La importancia de los abuelos

Los Abuelos: Constructores de Felicidad Familiar

Hoy, festividad de San Joaquín y Santa Ana, los abuelos de Jesús, es un día privilegiado para felicitar y agradecer a nuestros mayores tanta vida como nos regalan y tanto bien como nos muestran. En nuestra sociedad actual en la que las prisas ahogan el tiempo, y la eficacia y la utilidad se han enarbolado como los únicos criterios de valor, parece que nuestros abuelos no tienen nada que aportar y son relegados al silencio y la soledad.

Por ello, la festividad que celebramos es también un momento idóneo para recordar que la ancianidad es el sello indeleble de una experiencia curtida por los años, del peso específico que aporta el recorrido de la vida, el suelo firme de saberse enriquecido por la historia. La ancianidad, lejos de ser una “carga” o un “estorbo”, es el regalo que fecunda de madurez la vida familiar y las relaciones interpersonales, superando con creces el materialismo absurdo y el consumismo alienante. Nuestros abuelos posibilitan que la ternura y la paciencia venzan al pragmatismo egoísta.

Tal y como nos recuerda D. Juan José Asenjo, Arzobispo de Sevilla, en una preciosa carta pastoral escrita con motivo de esta celebración: «Los abuelos nos están diciendo que hay aspectos de la vida, como los valores humanos, culturales, morales y religiosos, que no se miden con criterios económicos o de productividad. Los abuelos, por otra parte, aportan a la familia los “carismas” propios de su edad, el sentido de la historia y de la propia identidad, la experiencia y el valor de las relaciones interpersonales». En la misma comunicación, D. Juan José hace suyas las palabras del Papa Benedicto XVI: «Ellos (los abuelos) pueden ser, y lo son tantas veces, los garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir. Ellos dan a los pequeños la perspectiva del tiempo, son memoria y riqueza de las familias. Ojalá que bajo ningún concepto sean excluidos del círculo familiar. Son un tesoro que no podemos arrebatar a las nuevas generaciones, sobre todo cuando dan testimonio de fe ante la cercanía de la muerte».

Sin duda, tenemos motivos más que suficiente para seguir dando gracias a Dios por la vida de nuestros mayores y su importante función irrenunciable en la familia y la sociedad. Parafraseando a Juan Pablo II podemos afirmar que el don de la vida, a pesar de la fatiga y el dolor, es demasiado bello y precioso para que nos cansemos de él.

De manera que en la festividad de San Joaquín y Santa Ana, no sólo debemos felicitar a los abuelos, sino también animarles a que no se cansen de regalarnos el don de su ancianidad.

Fuente: bpf.laiconet.es

El encanto de la vejez

«Al atardecer se levantará para ti una especie de luz meridiana, y cuando creyeres que estás acabado, te levantarás cual estrella matinal. Estarás lleno de confianza por la esperanza que te aguarda»(Job 11, 17-18)

SER ANCIANO implica haber vivido una prolongada existencia, encontrarse al final de un largo viaje, quizá demasiado cansado. La ancianidad es también tiempo de despedidas. Las cosas y los afanes le van dejando a uno. También la gente querida que ha partido antes que nosotros. Con frecuencia, como recuerda Ovidio, se siente el abandono de quienes más nos debían. La ancianidad es antesala natural de la muerte y del juicio divino; antesala, según el plan de Dios, del gozo y descanso eternos. Pero no se puede olvidar que la ancianidad pertenece todavía al tiempo del peregrinaje terreno. Es, por tanto, tiempo de prueba, tiempo de hacer el bien, tiempo de labrar nuestro destino eterno, tiempo de siembra. No puede concebirse la vejez como una época fácil de nuestra vida. A los trabajos propios del peregrinaje sobre la tierra —eso es la vida humana— se suman la progresiva pérdida de fuerzas, la inercia de cuanto se ha obrado anteriormente, los característicos defectos de la vejez contra los que es necesario luchar, los inconvenientes que plantea este siglo nuestro tan inhumano.

Es inevitable envejecer; pero no se puede ser buen anciano —y son tan necesarios— sin mucha gracia de Dios y sin una continua lucha personal. Por ello, la vejez, que es tiempo de serena recogida de frutos, puede ser también tiempo de naufragios. Se atribuye al general De Gaulle esta descripción amarga de la ancianidad: «La vejez es un naufragio.» La frase debe calificarse en ocasiones como de muy justa. No es sólo un naufragio de las fuerzas físicas o una disminución paulatina de las mismas fuerzas morales: inteligencia y voluntad. Es un naufragio de todo el hombre. Digamos que en la vejez puede revelarse con todas sus fuerzas —y sin piadosas vendas que lo oculten—el naufragio de toda una vida. Tantas veces el estrepitoso derrumbamiento moral de la vejez muestra que se naufragó en la adolescencia, en la juventud, en la madurez. Metido en la corriente de la vida, se intentó almacenar, como el cocodrilo, las pequeñas piezas cobradas en sórdidas cacerías, y el paso del tiempo lo único que hace es difundir su olor a podrido.

En oposición a la adolescencia —que es tiempo de promesas y de esperanzas, tiempo en que el ensueño desdibuja los perfiles de las cosas y de las acciones—, la ancianidad es tiempo de recuento, de verdad desnuda, de examen de conciencia. Y aquí radica no poco de su utilidad y de su grandeza. Digamos que la misma debilidad de la vejez es su mayor fuerza y, a una mirada cristiana, uno de sus principales encantos.

