El mito del cerebro inmaduro de los adolescentes

 

Por: Thomas Lickona,

Todos conocemos el enfoque pragmático de la educación sexual: “Hay que presentar la continencia como la mejor opción; pero seamos realistas y enseñemos también a usar el preservativo”. A lo que deberíamos responder: “¿Acaso cuando alentamos a abstenerse de las drogas, también enseñamos a los jóvenes a practicar el ‘consumo de drogas seguro’? Si estamos convencidos de que una conducta es perjudicial para uno mismo y para los demás, como sin duda es la promiscuidad sexual , ¿enseñamos a los jóvenes a practicarla de todas formas, o les enseñamos que nuestra convicción es realmente lo mejor para ellos y para la sociedad?”.

Por si la educación en la castidad no tuviera bastantes enemigos, temo que anda suelto por el mundo uno nuevo, que amenaza debilitar hasta el sentido común. Este nuevo peligro es el mito del “cerebro adolescente”. Estoy leyendo un libro titulado The Primal Teen: What the New Discoveries About the Teenage Brain Tell Us About Our Kids (“El adolescente primario: Lo que nos enseñan sobre nuestros hijos los nuevos descubrimientos sobre el cerebro adolescente”). Ahí se citan “expertos en el cerebro” que afirman cosas como esta: “Los adolescentes tienen pasiones más fuertes (…) pero no frenos, y tal vez no lleguen a tener buenos frenos [o sea, la maduración de la corteza prefrontal, necesaria para inhibir la conducta impulsiva] hasta los 25 años”.

Los adultos no son mejores

Hace unos meses hablé en un congreso sobre continencia en el que había un seminario sobre las implicaciones de las nuevas investigaciones en el cerebro. Cuando acabé la exposición, se levantó un médico que estaba en la mesa de presidencia y dijo: “Todos esos argumentos lógicos a favor de la continencia están muy bien, pero ¿qué eficacia tienen para un cerebro adolescente al que aún faltan diez años para completar su desarrollo?”.

Contesté que si trajéramos a la sala a cien chicos de 15 años elegidos al azar, podríamos alinearlos formando una progresión continua, desde los que nunca han tenido relaciones sexuales ni han hecho ninguna insensatez, hasta a los que tienen relaciones sexuales varias veces por semana y siguen otras muchas prácticas de alto riesgo. Todos sus cerebros tendrían más o menos la misma edad y el mismo grado de madurez cortico-prefrontal. ¿De dónde, entonces, la gran variedad en cuanto a comportamientos que piden la regulación de los impulsos? Añadí que cuando yo estaba en secundaria, no tuve relaciones sexuales con mi chica no por mi grado de madurez cerebral, sino por mis principios.

De hecho, encuestas hechas en Estados Unidos muestran que los adultos de 35 a 54 años inciden en distintos comportamientos peligrosos en mayor proporción que los adolescentes. Es mucho más frecuente que mueran en accidente de automóvil, se suiciden, se emborrachen o ingresen en el hospital por sobredosis de droga.

Críticas científicas

Han comenzado a aparecer críticas científicas de las teorías sobre el cerebro adolescente. En septiembre pasado, The New York Times (17-09-2007) publicó en sus páginas de opinión un artículo de Mike Males, investigador senior del Center on Juvenile Justice y fundador de Youthfacts.org. Males decía: “Un alud de informaciones periodísticas anuncia con gran excitación que la ciencia puede explicar por qué los adultos tienen tantas dificultades para tratar con adolescentes: estos tienen cerebros inmaduros, no desarrollados, que los impulsan a comportamientos peligrosos, detestables, irritantes para los padres. Pero el puñado de expertos y responsables públicos que hacen tales afirmaciones incurren en exageraciones insensatas. Investigadores del cerebro más serios, como Daniel Siegel (Universidad de California en Los Ángeles) o Kurt Fischer (Programa Mente, Cerebro y Educación, de Harvard), advierten que los científicos están apenas empezando a averiguar cómo funcionan los sistemas cerebrales. “Naturalmente, se quiere usar la ciencia del cerebro para definir políticas y métodos, pero nuestro limitado conocimiento del cerebro impone muy severas limitaciones a ese empeño. En estos comienzos de su historia, la neurociencia no puede suministrar una educación basada en el conocimiento del desarrollo cerebral”, dice Siegel.

Robert Epstein, ex director de Psychology Today y jefe de colaboraciones de Scientific American, rebate así las teorías del cerebro adolescente: “Los adolescentes son tan capaces como los adultos en una amplia gama de cualidades. Se ha comprobado que superan a los adultos en pruebas de memoria, inteligencia y percepción. La tesis de que los adolescentes tienen un ‘cerebro inmaduro’, que necesariamente causa una crisis, queda totalmente desmentida si nos fijamos en la investigación antropológica que se hace en el mundo. Los antropólogos han encontrado más de cien sociedades contemporáneas en las que la crisis de la adolescencia falta por completo; en la mayoría de esas sociedades ni siquiera hay una palabra para designar la adolescencia.

Subir el listón

“Aún más contundentes son los estudios antropológicos de larga duración hechos en Harvard en los años ochenta: muestran que la crisis de la adolescencia comienza a aparecer en una sociedad donde no se daba a los pocos años de adoptar el sistema escolar occidental y estar bajo el influjo de los medios de comunicación occidentales. Por último, abundantes datos indican que cuando se da a los jóvenes verdaderas responsabilidades y la posibilidad de tratar con adultos, aceptan prontamente el reto, y aparece el ‘adulto que llevan dentro’” (Education Week, 4-04-2007).

El peor error que podemos cometer en educación –sin duda el peor en educación del carácter y en la castidad– es subestimar la capacidad de nuestros alumnos. Tengo una amiga que ahora es una dirigente del movimiento para educar en la continencia. Cuenta que en la adolescencia era promiscua. Era tan mal tratada en casa, que cometía pequeños delitos para poder disfrutar de la relativa seguridad que le ofrecía la cárcel.

Allí fue a verla un orientador, al que habló de su insensata vida sexual. Él la habló con cariño y la incitó a comportarse con mayor dignidad y disciplina. Hoy es una mujer felizmente casada, madre y respetada educadora. Como ella dice: “¿Qué habría sido de mí si aquel orientador me hubiera dado un condón en vez de creer en mí?”.

Con el apoyo adecuado, los seres humanos, cuando se les proponen metas elevadas, tienden a esforzarse por alcanzarlas. La castidad es difícil, como todo lo que vale la pena en la vida. Es hora de que todos, escuelas y padres, subamos el listón.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2008-05-26

De niño dulce a adolescente amargo

 

Una queja común de los padres de adolescentes es que su hijo pasó de ser una persona tierna, amable y buen genio a ser un joven retraído, rebelde y altanero. ¿A qué se debe este drástico cambio?

“Me lo cambiaron”, “ya no es el mismo de antes”, “qué le pasa”, “yo que le hice”… son pensamientos que retumban en la mente de papás y mamás, y lo cierto es que la respuesta está en nuestras manos pero no la queremos ver: nada más y nada menos que la adolescencia.

Además de los cambios físicos que suceden en el cuerpo del ser humano en este ciclo, surgen ciertos desajustes en la personalidad que requieren del conocimiento y de la preparación de los padres de familia para saber abordar las situaciones conflictivas que se pueden presentar.

Extraemos algunas ideas del artículo publicado en sontushijos.org escrito por Tania Santiago, licenciada en Filología, sobre los principales problemas que se presentan en el interior de un adolescente y cómo actuar al respecto:

La autoestima

Una de las mayores preocupaciones de los adolescentes es su apariencia. El cuerpo está en pleno cambio, les salen granos… no es de extrañar que los adolescentes pasen tanto tiempo mirándose al espejo. Si tu hijo no es feliz con lo que ve (pocos los son) esto puede mermar su autoestima.

Intenta evitar hacer bromas sobre su físico, y también es un error hacerles pensar que no tiene importancia. Para lo que en tu opinión es una tontería para ellos representa un mundo.

Intenta explicarle que la gente apenas nota lo que a ellos dan tanta importancia. Cuanto mejor se sientan los adolescentes con ellos mismos, su autoestima será mejor y tendrán más armas para enfrentarse a los problemas de cada día.

Las frustraciones

Para algunos adolescentes es fácil vencer las frustraciones, ya sea en el ámbito deportivo, los exámenes o sus relaciones personales, pero para otros puede suponer una grave crisis. Si tu hijo reacciona mal cuando tratas de ayudarle a tratar sus emociones, intenta que entienda sus emociones antes de enfrentarse a un fracaso de forma efectiva.

Necesita saber que le apoyas aunque sus resultados académicos o deportivos no sean los esperados. Si tu hijo no consigue los resultados académicos esperados, ayúdale a tener en cuenta que todo el mundo tiene resultados que no se espera alguna vez en la vida y que si se ha esforzado: eso es lo que importa.

Los sentimientos

Algunos adolescentes, especialmente los chicos, tienen menos facilidad para expresar lo que sienten. La vergüenza, la irritabilidad, la decepción son emociones difíciles de aflorar y a veces solo el enfado es lo único que saben transmitir.

Si tu hijo adolescente tiene dificultades para identificar y articular lo que siente, simplemente pregúntale: “¿Estás molesto por algo? ¿Te preocupa algo?” Esto puede ayudar a ambos a identificar lo que siente. Otros encuentran en la actividad deportiva una forma de transmitir sus emociones. Un tercer grupo simplemente necesita espacio para pensar en sus problemas y en sus decepciones.

El desorden

El desorden es un campo de batalla muy común entre padres y adolescentes. Si te vuelves loco con el abrigo tirado en medio, o las toallas tiradas en el baño, respira profundo y sigue adelante. Simplemente tener en cuenta que no lo hace para molestarnos, es un reflejo de que sus pensamientos están en otra parte.

Su cuarto es su espacio privado y deberíamos respetarlo, incluso el adolescente más desordenado se cansa alguna vez de tanto desorden y decide ordenar de vez en cuando.

Consejos para los padres

Muchos padres son controladores cuando sus hijos son pequeños, en parte porque toman la mayor parte de las decisiones por ellos, pero esto cambia cuando los hijos crecen y se hacen adolescentes.

Debemos aceptar que no podemos controlarles con órdenes o amenazas que seguramente rechazarán porque están tratando de crecer como individuos, pero nuestro ejemplo puede ser de gran ayuda para que se formen como personas.

No le ignores cuando hable o te trate con desprecio, los padres nos merecemos que nos hablen con respeto y de forma aceptable.

Recuerda que el conflicto y las pequeñas batallas serán algo inevitable, pero establece claramente los límites y negocia gradualmente para ir soltando las amarras.

En lo que sea posible, permite a los adolescentes que tomen sus propias decisiones y que aprendan de sus errores.

