Alianza para la familia

El matrimonio puede ser visto como un contrato o como una alianza

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net

Los que creemos que el matrimonio es una alianza, creemos que las alianzas no se pueden romper

El matrimonio puede ser visto como un contrato o como una alianza

Los contratos son revocables, se hacen a medida de la conveniencia de las partes. Vemos con frecuencia que los famosos que cambian con ligereza de cónyuge que ya fijan lo que le corresponderá a cada uno a la hora de separarse. Ya fijan de ante mano lo que cada uno se va a llevar: esto es un contrato.

Son dos personas se conocieron, se juntaron y convinieron algo.

Y el día que una de las partes o las dos por pura conveniencia, pueden decidir romper esta unión, a igual que se hace con cualquier contrato de cualquier índole.

Los que creemos que el matrimonio es una alianza, creemos que las alianzas no se pueden romper así como así.

Esto significa que cuando uno se casa no formula un contrato a medida, sino que entra en una institución. La institución del matrimonio.

Así como hubo una alianza entre el pueblo hebreo y Dios, entre Cristo y su Iglesia también la hay entre un hombre y una mujer, cuando deciden hacer un solo camino.

El mismo camino que emprendió el pueblo judío y la nueva Iglesia cristiana.

Un camino de hombre lleno de infidelidades.

Infidelidades, que si duelen pueden ser perdonadas.

Y en realidad, toda vida de hombre es un camino lleno de infidelidades perdonadas.

Hoy la prolongación de la vida lleva que uno, al casarse entre los 25 y 35 años, tenga por delante 50 años de vida conyugal.

A lo largo de esos años habrá muchas etapas, algunas quizás hasta programadas o esperadas o pensadas, pero también muchas imprevistas.

Cada cambio es etapa de una crisis.

Bienvenidas las crisis si son para crecer.

Crisis no significa necesariamente que se ponga en juego la estabilidad del matrimonio, sino la ocasión para repensar, reformular y reorganizar afectivamente una vida donde han ido ingresando los hijos: esos hijos crecen y llega un momento en que se van. Y volvemos a encontrarnos solos como el día que empezamos.

En el medio habremos tenido que practicar la humildad para perdonar y pedir perdón.

Dado que hoy se habla tanto del matrimonio como una alianza de amor, la gran pregunta que nos podemos formular es: ¿Qué es el amor?

Es un sentimiento, ciertamente, pero no es sólo un sentimiento.

Es una voluntad, ciertamente, pero no es solamente voluntad.

El amor es la fuente donde puede brotar un proyecto de vida en común, como cualquier proyecto de entrega incondicional, es el deseo con voluntad de amar que anida en el corazón.

Sólo cuando se llega al corazón, de donde nacen las decisiones más profundas que hacen a la vida, se palpa la realidad del amor desde el corazón.

Amor recibido y devuelto, o amor dado que nos viene de vuelta en un ir y venir que nunca se sabe el cómo empezó. Amé y recibí, fue y volvió.

Es entender que cuando uno está dispuesto y desea amar, está dispuesto a aceptar los lazos del amor: saber que cuando yo contraigo matrimonio me enlazo con alguien, cuando engendro hijos me hago servidor de ellos. Responsable de ellos.

El eje de la felicidad de los hijos pasa por tener un papa y una mama que se quieren y que los quieran y los cuiden.

La peor de las carencias es la ignorancia. Es la ignorancia de saber esto.

Comprender tarde es no comprender.

Hay muchos tipos de amor, pero todos hilvanados por un mismo hilo conductor.

Decirle a alguien “te amo” no es lo mismo que pensar “te deseo” o “me siento atraído por ti” aunque el deseo y la atracción existan.

El verdadero camino del amor inteligente es el que desde un enamoramiento inicial se profundiza y crece para lograr la convivencia de a dos..

En el hacer un sólo camino hay un verdadero enjambre de estados de ánimo; sentirse absorbido, estar encantado, dudar, tener celos, desear físicamente, percibir las dificultades de entendimiento, decepcionarse, volver a entusiasmarse, volver a reconciliarse, volver a querer, volver a empezar.

