Castigar a los hijos por una rabieta puede convertirles en adultos ansiosos

ABC, 9 de marzo 2011.

La manera en la que los padres reaccionan cuando su hijo tiene una rabieta puede conducir al niño a problemas de comportamiento, ansiedad o retraimiento. Y el efecto será más pronunciado si el pequeño muestra con frecuencia emociones negativas como la ira y el temor social, según revela un estudio de la Universidad de Illinois (Estados Unidos).

En este sentido, el trabajo insiste en que los niños necesitan ayuda adicional para tratar estas emociones negativas que van apareciendo en su personalidad y afirma que los progenitores son quienes tienen la principal responsabilidad en este asunto.
“Los niños, más que las niñas, necesitan la ayuda de sus padres, algo que, a menudo, manifiestan a través de las emociones, como el enfado o el temor”, señala la profesora de Desarrollo Humano del centro universitario, Nancy McElwain. En este sentido, advierte de que si los padres ridiculizan a sus hijos por tener estas actitudes, haciéndoles sentir tontos o pasar vergüenza, los pequeños pueden ocultar estas emociones, lo que perjudicará directamente su comportamiento a medida que crecen.
Para realizar el estudio, McElwain y la autora principal, Jennifer Engle, examinaron los datos recogidos a partir de observaciones en 107 niños que fueron parte de un estudio más amplio de desarrollo social y emocional infantil y de las relaciones entre padres e hijos. Así, se sometió a los padres a un cuestionario en el que se les preguntaba con qué frecuencia su hijo había mostrado enojo o miedo social en el último mes. También se les interrogó sobre cómo responderían a las emociones negativas mostradas por el niño en varias situaciones hipotéticas.

La peor reacción, castigar
Posteriormente, investigaron dos tipos de reacciones de los padres a las emociones negativas de sus hijos. Un tipo de reacción era reducir al mínimo las emociones de sus hijos con frases como ‘deja de comportarte como un bebé’. Otro tipo de reacción analizada fue la de castigar al niño por tener estas emociones, enviando al niño a su habitación para llorar, o dándoles un juguete o un privilegio como premio en el caso de que el pequeño se portase bien.
El resultado obtenido fue que, en los casos en que los padres mostraban más tendencia a castigar a sus hijos por sus miedos y frustraciones, los niños estaban más ansiosos con el tiempo. “Cuando los padres castigan a sus niños por tener rabietas o miedos, los niños aprenden a ocultar sus emociones en lugar de mostrarlas. Esto hace que vayan acumulando estos sentimientos y convirtiéndose en el futuro en personas cada vez más ansiosas e irascibles”, concluye el estudio.
Según los investigadores, los padres deben enseñar a los hijos a regular y expresar sus emociones. “Cuando los niños están molestos, es mejor hablar con ellos y ayudarles a trabajar a través de sus emociones en lugar de enviarlos a su habitación para trabajar a través de sus sentimientos por su cuenta. Los niños pequeños, especialmente los que son propensos a sentir emociones negativas intensamente, necesitan consuelo y apoyo cuando sus emociones amenazan con desbordarse”, asegura Jennifer Engle, autora principal del estudio.

fuente: www.thefamilywatch.org

Todos somo un poco niños

¿QUÉ ES EL MALTRATO ENTRE IGUALES?

 

Uno de los grandes problemas que suscita este fenómeno es la grave dificultad que tenemos para detectar las agresiones que pueda estar padeciendo un adolescente por parte de sus compañeros. A menudo este fenómeno pasa desapercibido o es mal interpretado por los adultos. De ahí que debamos observar atentamente para descubrir el proceso de victimización, basándonos a veces sólo en indicios poco claros o en rumores.

El maltrato entre compañeros puede aparecer de formas muy diversas. No solamente se manifiesta a través de peleas o agresiones físicas, sino que con frecuencia se nutre de un conjunto de intimidaciones de diferente índole que dejan al agredido sin respuesta. Veamos algunas:

•Intimidaciones verbales (insultos, motes, hablar mal de alguien, sembrar rumores,…)

•Intimidaciones psicológicas (amenazas para provocar miedo, para lograr algún objeto o dinero, o simplemente para obligar a la víctima a hacer cosas que no quiere ni debe hacer)

•Agresiones físicas, tanto directas (peleas, palizas o simplemente “collejas”) como indirectas (destrozo de materiales personales, pequeños hurtos,…)

•Aislamiento social, bien impidiendo al joven participar, bien ignorando su presencia y no contando con él/ella en las actividades normales entre amigos o compañeros de clase.

