldstein translation (Pauline, 2006)

Más información: www.tobinstitute.org; www.amorseguro.org

Eros y agape

utor: Raniero Cantalamessa | Fuente: Catholic.net
Las dos caras del amor: el eros y el ágape
La secularización del amor consiste en separar el amor humano, en todas sus formas, de Dios, reduciéndolo a algo puramente “profano”, donde Dios está “de más” e incluso molesta

1. Las dos caras del amor

Con las predicaciones de esta Cuaresma quisiera seguir en el esfuerzo, comenzado en Adviento, de llevar una pequeña contribución de cara a la reevangelización del occidente secularizado, que constituye en este momento la preocupación principal de toda la Iglesia y en particular del Santo Padre Benedicto XVI.

Hay un ámbito en el que la secularización actúa de modo particularmente difundido y nefasto, y es el ámbito del amor. La secularización del amor consiste en separar el amor humano, en todas sus formas, de Dios, reduciéndolo a algo puramente “profano”, donde Dios está “de más” e incluso molesta.

Pero el tema del amor no es importante solo para la evangelización, es decir, en la relación con el mundo; lo es también, y ante todo, para la vida interna de la Iglesia, para la santificación de sus miembros. Es la perspectiva en la que se coloca la encíclica Deus caritas est del Santo Padre Benedicto XVI y en la que nos colocamos también nosotros en estas reflexiones.

El amor sufre una nefasta separación, no sólo en la mentalidad del mundo secularizado, sino también en el lado opuesto, entre los creyentes y en particular entre las almas consagradas. Simplificando al máximo, podríamos formular así la situación: en el mundo encontramos un eros sin agape; entre los creyentes encontramos a menudo un agape sin eros.

El eros sin agape es un amor romántico, muy a menudo pasional, hasta la violencia. Un amor de conquista que reduce fatalmente el otro a objeto del propio placer e ignora toda dimensión de sacrificio, de fidelidad y de donación de sí. No es necesario insistir en la descripción de este amor porque se trata de una realidad que tenemos a diario ante los ojos, de la que se hace propaganda martilleante por parte de novelas, películas, series televisivas, internet, revistas llamadas “rosa”. Es lo que el lenguaje común entiende, actualmente, con la palabra “amor”.

Más útil para nosotros es comprender qué se entiende por agape sin eros. En música existe una distinción que nos puede ayudar a hacernos una idea: la que existe entre el jazz caliente y el jazz frío. Leí en alguna parte esta caracterización de los dos géneros, aunque no es la única posible. El jazz caliente (hot) es el jazz apasionado, ardiente, expresivo, hecho de impulsos, de sentimientos, y por tanto de cabriolas e improvisaciones originales. El jazz frío (cool) es el que se hace cuando se pasa al profesionalismo: los sentimientos se vuelven repetitivos, la inspiración se sustituye por la técnica, la espontaneidad por el virtuosismo.

Siguiendo esta distinción, el agape sin eros nos parece como un “amor frío”, un amar “con la cabeza”, sin participación de todo el ser, más por imposición de la voluntad que por impulso íntimo del corazón. Un ajustarse a un molde preconstituido, en lugar de crear uno propio e irrepetible, como irrepetible es todo ser humano ante Dios. Los actos de amor dirigidos a Dios se parecen a aquellos de ciertos enamorados inexpertos que escriben a la amada cartas copiadas de un prontuario.

Si el amor mundano es un cuerpo sin alma, el amor religioso practicado así es un alma sin cuerpo. El ser humano no es un ángel, es decir, un puro espíritu; es alma y cuerpo sustancialmente unidos: todo lo que hace, incluyendo amar, debe reflejar esta estructura suya. Si la parte ligada al tiempo y a la corporeidad es sistemáticamente negada o reprimida, el resultado será doble: o se sigue adelante de forma faticosa, por sentido del deber, por defensa de la propia imagen, o bien se buscan compensaciones más o menos lícitas, hasta los dolorosísimos casos que están afligiendo a la Iglesia. En el fondo de muchas desviaciones morales de almas consagradas, no puede ignorarse, hay una concepción distorsionada y deformada del amor.

Tenemos por tanto un motivo doble y una doble urgencia de redescubrir el amor en su unidad originaria. El amor verdadero e íntegro es una perla escondida entre dos valvas, que son el eros y el agape. No se pueden separar estas dos dimensiones del amor sin destruirlo, como no se pueden separar entre el hidrógeno y el oxígeno sin privarnos con ello mismo del agua.

2. La tesis de la incompatibilidad entre los dos amores

La reconciliación más importante entre las dos dimensiones del amor es esa práctica que tiene lugar en la vida de las personas, pero precisamente para que esta sea posible es necesario comenzar con reconciliar entre sí eros y agape también teóricamente, en la doctrina. Esto nos permitirá entre otras cosas conocer finalmente qué se entiende con estos dos términos tan a menudo usados y malentendidos.

La importancia de la cuestión nace del hecho de que existe una obra que hizo popular en todo el mundo cristiano la tesis opuesta de la inconciliabilidad de las dos formas de amor. Se trata del libro del teólogo luterano sueco Anders Nygren, titulado “Eros y agape” [1] . Podemos resumir su pensamiento en estos términos. Eros e agape designan dos movimientos opuestos: el primero indica ascensión y subida del hombre a Dios y a lo divino como al propio bien y al propio origen; la otra, el ágape, indica el descendimiento de Dios al hombre con la encarnación y la cruz de Cristo, y por tanto la salvación ofrecida al hombre sin mérito y sin respuesta por su parte, que no sea la sola fe. El Nuevo Testamento hizo una elección precisa, usando, para expresar el amor, el término agape y rechazando sistemáticamente el término eros.

