Sociabilidad

Este valor es el camino para mejorar la capacidad de comunicación y de adaptación en los ambientes más diversos.

Es natural sentirnos atraídos por personas que en las circunstancias y momentos más variados, nos cautivan por su amabilidad y su facilidad de conversación, casi inmediatamente reconocemos un natural interés por nuestra persona, trabajo, familia, pasatiempos y actividades, sin otro fin que conocer a la persona y establecer una relación más cordial.

Cuando nos interesamos en establecer un verdadero diálogo para conocer más acerca de las personas, nos damos cuenta que poco a poco el interés se hace mutuo y de esta forma damos un gran paso en las relaciones sociales.

La sociabilidad es el valor que nos impulsa a buscar y cultivar las relaciones con las personas compaginando los mutuos intereses e ideas para encaminarlos hacia un fin común, independientemente de las circunstancias personales que a cada uno rodean.

Al tener contacto con personas diferentes, tenemos la posibilidad de aprender de su experiencia y obtener otra perspectiva de la vida para mejorar nuestra persona, para más adelante poder contribuir a su desarrollo personal y así comenzar una espiral sin fin en la cual todos nos vemos beneficiados.

El lograr una verdadera amistad no necesariamente es el resultado de la sociabilidad, pues depende de otras disposiciones, este valor es un medio que facilita el acercamiento y la comunicación con las personas.

En las relaciones profesionales o laborales, por ejemplo, debe existir un interés porque las personas desempeñen mejor su trabajo; para lograr este objetivo, hace falta conocer su entorno familiar y las circunstancias en las que viven, así como su forma de ser, sus reacciones y las motivaciones por las cuales se rigen, con estos elementos a la mano estamos en condiciones de contribuir en el desarrollo individual, profesional y de conjunto en el lugar de trabajo.

Otro caso que puede citarse es en el ámbito escolar, donde los profesores que demuestran interés por cada uno de sus alumnos pueden convertirse en los mejores guías positivos para la vida, pues los impulsan no sólo a mejorar como alumnos, sino a contribuir en la mejora del grupo y a participar en actividades de beneficio común para su centro educativo y la sociedad entera.

En cualquiera de los casos (oficina, escuela, lugar de residencia o grupo de acción social), toda relación o proyecto se alcanza a través del conocimiento individual y colectivo de las personas, uniendo las aspiraciones y objetivos propios con los de los demás. Por tanto, este valor no se basa en la simpatía o en la afinidad emocional, que se pueden dar y también cuentan, sino en el auténtico interés por el beneficio de todas las personas, mejorando el entendimiento, la ayuda mutua y el trabajo en equipo.

La sociabilidad es un canal de comunicación que puede sentar las bases para tener nuevos amigos, elegir a la persona adecuada para formar una nueva familia o comenzar una nueva empresa, en base al intercambio de gustos, aficiones e intereses que se comparten y dan como resultado una relación más trascendente.

En términos generales, existen algunas actitudes que dificultan la vivencia de este valor y debemos sortearlas para lograr su desarrollo y vivencia cotidiana:

- Evitar dejarnos llevar por la primera impresión que nos provoca el encuentro con las personas (el semblante, la expresión o el vestido), pues de forma casi automática abrimos o cerramos nuestra comunicación por una simple apreciación.

- Respetar y aceptar verdaderamente la forma de ser de los demás. Esto se traduce en catalogar a las personas (serio, tímido, aburrido, poco competente, etc.) según como se comporten en determinado ambiente, los excluimos y desplazamos de nuestro círculo sin conocerlos lo más mínimo y posiblemente formando una opinión equivocada respecto a su persona. Quien comete este error es porque no ha comprendido que las personas no son ni se comportan según su gusto.

- Cuidar que nuestro lenguaje sea sencillo y natural. A nadie le agrada encontrar a una persona que se empeña obstinadamente en hablar de su profesión y empleando el vocabulario propio de su actividad sin motivo alguno; es de mal gusto utilizar palabras y expresiones poco usuales y sacadas del diccionario para incluirse en cualquier momento; ni qué decir del lenguaje vulgar y grosero…

- Procurar ser respetuoso en todo momento. La excesiva familiaridad en el trato con personas que acabamos de conocer o con quienes hemos tenido poco contacto puede entorpecer una prometedora relación; el hecho de que sea alguien amigo o conocido de nuestros íntimos, no garantiza que comparta las bromas, las ideas, el sentir y el trato que tiene entre sí el grupo.

- Ser discretos y no tratar de conocer los pormenores e intimidades de las personas, sobre todo cuando no existe un mínimo de relación o confianza.

- Reconocer que todo tiene su momento y lugar. Hay quienes conocen a un médico y casi inmediatamente procuran obtener un punto de vista profesional a un mal que se padece, como una especie de consulta particular, lo cual es molesto e incómodo para el profesional, sobre todo si es en una reunión social y quien lo solicita es alguien con quien en ese momento ha coincidido.