Recuerdo que una vez le pregunté a mi amigo Monseñor Domingo Castagna que debía hacer uno cuando el amor se acaba. Y él con su cara de santo, los amigos ya lo hemos santificado, me contestó sonriendo: Salvador, hay que volver a empezar, hay que volver a amar.

Ya lo saben, cada vez que haya un distanciamiento, hay que volver a empezar.

El hombre, como animal que es, es un permanentemente descontento, a veces se calma, pero la más de las veces, siempre quiere más.

Por eso el conocimiento del amor le conduce poco a poco hacía lo mejor,

El amor es lo más importante de la vida. Mueve todo.

Aprender a amar con la razón es recuperarse del primer deslumbramiento.

Es pasar de un puro sentimiento, a un caminar con el otro, creando y viviendo una historia propia.

Sentimiento y razonamiento irán juntos para siempre.

Ambas cosas ayudaran a entender y superar sus diferencias, ya que están decididos a convivir.

Ya que están decididos en hacer un sólo camino.

Dos formas personales de ser, pero un sólo camino.

Cada uno seguirá siendo como es, pero irán tomados de la mano haciendo un solo camino.

Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

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¿Un matrimonio puede ser anulado por la Iglesia?

Autor: P. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.

En algunos casos en el momento de celebrarse el contrato matrimonial pueden haber fallado algunos elementos esenciales para que el matrimonio sea válido

¿Un matrimonio puede ser anulado por la Iglesia?

¿Un matrimonio puede ser anulado por la Iglesia?. ¿Cómo se puede obtener un permiso de ésta para casarse otra vez por la Iglesia?

La Iglesia no anula un matrimonio válidamente realizado y consumado (es decir cuando después de la ceremonia matrimonial ha sido consumado por el acto conyugal); en tal caso el matrimonio es absolutamente indisoluble. Sucede, sin embargo, que en algunos casos en el momento de celebrarse el contrato matrimonial pueden haber fallado algunos elementos esenciales para que el matrimonio sea válido (conocimiento de los requisitos esenciales, inmadurez para asumir las responsabilidades matrimoniales, exclusión positiva de algunos de los elementos esenciales, etc.) y por tal razón el matrimonio fue, desde el primer momento, inválido, o sea: nunca hubo matrimonio verdadero entre ese hombre y esa mujer. En tales casos, y después de una delicada investigación, la Iglesia puede declarar que “nunca hubo matrimonio”.

El Catecismo de la Iglesia Católica dice al respecto: “El consentimiento debe ser un acto de la voluntad de cada uno de los contrayentes, libre de violencia o de temor grave externo. Ningún poder humano puede reemplazar este consentimiento. Si esta libertad falta, el matrimonio es inválido. Por esta razón (o por otras razones que hacen nulo e inválido el matrimonio); la Iglesia, tras examinar la situación por el tribunal eclesiástico competente, puede declarar ‘la nulidad del matrimonio’, es decir, que el matrimonio no ha existido. En este caso, los contrayentes quedan libres para casarse, aunque deben cumplir las obligaciones naturales nacidas de una unión precedente anterior” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1627-1628).

¿Cuáles son las causas de nulidad de un matrimonio?

Las causas se distribuyen en tres capítulos:

1) En razón de un impedimento canónico invalidante, que no fue dispensado, o que no podía serlo: edad, impotencia, ligamen, disparidad de culto, orden, voto, rapto, crimen, consanguinidad, afinidad, pública honestidad, adopción.

2) Por causa de un vicio o defecto del consentimiento matrimonial: carencia de suficiente uso de razón, grave defecto de discreción de juicio, incapacidad para asumir obligaciones esenciales, ignorancia de la naturaleza del matrimonio, error acerca de la persona o de una cualidad, dolo o engaño, error que determina a la voluntad, consentimiento simulado, consentimiento condicionado, violencia o miedo grave, ausencia de los contrayentes, falta de exteriorización del consentimiento, incapacidad legal del procurador.

3) Por falta de forma canónica requerida para la validez del matrimonio.

Cada una de estas causas se explican en el Código de Derecho Canónico en los cánones 1073-1123.

