Hacia una “perspectiva de familia”

 

INTRODUCCIÓN

La controversia contemporánea sobre el ser humano es compleja y se encuentra enmarcada por un cambio cultural de alcances aún insospechados. Los más importantes debates intelectuales de nuestro tiempo expresan en buena medida un muy profundo fenómeno que trasciende por mucho la mera discusión académica. Desde el ámbito de la filosofía, de la sociología y de muchas otras disciplinas parece cada día haber más consenso respecto que nos encontramos en un verdadero proceso de cambio epocal1. Es en este contexto en el que la familia – junto con muchas otras instituciones – experimenta cuestionamientos radicales que motivan relecturas muy diversas.

La centralidad que posee la familia respecto de otras instituciones también muy relevantes no es difícil de advertir. Los gobiernos, las empresas, las escuelas, los sindicatos, las iglesias y los organismos de la sociedad civil son una breve lista de espacios que se encuentran condicionados en su dimensión cualitativa por lo que acontece en el seno de las familias.

Evidentemente la familia no es el único factor determinante al interior de una comunidad. Sin embargo, por el papel que desempeña dentro de la funcionalidad social sí podemos afirmar que es la instancia más destacada desde un punto de vista cultural. El camino educativo que la persona emprende desde el momento de nacer se encuentra acompañado no sólo por relaciones más o menos furtivas con otros individuos sino por los valores que se establecen al entablar relaciones afectivas significativas. La familia, como comunidad que brinda el espacio de emergencia de la persona desde el punto de vista de su socialidad, introduce al ser humano en un ethos específico que, aunque dinámico, sin lugar a dudas posee una función fundante y de invaluable importancia para la comprensión de las comunidades en las que participará en momentos posteriores de su desarrollo.

Es precisamente el papel que tiene la familia como camino educativo lo que nos permite entender de una manera rápida que los complejos cambios sociales que experimenta el mundo en la época contemporánea tienen a esta institución en su base. No podemos negar que existen hoy dinamismos muy complejos e influyentes que de manera más o menos anónima impactan en el ethos real de las personas y de los pueblos. La teoría de sistemas contemporánea nos ayuda enormemente a comprender la «clausura» y la capacidad de «autoproducción» (autopoiésis) que tienen los sistemas, por ejemplo, económicos o políticos, para automantenerse, autolegitimarse, y por lo tanto, para resolver y disolver en sus funciones y comunicaciones a las personas y a las familias como sujetos relevantes2.

Sin embargo, aún tomando en cuenta este tipo de observaciones, no es posible negar que la familia como «comunidad de personas» (communio personarum) más que como sistema o «entorno» de un sistema, posee una capacidad sui géneris para cualificar procesos y estructuras. Esta cualificación nunca podrá ser señalada como «determinante» debido, precisamente, a su índole específica, a su dimensión personal (o personalista, mejor dicho). Sin embargo, su relativa «indeterminación» es la que le da un alcance y profundidad insospechados que rebasa las previsiones más ambiciosas introduciendo un elemento de imprevisibilidad que sólo lo auténticamente humano posee como característica propia.

1. MODELOS EXPLICATIVOS QUE DIFICULTAN APRECIAR LA FUNCIONALIDAD DE LA FAMILIA

Existen modelos explicativos de la familia que dificultan apreciar su funcionalidad fáctica. Somos de la opinión que sería posible dedicarnos a discusiones y puestas en práctica más redituables si cobráramos conciencia más clara de las limitaciones que ofrecen algunas posturas para comprender la realidad de la familia3.

Una primera postura que es preciso deconstruir aunque sea sucintamente es la visión evolucionista de la familia. Para esta posición la familia es un entorno relacional condicionado culturalmente, que en una sociedad en continuo progreso científico-tecnológico, verá gradualmente disminuidas sus razones de justificación. Quienes defienden este modelo sostienen que en una sociedad primitiva – como la de las zonas rurales pre-industriales – es sumamente funcional la existencia de la «familia extensa» con fuertes vínculos comunales y solidarios que permiten el surgimiento del fenómeno de la socialización. El progreso, – al darse inexorablemente gracias al desarrollo de la capacidad crítica de la razón, la destrucción de mitos y la introducción de tecnología, – constituirá un salto cualitativo que permitirá la urbanización haciendo surgir un nuevo modelo de familia, la familia centrada en el «núcleo familiar» y en la habitación urbana en la que los fuertes lazos comunales son sustituidos por la autosuficiencia que brinda la tecnología y algunos de los más importantes servicios (piénsese en los supermercados).

Así es como lentamente el progreso social va disminuyendo la necesidad de mantener a la familia como experiencia socializadora fundamental quedando sustituida por la capacidad de administrar nuestras «relaciones públicas» y un eficiente manejo de «gadgets» que faciliten la comunicación y el orden en nuestras citas. De esta manera surge la idea de que es posible («¿por qué no?») que las tradicionales funciones familiares sean desempeñadas por otras instancias menos permanentes y más satisfactorias en términos de ajuste al paradigma de la racionalidad instrumental propio del mito del progreso indefinido. La proliferación de modelos de «familia alternativa» daría paso, de manera gradual, a la superación de la estructura familiar. Esta es la comprensión que han desarrollado autores como Claude Lévi-Strauss, Ferdinand Tönnies y Anthony Giddens4.

Nadie puede negar que esta postura parte de algunos hechos incontestables. La familia realmente ha experimentado en muchos ambientes la influencia de la racionalidad instrumental y del mito del progreso indefinido. Sin embargo, es realmente sorprendente desde un punto de vista estrictamente filosófico, cómo los defensores contemporáneos de estas ideas argumentan como si no hubiese sucedido nada en los últimos cien años al respecto de las premisas que soportan este tipo de aseveraciones, como si la modernidad ilustrada no hubiese mostrado sus contradicciones internas…

En efecto, no es difícil percibir que toda esta postura se encuentra sostenida en la validez de la modernidad ilustrada como proyecto emancipador. El fracaso especulativo y práctico de esta posición ha sido denunciado y puesto a la vista del mundo no sólo a través de importantes obras sino de trágicos sucesos que no pueden ser ignorados. La caída del muro de Berlín en 1989 y la destrucción de las torres gemelas en 2001 son simplemente dos de los más recientes íconos de una crisis que tiene una misma matriz ideológica en ambos casos5. Cada vez que la razón autosuficiente quiso autofundamentarse y autolegitimarse para liberarse de viejas esclavitudes se tornó en gobierno despótico de derechas o de izquierdas por igual. La tecnologización de la vida que auguraba unívocamente mejores estadios de progreso ya sea acompañada de la supremacía del Estado o de la «libertad» que brinda el mercado, sin dudas conllevó progreso para algunos, pero no desarrollo humano para todos. Hoy no es difícil constatar empíricamente que las experiencias más propiamente humanas que evitan que la vida naufrague y caiga en el sinsentido y en el hastío, no están directamente relacionadas con el arribo de tecnología a una determinada población. Por el contrario, los países en los que la modernidad ilustrada penetró con más hondura si bien gozan de una superabundancia de bienes y servicios, no se destacan por su vivencia de la virtud de la esperanza. Hoy somos testigos de muchas sociedades cansadas – aunque saturadas de bienestar – en las que la desintegración familiar, la angustia y el proceso de envejecimiento poblacional son sólo algunos de los indicadores de que algo no funcionó del todo bien, por decir lo menos6.

Con esto no deseamos insinuar que la carencia de bienestar material entonces esté asociada con el desarrollo humano auténtico. Lo que deseamos subrayar es simplemente que no es empíricamente verificable el que los proyectos modernizadores siempre logren mejores estadios de vida y aseguren que las sociedades funcionen de una manera más humana7. La modificación-disolución moderno-ilustrada de la estructura familiar no es un fenómeno que resulte indiferente al desarrollo de las sociedades reales. Si la funcionalidad originaria de la familia se vulnera al sumergir a esta dentro del canon supuestamente liberador de la supremacía de la vida pragmática y desmitologizada, la sociedad se debilita en sus fundamentos cualitativos, que por otra parte, son los que ordinariamente permiten la convivencia pacífica, la relación solidaria, el cumplimiento de normas (incluidas las leyes civiles) y evitan, por cierto, la violencia.

Existe otra hipótesis sobre la familia que podríamos llamar individual-vitalista. En esta segunda posición el progreso histórico sede su lugar al tiempo vital del ser humano. El protagonista ya no es la racionalidad auto-fundada sino la centralidad del individuo y lo que le sucede a éste desde que nace hasta que muere. Esto quiere decir que el sujeto humano individual pasa por situaciones familiares diversas que respetan ciertos «ciclos vitales» a través de los cuales es posible identificar los momentos de emancipación, la formalización de relaciones íntimas, el arribo de los hijos, la incorporación del individuo a hogares múltiples, etc.

Esta visión es popular en los contextos que aprecian como valor central la autonomía del sujeto individual. La familia y sus características no nacen de una dinámica natural propia de la persona-en-relación sino del condicionamiento que sufren los ciclos vitales a causa de la amortización y monetarización de elecciones privadas que al sumarse se tornan en una elección pública. El premio Nobel de economía Gary Becker y sus seguidores, por ejemplo, sugieren una teoría del matrimonio basada en el cálculo racional de la maximización del valor de las comodidades esperadas (monetarias y no-monetarias), de manera que cuando cambian las circunstancias y se altera la utilidad prevista, la racionalidad implicaría el divorcio, tener un hijo, evitarlo, etc8.

El individual-vitalismo parece ser una gran bandera para reivindicar al sujeto humano autónomo. Lamentablemente, esta concepción pierde varias dimensiones esenciales de la persona. Pensemos brevemente en la dimensión comunional y donal. El individualismo en sus diversas expresiones no renuncia a la vinculación social. Sin embargo, la considera justamente un escenario de optimización de actividades en la que una persona es mejor en la medida en que logre satisfacer sus necesidades y expectativas individuales utilizando para ello su relación con los demás. Este tipo de perspectiva destruye cualquier corresponsabilidad basada en la participación de todos en una común humanidad. Así mismo, clausura la posibilidad de la gratuidad en las relaciones, factor esencial al momento de establecer comunidades estables sean de la índole que sean.

El individual-vitalismo en algunos momentos parece acercarse a un reconocimiento auténtico de la condición real de las personas. Sobre todo en sus versiones de alta divulgación asume un ropaje sumamente cautivador. ¿Quién no ha sentido la seducción de algún motivador que convoca a la superación individual a través de la búsqueda de la propia realización? ¿Quién no ha escuchado, ya sea al momento de participar en un proceso de cambio organizacional o al mirar un programa de televisión, llamadas a entender el bien de la persona como un acto de autenticidad individual y subjetiva o como la «satisfacción de las necesidades dinámicas del cliente»? ¿No es acaso cada vez más común legitimar decisiones de vida en base a la utilidad, la maximización de la satisfacción, y en el fondo, en base a la protección de una positiva relación costo-beneficio con los demás? 9.

Estas preguntas apuntan a una confusión importante. Que el hombre aspire a su realización individual no significa que esta pueda y deba lograrse bajo la guía de la optimización individualista y comercial de las acciones y de los esfuerzos. Todos los modelos antropológicos, sociales, económicos o políticos que han pretendido tal cosa más pronto que tarde han manifestado su disfuncionalidad. La sociedad bajo este canon no funciona porque las personas y las familias que buscan ser reconocidas y respetadas en sí mismas, por su valor intrínseco, no-comercializable, no encuentran más que un criterio utilitario (la conveniencia económica) al momento de ser valoradas.

2. FUNCIONALIDAD DE LA FAMILIA COMO «COMMUNIO PERSONARUM»

Desde nuestro punto de vista la familia es un elemento esencial de la sociedad. Este papel central se logra gracias a la funcionalidad social insustituible que posee la familia. ¿A qué nos referimos? La familia posee funciones de latencia con respecto a la sociedad más amplia como son el mantenimiento de pautas de conducta y el manejo de tensiones10. Así mismo, existen funciones manifiestas que conforman el proceso de educación y socialización a través del cual las personas asimilan a su modo el ethos y la cosmovisión imperante en la sociedad. Ninguna otra institución puede proveer a las personas y a la sociedad del contenido cualitativo que se encuentra al interior de las funciones que la familia desempeña cuando se mantiene como communio personarum, como comunidad de personas. A grandes rasgos podemos afirmar que las principales funciones de la familia son cinco11:

EQUIDAD GENERACIONAL: la familia funciona cuando existe solidaridad diacrónica, es decir, corresponsabilidad intergeneracional (abuelos-padres-hijos, por ejemplo) que permite que los miembros de la familia al poseer diversas edades y papeles puedan recibir diversos cuidados, afectos y equilibrios entre actividad laboral, servicio e inactividad forzosa a través del tiempo. La equidad generacional se ejercita en el ámbito de lo privado, es decir, de lo propiamente intra-familiar y tiene una incidencia fortísima en el ámbito de lo público: piénsese, por ejemplo, en los ancianos que al dejar de trabajar pueden ser acogidos, sostenidos y queridos por los más jóvenes.

TRANSMISIÓN CULTURAL: la familia funciona cuando educa en la lengua, la higiene, las costumbres, las creencias, las formas de relación legitimadas socialmente y el trabajo. Sobre todo la familia funciona cuando educa a las personas en el modo de buscar el significado definitivo de la vida que evita el naufragio existencial al momento de afrontar situaciones-límite: muerte de un ser querido, desamor, enfermedad, injusticia laboral, etc.

SOCIALIZACIÓN: la familia funciona cuando provee de los conocimientos, habilidades, virtudes y relaciones que permiten que una persona viva la experiencia de pertenencia a un grupo social más amplio. La familia es una comunidad en una amplia red de comunidades con las que se interactúa cotidianamente. Las personas desarrollan su socialidad, o mejor aún, su comunionalidad extra-familiar gracias a que la familia de suyo socializa dentro de sí y hacia fuera de ella.

CONTROL SOCIAL: la familia funciona cuando introduce a las personas que la constituyen en el compromiso con las normas justas, con el cumplimiento de responsabilidades y obligaciones, con la búsqueda no sólo de bienes placenteros sino de bienes arduos que exigen esfuerzo, constancia, disciplina. Es esta introducción al compromiso la que eventualmente aporta el ingrediente cultural para que las conductas delictivas puedan ser prohibidas a través de la ley, y además, la que permite de hecho que una ley vigente goce de un cierto respaldo cualitativo al menos implícito por parte de la comunidad.

AFIRMACIÓN DE LA PERSONA POR SÍ MISMA: la familia funciona cuando ofrece una experiencia para todos sus integrantes de afirmación de la persona por sí misma, es decir, cuando el carácter suprautilitario de las personas – el valor que las personas poseen independientemente de su edad, salud, congruencia moral, capacidad económica, o filiación política – se salvaguarda y se promueve. Justamente esta función permite el descubrir existencialmente la importancia de la propia dignidad y de los derechos humanos que tienen su fundamento en ella12. Esta función también permite descubrir el sentido personalista de la amistad, lo más necesario en la vida, según Aristóteles13.

Las cinco funciones que la familia desempeña son condiciones de posibilidad de la vida social en general. El derrumbe histórico de las grandes civilizaciones acontece no sólo cuando existen poderes exógenos que desafían los poderes locales sino cuando la consistencia cualitativa, propiamente cultural de la sociedad, que habita en la familia al estar debilitada, hace vulnerables a las instituciones y a su capacidad de respuesta y adaptación al entorno.

3. LA PERSONA EN LA COMUNIÓN-DE-PERSONAS

Cuando hemos afirmado que las funciones antedichas las realiza la familia entendida como «communio personarum» deseamos indicar una realidad evidente e importante: la persona es un sujeto familiar, es un sujeto comunional, que no puede ser, entenderse o actuar sin la continua referencia ineludible a los «otros»,14 en especial, a esos «otros» que lo explican en la existencia (padres), en la permanencia (amores significativos) y en la proyección activa de la búsqueda del significado definitivo de la vida (matrimonio, filiación, trabajo, religión). La familia como «communio» significa que esta institución no sólo es un «hecho social», sino que es un método que permite a la persona descubrir que a la base de toda la funcionalidad social existe un «principio», un punto de partida indubitable, innegociable, no-comercializable, que sostiene a lo demás tanto desde un punto de vista ético como desde un punto de vista pragmático: la lógica del don y de la gratuidad.

La gratuidad fácilmente es trivializada como una suerte de fenómeno irracional propio de la vida privada. Sin embargo, la persona cuando reflexiona sin prejuicio sobre su experiencia puede encontrar que es precisamente la gratuidad la que en muchas ocasiones hace que la vida humana sea soportable y eventualmente adquiera sentido. Cuando algunos sociólogos como Francis Fukuyama reconocen que la «confianza» recíproca es esencial para la dinámica social parecen acercarse a esta misma cuestión aún cuando por las limitaciones metodológicas de su ciencia no les es posible comprender los motivos fundantes de una racionalidad que trasciende por mucho la pura respuesta a necesidades y tendencias15.