Podemos creer que estamos mejor viviendo aislados, centrados en nuestra propia vida, sin depender de nadie y sin causar molestias. La realidad es que esto puede ser una manifestación de egoísmo y soberbia, pues todas las personas tienen algo bueno que aportar a nuestra vida.

Quienes se han esforzado por vivir e inculcar en su persona el valor de la sociabilidad, han encontrado una fuente inagotable de alegría, un camino para lograr verdaderas amistades, el mejorar su comunicación y capacidad de adaptación en los ambientes más diversos, pero sobre todo, una mejor forma de vida a lado de sus semejantes.

el rosario de los no nacidos

Fundacion vida

El amor de los padres hacia los hijos

Una adolescente que miró a Dios cara a cara

No son muchas las certezas que podemos tener, pero una es segura: todos tendremos a lo largo de la vida momentos de sufrimiento, serán de mayor o menor grado, en el cuerpo, en el espiritu, en los sentimientos ….. pero es algo inherente a la condición humana.

Y sin embargo, a pesar de tratarse de una situación que llega sin ninguna duda, la sociedad en la que vivimos es experta en intentar camuflarlo, ocultarlo, negarlo. Como el avestruz que esconde la cabeza para no ser vista.

Y la solución ante los problemas no puede pasar por mirar para otro lado, es necesario enfrentarse a ellos. Ante el sufrimiento se pueden adoptar distintas actuaciones, la desesperación, la aparente indiferencia (el estoicismo) o enfrentarse a él intentando darle sentido.

Hace más de quince años un amigo me regaló un pequeño libro titulado “Alexia, experiencia de amor y dolor vivida por una adolescente” , me bebí el libro en apenas una hora y no pude contener las lagrimas mientras lo hacía. Tocaba un tema muy duro: el sufrimiento de los inocentes, en este caso la enfermedad y el sufrimiento de una niña de catorce años. Y sin embargo era, es, un libro lleno de esperanza; Alexia encontró sentido a su enfermedad y tremendo dolor.

El próximo trece de mayo se estrena en España una película titulada “Alexia. La verdadera historia de una adolescente que miró a Dios cara a cara” . Estoy seguro que hará mucho bien a quienes vayamos a verla y nos ayudará a encontrarle sentido al dolor cuando hayamos de enfrentarnos a él.

fuente: seraudaces.org

Bnigno Blanco y la defensa de la vida

¿Dejarías el amor a la suerte?

Tras el sacramento del matrimonio, los novios viven una transformación que les capacita para amar a un nivel muy superior al de antes de la boda

Por Isabel Molina E.

El matrimonio es la gran aventura de nues­tra vida, tan impredecible como fascinante. La cultura actual nos bombardea con señales de alerta para no dar el paso de la boda, sin embargo, poco se nos habla de los beneficios de casarse… ¿Qué añade ese “sí” definitivo ante el altar al amor de dos personas que se quieren?

EL PRÓXIMO 29 de abril tendrá lugar la boda del príncipe Guillermo de Inglaterra con su prometida, Kate Middleton. Los británicos han anunciado un gran día de fiesta nacional, y esperan ansiosos el evento que los pondrá en la primera plana de los principales medios del mundo. Una lluvia de elogios caerá sobre esta joven pareja que se presenta ante el altar para sellar su unión.

Más allá de eventos como este, que tienen sabor a cuento de hadas, el matrimonio, hoy en día, no goza del mejor prestigio social ni mediático. En 2005 se modificó el Código Civil en España para permitir las uniones entre personas del mismo sexo. Desde entonces, la realidad esponsal (marido y mujer) dejó de existir para ser reemplazada por la de cónyuge A y cónyuge B. En el mismo año, se aprobó el divorcio exprés para facilitar a las personas la disolución legal de su matrimonio al poco tiempo de presentar la demanda de divorcio. Los efectos de estos cambios legislativos no se han hecho esperar: según las estadísticas del Instituto de Política Familiar, entre 1998 y 2008 España fue el país de la Unión Europea 27 (UE27) con mayor crecimiento cuantitativo y cualitativo de divorcios (con un promedio de 73.000 divorcios más al año). Con la aceptación social del divorcio, algunos han decidido saltarse la boda y optar por irse a vivir juntos para evitar desastres. Otros, salvando grandes temores, se atreven a casarse pero, poco a poco, van perdiendo el interés y la confianza para luchar por mantener el vínculo.

