¡La familia, sí, la familia! (I)

 

Los nueve primeros meses de la vida de un niño los pasa en el vientre materno. Es su entorno natural de crecimiento físico y psicológico. Los expertos comentan, con profundo convencimiento, que esos nueve meses son fundamentales para el posterior desarrollo psicológico del niño.

Aunque se ha avanzado extraordinariamente en medios técnicos para sacar adelante a niños prematuros, a ninguna madre se le ocurriría acudir al médico para que le provoque el parto y dejar después a su hijo en la sección de prematuros del hospital. Y es que lo lógico, lo normal, lo ordinario, lo mejor, lo más eficaz, lo auténtico es que pase ese tiempo en el vientre de su madre. Otras situaciones serán siempre excepcionales.

De igual manera, la familia es, como el vientre materno, el ámbito natural, corriente, mejor, normal para el desarrollo armónico de la personalidad de niño ya nacido o del joven. Cualquier otra situación –como en el caso de los bebés- sería naturalmente excepción. Ningún ámbito o institución, por muy especializada que estuviera, podrá suplir lo que a un niño o a un adolescente puede darle su familia.

Resulta admirable lo perfectamente definido que tienen los padres el protocolo a seguir en el crecimiento físico del niño y del adolescente. Son meticulosos a la hora de dar el biberón o los complementos alimenticios. Tienen perfectamente definidos los objetivos a conseguir: los gramos que han de poner cada semana en el peso los pequeños, los centímetros que han de crecer, los estímulos a los que han de responder, etc. Cuando alguna cosa no la tienen clara, estos padres llaman por teléfono al pediatra, o al médico de cabecera en el caso de los adolescentes, para salir de dudas sobre si “eso que le pasa” es normal.

Crecimiento interior

No podemos olvidar que, mientras suceden estas cosas, el niño también va creciendo por dentro. Va creciendo su capacidad de pensar, madurando los rasgos de su carácter, su relación con los demás, su religiosidad, las influencias de los medios de comunicación, en especial la TV, los juegos, etc.

Tendríamos que preguntarnos si, en ese “crecer por dentro”, los padres tenemos igualmente claro el protocolo que hay que seguir. Preguntarnos si están claros los objetivos que se pretenden conseguir; por lo menos tan claros como los del crecimiento físico, el peso, las vacunas, la forma de andar, etc. Sinceramente no me atrevo a decir que en la mayoría de los padres esto se tenga claro.

Sin embargo, nadie duda que ese crecimiento interior sea lo que afecte más decisivamente al desarrollo armónico y a la felicidad de nuestros niños y jóvenes en el mañana. Es decir, en ayudar o no ayudar a crecer sanos por dentro nos jugamos lo más importante de la vida de nuestros hijos. Y es necesario tener absolutamente claro que esa maduración, ese crecimiento interior no se consigue espontáneamente. Un niño o un adolescente no mejoran, ni maduran solamente con el paso del tiempo.

Cosas no improvisadas

Hace falta que la familia, especialmente los padres, tengan al menos un elemental proyecto educativo para sus hijos, niños y adolescentes. Esto no se improvisa: el espíritu de trabajo, la sinceridad, la generosidad, el respeto, la fidelidad a la palabra dada, el orden, la amistad, la alegría verdadera, la ayuda desinteresada, etc. etc. etc. no se construyen solamente creando un buen ambiente.

Todavía más, lo más normal es que suceda lo contrario de lo que acabamos de mencionar: la mentira, la pereza, la impuntualidad, la soberbia, la vanidad, el egoísmo, el desorden, etc. serán los defectos que con más facilidad cuajen en el corazón y en la vida de nuestros niños y adolescentes. Por tanto, es imprescindible un plan de actuación, una programación elemental, unos criterios compartidos en la familia que faciliten el desarrollo de valores humanos y eviten o prevengan posibles anomalías o carencias en el carácter y forma de ser que, sin lugar a dudas, les afectarán muy mucho en el día de mañana.

Mateo Blanco Cotano

Sacerdote. Doctor en Teología y Pedagogía