San Pablo es el que con más pureza recogió y formuló esta doctrina del amor. Después de él, siempre según la tesis de Nygren, esta antítesis radical fue perdiéndose casi en seguida para dar lugar a intentos de síntesis. Apenas el cristianismo entra en contacto cultural con el mundo griego y la visión platónica, ya con Orígenes, hay una revaloración del eros, come movimiento ascensional del alma hacia el bien y hacia lo divino, como atracción universal ejercida por la belleza y por lo divino. En esta línea, el Pseudo Dionisio Areopagita escribirá que “Dios es eros”[2] , sustituyendo este término al de agape en la célebre frase de Juan (1 Jn 4,10).

En occidente una síntesis análoga la realiza Agustín con su doctrina de la caritas entendida como doctrina del amor descendente y gratuito de Dios por el hombre (¡nadie ha hablado de la “gracia” de manera más fuerte que él!), pero también como anhelo del hombre al bien y a Dios. Suya es la afirmación: “Nos has hecho para ti, oh Dios, y nuestro corazón está inquieto hasta que no reposa en ti”[3]; suya es también la imagen del amor como de un peso que atrae al alma, como por la fuerza de la gravedad, hacia Dios, como al lugar del propio descanso y del propio placer [4]. Todo esto, para Nygren, inserta un elemento de amor de sí, del propio bien, y por tanto de egoísmo, que destruye la pura gratuidad de la gracia; es una recaída en la ilusión pagana de hacer consistir la salvación en una ascención a Dios, en lugar de en el gratuito e inmotivado descenso de Dios hacia nosotros.

Prisioneros de esta síntesis imposible entre eros y agape, entre amor de Dios y amor propio, siguen siendo, según Nygren, san Bernardo cuando define el grado supremo del amor de Dios como un “amar a Dios por sí mismo” y un “amar a sí mismo por Dios” [5] , san Buenaventura con su ascensional “Itinerario de la mente en Dios”, como también santo Tomás de Aquino que define el amor de Dios efundido en el corazón del bautizado (cf. Rm 5,5) como “el amor con el que Dios nos ama y con el que hace que nosotros le amemos” (amor quo ipse nos diligit et quo ipse nos dilectores sui facit”) [6] . Esto de hecho vendría a decir que el hombre, amado por Dios, puede a su vez amar a Dios, darle algo suyo, lo que destruiría la absoluta gratuidad del amor de Dios. En el plano existencial la misma desviación según Nygren, se tiene con la mística católica. El amor de los místicos, con su fortísima carga de eros, no es otro, para él, que un amor sensual sublimado, un intento establecer con Dios una relación de presuntuosa reciprocidad en amor.

Quien rompió la ambigüedad y devolvió a la luz la neta antítesis paulina fue, según el autor, Lutero. Fundando la justificación en la sola fe, él no excluyó la caridad del momento fundacional de la vida cristiana, como le recrimina la teología católica; más bien liberó a la caridad, el agape, del elemento espurio del eros. A la fórmula de la “sola fe”, con exclusión de las obras, correspondería, en Lutero, la fórmula del “solo agape”, con exclusión del eros.

No me corresponde aquí establecer si el autor interpretó correctamente en este punto el pensamiento de Lutero que – hay que decirlo – nunca planteó el problema en términos de confrontación entre eros y agape, como hizo en cambio entre fe y obras. Es significativo, con todo, el hecho de que también Karl Barth, en un capítulo de su “Dogmática eclesial”, llega al mismo resultado que Nygren de una confrontación incurable entre eros y agape: “Donde entra en escena el amor cristiano – escribe –, comienza inmediatamente el conflicto con el otro amor y este conflicto no tiene fin”[7] . Yo digo que si esto no es luteranismo, es sin embargo ciertamente teología dialéctica, teología del aut-aut, de la antítesis, no de la síntesis.

El resultado de esta operación es la radical mundanización y secularización del eros. Mientras de hecho una cierta teología excluía el eros del agape, la cultura secular era muy feliz, por su parte, de excluir el agape del eros, es decir, toda referencia a Dios y a la gracia del amor humano. Freud proporcionó a ello una justificación teórica, reduciendo el amor a eros y el eros a libido, a pura pulsión sexual que lucha contra toda represión e inhibición. Es el estadio al que se recude hoy el amor en muchas manifestaciones de la vida y de la cultura, sobre todo en el mundo del espectáculo.

Hace dos años me encontraba en Madrid. En los periódicos no se hacía otra cosa que hablar de una cierta exposición de arte que se celebraba en la ciudad, titulada “Las lágrimas del eros”. Era una exposición de obras artísticas con trasfondo erótico – cuadros, dibujos, esculturas – que pretendía sacar a la luz el indisoluble vínculo que existe, en la experiencia del hombre moderno, entre eros y thanatos, entre amor y muerte. A la misma constatación se llega, leyendo la recopilación de poesías “Las flores del mal” de Baudelaire o “Una temporada en el infierno” de Rimbaud. El amor que por su naturaleza debería llevar a la vida, lleva en cambio a la muerte.

3. Vuelta a la síntesis

Si no podemos cambiar de golpe la idea de amor que tiene el mundo, podemos sin embargo corregir la visión teológica que, sin quererlo, la favorece y legitima. Es lo que ha hecho de manera ejemplar el Santo Padre Benedicto XVI con la encíclica Deus caritas est. Él reafirma la síntesis católica tradicional expresándola en términos modernos. “Eros e agape, se lee – amor ascendente y amor descendente – nunca llegan a separarse completamente […]. la fe bíblica no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones” (nr. 7-8). Eros y agape están unidos a la fuente misma del amor que es Dios: “Él ama – continua el texto de la encíclica – y este amor suyo puede ser calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente agapé. ” (nr. 9).

