Claro que el amor es «lo que importa»!


El sí matrimonial es capaz de originar la obligación gozosa de amarse para siempre, en las duras y en las maduras, porque simultáneamente hace posible esa entrega incondicionada

¡Claro que el amor es «lo que importa»!
A modo de introducción: Bodas “de etiqueta” y bodas de “Sí, quiero” (Por Marta Román)

Qué manía le ha dado a todo el mundo con poner etiquetas a las bodas y a lo que de ellas se deriva, es decir, a las familias. Hoy en día se reducen a dos: “Tradicional”, que me suena a “aburrimiento”, y “Nueva”, que me suena a “guay”.

En este artículo, Tomás Melendo me rompe ese esquema y me da otra visión más real y, sobre todo, más profunda de lo que supone decir “Sí, quiero” en la vida de dos personas. Lo expresa como un “acto único” que, dicho “en cristiano”, significa lanzarse a la aventura, perder el miedo o algo así. La boda es la acción concreta que marca un antes y un después, y el verdadero “sí, quiero” es el que capacita a dos personas para hacer posible lo imposible.

La verdadera boda no tiene etiqueta y es propia de la gente de hoy o de antes, pero gente lanzada, abierta a nuevas experiencias y aventurera: que apuesta al “todo o nada”, que cree que el amor es lo importante, que arriesga, que desafía miradas de hipocresía ante la llegada de un nuevo hijo y con franca sonrisa dice —y se dice— “a su casa viene”. Gente que lo mismo va vestida de marca, que de Zara, que de hippy. Que lo mismo lleva rastas que se plancha el pelo.

Porque toda ella, con sus variados estilos de vida, se mueve en un plano invisible con una idea común sobre el matrimonio: que la felicidad tiene mucho que ver con encontrar una persona con la que andar la aventura de la vida.

Es verdad que existen bodas de etiqueta o bodas de “mero trámite”, que intentan planificar un futuro en el que todo está predicho y en el que el amor, de haberlo, cuenta lo justo para justificar esa unión. Pero pensar en ellas me parece muy aburrido, tanto si se celebraron hace tres siglos como el sábado pasado.
Qué mala soy…

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El amor sí es lo que importa

Más de una vez he oído explicar la grandeza del amor que se pone en juego en el momento de la boda haciendo ver que no se trata de un acto de amor como cualquier otro, sino de algo especialísimo, realmente grandioso, porque lleva consigo la osadía de hacer obligatorio el amor futuro: si antes de la boda los novios se amaban de forma radicalmente gratuita, sin compromiso alguno, en el preciso momento del “sí” se aman tanto, con tal locura e intensidad, que son capaces de comprometerse a amarse de por vida.
Siendo esto verdad, no lo es menos algo que con frecuencia ni tan siquiera se nombra… A saber: que el sí matrimonial es capaz de originar la obligación gozosa de amarse para siempre, en las duras y en las maduras, porque simultáneamente hace posible esa entrega incondicionada.

Y “eso”, ¿no es una locura?

La reflexión sobre los excesivos fracasos matrimoniales que observamos en la actualidad, y más todavía la mayor frecuencia con que rompen los lazos quienes se han unido en convivencia cuasi-matrimonial pero sin casarse, me han llevado a advertir que la pretensión de obligarse a amar de por vida a otra persona, con total independencia de las circunstancias por las que una y otra atraviesen, si no fuera acompañada de un robustecimiento de la recíproca capacidad de amar, resultaría, en el fondo, una soberana ingenuidad, casi una demencia.

En parte para atraer la atención de quienes me escuchan, y sobre todo porque estimo que el ejemplo es correcto, aunque atrevido, suelo ilustrar ese deber-capacitación con el mandamiento máximo y máximamente nuevo que Jesucristo impuso a sus discípulos en la Última Cena.

Y añado, con todo el respeto posible y una pizca de humor, que semejante pretensión sería una auténtica chifladura si el Señor, en el momento de establecer el precepto, no incrementara de manera casi infinita la capacidad de amar del cristiano, o previera los medios para fortificarla y hacerla crecer.

¿Cómo, si no, pedir a unos simples hombres que quieran a los demás como el mismísimo Dios los ama: «Como Yo os he amado»?

Pues algo análogo, no idéntico, sucede en el momento de la boda, también la que se sitúa en el ámbito natural. En el mismo momento en que pronuncian el sí de manera libre y voluntaria, los nuevos cónyuges no solo se obligan, sino que sobre todo se tornan mutuamente capaces de quererse con un amor situado a una distancia casi infinita por encima del que podían ofrecerse antes de esa donación total. Por el contrario, sin ese sí que los “hace aptos”, la pretensión de obligarse resultaría casi absurda.

Lo importante

Cuando mis amigos o alumnos afirman, con más o menos agresividad y “buscándome las cosquillas”, que lo importante para llevar a buen puerto un matrimonio es el amor, les respondo sin titubear que sin ninguna duda: estoy mucho más convencido que cualquiera de ellos.

(Es más, considero que el haber centrado la clave de la vida conyugal en el amor mutuo, dejando de lado otras razones menos fundamentales, es una de las ganancias o conquistas teóricas más relevantes de los últimos tiempos respecto al matrimonio).

Pero inmediatamente añado que, para poder amarse con un amor auténtico y del calibre que exige la vida en común para siempre, es absolutamente imprescindible haberse habilitado para ello; y que semejante capacitación es del todo imposible al margen de la entrega radical que se realiza al casarse.

Con otras palabras: lo importante, desde el punto de vista antropológico, no son ni “los papeles” ni “la bendición del cura”.

(Personalmente, considero una inaceptable usurpación y, por eso, me niego en rotundo a que me case ningún funcionario del Estado ni sacerdote alguno: me caso yo —y mi mujer— y justo y solo porque quiero y quiere ella; ningún otro está capacitado para hacerlo por mí; solo el libre consentimiento de los cónyuges realiza esa unión, con todos los efectos antropológicos que lleva aparejados).

Sin embargo, para que lo importante —el amor— sea efectivamente viable resulta del todo necesaria la acción de libre entrega por la que los cónyuges se dan el uno al otro en exclusiva y para siempre.

Estamos, lo digo especialmente para los conocedores de la filosofía, aunque todos podamos entenderlo, ante un caso muy particular del nacimiento de un hábito bueno o virtud: que, para más inri, es justamente la virtud de la “castidad conyugal”, tan denostada.

Virtud… ¡qué aburrimiento!

No quiero insistir en que el hábito y la virtud tienen mucha menos relación con la repetición de actos, que a menudo conduce a la rutina o incluso a la manía, que con la potenciación o habilitación de la facultad o facultades que vigorizan.