La gratuidad es difícil pero al mismo tiempo resulta fascinante. Gratuidad significa no «te deseo como un bien» sino «deseo tu bien», «deseo lo que es bueno para ti».

La gratuidad en la familia hace que esta se constituya como una estructura peculiar de «pertenencia». El formar parte de la familia hace que la persona no sólo se pertenezca a sí misma sino que pertenezca a otros. Es esta pertenencia recíproca la que permite que las dificultades de la vida individual puedan ser compensadas a través de la ayuda recíproca, y en no pocas ocasiones, excedente. Así mismo, es esta pertenencia la que nos permite entender algo sumamente sencillo y profundo: la persona no puede ser entendida y atendida auténticamente más que como un «sujeto-familiar», es decir, como un ser que no puede ser más que junto-con-otros con los que mantiene de manera estable un vínculo afectivo, justo, basado en la gratuidad diacrónica (con las generaciones que me anteceden y que me suceden) y en la gratuidad sincrónica (con quien establezco una relación justa llamada al amor en el matrimonio) 16.

4. LA FAMILIA COMO PERSPECTIVA

Habiendo dicho esto es como llegamos a entender que la centralidad de la persona, hoy tan profusamente difundida hasta en los discursos de orden político o empresarial, es una abstracción mientras no comprende la dimensión familiar de la persona. La familia no es un añadido accidental de personas, no es solamente una superposición privada de afectos. La familia tampoco es un espacio prescindible al momento de entender o atender a las personas. Al contrario, la familia es el modo de aprehender a la persona en su circunstancia real. A través de la familia se alcanza a la persona y el haz de relaciones que constituyen su vida concreta.

Cuando esto no se entiende la primacía de la persona se vuelve un recurso retórico que disfraza una antropología individualista. En este punto no debemos ser ingenuos. No basta que a la persona y a la familia se les mencione mucho, no basta que desde la sociedad civil o desde el gobierno encontremos acciones que «de intención» buscan incidir en la persona real y en las familias.

Es necesario a este respecto algo nuevo. Es necesario entender que la familia tiene que volverse una perspectiva tanto para la comprensión como para la atención – en términos de servicio – de las personas reales.

Por ello me parece muy afortunado el comenzar a hablar de una «perspectiva de familia». ¿En qué consiste esta noción? ¿Qué contenidos se pretenden asignar cuando sostenemos que la familia es la «perspectiva» para no perder a la persona?

Por «perspectiva de familia» entiendo al menos cinco cosas esenciales:

ANTROPOLOGÍA PERSONALISTA-COMUNIONAL: el ser humano no es un individuo cerrado sobre sí al que «lo social» le advenga como mero fenómeno accidental. Así mismo, el ser humano no es una mera parte de un ente superior y colectivo. El ser humano real es persona. El término «persona» precisamente fue acuñado desde hace muchos siglos para significar un sujeto con identidad que posee dignidad y que se encuentra llamado a realizarse en la libre entrega a los demás17.

REIVINDICACIÓN DEL MATRIMONIO COMO INSTITUCIÓN JUSTA: la familia se encuentra asociada a la realidad del matrimonio. Esto jamás quiere decir que sólo exista familia cuando la pareja matrimonial vive o cuando esta funcione de manera óptima. Lo que se desea apuntar es que las funciones de la familia aparecen y se reproducen socialmente a partir del establecimiento de la protección legal de un nexo justo entre personas de diverso sexo que deciden libremente compartir la vida entre sí. El amor en la vida conyugal siempre supone la justicia. La justicia es el mínimo del amor. Por ello, las personas que se confiesan amor no pueden prescindir de proteger en la medida de sus posibilidades los elementos de convivencia justa que son la base mínima, que son el «piso», sobre el que se construye una vida en común que está llamada, evidentemente, a rebasar la pura justicia. El matrimonio civil, entonces, es una institución de suyo justa en su existencia y llamada a salvaguardar la justicia. La dimensión educativa que posee para los miembros de la familia el que la pareja matrimonial practique la justicia y la trascienda en el amor, es uno de los varios argumentos que permiten apreciar las razones por las que una «perspectiva de familia» pasa necesariamente por el fortalecimiento de la vida matrimonial como relación justa entre personas18.

REARTICULACIÓN DE LOS DERECHOS DE PRIMERA, SEGUNDA Y TERCERA GENERACIÓN19: la persona como sujeto familiar, y la familia como sujeto social exigen que los derechos individuales, los derechos económicos, sociales y culturales, y los derechos de la solidaridad entre las personas y los pueblos se afirmen simultáneamente como auténticos derechos exigibles. La familia no puede ser reivindicada a través de la afirmación unilateral de un solo tipo de derechos. En la actualidad muchos de quienes defienden, por ejemplo, el derecho a la vida, suelen desentenderse de las condiciones estructurales para la vida digna, como es el derecho al trabajo, a la salud o a la educación. Así mismo, quienes defienden derechos sociales o derechos solidarios suelen no prestar atención a los derechos, por ejemplo, del no-nacido. En particular a la ideología neoliberal se le dificulta reconocer los derechos de segunda y de tercera generación como auténticos derechos y los reduce a meros «ideales» de vida social. Esta es una manera rápida y elocuente de mostrar cómo las antropologías reductivas generan una distorsión al quedar desatendidos elementos que en justicia se le deben a las personas reales que viven en familia y que exigen una consideración más holística de su condición simultáneamente individual y comunitaria20. Los auténticos derechos de la familia y de la persona-en-familia, son derechos de las tres generaciones simultáneamente. Desde nuestro punto de vista, promover el esfuerzo legislativo y político para que estos derechos sean vigentes ayudaría de manera fundamental en el proceso de construcción de un auténtico «Estado-social-de-Derecho».

SUSTANTIVIDAD DE LA POLÍTICA SOCIAL-ADJETIVIDAD DE LA POLÍTICA ECONÓMICA: mientras la política social de los Estados siga siendo meramente compensatoria de las disfunciones causadas por quienes definen la política económica desde la lógica del mercado, la familia quedará siempre como un tema secundario. Una economía social de mercado coloca a «lo social» como sustantivo y al «mercado» como adjetivo. La racionalidad del mercado no tiene por sí misma la capacidad para leer aspectos cualitativos como la dignidad de las personas y de las familias, sobre todo de aquellas que se encuentran «fuera del mercado». La pobreza para ser adecuadamente entendida y atendida tiene que ser interpretada desde la familia, es decir, desde el núcleo comunitario en el que se vive y desde el que se sufre una problemática que raramente es meramente individual. Más aún, el lugar en el que es necesario verificar si una política social realmente funciona al servicio de las personas no es la evaluación de su impacto sobre el «individuo» sino la evaluación de su impacto sobre la «familia». Cuando la política social toma como parámetro-eje a la familia, se induce la vida comunional y solidaria que tanto hace falta en sociedades desafiadas por el individualismo y por conductas que desalientan la corresponsabilidad y la formación de ciudadanía21.

PROMOCIÓN ACTIVA DE LA FAMILIA DESDE LA SOCIEDAD CIVIL Y EN ESPECIAL DESDE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN: una «perspectiva de familia» no nace por decreto. Principalmente nace «desde abajo». ¿Qué queremos decir? La «perspectiva de familia» implica una particular hermenéutica (interpretación) de la persona, de la sociedad, de la economía y del Estado. Este tipo de interpretación sólo puede hacerse viable a través de un gran esfuerzo educativo en el que la sociedad civil, y en particular, los medios de comunicación, juegan un papel esencial. Para nadie es un secreto que en estos temas el principal reto es cultural. En México tenemos la enorme ventaja de aún poseer un entramado simbólico, axiológico y religioso que aprecia la vida en familia. Sin embargo, nada asegura que el espesor cultural de este aprecio perdure por siempre. Es urgente que desde la sociedad civil todos colaboremos a fortalecer los espacios naturalmente creadores de cultura (escuelas, asociaciones, iglesias, medios de comunicación) a través de propuestas innovadoras que muestren convincentemente las razones por las que vale la pena apostar por las familias.

5. A MODO DE CONCLUSIÓN: LA «PERSPECTIVA DE FAMILIA» COMO PROGRAMA DE ACCIÓN

Apostar por las familias no es un ideal frívolo, «rosa» o conservador. Apostar por la familia es apostar por la justicia, por el amor, por nuestra soberanía cultural. Es creer que es posible crear una sociedad que goce de un Estado de Derecho con un perfil más social y menos utilitario. Es trabajar por una economía más justa al momento de crear y distribuir riqueza. No hay que confundir el legítimo deseo de construir una «economía de mercado» con el alienante pseudo-ideal de una «sociedad de mercado». No todo aspecto de la vida humana es comercializable. La persona-en-familia es más que sus necesidades y sus deseos mercantiles. Las familias más pobres en nuestras comunidades son testigos – muchas veces sin voz – de esta verdad.

Para combatir la tentación de querer olvidar o de querer trivializar a la familia, es preciso pensar en una decidida acción transversal que permita introducir una nueva óptica en el quehacer de la sociedad civil, en las políticas públicas y en el mismo proceso de Reforma del Estado. Esta óptica es la que algunos llamamos «perspectiva de familia», es decir, «perspectiva» para que a través de un ambicioso programa de acción lo valioso de la vida se preserve, se promueva y se defienda.

Notas

1De la abundantísima bibliografía a este respecto, véanse: G. VATTIMO et al., En torno a la posmodernidad, Anthropos, Santa fe de Bogotá 1994; G. LIPOVETSKY, La era del vacío, Anagrama, Barcelona 2000; F. FUKUYAMA, La gran ruptura. La naturaleza humana y la reconstrucción del orden social, Atlántida, México 1999; A. LLANO, La nueva sensibilidad, Espasa, Madrid 1989.

2Nos referimos principalmente a la teoría de sistemas funcional-estructuralista de NIKLAS LUHMANN. Veánse de este autor obras cómo: Soziale Systeme. Grundriss einer Allgemeinen Theorie, Suhrkamp Verlag, Franfort del Main 1984; Teoría de los sistemas sociales, UIA-ITESO, México 1999, 2 Vols.

3Seguimos los análisis sobre sociología de la familia realizados por JOSÉ PÉREZ ADÁN, de la Universidad de Valencia, a través de sus obras: Sociología, Eunsa, Pamplona 1997; Socioeconomía, Trotta, Madrid 1996; Sobre la libertad, la valía y la acción. Tres lecciones de sociología, E. Aguilar, Valencia 2002.

4Cf. C. LÉVI-STRAUSS, Las estructuras elementales del parentesco, Planeta-Agostini, Barcelona 1993, 2 Vols.; F. TÖNNIES, Community and Civil Society, Cambridge University Press, 2001; A. GIDDENS, The Transformation of Intimacy, Polity, Cambridge 1992; S. ASQUITH-A. STAFFORD, Families and the Future, HMSO, Edimburgo 1995; D. GITTINS, The Family in Question, Macmillan, Londres 1992.

5De manera particularmente aguda y adelantada la modernidad ilustrada había sido denunciada en sus contradicciones por MAX HORKHEIMER y THEODOR W. ADORNO en Dialéctica del iluminismo, Editorial Sudamericana, Bs. As. 1969. Otras obras importantes que denuncian agudamente el agotamiento de la modernidad ilustrada son: E. HUSSERL, Crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, Folios Ediciones, México 1984; R. GUARDINI, El fin de la modernidad, PPC, Madrid 1996; A. DEL NOCE, Il suicidio della rivoluzione, Rusconi, Milano 1978.

6Cf. M. SCHOOYANS, La dérive totalitaire du libéralisme, Éditions Universitaires, Paris 1991.

7Cf. P. MORANDÉ, Cultura y modernización en América latina. Ensayo sociológico acerca de la crisis del desarrollismo y de su superación, Encuentro, Madrid 1987.

8Cf. G. S. BECKER, An Economic Analysis of Marital Instability, en Journal of Political Economy, 1977, Vol. 85, n. 6, p.p. 1141-1187; Idem, Tratado sobre la familia, Alianza, Madrid 1987; R. FEBRERO-PEDRO S. SCHWARTZ (eds.), Essence of Becker, Hoover Institution Press-Stanford University, 1996.

9El individual-vitalismo se esfuerza en darle «rostro humano» al cálculo utilitario. La literatura a este respecto es abundantísima. La gran mayoría de los manuales de autoayuda y superación humana suelen recaer continuamente en tesis de este corte, por otra parte, sumamente congruentes con el discurso legitimador de la economía neoliberal. Para una lectura crítica de esta posición y una propuesta alternativa a la misma, véase: JUAN PABLO II, Veritatis splendor, Librería Parroquial de Clavería, México 1993; R. GUERRA LÓPEZ, Volver a la persona. El método filosófico de Karol Wojtyla, Caparrós, Madrid 2002.

10Un análisis más detallado de los papeles al interior de la familia para el desarrollo de estas funciones se encuentra en: R. BUTTIGLIONE, La persona y la familia, Palabra, Madrid 1998.

11Modificamos y ampliamos las consideraciones que se encuentran en J. PÉREZ ADÁN, Sociología, Eunsa, Pamplona 1997.

12Cf. R. GUERRA LÓPEZ, Afirmar a la persona por sí misma. La dignidad como fundamento de los derechos de la persona, Comisión Nacional de los Derechos Humanos, México 2003 (de próxima aparición: diciembre 2003).

13ARISTÓTELES, Ética nicomáquea, Gredos / Planeta-De Agostini, Barcelona 1995, Lib. VIII, 1155 a, 4.

14Cf. K. WOJTYLA, Persona: sujeto y comunidad, en El hombre y su destino, Palabra, Madrid 1998, p.p. 41-109.

15Cf. F. FUKUYAMA, Trust: The Social Virtues and The Creation of Prosperity, MacMillan, Nueva York 1995; T. GOVIER, Distrust as a Practical Problem en Journal of Social Philosophy, 1992, n. 23, p.p. 52-63.

16No podemos abundar en este texto sobre la complementariedad varón-mujer como rasgo esencial del matrimonio. Para ello, remitimos a: B. CASTILLA, Persona femenina, persona masculina, Rialp, Madrid 1996; Idem, La complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis, Rialp, Madrid 1993; R. GUERRA LÓPEZ, Pensar la diferencia. Reflexiones sobre la condición femenina y el fundamento antropológico de la diferenciación sexual, en Medicina y Etica, Facultà di Medicina e Chirurgia dell´ Università del Sacro Cuore-Universidad Anáhuac, Vol. VII, n. IV, octubre-diciembre 1996, p.p. 437-455.

17Cf. C. DÍAZ, Soy amado, luego existo, DDB, Bilbao 1999, 4 Vols.; Idem, ¿Qué es el personalismo comunitario?, Fundación Emmanuel Mounier, Salamanca 2002; Idem, Treinta nombres propios (Las figuras del personalismo), Fundación Emmanuel Mounier, Salamanca 2002; E. MOUNIER, El personalismo. Antología esencial, Sígueme, Salamanca 2002; J. SEIFERT, Essere e persona, Vita e Pensiero, Milano 1989; K. WOJTYLA, Metafisica della persona. Tutte le opere filosofiche e saggi integrativi, Bompiani, Milano 2003; R. GUERRA LÓPEZ, Volver a la persona, Caparrós, Madrid 2002.

18Cf. K. WOJTYLA, Amor y responsabilidad, Plaza & Janés, Barcelona 1996.

19La clasificación de los derechos en «tres generaciones» al partir de un criterio socio-histórico para su delimitación no facilita el comprender su común fundamento en la dignidad humana y sus mutuas relaciones. Sin embargo, utilizamos la categoría «generaciones» por haberse vuelto más o menos convencional. Véase, K. VASAK, Las dimensiones de los derechos humanos, Serbal, Barcelona 1984, 3 vols.

20Que esta posición es sostenida ya desde diversos enfoques y premisas puede verse al revisar las siguientes obras: PABLO VI-JUAN PABLO II, Mensaje a las naciones. Discursos ante la Asamblea de las Naciones Unidas, Paulinas, México 1996; CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO, Globalización y Nueva Evangelización en América Latina y el Caribe, CELAM, Bogotá 2003; I. ARA PINILLA, Las transformaciones de los derechos humanos, Tecnos, Madrid 1990; V. ABRAMOVICH-C. COURTIS, Los derechos sociales como derechos exigibles, Trotta, Madrid 2002; R. GUERRA LÓPEZ, Afirmar a la persona por sí misma, Comisión Nacional de los Derechos Humanos, México 2003, Cap. VI.

21Cf. U. LAUTE-J. A. MORALES (comp.), El modelo económico y social frente a los retos de la globalización en América Latina, Konrad Adenauer Stiftung-CELAM, Bogotá 2001; J. JIMÉNEZ-J. THESING (eds.), Economía de mercado y justicia social para Latinoamérica, Konrad

(Por , Rodrigo Guerra López, colaborador de Mujer Nueva, 2004-05-19)

No se puede amar si no se conoce

Autor: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net

No se puede amar si no se conoce

Debemos conocernos bien para amarnos mejor.

