Arraigados en el Amor

¿Has estado en la JMJ? Si recuerdas uno de los palabras que más han sonado es el término de arraigado. Con él nos dirigimos hacia nuestras raíces, hacia nuestros vínculos. Como un planta que esta por crecer va buscando agua, así también es necesario para desarrollar nuestro crecimiento personal tener unas bases solidas, unas raíces en las que sostenerse y apoyarse.

Nuestra identidad parte de un vínculo, de una unión, que nos remite a nuestros padres que nos dieron la vida. Hoy precisamente lo que más nos cuesta es crear vínculos afectivos, porque implican una serie de aspectos que a veces son difíciles de llevar. Los casos que se presentan en las consultas psicológicas son generalmente problemas relacionales (familiares, compañeros de trabajo, amistades, etc.).

 

Os dejamos con este diálogo escogido de la obra del “El Principito” del famoso autor Antoine Saint Exupéry (1900-1944). Entre dos de sus personajes más famosos: el Principito y el Zorro, en el que se nos indica como comenzar a establecer relaciones.

Podéis enviarnos vuestras consultas sobre qué es lo que más os cuesta en vuestras relaciones con los demás o incluso que estrategias utilizáis para solventar estas dificultades a: mcarmengr@psicovinculos.es

 

 

 

Educación sexual: Para saber más

Una guía de los textos que presentamos en este Cuaderno de encuentra.com en relación a la Educación sexual, que orienta sobre su lectura.

Hablar de educación sexual implica algo más que explicar lo que es el sexo. Podemos comprender cómo el misterio de la vida, en muchas especies animales y también en muchas plantas, se transmite gracias al intercambio de cromosomas que vienen de la padre y del madre. Pero el hombre es capaz de descubrir otra dimensión de la sexualidad: la de una plenitud, la de un gozo intenso, la de una continuación del amor. La educación sexual no puede entenderse como mera información. Lo importante es garantizar la existencia del contexto adecuado para su planteamiento, que siempre es más amplio que el de la descripción de un dinamismo biológico. La sexualidad es una dimensión humana en virtud de la cual la persona es capaz de una donación interpersonal específica. La educación sexual ha de tener en cuenta todos estos elementos y no restringir la sexualidad a pura genitalidad: ese es un aspecto más de la realidad, pero no el único. Por lo mismo, se hace urgente iniciar un nuevo tipo de educación sexual. El presupuesto de partida no puede ser otro que este: cada hombre y cada mujer puede ordenar y controlar sus propios actos por fines y amores más elevados que los simples instintos del placer y del miedo. Cada hombre y cada mujer están llamados a vivir el amor con responsabilidad, en el marco del mutuo respeto y del amor generoso.

1.Textos del Magisterio de la Iglesia. Los argumentos que ahí se manejan tienen un fundamento antropológico. Los textos que presentamos son:

a) Veritatis Splendor. Encíclica de S. S. Juan Pablo II sobre el Esplendor de la Verdad Roma, 6 de agosto de 1993.

b) Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente de S. S. Juan Pablo II como preparación del Jubileo del año 2000. Vaticano, 10 de noviembre del año 1994.

c) Mensaje de S. S. Juan Pablo II a la secretaria general de la Conferencia Internacional de las Naciones Unidas Vaticano, 26 de mayo de 1995.

d) Evangelium Vitae. Encíclica de S. S. Juan Pablo II sobre la defensa de la vida. Vaticano, 25 de marzo de 1995.

e) Fides et Ratio. Encíclica de S. S. Juan Pablo II sobre las relaciones entre la fe y razón. Ciudad del Vaticano, 14 de septiembre de 1998.

g) Reflexiones a propósito de la encíclica “Fides et ratio” del Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Roma, 16 de enero de 1999.

h) Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia. Congregación para la Doctrina de la Fe. Roma, 6 de agosto de 2000.

i) Homilía del cardenal Joseph Ratzinger en la misa por la elección del Papa. Roma, abril de 2005.

2. Argumentos de fondo. La educación, por un lado saca lo mejor de sí que existe en el niño, por tanto el papel de la herencia es primordial a la hora de aportar nítidamente un potencial psicosexual definido, pero hemos adquirido conciencia del papel preponderante del ambiente a la hora de cuasi-determinar un comportamiento sexuado y diferenciado. La sexualidad es educable, puesto que no somos animales irracionales, privados de inteligencia, voluntad y libertad, ni determinados de modo irreversible a comportarnos compulsivamente según nuestra fisiología.

2.1 Entrevistas. Juan Ramón Ayllón, Leticia Soberón Mainero, José María Barrio, Patricia Martínez, Juan Atonio Reig Pla y Juan Pérez Soba comparten sus interesantes experiencias.

3. Artículos de prensa para pensar y discutir. Es urgente promover una educación sexual que enseñe el respeto, el autocontrol, el aprecio por los demás, y la capacidad de darse “hasta la muerte”. Habrá que empezar, por lo tanto, una auténtica y genuina formación sexual en familia, pues es allí donde los hijos puede descubrir un modelo de amor generoso y fiel. Siempre es tiempo para dar ese ejemplo. Y nunca nos arrepentiremos de haberlo dado. Aquí es donde los medios de comunicación tienen una labor por realizar.