Y no es que sea aceptable la concepción heideggeriana del hombre como un ser-para-la-muerte, un ser que alcanzase su realización en la propia destrucción. Quédese esto para quienes conciben al hombre como un ser vomitado con la amargura de quien se cree hijo del azar y no de una omnipotente y amable sabiduría creadora. E1 hombre no es fruto del azar. Su misma estructura material ha sido delineada por la sabiduría amorosa del Creador; infundióle Dios un alma inmortal, capaz de conocer y de amar trascendiendo lo efímero, capaz de desear una vida y un amor eternos. El hombre fue creado para vivir, y no para envejecer o morir.

Y. sin embargo, la misma debilidad de la vejez —que es un mal, en cuanto que es carencia de vida— es su mayor fuerza. Lejanos ya los sueños de la adolescencia y los delirios de la juventud, el anciano puede enfrentarse a la verdad con una sobriedad y con un realismo superiores a los de las demás épocas de la vida. Se hace así más fácil descubrir con una nueva nitidez lo que es importante y lo que es intrascendente, distinguir lo fugaz de lo que permanece. La ancianidad pertenece al ciclo vital humano. Antesala de la muerte, la vejez prepara para el encuentro definitivo con Dios, para ese juicio divino que va a recaer sobre toda nuestra existencia.

La debilidad inherente a la vejez ayuda a despojarse de todo vano afán, de toda estúpida soberbia. Si a lo largo de la existencia el hombre superficial ha podido olvidarse de su humilde origen, de que ha sido hecho, de que es una débil criatura, la vejez le otorga una oportunidad inmejorable para volver al sentido común, a la contemplación de las realidades elementales. La ancianidad facilita el cumplimiento de aquella primera regla del ideal apolíneo —conócete a ti mismo—, expresión que en su sentido inicial quería decir: conoce tus limitaciones, tu condición mortal respecto a los inmortales, para que no te rebeles contra ellos. En definitiva, es buena época la ancianidad para que Dios siga colmando aquel deseo suplicante que formulaba San Agustín: Domine, noverim me, noverim te; que me conozca a mí, que te conozca a Ti, Señor.

La ancianidad es tiempo de recoger frutos y tiempo de siembra. Siendo un mal, Dios la ha permitido, porque de ella pueden surgir bienes superiores. E1 dolor, la soledad, la sensación de impotencia, se convierten —tantas veces— en imprescindible colirio para curar los ojos del alma y abrirlos a las realidades trascendentes. También la ancianidad está bajo la mano providente y amorosa de nuestro Padre Dios.

La medicina divina es enérgica, pero el hombre sigue siendo hombre y libre: puede no aprovecharla. Es posible que quien naufragó a lo largo de toda su vida naufrague también en esta última época, ya cercana la última batalla entre el pecado y Dios, en que se juega la suerte eterna. El proceso de involución, que se inició con el primer pecado y que ha podido irse acelerando —generalmente por la pereza y la soberbia—, puede seguir avanzando, y la egolatría terminar en un lamento estéril por el ídolo caído. Se avanzaría así, casi inexorablemente, hacia el endurecimiento total del corazón, precursor del infierno. Y es que la ancianidad, como toda época de la vida, puede ser bien vivida o mal vivida; pero es una época quizá fatigosa —¿cuál no lo es?—, en la que Dios nos espera, nos asiste, llama a la puerta de nuestro corazón, y en la que tiene más importancia de lo que a veces sospechamos la respuesta de nuestras libres decisiones.

No es la vejez una época vacía o inútil. Es época de lucha ascética, de heroísmo, de santidad. A pesar de la decadencia física, la gracia de Dios rejuvenece el alma con fuerzas sobrenaturales, hacienda la santidad tan asequible como en la adolescencia.

Pero decíamos que, a una mirada cristiana, la ancianidad tiene un encanto especial, como la niñez, la enfermedad o la pobreza. En efecto, si cada hombre es Cristo, los débiles lo son especialmente. Dios, que es misericordioso con todas sus criaturas, siente una ternura especial por las más desamparadas. Los enfermos, los niños, los ancianos son de una forma especial el mismo Cristo que nos sale al encuentro. Resuenan con fuerza eterna aquellas palabras del Maestro en la descripción del juicio final: «Venid, benditos de mi Padre, entrad a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber (…); estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; (…) En verdad os digo, cuantas veces se lo habéis hecho a uno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt. 25, 34-40)

Los ancianos constituyen en realidad una parte importante del tesoro humano y sobrenatural de la humanidad entera. La picaresca de un mundo deshumanizado —precio inherente al ateísmo— se esfuerza en poner de relieve que los ancianos son una carga, subrayando sus defectos. A este triste materialismo hedonista sólo hay un yugo que no le parece insoportable: la esclavitud a placeres desnaturalizados en un frenesí cada vez más insaciable.

No es verdad que los ancianos sean inútiles o constituyan una carga difícil de soportar, aunque a veces su misma debilidad material les convierta en ocasión de que los hombres y la sociedad entera practiquen con ellos la virtud de la caridad en cumplimiento de unas dulces obligaciones que, casi siempre, dimanan de estricta justicia. ¡Ellos, en cambio, aportan tantas cosas con su presencia! Nos dieron mucho, cuando se encontraban en plena fuerza; nos lo dan ahora, en el ocaso de su vida, con su presencia venerable, con su sufrimiento silencioso, con su palabra acogedora. Privar a la humanidad de los ancianos sería tan bárbaro como privarle de los niños. Dios cuenta con los ancianos para el bien de todos nosotros. Ellos son útiles en tantas cosas humanas; son útiles, sobre todo, en el aspecto sobrenatural. Forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y lo enriquecen con su santidad, con su oración, con sus sacrificios. Si ninguna vida es inútil a los ojos de Dios, mucho menos puede serlo la de aquellos que sufren física o moralmente. Estas vidas, en las que se refleja con especial vigor la Cruz de Cristo, adquieren a la mirada divina un relieve y un valor inexpresables.