Si una regla se rompe, aplicar un castigo justo; cuando actúan como si te odiaran es porque están confundidos o molestos o enfadados por nuestros intentos de controlarles.

Fuente: sontushijos.com

Imágenes: Getty Images

¿Exigir a un adolescente?

Nuestro hijo está tan desconcertado como nosotros. Está entre una cosa y otra, entre el niño y el adulto, entre las normas familiares y la rebeldía. Se encuentra en plena adolescencia, y es durante este período conflictivo cuando debe asumir como propias las exigencias que hasta ahora marcábamos los padres. Para ello, necesita ciertos estímulos que nosotros podemos facilitarle.

Cuando se pregunta a los padres sobre la manera de exigir responsabilidades a los adolescentes, se suele obtener dos tipos de respuestas, más o menos matizadas: para unos la responsabilidad se obtiene mediante la autoridad, para otros mediante la libertad.

Seguramente, ninguna de las dos propuestas es la solución. Las dos son difíciles de aplicar, y en estado puro están contraindicadas. La primera quizá reprimiría la personalidad del joven y lo convertiría en una persona dócil y manejable, mientras que la segunda podría convertirlo en un ser caprichoso y hedonista.

Las familias que imponen una disciplina dura a sus hijos suelen padecer menos la crisis y la angustia del momento. Generalmente las consecuencias afloran más tarde, cuando los hijos se han convertido en jóvenes irresolutos, incapaces de tomar decisiones importantes.

En cambio, las dificultades aparecen antes en las familias que han evitado los sistemas coactivos: sus hijos se rebelan antes contra las normas familiares, abandonan las responsabilidades escolares o viven buscando el placer inmediato. Pero, no nos engañemos, en ambas situaciones queda sin resolver la crisis.

Se dice, y es cierto en nuestra sociedad, que la adolescencia es un período de crisis. Pero también es cierto que la palabra crisis se dramatiza injustificadamente. No se trata de una situación de riesgo en la cual el joven adolescente corre el peligro de autodestruirse, sino simplemente de una época en que el niño o la niña, que hasta ahora regulaba su conducta según la exigencia y valores paternos, debe aprender a autocontrolarse. En otras palabras, el niño que actuaba guiado por sus padres ha de convertirse en guía de su propia vida.

Así pues, el tiempo que va desde los 12 o 13 años a los 20 o 21 será un período de entrenamiento para conseguir solucionar la crisis, entendida como momento de cambio, final de una cosa y principio de otra.

Durante este largo período de crisis no es conveniente que los padres mantengan sistemas autoritarios que dirijan la conducta de los jóvenes, ya que con ello impedirían el desarrollo de su propia autonomía. Tampoco se deben adoptar sistemas permisivos que pongan en sus manos una libertad que sobrepasa su capacidad de discernir. Lo sensato es actuar de una manera progresiva, entregando pequeñas dosis de libertad basadas en el diálogo. Estas dosis se irán ampliando en función de la responsabilidad y coherencia demostradas.

Aceptada esta premisa, veamos algunos puntos de reflexión y algunos consejos prácticos.

En primer lugar hay que conseguir comunicarles que, a partir de ahora, todo lo que les hemos exigido de niños depende de ellos y que, en la medida que lo asuman, nosotros dejaremos de hacerlo. Deberán ser objeto de esta autoexigencia:

El dominio de los impulsos y de las manifestaciones agudas de su carácter.

El respeto de los derechos de los demás como límite de la propia libertad.

Subordinar el placer y la diversión a la realidad y a la previsión de futuro.

Liberarse de lo que impida apreciar aquello que realmente tiene valor.

Comunicar estos objetivos sólo es posible si los padres somos capaces de vivir la propia autoexigencia, es decir, si damos ejemplo. En este momento de la vida de nuestros hijos desaparece la figura de padre o madre todopoderoso y perfecto y aparece, desnuda, la imagen real de cada uno, con su coherencia o incoherencia. Evidentemente, si queremos que nuestros hijos se esfuercen, tenemos que ser los primeros en poner empeño. En caso contrario, nuestra autoridad quedará anulada.

Además, para comunicar a nuestros hijos lo que consideramos importante y valioso es necesario tener ocasión de hacerlo, es decir, han de producirse situaciones de diálogo. Y se entiende que el diálogo consiste en escuchar y hablar, no sólo en hablar.

Para que el diálogo desarrolle la confianza de los hijos es necesario:

Tomarlos en serio, no tratarlos como seres inferiores que explican cosas de las que estamos de vuelta.

Conviene no aprovechar la ocasión para sermonearles.

Escuchar con atención lo que quieren explicarnos o preguntar.

Hablar también de lo que les interesa a ellos. Dar tiempo para abordar los temas que nos interesan a nosotros.

Conseguir el ambiente de diálogo con los hijos no es tarea fácil, pero es muy importante. No hemos de olvidar que el diálogo con los hijos no es un fin en sí mismo, sino un instrumento útil para nuestra tarea educativa y, en todo caso, el principio de una amistad entre adultos. El fin es comunicar los valores, establecer compromisos y valorar las cotas de autoexigencia y de autonomía logrados. Seguramente no servirá de mucho el ambiente de diálogo y confianza que me describía una de mis alumnas:

-”No pasa nada porque falte a clase a veces -me explicaba a modo de justificación-, aunque me salte unas clases, yo se lo explico a mi padre, no lo engaño, y él comprende lo que me pasa…”.

Tenemos que fijar normas y límites a través del diálogo para que nuestros hijos acepten y asuman compromisos.

Es importante evitar, tanto cuando les hagamos propuestas como cuando los censuremos, ponernos a nosotros mismos como modelos (“A tu edad yo…”) o poner como ejemplo a otras personas (“Mira tu hermano como…”). Es injusto, ofensivo y un camino seguro para conseguir su animadversión. En todo caso compáralo con él mismo (“Seguro que lo conseguirás, como cuando hiciste…”).

Hay que prever sanciones para el caso de que rompa alguno de los compromisos o normas establecidas. Es inteligente tenerlas preparadas para que no sean fruto de la improvisación ni desproporcionadas. En todo caso, podéis pedir su opinión sobre la sanción que habéis pensado.

La libertad y autonomía respecto al uso del tiempo libre, al uso del dinero, al horario de llegada a casa, al uso de vehículos o aparatos, o a la gestión de sus estudios hay que otorgarla en función de la responsabilidad demostrada. A mayor responsabilidad, mayor autonomía, y ante faltas de responsabilidad, restricciones de autonomía.
José María Lahoz García
Pedagogo (Orientador escolar y profesional),
Profesor de Educación Primaria y de Psicología
y Pedagogía en Secundaria

Cómo decir NO al adolescente

 

Saber decir NO a un permiso o a una comportamiento inaceptable, es uno de los mayores retos de un padre con hijos adolescentes. Para nadie es un secreto que esta etapa de la vida se caracteriza por su rebeldía y por la apatía ante el grupo familiar, reemplazado por el grupo de amigos. Lo que dicen papá y mamá es OUT y lo que dicen sus amigos es IN.

Por ello, un NO dicho a tiempo puede salvar al hijo adolescente de una situación de riesgo que puede convertirse en algo grave como la adicción al alcohol o a las drogas. El NO a los adolescentes siempre debe ir acompañado de mucha calma y convencimiento de lo que se dice para que sea efectivo.

Según la autora del libro “Cómo digo que no a mi hijo adolescente”, Blanca Jordán, un cosa es decir No y otra es saber decirlo. En todos los casos, el hijo adolescente debe saber la opinión de sus padres acerca de los lugares y las amistades que frecuenta. Muchas veces “por falta de orientación, pereza o por no enfrentar al adolescente, se le permiten amistades o comportamientos que traen consecuencias muy negativas”, afirma la especialista.

Es importante que el chico tenga referencias de lo que para sus padres es bueno y es malo. Una vez este concepto esté claro, se debe ser tajante y rotundo al decir NO. De ahí que se debe evitar usar esta palabra por sistema, o ligeramente por presión o por razones de cansancio o estrés.

¿Qué hacer después del NO?

El adolescente necesita explicaciones simples y claras. La frase “por que lo digo yo y punto”, no logrará su objetivo de persuasión y por lo contrario aumentará la contrariedad del chico. Es importante que el NO sea consecuente con sus convicciones como padre y ante todo con sus acciones.

Estas son otras pautas para lograr una mayor comprensión a la hora de negar un permiso o corregir un comportamiento:

1.Los gritos no llevan a nada: Si el adolescente le alza la voz, no se ponga en esa misma situación. Más bien desármelo manteniendo su voz en tono normal y su actitud calmada y dígale que con los gritos no logrará nada.

2.Eduque en la libertad: Aunque hay muchos peligros fuera del hogar, no se puede optar por negar todos los permisos. Es imposible encerrar al chico en una burbuja por temor al entorno. Eduque al adolescente desde la libertad bien entendida y no desde el libertinaje (hago todo lo que me place).

3.No diga Sí sin estar segura: Si el chico le pide un permiso desprevenidamente y usted no está segura qué decir, tómese su tiempo antes de darle una respuesta. Infórmese o consúltelo con su cónyuge, para que la decisión esté respaldada con razones de peso.

4.Un NO debe ir acompañado de un Si: Al negar un permiso, use su imaginación para ofrecerle al chico otra salida. “¿Por qué en vez, no te vas al cine con tus amigos? Yo puedo llevarlos y recogerlos a la salida”.

5.El mejor consejo es mantener un buen diálogo con el adolescente: Antes de dar o negar un permiso escuche al chico; hágale preguntas de con quién y adónde irá. Luego tome su decisión y trasmítala dando sus razones.

6.No le tema a la reacción: Después de dar un NO, es posible que haya portazos, llantos o frases de ataque. No dé su brazo a torcer, pues de lo contrario perderá credibilidad ante el chico y él o ella seguirá utilizando estas tácticas en un futuro. Sin embargo, si un día se da cuenta que se equivocó en su decisión, esté preparada para aceptarlo. No tema reconocer ante su hijo su error y pedirle disculpas.

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La divertida, triste y confusa etapa

 

“A través de esta carta, quiero hacerles llegar la necesidad que tengo de que vuelvan a confiar en mí, como yo en ustedes…”

Queridos mamá y papá:

Soy Juan, su hijo. Como recuerdan tengo 17 años recién cumplidos.

Hoy les escribo para contarles sobre la divertida, triste y confusa etapa que estoy viviendo; no solamente para ustedes es difícil tener un adolescente en casa, serlo es aún más complicado.

No es fácil transmitir claramente qué siento y qué pasa por mi cabeza, porque de verdad son muchas cosas. Me cuestiono todo: mi apariencia física, porqué en vez de ser alto soy bajo y porqué mi pelo es morocho y no rubio; la educación que recibí de ustedes, sus actitudes frente a la vida, frente a mí y al resto de los miembros de la familia; la existencia de Dios o de algún otro ser superior; mis amistades, etc.