4. Testimonios. La muerte del Dr. Benjamín Spock nos hace reflexionar sobre el tema.

5. Bibliografía. Textos con una pequeña recensión de algunas obras que ilustran el tema de la Educación sexual para quienes quieren profundizar un poco más.

Fuente: encuentra.com

El sentido del dolor

Lovefield. Corto Provida

Alfonso Aguiló, “Cambiar es posible”, Hacer Familia nº 206, 1.IV.11

Ha fallecido en New York a los 84 años Bernard Nathanson, aquel famoso doctor que fue conocido como el “rey del aborto”. Lo llamaban así porque practicó más de setenta mil abortos y porque fue uno de los que más promovió los cambios legislativos a favor del aborto en Estados Unidos a comienzos de los años setenta. Nathanson estudió medicina en Montreal y allí se enamoró de Ruth, una joven y guapa judía con quien tenía planes de matrimonio. La joven se quedó embarazada y cuando Bernard le escribió a su padre para consultarle la posibilidad de contraer matrimonio, éste le envió cinco billetes de cien dólares junto con la recomendación de abortar. Bernard convenció a Ruth para que abortase. Conoció entonces el siniestro mundo del aborto y cuando acabó sus estudios se dedicó plenamente a ello. Años después, en 1968, fundó junto con otras personas una liga nacional para revocar las leyes sobre el aborto en Estados Unidos, y en 1973 ya lo habían conseguido. Él mismo describió tiempo después las tácticas que emplearon. La primera, convencer a los medios de comunicación de que la causa del aborto era propia de un liberalismo progresista. La segunda fue decir que había un millón de abortos clandestinos anuales, aunque en realidad apenas superaban los cien mil, pero repitieron esa cifra hasta que fue para todo el mundo una realidad indiscutible. La siguiente fue denigrar sistemáticamente a la Iglesia Católica, calificando de retrógradas sus ideas y señalándola como opositora principal. Por último, se esforzaron en ignorar cualquier evidencia científica de que la vida comienza con la concepción.

“He abortado —se lamentaría amargamente años después— a hijos de amigos, colegas, conocidos e incluso profesores. Llegué incluso a abortar a mi propio hijo (…) Ella quería seguir adelante con el embarazo pero me negué y yo mismo realicé el aborto”. Pero poco a poco las cosas empezaron a cambiar. Una nueva tecnología, los ultrasonidos, irrumpió en el ámbito de la medicina. Un día pudo observar el corazón del feto en los monitores electrónicos y comenzó a plantearse por vez primera “qué era lo que estábamos haciendo verdaderamente en la clínica”. Decidió reconocer su error en un artículo en la revista The New England Journal of Medicine y aquello provocó una enorme reacción. Tanto él como su familia recibieron incluso amenazas de muerte.

En 1984 Nathanson pidió a un amigo suyo, que practicaba de quince a veinte abortos diarios, que colocase un aparato de ultrasonidos sobre la madre, grabando la intervención: “lo hizo, y cuando vio las cintas conmigo, quedó tan afectado que ya nunca más volvió a realizar un aborto”. Aquello dio origen a un documental titulado “El grito silencioso”, que llenó de admiración y de horror al mundo entero. Nathanson, pese a ser ateo de formación y de convicción, fue cambiando también en esto, de modo que en 1996 se convirtió al catolicismo y fue hasta su muerte un convencido creyente.

Un cambio tan meridiano como el de Bernard Nathanson es una muestra de que toda persona, por muy inmersa que esté en el error, puede cambiar. Todos podemos mejorar, podemos salir de cualquier error, aunque sea muy grave y de muchos años. La naturaleza siempre emite señales que nos lo advierten, y cualquiera, por muy obcecado que esté en determinados momentos, puede captar esos mensajes y, si hay la suficiente honestidad personal, abrirse al cambio. Además, quien más metido está en el error sabe mejor que nadie sus tristes consecuencias, la sordidez en que nos envuelve, las cadenas con que nos esclaviza. Y quizá por eso quienes salen de lo profundo de un error tienen más fácil luego advertir a los demás de sus engaños.

Bernard Nathanson cambió porque supo ser fiel a la voz de su conciencia aunque se sintiera prisionero de la inercia de una vida llena de tantos errores. Y cambió también porque hubo quienes tuvieron el valor de mantener la comunicación con él pese a lo equivocado de sus posturas y supieron tenderle la mano. Esta es otra importante enseñanza: hemos de procurar no perder la paciencia con nadie, por equivocado que esté, y hemos de esforzarnos por hacernos entender mejor, por entenderles a ellos, por superar las barreras que impiden ese cambio que quizá está más cerca de lo que pensamos.

fuente: interrogantes.net

EDUCAR; ESO VIENE MÁS TARDE

Por Mortimer J. Adler*
*Mortimer Adler es el Director del Instituto de Investigación Filosófica de Chicago y Presidente del Consejo de Redacción de la Enciclopedia Británica.

Durante más de 40 años, una idea predominante en mi filosofía educativa ha sido la de reconocer que jamás ha sido nadie educado —nadie puede serlo— en una escuela o universidad.