Es decir, el hábito y la virtud, con independencia absoluta de su origen, nos tornan mejores y, de forma muy directa, nos permiten obrar a un nivel muy superior que antes de poseerlos.

La cuestión resulta muy fácil de ver en las habilidades de tipo intelectual, técnico o artístico, llamadas en filosofía hábitos dianoéticos: solo quien ha aprendido durante años a dibujar, a proyectar edificios y jardines o a interpretar correctamente al piano (y el resultado de esos aprendizajes son distintos hábitos o capacitaciones de un conjunto de facultades) es capaz de realizar tales actividades de la forma correcta y adecuada, con facilidad y gozo, y sin peligro próximo de equivocarse… a no ser que le de la gana hacerlo mal (cosa no tan infrecuente).

Lo mismo ocurre con las virtudes en sentido más estricto, que son las de orden ético. Quien ha adquirido la virtud de la generosidad, pongo por caso, no solo se desprende fácilmente de aquello —¡el tiempo, en primer lugar!— con lo que puede hacer más feliz a otro, sino que se siente inclinado a realizar ese tipo de acciones y, ¡ahí es nada!, disfruta como un enano al realizarlas.

De ahí que la vida éticamente bien vivida no sea una especie de carrera de obstáculos tediosa y sin norte, un “más difícil todavía” carente de término, sino que, precisamente a causa de a las virtudes, compone una senda de disfrute progresivo, en el que incluso el dolor y el sacrificio se tornan gozosos.

La génesis de las virtudes

Una de las diferencias que se han señalado tradicionalmente entre hábitos dianoéticos (técnicas, artes, etc.) y éticos, es que algunos de aquellos pueden lograrse con un solo acto —ahí se encuadra, por ejemplo, la tan clara como difícil de comprobar adquisición del “uso de razón”—, mientras que las virtudes propiamente dichas requieren de una repetición de actos realizados cada vez con mayor amor.

Propongo una leve corrección a esta doctrina. Por un lado, porque la experiencia demuestra que, en ocasiones, una persona adquiere el valor o pierde el miedo como resultado de una única acción, más o menos arriesgada: por ejemplo, lanzarse a la piscina después de meses de dudarlo o saltar en paracaídas por vez primera… y experimentar la emoción que inclina a volver y volver a saltar, pero ahora ya sin miedo.

Y me parece que el acto único de la entrega matrimonial consciente y decidida tiene un efecto muy parecido: otorga a quienes se casan el vigor y la capacidad para amarse de por vida a una altura y con una calidad que resultan imposibles sin esa donación absoluta.

Cosa no difícil de comprender si recordamos que el fin de toda vida humana es el amor entregado, y que la ofrenda que se realiza en el matrimonio (igual que la que se hace a Dios de forma definitiva), por encarnar de manera privilegiada esa tendencia al amor, no puede sino fortalecer la capacidad de amar, hasta el punto de situarla a una distancia casi infinita de la que los novios tenían antes de la boda.

No se trata de una cuestión psicológica, como algunos me han comentado o preguntado, aunque también pueda reflejarse en esos dominios; sino de algo infinitamente más serio. Estamos ante un cambio abismal, comparable por ejemplo a lo que en filosofía denominamos el primum cognitum o la llegada del “uso de razón”: aquel hábito que permite —en un momento difícil de precisar, pero sin duda existente—, conocer la realidad tal como es, con independencia de sus beneficios o desventajas para mí, y no solo, como los animales y los niños de muy poca edad, en lo que cada una supone para mi propia satisfacción o malestar.

De esta suerte, igual que puede hablarse de un hábito primero en los dominios del conocimiento, que lleva a conocer de un modo radicalmente superior al que se tiene antes de su formación (es lo que llamo primum cognitum o habitus entitatis), es legítimo referirse a un hábito muy concreto de la voluntad —lo denominaría, si no fuera una cursilada, habitus sponsalis amoris—, que hace posible amar de una forma inédita y muy ennoblecida: conyugalmente.

Hasta el extremo de que hay que afirmar que la persona que lo genera —justo en el instante y como producto de la entrega sin reservas— es capaz, en general, de fijar definitivamente el objeto de sus amores en aquel (o Aquel) a quien se ha entregado y, en el caso del matrimonio, de transformar el cuerpo sexuado en vehículo eficaz (de la culminación) de la entrega de la propia persona… cosa imposible antes de casarse.

Habilitarse… más o menos

Me explico con un poco más de detalle. A veces entendemos la responsabilidad como la cuenta que habremos de dar, ¡si nos pillan!, por lo que hemos hecho mal; o del premio que recibiremos por lo bueno que hay en nuestra vida… y que nosotros nos encargamos de dejar muy claro.

De nuevo es una visión correcta, pero muy pobre. Ante cualquier acción que realizamos, nuestra persona responde de inmediato mejorando o empeorando, haciéndonos más capaces de obrar de nuevo, mejor y con más facilidad, en el mismo sentido, bueno o malo: quien se acostumbra a robar se va haciendo un ladrón; el que miente, un mentiroso; el que emprende grandes empresas en bien de los demás, una persona magnánima; quien se entrena siete horas en el gimnasio —si no perece en el intento— un auténtico “cachas”, etc.

Esa respuesta, que nos marca queramos o no, es la verdadera responsabilidad: el modo como nuestro ser responde y se modifica en función de nuestras actuaciones.

Pongámonos en el supuesto de acciones buenas. Cada una de ellas nos mejora y nos hace más capaces de realizar fácilmente, con gusto y sin equivocarnos el mismo tipo de operaciones. Pero no todas nos capacitan con la misma intensidad.
Quien presta sus apuntes a un compañero, se hace un poco más generoso; quien dedica toda una tarde a explicarle lo que no comprende, bastante más; quien, sin que se note, está constantemente pendiente —aunque a él le cueste sangre— de que sus amigos hagan lo que deben, con gracia y sin hacérselo pesar… ¡es un tío grande, maestro en generosidad y en muchas otras virtudes (no digo «tía grande», no por pusilánime, sino porque ellas se llaman a sí mismas «tío»: viva la juventud y la no-juventud que quiere parecer joven)!

Una puntualización importante

Pero todos estos ejemplos cuadrarían mejor con el incremento paulatino de la capacidad de amar que, cuando queremos bien, vamos generando en nosotros.
Hay otros casos que se sitúan más cerca del que estamos considerando, aun sabiendo que un ejemplo es solo eso: algo que, si está bien escogido, ayuda a entender la realidad que pretendemos ilustrar, pero que no se identifica con ella.