Se entiende la acogida insólitamente favorable que este documento pontificio encontró también en los ambientes laicos más abiertos y responsables. Ésta da una esperanza al mundo. Corrige la imagen de una fe que toca tangencialmente el mundo, sin penetrar dentro de él, con la imagen evangélica de la levadura que hace fermentar la masa; sustituye la idea de un reino de Dios venido a “juzgar” al mundo, con la de un reino de Dios venido a “salvar” al mundo, empezando por el eros que es su fuerza dominante.

A la visión tradicional, propia tanto de la teología católica como de la ortodoxa, se puede aportar, creo, una confirmación también desde el punto de vista de la exégesis. Los que sostienen la tesi de la incompatibilidad entre eros y agape se basan en el hecho de que el Nuevo Testamento evita cuidadosamente – y, al parecer, intencionalmente – el término eros, usando en su lugar siempre y sólo agape (aparte de algún uso raro del término philia, que indica el amor de amistad).

El hecho es cierto, pero no son ciertas las conclusiones que se sacan de él. Se supone que los autores del NT estaban al corriente del sentido que el término eros tenía en el lenguaje común –el eros, por así decirlo, “vulgar” – como el sentido elevado y filosófico que tenía, por ejemplo, en Platón, el llamado eros “noble”. En la acepción popular, eros indicaba más o menos lo que indica también hoy cuando se habla de erotismo o de películas eróticas, es decir, la satisfacción del instinto sexual, una degradación más que un enaltecimiento. En la acepción noble éste indicaba el amor por la belleza, la fuerza que mantiene unido el mundo y que empuja a todos los seres a la unidad, es decir, ese movimiento de ascensión hacia lo divino que los teólogos dialécticos consideran incompatible con el movimiento descendente de lo divino hacia el hombre.

Es difícil sostener que los autores del Nuevo Testamento, dirigiéndose a personas sencillas y de ninguna cultura, pretendiesen ponerles en guardia contra el eros de Platón. Estos evitaron el término eros por el mismo motivo por el que un predicador evita hoy el término erótico o, si lo usa, lo hace sólo en sentido negativo. El motivo es que, entonces como ahora, la palabra evoca el amor en su expresión más egoísta y sensual [8] <#_ftn8> . La sospecha de los primeros cristianos hacia el eros se agravaba ulteriormente por el papel que éste desempeñaba en los desenfrenados cultos dionisíacos.

Apenas el cristianismo entra en contacto y en dialogo con la cultura griega de la época, cae inmediatamente, lo hemos visto ya, toda exclusión respecto al eros. Éste era usado a menudo, en los autores griegos, como sinónimo de agape y empleado para indicar el amor de Dios por el hombre, como también el amor del hombre por Dios, el amor por las virtudes y por todo lo bello. Basta, para convencerse de ello, una simple mirada al “Léxico Patrístico Griego” de Lampe[9] . El de Nygren y de Barth es por tanto un sistema construido sobre una falsa aplicación del argumento llamado ex silentio.

4. Un eros para los consagrados

La redención del eros ayuda antes que nada a los enamorados humanos y a los esposos cristianos, mostrando la belleza y la dignidad del amor que les une. Ayuda a los jóvenes a experimentar las fascinación del otro sexo, no como algo turbio, vivido lejos de Dios, sino como un don del Creador para su alegría si se vive en el orden que Él quiere. A esta función positiva del eros se refiere también el Papa en su encíclica, cuando habla del camino de purificación de eros que lleva de la atracción momentánea al “para siempre” del matrimonio (nr. 4-5).

Pero la redención del eros nos debe ayudar también a nosotros consagrados, hombres y mujeres. He destacado al principio el peligro que corren las almas religiosas, que es aquel de un amor frío, que no desciende desde la mente hasta el corazón. Un sol invernal que ilumina pero que no calienta. Si eros significa empuje, deseo, atracción, no debemos tener miedo a los sentimientos, ni menospreciarlos o reprimirlos. Cuando se trata del amor de Dios -escribió Guillermo de St.Thierry- el sentimiento de afecto (affectio) es también gracia, no es, de hecho, la naturaleza la que puede infundir un sentimiento tal [10]

Los salmos están llenos de este anhelo del corazón de Dios: “A ti Señor, levanto mi alma …”, “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”. “Por tanto, presta atención -dice el autor de la ´Nube del no saber´- a este maravillosos trabajo de la gracia en tu alma. Esto no es otra cosa que un impulso espontáneo que surgen sin avisar y que señala directamente a Dios, como una centella que se libera del fuego… Golpea esta nube densa del no saber con la flecha afilada del deseo de amor y no te muevas de allí, pase lo que pase”[11] . Es suficiente, para realizar esto, un pensamiento, un movimiento del corazón, una jaculatoria.

Pero todo esto no nos basta y Dios lo sabe mejor que nosotros. Nosotros somos criaturas, vivimos en el tiempo y en un cuerpo; necesitamos una pantalla sobre la que proyectar nuestro amor que no sea sólo “la nube del no saber”, es decir el velo de oscuridad tras el cual se esconde el Dios que nadie ha visto nunca y que habita una luz inaccesible…

La respuesta que se da a esta pregunta, la conocemos bien: ¡por esto Dios nos ha dado la posibilidad de amar! “Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros… El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (1Jn 4, 12.20). Pero debemos estar atentos para no obviar un eslabón fundamental. Antes que el hermano que se ve hay otro que también se ve y se toca: es el Dios hecho carne, ¡es Jesucristo!. Entre Dios y el prójimo está el Dios hecho carne que ha reunido los dos extremos en un sola persona. Es en él donde se encuentra el fundamento del mismo amor al prójimo: “A mi me lo hicisteis”.