Tal sería el caso si nuestras escuelas y universidades fueran perfectas, que ciertamente no lo son, e incluso si los estudiantes fueran los mejores y más inteligentes, y también conscientes en la aplicación de sus facultades.

La razón es sencillamente que la propia juventud —la inmadurez— es un obstáculo insuperable para llegar a educarse. Para los jóvenes está la escolarización. La educación llega más tarde, ordinariamente mucho más tarde. Lo más acertado que pueden hacer nuestras escuelas es preparar a los jóvenes para seguir aprendiendo a lo largo de la vida, proporcionándoles la aptitud para el aprendizaje y el amor por el saber. Actualmente, nuestras escuelas y universidades no lo están haciendo, pero eso es lo que deberían estar haciendo.

Hablar de un joven educado o de un joven sabio, profundo en la comprensión de ideas y temas fundamentales, supone una contradicción en los términos equivalente a la de hablar de la cuadratura del círculo. Puede prepararse a los jóvenes para una educación en los años venideros, pero sólo los hombres y las mujeres maduros pueden llegar a educarse, comenzando el proceso a sus 40 ó 50 años y alcanzando un poquito de genuina intuición, de juicio sensato y de sabiduría práctica después de cumplir los 60.

Esto es lo que no sabe ni puede comprender ningún titulado de enseñanza media o superior. En realidad, la mayoría de sus profesores no parecen saberlo. Con su obsesión por cubrir unos contenidos y con su modo de examinar a sus alumnos, no actúan ciertamente como si comprendiesen que sólo están preparándolos para su educación en el futuro más que para tratar de darle cumplimiento dentro de los recintos de sus instituciones.

Hay, por supuesto, algo de verdad en la antigua idea de que la conciencia de la ignorancia es el comienzo de la sabiduría. Pero téngase presente que es sólo el comienzo. A partir de ahí uno tiene que hacer algo con ese fin. Y para hacerlo inteligentemente, uno tiene que saber algo sobre sus causas y remedios: por qué los adultos necesitan educación y qué pueden hacer dadas sus posibilidades.

Cuando los adultos jóvenes se dan cuenta de lo poco que aprendieron en la escuela, ordinariamente dan por supuesto que algo fallaba en la escuela a la que asistieron o en el modo en que allí empleaban el tiempo. Pero el hecho es que el mejor titulado posible de la mejor escuela posible necesita continuar aprendiendo todo, tanto como el peor.

¿Cómo deberían arreglarse para hacerlo? En un libro reciente he tratado de responder a esta pregunta: «Cómo deberían proceder las personas que desean dirigir por sí mismas la continuación de su aprendizaje una vez finalizada toda escolarización?». Una respuesta escueta y sencilla: leer y conversar.

Nunca leer solamente, porque la lectura sin la conversación con otros que hayan leído el mismo libro no es ni mucho menos tan provechosa. Y así como la lectura sin la conversación puede dejar de producir el máximo de comprensión a que debería aspirarse, del mismo modo la conversación sin la sustancia que ofrecen los buenos y grandes libros probablemente degenerará en poco más que un intercambio de opiniones o de prejuicios personales.

Aquellos que se tomen esta recomendación en serio, por supuesto que estarían en mejor situación si su escolarización les hubiese proporcionado la disciplina intelectual y la aptitud que necesitan para llevarla a cabo, y si, además, les hubiese introducido en el mundo de la cultura con cierta apreciación de sus ideas y temas fundamentales. Pero incluso el individuo que tuviese la fortuna de salir de su escuela o su universidad con una mente tan disciplinada, todavía tendría un largo camino que recorrer antes de llegar a ser, él o ella, una persona educada.

Si nuestras escuelas y universidades cumplieran su cometido y los adultos el suyo, todo iría bien. Sin embargo, nuestras escuelas y universidades no están cumpliendo el suyo porque intentan hacer cualquier otra cosa. Y los adultos no están haciendo lo suyo porque la mayoría permanecen en el engaño de creer que han completado su educación al finalizar su período escolar.

Tan sólo la persona que se percata de que la edad madura es el tiempo de adquirir la educación que ningún joven podrá jamás adquirir, se sitúa por fin en el camino real hacia el saber. El camino es empinado y pedregoso, pero es el camino real, abierto a quienquiera que tenga aptitud para aprender y bien a la vista el fin último de todo saber: la comprensión de la naturaleza de las cosas y el lugar del hombre en el proyecto total.

Una persona educada es la que a través de los afanes de su propia vida ha asimilado las ideas que la hacen representativa de su cultura, que la hacen portadora de sus tradiciones y la capacitan para contribuir a su perfeccionamiento.

fuente:arvo.net

Vale la pena esperar

Amarse con los defectos

¿Qué es la Teología del cuerpo?

What is the Theology of the Body?

The “rich patrimony” of John Paul II’s teaching “has not yet been assimilated by the Church. My personal mission is not to issue many new documents, but to ensure that his documents are assimilated.”