¿Quiere decir entonces que el matrimonio está destinado a desaparecer? La respuesta la dan las nuevas generaciones. El informe Jóvenes españoles 2010, de la Fundación Santamaría –el cual sondea los valores de los jóvenes españoles de entre 15 y 24 años– anota que la mayoría de jóvenes sigue pensando en institucionalizar su relación de pareja. Para conseguirlo, optaría como primera opción por el matrimonio por la Iglesia y, como segunda, por la convivencia con o sin papeles. En EE UU, un estudio realizado por el Pew Research Center (noviembre de 2010) muestra también que los jóvenes estadounidenses sí valoran el matrimonio –el 95 por ciento de quienes no han cumplido los 30 años tiene planes de casarse– el problema es que han perdido la fe en él.

Para superar la disyuntiva entre el velo negro que se teje sobre la institución matrimonial y los deseos reales de las personas, Tomás Melendo, filósofo y metafísico, dice que a nuestra cultura le hace falta acabar de entender lo que es el matrimonio. Frases tan sonadas como “el matrimonio no es más que una cuestión de papeles” o “yo no necesito la confirmación de un cura para querer a mi pareja”, indican que se ha reducido el matrimonio a una ceremonia, un contrato o una alianza y, aunque el matrimonio engloba estas cosas, es mucho más.

Aníbal Cuevas, orientador familiar y autor del blog SerAudaces.com, compara lo que está sucediendo con el matrimonio con lo que ocurre cuando nos miramos en un espejo roto: “Podemos reconocernos, pero no es realmente nuestro rostro lo que vemos; son piezas cuarteadas que no encajan exactamente”. Es por eso, explica, que hoy “se acierta a intuir lo que es el matrimonio, pero no es visto en su unidad”.

Un estudio del National Marriage Project de la Universidad de Virginia y el Centro para el Matrimonio y la Familia del Instituto para los Valores en América,When marriage disappears (Cuando el matrimonio desaparece, 2010) concluye que el modelo de matrimonio como “institución” –que integraba el sexo, la paternidad, la cooperación económica y la intimidad emocional en una unión permanente– ha sido sustituido por un modelo de matrimonio que denomina de “almas gemelas”, en el cual el matrimonio se considera un medio para el crecimiento personal, la intimidad emocional y el consumo compartido. Bajo este “modelo”, la supervivencia del matrimonio dependerá de que ambos cónyuges sean felices. Además, el sexo y la crianza de los hijos son circunstanciales y pueden darse por igual fuera o dentro de la institución matrimonial. El matrimonio no se entiende como el inicio de algo que los esposos habrán de construir juntos, sino como una meta en sí misma. Por eso, para poder casarse, los novios tienen que haber alcanzado cierta independencia económica y emocional.

“Estamos en las antípodas de lo que es el matrimonio cristiano”, afirma monseñor Juan Antonio Reig Pla, presidente de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española. “¿Qué es lo que ha pasado? El primer fenómeno que ha conducido a esta situación es la desacralización del matrimonio y de la vida humana. No se mira el matrimonio más que como respuesta a los propios deseos y satisfacciones; no se lo ve como algo a lo que Dios llama y, por tanto, como un estado de vida que nos trasciende”.

¿Casarse o vivir juntos?
Ante la dificultad de cumplir los requisitos para casarse, el número de parejas de hecho ha aumentado significativamente en las últimas cinco décadas. Se ha popularizado la creencia de que vivir juntos antes de casarse es una buena forma de determinar si en realidad los novios se van a entender y si, por lo tanto, podrán evitar un posible divorcio. Sin embargo, When marriage disappears (Cuando el matrimonio desaparece, 2010), señala que no hay ningún estudio que demuestre la veracidad de esta creencia. Por el contrario, hay evidencias de que aquellos que viven juntos antes de casarse, tienen más posibilidades de acabar en una ruptura matrimonial cuando se casen.

Un amor incondicional, es la aspiración del corazón humano. Muchos se sienten capaces de amar así, sin necesidad de casarse; sin embrago, cuando desaparece el sentimiento, aseguran que “se les acabó el amor”.

Casarse y convivir no son equiparables. Para comenzar, “el matrimonio blinda jurídica, religiosa y moralmente la alianza conyugal”, explica Patricia Martínez, profesora de Psicología de la vida matrimonial y familiar del Curso de Experto en Matrimonio y Familia de la Fundación DIF (www.fundaciondif.org). “Es lo mismo que ocurre con cualquier institución humana, cuyo contrato social se protege para mayor seriedad y estabilidad de unos usos y formas sociales que le dan credibilidad”, añade. Pero la principal diferencia, de acuerdo con Aníbal Cuevas, es el compromiso. Al casarse, “los contrayentes no se comprometen a seguir sintiendo lo que sienten en ese momento durante toda la vida, se comprometen a quererse en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, en los buenos y malos momentos”.