Me refiero, por concretar, y en negativo, a que quien no se decide a tirarse desde un trampolín, venciendo con ello el miedo que inicialmente lo acogota, nunca estará en condiciones de saltar de nuevo, con gusto y soltura, mejorando progresivamente la técnica y el estilo.

O, en positivo, y apurando un poco más la analogía, a la firme decisión que lleva, después de un tiempo de aprendizaje, a lanzarse por primera vez en caída libre desde un avión, gracias a un acto de valor que vence el miedo connatural a realizar ese salto; o, en una línea no muy lejana, a dar el paso definitivo para entrar a ejercer una profesión de alto riesgo en beneficio de los demás (pienso, entre otros, en los bomberos o los equipos de salvamento), haciendo caso omiso del temor que suscita el poner la propia vida en peligro con relativa frecuencia.

En estas circunstancias y en otras similares, ese notable acto de virtud, al multiplicar el vigor de las facultades respectivas, coloca a quien lo realiza en un nivel superior que antes de llevarlo a cabo, y lo faculta para irse superando en el ejercicio cada vez más perfecto de las actividades, que antes no eran posibles y ahora ya sí lo son.

La gran aventura

Y casi en el término de esa línea ascendente se sitúa el sí de la boda.
Como apuntaba, varón y mujer son seres-para-el-amor; y la culminación y mayor expresión de todo amor es la entrega. Cuando esa entrega es sincera, profunda, total y de por vida —cosa que se manifiesta en un solo acto, el sí de la boda—, ¿cómo no va a responder nuestra persona incrementando de una forma impensable su capacidad de querer?
¡Ahí se encuentra la razón antropológica más de fondo de la necesidad de casarse! El motivo más entusiasmante para decir un sí que nos permita iniciar la gran aventura del matrimonio: el camino que nos llevará hasta nuestra plenitud personal y nuestra felicidad.

¿Que eso suena demasiado utópico? ¡Qué lástima!, porque entonces no se comprende lo

• Quienes la emprenden se pongan una meta alta, en apariencia inalcanzable, pero que vale la pena.

• No tienen ninguna seguridad de que van a alcanzar su objetivo; de lo contrario, ¿dónde queda la gracia de la aventura?

• Una vez que la inician, no permiten que las dificultades y los contra-tiempos, también los imprevistos, sofoquen la ilusión inicial ni les impidan recrearse en lo que ya han logrado.

• La mirada fija en el fin, en el triunfo hace que, a cada paso, renueven las energías y las agallas para seguir adelante.

Si enfocamos de este modo el matrimonio, contando con las fuerzas que nos proporciona el habernos casado, sí será ciertamente un camino de rosas, en el que la apariencia y la fragancia de las flores logren que casi no advirtamos los pinchazos de las espinas (¡qué cursilada!, pero como no lo ha leído mi mujer…).

No lo será, sin embargo, si por ignorancia o dejadez o desprecio hemos decidido que la boda constituye un mero trámite y no nos hemos capacitado para querer con un amor relevante, aventurado y venturoso; más todavía, con ese acto omisión nos vamos paulatinamente haciendo incapaces de amar de la forma correcta.
Por el contrario, si, mediante el matrimonio, conseguimos que lo importante sea efectivamente el amor, no cabe la menor duda de que ¡vale la pena casarse!

Málaga, 15 de febrero de 2011

Tomás Melendo
Catedrático de Filosofía (Metafísica)
Director de los Estudios Universitarios en Ciencias para la Familia
Universidad de Málaga
www.masterenfamilias.com
tmelendo@uma.es

Amor conyugal y su diagnóstico

Diagnosticar un caso, una historia de amor, requiere cierto conocimiento de lo que es el amor conyugal y el matrimonio. ¿Por qué? Pues porque las sombras sólo son visibles a la luz, porque es necesario conocer la salud para poder diagnosticar y tratar la enfermedad. Nos pasa como con la medicina, la cual requiere mucho estudio sobre la salud para poder después diagnosticar la enfermedad y prescribir la terapia restaurativa, pues diagnosticar la enfermedad es detectar la salud que falta, y prescribir un tratamiento es buscar recuperar la salud perdida. Pero la medicina avanza gracias a que no acepta llamarle ‘salud’ a toda suerte de anomalías y disfunciones.

Estudiar qué es el amor conyugal y el matrimonio nos dará grandes luces, para estar en mejores condiciones de diagnosticar su amor, y por qué no, para descubrir en las entrañas mismas de su relación increíbles áreas de oportunidad.

1.- EL PUNTO DE PARTIDA

Independientemente de nuestros afectos religiosos, justo es reconocer que nuestra cultura occidental no posee un texto de tanta antigüedad sobre el matrimonio que se pueda comparar con la misteriosa sencillez, precisión y profundidad del Génesis: “Dijo, Dios, el Señor: no es bueno que el hombre esté sólo; hagámosle una ayuda que sea semejante a él…, la cual puso delante de Adán. Y dijo el hombre: Esto es hueso de mis huesos, y carne de mi carne… Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y estará unido a su mujer, y los dos vendrán a ser una sola carne” (Gen, 2, 18-24). Este texto, que tiene la simplicidad de una obra maestra, ha marcado más que ningún otro las líneas fundamentales de la comprensión del misterio del matrimonio.

2.- CREADOS POR AMOR Y PARA AMAR.

Dios nos ha creado por amor y para amar, el amor y el amar constituyen nuestra estructura más radical y nuestra más esencial dinámica.

Una acción es tanto más humana en tanto más impregnada esté de dimensiones de nuestra humanidad. Por ejemplo, un acto inteligente es un acto humano, pero es más humano un acto que, además de inteligente, es voluntario. Comer es algo humano, pero platicar con un amigo lo es más, y amar lo es mucho más, puesto que amar especifica al hombre, lo distingue de lo demás. El amor es una realidad exclusivamente humana e interpersonal, en definitiva aquello que más nos especifica.

Ser don de sí y aceptación del otro en sí, es la dinámica radical del ser personal, la dinámica unitiva por excelencia, en suma, el amor, el que es conforme con nuestra naturaleza.

Por ser el amor nuestra estructura y dinámica esencial, al amar resultan emplazadas todas las dinámicas del ser personal que cada uno somos. La complejidad del amor deriva de esta peculiaridad, pues siendo la estructura y dinámica más radical de la persona, implica, convocando, todas las dimensiones de nuestro ser, desde la más bio-psicosomáticas hasta las más espirituales, intelectivas y volitivas.