Debemos valorar la importancia de estar en una familia donde cada día nos conocemos más y por ello nos amamos más; así nace la autentica comunidad de amor.

Así nace la unidad familiar con variados matices y formas de ser.

Todos se enriquecen con lo que todos son y ello será el fruto de un clima de diálogo frecuente y sincero.

Ello será fruto del esfuerzo de haber encontrado caminos para provocar, desarrollar y profundizar un diálogo que nos ha llevado a conocernos mejor para amarnos mejor.

Integrar es ensamblar distintas formas de ser para formar una unidad.

Desintegrar es separar esas distintas cualidades, destruyendo la unidad.

Se puede ser una familia sin formar una unidad.

Se puede compartir el domicilio y también el apellido, y aprovecharse de un sin fin de cosas que brinda una casa –ropa limpia, comida, un techo, etc.– y, sin embargo, vivir como islas sin esforzarse para que la personalidad de cada uno, formen un nosotros familiar.

Podemos estar ignorando lo más importante de una persona a quien se ve a todas horas. Podemos estar físicamente cerca y no tener una comunicación que nos haga conocer el ser profundo del otro.

Todos queremos tener una familia unidad, pero no todos lo logramos.

Veamos las diversas realidades de las familias que nos rodean:

– Unas son familias unidas, donde los problemas se resuelven con amor, comprensión y respeto.

– En otras hay un gran deseo de integrarse, pero no parecen capaces de superar los problemas que impiden esa unión.

– Otras familias, a fuerza de conflictos y desilusiones, han perdido el deseo o la esperanza de integrarse, pero continúan juntas por no desamparar a los hijos o por temor a vivir los problemas de una separación.

– Hay familias que, después de aguantar juntas la época del crecimiento de los hijos, terminan separándose.

– Otras ya se deshacen cuando los hijos son aun pequeños.

– Hay también familias en las que el padre está ausente y esa mujer tiene que ser padre y madre a la vez.

¿Cuales de estas situaciones describe mejor la familia que nos toca vivir?

¿La familia en la cual estamos viviendo?

Todas las familias nacen con la ilusión y el propósito de ser felices.

La gran mayoría hacen esfuerzos para que su hogar sea un éxito.

¿Por qué, entonces, hay tantos fracasos?

No hay matrimonio, ni familia que no tenga que vivir crisis.

Lo primero que una crisis pone a prueba es la paciencia. Porque es lo primero que queremos: que se acabe pronto. Pero un corazón paciente rara vez se equivoca.

Las crisis prueban nuestras resistencias. Demandan fortaleza. Por ello son beneficiosas. “Tener que resistir es más saludable que no tener que resistir nada ─enseñaba Víctor Frankl. De hecho, el hastío causa hoy más problemas que la tensión y, desde luego, lleva más casos a la consulta del psiquiatra”.

Las crisis prueban la prudencia. No es fácil saber qué hacer, qué decir, cómo comportarse

Las crisis prueban la humildad. No rara vez son marginadoras y humillantes. “La prosperidad hace amigos, la adversidad los prueba”, dice un anónimo

Las crisis prueban nuestra fe. Son sinónimo de inestabilidad, inseguridad e incertidumbre. Pero la fe es compatible con las situaciones más adversas. “Creer es ser capaz de soportar dudas”, decía Newman. Ahora bien, la fe no se improvisa. Muchas crisis al inicio tampoco tienen nombre. Pero con el tiempo corroboran nuestra fe. Lo intuyó Lacordaire: “La adversidad descubre al alma luces que la prosperidad no llega a percibir”.

Las crisis prueban la austeridad. Nos obligan “a bajarle” y a agudizar el sentido de lo esencial.

Porque, decía Renan, “los golpes de la adversidad pueden ser amargos, pero nunca estériles”.

Las causas de desintegración familiar pueden ser internas o externas.

En las externas pueden surgir de una extrema pobreza económica con el gran peso que tiene en la vida humana esta circunstancia.

También en la otra punta puede ser un ambiente de excesiva riqueza que facilita influencias dañinas del ambiente.

Hoy nos centraremos en algunas de las causas internas.

– Vivir una actitud irreal con exceso de romanticismo.

Creer que para ser feliz basta desearlo. No ver la unidad como una meta a lograr. Vivir pensando que esta integración es algo que nos caerá del cielo o que los demás la harán, sin poner de nuestra parte un esfuerzo constante.

– Inmadurez emocional. Esperar la perfección en los demás mientras pretendemos que nos acepten como somos, sin hacer gran cosa por superarnos. Dejarnos llevar por los sentimientos en forma exagerada, como son la ira, la tristeza, el entusiasmo o la decepción sin fijarnos en el efecto que produce en los demás mi actitud desenfrenada.

– Egoísmo. Vivir para nuestros intereses o gustos individuales, no teniendo en cuenta la comunidad familiar. Poner a los otros, cónyuge, hijos, hermanos, padres, en función de nosotros mismos, de nuestra conveniencia.

– Actitudes de superioridad. Enorgullecerse de la propia virtud, de la capacidad de trabajo que se tiene, alardear de la propia inteligencia, etc. Y considerar que los otros no están a tu nivel.

– Vicios como pueden ser el alcoholismo, la pereza, mal carácter, ser irresponsable.

– Indiferencia religiosa. Dejarse absorber en su totalidad por actitudes materialistas sin dejar espacio para lo espiritual. Con actitudes agresivas o irónicas hacía el otro u otros por su religiosidad.

– Permitir que la influencia de terceras personas desuna la familia.

– Actitudes dominantes. Pretender que el cónyuge, los hijos o los padres hagan lo que uno desea. Pensar y decidir por los demás. Que amistades hay que tener, que estudios deben seguir sus hijos, disponer en que se debe gastar el dinero, sin tener en cuenta otras opiniones.

– Dejarse absorber demasiado por el trabajo, no solamente el trabajo fuera de casa, sino también el doméstico y quitarle tiempo a la convivencia.

Vivir absorbido en ganar y ganar, simplemente para juntar cosas en vez de disfrutar en familia lo que se va logrando. Vivir absorbido en tener una casa impecable pero que no se usa, que no se disfruta.

– Incapacidad para demostrar cariño. Dar la impresión de que se está cumpliendo con un deber hacía los hijos, los hermanos, el cónyuge o los padres, en vez de hacerles sentir que son amados e importantes y necesarios.

Todas estas actitudes producen desintegración familiar.

Pero, ¿por qué razón actúan así las personas? Actúan así porque les falta desarrollo humano. No han tomado conciencia de quienes son, cómo funcionan, que esperan de ellos los demás. Hay una falta de crecimiento personal.

Creciendo como persona se ataca la causa profunda que separa a las personas, desaparecen los síntomas y se construye diariamente una familia sólida.

No se puede pretender que una relación tan cercana como la que hay en una familia exista armónicamente sin un esfuerzo serio de todos sus miembros.

Todos nacimos en una familia, pero la vida de familia no es para todos, sino para aquellos que no sólo aman sino que saben amar, saben necesitar a los demás y dejarse ayudar por ellos.

En una palabra, la vida familiar es para quienes son capaces de ir más allá del “yo” y del pequeño “nosotros conyugal” para llegar al gran nosotros que forman, el amor de esposos, el amor de padres, el amor de los hijos con la gran riqueza y amplitud del amor que va y viene entre todos.

Porque eso es el autentico amor, el que va y viene, el que busca hacer feliz, en vez de que lo hagan feliz.

 Comentarios al autor: salvadorcasadevall@yahoo.com.ar

Dialogo de la Rosa y el principito

Relaciones prematrimoniales

 

Este hecho, bastante generalizado en la sociedad actual, merece una reflexión moral como la que hace certeramente Guido Cappelli, y que resumimos aquí por su valor antropológico y sus claros razonamientos.

Con esta expresión se entienden las relaciones sexuales completas entre los novios. Se trata de personas que se aman (o creen sinceramente que se aman) y que se preparan a vivir aquella comunión de vida y de amor que es el matrimonio, pero que por motivos diversos (estudios, trabajo, etc.) no están todavía en disposición de casarse. A medida que el diálogo afectivo se va y se haciendo más comprometido y orienta directamente al matrimonio, los novios aspiran a manifestaciones de amor cada vez más íntimas. Se preguntan entonces, a veces muy sinceramente, por qué no va a ser lícito para ellos la relación íntima completa, considerada como gesto expresivo de un amor auténtico ya desde ahora.

Hoy se percibe una cultura, en amplia medida permisiva, en la que las relaciones prematrimoniales no sólo no se prohíben, sino que a veces incluso se consideran necesarias como demostración de amor, para que el amor crezca y «garanticen de este modo el matrimonio. A esta cultura hay que añadir las condiciones sociológicas que parecen hacer cada vez más difícil la castidad prematrimonial. Los condicionamientos del entorno social tienden a hacer que se retrase el matrimonio por dificultades laborales y de vivienda.

La enseñanza tradicional de la moral católica, a pesar de que se rechaza en muchos ambientes, incluso a veces entre creyentes, es bien sabida: el acto conyugales lícito sólo en el estado matrimonial propio y verdadero, sancionado y hecho irreversible por el sacramento del matrimonio, y por consiguiente reconocido como tal por la Iglesia y por la sociedad civil. El Magisterio de la Iglesia lo ha recordado y confirmado también en nuestros días. Lo hizo en el Vaticano II, cuando declaró que los actos plenamente sexuales son «propios de la vida conyugal” (GS 51), y en la declaración Persona humana de la Congregación para la doctrina de la fe, donde se afirma que «todo acto genital humano tiene que desarrollarse en el marco del matrimonio” (n. 7).

Desde el punto de vista de la reflexión moral, hoy se pone de manifiesto cómo las motivaciones aducidas contra la praxis tan difundida de las relaciones prematrimoniales parecen bastante “débiles”, si se insiste solamente en las consecuencias “peligrosas”, embarazo no deseado, bloqueo de la maduración personal y fijación de la relación interpersonal en la esfera sexual, virginidad física, turbaciones psicológicas, sentimiento de culpabilidad, etc. Hay que ofrecer motivaciones que, dentro de una visión antropológica más rica y personalista, resulten más convincentes. Se trata, en definitiva, de argumentar a partir de la naturaleza misma del amor sexual y de sus auténticas exigencias. El gesto de la entrega sexual completa corresponde a una verdad y es moralmente bueno cuando expresa una plena comunión de vida en todos los niveles, ya que de lo contrario sería un signo falso (que no “significa”). Esto implica una apertura a las responsabilidades sociales, sin las cuales se reduciría a una forma de egoísmo entre dos.

En este sentido, el matrimonio no debe entenderse como un puro requisito formal o exterior como algo extrínseco al amor. El hecho de hacer público el amor a través del matrimonio es una condición que garantiza su autenticidad antropológica. El amor compromete a unas responsabilidades sociales y no es auténtico si no las asume de norma socialmente garantizada. Para el cristiano esta dimensión social del matrimonio tiene un significado particular. El matrimonio es sacramento, es decir, acontecimiento de salvación, encuentro con Cristo, que se lleva a cabo de hecho en la comunidad eclesial y a través de la mediación de la Iglesia. Pastoralmente es importante pro mover una formación de las conciencias. Contra la cultura dominante hay que contribuir eficazmente a hacer que se supere una concepción privatista de la sexualidad, a lograr que se capte el sentido global de la sexualidad, incluida su dimensión social y eclesial, y el sentido profundo de la Institución matrimonial, a procurar que se pro mueva una política en favor de la familia.

serypersona.blogspot.com

Padres, hablen ya!

El Departamento de Salud de Estados Unidos ha publicado la guía ¡Padres, hablen ya!, dirigida a padres y madres para favorecer las conversaciones con sus hijos sobre las relaciones sexuales y por qué esperar para tener sexo.

 Los padres quieren lo mejor para sus hijos. Por eso, son las personas indicadas para ayudar a sus hijos a tomar buenas decisiones. Al contrario de lo que muchos padres piensan, los hijos dan mucha importancia a sus opiniones y valores. Muchos padres, ven cambios en sus hijos cuando les dicen lo que piensan y esperan de ellos. El tiempo, la atención y el apoyo que les ofrecen también ayudan a generar ese cambio.

  Esta guía servirá de ayuda a los padres y madres para que hablen con sus hijos adolescentes sobre las opciones que tienen y por qué esperar para tener relaciones sexuales es la opción más sana. La guía tiene como finalidad:

 •Apoyar a los padres para que puedan dar a sus hijos la información, la motivación y el apoyo que necesitan para tomar decisiones saludables.

 •Ofrecerles sugerencias sobre temas que puede abordar con ellos al hablar sobre el sexo, y cómo hacerlo.

 •Ayudarles a comprender cómo se sienten sus hijos y cómo puede motivar en ellos conductas saludables.

 •Ofrecerles información importante sobre las infecciones de transmisión sexual (ITS), el embarazo en la adolescencia y otras consecuencias de la actividad sexual prematura.

 Además, no todas las conversaciones tienen que ser sólo sobre la actividad sexual. También puede hablar sobre el carácter, los valores y el poder tomar buenas decisiones en todos los aspectos de la vida.

 La difusión de la guía ha estado acompañada de una campaña publicitaria en los medios de comunicación, incluidos anuncios en televisión y radio. Estos anuncios se han adaptado a las diferentes poblaciones diana anglo, afro e hispana, como puede verse en los vídeos.

 www.educarhoy.org

Educación sexual, ¿Cómo se logra la naturalidad?

Autor: Alfonso Aguiló | Fuente: interrogantes.net

A los padres corresponde abordar estos temas y dar una respuesta oportuna y clara a las cuestiones que el chico plantee

Educación sexual, ¿Cómo se logra la naturalidad?

La educación sexual es algo que debe darse fundamentalmente en casa, que compete en primer lugar a los padres. Una tarea de la que no debes desentenderte. No digas que es cosa de ella; ni tú, que de él.

—Pero yo no sé explicarme bien. Es un tema muy delicado y será mejor dejarlo en manos de alguien experto…

No importa que no seas un gran orador ni un gran experto. Eres su padre, o su madre, y eso es lo importante, porque a los padres corresponde abordar estos temas y dar una respuesta oportuna y clara a las cuestiones que el chico plantee.

Además, no es tan difícil. En este libro aprenderás un poco, pero hay muchas más formas de aprender. Te saldrá mejor de lo que imaginas. Será fácil si has sabido ganarte la amistad de tu hijo.

—Es que, mira, precisamente ése es uno de los problemas…

Pues ésta es una forma de empezar a resolverlo, porque hablándole de cosas serias, que le interesan, aumentará tu confianza con él. Puede ser un paso importante en ese afianzamiento de vuestra amistad.

—Pues yo creo que cuando hable con mi hijo de estas cosas le va dar bastante apuro expresarse con naturalidad…

A lo mejor tienes tú más apuro que él, y quizá seas tú quien se encuentre un poco incómodo si no tienes costumbre de hablar de estos temas con naturalidad. Los niños muestran curiosidad desde pequeños por las cosas relacionadas con el origen de la vida, y hacen preguntas en ese sentido. Son los mayores quienes proyectan lo turbio de su propia sexualidad en la pregunta del niño, en la que normalmente no hay sino curiosidad sencilla, pasmo, sorpresa o, como mucho, una ligera picardía.

Si los mayores no obran con naturalidad, el chico caza al vuelo que en su pregunta hay algo raro, que no se le contesta de la misma manera que otras veces, e incluso a veces no se le contesta. Entonces la curiosidad aumenta, y como sabe que en sus padres no va a encontrar respuesta adecuada, pregunta por otro sitio. Y le llega el descubrimiento a través de otras personas que, casi siempre, lo hacen de forma maliciosa, o ruda, causándole una impresión que será difícil borrar y que, en muchos casos, puede influir negativamente en su vida afectiva y moral.

Hay que saber ponerse a su nivel, contestar a todas sus preguntas, y facilitarle que hable con confianza. A esta edad está muy receptivo ante estas cosas, y muy interesado. No rehuirá –al contrario– una conversación orientadora al respecto.

La táctica del silencio en estos temas es siempre deplorable.

Te recomiendo también que, como es algo tan vinculado al mundo afectivo de cada persona, lo trates de modo individual. Y cuando hay que entrar en más detalle, nadie mejor que papá para explicar todo al chico, con palabras que entienda, y mamá a la chica. De modo personal, a la edad adecuada y con naturalidad.

—¿Y cuándo?

Aprovecha las ocasiones más favorables.

Y las ocasiones más favorables de ordinario se presentan cuando el niño hace preguntas sobre estos temas.

A lo largo de este capítulo irán saliendo ejemplos. Si tienes dudas, trata el tema con el preceptor o tutor del chico, o con otra persona sensata y de buen criterio que le conozca. Si esa persona tiene ascendiente sobre él, te podrá ayudar a completar esa conversación…; pero sólo completar, no quieras desentenderte de esa responsabilidad como padre o como madre.