¿Qué significa todo esto para el amor de Dios? Que el objeto primario de nuestro eros, de nuestra búsqueda, deseo, atracción, pasión, debe ser Cristo. “Al Salvador se le ha predestinado el amor humano desde el principio, como su modelo y fin, un cofre tan grande y tan amplio que pudiese acoger a Dios […]. El deseo del alma va únicamente hacia Cristo. Aquí está el lugar de su reposo, porque sólo él el el bien , la verdad, y todo lo que inspira amor”[12] . Esto no significa restringir el horizonte del amor cristiano de Dios a Cristo; significa amar a Dios en la manera en la que Él quiere ser amado. “ya que él mismo os ama, porque vosotros me amáis” (Jn 16,27). No se trata de un amor mediado, casi por poder, porque quien ama a Jesús “es como si” amase al Padre. No, Jesús es un mediador inmediato; amándole a Él se ama, ipso facto, también al Padre. “El que me ha visto, ha visto al Padre”, quien me ama a mí, ama al Padre.

Es verdad que tampoco se ve a Cristo, pero está, está resucitado, está a nuestro lado, más de lo que un esposo enamorado está al lado de su esposa. Aquí está el punto crucial: pensar en Cristo no como en una persona del pasado, sino como el Señor resucitado y vivo, con el que puedo hablar, que puedo besar si quiero, convencido de que mi beso no termina en el papel o en la madera de un crucifijo, sino sobre un rostro o unos labios de carne viva (aunque espiritualizada), felices de recibir mi beso.

La belleza y la plenitud de la vida consagrada depende de la calidad de nuestro amor por Cristo. Sólo éste es capaz de defender de los bandazos del corazón. Jesús es el hombre perfecto; en él se encuentran, en un grado infinitamente superior, todas esas cualidades y atenciones que un hombre busca en una mujer y una mujer en un hombre. Su amor no nos sustrae necesariamente de la llamada de las criaturas y en particular de la atracción del otro sexo (esta forma parte de nuestra naturaleza, que él ha creado y que no quiere destruir); pero nos da la fuerza de vencer estas atracciones con una atracción más fuerte. “Casto – escribe san Juan Clímaco – es aquel que expulsa al eros con el Eros”[13] .

¿Destruye quizás, todo esto, la gratuidad del agape, pretendiendo dar a Dios algo a cambio de su corazón? ¿Anula la gracia? En absoluto, al contrario la exalta. ¿Qué damos, de hecho, de esta forma a Dios sino lo que hemos recibido de él? “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19). El amor que damos a Cristo es su mismo amor por nosotros que le devolvemos, como hace el eco con la voz.

¿Dónde está entonces la novedad y la belleza de este amor que llamamos eros? El eco devuelve a Dios su mismo amor, pero enriquecido, colorado o perfumado por nuestra libertad. Y es todo lo que él quiere. Nuestra libertad lo resarce de todo. No solo, sino, cosa inaudita, escribe Cabasilas, “recibiendo de nosotros el don del amor a cambio de todo lo que nos ha dado, se considera deudor nuestro”[14] . La tesis que contrapone eros y agape se basa en otra bien conocida contraposición, entre gracia y libertad, es más, en la negación misma de la libertad en el hombre decaído (sobre el “siervo arbitrio”).

Yo he intentado imaginar, Venerables Padres y hermanos, qué diría Jesús resucitado si, como hacía en la vida terrena cuando entraba el sábado en una sinagoga, ahora viniese a sentarse aquí en mi lugar y nos explicase en persona cuál es el amor que él desea de nosotros. Quiero compartir con vosotros, con sencillez, lo que creo que diría; nos servirá para hacer nuestro examen de conciencia sobre el amor:

El amor ardiente:

Es ponerme siempre en el primer lugar.

Es buscar agradarme en todo momento.

Es confrontar tus deseos con mi deseo.

Es vivir ante tí como amigo, confidente, esposo y ser feliz por ello.

Es estar inquieto si piensas estar un poco lejos de mi.

Es estar lleno de felicidad cuando estoy contigo.

Es estar dispuesto a grandes sacrificios con tal de no perderme.

Es preferir vivir pobre y desconocido conmigo, más que rico y famoso sin mí.

Es hablarme como al amigo más querido en todo momento posible.

Es confiarte a mí mirando a tu futuro.

Es desear perderte en mí como meta de tu existencia

Si os parece también a vosotros, como me parece a mi, estar lejísimos de esta visión, no nos desanimemos. Tenemos a uno que puede ayudarnos a alcanzarlo si se lo pedimos. Repitamos con fe al Espíritu Santo: Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium et tui amoris in eis ignem accende: Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

[1] Edición original sueca, Estocolmo 1930, trad. ital. Eros e agape. La nozione cristiana dell’amore e le sue trasformazioni, Bolonia, Il Mulino, 1971

[2] Pseudo- Dionisio Areopagita, Los nombres divinos, IV,12 (PG, 3, 709 ss.)

[3] S. Agustín, Confesiones I, 1.

[4] Comentario al evangelio de Juan, 26, 4-5.

[5] Cf. S. Bernardo, De diligendo Deo, IX,26 –X,27.

[6] S. Tomás de Aquino, Comentario a la Carta a los Romanos, cap. V, lec.1, n. 392-293; cf. S. Agustín, Comentario a la Primera Crata de Juan, 9, 9.