Estos cambios, generalmente me provocan dolor. Este dolor acompañado de falta de experiencia me lleva en muchos casos, a actuar irresponsablemente y a cometer una seguidilla de errores, que me separan aún más de ustedes. Ya no soy más el niño mimado y de tez suave que traía alegría a la casa; y ustedes no más esos padres cariñosos y pacientes, que cuando me caía me ayudaban a levantar; ahora soy una mochila pesada, que nada de lo que hago les enorgullece. Esa pérdida de confianza en mí, me genera rebeldía y aún más amargura.

A través de esta carta, quiero hacerles llegar la necesidad que tengo de que vuelvan a confiar en mí, como yo en ustedes; porque son los únicos que me pueden ayudar a crecer de verdad.

No quiero que cierren sus ojos ante la realidad que les toca vivir como padres de un adolescente. Quiero volver a confiar en ustedes y poder abrirles mi corazón, para que estén enterados de quién soy en realidad: un hijo que grita por su amor y confianza, una persona con un gran potencial que necesita ser incentivado.

Les pido perdón por todos los dolores de cabeza que les causé injustamente, y les cuento que los quiero mucho, y que ese caparazón de chico rudo y difícil es una simple caparazón, y que los necesito mucho, de verdad los necesito, juntos y fuertes, llenos de paciencia para terminar la obra que empezaron hace un poco más de diecisiete años.

Juan

www.sembrarfamilia.org

La mayoría de adolescentes no hace ejercicio fuera del colegio

 

Europa Press, 24 de mayo 2010.

Más del 50 por ciento de los adolescentes españoles de 16 años no realiza nunca actividades físicas fuera del colegio, por lo que se les debe considerar como personas “inactivas”, según ha señalado Juan Luis Hernández Clavo, miembro del grupo de Investigación en Enseñanza y Evaluación de la actividad física y deporte de la Universidad Autónoma de Madrid durante el seminario ‘Un estilo de vida activo, salud para el presente y el futuro’.

Además, Hernández ha señalado que la duración de las clases de Educación Física en los colegios “distan mucho de lo recomendado por el Parlamento Europeo”, así la duración media de una clase en España es de 40 minutos dos veces a la semana, mientras que el parlamento aconseja un mínimo de 3 horas reales de clase. El experto ha explicado también que “el tiempo dedicado al ocio sedentario duplica, al menos, al dedicado al ocio relacionado con la actividad físico- deportiva”, ha indicado el experto.

Igualmente, ha indicado que el porcentaje de chicas inactivas es casi el doble que el de chicos, según ha detallado “cerca del 48 por ciento de las chicas de entre 15 y 17 años afirman que nunca hacen deporte, frente al 25 por ciento de los chicos de la misma edad”. Este porcentaje aumenta con la edad, de manera que según crecen los adolescentes menos deporte practican, tanto los chicos como las chicas.

El experto ha recordado que los datos de sobrepeso y obesidad en España “se han incrementado durante los últimos años, alcanzando actualmente a uno de cada tres niños y adolescentes”.

Permanecen inactivos el 80% de su tiempo libre

Por otro lado, el estudio ‘La actividad física en escolares de medio urbano’, que ha presentado el subdirector general de Deporte y Salud del Consejo Superior de Deportes, José Luis Terreros, ha determinado que los niños y adolescentes españoles permanecen inactivos el 80 por ciento de su tiempo libre, especialmente las chicas y los estudiantes de secundaria.

Durante el tiempo del recreo, el 50 por ciento de los estudiantes de Secundaria no realiza ninguna actividad física y asimismo, el 30 por ciento de los de Primaria. Según Terreros, de este modo, “los niños y adolescentes no alcanzan los mínimos establecidos para la prevención de patologías ligadas al sedentarismo”

En este sentido, el doctor Vicente Martínez Vizcaíno, responsable del ‘Estudio Cuenca’, que ha demostrado la efectividad de la actividad física en el medio escolar para reducir el sobrepeso y la obesidad, ha recordado que los escolares activos “tienen una mejor calidad de vida”.

En concreto, ha señalado que “mejoran en autoestima, tienen un mayor rendimiento escolar, mejoran en sus relaciones interpersonales y cuentan con menos limitaciones físicas en sus actividades cotidianas y se reducen los trastornos del sueño”.

El doctor ha recalcado que con el estudio se ha demostrado también que “no hay evidencia suficiente que avale intervenciones basadas exclusivamente en la promoción de cambios dietéticos y, por el contrario, parece más efectivo aumentar el gasto calórico y reducir las horas de televisión en los escolares”.

Además, ha destacado que el papel del profesor de Educación Física resulta fundamental para lograr resultados y para motivar a los escolares en la realización de ejercicio físico de forma habitual.

En esta línea, Marcela González-Gross, de la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF) de la Universidad Politécnica de Madrid, ha añadido que otro factor influyente en la actividad física de los escolares es “el nivel socio-económico de los padres”.

Así, ha explicado que el proyecto AVENA (Alimentación y valoración del estado nutricional en adolescentes europeos) en el que participa, ha determinado que “cuanto mayor es el nivel profesional y de estudios de los padres, los niños y adolescentes realizan más actividad física y están apuntados a más actividades extraescolares, incluso de diferentes deportes”.

El desarrollo emocional adolescente

 

El amor sólo comienza a desarrollarse

cuando amamos a quienes no necesitamos

para nuestros fines personales.

E. Fromm

La adolescencia

Recordar la propia juventud es algo siempre interesante. Cuando se es joven, y se vive rodeado de otros jóvenes en el ambiente escolar o en la familia, parece quizá que a todos aguarda un destino parecido. Pero si recordamos aquellos años nuestros, y vemos cómo fue pasando el tiempo, y cómo fue fraguando nuestra vida personal y la de nuestros amigos y compañeros, y cómo nuestros destinos iban serpenteando por unas rutas que quizá ahora, años después, nos parecen sorprendentes, comprendemos enseguida que la adolescencia es una etapa decisiva en la historia de toda persona.

Los sentimientos fluyen en el adolescente con una fuerza y una variabilidad extraordinarias. La adolescencia es la edad de los grandes ánimos y de los grandes desánimos, de los grandes ideales y de los grandes escepticismos. Una etapa en la que emerge quizá una imagen propia inflexible y contradictoria, con frecuentes dudas y largas y difíciles batallas interiores.

Muchos experimentan, por ejemplo, una amarga sensación de rebeldía por no poder controlar sus propios sentimientos. Se sienten tristes y desalentados, o incluso resentidos y culpables, quizá porque son demasiado perfeccionistas e inquisitivos, y quieren verlo todo con una claridad que la vida no siempre puede dar. Quieren entrar en su vida afectiva con mucho ímpetu, y pretenden salir luego de ella seguros e inamovibles, con todas sus ideas como en letra de molde, como aquellas viejas planas de caligrafía de los primeros años del colegio, limpias y sin la menor tachadura. Y al chocar con la complejidad de sus propios sentimientos, se encuentran como inundados por una tristeza grande, y pueden sentir incluso ganas de llorar, y si les preguntas por qué están así, es fácil que respondan desolados: no lo sé.

A esa edad hay muchas cosas que ordenar dentro de uno mismo. Hay quizá muchos proyectos y, con los proyectos, desilusiones e inseguridades. Y no hay siempre una lógica y un orden claros en su cabeza. Se mezclan muchos sentimientos que pugnan por salir a la superficie. Las preocupaciones de la jornada, la rumiación de recuerdos pasados que resultan agradables o dolorosos, y que quizá estén deformados en un ambiente interior enrarecido, todo eso confluye en su mente cada día como en una torrentera, mezclando las aspiraciones más profundas del espíritu con los impulsos más bajos del cuerpo.

Y en medio de esa amalgama de sentimientos, algunos de ellos opuestos entre sí, va cristalizando el estilo emocional del adolescente. Día a día irá consolidando un modo propio de abordar los problemas afectivos, una manera de interpretarlos que tendrá su sello personal, y que con el tiempo constituirá una parte muy importante de su carácter.

El descubrimiento de la libertad interior

Parte importante de ese proceso de maduración del adolescente es su progresivo descubrimiento de la libertad interior.

Al principio, es fácil que identifique obligación con coacción, que perciba la idea del deber como una pérdida de libertad. Sin embargo, con el tiempo va cobrando conciencia de que en su vida hay elementos que le acercan a su desarrollo más pleno, y otros que, en cambio, le alejan de él. Advierte que, con la conducta personal, unas veces se teje y otras se desteje; que ha de distinguir mejor entre lo que le apetece y lo que le conviene; y que si no procura hacer lo que debe hacer, no logrará ser verdaderamente libre.

Descubre que si su libertad

elige la insolidaridad,

o si elige dejándose dominar por la pereza,

o elige desde la soledad del propio egoísmo,

será una libertad vacía.

Percibir el deber como una obligación coactiva es uno de los errores más graves que acechan el proceso de su desarrollo emocional. Por eso, debe comprender pronto que actuar conforme al deber es algo que nos perfecciona; que si aceptamos nuestro deber como una voz amiga, acabaremos asumiéndolo de modo gustoso y cordial.

Y descubrimos entonces

que el gran logro de la educación afectiva

es conseguir –en lo posible–

unir el querer y el deber.

Así, además, se alcanza un grado de libertad mucho mayor.

La felicidad no está en hacer

lo que uno quiere,

sino en querer

lo que uno debe hacer.

Así nos sentiremos ligados al deber, pero no obligados, ni forzados, ni coaccionados, porque percibiremos el deber como un ideal que nos lleva a la plenitud. Goethe decía que no nos hacemos libres por negarnos a aceptar nada superior a nosotros, sino por aceptar lo que está realmente por encima de nosotros. Percibir el deber como ideal constituye una de las mayores conquistas de la verdadera libertad.

Esto puede apreciarse en situaciones muy variadas. Por ejemplo, el hombre sometido a sus apetencias es un hombre que vive recluido en una interioridad egoísta, que tendrá una enorme dificultad para dirigir la atención fuera de sí mismo. Una persona acosada por los deseos hasta el extremo de no poder dominarlos, es una persona incapaz de percibir los valores que reclaman su primacía sobre esas apetencias, y será por eso una persona falta de libertad.

—¿A qué tipo de deseos y apetencias te refieres?

Me refiero a dejarse absorber por la pereza, el desorden, el egoísmo, una ambición insana, una vida sexual desordenada, el alcohol, etc. Son cosas bien distintas.

Pero todas coinciden en que

al principio no exigen nada:

invitan a dejarse llevar,

lo prometen todo,

pero al final te dejan vacío y triste.