No seas ingenuo: es mayor de lo que parece

Es curioso observar con qué facilidad algunos padres olvidan los problemas sexuales de su propia infancia y ven a sus hijos como almas cándidas e inocentes, libres de todo peligro o tropiezo. Son quizá poco conscientes del desarrollo sexual de sus hijos y de cómo han cambiado las cosas en las últimas décadas.

Se ha pasado en poco tiempo de una época en la que se daba poca o ninguna información sexual, al extremo contrario, en el que es raro encontrar un chico de diez o doce años que no haya contemplado numerosas escenas eróticas fuertes que sin duda le habrán impresionado y abierto muchos interrogantes.

Por eso es importante llegar a tiempo y adelantarse a las explicaciones poco recomendables que pueda recabar por otros sitios. Ya hemos dicho que si el chico no obtiene de forma natural, en casa y por boca de sus padres, lo que su curiosidad infantil le plantea, pronto lo comentará con algún compañero algo enteradillo, o acudirá a fuentes de aún mayor riesgo.

—El problema es que a mí no me pregunta. Alguna vez preguntó a su madre, pero no ha vuelto a sacar el tema… Debe ser muy tímido.

No estés tan seguro. Adelántate.

—¿Cómo?

Busca la ocasión oportuna. Siempre hace preguntas que pueden dar lugar a entrar en materia, salvo que le retraigas de hacerlas por culpa de la parquedad de tus respuestas o por el aire de misterio que pones.

—¿Y si no encuentro ninguna oportunidad…?

Entonces se puede crear la oportunidad. Ojo, no vaya a resultar que el tímido seas tú. Sal con él a la calle, invítale a tomar un helado, y dile que como ya es mayor vais a hablar de cosas serias. Y le explicas todo bien, y le haces preguntar. Si le ves un poco retraído, pregúntale si le da vergüenza hablar de eso; seguro que te dice que no, y se lanzará. Es importante que pregunte, porque te puedes pasar una hora soltando un discurso y el chico no enterarse de nada.

—Tampoco soy tan inútil…

No me refiero a eso. El problema es que puedes emplear palabras que el chico no entienda. Empieza por traducirle el argot a términos más correctos, y todo irá mejor. Háblale con precisión, sin evadirte y sin faltar a la verdad.

—Bueno, a lo mejor las preguntas me resultan un poco comprometidas…, y no sé bien cómo explicarme. No tengo mucha práctica.

Si te atrancas, puedes emplazarle para una conversación posterior, que luego no debe diferirse.

—¿Y si pregunta algo que corresponde a una edad mayor?

No sucede. El niño a cada edad siente curiosidad y se plantea preguntas precisamente sobre los temas que es necesario aclararle, no más.

El hecho de que se plantee una cuestión es señal de que está ya en edad de contestarle.

Y eso aunque quizá en algún caso no sea necesario excesivo rigor o profundidad en la explicación. Si son pequeños, no hace falta explicarlo todo, pero sí importa ajustarse siempre a la verdad. Y desde luego, en ningún caso se debe mentir.

—¿Y hasta qué detalle hay que descender?

Háblale con adecuación a su edad, a su capacidad de asimilación y al ambiente en que vive. Debemos orientar su curiosidad y enseñarle a relacionar los hechos y a sacar consecuencias para su comportamiento.

Es cuestión de graduar la profundización en las explicaciones, que aunque deben ser prudentes,

han de dejarle satisfecho.

—¿Y con qué palabras? Se me hace un poco violento…

Precisamente ese amor a la verdad del que hablábamos lleva a muchos a procurar emplear desde el principio con él las palabras que se emplean en anatomía y fisiología para determinar los miembros y actos relacionados con el sexo. Al ser la información progresiva, puede ser positivo que se dé cuenta que desde el principio ha sabido bien las cosas. Cuando lea u oiga hablar de estas cuestiones, le alegrará comprobar que no le han ocultado nada y que ya lo sabía todo, incluso con las mismas palabras. Esto contribuye a evitar curiosidades tontas y a resolver sus dudas en casa.

El síndrome del manual de instrucciones

Hablábamos de informarle con verdad, a fondo, incluso con los términos más exactos que sea posible. Pero no es cuestión sólo de explicarle todo de modo aséptico, como si fuera una información técnica, haciendo las veces de una enciclopedia.

Tan grave es el angelismo de las explicaciones irreales e ingenuas, como el error opuesto, que se limita a un biologismo puramente técnico, como quien hablara de la síntesis de la glucosa en el hígado o de la circulación de la sangre. Es evidente que son temas que requieren un tratamiento distinto.

No podemos reducir la formación afectiva y sexual del chico a una instrucción sobre el comportamiento fisiológico de los órganos sexuales, como si se tratara de una simple información biológica sobre el aparato sexual masculino y femenino y de su funcionamiento, y de cómo se origina el ser humano, o cómo nace.

Para eso hace falta poco ingenio. Hay que hacerlo, desde luego, pero quedarse en eso sería olvidarse de la trascendencia de su maduración afectiva, por la que llegará a ser dueño de sí y aprenderá a comportarse correctamente en sus relaciones con los demás. Lo que requiere arte y tiempo es formar correctamente, no simplemente informar.

—Pero será bueno que reciba una información científica, neutra…

Depende que cómo se le dé. Para empezar, no está claro que exista un enfoque “neutral”. Luego, cabría considerar si esa supuesta neutralidad es positiva, porque sería como reducir la educación a leerle un manual de instrucciones.

Vender a la juventud la idea de la sexualidad desligada de la educación en el amor, es un engaño.

—De acuerdo, pero también es que antes había mucho tabú…

Es verdad, pero sería una pena pasar del error del tabú de la época victoriana al extremo opuesto, porque es difícil saber qué saldría peor. No hay que olvidar que precisamente en los ambientes de mayor desinhibición sexual es donde aparecen más trastornos o desequilibrios psíquicos y afectivos.

A esos desequilibrios contribuyen algunos textos escolares o libros divulgativos de información sexual que, al presentar cruda y torcidamente la realidad, producen en el chico fuertes impresiones y curiosidades, para las que no está preparado y que fácilmente le conducen a costumbres negativas para su educación sexual. Por ejemplo, uno de los textos escolares más difundidos a estas edades, facilita a los jóvenes lectores todo género de detalles y recomendaciones sobre las prácticas sodomíticas, defendiendo que “no son de ordinario permanentes ni dañinas”. Y los chicos se ven obligados a estudiar y memorizar estos textos, y son evaluadas sus respuestas en los exámenes.

—Bueno, pero en el colegio al que va mi hijo no existen esos textos. Yo no tengo esa preocupación.

Sí, pero eso no quita que debas preocuparte de su educación sexual, porque probablemente reciba muchas otras influencias. Pueden llegarle a través de la televisión, de las revistas que tienes en casa o que le enseñan sus amigos, o de muchos otros sitios.

Son imágenes y fantasías sexuales que le llegan con frecuencia y que acaban por hacer sentir su peso. A partir de ellas, el chico elabora su patrón de comportamiento sexual, tomando como modelo esas imágenes que ha visto en las películas o cintas de vídeo, en internet, en una revista pornográfica, o a través de lo que recuerda de los personajes de un libro o cómic que ha leído.

Hay que proteger un poco al chico del asedio de la pornografía, porque, como veremos, tiene una relación bastante directa con el comportamiento sexual.

Qué debía haberte preguntado ya. Un breve repaso

Repasemos rápidamente las preguntas sobre el sexo y el origen de la vida que suele hacer un niño desde sus primeros años hasta la edad que estamos tratando. Empezamos por el principio por si acaso has cometido el error de apenas hablar de estas cosas con él.

A los tres o cuatro años el niño ya ha comenzado a reparar en la diferencia de sexo y ha nacido ya en él el sentido del pudor. Se le debe responder sobre estos temas con naturalidad, como al resto de las cien preguntas que puede hacer en un día. Deben ser respuestas que no infundan recelo ni especial misterio sobre el sexo, aunque sí ese cierto pudor natural que deben adquirir.

Quizá entonces preguntó ya por qué engordaba tanto mamá, o esa vecina, o aquella amiga de la familia. Y al tiempo, pidió explicaciones sobre cómo nacía el hermanito, o su primito, o él mismo. Sería un error empezar a hablar de cigüeñas, de que vienen de París o de simplezas por el estilo, que son cobardes estrategias para escapar de las dificultades que lleva consigo la educación sexual. La naturaleza humana aspira a la verdad y el niño, por pequeño que sea, tiene derecho a ella.

—Hasta que un día pregunta que por donde sale el hermanito…

Puede hacer esa pregunta en el momento más insospechado. Quizá a los cinco o seis años, o antes. Se le puede decir que nace por el mismo sitio por el que el padre sembró su semilla, el semen, para que naciera el hermanito. No suele llamarle excesivamente la atención. De hecho, muchas veces lo olvida y vuelve a preguntarlo al cabo de un tiempo.

Los más despiertos o preguntones empiezan a plantearse cómo se engendra materialmente el hijo, incluso a los seis o siete años. Es más normal que sea hacia los ocho o nueve. ¿De dónde saca papá esa famosa semilla? ¿Cuántas hacen falta para tener un hijo…, o basta con una para toda la vida…? Quizá piensan –por las películas– que es algo que tiene que ver con los besuqueos.

—¿Y si, a pesar de todo, no preguntara nada?

Entonces tendrás que comenzar tú, porque, aunque no pregunte, sigue siendo necesario llegar a tiempo. Márcate una fecha tope. Como muy tarde, antes de los diez años.

Preguntas propias de la edad. ¿No será ya tarde?

Un día puede llegar diciendo: “Oye, papá, ¿qué es un homosexual?”. Y otro día, quizá a raíz de una noticia de la televisión, la pregunta puede ser: “Mamá, ¿qué es una violación?”, o “¿qué es un maníaco sexual?”, o “¿qué es la prostitución?”.

No conviene eludir esas preguntas, ni dar respuestas evasivas, ni demasiado simples. Son ocasiones excelentes para iniciar una conversación clarificadora, que puede continuarse más adelante, si el momento en que lo plantea no permite entrar en más profundidades.

—Y sobre eso que salía antes de los maníacos, ¿crees que conviene alertar al chico, o es mejor no meterle miedo?

Depende de cómo sea su carácter y de los posibles riesgos que haya. Habrá que buscar un equilibrio. Puedes decirle que hay hombres pervertidos o enfermos que a veces intentan seducir a los niños, y que es algo antinatural, y que está castigado por las leyes civiles. No está de más prevenirle –de modo realista más que dramático– del peligro de que un desconocido intente encariñarse con él a base de promesas o regalos, o le invite al cine o a cualquier otra cosa. Debe estar advertido de que es mejor no escucharle y alejarse rápidamente.

Otro día puede venir diciendo, por ejemplo, que por qué no pueden casarse dos hombres, o dos mujeres.

—Sí que lo ha preguntado, pero hace ya tiempo.

Es una pregunta que parece ingenua, pero que puede hacer porque, aunque ya se le haya explicado de dónde vienen los hijos, quizá no lo entendió bien, o lo ha olvidado.

Habrá que recordarle cómo la mujer guarda en su vientre durante nueve meses al futuro hijo, en una bolsa llamada matriz, y que va creciendo hasta nacer. Si no hay madre, no puede haber hijos. Y sin el semen del padre, tampoco. Tiene que haber un hombre y una mujer. Con una aclaración sencilla se desvanecerán sus dudas, pues suele tener en su cabeza una imagen muy natural de la familia.

—Una vez, con diez años, después de una película en la que una chica soltera estaba embarazada, no lo entendía bien y me preguntó qué era eso de una madre soltera. “¿Cómo va a tener un hijo sin tener padre?”, decía.

Sí. Hay un momento en que hace el descubrimiento que se puede tener un hijo fuera del matrimonio. Puede que hasta entonces no se lo hubiera planteado o –sin saber por qué– no le pareciera posible.

Es una buena ocasión para aclararle bien todo, y quizá para hablarle de lo que debe ser una familia, del sentido de la fidelidad entre los esposos, del derecho de los hijos a nacer en una familia normal y unida, etc.

También cabe darle, además, una explicación más profunda y explicarle cómo lo natural –querido por Dios y válido para todos los seres humanos– es que los hijos nazcan siempre dentro del matrimonio y que éste sea monógamo, y cómo el sexo es algo noble y bueno cuyo uso debe reservarse para traer hijos al mundo dentro de una familia legítimamente constituida.

—Otra vez me preguntó qué diferencia había entre un padre verdadero y un padre adoptivo. Eso también es difícil de explicar sin entrar en materia.

Es que hay que entrar en materia. No quedará satisfecho si no le explicas en qué consiste realmente la diferencia entre un padre y otro, y que el padre verdadero es el que aporta el semen para el nacimiento del hijo. Puedes, según las circunstancias, explicarlo más o menos a fondo, hablándole de cómo se realiza la unión entre óvulo y espermatozoide. Hazlo con tus palabras, aunque te parezca que no sabes explicarte. Te saldrá bien.

—Sí, pero en esta explicación, tarde o temprano surge la pregunta de: “Oye, papá, no entiendo eso del semen. ¿De dónde se saca?” Como ves, son preguntas que no se pueden eludir fácilmente.

Es que no hay que eludirlas. Es más, una pregunta de ese estilo muestra que las cosas marchan bien. Si no existiera confianza, al chico le daría apuro preguntarlo y se enteraría por otros medios, siempre peores. Explícaselo de la forma más correcta posible. Te repito que te saldrá bien.

Y como la explicación debe ser cierta y realista, no dejes de hacer alusión a la intervención de Dios en el origen de esa nueva vida.

—Oye, pero yo quisiera dar a mis hijos una explicación más neutra, ya te he dicho, sin tanto nombrar a Dios, que creo que no hace falta. ¿No es ponerse un poco pesado?

Es que hablar de Dios en el origen de una nueva vida no es algo secundario. No se trata de aprovechar la ocasión para colocarle un pequeño sermón. Se trata de no cercenar la verdad. Si crees en Dios, sería poco coherente no aludir a su intervención: sería tan poco razonable como decirle que los niños vienen de París. No quieras educar de modo tan aséptico, que es peor.

—Bueno, bueno. De todas formas yo me adelanté, como tú dices, y hemos hablado algunas veces de estos temas, pero hace ya dos años que le digo a mi chico que me pregunte todo lo que quiera sobre esto… pero ya no pregunta nada.

No es extraño que no pregunte. Ya dijimos que debías haber tú hablado espontáneamente de esos temas hasta que el chico se sintiera con suficiente confianza y pudierais hablarlo con fluidez. Ten cuidado, porque se te puede hacer tarde.

—Eso es lo que me preocupa. Le he oído cosas que no me gustan nada, y veo cómo se sonríe maliciosamente al contarlas. Ha cambiado los chistes marrones por los verdes. Lo sé, porque he escuchado por casualidad algunas conversaciones con sus amigos. Cuenta esos chistes con grandilocuencia y entre grandes risas, aunque estoy seguro de que casi ni los entiende. Una vez estuve a punto de interrumpirles y echarles un broncazo allí mismo, pero me contuve.

Creo que hiciste bien en contenerte. No resolverás este problema a base de broncas.

—Algunos amigos me dicen que todo eso es normal en los hijos a esta edad, y que no me preocupe. Otros, me dicen que espabile y que, si no, luego no me queje. Un compañero del trabajo me contaba hace poco que ha puesto llave al armario de la televisión después de descubrir que su hijo, de la misma edad que el mío, se levantaba de madrugada a ver películas porno; ahora su mujer es quien administra la televisión, y dice que aprovechan mejor el tiempo y los chicos están menos perezosos.

No me parece mala idea, puesto que buena parte del éxito en educar está en protegerle de algunas influencias perjudiciales. Si no, sería como afanarse en curar una gripe a base de medicación pero siguiendo habitualmente expuesto al frío.

Te recomiendo que no dejes pasar el asunto. Aunque fuera ya algo tarde, si lo retrasas, cada vez lo será más. El éxito ya no es tan fácil como cuando se plantea bien, con más antelación, pero debes buscar la ocasión adecuada para hablar a fondo con él.

Los chicos saben razonar cuando se les dan razones.

A lo mejor lo retrasas porque no sabes bien cómo empezar la conversación, o como llevarla, y vas dando largas al asunto. Tú, que a lo mejor has solido mantenerte tan digno y distante, quizá ahora te humilla tener que carraspear e intentar captar la atención del insolente infante de doce años para iniciar una conversación delicada que, en esta situación, puede incluso rehuir. Pero ya verás como, una vez comenzada, todo es más fácil de lo que parece.

Atención a la prepubertad. ¿Le afecta o no le afecta?

Explícale ya lo que es la pubertad. Adviértele de los próximos cambios que se obrarán en él, para que luego no se extrañe. Háblale de cómo aparecerán transformaciones en su cuerpo: el estirón del crecimiento, la aparición de vello, el cambio de voz, el desarrollo y primera actividad de los órganos genitales.

Puedes hablarle de su primer derrame, que se producirá de forma natural un día, probablemente durante el sueño.

