Las mentiras de Antonio

Antonio es un chico de 14 años, estudia 2º ESO, desde hace un tiempo a esta parte está siendo bastante mentiroso, no solo en el Instituto, también en casa los padres están bastan disgustados porque no saben muy bien qué hacer.

Cuando viene un caso como este lo más lógico es echarle la culpa al chico por su comportamiento. Sin embargo según lo que se va viendo en la terapia con la familia. Nos vamos dando cuenta cómo hay un castigo continuado sobre Antonio, su padre le da frecuentemente voces, y en alguna ocasión comenta que le llama “mariquita”.
Además Antonio tiene un hermano más pequeño de 4 años, que está en una edad que requiere mucha atención. Y así es según la madre, que opina que de alguna manera su hijo tiene celos de su hermano porque su padre pasa demasiado tiempo con él. Por otra parte en alguna ocasiones la madre y el padre tienen riñas entre ambos, la madre en ocasiones le desautoriza al padre y todo ello es en presencia de sus hijos
La situación familiar nos da entender que no es Antonio solo quien tiene un problemas, más que nada el es el portador de que algo está ocurriendo en casa para llamar la atención con sus mentiras.

Algunas cosas prácticas que nos valdrían son:

  • Favorecer que el padre tenga un acercamiento más afectivo con su hijo Antonio, que pueda hacer alguna actividad con él que les guste a ambos. Y ayudar al padre para reconocer a su hijo y mejorar su comunicación con él.
  • Por otro lado con la madre, ayudarle a que no desautorice al padre en presencia del hijo.
  • Y con el hijo ayudarle a estar más cerca de su padre. Fomentar su seguridad y reconocimiento.

Envíanos tus consultas a: mcarmengr@psicovinculos.es

Una adolescente que miró a Dios cara a cara

No son muchas las certezas que podemos tener, pero una es segura: todos tendremos a lo largo de la vida momentos de sufrimiento, serán de mayor o menor grado, en el cuerpo, en el espiritu, en los sentimientos ….. pero es algo inherente a la condición humana.

Y sin embargo, a pesar de tratarse de una situación que llega sin ninguna duda, la sociedad en la que vivimos es experta en intentar camuflarlo, ocultarlo, negarlo. Como el avestruz que esconde la cabeza para no ser vista.

Y la solución ante los problemas no puede pasar por mirar para otro lado, es necesario enfrentarse a ellos. Ante el sufrimiento se pueden adoptar distintas actuaciones, la desesperación, la aparente indiferencia (el estoicismo) o enfrentarse a él intentando darle sentido.

Hace más de quince años un amigo me regaló un pequeño libro titulado “Alexia, experiencia de amor y dolor vivida por una adolescente” , me bebí el libro en apenas una hora y no pude contener las lagrimas mientras lo hacía. Tocaba un tema muy duro: el sufrimiento de los inocentes, en este caso la enfermedad y el sufrimiento de una niña de catorce años. Y sin embargo era, es, un libro lleno de esperanza; Alexia encontró sentido a su enfermedad y tremendo dolor.

El próximo trece de mayo se estrena en España una película titulada “Alexia. La verdadera historia de una adolescente que miró a Dios cara a cara” . Estoy seguro que hará mucho bien a quienes vayamos a verla y nos ayudará a encontrarle sentido al dolor cuando hayamos de enfrentarnos a él.

