Los valores de la amistad


Por Encuentra.com

Una de las más grandes satisfacciones que tiene el ser humano, es la seguridad de contar con grandes amigos. Con el paso del tiempo la amistad se fortalece sin darnos cuenta, la convivencia ha traído aficiones, gustos e intereses en común, compartiendo preocupaciones, alegrías, triunfos y la seguridad de contar con un apoyo incondicional.

La esencia de la amistad radica en los valores, que son el cimiento de las relaciones duraderas, porque nuestra amistad sobrepasa con mucho la superficialidad, sin quedarnos en lo anecdótico, la broma, el buen momento o pasivamente en disposición para lo que se ofrezca.

Es de gran utilidad considerar la importancia que tienen otros valores para fortalecer el valor de la amistad, entre los más importantes se encuentran:

Coherencia

De fundamental importancia es mostrar una personalidad única con todas las personas y en todos los ambientes: vocabulario, modales, actitudes, opinión, y nuestra conducta en general. Nada es más desconcertante que descubrir distintas formas de ser en una misma persona, esto afecta significativamente la comunicación, provoca desconfianza y demuestra falta de madurez.

Flexibilidad

La adaptación a los distintos ambientes facilita la convivencia, la comunicación y permite acrecentar nuestro círculo de amistades. Debemos tomar en cuenta que la persona flexible es amable y servicial siempre, en todo lugar; si sólo tenemos atenciones con las personas que conocemos, no se puede hablar de flexibilidad.

Signos evidentes de flexibilidad: ceder la palabra; rectificar la opinión, pedir disculpas; participar de las actividades y aficiones que gustan a los demás (siempre y cuando permitan la vivencia de los valores), aceptar los consejos y recomendaciones sobre nuestra persona con sencillez y serenidad.

Como detalle importante, podemos señalar que una persona puede tener varios amigos con intereses diametralmente opuestos; la flexibilidad nos permite alejar ese sentimiento de exclusividad que muchas personas equivocadamente reclaman. Cada persona por ser naturalmente diferente aporta algo distinto en la vida de los demás, en eso consiste el enriquecimiento personal y el cultivo de amistades.

Comunicación

La verdadera comunicación no es una agradable conversación que muchas veces puede ser superficial. Comunicarse significa participar de nuestro yo a nuestros amigos, con la sinceridad de las palabras, transmitiendo nuestros verdaderos puntos de vista y manera de sentir, sólo así existe un intercambio real de pensamientos que desembocan en la comprensión y el entendimiento.

La forma más simple de conservar una amistad, es manteniendo contacto frecuente con nuestros amigos sin importar la distancia, pues unos minutos bastan para hacer una llamada o escribir un correo electrónico. Preguntar por el estado de salud, el trabajo, cual fue el resultado de sus últimos planes, enviar saludos a la familia… tantas cosas que podemos decir que demuestran interés y sincera amistad.

Generosidad

Lo importante de este valor es hacer lo posible por otorgar nuestro tiempo, recursos, conocimientos y cualidades cuando los demás lo necesiten, donde no importa si piden o no nuestra intervención. Muchas veces esperamos que nuestros amigos estén a nuestra disposición y lo demuestran con hechos; pero en ocasiones, por distracción o simple comodidad no correspondemos de la misma manera, ¿no es esto una forma de aprovechar y utilizar la amistad en beneficio personal?

La generosidad no tiene barreras, pues los amigos dan su persona desinteresadamente y sin límites: están pendientes de las preocupaciones y necesidades; acompañándose en la enfermedad o en los malos momentos; gozan de los triunfos y las alegrías, sin el sentimiento mezquino de la envidia; la generosidad se extiende a las cosas materiales, la ayuda para reparar el auto…

Lealtad

No hay riqueza más valiosa que un buen amigo seguro. Ser leal supone ser persona de palabra, que responda con fidelidad a los compromisos que la amistad lleva consigo; los amigos nobles no critican, ni murmuran, ni traicionan una confidencia personal y siempre se encuentra veracidad en sus palabras. Son verdaderos amigos quienes defienden los intereses y el buen nombre de sus amigos.

Ser leal también es hablar claro y ser franco; la lealtad también se demuestra al corregir a un amigo que se equivoca.

Agradecimiento

Un pequeño detalle de agradecimiento fortalece nuestra amistad significativamente, no pensemos en objetos, devolver el favor en la misma proporción o cualquier cosa extraña, entre los amigos basta dar las gracias sinceramente como reconocimiento a la ayuda que hemos recibido. Pero hay que decirlo.

Debemos tomar en cuenta que los pequeños detalles son espontáneos y representan verdaderas muestras de afecto, pero nunca deben aparecer como “pago” al beneficio que desinteresadamente recibimos, pues los obsequios, invitaciones y otros detalles, son elementos naturales de una amistad.