Me caso

 

 Bonifacio Fernandez, cmf – Jueves 18 de Febrero del 2010

Cuando alguien nos da esta noticia solemos felicitarle y darle la enhorabuena. Es una buena noticia. Es una importante decisión en la vida. Marca la biografía personal. Más o menos explícitamente era ya una noticia esperada. Era previsible. Con frecuencia se recibe la noticia con sentido del humor ¿contra quién te casas? Existe una larga serie de comentarios y refranes para la ocasión. Revelan, en conjunto, una imagen un tanto resignada del matrimonio.

Pero si miramos un poco más a fondo la expresión “me caso” ciertamente da que pensar. Hablando con jóvenes en edad núbil, te comentan que no se ve que haya una decisión ponderada de casarse; que muchos jóvenes llegan al matrimonio “porque toca”; que ya ha pasado un tiempo largo de noviazgo. Los amigos se han ido casando, la convivencia ya está muy contrastada; han experimentado ampliamente la sexualidad. Han vivido muchas aventuras juntos. Ya es aburrido prolongar esa etapa de noviazgo desdibujado. Socialmente ya no se sabe bien hay que tratarles como matrimonio o no.

¿Quién os casa?

Esta expresión tiene una aplicación eclesial. Se dice erróneamente que es el cura el que casa. Los ministros del sacramento del matrimonio son los mismos contrayentes. Son ellos los que se quieren, se prometen y comprometen. Son ellos los que tienen un proyecto de vida y sellan su alianza ante la comunidad cristiana. La comunidad cristiana se reconoce en ellos. Les dice que ellos encarnan, significan y transmiten algo del amor con que Cristo ama a su Iglesia. Un amor íntimo, entrañable, personal. El sacerdote no es más que un representante de la comunidad cristiana. Atestigua y expresa el sentido de lo que ve, del amor con que un hombre y una mujer se entregan y se consagran en alianza mutua de amor indisoluble. Atestigua que lo hacen libremente, que son conscientes de lo que hace.

Son los novios los que se casan. Son ellos los protagonistas. La boda es el comienzo de la vida matrimonial sacramental. Pero el sacramento lo constituye propiamente el amor conyugal entre un hombre y una mujer. Sin ellos no hay sacramento. Sin amor no hay materia del signo.

Nos casamos

En nuestra cultura occidental nos sentimos muy orgullosos de que el matrimonio es por amor y por elección. Las parejas surgen por amor, no por interés. No surgen por la presión familiar o social. Y, sin embargo, el influjo del contexto circundante es muy grande. Uno se puede preguntar hasta qué punto un concreto matrimonio es un ejercicio de libertad, de elección libre y responsable. A juzgar por la falta de interés en la preparación personal al matrimonio uno puede pensar que la decisión es superficial. Ciertamente da miedo. Ciertamente las personas se lo piensan. ¿Buscan un tiempo de reflexión y preparación para madurar esa decisión? A juzgar por la facilidad de las separaciones no parece que la decisión de casarse sea muy comprometida. A juzgar por la complejidad de las motivaciones psicológicas de cada persona es difícil tomar una decisión madura, libre. El “me entrego a ti” tiene muchos niveles.

La verdad es que también en el la vida eclesial se echa en falta un rigor mayor, una formación más esmerada. Hay quien pide un verdadero catecumenado de preparación para este el sacramento del matrimonio. La situación actual refleja un fuerte contraste: todos son facilidades para entrar en el matrimonio canónico. Todas sus dificultades para salir de él.

Nos casan

Hay que reconocer que la fuerza de los modelos sociales es tal que condiciona grandemente la libertad. A ciertas edades se mete prisa para que se casen ya. La sociedad presiona fuertemente en esta dirección. Hay que reconocer la libertad de decisión es limitada por diferentes capítulos. Y en ese sentido habrá que admitir que “nos casan”; nos casan las familias, los amigos, las costumbres, el prestigio y la visibilidad social. Hay muchos factores que limitan incluso las decisiones más personales y transcendentes de nuestras vidas. La libertad personal nos lleva a preguntarnos con seriedad: ¿Quién decide mi vida por mí? ¿Elijo la vida que quiero vivir?