Los ancianos, vivificados par la gracia de Dios, pueden ejercer ese «sacerdocio real» de que habla San Pedro (1 Pedr 2, 5 ), ofreciendo su vida —unidos a Cristo— como acción de gracias, como impetración, como reparación. La vida, entonces, se ennoblece, y el alma descubre horizontes de universalidad insospechados. Se puede palpar lo certero de esta afirmación de monseñor Escrivá de Balaguer: «Si sientes la Comunión de los Santos —si la vives— serás gustosamente hombre penitente. Y entenderás que la penitencia es gaudium etsi laboriosum —alegría, aunque trabajosa—, y te sentirás aliado de todas las almas penitentes que han sido, y son y serán» (Camino, n. 548~.

Es la vejez tiempo de sufrimiento, tiempo de santidad, tiempo de hacer el bien. Es la vejez, también, tiempo de despedida; y en las despedidas se suelen decir las cosas más importantes. No es la vejez —no puede ser— tiempo de jubilación en lo que se refiere a la ayuda humana y sobrenatural a los demás. Aunque las circunstancias han cambiado, permanecen en su sustancia las mismas obligaciones y los mismos lazos entrañables que fuimos adquiriendo durante la vida. Ningún bien nacido puede recordar a sus padres, ya ancianos, sin conmoverse. Cuando la muerte nos los arrebata, sentimos una irreparable pérdida, nos duele la orfandad, aunque les sabemos en el cielo. No es sólo la sensación lógica de haber perdido la tierra donde hundíamos nuestras raíces; es, por encima de eso, el claro convencimiento de que con ellos se nos ha ido el cariño más desinteresado, de que hemos perdido nuestra mejor custodia. Nos damos cuenta, quizá demasiado tarde, de que, a pesar de su invalidez, eran nuestro mejor tesoro, de que con su presencia nos hacían mucho bien. Nos conforta la seguridad de que, ahora de una forma invisible, nos siguen custodiando desde el cielo, de que conservamos los mismos vínculos, ahora más queridos y beneficiosos. Y nos queda el orgullo de que en ningún momento, ni siquiera en los de su mayor postración, nos fueron inútiles. Su rostro deseado, surcado por las arrugas de tantos sufrimientos, es ahora una de esas pequeñas luces que iluminan indeficientemente la noche de nuestra vida. De su mano —que antaño nos enseñó a andar— y de la mano de Santa María, que es Madre del Amor Hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza (cfr Eccli. 24, 24), podemos aprender —aún en nuestra misma ancianidad— esas lecciones que son las que más importan, las que orientan toda la vida hacia su verdadero centro: hacia esa Hermosura, esa Bondad y ese Poder indeficientes de nuestro Padre-Dios; hacia esa fecundidad del espíritu que no mengua cuando el vigor de la carne muere.

fuente: arvo.net

La oración de los abuelos

Querido Papá DIOS:

Te llamo así porque mis abuelos me han enseñado que TÚ eres mi papá grande, que estás en el Cielo.

Dentro de unos días, me han dicho en la “guarde” que va a ser el día de los ABUELOS ; por eso quiero pedirte ayuda para que entre los dos, les hagamos un buen regalo. Yo los quiero mucho porque cuidan de mí cuando mis padres no están, ya que trabajan; me llevan al cole, juegan conmigo, atan los cordones de los zapatos, me dan de comer, me sacan de paseo y a veces cuando no me porto bien, me regañan con dulzura. Me cuentan muchas historias sobre tí y también sobe tu mamá ; dicen ellos, que una vez te fuistes sin decirles nada y les distes un buen susto te regañaron lo mismo que hace mi máma cuando no le obedezco.

Cuando llega la Navidad, mis abuelos están pendientes de que todos estemos reunidos porque que va a nacer tu HIJO, como el hermanito que está esperando mi mamá; en sus caras veo una gran alegría y creo que el mejor regalo de esas fechas, es el estar con ellos.

En la Semana Santa, me llevan a ver las procesiones y me explican qué significa cada trono y lo que representa; a mí me encanta tocar la campanilla, dice mi abuelo que el año que viene voy a salir, pero no lo sé ya que soy pequeña.

Por todo esto, yo te pido que los cuides siempre como a todos los abuelos . Ayúdame para que yo les dé muchas alegrías, sería el mejor regalo ¿ qué te parece? Y esto que dure muchos años.

Te doy gracias por tenerlos, porque sé que tú tambien los quieres.

 Cristobal Albandea y Esperanza Moreno abuelos pastoral prematrimonial

Fuente:bpf.laiconet.es

Los esposos y sus padres

(Por Fernando Pascual, Colaborador de Mujer Nueva, 2009-09-28)

Después de un camino más o menos largo para reflexionar y dialogar, el amor lleva al gran día del matrimonio. Desde ese momento, inician una serie de ajustes y de cambios en muchas dimensiones para la pareja. También en lo que se refieren a las relaciones entre las dos nuevas familias.

El esposo entra en relación con los padres de la esposa y, si los hay, con sus hermanos. La esposa también entra en relación con los padres del esposo y sus hermanos. Vale la pena fijarnos en las relaciones con los padres, por la importancia que tienen en la vida de cada matrimonio.