Se trata de una dinámica que, al no ser exigente, parece concederlo todo a quien se entrega a ella. Pero quien cede a la sugestión fascinadora de buscar la felicidad por esos atajos, con el tiempo se encontrará defraudado y se dará cuenta de que ha equivocado el camino.

—Por cierto, es la primera vez que te has referido a la vida sexual en todo el libro. Pensé que saldría con más frecuencia.

Lo hago así porque considero equivocados los enfoques de la educación afectiva que se centran demasiado en la sexualidad, como si fuera la cuestión clave.

—Pero es importante, como se comprueba en tantos fracasos sentimentales en noviazgos y matrimonios.

Me parece que una buena educación sexual ha de fundamentarse en una buena educación de los sentimientos. Si falla la educación afectiva, será difícil acertar en la conducta sexual.

—Pero también una conducta sexual equivocada puede perturbar la educación de los sentimientos.

Sí. Y así ocurre, por ejemplo, cuando un noviazgo está presidido y mediatizado por intereses eróticos. La sexualidad bien vivida en el matrimonio es algo maravilloso y fascinador, pero en cambio fuera de sus límites naturales es algo realmente peligroso. Igual que hacer fuego es estupendo, por ejemplo, un día de invierno en la chimenea, pero en cambio es muy peligroso encima de la moqueta o del sofá.

Por ejemplo, como ha señalado López Quintás, si un chico piensa que ama a una chica, pero lo que ama en realidad son sólo las cualidades de esa chica que le resultan agradables, y sobre todo si son de tipo sexual, es probable que haya más amor a sí mismo que otra cosa, y que ame sobre todo el halago y el hechizo que le producen esas cualidades. Y si esas cualidades pierden interés, debido al tiempo o a lo que sea, o dejan de resultar placenteras por el embotamiento que produce la repetición de estímulos, pensará que su amor ha desaparecido, aunque quizá sería mejor decir que ese amor apenas llegó a existir, pues desde el principio estuvo impregnado de egoísmo. Es verdad que el noviazgo precisa de una atracción mutua, también física, pero confundir la lujuria con la atracción entre el hombre y la mujer es dar el mismo nombre al tumor y al órgano que éste corroe. Quien apetece a otra persona sobre todo para saciar su avidez sexual, no establece apenas vínculos personales con ella, sino que la utiliza. En cambio, el que ama da lo que tiene, se da a sí mismo. Son actitudes bien distintas: una arranca del egoísmo, la otra de la generosidad.

—¿Y piensas que entonces el sexo les separa, en vez de unirles?

Pienso que cuanto más se sexualiza un noviazgo, más riesgo hay de que derive en una yuxtaposición de dos egoísmos. En esos casos, el placer sustituye al cariño con más facilidad de lo que parece, y se introducen en una atmósfera hedonista que ensombrece el horizonte del amor y les impregna de frustración y de tristeza.

La adicción al sexo tiende siempre a pedir más, pues la sensibilidad sufre un desgaste y reclama estímulos cada vez más intensos si quiere mantener el nivel de excitación. Produce euforia al principio, pero enseguida acaba en decepción. Tampoco es liberadora; a lo más, puede ser sedativa, pero una sedación bastante fugaz. Además, a quien se enfrasca en la satisfacción de sus placeres le resulta difícil despegarse de ellos para pensar de verdad en los demás. Quien no logra tomar las riendas de sus propios impulsos, difícilmente podrá orientarlos hacia un ideal, pues dar primacía a un valor superior siempre supone un sacrificio.

—Pero muchos entienden ese planteamiento como un reprimirse inútil.

Reprimirse es prescindir de algo atractivo para quedarse vacío. Pero cuando, por ejemplo, una madre se priva de algo por amor a un hijo suyo, no se dice que se esté reprimiendo, sino que se está sacrificando por obtener algo mejor para su hijo. Y cuando un novio o una novia guardan su cuerpo para entregarlo limpio (y no de segunda mano) en el matrimonio, no se reprimen sino que apuestan por algo superior.

Como apunta Pam Stenzel, compartir el sexo con otra persona es –salvando la pobreza de la comparación– como unir ambas vidas con una cinta adhesiva. Si pretendes emplear esa cinta con unos y otros, encontrarás que cada vez une menos y que se lleva adherida un poco de suciedad de cada relación.

O como me explicaba en una ocasión Gonzalo, un chico de diecinueve años con una novia encantadora: «A lo mejor, en determinado momento, guardarte para tu novia puede costarte más, o puedes sentirte menos ante otros por no tener determinadas experiencias sexuales; pero en cuanto observas las cosas desde una perspectiva más amplia, ves enseguida que, al esperar, estás conservando un tesoro muy valioso, y no quieres echarlo por la borda. Cuando algunos te miran por encima del hombro por no funcionar como ellos, pienso que yo podría hacer lo mismo que ellos cualquier día sin ningún esfuerzo, pero en cambio me parece que a ellos les costaría bastante desintoxicarse de todo el exceso de sexo que tienen ya encima. He decidido esperar hasta casarme, y el hecho de que mi novia también sea capaz de esperar unos años por mí, me parece una buena muestra de lo que ella vale y de lo que me quiere.»

El entorno familiar

«Me gustaría que mis padres, y que usted mismo, supieran ponerse más a mi nivel (el que remarcaba esas palabras con tanto desparpajo era Daniel, un alumno de diecisiete años resuelto y reflexivo, al comienzo de la primera sesión de tutoría del curso).

»Me molesta que los adultos hablen siempre con tanta seguridad, que adopten siempre la posición de expertos conocedores de todo. Se lo digo a usted desde el principio, y no para ofender, de verdad. Me gustaría que los adultos se bajaran un poco de su pedestal, que no se dirigieran a la gente joven siempre dando órdenes o consejos.

»Sólo pido que nos escuchen de vez en cuando, que admitan al menos que también podemos tener ideas inteligentes, que se nos reconozca un plano de cierta igualdad, que nos hablen con más franqueza. Aunque no lo parezca, nos fijamos bastante en ellos, más de lo que se creen. Lo que me gustaría es que sus reflexiones no fueran siempre como consejos encubiertos, y que procuraran hacerse cargo de lo que realmente nos sucede.»

Aquella conversación con Daniel me recordaba lo que escribió Romano Guardini: el factor más eficaz para educar es cómo es el educador; el segundo, lo que hace; el tercero, lo que dice. Son importantes los consejos que se dan, o las cosas que se mandan, pero mucho antes está lo que se hace, los modelos que presentan, las cosas se valoran, cómo unos y otros se relacionan entre sí. Y hay personas que en esto son auténticos maestros, mientras que otros, por el contrario, son un verdadero desastre.

La vida familiar es la primera escuela de aprendizaje emocional. El modo en que los padres tratan a sus hijos (ya sea con una disciplina estricta o con un desorden notable, con exceso de control o con indiferencia, de modo cordial o brusco, confiado o desconfiado, etc.), tiene unas consecuencias profundas y duraderas en la vida emocional de los hijos, que captan con gran agudeza hasta lo más sutil.

Algunos padres, por ejemplo, ignoran habitualmente los sentimientos de sus hijos, por considerarlos algo de poca importancia, y con esa actitud desaprovechan excelentes oportunidades para educarles.

Otros padres se dan más cuenta de los sentimientos de sus hijos, pero su interés suele reducirse a lograr, por ejemplo, que su hijo deje de estar triste, o nervioso, o enfadado, y recurren a cualquier medio (incluido a veces el engaño o el castigo físico), pero rara vez intervienen de modo inteligente para dar una solución que vaya a la raíz del problema.

Otro tipo de padres, de carácter más autoritario e impaciente, suelen ser desaprobadores, propensos a elevar el tono de voz ante el menor contratiempo. Son de esos que descalifican rápidamente a sus hijos, y saltan con un «¡No me contestes!» cuando su hijo intenta explicarse. Es difícil que logren el clima de confianza que exige una correcta educación de los sentimientos.

Hay, por fortuna, muchos otros padres que se toman más en serio los sentimientos de sus hijos, y procuran conocerlos bien, y aprovechar sus problemas emocionales para educarles. Son padres que se esfuerzan por crear un cauce de confianza que facilite la confidencia y el desahogo. Y saben hablar en ese plano de igualdad al que se refería aquel alumno mío: se dan cuenta de que con el simple fluir de las palabras alivia ya mucho el corazón de quien sufre, pues exteriorizar los sentimientos y hablar sobre ellos con alguien que esté dispuesto a escuchar y a comprender, es siempre de gran valor educativo.

Manifestar los propios sentimientos

en una conversación confiada

es una excelente medicina sentimental.

Los niños que proceden de hogares demasiado fríos o descuidados desarrollan con más facilidad actitudes derrotistas ante la vida. Si los padres son inmaduros o imprevisibles, crónicamente tristes o enfadados, o simplemente personas distantes o sin apenas objetivos vitales, o con vida caótica, será difícil que conecten con los sentimientos de sus hijos, y el aprendizaje emocional será forzosamente deficiente.

—¿En qué sentido hablas de padres imprevisibles?

Si los padres tratan a sus hijos de manera arbitraria, porque, por ejemplo, cuando están de mal humor los maltratan, pero si están de buen humor les dejan escapar de sus deberes o su responsabilidad en medio del caos, está claro que así será difícil que logren nada.

Si el reproche o la aprobación pueden presentarse indistintamente en cualquier momento y lugar, dependiendo de si les duele la cabeza o no, o si esa noche han dormido bien o mal, o si su equipo de fútbol ha ganado o perdido el último partido, de esa manera se crea en el hijo un profundo sentimiento de impotencia, de inutilidad de hacer las cosas bien, puesto que las consecuencias serán difícilmente predecibles. Por eso suelen fracasar aquellos padres que alternan imprevisiblemente el exceso de benignidad con el de severidad.

Lastre emocional

—¿Y en qué medida tienen remedio los aprendizajes equivocados de la infancia o la juventud?

Parece claro que los problemas más comunes de esas edades (por ejemplo, sentirse habitualmente ignorado y falto de atención o de afecto, verse rechazado en el entorno escolar, etc.), dejan su huella.

Sin embargo, esas heridas emocionales

que muchas personas

llevan profundamente grabadas,

pueden cicatrizarse y curar.

Es cuestión de aprender a relacionarse de manera inteligente con ese lastre emocional que toda persona lleva en su vida.

—¿Y cómo se aprende?

Esas heridas emocionales pueden habernos hecho, por ejemplo, susceptibles e inestables. En ese caso, tendremos la impresión de no poder evitar una respuesta hostil casi automática ante determinados estímulos. Sin embargo, aunque no siempre podamos controlar bien cuándo seremos víctimas de una reacción interior de enfado o de encrespamiento, sí podemos ejercer mucho más control sobre:

•la medida en que esa reacción interior se hará con el control de nuestro estado emocional;

•cómo lo manifestaremos externamente;

•cuánto tiempo durará.

