Amor a primera vista II

En la adolescencia los hijos necesitan mucho apoyo: hay problemas de conducta, de inseguridad y por eso hay que darles mucha confianza…

Llegan los hijos

El cambio es enorme cuando se empieza a tener hijos. El primero, sobre todo, es una mezcla de juego con fascinación y novelería. Todo es nuevo: el niño es casi como un muñeco para lucir  ropa nueva, el primer baño, los regalos, las felicitaciones. Todavía no se capta la realidad total. Después, cuando vienen más hijos, las cosas se van acomodando.

Gustavo se metió de pleno en la educación y crianza de los chicos. Se preocupaba de la visita a los médicos, la alimentación, las vitaminas, estaba mucho con ellos. Con los tres primeros todo fue relativamente tranquilo. Sin embargo, cuando llegó el cuarto, Gustavo pareció empezar a preocuparse y a Mariana empezó a complicársele la vida. A Gustavo le gustaba salir, recibir amigos y ella se tenía que amoldar a lo que fuera, con ganas y sin ganas. Por suerte, los hijos todavía eran chicos y hacían lo que ellos les decían. Pero las amigas de Mariana le advertían: “Hijos chicos, problemas chicos. Hijos grandes, problemas grandes”.

Después vinieron tiempos de dificultades económicas que, vistos más tarde con la perspectiva de los años, fueron muy formativos para los hijos. No disponían de muchas cosas como los demás chicos y se acostumbraron a vivir austeramente cuando llegaron a la adolescencia. Por ejemplo, cuando el mayor tenía 18 años, trabajaba y ponía el sueldo entero para los gastos de la casa. El segundo nunca pidió dinero para salir con sus amigos ni para nada. Se caminaba una cantidad de cuadras para tomar un solo ómnibus para ir a estudiar e hizo toda su carrera así. Hoy ya está recibido y trabaja por su cuenta. Así los mayores crecieron en fortaleza. Y, además, siempre se quedaban con los más chicos para que Gustavo y Mariana pudieran salir. Mariana trató siempre de ser compañera de su marido porque, cuando se tienen varios hijos, hay que pensar más en el marido y no descuidarse.

Le educación y formación de una familia numerosa exige mucho equilibrio. Es frecuente, por ejemplo, que haya peleas entre ellos por cualquier motivo y Mariana decidió que lo mejor es no tomar partido por ninguno y dejar que se arreglen solos porque así aprenden a prepararse para la vida. De todas maneras, ella siempre buscó tener diálogo personal con cada uno de sus hijos, aunque para eso a veces se tuviera que encerrar en el baño con alguno. Al mismo tiempo, trataba de transmitirles valores religiosos y morales, cuidando mucho la influencia de Internet y la TV. Incluso se preocupó hasta de hablarles sobre sexualidad, no sólo con sus hijas mujeres sino también con los varones, existiendo una confianza tal con la madre que ninguno nunca tuvo reparo en hacerle las preguntas más delicadas.

Pero la mujer no puede cargar sola con la responsabilidad de la educación de los hijos. Mariana se dio cuenta de que, como a veces Gustavo no estaba en casa porque, por razones de trabajo tenía que estar ausente mucho y cuando venía, venía cansado, ella asumía el papel de padre y madre y le ocultaba los problemas. Ahora piensa que esto no es bueno porque, después en alguna situación, las cosas se vuelven más difíciles, sobre todo cuando los hijos son adolescentes. En la adolescencia los hijos necesitan mucho apoyo: hay problemas de conducta, de inseguridad y por eso hay que darles mucha confianza para que sean fuertes, fomentándoles lo bueno que tiene cada uno. La madre acepta más los hijos como son mientras que el padre, por lo general, quiere resultados.