[7] K. Barth, Dogmática eclesial, IV, 2, 832-852; trad. ital. K. Barth, Dommatica ecclesiale, antología dirigida por H. Gollwitzer, Bolonia, Il Mulino 1968, pp. 199-225.

[8] El sentido que los primeros cristianos dieron a la palabra eros se deduce claramente del conocido texto de S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 7,2: “Mi amor (eros) ha sido crucificado y ya no hay en mí fuego de pasión … no me atraen el alimento de corrupción y los placeres de esta vida”. “Mi eros” no indica aquí a Jesús crucificado, sino “el amor por mí mismo”, el apego a los placeres terrenos, en la línea del paulino “He sido crucificado con Cristo, no soy yo quien vive” (Gal 2, 19 s.).

[9] Cf. G.W.H. Lampe, A Patristic Greek Lexicon, Oxford 1961, pp.550.

[10] Guillermo de St. Thierry, Meditaciones, XII, 29 (SCh 324, p. 210).

[11] Anonimo, La nube della non conoscenza, Ed. Áncora, Milán, 1981, pp. 136.140.

[12] N. Cabasilas, Vida en Cristo, II,9 (PG 88, 560-561)

[13] S. Juan Clímaco, La escala del paraíso, XV,98 (PG 88,880).

[14] N. Cabasilas, Vida en Cristo, VI, 4 .

Fuente: catholic.net

Ser provida

Católicos solteros encuentran amor por internet

Resumen de los Encuentros de Familias Invencibles en Valencia

El amor de los padres hacia los hijos

Visión de la relación de pareja


En este tema voy a distinguir varias partes a la hora de su análisis:

1- Concepto de amor.
2- Teatro y carnaval.
3- Caída del telón.
4- Miedo.
5- Renacimiento.

1. Concepto de amor.
Estamos hablando de un concepto multicultural y multieducacional, por lo tanto no tiene porqué coincidir en todas las personas y difícilmente en las parejas. Si se da en la pareja se llega a decir que se encuentra a la “media naranja”.

Al no tener el concepto homogeneizado en todas las personas, cosa que acabaría de un plumazo con la libertad de pensamiento humana, el encuentro de dos personas se convierte en el encuentro de dos conceptos de amor (entre otros muchos), que de forma general serán coincidentes, pero cuyos flecos actúan como dos carreteras que se encuentran en un principio y siguen sentidos distintos, y algunas veces opuestos.

Todos tenemos un concepto más o menos coincidente del amor en términos generales, pero nos diferenciamos en el “sentido” del mismo. Me refiero con el sentido al fin que pretendemos: lo mejor para uno mismo, lo mejor para mi pareja, mejora económica, tradición, miedo, etc…

Por lo tanto en un inicio de la relación cada uno mira a un punto distinto del horizonte, pero no precisamente al mismo. El horizonte es el mismo para todos pero no el punto concreto, este punto es fruto de nuestro recorrido en la vida(educación, experiencias, madurez, etc…) Hacer coincidir dos puntos en el horizonte se hace tan difícil como que dos personas nacieran con la misma cara, hasta los gemelos tienden a gesticular de forma distinta.

La base del fracaso de toda relación la encontramos en el egoísmo, en intentar convencer al otro de que tu punto elegido en el horizonte es el correcto y no el del otro. De lo que no nos damos cuenta es de que en los dos puntos del horizonte se dan las mismas sensaciones, amanece y atardece de la misma manera. Lo realmente importante es respetar el punto de vista de tu pareja y que ella respete el tuyo e intentar ver las cosas como el otro las ve para así generar una evolución conjunta.

Ahora bien, para poder tener esta experiencia es necesario adoptar un sentimiento amoroso global, es decir aceptar las imperfecciones propias y las del otro, que en un principio serán completamente ocultadas o camufladas por miedo a no ser aceptado.

2. Teatro y carnaval.
El inicio, el primer contacto se produce en el gran “carnaval” o “teatro” de la vida. El miedo social a ser reconocidos de forma real hace que todo el mundo ande por el mundo disfrazado o con alguna mascara teatral que represente el papel que queremos transmitir.

Por lo tanto en un principio se da un esfuerzo de ocultación de nuestros defectos (e incluso de nuestras virtudes). Con el objetivo de ser querido y aceptado para poder llevar a cabo nuestro “sentido” anteriormente explicado. El problema fundamental de esta teatralidad es que se da en los dos miembros de la pareja a la vez (en un 90%) y cuando nos cansamos de dicho esfuerzo empiezan a aparecer los problemas ya que ni uno ni el otro se ven como al principio, evidentemente…

3. Caída del telón
El carnaval, el teatro… termina con la caída de un telón que no se puede contener más tiempo. La función acaba como todas las funciones, cuando acaban los recursos imaginativos de ambos, y la idealización empieza a agrietarse. La verdad pasa a través de esas grietas y ambos acceden a la realidad de la persona que tienen delante, y es en este momento cuando se empieza a mostrar la verdad, antes camuflada. La verdad no idealiza a nuestro favor, es como es, creando sorpresa (por lo que vemos) e inseguridad (por lo que mostramos). Aquí se presenta el verdadero reto, cuando ambos se ven sin mascara teatral.

4. Miedo
Es aquí cuando empieza el verdadero conocimiento de la pareja y es aquí cuando la gran mayoría no vuelve a verse; prefieren y eligen libremente teatralizar las relaciones amorosas ocultándose tras máscaras teatrales que ofrecen seguridad ante el miedo al fracaso o la inseguridad.