El amor matrimonial culmina y se perfecciona en la donación completa al otro, a la otra. A la vez, los esposos siguen siendo hijos, con deberes de gratitud y de asistencia hacia los respectivos padres vivientes.

Es frecuente que surjan conflictos y tensiones entre estos dos niveles de relación, esponsal y parental. La casuística puede ser enorme, y existen muchas maneras de afrontarla.

Pensemos, por ejemplo, en algunas situaciones. En la primera, el esposo, o la esposa, o los dos en formas más o menos parecidas, no acaban de romper el cordón umbilical respecto de los propios padres. Ello lleva a mantener vivo un continuo interés, a veces excesivo, a lo que hacen, a lo que sienten, a lo que ocurre a los propios padres. Se acude con frecuencia a visitarlos, no faltan continuas llamadas telefónicas, o se les invita un día sí y otro también a comer en el hogar de la nueva familia.

Vivir de esta manera puede ser peligroso para la maduración de la pareja. Porque en el hogar el influjo de los padres de uno (o de los dos) no siempre compagina bien con los deseos del yerno o de la nuera, y entonces se generan tensiones, malentendidos, discusiones, incluso altercados. Además, la esposa le reprocha al esposo (o al revés, o los dos mutuamente) el que siga tan apegado a sus padres, incluso a veces descuidando detalles de cariño y obligaciones propias de quien se ha unido, por amor, a otra persona a través del matrimonio.

No es fácil superar este tipo de problemáticas, sobre todo si él o ella no perciben la excesiva dependencia que le encadena a sus padres, o si no capta el daño que produce a la otra parte por seguir excesivamente aferrado a la familia de origen.

Aunque existirán libros buenos para afrontar esta situación, desde el punto de vista cristiano será siempre una ayuda muy grande el fomentar un sano espíritu de diálogo para escuchar a la otra parte, para ver si la relación con los propios padres es excesiva, para planear, con delicadeza, maneras de cortar (nunca del todo, pero sí lo necesario) el “cordón umbilical” y así mejorar la relación de pareja.

En una segunda situación, que puede darse simultáneamente con la anterior o no, son los padres de él o de ella quienes no renuncian a “perder” al hijo, a la hija. Lo sienten suyo, incluso hasta el extremo de sentir celos hacia el yerno o la nuera. Otras veces lo consideran inmaduro, lo rodean de consejos, de mensajes, de intervenciones en la vida cotidiana de la nueva familia.

El hijo (o la hija, o los dos) puede agobiarse ante tantas presiones, y también la otra parte, que siente cómo el espacio familiar se convierte poco a poco más en una especie sucursal de la anterior familia que en una familia que está iniciando un nuevo camino.

Los hijos no son para estar siempre bajo la custodia de sus padres, ni la nueva casa es una especie de nido a proteger a toda costa. Más bien, hay que entender que la hija o el hijo acaban de iniciar un nuevo camino, en el que los padres pueden dar (y serán muchas veces muy útiles) consejos y recomendaciones, pero siempre con el máximo respeto y sin deseos de imposición, sobre todo porque las decisiones de un matrimonio son competencia exclusiva de los esposos, no de los suegros.

Quienes, como hijos, descubren la presencia de un padre o de una madre invasivos, han de encontrar caminos para dialogar y hacer entender que el hecho de estar en otro hogar no disminuye para nada su cariño, pero que ahora han iniciado una nueva familia: son ellos quienes ahora tienen que avanzar por el arduo y bello camino del amor como esposos y, si Dios les bendice, también como padres.

Desde luego, el trato con los propios padres debería ser llevado adelante por el propio hijo (o hija), pues no es fácil, y a veces parece violento, que el yerno (o la nuera) sea quien hable con los padres de otra parte para pedir un mayor respeto a la autonomía legítima del nuevo matrimonio.

Una tercera problemática consiste en una actitud brusca y excesiva de corte hacia los propios padres, a los que se margina casi de modo injusto y fuerte de la vida que el hijo o la hija inician a partir de su matrimonio.

Este corte brusco a veces es debido a un malsano deseo de independencia, como si el casarse fuese una especie de permiso para olvidar el cuarto mandamiento. Otras veces se llega a esta situación por presiones del cónyuge: la esposa (o el esposo) insiste una y otra vez para que la otra parte corte por completo con sus padres, a veces incluso a través de amenazas más o menos sutiles (“si los vuelves a llamar por teléfono te dejo”, etcétera).

Es triste llegar a actitudes tan negativas hacia quienes son, por designio de Dios, los propios padres. Habrán sido mejores o peores, cariñosos o exigentes (las dos cosas no se oponen entre sí, vale la pena recordarlo), ricos o pobres, instruidos o con pocos estudios. Pero son siempre los propios padres, hacia los que cualquier hijo tiene una enorme deuda de gratitud y una serie de obligaciones que no desaparecen después del día del matrimonio.

Se podrían añadir aquí otros casos y circunstancias. Pensemos, por ejemplo, en lo que ocurre si los padres de él (o de ella) están en la misma ciudad de los esposos, mientras que los otros padres están más o menos lejos. O en el caso de hostilidad de los suegros hacia él o hacia ella porque nunca acaban de aceptar que su hijo se haya casado con tal persona. O en el caso de enfermedades que exigen un cuidado continuo hacia el padre o la madre y ponen en peligro la convivencia esponsal si la otra parte se siente marginada a causa de esta situación.