fuente: seraudaces.org

Como motivar a los adolescentes

Raiz de la violencia en niños y adolescentes

Inteligencia moral del niño y del adolescente

de Robert Coles, por Francisca R. Quiroga

Tít. orig. The Moral Intelligence of Children
Kairós, Barcelona – ESPAÑA 1997

Robert Coles se propone exponer en este libro su experiencia como psiquiatra de niños, maestro voluntario y padre de tres hijos, que le ha llevado a descubrir la importancia de la dimensión moral de nuestra vida y, en consecuencia, de formar el sentido moral de los niños. Desde que empiezan a hablar, más en la edad escolar y de nuevo en la adolescencia, las personas se hacen preguntas éticas y buscan las respuestas para saber cómo orientar su vida. Es preciso ayudarles; enseñarles a que el pensamiento dirija las decisiones y la actuación; y facilitarles vivir de una manera buena (cfr. pp. 15, 20, 23, 49, 132, 176, 188, 200)
Como consecuencia de la orientación recibida en sus estudios de psiquiatría y en la práctica profesional, durante años veía los problemas de sus pacientes —niños y adolescentes— «con las lentes» —dice él mismo— de la psicología, reduciéndolos a su dimensión emocional (cfr. p. 137). Pero los niños le fueron haciendo descubrir que su visión era reductiva e insuficiente; que sólo llegaba a entenderlos cuando se percataba del sentido moral de sus planteamientos y de su conducta. También fue descubriendo que, tanto en niños como adolescentes, los problemas por los que les habían llevado a su consulta, procedían de que les faltaba una guía moral; frecuentemente les falta la atención debida por parte de sus padres. También los adolescentes que acudían a él querían que los ayudara en asuntos morales y psicológicos (cfr. p. 214).
La visión antropológica del autor que está latente en todo el libro es simple pero sustancialmente verdadera. La expresa de un modo directo cuando afirma que somos criaturas de cognición, de pasión y de propósito: intentamos ordenar nuestros conocimientos y deseos de modo que nuestra vida tenga un sentido (cfr. p. 137). Insiste en que no hay que mirar sólo el comportamiento exterior, sino también el mundo interior, y principalmente desde un a perspectiva ética. Hemos de enseñar a los niños a ver hacia dentro y hacia fuera desde un punto de mira moral; a ver el valor ético de sus pensamientos y de su conducta (cfr. p. 47).
En varias ocasiones se califica de psiquiatra psicoanalista; sin embargo el planteamiento antropológico y ético que pone de manifiesto en este libro no responde a las características ideológicas de la escuela psicoanalítica. Su concepción del hombre no es materialista, ni mecanicista ni determinista. Mucho menos pansexualista. En el apartado 3 del capítulo II, dedicado a la adolescencia afirma que, para la mayoría de los adolescentes, los problemas que les preocupan no son los relacionados con el sexo —en contra de lo que muchas veces suponen los adultos, incluidos sus propios padres—, sino lo que se refiere al sentido de la vida (cfr. p. 201).
Fue alumno de Eric Erikson y conoció a Anna Freud, de la que conserva unas palabras que cita en tres momentos del libro. Las obras de esta autora contienen serios errores; pero las declaraciones que reproduce Coles no; no aportan nada significativo y resultan más bien confusas, pero no afirma nada que pueda calificarse de falso. Hace también referencias a otros autores de la escuela psicoanalítica americana. Pero da más valor a las afimaciones de una madre con sentido moral que a las de Melanie Klein o Anna Freud (cfr. pp. 100-101).
Su concepción moral, como la antropológica, es en sus líneas básicas verdadera. La vida buena es la de quien tiene las virtudes como guía para la acción. Sostiene que, para vivir las virtudes no basta tener conocimientos teóricos; hay que saber lo que son y querer vivirlas, porque atraen. Se consigue inculcar este modo de vivir en los niños si los adultos les dan un ejemplo auténtico, y si saben iluminar a los niños con su palabra en el momento oportuno. Aprecia mucho que las personas encuentren formas de vivir que realizan las virtudes (cfr. p. 151).
Las buenas cualidades que más se destacan son la generosidad y la preocupación por los demás; entre los defectos, el egoísmo, el ser jactancioso, el ir a la caza de alabanzas. Señala también como éticamente negativo dejarse llevar por los impulsos sin controlarlos. Insite en que hay que enseñar a vivir las virtudes con sencillez, en la vida diaria (cfr. pp. 30-33).
Es poco riguroso a la hora definir como distinguimos lo que nos gusta o desagrada, de lo que es bueno o malo; tampoco precisa cómo llegamos a saber que determinadas cualidades son virtudes o son vicios (cfr. pp. 44-45). Habla, en ocasiones “de la regla de oro de la moral” o del “ideal bíblico”, sin precisar más. De alguna manera entiende que las virtudes vividas son evidencias morales; las llama«hipótesis compartidas» (cfr. p. 47). Confía en el buen sentido moral y en la guía que puede proporcionar la religión; por eso aconseja a los padres que se fíen de la sabiduría de su propia confesión religiosa; hace referencia, sobre todo a la cristiana, la judía y la islámica.
