Adopción, una realidad sin miedo

Ma. del Rosario G. Prieto Eibl

¿Cómo enfrentar los retos que supone adoptar un hijo? ¿Qué debemos saber para facilitar esta realidad sin miedos?

Una historia hermosa de generosidad es la que se da cada vez que unos padres deciden adoptar a un niño. Los motivos son muchos: desde la incapacidad de concebir hasta cuestiones de solidaridad social, en las que, además de tener ya cierto número de hijos, se decide dar una mejor vida a un pequeño niño desprotegido.

Lo esencial en todos los casos ha de ser que la motivación esté custodiada por el amor pleno y realizador de transmitir la vida, que en este caso no es biológica, sino psicológica, social y espiritual.

La decisión de adoptar no es fácil. Dos padres deben enfrentar muchas cuestiones de orden psicológico, social, material, espiritual e incluso legal. Las dudas, sentimientos y pensamientos que los asaltan son infinitos, por lo que deben estar lo mejor preparados para realizar este acto de sensible humanidad.

La adopción es posible por la grandeza de corazón de las personas que ven en los niños desamparados una oportunidad de formar una familia; afortunadamente la conciencia de la adopción va en aumento; sin embargo, hemos de ser cuidadosos pues en muchos de los casos los niños que es posible adoptar se encuentran en esa situación debido a familias dolientes y desintegradas.

Muchos niños son abandonados por madres solteras que se sienten solas, por familias que no tienen trabajo y no pueden mantener a otro hijo, por el egoísmo de una pareja de querer vivir su vida sin niños, por la muerte de ambos padres y la falta de acogimiento del niño por los abuelos o familiares extensos, por la terrible realidad de la violencia intrafamiliar en la que los hijos deben ser rescatados de sus padres pues son objeto de abusos físicos o psicológicos.

Transformar una vida de dolor en alegría

Las historias de adopción no tienen por lo regular un principio feliz, un origen desdichado es lo que muchas veces se encuentra tras la soledad de un niño ya sea que lo encontremos en alguna calle, un orfanato, una casa hogar…

Sin embargo, el final puede ser feliz, rescatar a un niño de la soledad y del dolor es una acción que Dios seguramente premiará. Recordemos que “debe reservarse una atención especialísima al niño, desarrollando una profunda estima por su dignidad personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o minusválido” (Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 26).

Así es, el niño es un don siempre y debe ser atendido con amor, paciencia, generosidad; especialmente cuando “necesita de todo” cuando se encuentra “enfermo o delicado” no solo físicamente, sino del corazón por la soledad, por el abandono, por los maltratos, por el dolor…

Una tarea hermosa y realizadora
Lamentablemente, ante la creciente ola de adopción por la conciencia social y la generosidad de espíritu, se conocen muy pocos lugares donde puedan verdaderamente apoyar y guiar a los padres que han decidido dar este paso tan importante para ellos y para un niño que pronto será parte integral de su familia.

Los padres adoptivos ilusionados quieren acoger a su hijo adoptivo, que cuando se habla desde el corazón la palabra adoptiva no tiene el significado que estrictamente tiene en el mundo natural, sino que adquiere un significado sobrenatural que hace referencia al amor y a la decisión voluntaria de acoger y hacer suyo el don maravilloso del hijo.

Palabras clave: amor, aceptación, seguridad

Los padres no han de sobreproteger al niño adoptado, sino tratarlo de un modo natural, sin miedo, sin temor a ser rechazado o desobedecido, pues una actitud distinta en la que se le de todo lo que quiere al niño sin ningún límite puede ser perjudicial y hacerle sentir al niño que sus padres no le ofrecen seguridad y un ambiente estable donde desarrollarse. Lo que el adoptado verdaderamente desea es que los padres le demuestren que son sus verdaderos padres y actúen como tales.

Es importante recordar que cada niño es un mundo, cada niño es diferente y es así como cada uno requiere un proceso educativo adecuado a sus particularidades, por lo que hay que tomar en cuenta su personalidad, es preciso observarlo, comprenderlo y guiarlo, así como continuamente ponerse en su lugar para poder sentir de alguna manera con su hijo su historia, su pasado, su dolor y a partir de ahí entenderlo mejor, acogerlo cada vez más y amarlo.

¿Revelar la verdad?

Son los padres quienes adquieren derechos y obligaciones ante el niño adoptado y tienen la función de educar a este hijo, por tanto, son ellos quienes tienen que informar del hecho de la adopción y de sus orígenes como algo que forma parte de su proceso educativo. Lo importante es que el hecho sea dialogado, compartido y asumido por ambos padres y el hijo de modo que pueda hablarse de esto con naturalidad.

En cuanto a la forma de realizar la información, varía según las circunstancias. Launay y Soulé distinguen tres casos:

El primero, cuando el niño ha sido adoptado con edad entre los tres y los siete años es preciso hablarles y ayudarles a que tomen conciencia de la realidad, estos niños dependiendo de su edad entenderán en mayor o menor grado las cosas, habrá que tener el tino y la delicadeza necesaria para hablarles con la verdad procurando su aceptación y sobre todo suavizar el pasado doloroso que pudieran tener, poniendo énfasis no en eso, si no en el presente y en el futuro que le espera siendo un ser tan importante en la familia a la cual pertenece ahora.