Tomás Melendo va aún más allá. Señala que la entrega, por la cual los cónyuges se dan libremente el uno al otro en exclusiva y para siempre, es del todo necesaria, pues el “sí” de la boda todo lo transforma. A partir de ese momento, los novios ya son otros. Pasan a ser esposos, es decir, “personas capaces de amar a un nivel muy superior”. Decirse “sí” –enfatiza Melendo– es un acto profundísimo, inigualable, por el que se fortalece la voluntad y se la habilita para querer a otro nivel.

Esto no quiere decir que al casarse ya esté todo dado, sino que, con la boda, los esposos emprenden la aventura de “aprender a amar”. “Puede sonar utópico –insiste el mismo Melendo–, pero quien ve el matrimonio como una gran aventura logra entenderlo. Lo propio de una aventura es que quienes la emprenden se pongan una meta alta, en apariencia inalcanzable, pero que vale la pena, aunque no tienen ninguna seguridad de que vayan a alcanzar su objetivo. Una vez que la inician, no permiten que las dificultades y los contratiempos sofoquen la ilusión inicial. Y, al mantener la mirada fija en el fin, en el triunfo, renuevan las energías y la valentía para seguir adelante”.

Vínculo sacramental
El catecismo de la Iglesia católica nos re­cuerda que, a pesar de las numerosas variaciones que ha podido sufrir el matrimonio a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales y actitudes espirituales, no es una institución puramente humana. Dios es su autor. La alianza matrimonial fue elevada por Cristo a la dignidad de sacramento.

Al casarse, además de una capacidad nueva para amarse plenamente, los esposos reciben una gracia especial de Dios que hace viable ese tipo de amor que el corazón humano tanto desea: la gracia de estado. ¿En qué consiste esta gracia? Según monseñor Reig Pla es como una cuerda que nos permite subir al segundo piso de una vivienda cuando la puerta está cerrada. Alguien desde arriba nos lanza una cuerda. Uno se coge a ella y sube. “Justo esto es lo que hace la gracia de Dios: darnos la posibilidad de alcanzar lo que deseamos y no podemos por nuestras fuerzas”, añade. Rafael Real, que lleva 33 años de matrimonio, asegura que ha experimentado esta gracia de forma viva en muchas ocasiones, incluso a los pocos días casarse. “A la vuelta de nuestro viaje de novios, pasamos por mi pueblo a ver a mis abuelos. Nos encontramos con que mi madre tenía una molestia en un ojo y unos meses después había perdido la vista. Mis padres tuvieron que venirse a vivir con nosotros. Yo tenía mucho miedo de que el cariño que tenía por mi madre fuera a interferir con el amor a mi esposa, entonces le dije a mi mujer: ‘Rosa, ayúdame, que yo solo no puedo’”. Desde ese momento Rafael, notó en Rosa una capacidad especial para llevar la convivencia con sus suegros.

Al recibir el sacramento del matrimonio, los esposos adquieren como esa especie de seguro para proteger su amor. Muchos matrimonios han logrado superar crisis aparentemente insalvables cuando recuerdan que entre ellos hay un tercero, que muchas veces los espera en silencio. “Jesucristo es quien da a los esposos la posibilidad de amarse, de perdonarse, de regenerar todo lo que se destruye dentro de ellos –como las propias heridas en la vida matrimonial–, y de hacer posible todo lo que a lo largo de su historia pudieran estropear en el proyecto de Dios”, explica monseñor Reig Pla.

Amarse más
Casarse entonces, ¿para qué? Para quererse más. Solo el compromiso libre de los esposos que se deciden a amarse sin reservas, para siempre, hace posible ese amor total, plenamente humano, fiel, exclusivo y fecundo, que caracteriza el amor entre los esposos.

Amor plenamente humano: como en todo lo humano, hay caídas, fracasos y errores. Hay discusiones. Hay momentos de absoluta incomprensión y, ante esta situación, ¿qué hacemos? Patricia Martínez comenta que es posible superarlo todo, pues “el corazón humano no es solo un músculo físico, sino un fuego capaz de reavivar desde las propias cenizas, aunque parezca que se están apagando”.

Amor total: en el matrimonio se entrega la persona entera, sin reserva alguna. Esto es posible pues es el único amor donde se da la unión sexual. En los demás amores es posible comunicar pensamientos, afectos e intenciones, pero no se da ese encuentro corporal que simboliza la unidad anímica. La entrega corpórea sella el amor matrimonial.

Amor fiel y exclusivo: uno con una y para siempre. ¿Significa que no me sentiré atraído por otra persona? Y si alguien distinto a mi cónyuge me atrae, ¿cómo afrontar esta situación? ¿Podré aguantar toda la vida a su lado? La fidelidad puede ser difícil, pero es fuente de felicidad duradera y profunda. Además, es siempre posible. Patricia Martínez indica que para lograrla “debemos cuidar y preservar la intimidad conyugal como el velo que protege el vínculo de pertenencia a otro en su singularidad”. Y añade que “la fidelidad es la mejor garantía de unidad en la vida conyugal, pues al haber sido libres para elegir nos hemos comprometido libremente con otro, lo que exige exclusividad, no solo de los cuerpos, sino de las mentes y los corazones”.

