El ADN de la familia

 Explica mi amigo Pablo Prieto -conocido pensador contemporaneo- que el código genético de la familia viene dado por tres principios: aceptación incondicional, complementariedad sexual, y maternidad espiritual. Comprenderlos es indispensable para construir una auténtica sociedad y para remediar sus males.

1. La familia como comunión de personas

¿Qué clase de realidad humana es una familia? Se trata ante todo de una comunión de personas, es decir, un tipo de relación interpersonal concreta y precisa: no vale cualquier agrupación o consorcio humano, ni cualquier vínculo afectivo o jurídico de los muchos posibles. Podemos definir comunión de personas como aquella unión efectiva y afectiva que resulta de darse y recibirse por amor un determinado grupo de personas, empleando para ello el diálogo, el servicio mutuo y el intercambio de bienes. Hay diversos tipos, según sea la cultura que se comparte y la intensidad con que se vive. Entre ellas, la más perfecta de todas y como su paradigma es la familia. No quiere decir, obviamente, que en toda familia reine la concordia: por desgracia, como sabemos, ésta se echa en falta tantas veces. Significa más bien que los vínculos que se dan en la familia presentan un arraigo natural y un calado psicológico que los hace únicos. ¿En qué consiste esta estructura natural de la familia? ¿Cuáles son sus elementos perennes, más allá de sus innumerables modalidades y manifestaciones? ¿Qué distingue esta “comunión de personas” de todas las demás? La respuesta puede resumirse en tres principios, que se cumplen invariablemente en toda familia auténtica:

1) Aceptación incondicional.— Significa que la familia es el lugar por antonomasia donde se acepta a la persona no por lo que hace, dice, puede, quiere, sabe, etc, sino por ser quien es.

2) Maternidad espiritual.— Quiere decir que en el seno de la familia tiene lugar una apertura radical a la vida humana, que abarca todos sus aspectos: desarrollo físico, educación psicoafectiva, socialización, instrucción básica, etc., y que envuelve a todos sus miembros, incluidos los mismos padres. Podemos decir así que en la familia todo hombre está en cierto modo por nacer, vive un alumbramiento espiritual incesante, de modo que el hogar actúa como una madre grande: después de nacer de la madre-mujer, la persona necesita asumir su humanidad naciendo de la madre-hogar.

3) Complementariedad varón/mujer.— Se trata de aquella dimensión de la persona en virtud de la cual varón y mujer existen ordenados el uno al otro, y sólo alcanzan su plenitud asumiendo y valorando el sexo opuesto, cada uno según su particular vocación. La complementariedad pertenece a la estructura de la familia. Desde su raíz, que es el matrimonio, deriva hacia las demás relaciones intrafamiliares (padre-hija, madre-hijo, hermano-hermana), infundiéndoles respeto y admiración hacia el sexo opuesto. Esto no quiere decir, obviamente, que el modo de vivir la complementariedad en la relación conyugal sea el mismo que en las relaciones de filiación o fraternidad. En efecto, mientras que el pacto conyugal se establece en función de la complementariedad, las otras relaciones tienen lugar contando con ella, sin que este aspecto sea lo decisivo. En otras palabras, se cuenta con la condición sexuada pero respetando delicadamente la función sexual, que pertenece a la situación personal de cada uno. Lo que sí es relevante en la estructura de la familia es que en ella la complementariedad se vive como deuda innata con el sexo complementario y se aprende a ser varón o mujer, respetando, fomentando y celebrando el sexo diferente.

Estos tres principios son los que especifican la comunión de personas de que hablamos, faltando alguno de los cuales no hay, en rigor familia. No quiere decirse que las tres condiciones —incondicionalidad, maternidad y complementariedad— se cumplan siempre a la perfección, sino más bien que actúan como tendencias estables que subyacen a la multiforme actividad familiar organizándola de un modo peculiar.

2. La familia como célula de la sociedad

Es frecuente pensar la familia desde el Estado o la empresa cuando debería ser al revés. La familia es la sociedad primordial, la forma más natural y originaria de relacionarse las personas, y por tanto encierra como en germen todas las demás. Es lo que se expresa comúnmente con la fórmula “célula social”. Decir que la familia es célula implica concebir la sociedad como un cuerpo vivo, como un todo orgánico, incluso como una persona moral con su identidad e historia propias. En este sentido Cicerón la llama principium urbis et quasi seminarium rei publicae (De Officiis 1, 17, 54): principio de la ciudad y semillero de la vida pública.

A esta concepción clásica se opone diametralmente la idea ilustrada del contrato social, que entiende la sociedad como pacto o convención arbitraria. Más que a un cuerpo vivo, la sociedad-pacto se parece a una máquina anónima, científicamente manipulable, o bien a un supermercado al servicio de la libertad individualista. Desde este punto de vista la familia no posee más naturaleza que la que quiera atribuirle el Estado. En la práctica viene a ser un tipo de asociación peculiar cuya estructura interna inventan sus integrantes. Se habla así de “modelos de familia”, entre los cuales la “tradicional”, la de raíz matrimonial, sería una más.