El segundo, cuando el niño ha sido adoptado en los dos o tres primeros años, plantea que lo mejor es esperar y hablarle desde los tres o cuatro años y proceder de la manera más simple diciendo al hijo la historia que les llevó a adoptarlo de una manera amable y dulce que les ayude a aceptar de acuerdo a su edad, su condición.

La tercera, cuando el caso es de un niño que se haya adoptado con más de siete años, estos niños, por lo regular vienen dañados a veces físicamente, pero casi siempre psicológicamente, por lo que habrá de ser especialmente pacientes, pues sin duda conocen bien su origen o son conscientes de lo que han sufrido como la soledad de un orfanato, de la calle, el rechazo de sus padres, en fin… habrá que esforzarse más y buscar amar incondicionalmente a esta persona tan marcada por el dolor y cambiar poco a poco sus lágrimas por risas.

Sea cual fuere el caso se recomienda que se le informe al hijo de toda la verdad, sin importar la edad, si el niño se siente en la familia adoptiva como si fuera su propia familia porque se sienta aceptado, seguro y amado, no hay nada que temer. Si en un futuro el niño, joven o ya en la adultez el hijo quisiera conocer más sobre sus orígenes hay que permitirle informarse si éste es su deseo, aunque todo ello tiene que estar enmarcado dentro de un clima de sumo cuidado y delicadeza y con la intervención de profesionales que puedan servir de orientadores ante las nuevas situaciones que puedan surgir.

Una cuestión importante es no esperar a la pubertad para informar a la criatura, sería un error grave ya que es durante esta, que el hijo vive muchos cambios y busca identificarse consigo mismo y desarrollar su personalidad, misma que se verá dañada si desde pequeño no conoce su verdadera historia y vive en medio de secretos o medias verdades, ansiedades e inseguridades. Es importante que tengan la oportunidad de sanar heridas y convertirse en hombres y mujeres sanos y fuertes.

Educación idéntica

Hace poco conocí la historia de unos padres, muy buenos, por cierto, se preocupaban por sus cuatro hijos —todos adoptados— es impresionante ver la generosidad de esta pareja dan la vida por sus hijos como cualquier otra pareja de padres. La señora, me dio esta reflexión en un encuentro y me dijo, mira, ya sea un hijo se sangre o un hijo adoptivo, en la educación de los hijos, la diferencia la hace el amor. La reflexión es la siguiente:

“Los niños aprenden lo que viven:
Si un niño vive con crítica aprende a condenar
Si un niño vive con hostilidad aprende a pelear
Si un niño vive con ridículo aprende a ser tímido
Si un niño vive con pena aprende a sentirse culpable
Si un niño vive con aliento aprende a tener confianza
Si un niño vive con alabanza aprende a apreciar
Si un niño vive con justicia aprende a tener fe
Si un niño vive con aprobación aprende a quererse
Si un niño vive con aceptación y amistad aprende a encontrar amor en el mundo” Iaw, D.

¡Cuántas cosas deben hacernos pensar y reflexionar estas palabras! todo niño, natural o adoptado merece nacer y crecer en un ambiente propicio que le permita ser un niño sano tanto física, mental y espiritualmente. Si un niño ha tenido la mala fortuna de crecer algunos años en un ambiente hostil, habrá que amarlo mucho y trabajar mucho con él para que aprenda a amarse y a amar… pero a pesar de lo terrible que pueda ser la realidad, nunca desanimarnos pues no hay imposibles…. “La diferencia la hace el amor”.

Los hombres y mujeres tenemos la responsabilidad de los demás, no podemos ser indiferentes a la “suerte” que les tocó vivir a unos y a otros, el mundo ya no puede más, la humanidad grita de desesperación al ser testigo de tanto dolor, tanto abandono y rechazo, de tanta infancia destrozada, todos somos responsables, sin excepción y debemos de buscar que estos niños, futuros padres y madres sean amados, crezcan en lo posible, en un ambiente digno, sin violencia, sin hambre, sin frío.

Adopción divina

“Yo seré para vosotros Padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso” (2 Co 6, 18).

La Iglesia, Madre y Maestra, nos enseña que Dios tiene un solo hijo único: Jesucristo; Dios, por Jesucristo, nos ha adoptado y hecho también Hijos de Dios por el Amor. Somos hermanos de Jesucristo no por naturaleza, sino por don de la gracia porque esta filiación adoptiva confiere una participación real en la vida del Hijo único.

“Dios, quiere comunicar su propia divina a los hombres libremente creados por Él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos. Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 52).

Dios es el Padre todopoderoso. Su paternidad y su poder se esclarecen mutuamente. Muestra, en efecto, su omnipotencia paternal por la manera como cuida de nuestras necesidades, por la adopción filial que nos da. Dios al hacernos hijos suyos quiere que vivamos una nueva vida, una vida eterna, nos ha rescatado de morir en la soledad y en la desesperación del pecado gracias al sacrificio de Jesucristo.