Por ser el amor la acción más expresiva de nuestro ser, la acción humana por excelencia, la historia de nuestros amores, de su verdad, bondad y belleza es en definitiva nuestra biografía y nuestro autorretrato final.

3.- AMAMOS COMO SOMOS

No somos animales, ni plantas, ni ángeles, ni Dioses, somos personas, espíritus encarnados o cuerpos espiritualizados. Somos una unidad substancial.

El espíritu informa la materia, haciendo que nuestro cuerpo devenga en un cuerpo personal, un cuerpo que constituye la encarnación de nuestra persona. Por lo tanto, nuestro cuerpo es la más primaria y originaria manifestación de nuestra persona.

Esta personalización de nuestro cuerpo es aquello que nos permite comprender el por qué el uso de la sexualidad desprovisto de la implicación personal, al tiempo de ser posible por la libertad, es un rompimiento de la unidad substancial corpóreo espiritual de la persona, una cosificación de la persona y una despersonalización del cuerpo.

No tenemos cuerpo, somos cuerpo. El cuerpo es encarnación y personalización de la persona. El cuerpo expresa a la persona. La corporalidad es aquella cualidad de nuestra persona en virtud de la cual puede ser ella misma la materia del don y la acogida en que consiste la dinámica amorosa. La persona se da y acoge mediante su cuerpo. Digamos que el cuerpo es aquella estructura material mediante la cual el hombre se expresa, manifiesta, entrega y acoge.

Gracias a esta encarnación de la persona somos capaces de diferenciarnos de animales y vegetales, pues somos quien somos gracias a que nuestro cuerpo es éste y no otro. Gracias al cuerpo podemos ver la diversidad y complementariedad sexual, ver a otro yo diverso y complementario.

Nuestro ser personal existe en la naturaleza, bajo dos modos diversos y complementarios de encarnar la misma naturaleza humana. Ser hombre y ser mujer, son dos modos diversos y complementarios de ser idénticamente persona humana.

La modalización sexual asienta en la previa corporalidad. Me refiero a una posterioridad ontológica y no cronológica. Así, la sexualidad aparece como un reacomodamiento de la corporalidad para adecuarse a la comunicabilidad del espíritu. Una especie de respuesta que la misma naturaleza da al problema que plantearía al hombre el ser sólo un cuerpo sin sexo.

La corporalidad sexuada es aquella cualidad de nuestro cuerpo de encarnar a la persona y de posibilitar la entrega y acogida del ser personal que se es. Si el amor constituye nuestra estructura y dinámica fundamental, para ello resulta indispensable nuestra corporalidad, pues es ella la que constituye la posibilidad de ser nosotros mismos la materia que se da y se acoge al amar. Gracias a la corporalidad sexuada el hombre no se ve limitado a dar sólo cosas que tiene pero que no es.

Darnos y acogernos es amar, es el amor en sí, la máxima acción humana y la más expresiva de nuestro ser personal.

Estamos hechos por amor y para amar, es decir, para ser don de nosotros mismos y para aceptar el don de sí de otro.

4.- ESPONSALIDAD Y CONYUGALIDAD

Esta realidad nos pone a la vista dos dimensiones de nuestra humanidad; la esponsalidad y la conyugalidad.

La esponsalidad es la condición de nuestro cuerpo de expresar y significar el don sincero de nuestra persona y la acogida sincera del don de otro. La esponsalidad esta en la base de toda comunicación interpersonal, en la base de la sociabilidad humana y por supuesto del matrimonio y la familia como comunidad primera, puesto que nuestra naturaleza, en principio solitaria e incomunicable, encuentra en nuestro modo de ser cuerpo una posibilidad de comunicación.

La esponsalidad es posibilidad de apertura, de entrega sincera de nuestro ser y acogida sincera del ser del otro. Esta esponsalidad tiene en principio dos interlocutores fundamentales, según a quién se dirija el don y la acogida; una esponsalidad trascendente y otra intrahumana.

a) La esponsalidad trascendente se dirige a Dios como interlocutor, pues existe cierta plenitud en nuestra necesidad y capacidad de amar y de ser amados que ninguna otra persona puede saciar, sólo Dios. Pues Él puede ser todo en todos, comunicar todo a todos y a todos con todos sin anonimato alguno. Ninguna persona humana, puede ser para otra, su último horizonte de comunión, existe cierta plenitud que sólo Dios puede saciar.

Pero existe también una esponsalidad intrahumana, que sin eliminar la trascendente, que siempre es posible, está en la base de todo amor humano. La comunicabilidad intrahumana existe entre seres humanos y este es el amor humano, aquella posibilidad de ser yo mismo don y acogida para otro.

El llamado amor humano no es sino esta dimensión de esponsalidad intrahumana que nuestra estructura corpóreo espiritual posibilita.

Es muy grande y muy larga la lista de todos los amores humanos posibles. De todas las formas de esponsalidad intrahumana, pero los principales amores del hombre, los básicos, es decir, que definen su identidad son; la paternidad, la maternidad la fraternidad, la intergeneracionalidad, la amistad y la conyugalidad que es la más radical posibilidad de comunión intrahumana posible a nuestra naturaleza. Pero además existen otras dimensiones del amor humano de menor monta, desde el amor a la patria hasta el amor al trabajo o a un buen vino. Todo este elenco de amores, es clasificable de muchas maneras, pero se distinguen esencialmente en función de su objeto y de cuál es el principio formal o título de bondad en virtud del cual se constituyen.

b) Uno de estos amores es al llamado amor conyugal, o conyugalidad, el cual es una especie de esponsalidad intrahumana, mismo que se especifica por su objeto y por el título formal o razón de bondad en virtud del cual se constituye.

La conyugalidad es pues un amor humano cuyo objeto es la unidad entre un hombre y una mujer, y su razón de bondad es ser unidad de sus espíritus en virtud de la coposesión de sus cuerpos (dos espíritus unidos en la unidad de sus cuerpos). Esta coposesión de los cuerpos es posible gracias al modo diverso y complementario de ser persona humana masculina y femenina. La conyugalidad tiene un específico carácter sexual, es decir, la conyugalidad es una posibilidad únicamente actualizable a un hombre y a una mujer, pues sólo entre sí existe la conjunción corpórea natural, el hacerse el uno del otro. Es como la concepción de un hijo, exige un óvulo y un esperma, pero el hijo es el resultado de su conjunción. Así la conyugalidad es resultado de la conjunción de las potencias conyugables masculinas con las femeninas y su producto es el matrimonio.

5.- FENOMENOLOGÍA DEL AMOR

Antes de hablar de los elementos específicos del amor conyugal, me parece fundamental referirnos a algunos aspectos del amor humano en general.