Amor fecundo: uno de los grandes miedos actuales es el rechazo a la fecundidad propia del amor matrimonial. Incluso se difunde la idea de que, una vez casados, conviene aplazar la llegada de los hijos para conocerse mejor y disfrutar el matrimonio. María Luisa Estrada, cofundadora del programa de educación para el amor Protegetucorazón, asegura que estas ideas debilitan la unión, pues los hijos son la tuerca del amor. “Cuando un tornillo se afloja y no tiene tuerca, se cae y la máquina se estropea. De igual manera, los hijos traen alegría, al mismo tiempo que ayudan a olvidarse de uno mismo, y los esposos empiezan a mirar juntos en esa dirección porque ser padres exige ser un espejo en el cual pueden mirarse los hijos”. Los hijos son el don más excelente del amor.

¿CUESTIÓN DE SUERTE O DE TEMPLE?
Aníbal Cuevas indica que la base del matrimonio está en hacer una buena elección. Compartir los mismos principios y creencias sobre la sexualidad, los sentimientos, los hijos, la fe, –apunta– garantiza en gran medida esa elección. Sin embargo, esta base no es suficiente. También hace falta que los novios se preparen con lo que exige la vida matrimonial. El estudio When marriage disappears (Cuando el matrimonio desaparece, 2010), demostró que los matrimonios más estables en EE UU son los de quienes tienen mayor formación académica, pues desde pequeños a estos jóvenes se les ha trazado un camino de éxito muy claro: si quieren llegar lejos, tendrán que dar una serie de pasos, en un orden concreto. En otras palabras, lograr el famoso “sueño americano” no es un tema de suerte, muy por el contrario, exige posponer la recompensa, forjar la disciplina necesaria para concentrarse en la educación y ejercitarse en virtudes como la templanza y la moderación, entre otras. Esto no indica que para casarse haga falta un título universitario, lo que intenta demostrar es que el mismo autocontrol y capacidad de trabajo que hacen posible un grado universitario en EE UU ha entrenado para el éxito matrimonial a quienes hoy en ese país tienen las uniones más sólidas. Por el contrario, quienes no han recibido este entrenamiento, optan con frecuencia por el sexo prematrimonial, viven más embarazos adolescentes, una historia de vida compartida con diferentes parejas, de promiscuidad sexual, de abuso de drogas y de matrimonios a muy temprana edad.

TIEMPO COMPARTIDO
Se ha vuelto muy frecuente ver que los matrimonios hagan planes de manera independiente, cada uno por su lado. María Luisa Estrada explica que este estilo de vida es muy mal síntoma. “Al casarse se hace una elección llena de aspectos maravillosos, que también conlleva renuncias. El tiempo se vuelve compartido. Hay que aprender a manejarlo de otro modo. Debe existir interacción, comunidad de vida y amor”. Es ese tiempo compartido el que permite a los esposos crecer en el conocimiento mutuo, madurar en el amor y hacer feliz, mucho más feliz, al otro. “Es mejor involucrarse en las cosas del otro, acompañarse siempre que sea posible, sin que eso implique perder una independencia natural y necesaria para actividades más personales, también indispensables para el propio crecimiento y descanso. No quiere decir que no haya algunos momentos para estar solos, pero el matrimonio conlleva estar juntos, hacer cosas juntos, disfrutar juntos”, añade Estrada.

fuente:revistamision.com

El deseo sexual sin amor por Enrique Rojas

La personalidad es una provincia de la afectividad. Grandes errores psicológicos arrancan de aquí, de separar el sexo y el amor

Enrique Rojas. Catedrático de psiquiatría.

La sexualidad humana ofrece una enorme complejidad. Sin embargo, su impulso fundamental es de tipo instintivo. Es la personalidad, formada por la inteligencia, la educación afectiva y la voluntad la que diferencia la sexualidad humana de la animal. La sexualidad es un elemento básico de nuestras vidas, y forma parte, de manera intrincada e inseparable, del mas grande de los sentimientos: el amor.

La sexualidad nos acompaña desde el nacimiento y puede determinar una parte de la vida adulta.

Aunque el estallido de la sexualidad se produce a partir de la pubertad, en realidad nos acompaña desde nuestro mismo nacimiento. Como Freud y otros estudiosos descubrieron, el niño presenta ya una faceta sexual desarrollada, que influye en la evolución de su personalidad y que puede determinar, al menos en parte, su vida adulta.

La sexualidad ni se debe reprimir ni se debe descontrolar, es necesaria su educación.