Ese nivel de autocontrol bien podría ser un índice del avance en ese proceso de maduración emocional (de liberación de ese lastre emocional), puesto que la capacidad de contener la exteriorización del enfado y el tiempo de recuperación del equilibrio interior muestran la madurez de las respuestas que la inteligencia da a nuestras reacciones primarias espontáneas.

Cuando nuestras reacciones son demasiado exigentes con uno mismo o con los demás, o son de tipo victimista, o hiperdefensivas, o con aire de suficiencia, se desarrollarán estilos emocionales frustrantes (con sentimientos de desesperación, tristeza, resentimiento, hiperculpabilidad, etc.) que, además, suelen fácilmente desbordarse y afectar también a otros ámbitos de nuestra vida.

—¿Y en qué medida afecta esto, por ejemplo, al rendimiento académico o profesional?

El deseo de aprender, el autodominio, la capacidad de relación y de comunicación, la capacidad de comprender a los demás y hacerse comprender por ellos, o de armonizar las propias necesidades con las de otros, etc., son habilidades que si se logran desarrollar en el entorno familiar, permiten partir con una indudable ventaja en la vida académica y profesional. La capacidad de abstracción, o de pensar de forma sistemática, o de asociarse o concertar voluntades en torno a un proyecto común, o la creatividad, son ejemplos de capacidades emocionales importantes para la vida que no son fáciles de incluir en los currículos académicos.

Educar la sensibilidad: afán de aprender

Como ha escrito José Antonio Marina, nunca podemos estar seguros de lo que otra persona ve. Aunque sigamos con atención su mirada, no podemos adivinar el paisaje que está viendo. Ambos podemos estar viendo aparentemente lo mismo, pero ignoramos el nivel donde está instalada la percepción del otro.

Un paisaje no es el mismo, por ejemplo, para la mirada de un pintor que para la de una persona que va de caza. Cada uno recibe percepciones distintas. No es sólo que vean las mismas cosas y luego las interpreten de modo diferente, sino que la percepción de cada uno es filtrada por el valor y el significado que aquello tiene para él.

Un ejemplo claro es el lenguaje escrito: nos cuesta mucho mirar un texto sin leerlo; si entendemos esa lengua, no vemos unos extraños garabatos, sino que la mirada inteligente se resiste a detenerse en esos signos, y va más allá: no sólo ve, sino que lee, recibe inevitablemente una percepción elaborada, y su atención se desplaza según el significado de lo que va leyendo.

Los hombres, en la vida diaria, sometemos la realidad a un interrogatorio continuo, y de la sagacidad de nuestras preguntas dependerá el interés de sus respuestas y nuestra posibilidad de enriquecernos con ellas.

Al hombre con afán de aprender le sucede lo mismo que al niño, que cada vez es más exigente a la hora de aceptar una respuesta. El niño repite una y otra vez las mismas preguntas: ¿qué es esto?, ¿por qué esto es así?, ¿qué hace?, ¿por qué hace eso?, pero no siempre le valen las mismas respuestas. Según unos estudios publicados por Branderburg y Boyd en Estados Unidos, los niños entre cuatro y ocho años formulan en un diálogo normal un promedio de 33 preguntas por hora (sin duda un gran estímulo para la paciencia familiar). Al principio, la pregunta ¿qué es esto? queda contestada con el nombre de la cosa; más adelante, sin embargo, habrá que añadir otras explicaciones, porque el niño espera más, necesita más; y volverá quizá a hacer las mismas preguntas, pero entonces el interrogante que ha de ser satisfecho será más profundo.

El hombre, a través de su observación, su reflexión y sus preguntas, aprende desde muy niño a mirar y a entender el mundo que le rodea. Desde los primeros momentos de la vida hay un claro interés por aprender, por preguntar, por apropiarse del mundo de los otros.

Uno de los más eficaces

empeños educativos ha de ser

enseñar a preguntar.

La insensibilidad, la incapacidad de relacionarse con lo que es complejo o profundo, es una de las más amargas fuentes de infelicidad, porque niega a las personas acceder a su propia singularidad, porque dilapida toda una fortuna de posibilidades que se nos presentan de continuo a cada uno. Las personas insensibles afirman quizá que todo eso les da igual, que están bien como están, pero cuando un día despierten y vean lo que han perdido, se lamentarán con verdadero pesar.

Sería una pena que el transcurso de los años acabara por marchitar ese natural y espontáneo deseo infantil de aprender. Un deseo que nos aleja del peligro de volvernos conformistas e insensibles, que nos impulsa a profundizar en las cosas, a mejorar nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de discernimiento, a descubrir esa parábola que late bajo cada situación y cada eventualidad, cuando se contemplan con atención.

A lo mejor pensamos que, por la razón que sea, esa capacidad ya poco puede crecer en nosotros, pero probablemente no sea así. Podemos aprender a discernir mejor. Podemos enriquecernos aún mucho con las aportaciones de los demás. Podemos –y debemos– ganar en sensibilidad.

El ser humano no sólo sabe lo que sabe, sino que también sabe que ignora muchas otras cosas.

Como apuntó Jerome Bruner,

si no hay constatación de la ignorancia,

no habrá tampoco esfuerzo por aprender

ni por enseñar.

Quien no tenga ese afán de indagar, detectar y subsanar la ignorancia propia y ajena, difícilmente podrá educar bien.

La capacidad de aprender está hecha de muchas preguntas y de algunas respuestas; de una continua búsqueda nunca totalmente satisfecha; de un sano sentido crítico; de una sana y activa receptividad hacia la gente que nos merece autoridad moral. Por eso, como tantas veces se ha dicho, lo importante es enseñar a aprender. Formar cabezas que no sean simples almacenes de conocimientos, sino personas capaces de pensar por sí mismas, capaces de buscar y encontrar la información relevante y fiable que necesitan, y capaces luego de tomar decisiones.

Una buena educación

debe potenciar

la capacidad de preguntar

y de preguntarse.

Una sana inquietud sin la cual difícilmente se llega a saber sobre las cosas, aunque se puedan repetir de carrerilla.

Es una cuestión ardua y difícil. Una prueba de que las cosas deben mejorar aún bastante es que en la educación primaria e infantil los profesores se ven agobiados por lo mucho que preguntan los niños, mientras que en la universidad se quejan de que los alumnos apenas preguntan en clase. ¿Qué ocurre en esos años que separan la escuela de las facultades para que se les pasen las ganas de preguntar?

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¿Con un adolescente…? ¡Nada!

 

El «problema» de la adolescencia

A sabiendas de que escandalizaré a más de uno, en estas primeras líneas querría sugerir que la adolescencia como problema-que-debe-ser-resuelto es, en buena medida, un mito o, más correctamente, una creación de los adultos y, en particular, de los padres y de las madres.

Aunque, para que nadie se llame a engaño, resalto que lo que considero casi inventado es tan solo el carácter de problema que atribuimos a esta etapa de la vida de nuestros hijos; problema que transformamos en tragedia en la proporción exacta en que pretendemos solucionarlo.

No pongo en duda, lógicamente, el hecho de la adolescencia en cuanto tal, que es algo obvio.

Y me explico.

La adolescencia como no-problema

Casi nadie que haya reflexionado un poco sobre el asunto dejará de reconocer que, en sí misma, la adolescencia es un período de crecimiento necesario en todos los ámbitos que componen la persona humana: algo, por tanto, además de ineludible, bueno, porque bueno es o debería ser su resultado final… que no puede lograrse si uno no es durante un tiempo adolescente.

Y que así debemos considerarla, si queremos evitarnos y evitar a otros sufrimientos inútiles. Hemos de aprender a verla como una fase concreta e imprescindible en el desarrollo global de toda una vida y en el horizonte de ese despliegue. Es decir, como me repetía —con expresión típica de Málaga— quien me enseñó hace años a conducir, «mirando al lejos», que es el único modo de no obsesionarnos con esa etapa de transición, de relativizarla y darle su verdadero valor y alcance.

Ciertamente, así enfocada, la adolescencia no haría perder el sueño a ningún adulto. Y, de hecho, de ordinario no nos inquietan las trasformaciones morfobiológicas que experimentan nuestros hijos o hijas; más aún, aprendemos a observarlas con agrado y una pizca de nostalgia, anticipando el desarrollo futuro. Nos preocupan, por el contrario, las dimensiones psíquico-espirituales, no bien definidas aún y en aparente peligro, y ciertas connotaciones que la adolescencia suele presentar hoy día.

Todo lo demás, desde las desproporciones físicas hasta el cambio de modulación en la voz, con sus momentos ridículos…; la atención desmesurada al propio físico, al modo de vestir y de arreglarse…; la dependencia del qué dirán, sobre todo respecto a los o a las adolescentes del grupo al que se han entregado prácticamente por entero; los altibajos de humor y las salidas de tono… incluso podrían divertirnos porque sabemos que, en condiciones normales, son cosas que pasan ¡y que se pasan!: que acaban por desaparecer.

En la actualidad

Por el contrario, si solo pensar en la adolescencia nos hace temblar es porque medio advertimos que en el mundo de hoy:

1. Es bastante frecuente que no llegue a sazonar la esfera psíquico-espiritual: que sea justo esta inmadurez lo que no se pase, sino que se extienda más tiempo del previsto e incluso tienda a instalarse de por vida ¾no en vano se ha acuñado la expresión perpetuo adolescente¾, con el cúmulo de consecuencias desagradables que esta falta de progreso lleva aparejadas.

2. Cosa que sucede, si no me equivoco y simplificando un tanto, porque en el presente existen-y-faltan elementos que en épocas no muy lejanas estaban más compensados.

Lo que sobra

Existe, por utilizar una expresión que puede resumir la mayoría de las disfunciones de esta etapa, una desproporción entre las grandísimas posibilidades de acción de nuestros hijos y el dominio y la responsabilidad —más bien la relativa carencia de uno y de otra— que muestran respecto a sus propias actuaciones.

Cuestión que cabe concretar en un solo ejemplo, de particular incidencia en nuestros adolescentes y que calificaré —tomando este término en un sentido muy, muy amplio— como un consumismo atroz.

Un hiperconsumo ¾como dirían ellos¾ que en parte propiciamos los propios padres, como contrapeso a nuestra mala conciencia por no atender debidamente a lo que nuestros hijos nos demandan, a veces sin siquiera ser conscientes: nuestro tiempo, nuestra intimidad… y nuestra exigencia.

Y que consideramos mucho más peligroso que el practicado por nosotros mismos como consecuencia de la falta de consonancia entre la capacidad de acción y la responsabilidad del adolescente a que acabo de aludir.