En principio, resulta fundamental, no caer en el craso error de considerar que el amor y el amar, es algo ajeno o externo a los amantes mismos. El amar es una relación, mía con otro y de ese otro conmigo. Debe quedarnos claro que el amor es una dimensión de la persona, es decir, que el amor no es un ente extraño, ajeno a nosotros, venido de otra galaxia, o un golpe de cupido que irrumpe en nosotros, sometiéndonos, apoderándose de nuestras inclinaciones, haciéndonos sentir, gozar, sufrir o lamentarnos.

Es un error considerar que el amor es un tercero, alguien o algo llamado ‘el amor’ a quien podamos culpar de habérsenos originado, hacernos sentir, alegrarnos, gozar o sufrir, alguien a quien podamos echarle la culpa de habérsenos muerto nuestro amor, de haber fracasado, sin saber cómo, dónde o cuándo nuestro amor se enfermó de muerte.

Lamento decirles que no hay nadie fuera de nosotros mismos, somos nosotros los que amamos, los que fundamos, perfeccionamos, acrecemos y restauramos nuestros amores, y somos nosotros los que los hacemos disfuncionales, los erosionamos, debilitamos e infectamos de muerte. No hay nadie distinto de nosotros mismos.

Debemos aprender a responsabilizarnos del destino y suerte de nuestros amores, de sus grandezas y de sus miserias.

El amor no es un concepto, por verdadero que sea, el amor pertenece al género de la acción, a lo que hacemos con nuestra volunta. El amor exige acometerlo; fundarlo, perfeccionarlo y hasta restaurarlo creativamente, mediante la implicación libre y voluntaria de los protagonistas.

Hemos visto como nuestra unidad substancial de cuerpo y espíritu es la base del amor verdadero, pues evidentemente el ser precede al obrar y lo modaliza. Amamos como somos, como personas, no como lo que no somos.

El que amemos como somos nos transporta al mundo del deber ser y al mundo de la realidad fáctica que vivimos. Debemos amar como de verdad somos, pero de hecho, el modo como asumimos lo que somos es, de hecho, el modo como amamos.

Estudiar historias de amor nos lleva al diagnóstico diferencial, a comparar lo que debió y debe ser, con lo que de hecho ha ocurrido o está ocurriendo. Hecho esto, diagnosticamos la desviación y sabremos poner el remedio o terapia restaurativa.

Por eso, estudiar historias de amor nos remitirá a la vida humana real, nos muestra el cuadro multicolor de la vida humana, nos lleva a ver el mosaico de claro-obscuros de la vida real. Sus grandezas y sus miserias, sus bondades y falsedades, sus honestidades y engaños, las caídas, las arideses, las desolaciones y frustraciones, los éxitos y los fracasos, las caídas y vueltas a empezar. Las historias de amor, son historias de la vida real, de vidas personales, de biografías humanas.

Pero, el amor somos nosotros en acción. Y en esa acción, la de amar, inevitablemente plasmamos lo que somos y lo que no somos, lo que tenemos y lo que carecemos, lo que hemos logrado y lo que nos falta por logar. Por eso, los amores siguen a las personas. Amamos como somos, en nuestro modo de amar vamos plasmando nuestro modo de ser, para bien o para mal, es nuestro más fiel autorretrato.

Si amamos como somos y el amor es una acción humana y no un concepto, analizando como somos sabremos como amamos, y viceversa, observando como amamos podemos definir como somos.

Los casos que se pondrán a nuestra consideración contienen hechos, acciones humanas, son el modo como los protagonistas del caso aman. Observando sus conductas, su modo de amar, podemos estar en condiciones de definir su modo de ser.

6.- AMOR CONYUGAL

El amor conyugal es un amor específico, un amor concreto, un modo de amar, no cualquiera, no de cualquier modo, sino de un modo particular.

Esta situación nos lleva a dos consecuencias esenciales para entender el amor conyugal: primero, amar conyugalmente no es amar de cualquier modo, sino de un modo específico, el conyugal. Y por otra, que el matrimonio, no es cualquier tipo de relación a la que por costumbre o por ministerio de ley se le ha puesto el nombre de matrimonio. El matrimonio es un modo de relacionarse a propósito del amor conyugal, a ese modo de relacionarse, de amar y de amarse se le puso el nombre de matrimonio y corresponde a un modo específico de estructura amorosa entre un hombre y una mujer, y a una muy particular dinámica.

¿Cuáles son estas notas? ¿Cuáles estas características que definen el amor como conyugal?:

Para desentrañar cuáles son las notas o propiedades del amor conyugal debemos evitar caer en la tentación de suponer que estas características le han sido impuestas al matrimonio desde fuera de la experiencia amorosa real, es decir, suponer que dichas propiedades o elementos esenciales provienen de una imposición, cualquiera que sea el motivo, social, político o hasta religioso.

Los elementos y propiedades del amor conyugal, son aquellas que se derivan de una historia de amor verdadero. Todo amor de verdad se ordena al matrimonio, es decir, existe una secuencia natural, un ecosistema, entre amarse y casarse. Casarse y amarse no son mundos incomunicados sino conexos. Veamos una historia cualquiera de un amor real:

Todo surge un día, en un momento datable, un día que marca un antes de un después, un antes en que no te conocía y un después en que ya te conozco, te reconozco. Un día en que algo surgió entre nosotros, un día en que el encuentro contigo me despertó, me hizo sentir lo que nuca había sentido, me hizo percibir el mundo de un modo nuevo, diferente, un modo de ser que tú me haces ser, un modo de experimentar la vida que se debe a tí, y un modo en que tú experimentes la vida debido a mí. En ese momento surge algo, algo nuevo, hasta antes inexistente, nace algo entre tú y yo, un nosotros, algo nuestro que antes no existía, un único nosotros que empieza a tejer su historia, la nuestra, la única historia del único nosotros que juntos somos. Esa historia empieza, arranca y cualquiera que sea su destino ya ha empezado.

¿Qué pasa con esta historia? Estamos hablando del amor, en su primera fase, en grado de enamoramiento. El enamoramiento es amor, sí, pero no todo el amor. Sucede como con la vida, en que la infancia es vida, sí, pero no es toda la vida. La vida como el amor, tiene edades, etapas, momentos, profundidades. El amor no es un instante, no sucede a tiempo cero y velocidad infinita, es una historia, un proceso, tiene etapas, edades, fases, y grados de profundidad.