Benedict XVI (Interview on John Paul II’ s Legacy, October 16, 2005)

Pope John Paul II devoted the first major teaching project of his pontificate – 129 short talks between September of 1979 and November of 1984 – to providing a profoundly beautiful vision of human embodiment and erotic love. He gave this project the working title “theology of the body.”
George Weigel, author of Witness to Hope: The Biography of Pope John Paul II, calls this papal study of human sexuality “one of the boldest reconfigurations of Catholic theology in centuries” – a “theological time-bomb set to go off with dramatic consequences …perhaps in the twenty-first century.” At this point the Pope’s vision of sexual love “has barely begun to shape the Church’s theology, preaching, and religious education.” But when it does, Weigel predicts, “it will compel a dramatic development of thinking about virtually every major theme in the Creed” (pp. 336, 343, 853).

Far from being a footnote in the Christian life, the way we understand the body and the sexual relationship “concerns the whole Bible” (TOB 69:8). It plunges us into “the perspective of the whole Gospel, of the whole teaching, even more, of the whole mission of Christ” (TOB 49:3). Christ’s mission, according to the spousal analogy of the Scriptures, is to “marry” us. He invites us to live with him in an eternal life-giving union of love.

This is what the union of the sexes is meant to proclaim and foreshadow – the eternal union of Christ and the Church. As St. Paul says, quoting from Genesis, “‘For this reason a man shall leave his father and mother and be joined to his wife, and the two shall become one flesh.’ This is a great mystery, and I mean in reference to Christ and the church” (Eph 5:31-32).

By helping us understand this profound interconnection between sex and the Christian mystery, John Paul’s theology of the body not only paves the way for lasting renewal of marriage and the family; it enables everyone to rediscover “the meaning of the whole of existence, the meaning of life” (TOB 46:6).

Please Click Hereto view Pope John Paul’s 129 Wednesday Audiences, which comprise his Theology of the Body.

*TOB Man and Woman He Created Then: A Theology of the Body, John Paul II’s general audience addresses on Human Love in the Divine Plan, Michael Waldstein translation (Pauline, 2006)

Más información: www.tobinstitute.org; www.amorseguro.org

Eros y agape

utor: Raniero Cantalamessa | Fuente: Catholic.net
Las dos caras del amor: el eros y el ágape
La secularización del amor consiste en separar el amor humano, en todas sus formas, de Dios, reduciéndolo a algo puramente “profano”, donde Dios está “de más” e incluso molesta

1. Las dos caras del amor

Con las predicaciones de esta Cuaresma quisiera seguir en el esfuerzo, comenzado en Adviento, de llevar una pequeña contribución de cara a la reevangelización del occidente secularizado, que constituye en este momento la preocupación principal de toda la Iglesia y en particular del Santo Padre Benedicto XVI.

Hay un ámbito en el que la secularización actúa de modo particularmente difundido y nefasto, y es el ámbito del amor. La secularización del amor consiste en separar el amor humano, en todas sus formas, de Dios, reduciéndolo a algo puramente “profano”, donde Dios está “de más” e incluso molesta.

Pero el tema del amor no es importante solo para la evangelización, es decir, en la relación con el mundo; lo es también, y ante todo, para la vida interna de la Iglesia, para la santificación de sus miembros. Es la perspectiva en la que se coloca la encíclica Deus caritas est del Santo Padre Benedicto XVI y en la que nos colocamos también nosotros en estas reflexiones.

El amor sufre una nefasta separación, no sólo en la mentalidad del mundo secularizado, sino también en el lado opuesto, entre los creyentes y en particular entre las almas consagradas. Simplificando al máximo, podríamos formular así la situación: en el mundo encontramos un eros sin agape; entre los creyentes encontramos a menudo un agape sin eros.

El eros sin agape es un amor romántico, muy a menudo pasional, hasta la violencia. Un amor de conquista que reduce fatalmente el otro a objeto del propio placer e ignora toda dimensión de sacrificio, de fidelidad y de donación de sí. No es necesario insistir en la descripción de este amor porque se trata de una realidad que tenemos a diario ante los ojos, de la que se hace propaganda martilleante por parte de novelas, películas, series televisivas, internet, revistas llamadas “rosa”. Es lo que el lenguaje común entiende, actualmente, con la palabra “amor”.

Más útil para nosotros es comprender qué se entiende por agape sin eros. En música existe una distinción que nos puede ayudar a hacernos una idea: la que existe entre el jazz caliente y el jazz frío. Leí en alguna parte esta caracterización de los dos géneros, aunque no es la única posible. El jazz caliente (hot) es el jazz apasionado, ardiente, expresivo, hecho de impulsos, de sentimientos, y por tanto de cabriolas e improvisaciones originales. El jazz frío (cool) es el que se hace cuando se pasa al profesionalismo: los sentimientos se vuelven repetitivos, la inspiración se sustituye por la técnica, la espontaneidad por el virtuosismo.

Siguiendo esta distinción, el agape sin eros nos parece como un “amor frío”, un amar “con la cabeza”, sin participación de todo el ser, más por imposición de la voluntad que por impulso íntimo del corazón. Un ajustarse a un molde preconstituido, en lugar de crear uno propio e irrepetible, como irrepetible es todo ser humano ante Dios. Los actos de amor dirigidos a Dios se parecen a aquellos de ciertos enamorados inexpertos que escriben a la amada cartas copiadas de un prontuario.