Destaca mucho la influencia de los padres en la formación moral de los niños, porque sostiene que la fuente principal de enseñanza moral es el ejemplo, lo que se ve vivir día a día. Los niños son testigos de nuestra vida, y este testimonio es lo que los forma o los destruye. Los niños y los adolescentes necesitan tener a su lado adultos en los que realmente puedan apoyarse, en los que puedan confiar, con valores que sean creíbles, deseables y que les facilitan compartir su experiencia de vida (cfr. p. 82). Especialmente los adolescentes se preguntan “en qué creen” sus padres; cuando sus aspiraciones son de poca altura, a pesar de la apariencia de éxito, los hijos los desprecian (cfr. pp. 202 y ss.). Pero no hay que esperar a la adolescencia. Destaca la importancia de dedicar tiempo y atención a los niños desde que son pequeños. (cfr. p. 177). En la mayoría de las historias clínicas de niños y adolescentes con problemas, se encuentra padres ausentes o despegados (cfr. pp. 81-85).
Ha visto que los niños buscan saber cómo comportarse y que esperan llegar a saberlo mirando la conducta de los mayores. Se hacen preguntas éticas fuertes y esperan una respuesta de padres y profesores. Así fue entendiendo que la vida buena tiene que partir de un conocimiento moral, que los niños aprenden sobre todo viéndolo vivido, más que por enseñanzas teóricas. Hay que ayudarles también dialogando con ellos sobre lo que es bueno o malo; hay que suscitar en ellos cuestiones de conciencia, preocupación moral (cfr. p. 24). También ayuda la narrativa. En el Apéndice final (pp. 256-258) recomienda varios libros; entre ellos las obras de William Bennet, E libro de las virtudes (1993) y The Moral Compass: Stories of life”s Journey (1995); desde luego los clásicos de la literatura universal.
En varias ocasiones se refiere a la conciencia. En la p. 141 afirma: «La conciencia es la voz dentro de nosotros que ha oído realmente las voces de los demás (por supuesto, empezando por nuestros propios padres) y, por tanto, nos habla en murmullos, aunque a veces nos grita diciéndonos lo que debemos hacer y lo que no, guiándonos en nuestra forma de pensar y de actuar». Afirma que el sentido de lo bueno y de lo malo se forma gracias al testimonio de «padres y madres que están convencidos de lo que debe decirse y hacerse, y en qué circunstancias, así como de lo que es intolerable, de lo que no debe ser permitido en absoluto» (p. 83).
En el libro se hace referencia a Dios. Desde luego los niños le ponen de manifiesto que Dios cuenta en sus vidas. Sin embargo, no se ve que entienda que Él es el fundamento de la vida moral. Entre los casos que recoge, es significativo el de un niño de seis años, que mostraba claramente que, a esa edad, se puede entender que hay una relación entre Dios, el hombre y los planetas (cfr. pp. 137-141). También es expresiva la historia de Betsy (cfr. pp. 143-152). Ocasionalmente hace referencias positivas a acciones o actitudes religiosas, como la oración (cfr. p. 94).
Lamenta que en la sociedad norteamericana —sobre todo en los ambientes más acomodados y cultos— se esté perdiendo el sentido moral, que va siendo sustituido por un psicologismo que califica de retórico y vacío. Su propósito es, por eso, hacer valer su experiencia como psiquiatra para hacer ver la importancia del sentido de lo bueno y de lo malo, del sentido ético para la vida de toda persona. Señala que en los colegios se valora a los alumnos sólo en términos de inteligencia; él propone que los profesores se hagan también otro tipo de preguntas: si son generosos o egoístas, si prestan atención a los demás o están concentrados en sí mismos. Le alarma todavía más, ver a los padres contagiados por la mentalidad psicologista (cfr. pp. 117-118; 179-185; 212). Lo que es un problema moral se envuelve en jerga psicológica, evadiendo así enfrentarse con su verdadera naturaleza (cfr. p. 20). En concreto, los problemas que plantean muchos adolescentes que son enviados al psiquiatra se deben a que van a la deriva, sin ninguna convicción moral que los oriente (cfr. p. 72).
En muchas partes del libro reproduce palabras de niños y adolescentes: discusiones en clase, declaraciones de sus pacientes, diálogos de padres con los que se reúne regularmente. Se advierte que les ayuda a expresarse y a manifestar las cuestiones éticas que llevan dentro; pero se echa de menos que no dé una orientación explícita, cuando el caso lo requiere. Hay como una cierta contradicción entre este modo de proceder y lo que afirma varias veces: los niños necesitan una orientación moral, y la esperan de los adultos; con hechos y también con palabras. En cuanto los niños empiezan a hablar —dice— ya entienden los mensajes morales explícitos; y necesitan que se los den (cfr. pp. 117-118). Tampoco resulta acertado, en este sentido, el comentario a la película Una historia de Bronx (cfr. pp. 33-36). Hay algunos momentos en que la exposición es menos acertada o confusa. Concretamente, el análisis de algunos casos, por ejemplo, el de Tim (pp. 163-171) es poco claro.
Francisca R. Quiroga 26-X-2000 – BARCELONA, ESPAÑA