El enamoramiento es una primara fase, una primera edad. ¿Cómo son los amantes en ese momento? Sigamos con nuestra historia de amor real y veremos los destellos de la conyugalidad en sus entrañas:

A.- Los enamorados desean estar juntos, disfrutan de su recíproca presencia y sufren cuando se distancian o se separan. Esta tendencia a la unidad, a estar CON es invitación natural a SER CON, es decir, la tendencia a estar juntos invita a ser juntos, a conformar una especie de co-ser. Es la inclinación a formar una unión.

B.- Los amantes perciben su relación, en cierto sentido, como algo eterno, interminado, como si siempre se hubieran tenido, como algo que nunca debiera pasar, desvanecerse o cambiar. Al mismo tiempo, experimentan la hostilidad del tiempo y su misteriosa capacidad de erosionar y hacer naufragar las cosas. Así, los enamorados sienten el deseo hondo de que aquello que les pasa no pase y se desvanezca nunca, que dure siempre, que no acabe. Esta no es sino la natural inclinación a la perpetuidad de la relación amorosa, a una vida cobiográfica de la unión, pues el amor verdadero de por sí permanece, venciendo al tiempo y a sus hostilidades.

C.- Los amantes se recrean y disfrutan del mundo que entre sí ellos componen y que es ‘su mundo’, sufren las intromisiones e interferencias de terceros y ninguno quiere que el amor, que entre ellos existe, el otro lo tenga con un tercero. Los amantes experimentan un fuertísimo sentimiento de exclusividad. Véase aquí la tendencia a la fidelidad del amor verdadero.

D.- Los enamorados sienten fuertes impulsos a ser ‘encantadores’ entre sí, a ofrendar lo mejor de sí al otro, a considerar que todo lo valioso es poco para regalarlo al amado. Es decir, a darle al otro lo mejor de uno mismo. Véase aquí la natural inclinación al mejor don de sí como bien para el otro y como bien mutuo o conjunto.

E.- Los enamorados irradian. Todo en torno a ellos parece renovarse y adquirir un nuevo brillo, luz y vida inéditas, como si por motivos de su amor editasen el mundo por primera vez, son creativos, empiezan a tener ‘sus cosas’, las cosas comunes, experiencias, diarios, mascotas etc. Véase que lo que son en conjunto, busca ser creativo y trascenderse, emprenden ideas, ilusiones, proyectos comunes. Van tejiendo aquello que llaman lo ‘nuestro’. Véase aquí, el paradigma por excelencia de esta invitación a irradiar luz y vida que es el engendramiento de un nuevo ser personal; ‘nuestro hijo’ que es lo más nuestro, la más íntima y extraordinaria potencia del único nosotros que es nuestro amor, y que constituye la máxima creatividad posible que podemos soñar juntos.

Estas cinco dinámicas, presentes en la historia de un proceso amoroso real entre un hombre y una mujer, que irrumpen en forma de potencia, impulso, posibilidad, inclinación o regla de conducta, constituyen la dinámica propia del amar real y verdadero. Del amor conyugal.

7.- AMOR CONYUGAL Y MATRIMONIO

¿Qué pasará con lo nuestro? ¿Qué será de nuestro amor? Los amantes se preguntan ¿Y ahora qué hacemos con nuestro amor, con lo nuestro? Y dentro de las entrañas de su amor laten presentes estas cinco inclinaciones naturales, como invitaciones de la naturaleza misma de la relación que ellos han iniciado, como movimientos hacia el futuro, movimientos al que empuja su propia relación. Si comprendemos bien, estas cinco inclinaciones invitan a un muy identificable modo de ser conjunto, unido, un modo de co-ser, como destino futuro de ‘lo nuestro’. Esta invitación es a ser UNIÓN, EXCLUSIVA Y FIEL, PARA SIEMPRE, ABIERTA AL BIEN RECÍPROCO Y A SER FECUNDA. Hemos descrito ya el tipo de unión al que se le puso el nombre de matrimonio o unión conyugal. Hemos develado sus elementos esenciales. Amar así al otro, con esas propiedades o características y con esos propósitos o finalidades es amarle conyugalmente, es en definitiva querer el matrimonio con él.

Véase como la palabra ‘amor conyugal’ no es sino el nombre que se le puso a este tipo de amor, y ‘matrimonio’ el nombre del modo específico de relación a que el amor conyugal conlleva. Por lo tanto, el amor conyugal y el matrimonio no son de origen cultural, no son un invento como la aviación o el cine, sino una realidad natural a la que se le puso ese nombre. Es enteramente lógico que ninguna realidad sea posterior a su nombre, la realidad existe antes y a esa le ponemos un nombre. Esto que parece bizantino no lo es, por el contrario resulta fundamental para entender el por qué manipular el nombre de la realidad no significa manipular la realidad misma. Hoy esta de moda llamarle matrimonio a cualquier tipo de relación, incluso en algunos países a las homosexuales, sin embargo, es obvio que llamarle igual a lo diferente no lo hace igual. Es como si pretendiéramos, por ejemplo, que por el solo hecho de llamarle ‘delfín’ a la ‘ballena’, por ese motivo mutara la ballena en delfín.

Dicho esto, es fácil entender que existe una natural secuencia o asociación ecológica entre la inclinación amorosa verdadera y la unión conyugal, un ecosistema entre amarse y casarse, y que tal asociación no es un invento cultural, ideológico o legal, ni una intervención apologética exterior al fenómeno mismo del amor real, causada por un conjunto de precauciones o prejuicios sociales, morales o hasta religiosos. Por el contrario, nada más natural que la asociación entre la inclinación amorosa sexual y la unión conyugal, asociación que surge de las entrañas mismas del verdadero amor.

Ahora bien. Si existe esa inclinación natural, esa invitación en las entrañas de todo amor verdadero, significa que existe la posibilidad de actuarla, es decir, de pasar de ser posible a ser real, de que aquello que queremos ser sea real y deje de ser sólo posible, de que aquella invitación que se nos presenta como tendencia sea por fin aceptada, asumida y actualizada. Sería absurdo pensar que la naturaleza humana contuviera una potencia de imposible realización.

Es importante y básico advertir, que si bien el amor verdadero inclina al matrimonio es evidente que el paso del enamorarse al casarse no sucede de manera automática, como por metamorfosis de las inclinaciones naturales. Casarse exige la intervención de los sujetos personales de los amantes, en su propia historia. No amanecemos de repente casados, nadie resulta casado sin su personal intervención. Recordemos que la unión ha de ser engendrada, acrecentada, perfeccionada y hasta restaurada por los sujetos personales mediante sus voluntades.