Debe ya ir comprendiendo que seguirá creciendo y se convertirá en un hombre, con todas sus consecuencias. En su organismo se desarrollará la capacidad para procrear, es decir, para traer al mundo nuevos seres humanos.

La grandeza de esa realidad le llama poderosamente la atención y es probable

que escuche muy atento.

Háblale de cómo los chicos y las chicas, sobre todo a partir de cierta edad (se puede decir que en las chicas es un poco antes, a lo mejor a los once o doce años, y en ellos hacia los trece o catorce), experimentan impulsos y deseos hasta entonces desconocidos para ellos.

Ellas se sienten atraídas por los chicos y éstos se sienten turbados delante de ellas. Se trata de algo natural, puesto por Dios en nuestro interior para formar una familia y perpetuar la especie, y es algo muy bueno siempre que no se pervierta. Poco a poco irá creciendo en ellos el deseo de buscar pareja, de fundar una nueva familia, de tener hijos.

Es una ocasión para referirse de nuevo a la explicación del sentido del matrimonio y la procreación, como antes apuntábamos. La educación de la afectividad cobra aquí una especial importancia. Se le debe explicar con profundidad la naturaleza del amor, tan importante para afrontar con éxito la etapa adolescente.

Cuando llega la temida pubertad, muchos padres que antes apenas habían hablado con sus hijos, posiblemente entonces no consiguen franquear la barrera de su intimidad. Porque entre los sentimientos nuevos que experimentan los adolescentes está el de no querer dejar entrar a nadie fácilmente en ella.

Sólo hablarán de sus cosas –y aún con dificultad– si sus padres supieron ganarse antes su confianza, si supieron mostrarse en toda ocasión comprensivos y abiertos al diálogo.

Saca experiencia y actúa, ahora que estás a tiempo, que luego de poco vale lamentarse.

No se puede irrumpir en su intimidad: hay que ganarse la entrada.

Puedes explicarle con un poco de profundidad en qué consiste la transformación sexual. Por ejemplo, que las glándulas que cumplen la función sexual en el varón son los testículos, y que si, por accidente, un niño perdiera esas glándulas, al hacerse mayor no tendría voz varonil, ni le crecería la barba, ni podría tener hijos.

Cuéntale cómo dentro de poco sus glándulas sexuales se desarrollarán y producirán un líquido que se llama semen, que es la semilla de la que brotará algún día una nueva vida.

Al explicarle el acto conyugal, puedes hablarle también de cómo Dios ha querido otorgar un placer (puede que él aún no sepa que existe, ni de qué naturaleza es), que va unido a ese acto, como si fuera una pequeña compensación al sacrificio y la entrega que exige educar y criar los hijos.

Sé positivo en la explicación, pero adviértele de que sería antinatural buscar ese placer egoístamente, aislado de la función generadora humana. Puedes decirle que esos actos –como la masturbación, por ejemplo–, son antinaturales y suponen un daño a uno mismo, además de una ofensa a Dios.

Debes explicárselo bien, para que no vaya a pensar que todo lo relacionado con el sexo es pecado. Pero sí debe comprender que ese mandato de Dios es importante para la felicidad humana.

Debe entender que el desorden en lo relativo al sexo supone un deterioro para la persona, que conlleva un importante daño a uno mismo.

—Pero si mi hijo tiene una cara angelical…; no creo que pase por su cabeza nada parecido.

No olvides que a los doce años, la mayoría de los chicos de esta generación saben sobre el sexo diez veces más que los de la anterior a la misma edad. Recuerdo habérselo oído explicar con mucha gracia a una madre en una reunión de matrimonios: aseguraba que su hijo de once años sabía ya sobre estos temas más que ella misma cuando se casó.

Si en estos años no has estado atento y el chico no ha recibido una buena orientación, a estas alturas es fácil que tenga, por ejemplo, un vicio arraigado de masturbación.

—Imposible, mi hijo no.

Eso es lo que piensan casi todos los padres. A esta edad, si no tienen una formación sexual adecuada, no será infrecuente que los chicos practiquen la masturbación a solas, o a veces en grupos. En colegios de bajo ambiente moral, es noticia a la orden del día, incluso en presencia de compañeras.

Y no son casos aislados. Hace poco me hablaba horrorizado un profesor de un colegio público de cómo había visto a niños y niñas de ocho años jugar al acto conyugal.

Es algo que ya pasaba hace años, pero que ahora pasa más. El chico sufre un acoso mucho mayor que antes. Le entra por los ojos. Aparte de lo ya mencionado de la televisión y el cine, piensa, por ejemplo, en los frecuentes espectáculos de impudor de muchas playas…

—Pero es algo a lo que los chicos ya están acostumbrados. Después de contemplar tanto nudismo, apenas les debe afectar.

Eso creo que es también un poco ingenuo por tu parte. Claro que les afecta, como sucede a todo aquel que tenga aún un poco de sensibilidad. Por eso conviene pensar en el tono moral de los lugares a donde vamos.

Si alguien, con la mano en el corazón, asegurara que ya está acostumbrado a esas cosas y que no afectan a su modo de pensar o de vivir, es probable que se haya sumergido en una peligrosa espiral de permisividad. Muy parecida a la de aquél que piensa que no le afectan tres o cuatro copas, porque para él son lo normal, las que toma cada día; y no se da cuenta de que está cerca de alcoholizarse, de ser un enfermo crónico.

El mundo interior. Algunos peligros

La imaginación del niño tiene una prodigiosa capacidad de entrada en su voluntad, pues su inhibición es restringida.

Toda idea que pasa por su cabeza tiende a traducirse en acto.

La excitación desordenada de las pasiones, sin control de la razón, contribuirán a hacer realidad aquel viejo adagio castellano de que “quien las imagina las hace”.

El corazón sigue fácilmente a la mirada. Existen, por tanto, poderosas razones que llevan a comprender la necesidad de guardar una cierta disciplina mental. Como ha señalado Antonio Orozco, la mirada puede despertar elevados sentimientos y encender pasiones magníficas; pero también puede embrutecer el alma y disparar las pasiones de un modo sórdido. De ahí la importancia ética de seleccionar en lo posible los objetos del mirar.

En algún momento apropiado, se puede hablar al chico de los peligros de una posible falta de autocontrol sobre lo que se mira y se piensa. Y hacerle ver que hay imágenes y recuerdos que pueden llegar a tomar gran protagonismo en su memoria y obsesionarle. Si se lo sabes explicar bien (por ejemplo, con ocasión de dejar de ver una película que resulta ser inmoral, o al evitar un lugar poco recomendable), el chico entenderá lo sensato que es no entretenerse mirando determinadas cosas.

Si ha aprendido a esforzarse por hacer lo que entiende que debe hacer, y no tiene el me apetece como norma de vida, comprenderá la necesidad de luchar contra la tentación y de acostumbrarse a decir que no a lo que no le conviene. Así se curtirá y vencerá los impulsos desordenados de la pasión. Si no aprendiera a controlarlos, se desequilibraría su vida afectiva y eso le llevaría también a ser menos libre.

No se trata de hablarles obsesivamente de los peligros de mujeres malas, ni de plantearlo como prohibiciones negativas.

Se trata de hacerles vislumbrar la relación entre el sexoy el amor a la mujer que será madre de sus hijos.

Si no domina sus pensamientos, es muy probable que acabe claudicando, porque es evidente que quien se entretiene con pensamientos o deseos inmorales acaba cayendo en actos y episodios inmorales, tarde o temprano.

Otra cuestión sobre la que quizá no pregunte, pero que puede ser interesante tratar, son las erecciones espontáneas. A esta edad se producen con facilidad, muchas veces por causas extrasexuales desconcertantes para él: quizás al trepar por una cuerda o practicar un deporte que le supone un esfuerzo físico importante; otras, sin aparente motivo externo; y algunas veces responderán directamente a una excitación sexual provocada por una conversación, pensamientos o miradas que desencadenan un efecto inmediato: debe entonces comprender la conveniencia –ya lo hemos dicho– de mantener la imaginación bajo su propio dominio y no dejarse arrastrar a su merced.

—Otra cosa. ¿Es verdad que esta edad es propicia para desviaciones de algún tipo?

Es una cuestión extensamente estudiada por psicólogos y psiquiatras. No es incorriente que un chico de esta edad experimente una confusa atracción por ambos sexos. No suele tener importancia. Puede ser incluso una simple curiosidad mal contenida. El peligro está en que esas leves tendencias infantiles cristalicen en algo serio por culpa de su falta de capacidad de corregirlas, cosa que puede suceder si no tiene cierto dominio sobre su propio impulso sexual. “Una prueba más –en palabras del doctor Vallejo-Nájera– de lo sanísimo de la educación de la castidad y de lo que ayuda a superar los problemas de la edad. En cambio, la pretendida libertad sexual, ésa sí que llena de pacientes la consulta del psiquiatra.”

No sólo sabias recomendaciones. ¿Censura?

Casi todos los padres piensan que dan buen ejemplo a sus hijos en esta materia, pero cabría analizar varios detalles en los que puede haber discrepancias entre lo que intentan inculcar al chico y lo que luego él ve.

Por ejemplo, ¿qué niño no protesta si se le impide ver una película no tolerada mientras sus padres siguen ante el televisor? Es fácil que el chico se enfade, quiera verla terminar, y se organice una pequeña trifulca doméstica.

Algunas de esas películas serán tan inconvenientes para el niño como para los padres; otras, no. Pero, desde luego, si el padre o la madre apagan la televisión o cambian de canal, es seguro que el chico no rechistará y asumirá un criterio moral claro al respecto.

También interesa preguntarse por las revistas y publicaciones que entran en la casa. Hay bastantes de ellas que dedican muchas páginas a reportajes nada recomendables para los chicos, por la inmoralidad, el sensacionalismo y, a veces, la pornografía. Y se compran, y están por la casa, y se leen.

¿Qué pensará el niño, con su agudo y penetrante sentido crítico, sobre nuestras sabias recomendaciones sobre el sexo…? “Que son sermones de papá o de mamá, pero que, bueno, no será para tanto; que parece que lo malo es sólo malo para los niños; otra manía más, igual que la de que no les grite y luego ellos me gritan, o de que pida las cosas por favor y luego ellos tampoco lo hacen…, o sea, que ni caso”.

Para que haya coherencia en la educación, los padres deben cuidarse de filtrar todo lo que entra en la casa y queda al alcance del chico: periódicos, revistas, televisión, vídeo, libros, etc. Y, por supuesto, las películas cuando va al cine.

—Oye, que eso es censura.

Sí. ¿Y qué tiene de terrible preservar a la familia de lo que puede hacerle mal? Igual que no dejas las tijeras al alcance del pequeño, o que escondes las medicinas para que no se las tome todas y se intoxique, de modo semejante debes cuidar de que no intoxique su cabeza y su corazón con inmoralidades.

—¿Y qué dices sobre el pudor?

En la educación sexual, el pudor es también más importante de lo que parece. Aunque efectivamente a esta edad el instinto sexual no sea aún muy intenso, unas costumbres inadecuadas en este aspecto pueden ser un fuerte lastre para el futuro.

El pudor es un instinto natural, presente de modo universal a lo largo de los siglos, que protege espontáneamente la propia intimidad. Los hijos lo aprenden en el hogar casi sin que los padres se lo propongan. Es cuestión de dar ejemplo, y aprenderán a ser sensibles, a respetar como deben al otro sexo, a ir correctamente vestidos por la casa, a vivir el pudor cuando se bañan o al cambiarse de ropa, etc.

Ese natural recato, protección de la propia intimidad, es importante porque su descuido provoca el estímulo extemporáneo de la pasión genital. El vestido no es una simple exigencia climatológica, sino que es necesario para que las relaciones hombre-mujer sean propiamente humanas y personales. De lo contrario, normalmente despertarían pasiones inoportunas o inadecuadas.

Ya lo sabe todo. ¿Es suficiente?

Es ésta una pregunta que el lector quizá se haga al ir avanzando en este capítulo. No quisiera dejar la idea de que con explicar al niño todo lo relativo al sexo queda el problema resuelto. No es así de simple. La formación sexual es una parte de la educación integral de la persona, y está unida a todos los demás aspectos. Como cuando se sacan cerezas de un cesto, que nunca suele salir una sola.

Llenar su corazón de afectos adecuados y fortalecer su voluntad, son dos aspectos decisivos para una correcta educación de la sexualidad.

Hay una estrecha relación entre una acertada educación sexual y el avance en las virtudes, y más concretamente con las virtudes de la fortaleza y la templanza.

Ya hemos dicho que informar correctamente no es difícil. Lo difícil e importante es crear en los hijos hábitos que les fortalezcan personalmente para actuar de modo correcto.

Ten en cuenta que no basta con la información solamente, aun suponiendo que se haya dado muy bien.

Hay multitud de chicos que lo sabían todo muy bien a través de sus padres desde temprana edad pero, después,

- por haber descuidado la educación de sus sentimientos;

- por no haber fortalecido su voluntad;

- por no haber desarrollado en ellos las virtudes necesarias;

- por no haberse acostumbrado a luchar;

adquirieron hábitos viciosos y sus vidas fueron un desastre.

A un chico que ha logrado un buen nivel de autodominio, que ha consolidado las virtudes de la fortaleza y la templanza, no le costará mucho comprender que es él quien debe tomar las riendas de su impulso sexual, y no al revés. Y no sentirá envidia de quienes están dominados por el sexo y se consideran por eso más hombres. Percibirá enseguida que es todo lo contrario, que la falta de dominio sobre ellos mismos es la que hace que esas personas realicen, como consecuencia de su débil voluntad, actos sexuales como puede hacerlo cualquier insensato o cualquier animal. Sólo las personas de mayor calidad humana, de mayor fortaleza, de mayor autodominio, es decir, los hombres y mujeres fuertes, llevan de verdad las riendas de su vida, en este aspecto como en otros.

Se trata de dar una visión positiva, de fortalecer el espíritu, de dar un alto concepto de la dignidad humana y de la realidad sexual.

interrogantes.net

“Educación afectivo-sexual de niños y adolescentes”

 

Dios, que es amor y vive en una comunidad de amor, al crear al hombre a su imagen y semejanza le ha conferido una vocación como la suya: una vocación al amor. Este amor es siempre don de sí mismo.

«El hombre y la mujer pueden llevar a cabo esa llamada, o como personas individuales, o unidos con carácter permanente en una pareja que forma una comunidad de amor. Si lo hacen individualmente vivirán la virginidad; cuando establecen una comunidad de amor, la viven en el matrimonio. Pero en ambos casos es la totalidad de la persona la que hace el don de sí» (Engracia A. Jordán, La educación para el amor humano).

Siendo el hombre un compuesto de cuerpo y alma, su radical vocación a amar abarca también el cuerpo humano, que se hace partícipe del amor espiritual. El hombre ama con todo su ser, en cuerpo y alma.

Educación de la afectividad

La sexualidad no puede reducirse a un fenómeno puramente biológico: a la experiencia genital, a la unión carnal hombre–mujer. La sexualidad alcanza categoría humana cuando se enlaza en el misterio del amor, esencial en la existencia del hombre. Por esta razón, la educación sexual ha de estar incluida en el marco de la educación de la afectividad, es decir, en la educación de los sentimientos y tendencias humanas, entre las que el amor tiene carácter primordial.

Cuando el sexo no se entiende enmarcado en la espiritualidad se vuelve inhumano, y lo inhumano es más bajo que lo puramente animal. El sexo aislado del mundo espiritual –del contexto global del hombre– ve en el otro un «objeto sexual», no «una persona amada». La pura unión carnal, desprovista de espíritu, rebaja las personas a la condición de cosas que sólo tienen sentido en cuanto producen satisfacción o placer.

«Dado que la vida se hace específicamente humana en la medida en que se utiliza la razón –afirma Víctor García-Hoz–, la educación empieza por una acción sobre la inteligencia. De aquí la consecuencia de que toda educación en le aspecto sexual tiene que apoyarse en la formación de una conciencia clara del papel que desempeñamos cara a Dios en nuestra vida».

Esta educación afectivo-sexual debe ser, por tanto, una educación para el amor, que oriente a cada uno, según su vocación específica, hacia la virginidad o hacia el matrimonio. La primera es una vocación al amor, al don de sí mismo primero a Dios y en Él a todos los hombres. La segunda requiere una sana educación para el amor conyugal, que es un amor de totalidad.

Actualidad y urgencia

«En la actual situación socio–cultural es urgente dar a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes una positiva y gradual educación afectivo–sexual, ateniéndose a las disposiciones conciliares. El silencio no es una norma absoluta de conducta en esta materia, sobre todo cuando se piensa en los numerosos «persuasores ocultos» que usan un lenguaje insinuante» (S. C. para la Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano. Pautas de educación sexual, nº 106).