En cualquier caso, en medio de circunstancias más o menos difíciles, los esposos católicos pueden recurrir a la gran ayuda de la oración para abrirse a Dios, para pedir fuerzas y luz, para dejarse aconsejar. Además, como ya dijimos al inicio, es muy importante un diálogo de pareja franco y sereno sobre lo que cada uno siente y lleva en su corazón respecto de sus propios padres y respeto de los padres del esposo o de la esposa.

No hemos de dejar de lado un camino de santificación que consiste en ceder, en lo que sea legítimo y justo, respecto de los propios deseos y “derechos” para condescender con el esposo o la esposa que viven todavía una mayor dependiente de los propios padres.

Se trata de ceder en cosas que sean honestas, no en aspectos esenciales de la vocación al matrimonio que exige a los esposos amarse mutuamente.

La Unción de los enfermos y el soporte espiritual

El dolor y la enfermedad son circunstancias que hacen parte de la realidad humana, para ello la Iglesia fundó el Sacramento de la Unción de los enfermos, con el fin de hacer presente a Dios, de una manera sacramental, en el momento del dolor, además de conceder una gracia especial para enfrentar las dificultades propias de una enfermedad grave o vejez.

La Unción une más íntimamente al enfermo y a la Pasión de Cristo, otorgándole fortaleza, paz, ánimo, además del perdón de los pecados, si el enfermo no ha podido confesarse; y en la medida de la voluntad de Dios, puede restablecerlo totalmente.

Este sacramento es un soporte espiritual que provee paz consigo mismo y con Dios en situaciones donde la vida se halla en estado frágil; la Unción es una forma de entregarnos en las manos de Dios.

Casos en que puede aplicar el sacramento

El Catecismo de la Iglesia Católica cita a la Constitución apostólica del 30 de noviembre de 1972, que menciona que en adelante, en el rito romano, se observará lo siguiente:

«El sacramento de la Unción de los enfermos se administra a los gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras: “Por esta santa unción, y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”».

De igual forma el 1514 del CIC aclara: «La Unción de los enfermos no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez».

No obstante, la Iglesia ha dispuesto algunas excepciones permitiendo que en casos puntuales, este sacramento se suministre a personas que enfrentarán una cirugía compleja o a aquellas mujeres que pueden tener dificultades al dar a luz.

Preguntas y respuestas del Sacramento

Existen dudas y desconocimiento al respecto, pero una información correcta y a tiempo, puede hacer mucho por los pacientes que se encuentran en esta situación. Lo siguiente, ayudará a despejar algunas inquietudes:

¿Quién puede recibir el Sacramento?

El sacramento de la Unción de los enfermos lo puede recibir cualquier fiel que comienza a encontrarse en peligro de muerte por enfermedad o vejez. El mismo fiel lo puede recibir también otras veces, incluso cuando el estado grave se produce como recaída de un estado anterior por el que ya había recibido el sacramento, o bien si se presenta otra enfermedad grave. La celebración de este sacramento debe ir precedida, si es posible, de la confesión individual del enfermo.

¿Quién administra este Sacramento?

El sacramento de la Unción de los enfermos sólo puede ser administrado por los sacerdotes (obispos o presbíteros).

¿Cómo se celebra este Sacramento?

La celebración del sacramento de la Unción de los enfermos consiste esencialmente en la unción con óleo, bendecido si es posible por el obispo, sobre la frente y las manos del enfermo (en el rito romano, o también en otras partes del cuerpo en otros ritos), acompañada de la oración del sacerdote, que implora la gracia especial de este sacramento.

¿Qué es el Viático?

El viático es la Eucaristía recibida por quienes están por dejar esta vida terrena y se preparan para el paso a la vida eterna. Recibida en el momento del tránsito de este mundo al Padre, la Comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo muerto y resucitado, es semilla de vida eterna y poder de resurrección.

Fuentes: Catecismo de la Iglesia Católica, Evangelización.org, Aciprensa, Catholic.net, Catecismo básico del católico

ARMONÍA ENTRE GENERACIONES

Por Gerardo Castillo

Los problemas que suscitan las diferencias y desigualdades entre los hombres y entre los grupos sociales, se intentan resolver hoy —con mucha frecuencia— con la búsqueda del equilibrio. Se cree que anulando esas diferencias, es decir, haciendo que los hombres y los grupos sean iguales, se resolverán todos los problemas.

Para Thibon la solución no está en el equilibrio, sino en la armonía. Para justificar esta tesis, el mismo autor analiza el significado de los dos conceptos aludidos.

Hay equilibrio cuando las fuerzas que actúan sobre un cuerpo se destruyen entre sí. De ese modo se consigue una situación de igualdad. Tal sucede, por ejemplo, cuando el fiel de una balanza se encuentra en el punto cero.

Hay armonía cuando las fuerzas opuestas no se anulan recíprocamente, sino que convergen. Esto ocurre, por ejemplo, con un instrumento musical, la lira: la justa proporción entre los diferentes sonidos de cada cuerda hace posible la belleza de la música.

¿Qué resultados se conseguirán, de hecho, con una u otra respuesta, cuando se intentan resolver las desigualdades personales y sociales?

La pretensión de equilibrar las fuerzas divergentes fomenta la rivalidad entre ellas y acaba en desequilibrio.

Por el contrario, cuando se persigue la armonía, «los individuos y los grupos en lugar de enfrentarse en un antagonismo estéril, conjugan sus fuerzas en la búsqueda y en el servicio del bien común».