Fuente: conocereisdeverdad.org

Decálogo para educar al adolescente

El decálogo que ofrecemos a continuación puede ser una guía sencilla y eficaz, si somos capaces de aplicarlo. Está en línea con la psicología educativa positiva que practica desde hace tiempo el psicólogo Bernabé Tierno.

Jamás convertirse en otro adolescente, imitando sus actitudes desafiantes, su inmadurez, sus desplantes o sus malos modos. Hay que situarse en un nivel superior, dando a entender al educando que sólo le escucharemos si se comporta de la forma educada, respetuosa y tranquila con que nosotros lo hacemos.
Al adolescente le tranquiliza saber que los educadores también fuimos adolescentes y cómo nos comportábamos, los problemas que teníamos y las discusiones que manteníamos con nuestros padres. Tener con ellos estas confidencias ayuda a que nos cuenten sus problemas y nos vean más cercanos.
El adolescente necesita ejemplos vivos de calma, de autocontrol, de madurez y de capacidad de diálogo. Aprenderán a respetar y a ser coherentes de nuestro respeto y coherencia.
Darle ejemplo de empatía, de comprensión y de buen entendimiento, poniéndonos en su lugar y dándoles la razón en algunas cosas es primordial. El adolescente necesita sentirse valioso y capaz y que se lo reconozcamos los adultos.
Jamás se debe corregir en público a un adolescente, pues dado su gran sentido del ridículo, susceptibilidad e inmadurez y suspicacia no perdonaría jamás nuestra actitud. Mejor las reconvenciones en privado.
Hay que dejar “la pelota” de la responsabilidad en su campo; que tome sus decisiones y cargue con las consecuencias de sus actos es fundamental para que no pueda librarse de responsabilidades. Añadir a esto el que nos vean limitados y con defectos y que sepan que también los adultos nos equivocamos.
Dejarle claro al adolescente que le apreciamos y queremos incondicionalmente, pero que eso no significa que no le exijamos responsabilidad y autodisciplina. Tiene que aprender a hacer muchas cosas que no le gustan, pero son necesarias para su formación.
Formar hábitos desde la infancia: ser ordenado, hacer amigos, saber respetar, organizarse, ser responsable, etc. Hacerse cargo de sí mismo y estar al mando “de su propia vida”.
Enseñarle a buscar soluciones y alternativas, escucharles, ser dialogantes, llegar a pactos y acuerdos, encontrar siempre puntos de encuentro y jamás mostrarnos como en posesión de la verdad.
Esperar siempre lo mejor del adolescente, creer y confiar en él. Admitir sus críticas y puntos de vista sin perder la calma y jamás perder con ellos el sentido del humor.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2011-02-09

LA PÉRDIDA DE LA FE EN LOS ADOLESCENTES (I)

María Olabarri.