Alguien diría que es un tipo de “amor” válido, como un juego que nos entretiene. Pero de ahí no pasa, no busquemos en este juego el acceso a la verdad o a la sinceridad absoluta. Encumbrar la apariencia nos aleja de lo verdadero. Es como si nos dan un regalo y no lo abrimos hipnotizados por el papel que lo envuelve, puede ser muy bonito, no lo dudo, pero ¿porqué nos cuesta tanto abrirlo y aceptar lo que hay en el interior? El teatro es bonito, pero el conocimiento de la verdad por poco que veamos o que sintamos siempre será más real, y esto a la larga llena más porque en esta infinitud, el telón nunca cae.

Si nos quedamos en la superficialidad de saltar de una relación a otra sin abrirnos, seremos como la rana que salta de piedra en piedra sin bucear. Perder el miedo a nosotros mismos y la confianza se convierten en la llave hacia una conocimiento superior.

5. Renacimiento
El grado de aceptación debe ser bastante elevado en la pareja para afrontar este “renacimiento” de la relación, en el que se prescinde de máscaras teatrales. Una aceptación tanto de la persona que tenemos delante como de nosotros mismos. A partir de esta aceptación se abre un nuevo campo de conocimiento en ambas direcciones, e incluso introspectivamente, viéndonos reflejados en la sinceridad de nuestra pareja.

Es evidente que el que no esté predispuesto desde un principio a dar este salto (¿al vacío? Entendiendo vacío como desconocido) tiene muchas papeletas de seguir en una indefinida teatralización de las relaciones dentro de un bucle constante. Este bucle nos hará felices e infelices de manera constante y cíclica, pero sin transcenderlo, sin ir más allá. Este más allá es lo que nos puede llenar completamente al trascender esa prisión formada por un bucle imaginario e idealista.

Rubén González

Fuente:terapiayfamilia.blogspot.com/

¿Dejarías el amor a la suerte?

Tras el sacramento del matrimonio, los novios viven una transformación que les capacita para amar a un nivel muy superior al de antes de la boda

Por Isabel Molina E.

El matrimonio es la gran aventura de nues­tra vida, tan impredecible como fascinante. La cultura actual nos bombardea con señales de alerta para no dar el paso de la boda, sin embargo, poco se nos habla de los beneficios de casarse… ¿Qué añade ese “sí” definitivo ante el altar al amor de dos personas que se quieren?

EL PRÓXIMO 29 de abril tendrá lugar la boda del príncipe Guillermo de Inglaterra con su prometida, Kate Middleton. Los británicos han anunciado un gran día de fiesta nacional, y esperan ansiosos el evento que los pondrá en la primera plana de los principales medios del mundo. Una lluvia de elogios caerá sobre esta joven pareja que se presenta ante el altar para sellar su unión.

Más allá de eventos como este, que tienen sabor a cuento de hadas, el matrimonio, hoy en día, no goza del mejor prestigio social ni mediático. En 2005 se modificó el Código Civil en España para permitir las uniones entre personas del mismo sexo. Desde entonces, la realidad esponsal (marido y mujer) dejó de existir para ser reemplazada por la de cónyuge A y cónyuge B. En el mismo año, se aprobó el divorcio exprés para facilitar a las personas la disolución legal de su matrimonio al poco tiempo de presentar la demanda de divorcio. Los efectos de estos cambios legislativos no se han hecho esperar: según las estadísticas del Instituto de Política Familiar, entre 1998 y 2008 España fue el país de la Unión Europea 27 (UE27) con mayor crecimiento cuantitativo y cualitativo de divorcios (con un promedio de 73.000 divorcios más al año). Con la aceptación social del divorcio, algunos han decidido saltarse la boda y optar por irse a vivir juntos para evitar desastres. Otros, salvando grandes temores, se atreven a casarse pero, poco a poco, van perdiendo el interés y la confianza para luchar por mantener el vínculo.

¿Quiere decir entonces que el matrimonio está destinado a desaparecer? La respuesta la dan las nuevas generaciones. El informe Jóvenes españoles 2010, de la Fundación Santamaría –el cual sondea los valores de los jóvenes españoles de entre 15 y 24 años– anota que la mayoría de jóvenes sigue pensando en institucionalizar su relación de pareja. Para conseguirlo, optaría como primera opción por el matrimonio por la Iglesia y, como segunda, por la convivencia con o sin papeles. En EE UU, un estudio realizado por el Pew Research Center (noviembre de 2010) muestra también que los jóvenes estadounidenses sí valoran el matrimonio –el 95 por ciento de quienes no han cumplido los 30 años tiene planes de casarse– el problema es que han perdido la fe en él.

Para superar la disyuntiva entre el velo negro que se teje sobre la institución matrimonial y los deseos reales de las personas, Tomás Melendo, filósofo y metafísico, dice que a nuestra cultura le hace falta acabar de entender lo que es el matrimonio. Frases tan sonadas como “el matrimonio no es más que una cuestión de papeles” o “yo no necesito la confirmación de un cura para querer a mi pareja”, indican que se ha reducido el matrimonio a una ceremonia, un contrato o una alianza y, aunque el matrimonio engloba estas cosas, es mucho más.

Aníbal Cuevas, orientador familiar y autor del blog SerAudaces.com, compara lo que está sucediendo con el matrimonio con lo que ocurre cuando nos miramos en un espejo roto: “Podemos reconocernos, pero no es realmente nuestro rostro lo que vemos; son piezas cuarteadas que no encajan exactamente”. Es por eso, explica, que hoy “se acierta a intuir lo que es el matrimonio, pero no es visto en su unidad”.