¿… y por qué sobra?

Intento explicarme de nuevo. En general, los adolescentes de clase media o media-alta… o medio-baja o baja de nuestro país, como los de muchos otros de características semejantes, gozan de instrumentos materiales (dinero, en primer término, pero también medios de locomoción propios o de sus amigos, acceso a lugares de esparcimiento y diversión, a fincas y casas de campo, hoteles y similares…), y de una libertad de movimientos de los que los padres no carecemos, pero tampoco podemos emplear con la ligereza y desenvoltura con que ellos lo hacen: en esto, que bastantes llamarían un poco ingenuamente libertad, nos superan por goleada.

Como consecuencia, los adolescentes componen un poderosísimo colectivo, presa fácil de la publicidad y del afán de ganancias de los que negocian con los impulsos ajenos.

El adolescente actual posee todas los atributos del mejor consumista: dinero del que no tiene que dar cuenta a nadie y ganado sin otro esfuerzo que el de pedirlo-exigirlo, a veces con solo poner mala cara… si es que los padres no nos adelantamos a dárselo por miedo a que nos las pongan; compulsividad a la hora de comprar, usar y tirar; comparaciones con otros adolescentes, de las que derivan caprichos descontrolados; incapacidad de esfuerzo y, sobre todo, de espera…

Añado, aun a sabiendas de que con esto pierdo ante los adultos más puntos de los que ya he perdido con los adolescentes, que a la mayoría de los padres no nos asusta el consumismo de nuestros hijos, que nosotros mismos —con una mal disimulada hipocresía o, al menos, con una flagrante falta de coherencia— vivimos en primera persona y provocamos en ellos a cambio de que nos dejen en paz. Nos aterra más bien que semejante consumo se ejerza sobre productos peligrosos: no tanto el sexo, que en la mayoría de las familias empieza casi a hurtadillas a formar parte de lo políticamente correcto, sino sobre todo el alcohol, la droga… y todo lo que estos ambientes llevan consigo, como, por señalar tan solo un par de extremos, la prostitución o la delincuencia.

Lo que falta

No existen en nuestra sociedad, por el contrario, realidades básicas e insustituibles para el crecimiento de una persona.

Enumero, sin afán de ser exhaustivo:

1. Faltan personas o personajes que encarnen modelos de vida como los que los padres querríamos para nuestros hijos, pero que nosotros mismos estamos lejos de hacer propios, porque nuestros principales intereses se mueven en otras direcciones.

2. Faltan enseñanzas ambientales (la mal llamada cultura popular) e institucionales (centros educativos de los distintos niveles) capaces de poner freno a lo que los adultos afirmamos como correcto, aunque no siempre lo vivamos.

3. Faltan leyes y actividades políticas acordes con el perfeccionamiento de la persona.

4. Y falta un dilatado etcétera, virtualmente más peligroso para quien, como el adolescente, ha abandonado todos los valores que hasta ese momento lo protegían y que ahora advierte como impuestos y, por lo tanto, rechazables… con el fin, no siempre consciente, de recuperarlos (esos u otros, pero ahora como propios).

El suma y sigue de estos excesos y carencias es que casi toda la educación de los adolescentes deberíamos llevarla a cabo en la familia… en un momento de la civilización en que la presencia de los padres en la propia casa no es excesivamente amplia ni de gran calidad educativa.

Pues, bastante a menudo, los padres —y, en particular, los varones— pasamos el tiempo en el hogar descansando de un trabajo que nuestros hijos no presencian y cuyo valor no pueden, por tanto, apreciar.

O, lo que viene a traducir y concretar el párrafo anterior: viendo la televisión, navegando por Internet, haciendo cuentas del dinero ganado o que estamos por ganar, organizando los viajes y demás planes de recreo para el matrimonio o la familia o los amigos…

Entonces… ¿nada?

Les pido que me concedan que en lo esbozado hasta ahora hay, al menos, un punto de verdad.

¿Por qué, entonces, sugiero en el título que, ante semejante situación, lo mejor que podemos hacer por los adolescentes es precisamente NADA?

Aclaro que, aunque haya intentado expresarlo con humor, no es en absoluto una broma ni una declaración de impotencia ni, mucho menos, de indiferencia o cinismo.

Y me explico mediante una comparación. Los que vamos estando entrados en años, y cualquier persona con un poco de experiencia vivida, sabe que los sentimientos y estados de ánimo son controlables solo hasta cierto punto y de dos maneras complementarias.

1. A veces, uniendo lo que nos otorga nuestro temperamento y un empeño habitual y repetido, somos capaces de atajar las emociones que tienden a salirse de madre por exceso o por defecto: elevándonos sin fundamento hasta las nubes o hundiéndonos en la miseria, también sin suficiente base real.

2. Pero lo más habitual es que hayamos aprendido no tanto a moderar nuestros afectos, incrementándolos o disminuyéndolos, según convenga; sino más bien a convivir con ellos, tal y como se nos imponen, pero haciéndoles solo el caso que en cada circunstancia les debemos otorgar.

Por eso, en los momentos bajos que alguna vez nos aquejan prácticamente a todos, a menudo hemos de limitarnos… a dejar que esos ratos o temporadas pasen y, mientras tanto, a no tomar decisión alguna.

Con otras palabras: en tales situaciones, lo mejor que podemos hacer —¡lo único!— es… no hacer nada y esperar a encontrarnos de nuevo en forma.

Entonces… ¡nada!

Pues no es muy distinto lo que sucede con el adolescente… o sí es muy distinto, como prefieran. En realidad, visto desde nuestra perspectiva de adultos, las diferencias son tres y nada irrelevantes:

1. En primer término, el protagonista del drama —¡o de la tragedia!, si nos empeñamos— es una persona distinta a nosotros mismos, sobre la que no tenemos un dominio ni un influjo directo.

2. Además, se trata de alguien que —no tanto por definición, sino por naturaleza: por ser adolescente— se ve sometido a cambios constantes de ánimo… que aún no ha aprendido a manejar.

3. Y casi siempre, y ahí comienzan los auténticos problemas, pensamos que nuestra responsabilidad consiste en tomar ¡por ellos! las decisiones que les permitirán superar el desasosiego (sobre todo el que generan en nosotros, seamos francos).

3.1. Con el agravante, en primer término, de que lo que menos quiere y está dispuesto a permitir un adolescente es que nadie usurpe su lugar… y menos todavía su padre o su madre: por lo que nuestra pretensión de indicarles lo que deben hacer solo consigue inclinarlos más decididamente hacia el otro lado de la balanza: a no hacer ni decidir ni decidir-hacer nada, cosa que nos resulta enervante.

Un buen adolescente —un adolescente que se precie— responderá que no, por principio, tanto a una sugerencia paterno-materna… como a la exactamente contraria: ¡para algo es adolescente!

3.2. Y con el gravamen añadido de que la situación de los adolescentes —igual que los que calificamos como nuestros momentos de baja— no puede solucionarse… y menos todavía tomando decisiones… y menos aún tomándolas en lugar de ellos.

También ahora es preferible esperar momentos mejores.

¿Luego…?

Luego hay que armarse de paciencia, de esperanza y de buen humor del bueno, que consiste en no tomarse en serio ni a uno mismo ni a los puñeteritos adolescentes (expresión que emplearía mi suegro, maestro de buen humor), por más que sean nuestros hijos o precisamente por serlo.

Lo cual —ahora me toca a mí ser sincero— no se presenta ni es demasiado fácil.

1. No lo es la paciencia, en una época cuya mayor y tal vez la única novedad verdadera es justo la velocidad.

2. No lo es la esperanza, en momentos en que, en buena parte porque dejamos que dirijan nuestra mirada sobre todo a lo que no marcha en el mundo, parece que la civilización está al borde del fracaso… igual que los civilizados en ella.

3. Y menos todavía lo es el buen humor —la relativización de lo relativo, comenzando por mí mismo y acabando por todo lo mío… porque el resto parece que ni siquiera existe—, en una etapa de la historia en que se nos enseña desde muy pequeños a considerar nuestro ego como el ombligo del mundo.

Por eso, y dando por supuesta una confianza inconmovible en cada uno de nuestros hijos, de los tres consejos apuntados acentuaría sobre todo el del buen humor, estableciendo como norma prácticamente absoluta —que también debe afrontarse con buen humor, es decir, relativizándola— que quien no sea capaz de tomarse a sí mismo en broma muy difícilmente dará su justo valor a cuanto con él se relaciona y, de manera muy particular, a lo que le sucede a sus hijos.

De lo que concluyo que, para abordar el problema de la adolescencia, aquí y ahora, la pregunta clave no ha de dirigirse a los hijos, sino precisamente a los padres.

Entre otros motivos, y aunque no sea el de mayor peso, porque los padres —cada cual y cada cuala el padre o la madre que él o ella es— son justo lo que los padres podemos y debemos cambiar: es decir, yo y usted, e invierto el orden que señala la buena educación para no eludir responsabilidades.

Las dos preguntas-clave

Para propiciar ese cambio se me ocurren dos preguntas bastante comprometidas, que de nuevo me hago ante todo a mí mismo

1. Cuando nos planteamos educar a nuestros hijos y, más en concreto, a nuestros hijos adolescentes, ¿realmente perseguimos que ellos acaben siendo como deben o simplemente que no nos den problemas?

Me aconsejo y le aconsejo pensarlo con calma y con hondura, porque solo en función de nuestra respuesta, serena y clara, podremos introducir en nuestras vidas un cambio eficaz… también para nuestros hijos adolescentes:

1.1. Un cambio de actitud: nuestra y de ellos.

1.2. Un cambio de estado de ánimo: nuestro y tal vez de ellos.

1.3. Y un cambio de comportamiento: de nosotros hacia ellos (que es lo que está en nuestras manos) y, ¡quién sabe!, tal vez de ellos hacia sí mismos y, mucho menos probablemente, de ellos hacia nosotros (lo que, con buen humor y en fin de cuentas, no nos debería importar demasiado).

2. La otra gran pregunta, dirigida sobre todo a aquellos cuyos hijos aún no han llegado a la edad fatídica, resulta también muy neta… y comprometida: ¿cómo son tus hijos durante los 10 ó 12 años, o 9 si lo prefieres, o al menos 5 ó 6, que preceden hoy día a la adolescencia?

O, para centrar mejor la cuestión y hacerla más operativa: ¿qué has hecho y que haces realmente por tus hijos en los años previos a que acabo de aludir?

Porque el sentido común señala y la experiencia muestra que, salvando la libertad —fuente siempre de sorpresas—, muy probablemente así, como nosotros los hayamos orientado, acabarán siendo nuestros hijos cuando dejen atrás sus dudas e incertidumbres de adolescente.