La razón es obvia: el tema del sexo está en la calle y entra en el hogar a través de los medios de comunicación social, que con gran frecuencia emplean un lenguaje destinado únicamente a estimular el instinto y a provocar manifestaciones sexuales desconectadas con el sentimiento y el espíritu, con el don de sí, con la apertura a los otros, a la vida y a Dios. Es ésta «una cultura que banaliza en gran parte la sexualidad humana –afirma Juan Pablo II–, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta» (Familiaris consortio, nº 37).

Por eso es preciso oponer, a esta acción deformadora y corruptora, la verdadera educación afectivo-sexual, centrada en el concepto cristiano de la sexualidad humana.

Derecho y deber de los padres

Como toda educación, también la afectivo-sexual corresponde principalmente a los padres. La familia es la primera comunidad de amor y en ella se forman los hijos en el verdadero amor, como un servicio sincero y solícito hacia los demás. Es en la familia donde surgen numerosas ocasiones para entablar el diálogo sobre distintos temas relacionados con el sexo y la afectividad: la llegada de un nuevo hijo, la gestación del niño en el seno de la madre, el desarrollo sexual en la pubertad, la atracción de los adolescentes hacia amigos y conocidos de distinto sexo, etcétera. Son momentos oportunos para conversar sobre el tema.

Sobre esta materia, el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer aconseja: «Que sean los padres los que den a conocer a sus hijos el origen de la vida, de un modo gradual, acomodándose a su mentalidad y a su capacidad de comprender, anticipándose ligeramente a su natural curiosidad; hay que evitar que rodeen de malicia esta materia, que aprendan algo, que es en sí mismo noble y santo, de una mala confidencia de un amigo o de una amiga» (Conversaciones, nº 100).

Para esta importante labor educativa los padres cuentan con la gracia de estado recibida en el sacramento del Matrimonio, que «los consagra en la educación propiamente cristiana de los hijos (…) y los enriquece en sabiduría, consejo, fortaleza y en los otros dones del Espíritu Santo, para ayudar a sus hijos en su crecimiento humano y cristiano» (Familiaris consortio, nº 38).

Existen, además, libros sencillos y apropiados, asociaciones familiares, cursillos de orientación familiar organizados por entidades de confianza, etcétera, que permiten profundizar en la mejor forma de impartir la urgente educación afectivo-sexual.

Modo de impartirla

La educación afectivo-sexual ha de ser:

— Verdadera: ha de ajustarse siempre a la realidad de las cosas, con precisión y delicadeza.

— Clara: comprensible para el niño o adolescente.

— Gradual: el conocimiento ha de adquirirse al compás del desarrollo corporal y espiritual. De este modo irá evolucionando armónicamente toda la personalidad, primero del niño y después del adolescente. –Individual, pues lo que convenga decir a un chico o una chica, quizá otro de la misma edad no esté en condiciones de asimilarlo.

— Completa: tanto en cuanto a los temas, como en cuanto a la extensión y profundidad con que se tratan.

— Oportuna: deben aprovecharse las ocasiones más favorables, que ordinariamente se presentan cuando el niño hace preguntas sobre estos temas, o en determinados períodos críticos, como son los siete años y la pubertad. Sin ir más allá de lo que pregunta, pero dejando siempre abierta la puerta para que pueda hacer nuevas preguntas.

La respuesta personal

Toda educación exige una respuesta por parte del alumno: no sólo debe ser asumirla, sino también complementarla mediante la lucha personal. Con mayor motivo cabe afirmar esto a propósito de la educación y de la vivencia afectivo-sexual. «El uso cristiano de la sexualidad –afirma García-Hoz– no se realiza sin esfuerzo, sobre todo en la época de la adolescencia y de la juventud, en las que la fuerza de las tendencias sexuales y la poca madurez de la personalidad exigen una lucha más rigurosa».

Es preciso concienciar a adolescentes y jóvenes de que la vida humana sólo se realiza a través del esfuerzo. La impureza es, en buena parte, un problema de pereza. Una y otra –o una con otra–, si se descontrolan, si no se las encauza del modo adecuado, machacan la personalidad embaucando con el goce inmediato, roban la auténtica alegría, pasan siempre amargas facturas al cabo del tiempo y pueden dejar hondas heridas para el futuro.

Resulta desaconsejable cargar las tintas en los aspectos meramente costosos y negativos, que chocan con su falta de perspectiva y sus afanes juveniles y, a veces, fomentan un insensato espíritu de rebeldía. Por el contrario, a adolescentes y jóvenes –ellos y ellas– debe animárseles a pasar al campo de los fuertes, de los generosos, de los magnánimos, que es el campo de las personas nobles y sabias, de las felices y de las que tienen porvenir.

Los medios

De igual modo es necesario descubrirles los medios, tanto humanos como sobrenaturales, para coronar con éxito el empeño.

He aquí algunos medios humanos:

— Desear de veras la pureza, y rebelarse contra el mal que intenta esclavizarles, es el primero de los medios humanos.

— Estar siempre ocupado mediante el trabajo, estudio, deporte o cualquier otra actividad, ya que «la ociosidad –como dice la Escritura–, es maestra de todos los vicios».

— Vivir el pudor y la modestia: «el pudor, afirma Max Scheller, no sólo da forma humana a la sexualidad, sino que favorece, además, su armónico desarrollo».

— Vigorizar la voluntad, venciendo pequeñas dificultades de todo estilo que se presenten, sin ceder a la pereza, la comodidad, el desorden, el capricho, etcétera.

— Despreciar o sortear las ocasiones innobles: lecturas, amistades, películas, conversaciones subidas de tono, etcétera.

Entre los medios sobrenaturales destacan:

— La oración, ya que sin ella es imposible vencer de modo habitual: «orad, dice Jesús, para no caer en la tentación».

— La mortificación, pues no sólo fortalece la voluntad, sino que –como enseña el Beato Josemaría Escrivá– «es la oración de los sentidos».

— La frecuencia de sacramentos, ya que, tanto en la Sagrada Comunión como en la Penitencia, Jesucristo fortalece el alma con su gracia y la ayuda a vencer.

— El trato frecuente con la Santísima Virgen.

— La conversación periódica con un sacerdote.

— El aprecio del cuerpo, ya que es templo del Espíritu Santo. Vale la pena tener en cuenta que el sentimiento de dignidad es uno de los rasgos fundamentales de la personalidad, que se vive con especial intensidad en la juventud, y por lo que constituye uno de los estímulos más fuertes para la educación. n

CASTIDAD Y CAPACIDAD DE AMAR

La conciencia del significado positivo de la sexualidad, en orden a la armonía y al desarrollo de la persona, como también en relación con la vocación de la persona en la familia, en la sociedad y en la Iglesia, representa siempre el horizonte educativo que hay que proponer en las etapas del desarrollo de la adolescencia. No se debe olvidar que el desorden en el uso del sexo tiende a destruir progresivamente la capacidad de amar de la persona, haciendo del placer –en vez del don sincero de sí– el fin de la sexualidad, y reduciendo a las otras personas a objetos para la propia satisfacción. Tal desorden debilita tanto el sentido del verdadero amor entre hombre y mujer –siempre abierto a la vida– como la misma familia, y lleva sucesivamente al desprecio de la vida humana concebida, que se considera como un mal que amenaza el placer personal.

Consejo Pontificio para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado. Orientaciones educativas en familia, 8-XII-1995, n. 105

Miguel Ángel Cárceles

Revista Palabra, nº 442-443, abril 2001

“¿CÓMO APLICAR LA INTELIGENCIA EMOCIONAL A MIS HIJOS (ESTUDIOS, COMPORTAMIENTOS)?”

 

1. ¿Qué es la Inteligencia Emocional?

DESCUBRIENDO UNA NUEVA DIMENSIÓN EN LAS RELACIONES

La Inteligencia Emocional, un término difundido mundialmente por el periodista y escritor Daniel Goleman, es la capacidad de:

1) Sentir

2) Entender

3) Controlar y

4) Modificar

estados anímicos

a) Propios y

b) Ajenos.

Las habilidades prácticas que se desprenden de la Inteligencia Emocional son cinco, y pueden ser clasificadas en dos áreas:

1) INTELIGENCIA INTRAPERSONAL (internas, de autoconocimiento)

2) INTELIGENCIA INTERPERSONAL (externas, de relación)

Al primer grupo pertenecen tres habilidades:

a) La autoconciencia (capacidad de saber qué está pasando en nuestro cuerpo y qué estamos sintiendo)

b) El control emocional (regular la manifestación de una emoción y/o modificar un estado anímico y su exteriorización).

c) La capacidad de motivarse y motivar a los demás.

Al segundo grupo pertenecen dos habilidades:

a) La empatía (entender qué están sintiendo otras personas, ver cuestiones y situaciones desde su perspectiva), y

b) Las habilidades sociales (habilidades que rodean la popularidad, el liderazgo y la eficacia interpersonal, y que pueden ser usadas para persuadir y dirigir, negociar y resolver disputas, para la cooperación y el trabajo en equipo).

2. ¿Cuáles son los factores que intervienen en el aprendizaje?

PARA AYUDAR TENEMOS QUE SABER

En el aprendizaje intervienen diversos factores, y ninguno de ellos garantiza, por sí solo, unos resultados favorables en los estudios.

Estos factores son:

a) Académico: (asistencia suficiente a clase, atención en ella, lectura de los materiales, técnicas de estudio, etc.).

b) Referencial (la relación con la familia, los profesores, los compañeros de clase y las amistades).

c) Emocional (interés, motivación, estados anímicos, estímulos, deseos y metas personales, etc.).

d) Ambiental (la casa, el colegio, los sitios que se frecuentan, etc.).

Los padres podemos ejercer influencia -positiva, nula o negativa- en cada uno de los ámbitos en los que se produce el proceso educativo.

En especial, tomando cada uno de los aspectos principales -en relación con nuestro rol- de cada ámbito:

• En el académico, verificando que nuestros hijos apliquen técnicas de estudio eficaces.

• En el referencial, manteniendo la armonía en las relaciones familiares, ya que la familia es la principal fuente de estímulos para un estudiante.

• En el emocional, ayudando en todo lo posible a mantener el equilibrio emocional de nuestros hijos, y proveyéndoles de todas las fuentes de motivación que estén a nuestro alcance.

• En el ambiental, garantizando un clima favorable, en nuestra casa, para crear las mejores condiciones posibles para el estudio individual o en grupo.

3. ¿De qué manera podemos utilizar la Inteligencia Emocional para ayudar a estudiar a nuestros hijos ?

PONIENDO LAS EMOCIONES A FAVOR

Como vimos en el ítem anterior, entre los distintos factores que intervienen en los estudios y el aprendizaje, se encuentra el factor emocional, que puede obrar a favor del proceso educativo (equilibrio emocional) o en contra (desequilibrio emocional).

Como lo muestran las investigaciones científicas más recientes, aproximadamente un 50% de nuestros rasgos emocionales personales nos vienen de herencia genética, y el otro 50% proviene de nuestra crianza y de nuestras experiencias más tempranas de la infancia.

Con este conocimiento, y aceptando las naturales e inmodificables tendencias temperamentales que poseen nuestros hijos, podemos ayudarlos en cada una de las áreas de la Inteligencia Emocional:

1) En el autoconocimiento, detectando señales de ansiedad, nerviosismo o miedo, y previniendo problemas de relación (dentro y fuera de la familia) que pueden obstaculizar una determinada etapa de estudio.

2) En el control emocional, aprendiendo estrategias psico-físicas que permitan neutralizar los estados de ansiedad, los estallidos temperamentales o los estado de perturbaciones afectivas.

3) En la motivación, requisito fundamental del verdadero aprendizaje, aprendiendo a neutralizar y/o superar los estados de abulia, y la displicencia o la ausencia de interés y motivación en una materia.

4) En la empatía, aprendiendo a percibir y comprender los sentimientos y emociones de familiares, amigos y compañeros de estudio.

5) En las habilidades sociales, aprendiendo a establecer buenas relaciones con los profesores y los compañeros de escuela.

4. ¿Cómo influyen las expectativas de los padres y profesores en el rendimiento académico?

‘ESPERA LO MEJOR, Y LO OBTENDRÁS…’

Más que cualquier respuesta teórica, conviene que se entere usted de dos experimentos sumamente reveladores acerca de las expectativas y sobre cómo éstas influyen en el rendimiento académico.

El pedagogo Ellis Page realizó un interesante estudio sobre el afecto. Dividió a su clase en tres grupos: A, B y C. A cada monografía que le presentaba el grupo A, le ponía sólo una calificación.

Al grupo B, Page le ponía la calificación y una palabra, por ejemplo: ‘bueno’, ‘excelente’, ‘buen trabajo’.

A los del grupo C le escribía unas líneas alusivas al texto: ‘Querido Johnny: Tienes una sintaxis espantosa, una gramática atroz, una ortografía espeluznante. Y tu puntuación es como la de Jaimito.¿Pero sabes una cosa ? Anoche, cuando estaba sentado en la cama conversando con mi mujer, le dije: “Ana, este muchacho ha expresado unas ideas bellísimas en esta monografía. Voy a tratar de ayudarlo a desarrollarlas”. Con afecto, tu profesor’. Y si alguien escribía algo muy bueno, le ponía: ‘Gracias. Tus ideas me resultan alucinantes, excelentes. Sigue así. Tengo muchas ganas de saber qué vas a decir luego’. Después, realizó una estadística.

El grupo A permaneció igual. El B no mejoró demasiado, pero en cambio el C creció y se desarrolló.

Otro experimento: un grupo de la Universidad de Harvard se presentó ante un grupo de profesores y le anticipa: ‘Ahora vamos a entrar en su clase y les daremos a los alumnos el Test de Harvard de los Esfuerzos Intelectuales. Con esta prueba determinaremos quiénes crecerán intelectualmente durante el año. Los seleccionaremos. Jamás fallan. Piensen qué gran ayuda será’.

Al terminar de recogerlas las arrojaron al cesto de los papeles furtivamente. Luego eligieron cinco nombres al azar, del listado, y le dijeron a la maestra: ‘Estos chicos van a adelantar notablemente este semestre: Juanita Rodríguez…’

‘Juanita Rodríguez no podía adelantar ni aunque se le propusiera’, los contradijo la maestra.

‘No importa. El Test de Harvard de los Esfuerzos Intelectuales jamás falla’, repusieron los personajes.

¿Y sabe qué sucedió? Todos los nombres que ellos seleccionaron mejoraron increíblemente, lo que demuestra que, la mayoría de las veces, uno obtiene lo que espera conseguir.

¡Este es el poder de la expectativa!

5. ¿De qué manera, desde las relaciones familiares, podemos ayudar a estudiar a nuestros hijos?

ESTÍMULO Y APOYO DESDE LOS VÍNCULOS MÁS ÍNTIMOS

La familia es, sin ninguna duda, la principal fuente de estímulos que tiene un joven para desarrollar exitosamente sus estudios.

Además, la vida familiar es el entorno que más influye para acompañar, con equilibrio emocional y seguridad afectiva, ese desarrollo académico.

Una forma fundamental de ayudar a nuestros hijos es involucrándonos, como padres, en todo lo que sea positivo para crear mejores condiciones de estudio. Algunas de los principios desde los que podemos actuar son éstos:

1. Un ambiente adecuado predispone al trabajo intelectual (el ambiente que nos rodea influye en además en el comportamiento).

1.1. También se aprende por imitación y se estimula con el ejemplo. El ambiente en casa es como nosotros queramos hacerlo. Algunas preguntas que conviene plantearnos:

• ¿Somos selectivos con la televisión?

• ¿Dedicamos parte de nuestro tiempo libre a leer?

• ¿Comentamos asuntos importantes, noticias de interés, proyectos familiares… con nuestros hijos?

2. La casa no debe convertirse en una segunda escuela, pero debe coordinarse con ella.

2.1. Hay que procurar autonomía en el estudio. Los padres deben ofrecer colaboración, orientar ante las dudas, pero nunca suplantar el trabajo del estudiante.

2.2. Demostrar que lo que ocurre en la escuela importa en casa.

• No recriminar solo lo negativo, hay que valorar sobre todo lo positivo.

• Afrontar los conflictos con serenidad.

• Huir de las descalificaciones personales. Si hay algún problema, abordarlo como un reto a superar.

• Mantener una actitud adecuada ante las notas. No considerarlas como un juicio personal. El alumno, además de estudiante, es una persona con muchas facetas a considerar.

6. ¿Cómo puedo mejorar la comunicación con mi hijo?

¿GERENTES O CONSULTORES?

La comunicación es una parte muy importante de cualquier relación que pretenda ser buena. Esto es especialmente válido para la relación de padres e hijos.

Después de haber pasado por otras etapas difíciles, los padres descubren que en el período de la adolescencia la comunicación tampoco suele ser fácil.

Una razón de esto quizá sea porque los padres se ven a menudo como “gerentes” de sus hijos. Por mucho tiempo, están constantemente organizando sus vidas: preparando en hora sus almuerzos, corriendo con ellos al colegio o a la práctica de fútbol, logrando que se bañen cuando es oportuno y asegurándose, al final del día, que estén en la cama en el horario conveniente.