De aquí se deriva una consecuencia importante para las personas que tiene especiales responsabilidades sociales «los verdaderos jefes no son unos equilibristas cuyo papel se limita a contener el desorden, sino ‘armonizadores’ que aseguran la concordia, es decir, que actúan sobre las fuerzas sociales como un buen afinador sobre las cuerdas o las teclas de un instrumento de música».

Entre las generaciones puede haber armonía o disarmonía. Lo primero no se logra sin un esfuerzo de aproximación por ambas partes.

Conflictos generacionales

Si situamos el problema en el ámbito de la familia, nos encontramos con un hecho bastante frecuente: padres e hijos jóvenes intentan resolver el conflicto generacional por medio del equilibrio. Pero una y otra vez se comprueba que por este camino no se resuelven los conflictos: lo único que se consigue es complicarlos y alargarlos.

Hay una relación de equilibrio cuando padres e hijos intentan anular las diferencias que les separan. Los padres, por ejemplo, imitan la conducta y costumbres de sus hijos; rebajan el nivel de exigencia; llegan a la familiaridad o exceso de confianza; pretenden ser amigos de sus hijos a base de concesiones.

Los hijos, a su vez, se toman atribuciones en la vida familiar que no les corresponden y quieren influir al mismo nivel que sus padres.

Existe, igualmente, simple relación de equilibrio cuando cada una de las dos partes (padres e hijos jóvenes) lucha para mantener sus derechos (o sus caprichos). Cada parte se esfuerza en recuperar su poder o influencia en la familia cada vez que lo pierde.

El equilibrio en la relación padres- hijos jóvenes se obtiene, otras veces, de forma negociada. Sobre la base de que cada parte mantiene su postura, se establecen (de forma abierta o tácitamente) algunas reglas de juego que evitan las colisiones frontales. Por ejemplo: no hablar de ciertos temas; hacer la vista gorda en ciertos comportamientos; repartirse zonas de influencia. Se establece así una coexistencia pacífica similar a la que existe entre algunas naciones. El antagonismo sigue, pero está controlado.

Otro procedimiento usado para afrontar las distancias que separan a los padres de sus hijos jóvenes por medio del equilibrio es la intimidación. Cada parte trata de infundir miedo a la otra con posibles represalias si no consigue lo que quiere. Los padres, por ejemplo, amenazan a sus hijos con retirarles la asignación de dinero para gastos personales; los hijos amenazan con irse de casa. Es el equilibrio del terror.

La armonía de las generaciones

Padres e hijos deben buscar no la convivencia obligada y reducida a simple formalidad, sino la convivencia voluntaria y sincera. Pero esto exige ser optimistas: creer que es posible; esperar algo positivo de la otra parte. Unos y otros deben aprender a conjugar sus diferencias, en vez de oponerlas entre sí.

¿En qué consiste esta conjugación de las diferencias? En primer lugar, en descubrir la relación que existe entre lo que quiere cada parte; en averiguar qué es lo común a las dos posturas. Normalmente las posiciones de padres e hijos están menos distantes de lo que parece a primera vista. Gran parte del problema suele ser un problema de lenguaje, de no haber captado a través de la expresión del otro sus verdaderas intenciones.

En segundo lugar, se trata de centrar la comunicación padres-hijos jóvenes en lo que les une, y no en lo que les separa. En tercer lugar, hay que saber aprovechar las posibilidades que la otra postura tiene para los propios fines.

Esta aproximación de las posturas distantes por medio de la armonía puede concretarse en actitudes como las siguientes:

—que el padre vea y acepte que la rebeldía de sus hijos jóvenes permite desarrollar (si se sabe orientar) cualidades personales relacionadas en los objetivos educativos de la familía;

—que el padre descubra que los amigos de sus hijos pueden ser colaboradores de la acción educativa de la familia;

—que el hijo descubra que la exigencia de los padres es una valiosa ayuda para su falta de voluntad;

—que el hijo vea que la autoridad y el buen ejemplo de los padres es una forma de rebeldía.

El mejor medio para lograr la armonía entre padres e hijos jóvenes es la amistad. Los amigos poseen un ideal común, pero tienen una forma de ser diferente. La diferencia entre dos amigos enriquece a ambos: porque son diferentes en algo, cada uno puede aportar algo al otro y aprender algo del otro.

Cada amigo es siempre superior al otro en algo. Es superior no en el sentido de estar por encima, sino por ser alguien, por ser una realidad singular, por ser persona. La desigualdad entre los amigos es un factor de superación: cada uno se esfuerza por elevarse a la altura del otro porque le admira.

La diferencia de edad es, en principio, un obstáculo. Pero ello, no debe impedir algún grado de amistad entre los padres y sus hijos jóvenes si se dan algunas condiciones. Una de ellas es querer al otro como es y permitir que sea él mismo (con su mentalidad, sus gustos, sus aficiones, etc.). Otra condición es saber aprender algo del otro (del padre o del hijo). Pero para aprender hay que escuchar.

Los padres deben evitar dos errores frecuentes. El primero de ellos consiste en querer conocer aspectos personales o íntimos de la vida de sus hijos sin hablarles, a su vez, de la propia vida personal. El segundo consiste en dar lecciones y consejos sin valorar, a su vez, el punto de vista de los hijos.

Estos comportamientos impiden la relación de amistad, ya que es propio de los amigos el intercambio de confidencias y la ayuda mutua para la mejora personal.

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Publicado en el nº 407 de Nuestro Tiempo

Edición autorizada de arvo.net

El divorcio de los hijos

 

Sara Olstein

Especialista en Psicoterapia para la segunda mitad de la vida

Las consecuencias afectivas del divorcio de los hijos están íntimamente ligadas a los vínculos que tenemos con ellos. Son experiencias nuevas que requieren de un nuevo consenso sobre conductas funcionales o disfuncionales.

