ADICTOS A LA MARCHA NOCTURNA

 

Un estudio sobre el ocio de jóvenes y adolescentes

Aceprensa (extracto)

Pasar la noche entera, o casi, “de marcha” se ha convertido en la opción preferida de ocio para muchos jóvenes y adolescentes, como cualquiera puede observar y un reciente estudio corrobora en España. Tales planes suelen incluir excesos en la bebida, y a veces droga, sexo esporádico, peleas o accidentes. Esto invita a plantearse cómo proponer a los jóvenes otras formas más seguras de divertirse.

El atractivo de la noche

En primer lugar, “la noche se les presenta como espacio para la experimentación”.

Les atrae porque diluye los límites y relaja las responsabilidades. No hay control de los padres, no hay que dar cuenta de lo que se hace, todo está permitido. Los defectos se difuminan, se aparcan los deberes y se puede ser lo que no se es durante el día.

Creen encontrar ahí la libertad recién descubierta y la quieren estrenar a toda costa. Les permite bailar, beber, desinhibirse, probar nuevas experiencias, ser otros durante unas horas, relacionarse sin poner en juego nada más que la epidermis… Los tímidos se vuelven osados; los rechazados se sienten queridos; los solitarios, acompañados; los menos agraciados se ven guapos; los inseguros cobran seguridad; los antipáticos parecen simpáticos; los inocentes pierden la inocencia.

El ocio nocturno se resuelve generalmente en una discoteca o un disco-bar. Esos locales están hechos para enmarañar tos sentidos y adormecer la razón y, así, dejar a los chicos y chicas al vaivén de los instintos. Las luces relampagueantes anulan la vista; la música estridente, el oído; el alcohol anula el gusto y el habla; el ambiente cargado, el olfato, y la aglomeración de cuerpos, el tacto. El contacto físico sustituye a las palabras: en una pista de baile hay poco que decir.

Doctor Jeckyll y Mister Hyde

En segundo lugar, los jóvenes perciben la marcha nocturna “como fractura en la rutina cotidiana”.

Viven pensando en que llegue el viernes para arrojar todo por la borda y divertirse hasta que el cuerpo aguante. Dividen la semana en dos: los días de labor, donde hay que someterse a la disciplina cotidiana, ir al cole o a trabajar; y el finde o weekend, cuando son libres y dueños de su tiempo.

Todos esos jóvenes y adolescentes viven una auténtica esquizofrenia: son Doctor Jeckyll entre semana y Mister Hyde los fines de semana. Y la verdad es que, en muchos casos, poco tiene que ver la imagen que dan en el aula o en casa con la que muestran fuera.

Se sienten ellos mismos cuando son Mr. Hyde, en esos momentos de ocio donde reina el “buen rollo” y desaparecen las preocupaciones, los deberes, las obligaciones y las normas.

Peligroso viaje de exploración

Tercero, los adolescentes ven el salir de noche “como instrumento esencial en la búsqueda de una identidad personal y grupal”.

El adolescente siente que traspasa una frontera que separa dos mundos: el familiar, dependiente e infantil, del social, independiente y juvenil. Si el primer mundo le aporta seguridad, bienestar y afectividad, el segundo le da la oportunidad de correr riesgos, de divertirse y de probar nuevos sentimientos.

Van a la aventura, a ver qué hay, a ver qué pasa. El adolescente que sale de noche busca nuevas experiencias que le ayuden a identificarse a sí mismo. Quiere saber quién es y qué rol le corresponde dentro del grupo, y para eso la noche le proporciona todo un campo de experimentación.

El problema es que ese viaje de exploración resulta peligroso y los adolescentes asumen sin reflexión alguna demasiados riesgos. Embriaguez, drogas, peleas, relaciones sexuales… se ven “por la noche” como actividades ampliamente normalizadas.

Cumplen las expectativas

Un cuarto motivo por el que el ocio nocturno tiene tanta trascendencia para los jóvenes: salir de marcha lo perciben “incluso como oportunidad de ejercicio de los tópicos que la sociedad adulta espera del joven”. Se limitan a cumplir las expectativas que los adultos tienen sobre ellos.

Este es el motivo más significativo de los cuatro. Los tres primeros son comprensibles: lo que muchos adolescentes y jóvenes perciben es que esperamos de ellos que hagan lo que hacen.

Pilar Guembe y Carlos Goñi

La orientación familiar, una demanda en auge

Juan Meseguer Velasco – Aceprensa, 17 de mayo 2010. La perplejidad ante los nuevos problemas que afectan hoy a niñas y niños está provocando que muchos padres jóvenes recurran a los consejos de los expertos. José Miguel Cubillo, psicólogo, arquitecto y presidente de Aula Familiar, ofrece algunas claves para entender esta tendencia.