Esta “gerencia”, en su medida y realizada con inteligencia, está bien durante la niñez, pero en cuanto se desliza hacia el período de la adolescencia comienza a causar problemas.

Es aquí donde los padres descubren que, en lugar de ser “gerentes” de la vida de sus hijos, necesitan ser “consultores”. Los padres-consultores, a diferencia de los padres-gerentes, se enfocan en ayudar a sus hijos adolescentes para que desarrollen la autonomía, acompañándolos en su proceso de maduración, no pretendiendo manejar sus vidas.

Abandonando el papel de “gerente”, los padres están dándoles una oportunidad a sus adolescentes para que sean más libres… y responsables.

Ejerciendo el rol de padre-consultor se tiene la ventaja de evitar los dos errores más comunes que se cometen en esta etapa: seguir tratando a los hijos adolescentes como a los niños que fueron (rol de sobreprotección o ‘gerencia’), o tratarlos como si fueran adultos (negligencia paterna o abandono).

Estos son algunos principios interesante para los Padres de Adolescentes:

1. Resístase a dar consejos, incluso cuando su adolescente se los pide. El adolescente busca su consejo porque ellos han perdido momentáneamente la confianza en sí mismos/as. Es frecuente oír a los padres referir esta experiencia: “Cuanto menos consejos le ofrezco más habla ‘el/ella conmigo.”

2. Eluda las charlas excesivamente francas. Comunique sutil e indirectamente.

3. Admita el alejamiento (distancia). El desarrollo de la identidad personal durante la adolescencia incluye la distancia física, pero lo grave es entender la independencia como la desconexión con la familia.

4. Permita que su hijo se cobije en su hogar. Ellos se confortan con el hecho de que en su casa se sienten seguros para dar salida a las frustraciones, y un lugar para ordenar sus pensamientos y sentidos, dando sentido a sus cambios vitales.

5. Espere inconsistencia, y trátela con toda la paciencia y la comprensión de que disponga. Su adolescente es un caldero de cambios emocionales, físicos y hormonales, y se esfuerza entre la vida de la niñez perdida y la adultez que apenas está surgiendo.

Un adolescente no busca alguien que le diga qué hacer, y se sentirá mucho más abierto para ir hacia sus padres, espontáneamente, cuando descubra que tiene en ellos consultores que saben escuchar y comprender… porque lo quieren.

7. ¿Qué hacer para despertar el interés y la motivación en los estudios?

EL INTERÉS CONDUCE AL BUEN APRENDIZAJE

El interés y la motivación no puede fabricarse a voluntad, ni en uno mismo ni en los demás.

Lo que sí puede hacerse es, cuando se produce un descenso de la motivación y el interés espontáneos, cambiar el enfoque, reuniendo o recuperando energía psicológica y emocional, al replantear la motivación no en términos de forzamiento, sino de objetivos intermedios o finales. Así, el tema o materia determinada que definitivamente no motiva, puede ser dominado poniendo la mente en la utilidad, sentido o relación que tiene ese tema o materia, a saber:

1. Como base para otros conocimientos

2. Para desarrollar la mente

3. Para descubrir la vocación

4. Para colaborar con las metas de la familia y de la sociedad en que se vive

5. Para imitar los modelos que se admiran

6. Para satisfacer las necesidades presentes

7. Para satisfacer las necesidades futuras

8. Para enriquecer la personalidad

9. Para incrementar la libertad para decidir en la propia vida

8. Orientaciones prácticas y psicológicas para mejorar el desempeño de nuestros hijos en los estudios:

EL CONOCIMIENTO ES PODER

Los estímulos educativos de la familia y del centro escolar han de operar armónicamente para que se esfuercen; de lo contrario, la influencia de unos pueden neutralizar o rebajar el influjo de los otros. Esto exige una estrecha cooperación entre profesores y padres. La entrevista profesor-padres se convierte en el medio más destacado de esta colaboración, en la que suelen destacar como orientaciones más comunes en relación con la ayuda que los padres pueden prestar a sus hijos en sus estudios, los siguientes:

1. Hay que valorar más en los hijos el esfuerzo que los resultados, pues el esfuerzo es la base de la educación. De esta manera, ante deficientes notas, por ejemplo, se examinarán las razones antes de decidir lo que le conviene al hijo o necesita: motivación, refuerzos, sanción, etc.

2. Hay que estimular la actividad personal de los hijos, no sustituyéndoles en todo aquello que pueden hacer por sí mismos.

3. Hay que exigir a los hijos comprensivamente, es decir, de acuerdo con sus posibilidades y limitaciones, con lo que puedan dar de sí. No basta, por ejemplo, un suficiente si el hijo puede conseguir un notable. La determinación de sus posibilidades en el estudio vienen dadas por la capacidad del hijo y por el esfuerzo que desarrolle.

4. Hay que brindar a los hijos un ambiente adecuado para que puedan realizar su estudio en casa en las mejores condiciones posibles. Poder estudiar sin grandes incomodidades, sin frecuentes interrupciones, sin notables ruidos, etc.

5. Tienen los padres que interesarse con frecuencia por el trabajo y el rendimiento de sus hijos, y no de evaluación en evaluación. Si les animan y se preocupan por sus estudios, el esfuerzo y el trabajo brotarán con mayor facilidad.

6. La coerción, a veces, es necesaria, pero desmedida, es perjudicial. Hay que enseñar a los hijos a decidir, dejándoles que hagan sus propias elecciones.

7. Por último y si los resultados de los hijos no son como quisieran los padres, conviene advertirles que no hablen y echen en cara continuamente de los malos rendimientos. Incluso en el fracaso conviene dejar sentir nuestra fe en el hijo. Esa confianza le fortalecerá más y le ayudará para esforzarse con mayor intensidad.

9. Actitudes correctas ante las dificultades y la adversidad

APRENDIENDO A MANEJAR LOS OBSTÁCULOS…

Si su hijo está experimentando un fracaso… alégrese, y no olvide de comunicarle esta alegría.

Aunque a Usted le pueda sorprender esta declaración, ella surge de la más práctica de las experiencias, repetidas una y otra vez a lo largo de la historia.

Tenemos que tener presente, permanentemente, que el fracaso no es negativo. Puede ser la fortaleza que ayuda a construir el triunfo.

Su hijo no puede aprender a ser persistente si no acepta el fracaso.

Uno de los hombres más exitosos del siglo XX fue Thomas Edison, quien, curiosamente, fue uno de los hombres que más fracasos, errores y adversidades sufrió en su vida. Sólo para encontrar un filamento adecuado para su primera bombilla de luz, logró acumular cerca de mil errores antes de encontrar el éxito.

Cuando Jonas Salk estaba investigando una vacuna para la polio, una enfermedad que antes de 1954 paralizó y mató a miles de niños, pasó el 98 por ciento de su tiempo documentando pruebas que no funcionaron.

El científico e investigador Paul Ehrlich, que descubrió una droga que podía curar la sífilis a principios de este siglo, llamó a su fórmula final N° 606, después del fracaso de los 605 experimentos anteriores.

Pocas veces compartimos estas historias -y cientos como ellas- con nuestros hijos.

La mayoría de los fracasos producen una mezcla de emociones perturbadoras, incluyendo la angustia, la tristeza y la ira, pero su hijo debe aprender a tolerar estas emociones a fin de alcanzar el éxito.

Tal como lo escribe el psicólogo Martin Seligman en su libro, THE OPTIMISTIC CHILD: ‘Para que su hijo experimente el control, es necesario que fracase, se sienta mal y lo intente nuevamente en forma repetida, hasta alcanzar el éxito. Ninguno de estos pasos puede evitarse. El fracaso y el sentirse mal constituyen la base del éxito y del sentirse mal’.

Fuente: www.inteligencia-emocional.org

Vicente Verdú, “Elogio del pudor”, El País, 27.IX.02

 

En Argentina, dentro de los “reality shows”, hay en marcha un programa, Fantasía, donde los voluntarios se prestan a hacer un strip-tease ante las cámaras. No hay premio alguno, simplemente alguien cree que puede aportar o aportarse algo con el desnudo y no ve inconveniente en suscitar esa ventaja. La ventaja consiste, de una parte, en la audiencia que obtenga la emisora a través de la atención de los telespectadores y, de otra, en el plus de autocomplacencia que logre el individuo al comportarse como un showman. Hasta hace poco, un acto así parecería insólito, pero ahora puede catalogarse en el divulgado deseo de hacer pública la intimidad.

Media humanidad pone al descubierto su privacidad mientras la mitad restante degusta la iluminación de cantones oscuros. Las “web cam” mostrando vidas ordinarias de gentes ordinarias en casas ordinarias han pasado de ser un acontecimiento significativo a dejar de significar. El diagnóstico de nuestro tiempo reincide sobre el problema de la soledad, la falta de sentido de la vida, el anhelo por ser conocido, difundido, traducido en un icono para ser alguien en la comunidad de la imagen. Hay quien canta, baila o es erudito y se presenta a los concursos de televisión para ser famoso. Pero otros, los más, no tienen otra cosa que ofrecer que su intimidad. El “reality show” no es otra cosa que pornografía de la vida corriente y sus protagonistas, continuadores de la prostitución por otras vías.

Ahora, sin embargo, ha reaparecido un movimiento que promueve el pudor. De la misma manera que nacieron los ecologistas cuando la naturaleza estaba perdiéndose o cundieron los amantes de la comida orgánica cuando la química infectó los pollos, los defensores del pudor aparecen como soldados de lo más verdadero. O, más exactamente, como paladines de la pureza. El agua pura, el aire puro, los materiales naturales forman parte de un mismo sistema que evoca unos orígenes supuestamente excelsos insuperables que ha ido denigrando el progreso. Rescatar el pudor, no obstante, lleva a una posición que comprende, más allá de su tono retro, un racimo de ideas. Una sociedad pacata es insufrible, ¿pero una sociedad desprejuiciada no será zafia? En medio de la liberación sexual, el pudor es un estorbo, pero después de la liberación la vida sin vergüenza es desesperadamente aburrida. Con el pudor sucede como con los tipos de interés en la política monetaria. No es bueno que estén muy altos, porque de ese modo asfixian la actividad, pero, cuando están demasiado bajos, como actualmente, apenas dejan margen de maniobra. Sin pudor, como con tasas de interés igual a cero, no hay posibilidad de estimulación. La economía toma una deriva obstinadamente plana sin que se disponga de medidas que puedan espolearla. El interés igual a cero es tanto como el desinterés. El reclamo del pudor que hace la joven norteamericana Wendy Shalit en “A return to modesty” (The Free Press. Nueva York, 1999) pudo estar influido, aunque anticipadamente, por el callejón sin salida que refleja la actual coyuntura.

Estos años de igualación sexual han contribuido a que la mujer se sacudiera la opresión machista pero, de paso, se ha quitado de encima un peculiar pudor suplementario en virtud del cual dominaba la totalidad de la relación erótica. Ahora no hay aquellas barreras intersexuales, pero tampoco hay las herramientas para el juego del cortejo y la suposición. El mundo que se autorreclama transparente ha desvelado a uno y otro sexo por completo y, en la absoluta contemplación recíproca, las miradas no encuentran nada de interés. Sucede como con el “reality show” que representa el programa “Gran Hermano”: a partir de un primer momento se ve que no hay nada que ver. Es la misma ley de la pornografía más dura: hacer todo explícito, no ocultar nada, deshacer los pliegues, explorar las concavidades para que la experiencia, como en el caso de las drogas, agote el deseo. ¿Volver al pudor? Probablemente. Porque si no poseemos nada no tenemos nada que ganar.

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El desarrollo emocional adolescente

 

El amor sólo comienza a desarrollarse

cuando amamos a quienes no necesitamos

para nuestros fines personales.

E. Fromm

La adolescencia

Recordar la propia juventud es algo siempre interesante. Cuando se es joven, y se vive rodeado de otros jóvenes en el ambiente escolar o en la familia, parece quizá que a todos aguarda un destino parecido. Pero si recordamos aquellos años nuestros, y vemos cómo fue pasando el tiempo, y cómo fue fraguando nuestra vida personal y la de nuestros amigos y compañeros, y cómo nuestros destinos iban serpenteando por unas rutas que quizá ahora, años después, nos parecen sorprendentes, comprendemos enseguida que la adolescencia es una etapa decisiva en la historia de toda persona.

Los sentimientos fluyen en el adolescente con una fuerza y una variabilidad extraordinarias. La adolescencia es la edad de los grandes ánimos y de los grandes desánimos, de los grandes ideales y de los grandes escepticismos. Una etapa en la que emerge quizá una imagen propia inflexible y contradictoria, con frecuentes dudas y largas y difíciles batallas interiores.

Muchos experimentan, por ejemplo, una amarga sensación de rebeldía por no poder controlar sus propios sentimientos. Se sienten tristes y desalentados, o incluso resentidos y culpables, quizá porque son demasiado perfeccionistas e inquisitivos, y quieren verlo todo con una claridad que la vida no siempre puede dar. Quieren entrar en su vida afectiva con mucho ímpetu, y pretenden salir luego de ella seguros e inamovibles, con todas sus ideas como en letra de molde, como aquellas viejas planas de caligrafía de los primeros años del colegio, limpias y sin la menor tachadura. Y al chocar con la complejidad de sus propios sentimientos, se encuentran como inundados por una tristeza grande, y pueden sentir incluso ganas de llorar, y si les preguntas por qué están así, es fácil que respondan desolados: no lo sé.

A esa edad hay muchas cosas que ordenar dentro de uno mismo. Hay quizá muchos proyectos y, con los proyectos, desilusiones e inseguridades. Y no hay siempre una lógica y un orden claros en su cabeza. Se mezclan muchos sentimientos que pugnan por salir a la superficie. Las preocupaciones de la jornada, la rumiación de recuerdos pasados que resultan agradables o dolorosos, y que quizá estén deformados en un ambiente interior enrarecido, todo eso confluye en su mente cada día como en una torrentera, mezclando las aspiraciones más profundas del espíritu con los impulsos más bajos del cuerpo.

Y en medio de esa amalgama de sentimientos, algunos de ellos opuestos entre sí, va cristalizando el estilo emocional del adolescente. Día a día irá consolidando un modo propio de abordar los problemas afectivos, una manera de interpretarlos que tendrá su sello personal, y que con el tiempo constituirá una parte muy importante de su carácter.

El descubrimiento de la libertad interior

Parte importante de ese proceso de maduración del adolescente es su progresivo descubrimiento de la libertad interior.

Al principio, es fácil que identifique obligación con coacción, que perciba la idea del deber como una pérdida de libertad. Sin embargo, con el tiempo va cobrando conciencia de que en su vida hay elementos que le acercan a su desarrollo más pleno, y otros que, en cambio, le alejan de él. Advierte que, con la conducta personal, unas veces se teje y otras se desteje; que ha de distinguir mejor entre lo que le apetece y lo que le conviene; y que si no procura hacer lo que debe hacer, no logrará ser verdaderamente libre.

Descubre que si su libertad

elige la insolidaridad,

o si elige dejándose dominar por la pereza,

o elige desde la soledad del propio egoísmo,

será una libertad vacía.

Percibir el deber como una obligación coactiva es uno de los errores más graves que acechan el proceso de su desarrollo emocional. Por eso, debe comprender pronto que actuar conforme al deber es algo que nos perfecciona; que si aceptamos nuestro deber como una voz amiga, acabaremos asumiéndolo de modo gustoso y cordial.

Y descubrimos entonces

que el gran logro de la educación afectiva

es conseguir –en lo posible–

unir el querer y el deber.

Así, además, se alcanza un grado de libertad mucho mayor.

La felicidad no está en hacer

lo que uno quiere,

sino en querer

lo que uno debe hacer.

Así nos sentiremos ligados al deber, pero no obligados, ni forzados, ni coaccionados, porque percibiremos el deber como un ideal que nos lleva a la plenitud. Goethe decía que no nos hacemos libres por negarnos a aceptar nada superior a nosotros, sino por aceptar lo que está realmente por encima de nosotros. Percibir el deber como ideal constituye una de las mayores conquistas de la verdadera libertad.

Esto puede apreciarse en situaciones muy variadas. Por ejemplo, el hombre sometido a sus apetencias es un hombre que vive recluido en una interioridad egoísta, que tendrá una enorme dificultad para dirigir la atención fuera de sí mismo. Una persona acosada por los deseos hasta el extremo de no poder dominarlos, es una persona incapaz de percibir los valores que reclaman su primacía sobre esas apetencias, y será por eso una persona falta de libertad.

—¿A qué tipo de deseos y apetencias te refieres?

Me refiero a dejarse absorber por la pereza, el desorden, el egoísmo, una ambición insana, una vida sexual desordenada, el alcohol, etc. Son cosas bien distintas.

Pero todas coinciden en que

al principio no exigen nada:

invitan a dejarse llevar,

lo prometen todo,

pero al final te dejan vacío y triste.

Se trata de una dinámica que, al no ser exigente, parece concederlo todo a quien se entrega a ella. Pero quien cede a la sugestión fascinadora de buscar la felicidad por esos atajos, con el tiempo se encontrará defraudado y se dará cuenta de que ha equivocado el camino.