Un estudio del National Marriage Project de la Universidad de Virginia y el Centro para el Matrimonio y la Familia del Instituto para los Valores en América,When marriage disappears (Cuando el matrimonio desaparece, 2010) concluye que el modelo de matrimonio como “institución” –que integraba el sexo, la paternidad, la cooperación económica y la intimidad emocional en una unión permanente– ha sido sustituido por un modelo de matrimonio que denomina de “almas gemelas”, en el cual el matrimonio se considera un medio para el crecimiento personal, la intimidad emocional y el consumo compartido. Bajo este “modelo”, la supervivencia del matrimonio dependerá de que ambos cónyuges sean felices. Además, el sexo y la crianza de los hijos son circunstanciales y pueden darse por igual fuera o dentro de la institución matrimonial. El matrimonio no se entiende como el inicio de algo que los esposos habrán de construir juntos, sino como una meta en sí misma. Por eso, para poder casarse, los novios tienen que haber alcanzado cierta independencia económica y emocional.

“Estamos en las antípodas de lo que es el matrimonio cristiano”, afirma monseñor Juan Antonio Reig Pla, presidente de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española. “¿Qué es lo que ha pasado? El primer fenómeno que ha conducido a esta situación es la desacralización del matrimonio y de la vida humana. No se mira el matrimonio más que como respuesta a los propios deseos y satisfacciones; no se lo ve como algo a lo que Dios llama y, por tanto, como un estado de vida que nos trasciende”.

¿Casarse o vivir juntos?
Ante la dificultad de cumplir los requisitos para casarse, el número de parejas de hecho ha aumentado significativamente en las últimas cinco décadas. Se ha popularizado la creencia de que vivir juntos antes de casarse es una buena forma de determinar si en realidad los novios se van a entender y si, por lo tanto, podrán evitar un posible divorcio. Sin embargo, When marriage disappears (Cuando el matrimonio desaparece, 2010), señala que no hay ningún estudio que demuestre la veracidad de esta creencia. Por el contrario, hay evidencias de que aquellos que viven juntos antes de casarse, tienen más posibilidades de acabar en una ruptura matrimonial cuando se casen.

Un amor incondicional, es la aspiración del corazón humano. Muchos se sienten capaces de amar así, sin necesidad de casarse; sin embrago, cuando desaparece el sentimiento, aseguran que “se les acabó el amor”.

Casarse y convivir no son equiparables. Para comenzar, “el matrimonio blinda jurídica, religiosa y moralmente la alianza conyugal”, explica Patricia Martínez, profesora de Psicología de la vida matrimonial y familiar del Curso de Experto en Matrimonio y Familia de la Fundación DIF (www.fundaciondif.org). “Es lo mismo que ocurre con cualquier institución humana, cuyo contrato social se protege para mayor seriedad y estabilidad de unos usos y formas sociales que le dan credibilidad”, añade. Pero la principal diferencia, de acuerdo con Aníbal Cuevas, es el compromiso. Al casarse, “los contrayentes no se comprometen a seguir sintiendo lo que sienten en ese momento durante toda la vida, se comprometen a quererse en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, en los buenos y malos momentos”.

Tomás Melendo va aún más allá. Señala que la entrega, por la cual los cónyuges se dan libremente el uno al otro en exclusiva y para siempre, es del todo necesaria, pues el “sí” de la boda todo lo transforma. A partir de ese momento, los novios ya son otros. Pasan a ser esposos, es decir, “personas capaces de amar a un nivel muy superior”. Decirse “sí” –enfatiza Melendo– es un acto profundísimo, inigualable, por el que se fortalece la voluntad y se la habilita para querer a otro nivel.

Esto no quiere decir que al casarse ya esté todo dado, sino que, con la boda, los esposos emprenden la aventura de “aprender a amar”. “Puede sonar utópico –insiste el mismo Melendo–, pero quien ve el matrimonio como una gran aventura logra entenderlo. Lo propio de una aventura es que quienes la emprenden se pongan una meta alta, en apariencia inalcanzable, pero que vale la pena, aunque no tienen ninguna seguridad de que vayan a alcanzar su objetivo. Una vez que la inician, no permiten que las dificultades y los contratiempos sofoquen la ilusión inicial. Y, al mantener la mirada fija en el fin, en el triunfo, renuevan las energías y la valentía para seguir adelante”.

Vínculo sacramental
El catecismo de la Iglesia católica nos re­cuerda que, a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir el matrimonio a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales, no es una institución puramente humana. Dios es su autor. La alianza matrimonial fue elevada por Cristo a la dignidad de sacramento.

Al casarse, además de una capacidad nueva para amarse plenamente, los esposos reciben una gracia especial de Dios que hace viable ese tipo de amor que el corazón humano tanto desea: la gracia de estado. ¿En qué consiste esta gracia? Según monseñor Reig Pla es como una cuerda que nos permite subir al segundo piso de una vivienda cuando la puerta está cerrada. Alguien desde arriba nos lanza una cuerda. Uno se coge a ella y sube. “Justo esto es lo que hace la gracia de Dios: darnos la posibilidad de alcanzar lo que deseamos y no podemos por nuestras fuerzas”, añade. Rafael Real, que lleva 33 años de matrimonio, asegura que ha experimentado esta gracia de forma viva en muchas ocasiones, incluso a los pocos días casarse. “A la vuelta de nuestro viaje de novios, pasamos por mi pueblo a ver a mis abuelos. Nos encontramos con que mi madre tenía una molestia en un ojo y unos meses después había perdido la vista. Mis padres tuvieron que venirse a vivir con nosotros. Yo tenía mucho miedo de que el cariño que tenía por mi madre fuera a interferir con el amor a mi esposa, entonces le dije a mi mujer: ‘Rosa, ayúdame, que yo solo no puedo’”. Desde ese momento Rafael, notó en Rosa una capacidad especial para llevar la convivencia con sus suegros.