Por todo ello es conveniente asumir la sexualidad como algo perfectamente natural, pero también como un factor vital que, relacionado con el deseo, debe ser educado. Como se supo desde los mismoscomienzos de la psiquiatría moderna, la represión de la sexualidad puede producir trastornos; igualmente la entrega auna sexualidad descontrolada da lugar a una vida insatisfactoria e infeliz dominada por los impulsos hedonistas.

Las teorías sobre la sexualidad humana son numerosísimas, y tal vez no haya otro tema sobre el que se haya escrito tanto a lo largo de la historia.En realidad no fue hasta finales del siglo XIX que la sexología se convirtió en una ciencia gracias al libro “Estudios sobre psicología sexual“, del mencionado Ellis.

En esta obra se analizaba por primera vez la sexualidad desde un punto de vista general, desvinculado del erotismo. Ellis estudió la relación de pareja, la respuesta sexual de hombres y mujeres, o problemas como la frigidez y la impotencia.

El marco ideológico de la sexualidad en la actualidad está marcado por el agnosticismo, positivismo y utilitarismo.

Desde entonces ha habido multitud de autores que se han dedicado a este tema que, sin duda, atrae, sorprende y fascina al ser humano: Kinsey, Master, Jonson, Pellegrini, Giese, Lorando…

El planteamiento ha sido distinto en cada caso. El marco ideológico en el que hoy se sitúa la sexualidad en muchos ambientes tiene tres notas negativas que debemos combatir: el agnosticismo (ignora su vertiente espiritual), el utilitarismo (enaltece lo útil y placentero como esencial) y el positivismo (el sexo por si mismo, sin más). Unos han preferido concentrarse en detalles técnicos; otros han buscado una mejor expresión de las necesidades sexuales; algunos han querido desmitificar el sexo, restándole importancia como cosa natural que es; y otros han preferido indagar en los medios para incrementar el placer.

Casi todos los autores coinciden en evitar dejarse dominar por ese impulso instintivo que convierte la relación en un mero choque genital…

Todos ellos, sin embargo, han coincidido en un punto: la sexualidad humana es variada, exclusiva de nuestra especie, pero guarda un poso animal en su impulso de base. Independientemente del punto de vista , casi todos los autores señalan, por una razón o por otra, que hay que evitar dejarse dominar por ese impulso instintivo que priva a la sexualidad de sus mejores facetas y convierte la relación de pareja en un mero choque genital para satisfacer un apetito apremiante.

Por desgracia, estas sugerencias no parecen haber prendido en la sociedad moderna, agobiada por la inmediatez, el hedonismo, el consumismo y la permisividad.

Alcanzado el placer físico, la persona se siente vacía —como siempre que se realiza un deseo de manera impulsiva e impersonal— y esto produce sentimientos de culpa, obsesión y neurosis.

Alcanzado el placer físico, la persona se siente vacía, y esto produce sentimientos de culpa, obsesión y neurosis.

Convertir el sexo en una «religión», lo que parece ser una de las normas de la modernidad, es un error. La sexualidad es solo una parte del ser humano, importante, pero no la mas importante, ni tampoco la única.

La sexualidad humana es, pues, algo mas que conseguir un orgasmo rápido.

Para que la sexualidad sea satisfactoria y surja el amor es necesario saber controlar el deseo.

Es parte de una relación profunda entre dos personas, el inicio de un proyecto común que, partiendo de lo corporal, termina en una fusión psicológica , cultural y espiritual. La función básica de la sexualidad en la naturaleza es asegurar la continuidad de la especie por medio de la reproducción, pero en el género humano es algo mas.

La sexualidad es parte del amor, y el amor conduce al perfeccionamiento de la persona y a la verdadera felicidad. Para que la sexualidad sea satisfactoria y surja el amor es necesario saber controlar el deseo.

La sexualidad es una parte del amor, pero no es lo mismo que éste. Por el contrario, el sexo con amor forma parte del camino hacia el desarrollo humano en el ámbito de la pareja.

Las personas que se dejan gobernar por sus deseos inmediatos terminan siendo prisioneras y juguetes del momento y se convierten en egoístas incapaces de mantener una verdadera relación comprometida.

El conocimiento del universo afectivo es importante en la vida sexual de la pareja. Forma parte de la educación del deseo, y permite disfrutar de una sexualidad mas completa, por cuanto hace que entren en el juego elementos como el autocontrol, la voluntad y el dominio sobre los impulsos. Las personas que se dejan gobernar por sus deseos inmediatos terminan siendo prisioneras y juguetes del momento y se convierten en egoístas incapaces de mantener una verdadera relación comprometida.

Hay que tener en cuenta que la sexualidad no es un fin en si misma, sino parte de un entramado. La relación sexual con amor auténtico es una sinfonía donde se hospedan lo físico, lo psicológico, lo espiritual y la propia biografía.