Dios nos ha dado el privilegio y el don de ser hijos, Él es nuestro Padre y nos ama, nos procura, esta filiación nos hace capaces de obrar rectamente y de practicar el bien, de alcanzar la perfección en la caridad, la santidad.

¡Nosotros que somos imperfectos somos invitados a ser perfectos como nuestro Padre Dios, somos invitados a vivir felices eternamente sin importar nuestro origen y nuestra naturaleza caída y pecadora! ¡Cómo nosotros siendo simplemente hombres nos podemos resistir a esta adopción maravillosa y a seguir este ejemplo de Amor y realizarlo también con los más desprotegidos!

La seguridad, la confianza, la esperanza que nos da tener un Padre bueno que nos mira en todo momento y que nunca nos abandona, nos mantiene de pie, con la esperanza de alcanzar la herencia prometida de la vida eterna, se trata de un derecho por gracia, el pleno derecho del amor, que nos hace “coherederos de Cristo”.

Humanamente hablando, nosotros podemos amar también y ejercer una paternidad adoptiva, aproximar a un ser humano a la felicidad y no solo en el plano terrenal procurando los cuidados necesarios sino en el plano espiritual, enseñando el Amor Filial del Padre que no nos falla, del Padre que nos ama con un Amor perfecto. Podemos, si queremos, darle a una criaturita que no ha tenido la oportunidad de vivir con amor y con dignidad el nacimiento a una nueva vida que le transforme.

Padres y madres: ¡sin miedo!

“La acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y unitario —material, afectivo, educativo, espiritual— a cada niño que viene a este mundo, deberá constituir siempre una nota distintiva e irrenunciable de los cristianos, especialmente de las familias cristianas; así los niños, a la vez que crecen “en edad, sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres”, serán una preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar y para la misma santificación de los padres” (Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 26).

Una decisión de amor y benevolencia hacia los más pequeños como lo es la adopción llenará su hogar de dicha y en las dificultades de la vida oren, eleven sus plegarias que Dios estará siempre con ustedes, nunca los abandonará, nunca.

Otro aspecto muy importante cuando se adopta un hijo, que desconoce su origen, es la revelación. Muchos padres viven angustiados pensando lo que deben o no de hacer, lo que deben o no de decir y esto no hace más que dificultar el vínculo amoroso entre padres e hijo adoptivo y provoca una “revolución” en la familia, con los abuelos, tíos, y con los hermanitos sean estos últimos adoptivos también o no.

Este hecho de la revelación no es fácil, pero tampoco es tan difícil que no pueda realizarse, el término “revelación” se utiliza para designar la información sobre la adopción a la persona adoptada.

Es preciso que los padres tengan una actitud positiva ante el hecho de la información de la verdad, es algo que forma parte del proceso educativo del niño y que es de singular importancia para un desarrollo equilibrado de su personalidad. A pesar de ello, muchos padres dudan de informar de la verdad a la persona adoptada, pero es importante que reflexionen y que sepan que existen tres razones principales por lo cual hacerlo:

“La primera es la razón moral, ya que no es posible basar una vida sobre la mentira, el niño tiene derecho a la verdad.

“La segunda es la razón psicológica, ya que callar la verdad parece difícil. Las relaciones padres/ hijos no pueden ser de confianza y serenas más que en un clima de franqueza y de confianza propicia al diálogo.

“La tercera es la razón material, callar la verdad durante toda la vida no es posible. El adoptado aprenderá fatalmente su situación por una conversación o un documento escrito.” (Oliver, C).

A veces los padres no quieren revelar la verdad para que el niño no sufra, se sienta igual que los demás o para propiciarle una infancia y juventud desprovista de complejos y desequilibrios; sin embargo, todo esto no tiene fundamento.

Según las investigaciones de Raynor y Triseliotis demuestran que los padres adoptivos viven un continuo estado de ansiedad ante el hecho de que el niño se pueda enterar por otras personas que les hace crear un clima familiar artificial, lleno de desconfianza, malos entendidos, pláticas interrumpidas, etc., clima donde no es posible basar ningún proceso educativo coherente y el niño acaba sufriendo mucho más.

No hay que temer, el amor es la principal fuente de seguridad, de alegría; no habrá menos problemas si se calla la verdad, al contrario.

Deber de los padres Cuando se adopta a un niño mayor, que conoció a sus padres o conoció la historia por la cual es un niño que se encuentra solo, es preciso tener mucha paciencia y sobretodo, tener mucho trabajo con el niño, establecer un diálogo sincero, abierto lleno de ternura y comprensión, es preciso ponerse en el lugar de este niño que seguramente cargará con una historia dolorosa para entenderlo mejor y así poder ayudarle a que con amor poco a poco puede superarse y sanar.

Sin embargo, esto no es tan sencillo, como tampoco educarlo a través de los años, pues a veces los padres adoptivos no saben asumir que el no haber gestado al niño no les disminuye sus derechos y deberes como padres; es preciso que tengan claro y presente siempre que tienen los mismos derechos y deberes que una paternidad natural y así puedan ofrecer a los niños los elementos de seguridad, aceptación y solidaridad que debe ofrecer una familia.

fuente: encuentra.com