El que unos padres acudan a un especialista en matrimonio y familia es algo muy recomendable, siempre y cuando eso no les paralice ni les meta el miedo a educar de acuerdo con sus propias experiencias y su sentido común.

La función del orientador familiar, explica Cubillo, es despertar la iniciativa de los padres para que sean ellos quienes definan su propio estilo de vida familiar. Además, el orientador ofrece conocimientos, criterios de orientación y técnicas educativas. Pero, al final, son los padres los que han de decidir lo que conviene a sus hijos en cada caso.

Este es uno de los principios que guía a Aula Familiar (www.aulafamiliar.org), un centro de orientación familiar fundado en 1973 con el asesoramiento del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Navarra.

Aula Familiar, con sede en Madrid, es miembro fundador del Instituto de Iniciativas de Orientación Familiar (IIOF), el cual está integrado en la International Federation for Family Development (IFFD), con estatus consultivo ante Naciones Unidas.Hoy cada vez es más frecuente que se recurra a la ayuda de expertos para educar a los hijos. ¿A qué atribuye esta tendencia?

En parte se explica por la influencia que están teniendo una serie de ideas en la cultura actual. Quizá la más extendida es que los padres no están suficientemente capacitados para educar a sus hijos; razón por la cual tendrían que acudir a pedagogos, psicólogos, profesores o trabajadores sociales.

En este ambiente, uno puede llegar a creerse –sobre todo, si se deja llevar por la comodidad– que la educación de los hijos corresponde a los expertos. De esta manera, se va generando en los padres una especie de falta de autoestima; los padres se sienten cada vez más inseguros. Y, como consecuencia de ello, el papel de la familia como agente educativo se va difuminando.

Para contrarrestar este modo de pensar, nosotros procuramos que las familias sean conscientes de la misión insustituible que les corresponde. Damos a los padres conocimientos y técnicas para que sean ellos quienes se decidan a buscar y aplicar soluciones. Cada familia es soberana.En los últimos años, varias cadenas de televisión han lanzado programas para ayudar a los padres en su tarea educativa: “Supernanny”, “SOS Adolescentes”, “Padres, hijos y escuela” o “Generación Ni-Ni”. A juzgar por el éxito de estos programas, da la impresión de que estamos ante una auténtica demanda social.

Efectivamente, la demanda va en aumento, al igual que algunos problemas sociales serios: agresiones de hijos a padres, agresiones de alumnos a profesores… Si unos padres renuncian a ejercer su autoridad para educar a sus hijos, es probable que surjan problemas de convivencia familiar. Y entonces, cuando se ven superados, acuden a los expertos como si ellos tuvieran soluciones mágicas.

Algunos programas de los que has citado pueden fomentar implícitamente la pasividad de los padres. Dado que el experto del programa tiene éxito al resolver los problemas planteados en la televisión, puede parecer que basta con aplicar un puñado de técnicas para que todo salga bien. Existe el riesgo de que los padres pasen por alto que cada problema es único.

Es muy positivo conocer los avances de la psicología, la pedagogía y de otras disciplinas. Pero debemos evitar el error de pensar que la ciencia produce por sí misma la virtud. En realidad, nos hacemos buenos y enseñamos a nuestros hijos a hacerse buenos obrando el bien.A diferencia de la mediación familiar, centrada en la resolución de conflictos que ya se han producido, la orientación familiar trata de prevenirlos. Pero, ¿no le parece que las personas reaccionamos de manera distinta en tiempo de crisis que en tiempos de calma?

Es cierto que ponerse a resolver problemas en medio de una tempestad es mucho más costoso y difícil que hacerlo con buen tiempo. Por eso es tan importante tener iniciativa y saber adelantarse. En general, los problemas familiares son muy parecidos. La diferencia básica entre una familia y otra está en la forma en que cada una vive las temporadas de calma y en el modo en que afrontan los problemas cuando llegan.

El primer aspecto es decisivo. Muchas familias dejan pasar oportunidades de mejora cuando no hay problemas acuciantes; se vive de un modo pasivo, sin fijarse metas concretas y sin actuar para alcanzarlas. Otras familias, en cambio, se caracterizan por almacenar recursos para las temporadas de escasez. Tienen metas definidas y las persiguen de forma activa. Cuando llegan los problemas, similares a los de las demás familias, se encuentran en muy buenas condiciones para resolverlos.