Si el amor mundano es un cuerpo sin alma, el amor religioso practicado así es un alma sin cuerpo. El ser humano no es un ángel, es decir, un puro espíritu; es alma y cuerpo sustancialmente unidos: todo lo que hace, incluyendo amar, debe reflejar esta estructura suya. Si la parte ligada al tiempo y a la corporeidad es sistemáticamente negada o reprimida, el resultado será doble: o se sigue adelante de forma faticosa, por sentido del deber, por defensa de la propia imagen, o bien se buscan compensaciones más o menos lícitas, hasta los dolorosísimos casos que están afligiendo a la Iglesia. En el fondo de muchas desviaciones morales de almas consagradas, no puede ignorarse, hay una concepción distorsionada y deformada del amor.

Tenemos por tanto un motivo doble y una doble urgencia de redescubrir el amor en su unidad originaria. El amor verdadero e íntegro es una perla escondida entre dos valvas, que son el eros y el agape. No se pueden separar estas dos dimensiones del amor sin destruirlo, como no se pueden separar entre el hidrógeno y el oxígeno sin privarnos con ello mismo del agua.

2. La tesis de la incompatibilidad entre los dos amores

La reconciliación más importante entre las dos dimensiones del amor es esa práctica que tiene lugar en la vida de las personas, pero precisamente para que esta sea posible es necesario comenzar con reconciliar entre sí eros y agape también teóricamente, en la doctrina. Esto nos permitirá entre otras cosas conocer finalmente qué se entiende con estos dos términos tan a menudo usados y malentendidos.

La importancia de la cuestión nace del hecho de que existe una obra que hizo popular en todo el mundo cristiano la tesis opuesta de la inconciliabilidad de las dos formas de amor. Se trata del libro del teólogo luterano sueco Anders Nygren, titulado “Eros y agape” [1] . Podemos resumir su pensamiento en estos términos. Eros e agape designan dos movimientos opuestos: el primero indica ascensión y subida del hombre a Dios y a lo divino como al propio bien y al propio origen; la otra, el ágape, indica el descendimiento de Dios al hombre con la encarnación y la cruz de Cristo, y por tanto la salvación ofrecida al hombre sin mérito y sin respuesta por su parte, que no sea la sola fe. El Nuevo Testamento hizo una elección precisa, usando, para expresar el amor, el término agape y rechazando sistemáticamente el término eros.

San Pablo es el que con más pureza recogió y formuló esta doctrina del amor. Después de él, siempre según la tesis de Nygren, esta antítesis radical fue perdiéndose casi en seguida para dar lugar a intentos de síntesis. Apenas el cristianismo entra en contacto cultural con el mundo griego y la visión platónica, ya con Orígenes, hay una revaloración del eros, come movimiento ascensional del alma hacia el bien y hacia lo divino, como atracción universal ejercida por la belleza y por lo divino. En esta línea, el Pseudo Dionisio Areopagita escribirá que “Dios es eros”[2] , sustituyendo este término al de agape en la célebre frase de Juan (1 Jn 4,10).

En occidente una síntesis análoga la realiza Agustín con su doctrina de la caritas entendida como doctrina del amor descendente y gratuito de Dios por el hombre (¡nadie ha hablado de la “gracia” de manera más fuerte que él!), pero también como anhelo del hombre al bien y a Dios. Suya es la afirmación: “Nos has hecho para ti, oh Dios, y nuestro corazón está inquieto hasta que no reposa en ti”[3]; suya es también la imagen del amor como de un peso que atrae al alma, como por la fuerza de la gravedad, hacia Dios, como al lugar del propio descanso y del propio placer [4]. Todo esto, para Nygren, inserta un elemento de amor de sí, del propio bien, y por tanto de egoísmo, que destruye la pura gratuidad de la gracia; es una recaída en la ilusión pagana de hacer consistir la salvación en una ascención a Dios, en lugar de en el gratuito e inmotivado descenso de Dios hacia nosotros.

Prisioneros de esta síntesis imposible entre eros y agape, entre amor de Dios y amor propio, siguen siendo, según Nygren, san Bernardo cuando define el grado supremo del amor de Dios como un “amar a Dios por sí mismo” y un “amar a sí mismo por Dios” [5] , san Buenaventura con su ascensional “Itinerario de la mente en Dios”, como también santo Tomás de Aquino que define el amor de Dios efundido en el corazón del bautizado (cf. Rm 5,5) como “el amor con el que Dios nos ama y con el que hace que nosotros le amemos” (amor quo ipse nos diligit et quo ipse nos dilectores sui facit”) [6] . Esto de hecho vendría a decir que el hombre, amado por Dios, puede a su vez amar a Dios, darle algo suyo, lo que destruiría la absoluta gratuidad del amor de Dios. En el plano existencial la misma desviación según Nygren, se tiene con la mística católica. El amor de los místicos, con su fortísima carga de eros, no es otro, para él, que un amor sensual sublimado, un intento establecer con Dios una relación de presuntuosa reciprocidad en amor.