El divorcio de los hijos tiene un doble juego: de padres a hijos y de la pareja en sí, en relación con sus hijos. Cuando las familias se distribuyen los roles y funciones para el mejor funcionamiento de los vínculos en las etapas de crianza, funcionan como red de contención o, por lo contrario, como formas de adueñarse de la crianza y, de ese modo, no hay corrimiento generacional, quedan alteradas las jerarquías y se producen patologías.

Los tiempos de crisis previos al divorcio son etapas de confusión, de inestabilidad y ambivalencia de la pareja y de sus familias. La trama invisible que se modifica con la formación de la pareja produce un corrimiento de cada uno de los miembros de cada familia. Cuando se produce el divorcio, ambas familias entran en crisis, no sólo por las diferencias, sino por el poder que se redistribuye en función de afectos y necesidades.

El sistema de mitos y mandatos, de valores y creencias, se redefine a partir de la madurez de la joven pareja y de la flexibilidad del sistema. El conflicto que se presenta es legal, social, psicológico y familiar.

El objetivo de este trabajo es hacer foco en las diferencias generacionales, las funciones y disfunciones en la comunicación; en la influencia del sistema de mitos y mandatos de una generación a otra y en cada familia; y en las patologías que resultan del sometimiento a las familias de origen.

La propuesta es desentramar la trama inconsciente familiar y construir una nueva trama con objetos sustitutos, modelos elegidos a partir del potencial de cada individuo. Crear un nuevo sistema, reconociendo el amor de los objetos originarios, pero no el sometimiento a los mismos.

El matrimonio es un pacto entre dos personas con un proyecto en común, una relación duradera en el tiempo, en la que se invirtió mucha energía emocional. Por diversos motivos puede fracturarse y terminar en un divorcio. Por esto, se produce una ruptura de la pareja y una re-acomodación de los miembros del grupo familiar.

Las rivalidades, celos, competencia, inseguridad e inmadurez agudizan el proceso de inestabilidad que provoca el divorcio, por lo que es prioridad trabajar los vínculos dando la posibilidad de sumar (padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, etc.) para favorecer este proceso, que de por sí es muy doloroso.

Es el fracaso de una propuesta individual de la pareja, en la que se involucra la familia y la sociedad.

Por eso, es imprescindible trabajar el duelo y reestablecer nuevas propuestas reparadoras.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2009-01-20

¿Cómo ser padres de nuestros hijos e hijos de nuestros padres?

Cuando estamos viviendo en la edad adulta (de los 30 a los 60 años) nos encontramos ante la realidad de educar a nuestros hijos en su proceso personal al mismo tiempo que hemos de acompañar a nuestros padres en situaciones de dependencia en la vida cotidiana. Ser padres e hijos a la vez nos pide que afrontemos los problemas cotidianos desde la madurez y la capacidad de decidir.

Respuesta del experto/a Quico Mañós i de Balanzó Edad: Abuelos y gente mayor, Adulto joven, Adulto, Adulto

Valoración:

Ser padres de nuestros hijos comporta un compromiso centrado en el niño que se está forjando mediante la adquisición de hábitos, el aprendizaje y el descubrimiento constantes, etc.

Ser hijos de nuestros padres supone también un compromiso centrado en la persona mayor, ya formada y que tiene que hacer frente a procesos de dolor, de pérdida, de discapacidad, etc., desde la experiencia vital plena, en un proceso todavía educativo.

Y precisamente esta etapa de la vida, en la cual hacemos de padres de nuestros hijos y a la vez de hijos de nuestros padres, es aquella en la que la sociedad pide más de nosotros.

Hasta los 30 años estamos en un proceso formativo, que va desde la escuela primaria hasta los cursos de posgraduación y maestría que nos capacitan para el mundo laboral. Tras los 30, cuando uno ya se ha independizado, estamos pagando una casa, vamos faltos de tiempo, trabajamos siempre, vivimos con una presión muy grande a causa de los roles que la sociedad nos otorga como personas que trabajan, que cuidan de los hijos y que tienen que hacerse cargo de los padres cuando éstos viven situaciones de dependencia. El adulto es quien tiene el rol de aportar recursos para sostener la situación, ya sea afectivamente o económicamente, para poder vivir con “calidad”.

Cuando uno se acerca los 65 años, la sociedad lo invita al descanso. De los 65 hasta el final de la vida hay mucho tiempo para el descanso. Este “tiempo de improductividad” puede estar “vacío” si la sociedad no reconoce un rol de utilidad.

Ante esta situación, los adultos somos más conscientes de cómo ser padres y HACER de padres que de cómo ser hijos y HACER de hijos. Nadie nos ha enseñado cómo debemos afrontar la dependencia que nuestros padres puedan tener y cómo NO decidir por ellos.

Para hacer de hijos de nuestros padres hemos de estar dispuestos a respetar y reconocer la historia de su vida, tanto personal como de pareja o social, una historia de vida centrada en la experiencia y en los significados personales que configuran la identidad propia, la identificación con una generación. Se trata de dar valor a los hechos sobre los cuales han construido su proyecto de vida.

Las personas, cuando nos hacemos mayores, podemos perder en capacidad de autonomía física y funcional, pero mantenemos nuestras capacidades y nuestras potencialidades personales en mayor o menor grado. Tenemos que valorar y reconocer las capacidades que nuestros padres (o la gente mayor) mantienen y creer en ellas, ya que de lo contrario caeremos en la sustitución vital, al suplantar a la persona incluso en aquello en lo que todavía es autónoma.