Es frecuente en colegios donde se imparte formación cristiana que un buen número de alumnos, cuando llega la adolescencia, dejen de practicar su fe.

Mi experiencia de casi 30 años como tutora de alumnas de Bachillerato me ha enseñado que el origen de este abandono no está principalmente en el ambiente que rodea a los jóvenes o en la influencia de los medios de comunicación. La causa fundamental son los propios padres de estos adolescentes.

Aunque siempre hay excepciones, observo año tras año lo siguiente:

1.- Generalmente, dejan de practicar los hijos de los padres que no practican. (1)

2.- La fe suele estar bien arraigada en aquellas alumnas cuyos padres son coherentes con su fe y se han implicado en la transmisión de la vida cristiana.

Quizá no merezca la pena añadir nada más a este artículo y dejar que quién lea reflexione sobre estos datos desnudos que ofrece la experiencia. Si son padres de Educación Infantil quizá se animen a tomar algunas decisiones.

Nota a pie de página

(1) Normalmente son matrimonios que conservan la fe y han buscado para sus hijos colegios católicos pero el ambiente familiar es demasiado neutro: apenas se habla de Dios que no forma parte con naturalidad del entorno de esa familia.

A los padres compete en primer lugar la transmisión en la fe y se comprueba que delegar en otros agentes como el colegio no da resultados satisfactorios . El colegio colabora pero es incapaz de suplir la labor de los padres.

Es imposible que un niño crea que es importante ir a Misa el domingo o recibir los sacramentos cuando ve que sus padres no ponen interés en ello.

Los niños oyen en los colegios: “Esto es muy importante”.

Los niños ven en sus casas aunque nadie lo dice explícitamente: “Esto realmente no es importante”.

Los niños concluyen: “En el colegio me enseñan la teoría pero no todo lo que aprendo es necesario practicarlo”

fuente: sontushijos.org

Blog, una película testimonial adolescente

El mundo adolescente cada vez más es llevado a nuestras pantallas bien para demostrarnos a que estan expuestos nuestros hijos. Así es “blog” una película basada en hechos reales de cómo el hastío de la vida de un adolescente puede llevarle a consecuencias que favorecen aún más su confusión y desorientación. Os dejamos con este trailer con el que pretendemos que esta reliadad nos despierte y nos ayude a encontrarnos con nuestros hijos antes de que la sociedad les eduque sin nuestra ayuda.

http://vinculos-psicologiayfamilia.blogspot.com/

Adolescentes: cuando el diálogo es imposible


El silencio, la rebeldía y las discusiones suelen ser un indicio de que los chavales reclaman que dejemos de tratarlos como a niños necesitados de protección.

La familia

Es un sistema formado por varias personas que tienen una relación duradera y que, a su vez, reciben influencias del entorno. Cada persona es un mundo y cada familia es un universo de relaciones entre mundos, por lo que es fácil que surjan conflictos.

¿Qué le está ocurriendo a su hijo y cómo está afectando a toda la familia?

Su hijo está en la ADOLESCENCIA. En esta etapa de la vida, se producen múltiples y profundos cambios en la persona, biológicos, psicológicos y del entorno social. Su hijo ha cambiado. Ya no es el niño que era, está en un proceso de maduración y de separación del entorno familiar, de ahí que su grupo de amigos sea tan importante para él en este momento.
Ustedes se preocupan por él, intentan hablarle, pero lo hacen utilizando las mismas pautas que han usado siempre y él se siente controlado, “salta” con mayor facilidad, se va de casa por más tiempo, habla menos con ustedes y muestra más rebeldía. Su preocupación aumenta y se repite la situación. Están metidos en un círculo vicioso del que no son capaces de salir.

