¿Amar para siempre?

 
 En el amor hay un componente romántico, desatado, furioso y ciego, fuera de la realidad,

más bien se trata de un sentimiento y por tanto subjetivo, algo que hay que educar para que no tenga

carácter posesivo y neurótico. Cuando esta fase no madura en un amor más profundo, conduce a una

actitud melancólica, de tristeza íntima por el ensueño irrealizable, aquel amor imposible (el que se

canta en la época del Romanticismo). Hay también un amor sin compromiso, pasional, que se

plantea en términos de todo o nada (el que describe Larra, o Clarín en “La Regenta”), que rompe las

convenciones sociales en nombre de la libertad de amar (si no acaba trágicamente, le sucede el

desengaño, la desilución, la ironía o el cinismo).

“¿Qué es el amor auténtico? ¿Se da sólo una vez en la vida?” Son preguntas que puede

plantearse quien lo idealiza y piensa que en su vida pasa todo lo contrario, que una convivencia

basada en el amor es casi imposible pues la rotura parece ya irreparable. “Se ha roto… se nos acabó

el amor”, dicen: y es cierto, aquel viejo amor perdido quizá no es recuperable…, pero sí puede nacer

otro. No será ya el amor adolescente e idealizado, pero será sin embargo más pleno y maduro, hecho

a base de cosas reforzantes, positivas, que quizá no parten de la emoción, pero expresan algo más

profundo. En nuestra cultura no cabe la idea de “esclavizarse” a un “para siempre”, de modo

obligatorio. De hecho, a las primeras de cambio se separan las parejas. Y no es que sean personas

malas: pero realmente, muchas personas hoy día no se sienten maduras, están incapacitadas para

asumir una relación matrimonial a nivel personal; de hecho van al matrimonio pensando que es otra

cosa.

En la dinámica de encuentro amoroso hay componentes químicos, y en este sentido se puede

pasar “la química”, pero amar es una decisión personal que compromete totalmente, más allá de los

sentimientos. En un cuento de Pearl S. Buck (“Hasta mañana”) le pregunta una mujer blanca con

dudas matrimoniales a una china casada con un marido que era “una peste”: -“¿pero tú le amas?” Y

ella: “-¿Amarlo?… lo que sí he sabido siempre es cuál era mi deber, y sin dudarlo, lo he cumplido.

Cuando lo hago, soy feliz. Si no, me siento como enferma, y mi corazón no me deja descansar. Si mi

esposo no ha sido conmigo un hombre ideal, al menos yo sí he sido para él lo mejor que me ha sido

posible”. Esto hay quienes no lo entienden. Que no lo pueden entender. La imagen de libertad que

hay en el ambiente no incluye “lo correcto”, “el deber”, en el sentido profundo de “justicia”. Y

exaltamos tanto los sentimientos que todo debería someterse a ellos, hasta la misma justicia. Es un

tema complejo porque no podemos juzgar las intenciones de los demás, pero es un hecho que la

cultura actual adolece de una falta de cohesión, los componentes “químicos” y fisiológicos pesan

mucho, a veces en perjuicio de los espirituales de justicia, confianza y lealtad, porque nadie lo ha

“enseñado” de verdad (es decir, con la vida). Las facultades del alma quedan adormecidas, y lo de

querer para siempre está fuera de su horizonte de referencias y de comprensión.

Pero nos podríamos preguntar: ¿se puede dar amor, si no se siente? Ante esto, podemos

responder que cualquier persona es “amable” -digna de ser amada-, amar siempre merece la pena, y

el esfuerzo en reconstruir la familia es algo con mucho sentido. Cierto que la vida es un camino con

muchas etapas, con riesgos y peligros, hay nervios que hacen perder los estribos, dificultades

externas (como la falta de dinero), o internas (cansancio de los compañeros del viaje, o aparecen

como más atractivas otras personas que se encuentran en el camino)…

Sin embargo, hay testimonios de esta verdad profunda, como me contaba un amigo: “Una

persona no debería casarse sólo porque siente amor, sino también porque quiere amar para siempre.

Esto es una verdad como un templo y algo que para mí siempre ha sido fundamental en mi relación

de pareja”. Simultáneamente a lo dicho más arriba, lo que de verdad llena es comprometerse, todos

necesitamos un lugar donde volver “a casa”, especialmente los hijos. Y necesitamos hacer lo

correcto, lo justo, y justicia no lo hemos de entender como un deber por deber, sino que “lo justo” es

dar al otro lo que se le debe, amor.

Llucià Pou Sabaté

Centro de orientación familiar Capif

http://www.orientacionfamiliar.org/