Este paso, del enamorarse al casarse, del ser sólo amantes a ser esposo y esposa, requiere un nuevo e inédito impulso amoroso, un acto de dominio y disposición sobre la naturaleza misma y sus inclinaciones e invitaciones, impulso que sólo puede causar la voluntad de la persona y en rigor, la conjunción de las dos voluntades internas. Por lo tanto, la pura inclinación natural del amor a la unión no es todavía el matrimonio, sino sólo su invitación, pues es claro que dicha invitación, por mil razones, puede ser rechazada por alguno de los dos.

Casarse es asumir, integrando las dinámicas tendenciales que el amor provoca y mediante un acto de libertad de la persona sobre su naturaleza, se da y acoge al amante. Don y acogida que tiene las notas de plenitud y totalidad características del amor conyugal.

Casarse es pasar a ser eso que queríamos ser, es pasar de un amor prometido a un amor debido, constituido en nuestro modo conjunto de ser. Casarse es constituir el amor conyugal como nuestro modo de ser, de amarnos y de vivirnos.

Es importante, para entender el matrimonio, que se comprenda que lo que nos damos y acogemos es lo que somos, no lo que tenemos o lo que no tenemos o lo que nos pasa. Que los esposos compartan lo que tienen o no tienen es corolario de la unidad en su ser que ha quedado establecida entre ellos. Si somos juntos, si co-somos, la vida matrimonial consistirá en vivir en el espacio y tiempo eso que somos juntos. Si hemos fundado ‘lo nuestro’ la dinámica matrimonial no consiste sino en que lo nuestro se realice, haga realidad sus posibilidades, y éstas no son sino la proyección de las inclinaciones naturales contenidas en el amor verdadero y que ya hemos mencionado.

Si observamos bien, la invitación (al matrimonio) puede ser rechazada, pero lo que no parece razonable es, que por un lado la relación impulse e invite a la unión y por otro, de modo consciente o inconsciente se intente destruir esa inclinación, pervirtiéndola o sustituyéndola por una disociación entre amor y unión conyugal, pretendiendo que tal ruptura o disociación sea el estado normal de la relación amorosa. Disociar el amor del matrimonio es típico de frases como; ‘Para amarnos no es necesario casarnos, podemos amarnos sin casarnos’ y hasta ‘podemos casarnos sin amarnos’, frases que reflejan una desencajamiento del contenido antropológico del amor y del matrimonio. Esta ruptura o disociación no deja intacto al sujeto, lo fractura íntima y biográficamente. Además, la experiencia clínica demuestra que dicha disociación termina arruinando la duración de esos amores.

El fundamento antropológico del matrimonio exige el reconocimiento de un nexo de naturalidad, de secuencia, entre el amarse y el casarse, entre el amor sexual y el matrimonio. Lo que es contrario a aquel modelo que considera normal la fractura de la secuencia natural entre amor sexual y matrimonio, considerando que esta secuencia es invento ideológico y una intolerante restricción a la libertad amorosa.

No se puede fracturar la natural secuencia entre amarse y casarse sin fracturar también la armónica unidad psicológica, humana, ética y biográfica de la persona. ¿Puede el hombre, encontrar su identidad y armonía existencial en una fractura de su experiencia amorosa respecto del matrimonio y la familia? ¿No es un grave error dirigir la educación en este sentido de disociar, como ajenos o hasta contrapuestos, el amor, el sexo y el matrimonio, pretendiendo además erigir este modelo en propuesta de excelencia antropológica? ¿Es posible vivir en armonía sin unidad de vida?

8.- ESTRUCTURA Y DINÁMICA

Ha quedado claro que somos nosotros, conyugalmente relacionados, quienes integramos la estructura del matrimonio y quienes con nuestras acciones operamos su dinámica.

Que la estructura del matrimonio seamos nosotros significa que nuestro matrimonio tiene lo que somos, ni más ni menos, tiene lo que le hemos puesto y jamás tendrá lo que no le pongamos, pues no tiene manera de tenerlo.

Esta realidad nos brinda claridad para entender el por qué las terapias restaurativas de las disfunciones conyugales nos remiten necesariamente a la escena individual en la que cada uno debe luchar por ser un mejor amante, pues sólo siendo mejores amantes haremos mejores matrimonios. Debe quedarnos claro que el matrimonio no hace felices a las gentes, ni puede; son más bien las personas las que pueden y deben hacer matrimonios felices.

Por lo que hace a las dinámicas conyugales, estas no son sino el cumplimiento y realización histórica de las inclinaciones naturales que el amor conyugal contiene y que están presentes en la fundación de todo matrimonio verdadero.

Un matrimonio que quiere realizarse deberá volver y volver, una y otra vez a las tendencias que le dieron origen, es decir, a actualizar las notas del amor conyugal, aquellos elementos asumidos y constituidos por el acto de libertad que lo fundó, es decir, a ser unión de lo que somos como varón y mujer, brindándose lo mejor de sí, a ser fiel, perpetua y fecunda.

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Bibliografía utilizada y recomendada.

1.- La Esencia del Amor; Dietrich Von Hildebrand; EUNSA; Pamplona, España, 1988
2.- Una Caro; Javier Hervada; EUNSA; Pamplona España, 2000
3.- Escritos de Derecho Natural, Javier Hervada, EUNSA, Pamplona España 1993
4.- Hombre y Mujer los Creó; SS Juan Pablo II; Ediciones Cristiandad; Madrid 2000.
5.- Libertad, Naturaleza y Compromiso en El Matrimonio, Javier Hervada, Instituto de Ciencias para la Familia, DIF No. 5 RIALP, 3ª. Edición.
6.- La Institución del Matrimonio: Los Tres Poderes. Pedro Juan Viladrich, Instituto de Ciencias para la Familia; DIF No.35
7.- El Modelo Antropológico del Matrimonio; Pedro Juan Viladrich; Instituto de Ciencias para la Familia; DIF No. 31
8.- Apuntes personales y material de lectura de la Cátedra del Profesor Viladrich en la signatura sobre Estructura y Dinámica del Matrimonio, en el Master sobre Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra, España.

Luis Lozano Torres
fuente: encuentra.com

Los obstáculos del amor conyugal

 

Dicen que el amor es como una granja. Hay que cultivarlo todos los días para que produzca resultados satisfactorios. El amor, al igual que una planta delicada, requiere de un cuidado diario; si se olvida atenderlo, acabará marchitándose hasta morir.

El amor en el matrimonio puede compararse con las estaciones del año. La época de la luna de miel y los primeros meses de la unión conyugal son como la primavera: todo es poético, luminoso, alegre y lleno de promesas.