Quien rompió la ambigüedad y devolvió a la luz la neta antítesis paulina fue, según el autor, Lutero. Fundando la justificación en la sola fe, él no excluyó la caridad del momento fundacional de la vida cristiana, como le recrimina la teología católica; más bien liberó a la caridad, el agape, del elemento espurio del eros. A la fórmula de la “sola fe”, con exclusión de las obras, correspondería, en Lutero, la fórmula del “solo agape”, con exclusión del eros.

No me corresponde aquí establecer si el autor interpretó correctamente en este punto el pensamiento de Lutero que – hay que decirlo – nunca planteó el problema en términos de confrontación entre eros y agape, como hizo en cambio entre fe y obras. Es significativo, con todo, el hecho de que también Karl Barth, en un capítulo de su “Dogmática eclesial”, llega al mismo resultado que Nygren de una confrontación incurable entre eros y agape: “Donde entra en escena el amor cristiano – escribe –, comienza inmediatamente el conflicto con el otro amor y este conflicto no tiene fin”[7] . Yo digo que si esto no es luteranismo, es sin embargo ciertamente teología dialéctica, teología del aut-aut, de la antítesis, no de la síntesis.

El resultado de esta operación es la radical mundanización y secularización del eros. Mientras de hecho una cierta teología excluía el eros del agape, la cultura secular era muy feliz, por su parte, de excluir el agape del eros, es decir, toda referencia a Dios y a la gracia del amor humano. Freud proporcionó a ello una justificación teórica, reduciendo el amor a eros y el eros a libido, a pura pulsión sexual que lucha contra toda represión e inhibición. Es el estadio al que se recude hoy el amor en muchas manifestaciones de la vida y de la cultura, sobre todo en el mundo del espectáculo.

Hace dos años me encontraba en Madrid. En los periódicos no se hacía otra cosa que hablar de una cierta exposición de arte que se celebraba en la ciudad, titulada “Las lágrimas del eros”. Era una exposición de obras artísticas con trasfondo erótico – cuadros, dibujos, esculturas – que pretendía sacar a la luz el indisoluble vínculo que existe, en la experiencia del hombre moderno, entre eros y thanatos, entre amor y muerte. A la misma constatación se llega, leyendo la recopilación de poesías “Las flores del mal” de Baudelaire o “Una temporada en el infierno” de Rimbaud. El amor que por su naturaleza debería llevar a la vida, lleva en cambio a la muerte.

3. Vuelta a la síntesis

Si no podemos cambiar de golpe la idea de amor que tiene el mundo, podemos sin embargo corregir la visión teológica que, sin quererlo, la favorece y legitima. Es lo que ha hecho de manera ejemplar el Santo Padre Benedicto XVI con la encíclica Deus caritas est. Él reafirma la síntesis católica tradicional expresándola en términos modernos. “Eros e agape, se lee – amor ascendente y amor descendente – nunca llegan a separarse completamente […]. la fe bíblica no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones” (nr. 7-8). Eros y agape están unidos a la fuente misma del amor que es Dios: “Él ama – continua el texto de la encíclica – y este amor suyo puede ser calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente agapé. ” (nr. 9).

Se entiende la acogida insólitamente favorable que este documento pontificio encontró también en los ambientes laicos más abiertos y responsables. Ésta da una esperanza al mundo. Corrige la imagen de una fe que toca tangencialmente el mundo, sin penetrar dentro de él, con la imagen evangélica de la levadura que hace fermentar la masa; sustituye la idea de un reino de Dios venido a “juzgar” al mundo, con la de un reino de Dios venido a “salvar” al mundo, empezando por el eros que es su fuerza dominante.

A la visión tradicional, propia tanto de la teología católica como de la ortodoxa, se puede aportar, creo, una confirmación también desde el punto de vista de la exégesis. Los que sostienen la tesi de la incompatibilidad entre eros y agape se basan en el hecho de que el Nuevo Testamento evita cuidadosamente – y, al parecer, intencionalmente – el término eros, usando en su lugar siempre y sólo agape (aparte de algún uso raro del término philia, que indica el amor de amistad).

El hecho es cierto, pero no son ciertas las conclusiones que se sacan de él. Se supone que los autores del NT estaban al corriente del sentido que el término eros tenía en el lenguaje común –el eros, por así decirlo, “vulgar” – como el sentido elevado y filosófico que tenía, por ejemplo, en Platón, el llamado eros “noble”. En la acepción popular, eros indicaba más o menos lo que indica también hoy cuando se habla de erotismo o de películas eróticas, es decir, la satisfacción del instinto sexual, una degradación más que un enaltecimiento. En la acepción noble éste indicaba el amor por la belleza, la fuerza que mantiene unido el mundo y que empuja a todos los seres a la unidad, es decir, ese movimiento de ascensión hacia lo divino que los teólogos dialécticos consideran incompatible con el movimiento descendente de lo divino hacia el hombre.