El amor ha sido una de las fuerzas que ha movido a la humanidad a lo largo de la historia. En nuestra tradición cultural occidental fueron, por supuesto, los filósofos griegos los primeros en estudiar detalladamente la naturaleza del amor. Entre sus conclusiones destaca la tesis de que el amor surge primero de un deseo físico, pero que luego se perfecciona en una relación mas profunda caracterizada por el afecto.

El cristianismo elevó el amor a la categoría de valor universal. Distintas corrientes en la historia hasta nuestros tiempos han corrompido este concepto.

El cristianismo elevó el amor a la categoría de valor universal. El amor, tanto a Dios como al prójimo, es la máxima expresión del carácter humano y lo que verdaderamente nos convierte en seres superiores. El amor sería una suma de valores, como bondad, compromiso y generosidad.

La idealización del amor cortés en la Edad Media corrompería en parte este concepto superior, al iniciarse un «vaciado» de la relación de pareja que alcanza su «cumbre» en los últimos compases del siglo XX.

El Renacimiento proseguiría en esta línea y se iría alejando del concepto de amor pleno de la tradición cristiana original. La Celestina, y mas tarde Romeo y Julieta, son los precedentes de un nuevo concepto de amor que se va desarrollando poco a poco hasta llegar a la definición del amor del primer gran filósofo moderno, Descartes. Para el pensador francés el amor era una de las pasiones fundamentales del ser humano —junto al deseo o el odio, entre otras—. Pascal estableció su famosa máxima: «El corazón tiene razones que la razón desconoce». El enciclopedista Diderot llegó aún mas lejos con una frase que, en nuestra opinión, es absolutamente errónea, pero que da buena fe de la forma de pensar de la ilustración: «Se dice que el deseo es fruto de la voluntad, pero lo cierto es lo contrario: la voluntad es fruto del deseo». En suma, se había llegado a la culminación de un proceso intelectual que separaba el amor del intelecto, como si fueran aspectos independientes.

Esta lógica, equivocada en nuestra opinión, condujo paso a paso al desarraigo del fín del milenio. El amor, elaborado como pasión exaltada por los autores románticos, de vino sentimiento vacío, expresión del hedonismo apresurado, y quedó privado de su verdadero valor como herramienta para alcanzar la plenitud del espíritu.

En la actualidad vemos los resultados de todo ello: una multitud de personas desorientadas, dominadas por el consumismo y privadas de felicidad.

En la actualidad vemos los resultados de todo ello: una multitud de personas desorientadas, dominadas por el consumismo y privadas de felicidad. Todo el mundo nota que algo va mal, pero no sabe decir exactamente qué. Es hora de efectuar un giro, de realizar un esfuerzo de superación tanto personal como social.

La personalidad es una provincia de la afectividad. Grandes errores psicológicos arrancan de aquí, de separar el sexo y el amor

La personalidad es una provincia de la afectividad. Grandes errores psicológicos arrancan de aquí, de separar el sexo y el amor.

Autor: FAMILIAE Psicoterapia- Fecha: 2011-03-24

Razones para terminar un noviazgo.

No basta amar a una persona para formar una pareja con ella.

RAZONES PARA TERMINAR UN NOVIAZGO

Objetivo:
Hacer conciencia de los factores por los cuales una relación de noviazgo debería terminar, preparando al joven a relaciones emocionalmente estables.

No basta amar a una persona para formar una pareja con ella. Aunque íntimamente ligados, son dos asuntos diferentes. Podemos amar intensa y profundamente a una persona, y al mismo tiempo darnos cuenta de que no podemos formar una buena pareja con esa persona.

La relación de pareja es maravillosa, pero también difícil. No es suficiente, para construirla, con lindos sentimientos. Hacen falta otras cosas: madurez, salud emocional, respeto, solidaridad, generosidad, comunicación, proyectos de vida comunes, acuerdo en los principios básicos, flexibilidad…

El noviazgo es, precisamente, la etapa para darse cuenta de si dos personas que se aman pueden o no, al cabo del tiempo, formar un matrimonio feliz. Por eso necesitan estar atentos a lo que verdaderamente ocurre en su relación, más allá de la atracción y el enamoramiento. Conviene que estén atentos a los pequeños signos, detalles que pueden estar ocultando problemas graves, como los siguientes, que deben prender una señal de alarma en nuestra relación:

1.- VIOLENCIA. Cuando hay violencia en la relación sea verbal, emocional o física, aunque sea leve, esa relación debe terminar de inmediato. Las esposas de hombres golpeadores, por poner un ejemplo, relatan casi siempre que de novios ya había gritos e insultos. Nunca pensaron que eso empeoraría, la violencia nunca construye una relación. Es una profunda falta de respeto.