Resumiendo

Nos puede costar más o menos sangre admitirlo: depende de nuevo de hacia dónde estemos dirigiendo realmente nuestros intereses. Pero la adolescencia hay que pasarla. Nuestros hijos e hijas también. Es inevitable y buena, pues, en esencia, consiste en comenzar a ser realmente libres y responsables y, por tanto, capaces de crecer y de merecer.

Solo abandonando y rechazando todos los valores que hasta el momento se han vivido desde otros, y que en la adolescencia se descubren como ajenos, puede una persona hacerlos realmente propios.

Y si nuestros hijos no son capaces —cuanto antes, mejor, aunque nos duela el desgarro— de vivir su vida, con independencia de nuestros dictados, aunque no de nuestros consejos… somos un fracaso como educadores y como padres.

Los interrogantes sobre la adolescencia se bifurcan, por tanto, hacia adelante y hacia atrás.

1. Lo que importa y sobre lo que tenemos un cierto imperio es lo que transmitimos a nuestros hijos en esos años todavía tiernos en que son tan deliciosos que hacen libremente… lo que nosotros les indicamos.

2. Y lo que importa más todavía y sobre lo que solo tenemos un influjo muy relativo es lo que lleguen a ser… una vez pasado el período de turbulencia (quería decir de la adolescencia).

En la práctica, esto quiere decir que la adolescencia hay que trabajarla mucho antes de que llegue. Antes, incluso, de que nuestros hijos vengan a la vida: aprendiendo a apoyar a nuestro cónyuge con la misma entrega y exquisitez absolutas con que respetamos su libertad… y entrenándonos y preparándonos desde entonces para hacer lo mismo con cada uno de nuestros hijos, que, lo digo por si alguien no lo había advertido, ¡no suelen nacer ya adolescentes!

Y concluyendo

Nuestros hijos serán normalmente lo que hayamos sembrado durante los años previos a la adolescencia… y durante la adolescencia misma.

¿Cómo?

De menor a mayor importancia:

1. Con nuestras explicaciones, que, si siempre deben ser breves, en la adolescencia están de más —y resultan contraproducentes— en cuanto superen las tres palabras… y un número muy limitado de decibelios.

2. Con nuestro comportamiento, sin hacerlo nunca pesar, sino más bien logrando que nuestros hijos vean la grandeza de nuestro cónyuge.

3. Con su conducta: la de nuestros hijos. De nuevo con el más radical respeto a la libertad de cada uno, nuestro quehacer educativo solo será eficaz cuando —con conciencia y autonomía crecientes— el bien que proponemos entre a formar parte de la vida vivida de cada uno de nuestros hijos. Cuando lo vayan poniendo por obra, cada vez más libremente: porque les da la gana.

Concretando un poco

Pero lo que verdaderamente sembremos en nuestros hijos depende a su vez, en un tanto por ciento elevadísimo, de lo que, en el fondo-fondo, pretendamos que lleguen a ser.

Y aquí, de nuevo, el autoengaño está a la orden del día. El autoengaño, se sobreentiende, entre quienes queremos hacerlo bien (pues yo me incluyo entre ellos, a todos los efectos… y a todos los defectos).

Normalmente sostendremos sin reparos que lo importante en esta vida es el amor, que una persona vale lo que valen sus amores, que la verdadera educación consiste en ayudar al otro a estar más pendiente de los demás que de sí mismo… y un buen número de alegatos por el estilo, que desde el fondo del alma estimo que son los únicos verdaderos y eficaces.

Pero también es bastante probable que nuestra conducta diaria desmienta afirmaciones tan encantadoras. Que, por ejemplo, demos más importancia a las calificaciones que a la ayuda real que nuestros hijos prestan a sus amigos o hermanos o a la honradez de no poner en un brete, para salir él o ella de un posible compromiso, a ninguno de sus compañeros o compañeras.

O, para no alargarme demasiado, que identifiquemos subrepticiamente el ser buenos con ser tontos, de modo que en cuanto indiquemos a alguno de nuestros hijos una manera recta de obrar, pero que ponga en peligro algo importante en su vida (en fin de cuenta, las aritméticas —¡las cuentas! = $$$—), de inmediato añadamos el truco para no dejarse pisar y para hacer valer sus derechos, no buscando el beneficio propio —¡hasta ahí podríamos llegar!—, sino para que el infractor no cometa las mismas tropelías con otras pobres víctimas.

O, a la hora de ayudar a decidir la carrera universitaria, pongamos un énfasis excesivo en las salidas, que equivalen en última instancia a las entradas —¡las cuentas! = $$$—, sin nombrar siquiera la posibilidad de servicio desde la profesión en que, a tenor de sus características personales, esa ayuda pueda ser más eficaz.

… Y un corolario

Con lo que, en última instancia, acabamos en lo de siempre. No educamos tanto por lo que hacemos —con lo que pierde importancia que durante un tiempo no hagamos nada— sino por lo que somos… o luchamos por ser.

Un hijo —¡cualquier hijo o hija!— solo puede ser educado por un padre o una madre a los que, simultáneamente, quiere y admira… y por quienes se siente querido y admirado.

Para lo cual no es preciso, sino más bien contraproducente (por falso), ser o creerse un superman o una superwoman. Basta con que puedan ver en nosotros a un adulto cabal que:

1. Ama efectivamente, y por encima de todo lo humano, a su propio cónyuge.

2. Trabaja lealmente, con espíritu de servicio.

3. Y lucha por ser mejor persona. Es decir: mejor esposo o esposa, padre o madre, amigo o amiga…

(Soy consciente de dejarme en el tintero la pregunta del millón: ¿qué hago si, cuando debía, no hice lo que tenía que hacer, porque casi no fui consciente de que tenía hijos… justo hasta que llegaron a la adolescencia?

¡Próxima entrega!

Y un anticipo. Desde luego, lo que no debo es complicar todavía más la cosa, haciendo en el momento inoportuno y de la forma inadecuada lo que debería haber hecho si hubiera caído antes en la cuenta de que eso de educar a mis hijos es algo que pudiera haber valido la pena tener en cuenta…

Continuará.)

Tomás Melendo

Catedrático de Filosofía (Metafísica)

Director Académico de los Estudios Universitarios sobre la Familia

Universidad de Málaga

tmelendo@masterenfamilias.com

www.edufamilia.com

LA SEXUALIZACIÓN DE LAS CHICAS

Una sexualización malsana está poniendo en peligro a las chicas cada vez más, concluye un informe publicado el 19 de febrero por la Asociación Psicológica Americana.

Titulado «Report of the APA Task Force on the Sexualization of Girls» (Informe del Equipo de Trabajo de la APA sobre la Sexualización de las Chicas), el estudio es el resultado de la investigación sobre el contenido y los efectos de los medios de comunicación: televisión, vídeos musicales, música, revistas, películas, vídeo juegos e Internet.

El equipo de trabajo examinó también las campañas de promoción y anuncios de productos dirigidos a las chicas.

«Tenemos una extensa serie de evidencias para concluir que la sexualización tiene efectos negativos en diversos campos, que incluyen el funcionamiento cognitivo, la salud física y mental, y el desarrollo sexual sano», afirmaba la doctora Eileen Zurbriggen, directora del equipo de trabajo y profesora de psicología en la Universidad de California, Santa Cruz, en una nota de prensa que acompañaba el informe.

La sexualización causa dificultades a cualquier edad, indica el informe, pero añade que es especialmente problemática cuando tiene lugar a una edad más temprana. Lograr la madurez sexual en los adolescentes no es un proceso fácil, reconoce el estudio, pero observa que cuando se anima a una chica joven o adolescente a ser sexy, sin que ellas sepan siquiera lo que esto significa, el proceso se complica aún más.

Saturación de los medios

El informe citaba algunos estudios que detallan la gran cantidad de tiempo pasado en contacto con los medios. Según los datos, el niño o adolescente ve de media tres horas de televisión al día. Sin embargo, cuando se calcula el número de horas totales ante todos los tipos de medios, resulta que los niños están expuestos a algún tipo de medio – televisión, vídeo juegos, música, et…- seis horas y media al día.

Un estudio llevado a cabo en el 2003 informaba que el 68% de los niños tienen una televisión en su habitación, y que el 51% de las chicas juegan a juegos interactivos en sus ordenadores y en consolas de vídeo juegos. Tanto chicas como chicos pasan una media de una hora al día ante el ordenador, visitando páginas webs, escuchando música, frecuentando chats, jugando a juegos o enviando mensajes a sus amigos.

El informe de la Asociación Psicológica Americana observaba: «En la televisión, los jóvenes televidentes encuentran un mundo que es desproporcionadamente masculino, especialmente en los programas orientados a la juventud, y en el que las figuras femeninas es más probable que vistan de modo más atractivo y provocativo que las masculinas».

Un gran porcentaje de vídeos musicales contienen imágenes sexuales, y las mujeres suelen ser presentadas vestidas de forma provocativa. El informe también observaba que las artistas femeninas son presentadas de forma que su foco de atención principal no es su talento o su música, sino más bien su cuerpo y sexualidad. Así, concluye el informe, los espectadores reciben el mensaje de que el éxito viene de ser un objeto sexual atractivo.

En cuanto a las canciones mismas, los investigadores de la APA lamentaban que no haya análisis recientes sobre su contenido sexual. En su informe, no obstante, citaban algunos ejemplos de cómo las palabras de algunas canciones de éxito reciente sexualizan a las mujeres, o se refieren a ellas de formas altamente degradantes.

En cuanto a la gran pantalla, el informe comentaba la falta de personajes femeninos en las películas generalistas, y en las películas de serie G. Un estudio de 101 películas de serie G, de 1990 a 2004, revelaban que de los más de 4.000 personajes de estas películas, el 75% eran varones, el 83% de los caracteres secundarios eran varones, el 83% de los narradores también lo eran, y el 72% de los protagonistas con diálogo eran también varones. «Esta clara falta de representación de las mujeres y chicas en las películas con contenido familiar reflejan una oportunidad perdida de presentar un espectro más amplio de las chicas y de las mujeres en papeles que no están sexualizados», observaba el informe de la APA.

Dudosas influencias

Las revistas para adolescentes son otra importante influencia en las chicas. El informe citaba algunos estudios sobre el contenido de las revistas, y revelaba que uno de los mensajes centrales de las publicaciones es que «presentarse a uno mismo como sexualmente deseable, y obtener así la atención de los hombres, es, y debe ser, la meta focal de las mujeres».

Es difícil determinar el enormemente variado contenido que está disponible vía Internet, pero los investigadores de la APA citaban un estudio sobre páginas webs que suelen atraer a las chicas – las páginas webs de fans de celebridades masculinas y femeninas. Un análisis de su contenido encontró que las celebridades femeninas eran de forma aplastantes más representadas con imágenes sexuales que las masculinas, sin importar si se trataba de la página web oficial o de una creada por sus fans.