Es difícil sostener que los autores del Nuevo Testamento, dirigiéndose a personas sencillas y de ninguna cultura, pretendiesen ponerles en guardia contra el eros de Platón. Estos evitaron el término eros por el mismo motivo por el que un predicador evita hoy el término erótico o, si lo usa, lo hace sólo en sentido negativo. El motivo es que, entonces como ahora, la palabra evoca el amor en su expresión más egoísta y sensual [8] <#_ftn8> . La sospecha de los primeros cristianos hacia el eros se agravaba ulteriormente por el papel que éste desempeñaba en los desenfrenados cultos dionisíacos.

Apenas el cristianismo entra en contacto y en dialogo con la cultura griega de la época, cae inmediatamente, lo hemos visto ya, toda exclusión respecto al eros. Éste era usado a menudo, en los autores griegos, como sinónimo de agape y empleado para indicar el amor de Dios por el hombre, como también el amor del hombre por Dios, el amor por las virtudes y por todo lo bello. Basta, para convencerse de ello, una simple mirada al “Léxico Patrístico Griego” de Lampe[9] . El de Nygren y de Barth es por tanto un sistema construido sobre una falsa aplicación del argumento llamado ex silentio.

4. Un eros para los consagrados

La redención del eros ayuda antes que nada a los enamorados humanos y a los esposos cristianos, mostrando la belleza y la dignidad del amor que les une. Ayuda a los jóvenes a experimentar las fascinación del otro sexo, no como algo turbio, vivido lejos de Dios, sino como un don del Creador para su alegría si se vive en el orden que Él quiere. A esta función positiva del eros se refiere también el Papa en su encíclica, cuando habla del camino de purificación de eros que lleva de la atracción momentánea al “para siempre” del matrimonio (nr. 4-5).

Pero la redención del eros nos debe ayudar también a nosotros consagrados, hombres y mujeres. He destacado al principio el peligro que corren las almas religiosas, que es aquel de un amor frío, que no desciende desde la mente hasta el corazón. Un sol invernal que ilumina pero que no calienta. Si eros significa empuje, deseo, atracción, no debemos tener miedo a los sentimientos, ni menospreciarlos o reprimirlos. Cuando se trata del amor de Dios -escribió Guillermo de St.Thierry- el sentimiento de afecto (affectio) es también gracia, no es, de hecho, la naturaleza la que puede infundir un sentimiento tal [10]

Los salmos están llenos de este anhelo del corazón de Dios: “A ti Señor, levanto mi alma …”, “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”. “Por tanto, presta atención -dice el autor de la ´Nube del no saber´- a este maravillosos trabajo de la gracia en tu alma. Esto no es otra cosa que un impulso espontáneo que surgen sin avisar y que señala directamente a Dios, como una centella que se libera del fuego… Golpea esta nube densa del no saber con la flecha afilada del deseo de amor y no te muevas de allí, pase lo que pase”[11] . Es suficiente, para realizar esto, un pensamiento, un movimiento del corazón, una jaculatoria.

Pero todo esto no nos basta y Dios lo sabe mejor que nosotros. Nosotros somos criaturas, vivimos en el tiempo y en un cuerpo; necesitamos una pantalla sobre la que proyectar nuestro amor que no sea sólo “la nube del no saber”, es decir el velo de oscuridad tras el cual se esconde el Dios que nadie ha visto nunca y que habita una luz inaccesible…

La respuesta que se da a esta pregunta, la conocemos bien: ¡por esto Dios nos ha dado la posibilidad de amar! “Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros… El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (1Jn 4, 12.20). Pero debemos estar atentos para no obviar un eslabón fundamental. Antes que el hermano que se ve hay otro que también se ve y se toca: es el Dios hecho carne, ¡es Jesucristo!. Entre Dios y el prójimo está el Dios hecho carne que ha reunido los dos extremos en un sola persona. Es en él donde se encuentra el fundamento del mismo amor al prójimo: “A mi me lo hicisteis”.

¿Qué significa todo esto para el amor de Dios? Que el objeto primario de nuestro eros, de nuestra búsqueda, deseo, atracción, pasión, debe ser Cristo. “Al Salvador se le ha predestinado el amor humano desde el principio, como su modelo y fin, un cofre tan grande y tan amplio que pudiese acoger a Dios […]. El deseo del alma va únicamente hacia Cristo. Aquí está el lugar de su reposo, porque sólo él el el bien , la verdad, y todo lo que inspira amor”[12] . Esto no significa restringir el horizonte del amor cristiano de Dios a Cristo; significa amar a Dios en la manera en la que Él quiere ser amado. “ya que él mismo os ama, porque vosotros me amáis” (Jn 16,27). No se trata de un amor mediado, casi por poder, porque quien ama a Jesús “es como si” amase al Padre. No, Jesús es un mediador inmediato; amándole a Él se ama, ipso facto, también al Padre. “El que me ha visto, ha visto al Padre”, quien me ama a mí, ama al Padre.

Es verdad que tampoco se ve a Cristo, pero está, está resucitado, está a nuestro lado, más de lo que un esposo enamorado está al lado de su esposa. Aquí está el punto crucial: pensar en Cristo no como en una persona del pasado, sino como el Señor resucitado y vivo, con el que puedo hablar, que puedo besar si quiero, convencido de que mi beso no termina en el papel o en la madera de un crucifijo, sino sobre un rostro o unos labios de carne viva (aunque espiritualizada), felices de recibir mi beso.