Al recibir el sacramento del matrimonio, los esposos adquieren como esa especie de seguro para proteger su amor. Muchos matrimonios han logrado superar crisis aparentemente insalvables cuando recuerdan que entre ellos hay un tercero, que muchas veces los espera en silencio. “Jesucristo es quien da a los esposos la posibilidad de amarse, de perdonarse, de regenerar todo lo que se destruye dentro de ellos –como las propias heridas en la vida matrimonial–, y de hacer posible todo lo que a lo largo de su historia pudieran estropear en el proyecto de Dios”, explica monseñor Reig Pla.

Amarse más
Casarse entonces, ¿para qué? Para quererse más. Solo el compromiso libre de los esposos que se deciden a amarse sin reservas, para siempre, hace posible ese amor total, plenamente humano, fiel, exclusivo y fecundo, que caracteriza el amor entre los esposos.

Amor plenamente humano: como en todo lo humano, hay caídas, fracasos y errores. Hay discusiones. Hay momentos de absoluta incomprensión y, ante esta situación, ¿qué hacemos? Patricia Martínez comenta que es posible superarlo todo, pues “el corazón humano no es solo un músculo físico, sino un fuego capaz de reavivar desde las propias cenizas, aunque parezca que se están apagando”.

Amor total: en el matrimonio se entrega la persona entera, sin reserva alguna. Esto es posible pues es el único amor donde se da la unión sexual. En los demás amores es posible comunicar pensamientos, afectos e intenciones, pero no se da ese encuentro corporal que simboliza la unidad anímica. La entrega corpórea sella el amor matrimonial.

Amor fiel y exclusivo: uno con una y para siempre. ¿Significa que no me sentiré atraído por otra persona? Y si alguien distinto a mi cónyuge me atrae, ¿cómo afrontar esta situación? ¿Podré aguantar toda la vida a su lado? La fidelidad puede ser difícil, pero es fuente de felicidad duradera y profunda. Además, es siempre posible. Patricia Martínez indica que para lograrla “debemos cuidar y preservar la intimidad conyugal como el velo que protege el vínculo de pertenencia a otro en su singularidad”. Y añade que “la fidelidad es la mejor garantía de unidad en la vida conyugal, pues al haber sido libres para elegir nos hemos comprometido libremente con otro, lo que exige exclusividad, no solo de los cuerpos, sino de las mentes y los corazones”.

Amor fecundo: uno de los grandes miedos actuales es el rechazo a la fecundidad propia del amor matrimonial. Incluso se difunde la idea de que, una vez casados, conviene aplazar la llegada de los hijos para conocerse mejor y disfrutar el matrimonio. María Luisa Estrada, cofundadora del programa de educación para el amor Protegetucorazón, asegura que estas ideas debilitan la unión, pues los hijos son la tuerca del amor. “Cuando un tornillo se afloja y no tiene tuerca, se cae y la máquina se estropea. De igual manera, los hijos traen alegría, al mismo tiempo que ayudan a olvidarse de uno mismo, y los esposos empiezan a mirar juntos en esa dirección porque ser padres exige ser un espejo en el cual pueden mirarse los hijos”. Los hijos son el don más excelente del amor.

¿CUESTIÓN DE SUERTE O DE TEMPLE?
Aníbal Cuevas indica que la base del matrimonio está en hacer una buena elección. Compartir los mismos principios y creencias sobre la sexualidad, los sentimientos, los hijos, la fe, –apunta– garantiza en gran medida esa elección. Sin embargo, esta base no es suficiente. También hace falta que los novios se preparen con lo que exige la vida matrimonial. El estudio When marriage disappears (Cuando el matrimonio desaparece, 2010), demostró que los matrimonios más estables en EE UU son los de quienes tienen mayor formación académica, pues desde pequeños a estos jóvenes se les ha trazado un camino de éxito muy claro: si quieren llegar lejos, tendrán que dar una serie de pasos, en un orden concreto. En otras palabras, lograr el famoso “sueño americano” no es un tema de suerte, muy por el contrario, exige posponer la recompensa, forjar la disciplina necesaria para concentrarse en la educación y ejercitarse en virtudes como la templanza y la moderación, entre otras. Esto no indica que para casarse haga falta un título universitario, lo que intenta demostrar es que el mismo autocontrol y capacidad de trabajo que hacen posible un grado universitario en EE UU ha entrenado para el éxito matrimonial a quienes hoy en ese país tienen las uniones más sólidas. Por el contrario, quienes no han recibido este entrenamiento, optan con frecuencia por el sexo prematrimonial, viven más embarazos adolescentes, una historia de vida compartida con diferentes parejas, de promiscuidad sexual, de abuso de drogas y de matrimonios a muy temprana edad.

TIEMPO COMPARTIDO
Se ha vuelto muy frecuente ver que los matrimonios hagan planes de manera independiente, cada uno por su lado. María Luisa Estrada explica que este estilo de vida es muy mal síntoma. “Al casarse se hace una elección llena de aspectos maravillosos, que también conlleva renuncias. El tiempo se vuelve compartido. Hay que aprender a manejarlo de otro modo. Debe existir interacción, comunidad de vida y amor”. Es ese tiempo compartido el que permite a los esposos crecer en el conocimiento mutuo, madurar en el amor y hacer feliz, mucho más feliz, al otro. “Es mejor involucrarse en las cosas del otro, acompañarse siempre que sea posible, sin que eso implique perder una independencia natural y necesaria para actividades más personales, también indispensables para el propio crecimiento y descanso. No quiere decir que no haya algunos momentos para estar solos, pero el matrimonio conlleva estar juntos, hacer cosas juntos, disfrutar juntos”, añade Estrada.

fuente:revistamision.com