—Por cierto, es la primera vez que te has referido a la vida sexual en todo el libro. Pensé que saldría con más frecuencia.

Lo hago así porque considero equivocados los enfoques de la educación afectiva que se centran demasiado en la sexualidad, como si fuera la cuestión clave.

—Pero es importante, como se comprueba en tantos fracasos sentimentales en noviazgos y matrimonios.

Me parece que una buena educación sexual ha de fundamentarse en una buena educación de los sentimientos. Si falla la educación afectiva, será difícil acertar en la conducta sexual.

—Pero también una conducta sexual equivocada puede perturbar la educación de los sentimientos.

Sí. Y así ocurre, por ejemplo, cuando un noviazgo está presidido y mediatizado por intereses eróticos. La sexualidad bien vivida en el matrimonio es algo maravilloso y fascinador, pero en cambio fuera de sus límites naturales es algo realmente peligroso. Igual que hacer fuego es estupendo, por ejemplo, un día de invierno en la chimenea, pero en cambio es muy peligroso encima de la moqueta o del sofá.

Por ejemplo, como ha señalado López Quintás, si un chico piensa que ama a una chica, pero lo que ama en realidad son sólo las cualidades de esa chica que le resultan agradables, y sobre todo si son de tipo sexual, es probable que haya más amor a sí mismo que otra cosa, y que ame sobre todo el halago y el hechizo que le producen esas cualidades. Y si esas cualidades pierden interés, debido al tiempo o a lo que sea, o dejan de resultar placenteras por el embotamiento que produce la repetición de estímulos, pensará que su amor ha desaparecido, aunque quizá sería mejor decir que ese amor apenas llegó a existir, pues desde el principio estuvo impregnado de egoísmo. Es verdad que el noviazgo precisa de una atracción mutua, también física, pero confundir la lujuria con la atracción entre el hombre y la mujer es dar el mismo nombre al tumor y al órgano que éste corroe. Quien apetece a otra persona sobre todo para saciar su avidez sexual, no establece apenas vínculos personales con ella, sino que la utiliza. En cambio, el que ama da lo que tiene, se da a sí mismo. Son actitudes bien distintas: una arranca del egoísmo, la otra de la generosidad.

—¿Y piensas que entonces el sexo les separa, en vez de unirles?

Pienso que cuanto más se sexualiza un noviazgo, más riesgo hay de que derive en una yuxtaposición de dos egoísmos. En esos casos, el placer sustituye al cariño con más facilidad de lo que parece, y se introducen en una atmósfera hedonista que ensombrece el horizonte del amor y les impregna de frustración y de tristeza.

La adicción al sexo tiende siempre a pedir más, pues la sensibilidad sufre un desgaste y reclama estímulos cada vez más intensos si quiere mantener el nivel de excitación. Produce euforia al principio, pero enseguida acaba en decepción. Tampoco es liberadora; a lo más, puede ser sedativa, pero una sedación bastante fugaz. Además, a quien se enfrasca en la satisfacción de sus placeres le resulta difícil despegarse de ellos para pensar de verdad en los demás. Quien no logra tomar las riendas de sus propios impulsos, difícilmente podrá orientarlos hacia un ideal, pues dar primacía a un valor superior siempre supone un sacrificio.

—Pero muchos entienden ese planteamiento como un reprimirse inútil.

Reprimirse es prescindir de algo atractivo para quedarse vacío. Pero cuando, por ejemplo, una madre se priva de algo por amor a un hijo suyo, no se dice que se esté reprimiendo, sino que se está sacrificando por obtener algo mejor para su hijo. Y cuando un novio o una novia guardan su cuerpo para entregarlo limpio (y no de segunda mano) en el matrimonio, no se reprimen sino que apuestan por algo superior.

Como apunta Pam Stenzel, compartir el sexo con otra persona es –salvando la pobreza de la comparación– como unir ambas vidas con una cinta adhesiva. Si pretendes emplear esa cinta con unos y otros, encontrarás que cada vez une menos y que se lleva adherida un poco de suciedad de cada relación.

O como me explicaba en una ocasión Gonzalo, un chico de diecinueve años con una novia encantadora: «A lo mejor, en determinado momento, guardarte para tu novia puede costarte más, o puedes sentirte menos ante otros por no tener determinadas experiencias sexuales; pero en cuanto observas las cosas desde una perspectiva más amplia, ves enseguida que, al esperar, estás conservando un tesoro muy valioso, y no quieres echarlo por la borda. Cuando algunos te miran por encima del hombro por no funcionar como ellos, pienso que yo podría hacer lo mismo que ellos cualquier día sin ningún esfuerzo, pero en cambio me parece que a ellos les costaría bastante desintoxicarse de todo el exceso de sexo que tienen ya encima. He decidido esperar hasta casarme, y el hecho de que mi novia también sea capaz de esperar unos años por mí, me parece una buena muestra de lo que ella vale y de lo que me quiere.»

El entorno familiar

«Me gustaría que mis padres, y que usted mismo, supieran ponerse más a mi nivel (el que remarcaba esas palabras con tanto desparpajo era Daniel, un alumno de diecisiete años resuelto y reflexivo, al comienzo de la primera sesión de tutoría del curso).

»Me molesta que los adultos hablen siempre con tanta seguridad, que adopten siempre la posición de expertos conocedores de todo. Se lo digo a usted desde el principio, y no para ofender, de verdad. Me gustaría que los adultos se bajaran un poco de su pedestal, que no se dirigieran a la gente joven siempre dando órdenes o consejos.

»Sólo pido que nos escuchen de vez en cuando, que admitan al menos que también podemos tener ideas inteligentes, que se nos reconozca un plano de cierta igualdad, que nos hablen con más franqueza. Aunque no lo parezca, nos fijamos bastante en ellos, más de lo que se creen. Lo que me gustaría es que sus reflexiones no fueran siempre como consejos encubiertos, y que procuraran hacerse cargo de lo que realmente nos sucede.»

Aquella conversación con Daniel me recordaba lo que escribió Romano Guardini: el factor más eficaz para educar es cómo es el educador; el segundo, lo que hace; el tercero, lo que dice. Son importantes los consejos que se dan, o las cosas que se mandan, pero mucho antes está lo que se hace, los modelos que presentan, las cosas se valoran, cómo unos y otros se relacionan entre sí. Y hay personas que en esto son auténticos maestros, mientras que otros, por el contrario, son un verdadero desastre.

La vida familiar es la primera escuela de aprendizaje emocional. El modo en que los padres tratan a sus hijos (ya sea con una disciplina estricta o con un desorden notable, con exceso de control o con indiferencia, de modo cordial o brusco, confiado o desconfiado, etc.), tiene unas consecuencias profundas y duraderas en la vida emocional de los hijos, que captan con gran agudeza hasta lo más sutil.

Algunos padres, por ejemplo, ignoran habitualmente los sentimientos de sus hijos, por considerarlos algo de poca importancia, y con esa actitud desaprovechan excelentes oportunidades para educarles.

Otros padres se dan más cuenta de los sentimientos de sus hijos, pero su interés suele reducirse a lograr, por ejemplo, que su hijo deje de estar triste, o nervioso, o enfadado, y recurren a cualquier medio (incluido a veces el engaño o el castigo físico), pero rara vez intervienen de modo inteligente para dar una solución que vaya a la raíz del problema.

Otro tipo de padres, de carácter más autoritario e impaciente, suelen ser desaprobadores, propensos a elevar el tono de voz ante el menor contratiempo. Son de esos que descalifican rápidamente a sus hijos, y saltan con un «¡No me contestes!» cuando su hijo intenta explicarse. Es difícil que logren el clima de confianza que exige una correcta educación de los sentimientos.

Hay, por fortuna, muchos otros padres que se toman más en serio los sentimientos de sus hijos, y procuran conocerlos bien, y aprovechar sus problemas emocionales para educarles. Son padres que se esfuerzan por crear un cauce de confianza que facilite la confidencia y el desahogo. Y saben hablar en ese plano de igualdad al que se refería aquel alumno mío: se dan cuenta de que con el simple fluir de las palabras alivia ya mucho el corazón de quien sufre, pues exteriorizar los sentimientos y hablar sobre ellos con alguien que esté dispuesto a escuchar y a comprender, es siempre de gran valor educativo.

Manifestar los propios sentimientos

en una conversación confiada

es una excelente medicina sentimental.

Los niños que proceden de hogares demasiado fríos o descuidados desarrollan con más facilidad actitudes derrotistas ante la vida. Si los padres son inmaduros o imprevisibles, crónicamente tristes o enfadados, o simplemente personas distantes o sin apenas objetivos vitales, o con vida caótica, será difícil que conecten con los sentimientos de sus hijos, y el aprendizaje emocional será forzosamente deficiente.

—¿En qué sentido hablas de padres imprevisibles?

Si los padres tratan a sus hijos de manera arbitraria, porque, por ejemplo, cuando están de mal humor los maltratan, pero si están de buen humor les dejan escapar de sus deberes o su responsabilidad en medio del caos, está claro que así será difícil que logren nada.

Si el reproche o la aprobación pueden presentarse indistintamente en cualquier momento y lugar, dependiendo de si les duele la cabeza o no, o si esa noche han dormido bien o mal, o si su equipo de fútbol ha ganado o perdido el último partido, de esa manera se crea en el hijo un profundo sentimiento de impotencia, de inutilidad de hacer las cosas bien, puesto que las consecuencias serán difícilmente predecibles. Por eso suelen fracasar aquellos padres que alternan imprevisiblemente el exceso de benignidad con el de severidad.

Lastre emocional

—¿Y en qué medida tienen remedio los aprendizajes equivocados de la infancia o la juventud?

Parece claro que los problemas más comunes de esas edades (por ejemplo, sentirse habitualmente ignorado y falto de atención o de afecto, verse rechazado en el entorno escolar, etc.), dejan su huella.

Sin embargo, esas heridas emocionales

que muchas personas

llevan profundamente grabadas,

pueden cicatrizarse y curar.

Es cuestión de aprender a relacionarse de manera inteligente con ese lastre emocional que toda persona lleva en su vida.

—¿Y cómo se aprende?

Esas heridas emocionales pueden habernos hecho, por ejemplo, susceptibles e inestables. En ese caso, tendremos la impresión de no poder evitar una respuesta hostil casi automática ante determinados estímulos. Sin embargo, aunque no siempre podamos controlar bien cuándo seremos víctimas de una reacción interior de enfado o de encrespamiento, sí podemos ejercer mucho más control sobre:

•la medida en que esa reacción interior se hará con el control de nuestro estado emocional;

•cómo lo manifestaremos externamente;

•cuánto tiempo durará.

Ese nivel de autocontrol bien podría ser un índice del avance en ese proceso de maduración emocional (de liberación de ese lastre emocional), puesto que la capacidad de contener la exteriorización del enfado y el tiempo de recuperación del equilibrio interior muestran la madurez de las respuestas que la inteligencia da a nuestras reacciones primarias espontáneas.

Cuando nuestras reacciones son demasiado exigentes con uno mismo o con los demás, o son de tipo victimista, o hiperdefensivas, o con aire de suficiencia, se desarrollarán estilos emocionales frustrantes (con sentimientos de desesperación, tristeza, resentimiento, hiperculpabilidad, etc.) que, además, suelen fácilmente desbordarse y afectar también a otros ámbitos de nuestra vida.

—¿Y en qué medida afecta esto, por ejemplo, al rendimiento académico o profesional?

El deseo de aprender, el autodominio, la capacidad de relación y de comunicación, la capacidad de comprender a los demás y hacerse comprender por ellos, o de armonizar las propias necesidades con las de otros, etc., son habilidades que si se logran desarrollar en el entorno familiar, permiten partir con una indudable ventaja en la vida académica y profesional. La capacidad de abstracción, o de pensar de forma sistemática, o de asociarse o concertar voluntades en torno a un proyecto común, o la creatividad, son ejemplos de capacidades emocionales importantes para la vida que no son fáciles de incluir en los currículos académicos.

Educar la sensibilidad: afán de aprender

Como ha escrito José Antonio Marina, nunca podemos estar seguros de lo que otra persona ve. Aunque sigamos con atención su mirada, no podemos adivinar el paisaje que está viendo. Ambos podemos estar viendo aparentemente lo mismo, pero ignoramos el nivel donde está instalada la percepción del otro.

Un paisaje no es el mismo, por ejemplo, para la mirada de un pintor que para la de una persona que va de caza. Cada uno recibe percepciones distintas. No es sólo que vean las mismas cosas y luego las interpreten de modo diferente, sino que la percepción de cada uno es filtrada por el valor y el significado que aquello tiene para él.

Un ejemplo claro es el lenguaje escrito: nos cuesta mucho mirar un texto sin leerlo; si entendemos esa lengua, no vemos unos extraños garabatos, sino que la mirada inteligente se resiste a detenerse en esos signos, y va más allá: no sólo ve, sino que lee, recibe inevitablemente una percepción elaborada, y su atención se desplaza según el significado de lo que va leyendo.

Los hombres, en la vida diaria, sometemos la realidad a un interrogatorio continuo, y de la sagacidad de nuestras preguntas dependerá el interés de sus respuestas y nuestra posibilidad de enriquecernos con ellas.

Al hombre con afán de aprender le sucede lo mismo que al niño, que cada vez es más exigente a la hora de aceptar una respuesta. El niño repite una y otra vez las mismas preguntas: ¿qué es esto?, ¿por qué esto es así?, ¿qué hace?, ¿por qué hace eso?, pero no siempre le valen las mismas respuestas. Según unos estudios publicados por Branderburg y Boyd en Estados Unidos, los niños entre cuatro y ocho años formulan en un diálogo normal un promedio de 33 preguntas por hora (sin duda un gran estímulo para la paciencia familiar). Al principio, la pregunta ¿qué es esto? queda contestada con el nombre de la cosa; más adelante, sin embargo, habrá que añadir otras explicaciones, porque el niño espera más, necesita más; y volverá quizá a hacer las mismas preguntas, pero entonces el interrogante que ha de ser satisfecho será más profundo.

El hombre, a través de su observación, su reflexión y sus preguntas, aprende desde muy niño a mirar y a entender el mundo que le rodea. Desde los primeros momentos de la vida hay un claro interés por aprender, por preguntar, por apropiarse del mundo de los otros.

Uno de los más eficaces

empeños educativos ha de ser

enseñar a preguntar.

La insensibilidad, la incapacidad de relacionarse con lo que es complejo o profundo, es una de las más amargas fuentes de infelicidad, porque niega a las personas acceder a su propia singularidad, porque dilapida toda una fortuna de posibilidades que se nos presentan de continuo a cada uno. Las personas insensibles afirman quizá que todo eso les da igual, que están bien como están, pero cuando un día despierten y vean lo que han perdido, se lamentarán con verdadero pesar.

Sería una pena que el transcurso de los años acabara por marchitar ese natural y espontáneo deseo infantil de aprender. Un deseo que nos aleja del peligro de volvernos conformistas e insensibles, que nos impulsa a profundizar en las cosas, a mejorar nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de discernimiento, a descubrir esa parábola que late bajo cada situación y cada eventualidad, cuando se contemplan con atención.

A lo mejor pensamos que, por la razón que sea, esa capacidad ya poco puede crecer en nosotros, pero probablemente no sea así. Podemos aprender a discernir mejor. Podemos enriquecernos aún mucho con las aportaciones de los demás. Podemos –y debemos– ganar en sensibilidad.

El ser humano no sólo sabe lo que sabe, sino que también sabe que ignora muchas otras cosas.

Como apuntó Jerome Bruner,

si no hay constatación de la ignorancia,

no habrá tampoco esfuerzo por aprender

ni por enseñar.

Quien no tenga ese afán de indagar, detectar y subsanar la ignorancia propia y ajena, difícilmente podrá educar bien.

La capacidad de aprender está hecha de muchas preguntas y de algunas respuestas; de una continua búsqueda nunca totalmente satisfecha; de un sano sentido crítico; de una sana y activa receptividad hacia la gente que nos merece autoridad moral. Por eso, como tantas veces se ha dicho, lo importante es enseñar a aprender. Formar cabezas que no sean simples almacenes de conocimientos, sino personas capaces de pensar por sí mismas, capaces de buscar y encontrar la información relevante y fiable que necesitan, y capaces luego de tomar decisiones.

Una buena educación

debe potenciar

la capacidad de preguntar

y de preguntarse.

Una sana inquietud sin la cual difícilmente se llega a saber sobre las cosas, aunque se puedan repetir de carrerilla.

Es una cuestión ardua y difícil. Una prueba de que las cosas deben mejorar aún bastante es que en la educación primaria e infantil los profesores se ven agobiados por lo mucho que preguntan los niños, mientras que en la universidad se quejan de que los alumnos apenas preguntan en clase. ¿Qué ocurre en esos años que separan la escuela de las facultades para que se les pasen las ganas de preguntar?

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