Eventualmente, Mariana y Gustavo aprendieron a repartir un poco las responsabilidades sobre la educación de los hijos. Él ha sido el más estricto pero es necesario que alguien ponga los límites y que conduzca la nave de la familia. Y en eso, hay que asumir que la última palabra en cualquier conflicto la tiene que tener una sola persona, por lo cual es muy importante no desautorizarse mutuamente. Influyen mucho las épocas que se van viviendo, pero no hay que perder de vista lo importante: la formación de los hijos para la vida que, más que aislarlos de su medio, consiste en ayudarlos a que tengan criterio para decidir.

Hay momentos y situaciones, sobre todo en la adolescencia, que parecen no tener fin ni solución. Los años enseñaron a Mariana que ese dicho “se hace camino al andar” y el proverbio chino “ante lo inevitable, paciencia y esperar el cambio”, son muy acertados.

Somos abuelos

Si ser padres es fascinante, ser abuelos es más fascinante aun. De alguna manera, los nietos se quieren como a los hijos y, si es posible, más todavía porque son la prolongación de sus propios hijos, a quienes se quisieron tan intensamente. Así lo siente Mariana y así lo siente Gustavo.

La diferencia está en que ahora Mariana y Gustavo ven a esos niños con más madurez, un poco como si miraran la existencia en perspectiva, sabiendo de antemano que la vida da muchas vueltas. Porque ellos aprendieron por experiencia que muchos problemas que en la inmediatez de las decisiones parecían insuperables, muchas veces se resolvían solos o no eran tan terribles al final. Y al observar a sus hijos siendo padres, se dan cuenta también de que, en muchos aspectos, la historia se repite.

Mariana y Gustavo, cuando tuvieron que enfrentar la vida como padres, así como sus hijos ahora, también pasaron muchas angustias. Sin embargo, se cuidan mucho de respetar a sus hijos en las decisiones que toman con respecto a sus nietos y opinan solamente y siempre y cuando lo pidan. Esto no significa, sin embargo, que consientan a los niños en todo lo que quieran porque consideran que no lo deben hacer. Saben que una cosa es quererlos y disfrutarlos, y otra cosa es mal criarlos. Frente a los chicos, Mariana y Gustavo siempre le dan la razón a los padres y, si tienen que corregirlos, los corrigen – aunque, sinceramente, tal vez lo hagan con un poco más de benevolencia de lo que lo hubieran hecho siendo padres.

Mariana y Gustavo tienen por ahora siete nietos: la mayor, de cinco años, después tres varones de tres años y tres nenas de dos años, según ellos a cual más encantador. Y los nietos disfrutan muchísimo con los abuelos. Siempre quieren quedarse a dormir en casa de ellos y una de las nietitas, cuando la madre la rezonga, dice enseguida que quiere irse para la casa de los abuelos. Muchos fines de semana se llevan a uno o dos de los nietitos a pasar con ellos al campo y allí Mariana y Gustavo, encantados, cargan con pañales y mamaderas para disfrutarlos. Los padres, agradecidos.

La relación de Mariana y Gustavo con los nietos es muy espontánea. Se ven sin día ni hora fija, cuando las circunstancias lo permiten. Pero, por sobre todas las cosas, ellos sienten que cada momento que pasan con los nietos es un disfrute total. Y aunque a veces, se queden cansados cuando están con ellos porque los años van pesando, sienten que la vida se prolonga en los nietos y agradecen el regalo que cada uno significa en su vida. Por eso, ahora, como abuelos, piensan que valió la pena superar todas las dificultades que pasaron para poder disfrutar juntos, casi al final del camino, la alegría de los nietos.

Importa mucho decir — para terminar esta historia que todavía se está escribiendo – que Mariana y Gustavo siguen enamorados y luchando siempre por quererse más, comprenderse más, perdonarse más.

Cuando Mariana y Gustavo se vieron aquella primera vez, quedaron mutuamente “flechados”. Ese amor a primera vista perduró, a pesar de todos los pesares, hasta el día de hoy sostenido por el mismo fuego del Amor.

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