Luego llegan los años iniciales, los cuales son ardientes como el verano, aunque a veces se sienta el agobio de las obligaciones familiares como la crianza y educación de los hijos, lo mismo que en la adaptación de la pareja a la vida cotidiana.

El otoño de la vida conyugal es cuando empiezan a deshojarse muchas ilusiones vanas y comienza a recogerse lo que se sembró durante las estaciones anteriores. Los hijos van abandonando el hogar y los esposos se quedan solos.

En el invierno, la pareja llega la final de su jornada y vuelve a estar como al principio: él y ella, esperando la unión eterna.

Saber sortear los problemas

Pero en ese largo recorrido que es el matrimonio, es normal que se presenten obstáculos que ponen a prueba el amor. Para que ellos no acaben con el matrimonio, hay que saberlos enfrentar buscando el remedio adecuado para que no afecten la relación.

Pero ¿cuáles son los obstáculos más comunes del amor conyugal? Albino Luciani (Juan Pablo I) los definió así en su carta a Penélope:

El primero es el descuido en la guarda del corazón, es decir, dejar de considerar al cónyuge como la persona a quien se le será fiel “en la prosperidad y en la desgracia, en cuerpo y espíritu”.

El segundo obstáculo es la monotonía, provocada cuando los esposos caen en la rutina diaria de la casa y el trabajo, y se olvidan de su vida afectiva. ¿Qué hacer entonces? Tratar día a día de rejuvenecer el amor siendo creativos para mantener el amor vivo con detalles. En otras palabras, vivir como novios.

El tercer obstáculo son los celos, lo cuales en vez de ennoblecer el amor, lo humillan y lo corrompen.

Las disputas y las discrepancias son el cuarto obstáculo del amor conyugal. Aunque todos los esposos tienen momentos de mal humor y de contrariedad, se necesitan dos para comenzar una pelea o una discusión.

Cuando en un matrimonio se comienzan a presentar discordias de carácter serio y frecuente, se debe buscar la forma de resolverlas tan pronto sea posible pues puede llegar a ser demasiado tarde. Lo importante es aprender a ceder y no empecinarse en que uno tiene toda la razón.

No se debe olvidar que en la mayoría de los casos los hijos son los que sufren las consecuencias cuando hay discordias conyugales. El ambiente familiar se traumatiza y se termina la paz y la unión, provocando que los hijos tomen partido y se pongan de lado de la madre o el padre.

Fuente: “Matrimonios en conflicto” por JM

La definición del consentimiento matrimonial (Primera entrega de “El bien de los cónyuges”)

 

Comenzamos a publicar hoy un artículo titulado “El bonum coniugum objeto del consentimiento matrimonial” que publiqué hace años en lengua italiana en la revista Ius Ecclesiae, 6 (1994), pp. 117-158. Aunque la bibliografía habrá quedado con toda seguridad anticuada, el tema puede seguir siendo de actualidad para los que no son especialistas en la materia y me parece que las posiciones doctrinales no han cambiado sustancialmente.

Primera parte. El objeto del consentimiento matrimonial: status quaestionis.

1. La definición del consentimiento matrimonial.

Tanto el Código de derecho canónico (a partir de ahora CIC) en el canon 1057, 2, como el Código de las Iglesias orientales en el canon 817, 1, usan una fórmula idéntica(1) al definir el consentimiento matrimonial: “El consentimiento matrimonial es el acto de voluntad por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio”. Podemos afirmar por tanto que nos encontramos ante una definición del consentimiento matrimonial particularmente consolidada, precisamente por que tiene un alcance universal al haber sido aceptada por los dos Códigos de derecho canónico vigentes en la Iglesia. Por otra parte, dicha definición adquiere un valor especial desde el momento que se inspira en el texto conciliar: “Así, del acto humano, por el cual los esposos se dan y se reciben mutuamente, nace, aun ante la sociedad, una institución confirmada por la ley divina. Este vínculo sagrado, en atención al bien, tanto de los esposos y de la prole como de la sociedad, no depende de la decisión humana” (Gaudium et spes, 48).

Son muy conocidas las diferencias entre esta fórmula – sese mutuo tradunt et accipiunt, se dan y se reciben mutuamente- y la usada por el legislador del Código piobenedictino (c. 1081 CIC 1917), que empleaba una expresión iuscorporalista: (ius in corpus perpetuum et exclusivum, derecho sobre el cuerpo, perpetuo y exclusivo). Hoy todos los canonistas concuerdan en admitir sin lugar a dudas que tanto el Concilio como los citados cánones de los códigos vigentes han tomado una posición de tipo personalista (2) o por lo menos no iuscorporalista.

Pero si quisieramos hacer una comparación más precisa entre el texto conciliar y la fórmula usada por los vigentes Códigos de derecho canónico, deberíamos admitir que existe una sutil diferencia, sobre la cual queremos dirigir la atención del lector. En efecto, en los citados cánones no se dice únicamente que “coniuges mutuo sese tradunt et accipiunt”, sino que se añade también que dicho acto de voluntad – es decir, el consentimiento- debe dirigirse hacia la constitución del matrimonio mismo. Los esposos por lo tanto deben quererse recíprocamente el uno al otro, pero -y aquí está la diferencia respecto al texto conciliar- “ad constituendum matrimonium”, para constituir el matrimonio.

El objetivo principal de este estudio consiste en exponer tanto el significado como el alcance de esta expresión que los cánones añaden al texto conciliar. Porque según cuál sea la interpretación que se atribuya a la locución ad constituendum matrimonium el contenido y el valor de los cánones 1057 CIC y 817 CCEO difieren en modo esencial. Por el momento nos limitaremos a exponer un resumen de las dos principales posiciones doctrinales. Comenzaremos haciendo una breve referencia a los autores que han subrayado la importancia de la expresión “ad constituendum matrimonium” para ocuparnos más tarde de aquellos que prefieren poner el acento sobre el hecho de que el Concilio habla antes que nada de la mutua donación de las personas.

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(1) Se trata de un dato particularmente relevante, porque no se ha conseguido llegar a un acuerdo en cuanto se refiere a la función que debe cumplir el consentimiento en el interior del sistema matrimonial. El parágrafo segundo del canon 817 oriental dice solamente que “consensus matrimonialis nulla humana potestate suppleri potest”.

(2) Sobre el contenido y alcance del término personalismo deberemos volver más adelante. De momento será suficiente con decir que el personalismo por todos aceptado es de contenido más amplio que el del iuscorporali

http://familiaenconstruccion.blogspot.com/2008/05/la-definicin-del-consentimiento.html