Pero quizá lo más importante es no quitarles la capacidad de decidir, de hacerles participar en la toma de decisiones, de seguir considerándolos como alguien que tiene criterios para decidir lo que se hace en familia.

No en vano, hacerse mayor es disfrutar de la oportunidad de HACERSE, de construirse.

¿LOS NIETOS? ¡Y A MÍ, ¿QUÉ ME IMPORTA?!El papel de los abuelos

 

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Me escribe un amigo diciendo que está muy preocupado por el futuro de sus nietos. Que no sabe qué hacer: si dejarles herencia para que estudien o gastarse el dinero con su mujer y que “Dios les coja confesados”. Lo de que Dios les coja confesados es un buen deseo, pero me parece que no tiene que ver con su preocupación. En muchas conferencias, se levanta una señora (esto es pregunta de señoras) y dice esa frase que me a mí me hace tanta gracia: “¿qué mundo les vamos a dejar a nuestros hijos?”. Ahora, como me ven mayor y ven que mis hijos ya están crecidos y que se manejan bien por el mundo, me suelen decir “¿qué mundo les vamos a dejar a nuestros nietos?”.

Yo suelo tener una contestación, de la que cada vez estoy más convencido: “¡y a mí, ¿qué me importa?!” Quizá suena un poco mal, pero es que, realmente, me importa muy poco.

Yo era hijo único. Ahora, cuando me reúno con los otros 64 miembros de mi familia directa, pienso lo que dirían mis padres, si me vieran, porque de 1 a 65 hay mucha gente. Por lo menos, 64. Mis padres fueron un modelo para mí. Se preocuparon mucho por mis cosas, me animaron a estudiar fuera de casa (cosa fundamental, de la que hablaré otro día, que te ayuda a quitarte la boina y a descubrir que hay otros mundos fuera de tu pueblo, de tu calle y de tu piso), se volcaron para que fuera feliz. Y me exigieron mucho.

Pero ¿qué mundo me dejaron? Pues mirad, me dejaron:

1. La guerra civil española.

2. La segunda guerra mundial.

3. Las dos bombas atómicas.

4. Corea.

5. Vietnam.

6. Los Balcanes.

7. Afganistán.

8. Irak.

9. Internet.

10. La globalización.

Y no sigo, porque ésta es la lista que me ha salido de un tirón, sin pensar. Si pienso un poco, escribo un libro. ¿Vosotros creéis que mis padres pensaban en el mundo que me iban a dejar? ¡Si no se lo podían imaginar!

Lo que sí hicieron fue algo que nunca les agradeceré bastante: intentar darme una muy buena formación. Si no la adquirí, fue culpa mía.

Eso es lo que yo quiero dejar a mis hijos, porque si me pongo a pensar en lo que va a pasar en el futuro, me entrará la depre y además, no servirá para nada, porque no les ayudaré en lo más mínimo.

A mí me gustaría que mis hijos y los hijos de ese señor que me ha escrito y los tuyos y los de los demás, fuesen gente responsable, sana, de mirada limpia, honrados, no murmuradores, sinceros, leales. Lo que por ahí se llama “buena gente”.

Porque si son buena gente harán un mundo bueno. Y harán negocios sanos. Y, si son capitalistas, demostrarán con sus hechos que el capitalismo es sano. (Si son mala gente, demostrarán con sus hechos que el capitalismo es sano, pero que ellos son unos sinvergüenzas.) Por tanto, menos preocuparse por los hijos y más darles una buena formación: que sepan distinguir el bien del mal, que no digan que todo vale, que piensen en los demás, que sean generosos… En estos puntos suspensivos podéis poner todas las cosas buenas que se os ocurran.

Al acabar una conferencia la semana pasada, se me acercó una señora joven con dos hijos pequeños. Como también aquel día me habían preguntado lo del mundo que les vamos a dejar a nuestros hijos, ella me dijo que le preocupaba mucho más qué hijos íbamos a dejar a este mundo.

A la señora joven le sobraba sabiduría, y me hizo pensar. Y volví a darme cuenta de la importancia de los padres. Porque es fácil eso de pensar en el mundo, en el futuro, en lo mal que está todo, pero mientras los padres no se den cuenta de que los hijos son cosa suya y de que si salen bien, la responsabilidad es un 97% suya y si salen mal, también, no arreglaremos las cosas.

Y el Gobierno y las Autonomías se agotarán haciendo Planes de Educación, quitando la asignatura de Filosofía y volviéndola a poner, añadiendo la asignatura de Historia de mi pueblo (por aquello de pensar en grande) o quitándola, diciendo que hay que saber inglés y todas estas cosas. Pero lo fundamental es lo otro: los padres. Ya sé que todos tienen mucho trabajo, que las cosas ya no son como antes, que el padre y la madre llegan cansados a casa, que mientras llegan, los hijos ven la tele basura, que lo de la libertad es lo que se lleva, que la autoridad de los padres es cosa del siglo pasado. Lo sé todo. TODO. Pero no vaya a ser que como lo sabemos todo, no hagamos NADA.

P.S.

1. No he hablado de los nietos, porque para eso tienen a sus padres.

2. Yo, con mis nietos, a merendar y a decir tonterías y a reírnos, y a contarles las notas que sacaba su padre cuando era pequeño.

3. Y así, además de divertirme, quizá también ayudo a formarles.