Los verdaderos amigos siempre nos ayudarán a superarnos y a vivir mejor, porque el interés está puesto en la persona, no en sus pertenencias, posición o lo divertido que pueda ser. La confianza, el consejo oportuno sobre las buenas costumbres, hábitos, diversiones o el orden de nuestros afectos, constituyen muestras claras de aprecio, compromiso y responsabilidad.

Los valores nos ayudan a encontrar nuevos amigos y mejores amistades, porque nuestra actitud es franca y abierta para todas las personas. Ser un “mejor amigo” no es un objetivo para buscar el reconocimiento o alimentar nuestra vanidad, es una forma de elevar la calidad de las relaciones humanas con nuestro ejemplo.

El buen uso de mi tiempo

(Por Fernando Pascual, Colaborador de Mujer Nueva, 2010-06-08)

No es fácil determinar si vivimos con más tiempo o con menos tiempo que en épocas pasadas.

Es cierto que la velocidad de la rotación de nuestro planeta se ha conservado casi inalterada (o con variaciones insignificantes) durante milenios. El hombre de hace 25 siglos podía contar, igual que nosotros, con 24 horas cada día.

Pero aquel hombre, ¿tenía más tiempo o menos tiempo que nosotros? La abundancia o la carencia de tiempo depende de diversos factores, que han cambiado mucho durante siglos.

El primer factor consiste en la satisfacción de las necesidades básicas. Si uno tiene que matarse, literalmente, durante horas para conseguir un poco de comida y el dinero necesario para lo indispensable (o para pagar deudas asfixiantes), sentirá que le falta tiempo para muchas otras cosas. Si otro, en cambio, sabe que ni hoy ni mañana ni en el futuro inmediato carecerá de lo básico, tendrá a su disposición más tiempo para otras actividades.

El segundo factor surge desde la cantidad de deseos que hay en cada corazón. Quien busca lo mínimo en la vida, quien no desea progresar, quien prefiere “alargar la noche” durante horas y horas en la cama, quien se queda absorbido ante las imágenes de una pantalla (o ante los espectáculos del antiguo teatro griego), tendrá, seguramente, pocos deseos y su única preocupación consistirá en cómo “matar” el tiempo que siente a veces lento o monótono.

En cambio, quien quiere ver a sus familiares más o menos lejanos, quien busca continuas mejoras en la casa, quien estudia una y otra vez para ascender en el puesto de trabajo, quien desea con ansiedad leer más y más informaciones, notará cómo el día se le escapa de las manos, cómo las horas no bastan para satisfacer todos sus deseos.

El tercer factor nace del ambiente en el que vivimos, de las personas que nos rodean, de las leyes que facilitan o hacen difícil la vida diaria. Si a nuestro alrededor hay personas que nos piden continuamente ayuda, que nos exigen respuestas más o menos rápidas, que nos aturden con llamadas (o, en el pasado, con visitas), las horas del día serán insuficientes para atender adecuadamente cada asunto. En cambio, hay personas que viven en un aislamiento más o menos práctico, sin problemas con la burocracia y sin molestias de familiares o amigos inoportunos: para ellas el tiempo puede llegar a pasar lentamente, en días y días sin interrupciones que impidan realizar los propios planes.

Se podrían añadir más factores. Lo importante es individuar, en la propia vida, cuál es la situación en la que me encuentro, qué exigencias merecen mis mejores esfuerzos, qué deseos valen la pena. Al mismo tiempo, no hay que tener miedo a reconocer que muchas ansiedades y actos concretos me llevan a invertir el tiempo que tengo a disposición en cosas insignificantes o incluso nocivas, porque me apartan de obligaciones serias y porque me encierran en un mundo pequeño y reducido que me deja poco tiempo para lo que sí es importante.

Cada día inicia con su ritmo terrestre y con los mil cruces de caminos entre mis necesidades, mis deseos, y los encuentros con quienes viven a mi lado. Es importante poner orden en mis prioridades, para que lo importante recibe lo mejor de mi tiempo, y para que lo secundario sea siempre eso: secundario.

Si vamos más a fondo, a la luz de verdades perennes y del horizonte de lo eterno, podremos reconocer que lo mejor de mi tiempo merece ser invertido en aquello que me prepara al encuentro con Dios (para siempre) en el cielo, y en el amor sincero y constante hacia los familiares, los amigos, los conocidos y los necesitados.

En otras palabras, es urgente descubrir que sólo vale la pena el tiempo cuando se vive desde el amor y hacia el amor. Empezamos a existir, en un día concreto del tiempo terreno, desde el amor que Dios nos tenía y que reflejaron nuestros padres. Seguimos en la vida porque nos aman y porque amamos.

Por eso, lo mejor que podemos hacer, al descubrir que somos amados, es amar. Entonces llegaremos a un buen empleo de nuestro tiempo (abundante o escaso) y empezaremos a descubrir lo hermosa que es la vida si se “gasta” a la luz de la clave maravillosa del amor sin medida, que nos lleva suavemente desde el tiempo hacia lo eterno.