¿Cómo pueden solucionar esta situación de crisis?

Lo que desea es volver a ser una familia feliz, es decir, superar esta crisis que están pasando y recuperar el equilibrio familiar. Para ello, antes de pasar a la acción, será necesario que reflexionen sobre:

¿Qué puede estar comunicando el comportamiento de su hijo?

Necesita desarrollarse individualmente, aprender a pensar y funcionar por sí mismo sobre las bases de sus propios valores y creencias.
Necesita la seguridad familiar pero desea tener mayor autonomía.
Necesita que determinadas normas, límites, pautas de actuación y creencias familiares cambien, se renueven.
Su hijo está pidiendo un cambio en las relaciones familiares pero, como no sabe cómo hacerlo, las cosas no cambian, se siente frustrado y expresa ese sentimiento actuando de manera agresiva o dejándoles de hablar.

¿Qué está comunicando el comportamiento de los padres?

Piense en las razones que los llevan a comportarse con su hijo del mismo modo que cuando era un niño:

- Puede que sea porque le sigan viendo como a un niño que necesita su protección.
- Puede que tengan miedo a la futura separación de su hijo.
- Puede que lo que les suceda sea que sienten inseguridad ante los “peligros” con los que se puede encontrar en la vida y estén ejerciendo un control mediante la utilización de normas rígidas.
- También es posible que se sigan comportando con su hijo de la misma forma que cuando era un niño porque no saben cómo hacerlo de otro modo.

ROMPER EL CÍRCULO

Podrán romper el círculo en el que están metidos cambiando su forma de comportarse con él. No pierdan más energía pensando que su hijo tiene que cambiar y sean ustedes los que cambien la dinámica familiar. ¿Cómo?

1 Para empezar, han de tener en cuenta que el cambio ha de producirse poco a poco.
2 No se dejen llevar por la ansiedad que les produce esta situación.
3 Cambien la forma de comunicarse con él.
4 Denle confianza.
5 Respeten sus espacios de intimidad.
6 No le hieran con palabras negativas.
7 Sean tolerantes con las nuevas formas de ver la vida, las nuevas creencias, los nuevos valores, las nuevas amistades que su hijo vaya teniendo.
8 Ustedes desean acercarse a su hijo. Háganlo compartiendo parte de su tiempo de ocio.
9 Si estos nuevos comportamientos no solucionan el problema, lo más recomendable sería que acudieran a una terapia familiar.

Julia Silva García. Psicóloga

Fuente: www.conmishijos.com

Pilar Guembe «Si a un hijo le pones un detective rompes la comunicación con él»

 

«El adolescente lleva dentro un nuevo ser que está acabando de madurar»

RAFA LÓPEZ -2008 Faro de Vigo

Psicopedagoga, orientadora y profesora de Filosofía en un instituto de Secundaria, Pilar Guembe es autora, junto con su marido, el escritor y doctor en Filosofía Carlos Goñi, de

“No me ralles”, un libro que, aporta claves para hablar con hijos adolescentes.

- Compara usted la adolescencia con un embarazo…

- Sí. Porque el adolescente, de alguna manera, lleva dentro un nuevo ser que está acabando de madurar. Por eso está raro, no se entiende a sí mismo y está contra el mundo. Tiene que hacer que salga su auténtico yo. Los padres tenemos que hacer de comadronas para ayudar en el parto, pero el que tiene que dar a luz a ese nuevo ser es el adolescente.

- Y al igual que las mujeres deben consultar al ginecólogo durante el embarazo, hay padres que llevan a sus hijos al psicólogo con los primeros contratiempos de la adolescencia. ¿Es esto correcto?

- Por supuesto que no. Qué mejor psicólogo que los padres. Luego están los profesores, y si la situación se torna más complicada, se puede recurrir a especialistas. Pero en un primer momento, no. Con padres y profesores bastaría.