Frente a esta postura decimonónica e intelectualista, la idea clásica de familia-célula sigue demostrándose más fiel a la realidad y más rica en contenido humano. Ofrece, por ejemplo, innumerables sugerencias para interpretar y renovar las instituciones sociales y las estructuras económicas. Análogamente a la célula biológica, hay en la familia como un código genético de toda la sociedad, en el cual es posible adivinar lo que es y lo que debe ser, y también cómo diagnosticar sus males y remediarlos.

3. La familia como sujeto unitario

Podemos considerar la familia hacia dentro o hacia fuera, según nos fijemos en su vida interna, las relaciones de sus miembros entre sí, o bien en su comportamiento en la sociedad como un sujeto común o persona moral. En esta última perspectiva es donde se pone de relieve su papel específico en el cuerpo social y sus derechos consiguientes. El Estado, en efecto, debe reconocerla como fuente insustituible de nuevas generaciones de ciudadanos, su servicio a la vida y a la salud, su acción benéfica en el campo de la economía y la cultura y, en suma, su inestimable acción civilizadora en todos ámbitos. Algunos de los derechos que de aquí derivan son concreción de los fundamentales, y por tanto inalienables, como los referentes a la vida, la educación y la libertad religiosa, y otros que explicitan y desarrollan los anteriores, como los específicos de la mujer, del niño y el anciano, o el derecho a un régimen fiscal adecuado, a una vivienda digna, etc.

Pero la subjetividad de la familia va más allá de sus manifestaciones jurídicas o políticas. Cada familia es, ante todo, ella misma; cada una tiene su biografía común, su estilo, su carácter, su talento peculiar, su enfermedad crónica; cada cual percibe su unidad interna y su tensión dramática de modo diverso; y en cada cual late un destino o vocación común que aúna a todos sus miembros y los compromete, que les exige fidelidad y les confiere fortaleza. Importa tenerlo en cuenta para juzgar sobre lo que es justo o conveniente en cada familia según unas determinadas circunstancias. De otro modo caeríamos fácilmente en la simplificación sociológica y estadística, tan frecuente hoy, que pasa por alto tantos matices y calidades que distinguen a las familias entre sí.

4. La familia como tarea: las artes domésticas

Vista hacia dentro, en su actividad interna y sus relaciones íntimas, la familia es hogar. Podríamos definir hogar como la forma de vida propia de la familia, su modo concreto de existir y realizarse históricamente. El hogar se configura como un cuerpo vivo, con estilo y personalidad propios, que palpita en cada uno de sus miembros, crece y evoluciona con ellos, asimila sus diferencias mediante el diálogo, se adapta a los avatares de cada vida biografía, comparte alegrías y penas orientándolas al fin común, etc.

Todo ello tiene lugar mediante un variadísimo abanico de actividades informadas por un espíritu común: son lo que llamamos comúnmente tareas domésticas. Es frecuente definirlas en términos sociológicos, poniendo de relieve sus semejanzas con una empresa. Pero esta postura, a nuestro juicio, es un error, pues simplifica drásticamente su naturaleza. Al fin y al cabo es la empresa la que debería configurarse según el hogar, y no al revés. Por otro lado las categorías domésticas aún no se encuentran bien perfiladas desde el punto de vista antropológico, por lo que resulta difícil hablar de ellas con precisión. Por consiguiente hemos de conformarnos, si no con una definición de las tareas domésticas, al menos con una descripción lo más amplia posible. Digamos, pues, que son aquella compleja trama de servicios, competencias, destrezas, costumbres, encargos, tradiciones, ritos, etc., con los cuales el hogar toma conciencia de sí, se une orgánicamente, mantiene su continuidad histórica y celebra su hermosura.

Por ser signo y fruto de la familia, estas tareas llevan como el sello de la comunión de personas y se inspiran, consciente o inconscientemente, en los tres principios enumerados antes: incondicionalidad, maternidad y complementariedad:

a) En virtud del principio de aceptación incondicional, las tareas domésticas poseen un carácter dialogal: en ellas es mucho más lo que se dice que lo que se hace. Se inscriben en una relación de tú a tú, en que los miembros tienen un nombre y un rostro bien concretos. Mediante los usos y objetos domésticos se entabla así una conversación incesante, modulada según los espacios, ritmos, calidades, sabores y sonidos característicos del hogar, en la cual se dice sin palabras: “tú aquí eres tú mismo, vales por ser quien eres”. La traducción práctica de este mensaje es, en el sentido más auténtico de la palabra, servicio. El servicio en el hogar nunca es servil, degradante o alienante, ni siquiera es un servicio exclusivamente profesional, sino que es la respuesta cabal y exacta a la dignidad de la persona. Requiere por eso mismo creatividad e ingenio, porque la persona es de suyo inabarcable e incesante, reclama excelencia moral y estética: la persona como tal sólo puede expresarse artísticamente. Por otro lado, esta aceptación no sería del todo incondicional, y por tanto el servicio no sería del todo pleno, si no fuera recíproco: “te acepto por ser quien eres porque sé que tú me aceptas por ser quien soy”. Aunque por desgracia muy olvidada, la reciprocidad es un rasgo genuino de las tareas domésticas que deriva de su índole comunitaria. Significa que, a los servicios domésticos la persona debe responder con otros, también domésticos, aunque no sean exactamente los mismos. No basta al marido con “traer dinero a casa” —lo que sin duda es un gran servicio—, sino que debe “entrar” en la conversación doméstica cuyo idioma peculiar son las “cosas de la casa”, las labores del hogar.

b) Según el principio de maternidad espiritual, todas las tareas domésticas se inscriben en aquel ámbito de valores que Juan Pablo II ha denominado genealogía de la persona (Carta a las Familias 9). Esta expresión significa que la procreación humana nunca es puro proceso biológico, sino que instaura una auténtica relación personal, un diálogo entre los padres y el hijo: transmitir la vida es llamar a alguien de tú. Y este mismo diálogo es el que prosigue con la educación y se despliega, en general, en la vida familiar. A esta luz es como las tareas domésticas adquieren su verdadero valor, como el modo en que se concreta y desenvuelve este alumbramiento integral, que es el hogar. Mediante ellas, en efecto, es nuestra humanidad lo que asumimos como tarea y, por decirlo así, insistimos en nacer. Esta virtud materna de las tareas domésticas adquiere especial transparencia en la persona de la madre. Es lógico, pues, que ella asuma un papel especial en la planificación y supervisión de este trabajo, o al menos en su inspiración remota, sin que ello implique cargar con todo en la práctica. Se trata de conciliar el plano simbólico, en que la mujer funciona como representante y alma del hogar, y el plano práctico, en el cual estas tareas incumben a toda la familia, como sujeto comunitario. El discernimiento y equilibrio de ambos planos, como sabemos, no es nada fácil, y su confusión ocasiona graves perjuicios para la convivencia familiar y dolorosas incomprensiones para la mujer.

c) El principio de complementariedad informa las artes domésticas en cuanto que entrañan una pedagogía de la condición sexuada. A través de ellas, en efecto, hombres y mujeres aprenden a tratarse como tales, y satisfacen con obras la deuda innata por la que están ordenados recíprocamente. Este principio deriva de su sujeto comunitario, que es la familia, y preside el modo de distribuir las tareas, compartirlas y ejecutarlas. De acuerdo con él, el intercambio de tareas se realiza teniendo en cuenta, no sólo las circunstancias externas del sujeto, sino también las peculiaridades físicas y psicológicas de cada sexo, su distinto genio y sensibilidad. Cobra especial relieve en las tareas que afectan a la intimidad corporal, como el cuidado de la ropa, los objetos y lugares de aseo, la educación psicoafectiva, etc. En este ámbito el principio de complementariedad se manifiesta en el cultivo del pudor, que es expresión de respeto y admiración mutua.

Estos rasgos son los que configuran, a nuestro juicio, la fisonomía de las labores domésticas desde una óptica personalista. Son el presupuesto antropológico para una consideración propiamente espiritual. A la luz de la fe el hogar, con las tareas que le son propias, aparece como signo y antesala de la otra familia, la de Dios: la comunión con el Padre, en el Hijo por el Espíritu Santo. En ella ingresamos, paulatina y misteriosamente, cuando nos ocupamos con espíritu de fe de las cosas de la casa.

NOTA BIBLIOGRÁFICA

JUAN PABLO II, Hombre y mujer lo creó (alocuciones sobre Teología del cuerpo), Ediciones Cristiandad, Madrid 2000; Carta a las mujeres, 29 junio 1995; Carta Apostólica Mulieris dignitatem, 15 agosto 1998;

STEIN, Edith, La mujer : su papel según la naturaleza y la gracia, ed. Palabra, Madrid 1998;

SCOLA, Angelo, Identidad y diferencia. La relación hombre-mujer, ed. Encuentro, Madrid 1989;

YANGÜAS, José María, El significado esponsal de la sexualidad humana, ed. Rialp, Madrid 2001;

MOUNIER, Emmanuel, El personalismo, ed. Acción Cultural Cristiana, Madrid 1997;

CASTILLA, Blanca, La complementariedad varón-mujer. Nuevas hipótesis, ed. Rialp, Madrid 1993;

DÍAZ, Carlos, La persona como don, ed. Desclée de Brouwer, Bilbao 2001.

fuente: /familiaenconstruccion.blogspot.com