También se dan situaciones de maltrato por acoso de tipo racista, cuyo objetivo son las minorías étnicas o culturales. En estos casos lo más frecuente es el uso de motes racistas o frases estereotipadas con connotaciones despectivas. Igualmente se producen situaciones de acoso sexual que hacen que la víctima se sienta incómoda o humillada. En los últimos años ha ido en aumento el acoso anónimo mediante el teléfono móvil o a través del correo electrónico con amenazas o palabras ofensivas.

Sin embargo, a veces, una pelea entre compañeros en situación de igualdad puede ser interpretada como maltrato, especialmente por parte del que ha perdido la pelea. Es difícil determinar cuándo se trata de un juego entre iguales, incluso amigos, y cuándo de acciones violentas con intención de hacer daño. Por eso, debemos entender que se considera maltrato toda “acción reiterada a través de diferentes formas de acoso u hostigamiento entre dos alumnos/as o entre un alumno/a y un grupo de compañeros – cosa que suele ser más frecuente – en el que la víctima está en situación de inferioridad respecto al agresor o agresores”. Así, una pelea entre amigos o compañeros derivada de un malentendido, aunque preocupante, puede ser abordada desde el acuerdo mutuo de no agredirse más o incluso haciendo las paces.

Esto, sin embargo, no se da nunca en las situaciones de maltrato. La intensidad del daño puede ser tal – en caso de haberse prolongado durante mucho tiempo dicha situación o de haberse realizado agresiones de gran intensidad – que exigirá una intervención más compleja y con la participación de mayor número de personas.

Del mismo modo hay que distinguir el maltrato entre compañeros de las conductas antisociales o incluso criminales, que deben ser tratadas por las instituciones apropiadas (policía, fiscalía de menores,…) Tal sería el caso de agresiones con armas u objetos punzantes, robos, abusos sexuales, amenazas graves o aquellas en que la vida de la víctima corra peligro. En cualquiera de estos casos, además de ponerse en contacto inmediato con el centro escolar, la familia no debe dudar en denunciar el hecho a la policía en cuanto tenga constancia del mismo.

www.acosoescolar.info (Iniciativa de protegeles.com)

A vosotros, padres de adolescentes

 

Si preguntásemos a padres y educadores cuál es la etapa más difícil y que más esfuerzo les supone en sus tareas educativas, seguramente, nos dirían la adolescencia. Ese periodo de desarrollo necesario y fundamental para llegar a ser adultos.

El cambio que supone, para el joven, el viaje por la adolescencia es, sin duda, un trayecto arduo y costoso.

Si lo analizamos, detenidamente, nos daremos cuenta que es un camino hecho para héroes. Ellos inician ese trance desde unas estructuras personales (físicas, sociales, emocionales, mentales) inmaduras. Se encuentran con un mundo que, casi siempre, les desborda. Deberán desarrollar cualidades que poco tienen que ver con lo que la sociedad les dibuja.

El adulto analiza el comportamiento de los jóvenes desde su propia perspectiva y muchas veces olvida la dificultad del desarrollo de ese proceso.

Los padres nunca tenemos suficiente en cuanto a la exigencia y formación de los hijos pero, de vez en cuando, deberíamos alejarnos un poco para conseguir una perspectiva más objetiva del tipo de adolescente que tenemos en casa. No es cuestión, tampoco, de comparar a nuestro hijo con el conjunto de adolescentes que nos muestra el mundo mediático (porqué, la verdad, el listón está por los suelos) pero sí de analizar la totalidad de nuestro hijo. Puede ocurrirnos que nos ciegue ese constante deseo que tiene, por ejemplo, por ponerse un pendiente y no veamos muchos otros aspectos que cualquier otro padre envidiaría. Por eso, siéntete orgulloso de la grandeza de adolescente que tienes.

 Daniel Juan Santigosa, Family Coach