- ¿Cuál es el motivo más frecuente de las discusiones entre padres y adolescentes?

- Las notas, las salidas, las nuevas tecnologías, los amigos… Hay para todos los gustos.

- En muchas familias, por una tradición machista, el padre queda exento de ayudar en las tareas domésticas. No es un buen ejemplo para los hijos…

- En estos casos la madre tiene un hijo más: además de los hijos, tienen al marido para involucrarle en esta faceta. Se trata de hacer familia y los padres tienen un papel muy importante como ejemplo para los hijos varones.

- Parece que en la actualidad los adolescentes disponen de más medios para aislarse de sus padres: el Messenger, el móvil, los videojuegos…

- Lo llamamos el “botellón electrónico”. Esta tecnología de comunicación nos aísla. Hay que intentar que el ordenador esté en una zona común, controlar el tiempo que se pasa frente a él, que el propio chico vea si eso le está limitando sus contactos sociales, si hace que cambie su carácter… Hay que tener en cuenta que los ordenadores se desenchufan. Hace unos días pasaba una encuesta a mis alumnos y quedó patente que el tiempo que pasan frente al ordenador se equipara con el tiempo de estudio.

- ¿La habitación de los hijos debe ser un…?

- ¿Un búnker? Evidentemente, no. Si tener este búnker les va a limitar, hay que eliminarlo. Hay que ser familia y hacer familia: enseñarles a compartir espacios en común, ver una película juntos, hacer una actividad juntos… Tienen que tener sus amigos, su intimidad y su espacio, pero si se hace bien, se enganchan. Debemos evitar que los adolescentes vayan por un lado y los padres por otro, que es muy triste.

- ¿Y dónde está el límite entre esa tutela deseable y unos “padres-policías”?

- Los “padres-policías” se están poniendo de moda ahora. Como hay tantos riesgos, tratamos a los hijos como sospechosos, y esto es muy negativo. Si te dedicas a investigarle e incluso le pones detectives rompes el poco hilo de comunicación con tu hijo, y es muy difícil de recuperar. La clave está en el diálogo desde pequeños: contar las cosas, lo bueno y lo malo, tanto padres como hijos. Lo que no se puede hacer es empezar a hablar con un hijo a los 15 años.

- Pero falta tiempo, se habla de la “generación llavero”: la de los hijos que tienen llaves de casa desde pequeños porque ambos progenitores trabajan.

- Eso ya ha pasado, ahora se habla de “hijos horizontales”: cuando los padres se van de casa están durmiendo, y cuando regresan vuelven a estar durmiendo. La mujer ha salido de casa a trabajar, pero el padre no ha entrado. Hay que poner medidas a todos los niveles para solucionar este gran vacío.

- ¿Qué hacer cuando un hijo de 14 años se empeña en ponerse un “piercing” o un tatuaje?

- Si lo hace es que está madurando correctamente, está “haciendo de hijo”. Y los padres tienen que “hacer de padres”. Si no les parece correcto, deben negociar, pactar, argumentar… Convencer, no vencer, razonando y hablando. Y cuando cumpla los 18 años podrá decidir.

- Como profesora, ¿considera generalizada la falta de respeto de los alumnos por los docentes?

- Siento decir que sí. Y no es que los docentes hayamos perdido autoridad: es que los padres la han perdido. Unos niños que hacen lo que quieren en casa, ¿cómo van a obedecer al profesor? Los padres nos han quitado esa autoridad a los profesores. Cuesta que el niño se esfuerce, pero son valores que hay que trabajar en casa.

- ¿Está de acuerdo con que un alumno pueda pasar curso con cuatro asignaturas suspendidas?

- Podría celebrarse toda una charla sobre este tema. Tiene sus pros y sus contras. Hay pocos alumnos a los que les vaya bien repetir, a no ser que haya sido una enfermedad o una situación especial. Pero a un chaval desmotivado a veces se le desmotiva más haciéndole repetir curso. Hay que hablar de cada alumno concreto.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2008-12-18