La publicidad es otra área importante donde se suele sexualizar a las mujeres. Además, el estudio indica que la investigación ha mostrado la tendencia a presentar a las mujeres de forma decorativa o explotadora sigue aumentando. Ha alcanzado el punto, añadía, en el que se usan chicas en poses seductivas para atraer audiencias adultas.

Recientemente, algunos comentaristas han resaltado el hecho de que también el mercado del juguete se está viendo afectado por la tendencia a la sexualización. Los investigadores de la APA declararon que estaban preocupados por los vestidos sexualmente provocativos que suelen vestir las muñecas más populares para las niñas entre 4 y 8 años.

Lo mismo ocurre con la ropa. Se invita a chicas en edades cada vez más jóvenes a vestir ropa diseñada para destacar la sexualidad femenina. Los cosméticos también se están dirigiendo a chicas más jóvenes.

Todas estas influencias se combinan para ocasionar una serie de problemas a las chicas. El informe de la APA establecía que la sexualización está ligada con tres de los problemas de salud mental más comunes en las chicas y en las mujeres: desórdenes alimenticios, baja autoestima y depresión.

Los investigadores añadían que también existen evidencias que muestran que la sexualización de las chicas, y los sentimientos negativos por el propio cuerpo que provoca, pueden llevar a problemas sexuales en la edad adulta. Indicaban que se relaciona con el problema de la idealización de la juventud como la única edad buena y hermosa de la vida. El actual auge de los productos antienvejecimiento y de la cirugía cosmética es resultado de esta belleza impuesta.

La victoria de los móviles

Resistir la tendencia a la hiper sexualización no es fácil, pero en Canadá, hace dos semanas, la decencia ganó una batalla.

En enero, la segunda compañía de telefonía de Canadá, Telus, comenzó ofreciendo fotos y vídeos pornográficos a sus usuarios. La compañía con sede en Vancouver recibió fuertes críticas del arzobispo, Mons. Raymond Roussin. «La decisión de Telus es decepcionante y motivo de malestar», declaraba el 12 de febrero.

En otra declaración publicada cuatro días después, el arzobispo de Vancouver acusaba a la compañía de dañar a la sociedad en su búsqueda de una parte de los lucrativos beneficios obtenidos por la industria pornográfica.

El arzobispo pidió un servicio de telefonía móvil libre de

pornografía. También declaró que se estaba poniendo en comunicación con las iglesias y colegios católicos para que no renovaran sus contratos de telefonía móvil con Telus. Además, pedía a todos los católicos y a los demás canadienses preocupados por el hecho que contactaran con las compañías de telefonía móvil para expresar su preocupación por la proliferación de pornografía a través de los móviles.

El 21 de febrero, Telus anunció que cancelaba su servicio de «contenido adulto». Según un reportaje del periódico canadiense Globe and Mail, la compañía declaró que había recibido cientos de quejas de sus usuarios.

Mons. Roussin celebró la medida en una declaración el mismo día: «Estamos apenas empezando a darnos cuenta de cuán grave es en realidad el tema de la adicción al sexo y a la pornografía», comentaba.

La preocupación por el efecto de la cultura de moda también fue expresada recientemente por Benedicto XVI. En su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que tendrá lugar el 20 de mayo, el Papa observaba la tendencia a la exaltación de la violencia y a la trivialización de la sexualidad.

El pontífice escribía: «La belleza, que es como un espejo de lo divino, inspira y vivifica los corazones y mentes jóvenes, mientras que la fealdad y la tosquedad tienen un impacto deprimente en las actitudes y comportamientos» (No. 2).

Los campeones de la cultura moderna han acusado con frecuencia y falsamente a la Iglesia de estar obsesionada con el sexo. De hecho, es la sociedad contemporánea la que sufre esta obsesión, mientras la Iglesia sigue defendiendo la dignidad, y la belleza, de la persona humana.

Padre John Flynn

Tomado de Zenit.

 

LA FAMILIA Y EL MATRIMONIO

Así comenzaba Tomás Melendo una charla sobre el amor conyugal. Y decía que para mejorar en el amor en la familia, hay que mejorar personalmente como personas: amaré mejor si soy mejor: «Solo si voy siendo mejor persona podré querer más a mi mujer, pues tendré mucho más que darle cada vez que me entregue a ella».

La fe en Jesús nos dice que la persona está hecha para amar, para darse, a imagen de Dios, y cuando entendemos esta filiación divina ésta nos proyecta en amar, y viceversa: cuando nos damos (el “don de sí”) entonces nos realizamos (somos hijos de Dios, mejor imagen del original divino). Cristo es el hombre auténtico, imagen perfecta de Dios, y nos enseña a amar, él tuvo una familia como nosotros. Esta es la “inversión definitiva”, que hemos de priorizar ante tantas cosas de la vida.

Esto nos sitúa en un ámbito más profundo que el sociológico, descriptivo de cómo en la historia el hombre necesitaba la familia para la supervivencia, mientras que los animales se manejaban con más libertad, desde muy pronto por sí mismos, el niño abandonado a sus propios recursos perecería inevitablemente. También se aducían razones psicológicas, como la ineludible conveniencia de superar la soledad, de distribuir las funciones en casa, el trabajo o los ámbitos del saber para lograr una mayor eficacia… parece que los animales no necesiten familia, y sí el hombre mientras no se demuestre lo contrario. Salir de aquí son experimentos, hipótesis que no han llegado a teorías, no hay datos fiables y por tanto mejor no jugar con estas cosas importantes que tenemos.

Decía Melendo, sobre esta antropología que he recordado antes: “toda persona requiere de la familia justamente en virtud de su eminencia o valía: de lo que en términos metafísicos podría llamarse su excedencia en el ser”. El hombre es Un-ser-para-el-amor: Por eso la persona está llamada a darse; por eso puede definirse como principio (y término) de amor… siendo la entrega el acto en que ese amor culmina.

A diferencia de otros animales, la persona tiene su consistencia en darse, en amar. (Y de ahí que solo cuando ama en serio y se entrega sin tasa —«la medida del amor es amar sin medida»—, alcanza la felicidad).

Para darme necesito alguien que reciba, o sea que cuando reciben lo que doy no sólo ayudo al otro sino que yo me realizo, igual que cuando recibo amor me enriquezco yo, que necesito “una dosis” de amor para sobrevivir, pero también se enriquece el otro. «¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió magistralmente Salinas.

En una empresa hay que vivir la justicia y «evitar la discriminación» pero la acogida de la familia es distinta, es un amor no por lo que aportamos o nuestras condiciones sino por nosotros mismos, por lo que somos, o mejor dicho porque “somos”, y eso es necesario para un equilibrio vital, “por eso cabe afirmar que sin familia no puede haber persona o, al menos, persona cumplida, llevada a plenitud. Y ello, según acabo de sugerir, no primariamente a causa de carencia alguna, sino al contrario, en virtud de la propia excedencia, que «nos obliga» a entregarnos… o quedar frustrados, por no llevar a término lo que demanda nuestra naturaleza, nuestro ser”. Una frustración semejante a un aborto, algo que podría ser y que, ¡lástima! No ha podido ser.

La familia no es una institución «inventada» para los débiles y desvalidos (niños, enfermos, ancianos…); sino que, al contrario, cuanto más perfección alcanza un ser humano, cuanto más maduro es el padre o la madre, más precisa de su familia, justamente para crecer como persona, dándose y siendo aceptado: amando… con la guardia baja, sin necesidad de «demostrar» nada para ser querido. Las películas de Bergman o Woody Allen, Kieslowski, etc.; las novelas de la misma premio Nobel de este año Doris Lessing, etc., nos lo confirman: los inteligentes y los ignorantes, los sabios y los incultos, los ricos y pobres… todos necesitan familia, las hipótesis contrarias van quedando desmentidas.

Se decía que sobre el gigante de la tradición el hombre puede ver mucho más lejos. Esto se lleva a la práctica en tecnologías como medicina, ingeniería nuclear, pero por desgracia se piensa que no es necesario en el tema de educación y familia, y los ignorantes que legislan son instrumentos de los demonios que quieren primitivizar al hombre, que sea otra vez un mono con armas sofisticadas, lo cual es penoso pues se hará más daño que antes, que tonteaba con piedras y lanzas. Hay que tener en cuenta esta rica tradición que llamamos cultura, en el modo de legislar, en la política, en el trabajo… Solo si se tiene en cuenta la grandeza impresionante del ser humano podrán establecerse las condiciones para que se desarrolle adecuadamente… y sea feliz.

Y sigue Melendo: “A menudo se oye que el problema del hombre de hoy es el orgullo de querer ser como Dios. No lo niego. Pero estimo que es más honda la afirmación opuesta: el gran handicap del hombre contemporáneo es la falta de conciencia de su propia valía, que le lleva a tratarse y tratar a los otros de una manera bufa y absurdamente infrahumana”. Schelling afirmaba que «el hombre se torna más grande en la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia fuerza». Y añadía: «Proveed al hombre de la conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá enseguida a ser lo que debe; respetadlo teóricamente y el respeto práctico será una consecuencia inmediata». Para concluir: «el hombre debe ser bueno teóricamente para devenirlo también en la práctica».

No queremos “individuos” que no pueden nada sin un respaldo social, queremos “personas” con toda su riqueza. Los avances sociales son muy buenos, pero ya hemos visto cuando el comunismo suplanta la familia para educar los “individuos”: éstos pasan a tener un valor ínfimo, son “masa”, cuenta el número, o la opinión de los “iguales” que imponen su “igualdad” a los demás. Así en temas de educación y de familia. Es absurdo que los Centros de Alto Rendimiento Deportista están bien considerados, como élites necesarias, y tengan que esconder los talentos intelectuales que mandan al extranjero porque aquí no está bien visto educar talentos intelectuales, por motivos de “igualdad”. Los talentos son para cultivarlos, cada uno los suyos, y a eso se llama libertad. Es racismo considerar que –como en tiempos de la guerra civil- un nivel intelectual o ideas religiosas, por decir algo, ha de ser castigado con la muerte, o con exclusiones sociales. La igualdad ha de compaginarse con la libertad, si no hay demagogia.

“El «lugar natural» para «aprender a ser persona», el único verdaderamente imprescindible y suficiente, es la familia. No solo el niño, sino el adolescente que aparenta negarlo, el joven ante el que se abre un abanico de posibilidades deslumbrante, el adulto en plenitud de facultades, el anciano que parece declinar…, todos ellos forjan y rehacen su índole personal, día tras día, en el seno del propio hogar. Y, así templados y reconstituidos, son capaces de darle la vuelta al mundo, de humanizarlo.

Tomas Melendo

tmelendo@masterenfamilias.com