2.- CELOS. Cuando alguno de los dos es celoso, son una señal terrible de inseguridad, de afán de control y de posesión sobre el otro. Sobre estas bases no puede existir el auténtico amor. Los celos, no son, para nada, una prueba de amor. Al contrario, significan que el celoso te considera posesión suya, para su uso y recreación.

3.- DEPENDENCIA EMOCIONAL. Si se necesitan el uno al otro para ser felices. La felicidad es una experiencia interna y responsabilidad de cada quien. Si comparten y enriquecen su felicidad, qué maravilla, pero si dependen del otro para ser felices, si sienten que su vida esta vacía sin el otro, eso no es amor, es dependencia.

4.- ALCOHOLISMO. Cuando uno de los dos bebe más de la cuenta. El alcoholismo es una enfermedad. Los enfermos alcohólicos merecen amor, comprensión y respeto, como cualquier persona. Pero, mientras no se recuperen de su enfermedad, no están capacitados para formar una pareja, mucho menos para ser padres. Hablamos de recuperación, no solamente de dejar de beber. La recuperación significa un cambio profundo de la persona, de su carácter, de su madurez, de su vida espiritual. El alcoholismo es una enfermedad progresiva, de modo que es probable que durante el noviazgo todavía no se manifieste plenamente, pero si hay signos de esta enfermedad, está ahí, por ejemplo beber cada fin de semana, excederse una y otra vez, no poder decir “basta”, aburrirse en reuniones donde no hay alcohol, hacer o decir cosas que no haría o diría sobrio, tomar para escapar de tensiones o problemas o para animarse…

5.- DESEOS DE CONTROL. Si tu novio o novia te presiona a hacer algo que tú no estás de acuerdo porque le parece bueno para ti. Esto puede parecer un detalle insignificante, pero en el fondo hay un enorme deseo de control sobre la otra persona, lo que implica poner obstáculos para que sea ella misma.

6.- NO PUEDEN SER AMIGOS. Si lo que los une es la pasión, el deseo, el enamoramiento; pero no pueden sentarse a platicar; si no se escuchan uno al otro; si no pueden compartir sus vidas como hacen con un buen amigo o una buena amiga, eso que hay entre ustedes no les va a permitir formar un buen matrimonio.

7.- PROBLEMAS PSICOLÓGICOS. Cualquier problema psicológico serio es razón suficiente para terminar un noviazgo, o al menos para plantear la necesidad de recuperación del afectado antes de formalizar más la relación. Problemas como depresión, ansiedad, inseguridad profunda, inmadurez, obsesiones, masoquismo, agresividad, compulsiones, adicciones y otras, deben ser tratados profesionalmente antes de formar una pareja. El miembro sano de la pareja no debe sentirse culpable por dejar al otro con su problemas porque, como ya dijimos, una cosa es el amor y otra la pareja. Podemos amar a alguien con problemas, y apoyarlo y ayudarlo en la medida de lo posible, pero de ahí a formar una pareja hay un abismo. No solamente no es conveniente, sino que no tenemos derecho a hacerlo, por lo menos no si lo que queremos es formar una familia.

8.- MENTIRAS Y OCULTAMIENTO DE ASUNTOS GRAVES. Haber tenido un hijo, por ejemplo, o padecer una enfermedad seria, así como antecedentes penales o situaciones familiares problemáticas, entre otros. Estos asuntos, por sí mismos, no necesariamente incapacitan una relación. Pero el otro debe saber que existen para poder tomar una decisión libre, no con base en engaños. Así que, si alguien sospecha con cierto fundamento que el otro le está ocultando algo grave, es mejor terminar esa relación cuanto antes.

9.- EGOÍSMO. Cada quien sabe cuándo es egoísta y cuándo el otro lo es. El egoísmo no permite que se desarrolle el amor.

10.- JUZGARSE EL UNO AL OTRO. Criticar a sus mutuas familias, no aprobarse, no darle valor a lo que siente o piense el otro. Todo esto habla de que no hay un verdadero encuentro entre los dos.

11.- NO AFINIDAD DE VALORES. No estar de acuerdo en los valores fundamentales de la vida. ¿Cómo podrían construir una vida en común así?

12.- NO ESTAR DE ACUERDO EN DETALLES COTIDIANOS. Por ejemplo como pasar el tiempo libre, que uno le guste bailar y otro no, el tipo de comida, etc., y no ser capaces de tolerarse uno al otro. Si uno de los dos tiene que adaptarse a otro, renunciar a sus amigos o actividades que degustan, esa relación no va a funcionar, porque está partiendo de un cancelar, al menos en parte, de uno de lo miembros.

Tomado del libro “OBRAS SON AMORES Y NO BUENAS…EXCUSAS”
Recopilador: Pbro. Jorge Amando Vázquez Rodríguez
Autor del artículo: Yusi Cervantes Leyzaola

————–
Fuente:
Pastoral Juvenil Coyuca.

http://pjcweb.org

Vicktor Frankl