La belleza y la plenitud de la vida consagrada depende de la calidad de nuestro amor por Cristo. Sólo éste es capaz de defender de los bandazos del corazón. Jesús es el hombre perfecto; en él se encuentran, en un grado infinitamente superior, todas esas cualidades y atenciones que un hombre busca en una mujer y una mujer en un hombre. Su amor no nos sustrae necesariamente de la llamada de las criaturas y en particular de la atracción del otro sexo (esta forma parte de nuestra naturaleza, que él ha creado y que no quiere destruir); pero nos da la fuerza de vencer estas atracciones con una atracción más fuerte. “Casto – escribe san Juan Clímaco – es aquel que expulsa al eros con el Eros”[13] .

¿Destruye quizás, todo esto, la gratuidad del agape, pretendiendo dar a Dios algo a cambio de su corazón? ¿Anula la gracia? En absoluto, al contrario la exalta. ¿Qué damos, de hecho, de esta forma a Dios sino lo que hemos recibido de él? “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19). El amor que damos a Cristo es su mismo amor por nosotros que le devolvemos, como hace el eco con la voz.

¿Dónde está entonces la novedad y la belleza de este amor que llamamos eros? El eco devuelve a Dios su mismo amor, pero enriquecido, colorado o perfumado por nuestra libertad. Y es todo lo que él quiere. Nuestra libertad lo resarce de todo. No solo, sino, cosa inaudita, escribe Cabasilas, “recibiendo de nosotros el don del amor a cambio de todo lo que nos ha dado, se considera deudor nuestro”[14] . La tesis que contrapone eros y agape se basa en otra bien conocida contraposición, entre gracia y libertad, es más, en la negación misma de la libertad en el hombre decaído (sobre el “siervo arbitrio”).

Yo he intentado imaginar, Venerables Padres y hermanos, qué diría Jesús resucitado si, como hacía en la vida terrena cuando entraba el sábado en una sinagoga, ahora viniese a sentarse aquí en mi lugar y nos explicase en persona cuál es el amor que él desea de nosotros. Quiero compartir con vosotros, con sencillez, lo que creo que diría; nos servirá para hacer nuestro examen de conciencia sobre el amor:

El amor ardiente:

Es ponerme siempre en el primer lugar.

Es buscar agradarme en todo momento.

Es confrontar tus deseos con mi deseo.

Es vivir ante tí como amigo, confidente, esposo y ser feliz por ello.

Es estar inquieto si piensas estar un poco lejos de mi.

Es estar lleno de felicidad cuando estoy contigo.

Es estar dispuesto a grandes sacrificios con tal de no perderme.

Es preferir vivir pobre y desconocido conmigo, más que rico y famoso sin mí.

Es hablarme como al amigo más querido en todo momento posible.

Es confiarte a mí mirando a tu futuro.

Es desear perderte en mí como meta de tu existencia

Si os parece también a vosotros, como me parece a mi, estar lejísimos de esta visión, no nos desanimemos. Tenemos a uno que puede ayudarnos a alcanzarlo si se lo pedimos. Repitamos con fe al Espíritu Santo: Veni, Sancte Spiritus, reple tuorum corda fidelium et tui amoris in eis ignem accende: Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

[1] Edición original sueca, Estocolmo 1930, trad. ital. Eros e agape. La nozione cristiana dell’amore e le sue trasformazioni, Bolonia, Il Mulino, 1971

[2] Pseudo- Dionisio Areopagita, Los nombres divinos, IV,12 (PG, 3, 709 ss.)

[3] S. Agustín, Confesiones I, 1.

[4] Comentario al evangelio de Juan, 26, 4-5.

[5] Cf. S. Bernardo, De diligendo Deo, IX,26 –X,27.

[6] S. Tomás de Aquino, Comentario a la Carta a los Romanos, cap. V, lec.1, n. 392-293; cf. S. Agustín, Comentario a la Primera Crata de Juan, 9, 9.

[7] K. Barth, Dogmática eclesial, IV, 2, 832-852; trad. ital. K. Barth, Dommatica ecclesiale, antología dirigida por H. Gollwitzer, Bolonia, Il Mulino 1968, pp. 199-225.

[8] El sentido que los primeros cristianos dieron a la palabra eros se deduce claramente del conocido texto de S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 7,2: “Mi amor (eros) ha sido crucificado y ya no hay en mí fuego de pasión … no me atraen el alimento de corrupción y los placeres de esta vida”. “Mi eros” no indica aquí a Jesús crucificado, sino “el amor por mí mismo”, el apego a los placeres terrenos, en la línea del paulino “He sido crucificado con Cristo, no soy yo quien vive” (Gal 2, 19 s.).

[9] Cf. G.W.H. Lampe, A Patristic Greek Lexicon, Oxford 1961, pp.550.

[10] Guillermo de St. Thierry, Meditaciones, XII, 29 (SCh 324, p. 210).

[11] Anonimo, La nube della non conoscenza, Ed. Áncora, Milán, 1981, pp. 136.140.

[12] N. Cabasilas, Vida en Cristo, II,9 (PG 88, 560-561)

[13] S. Juan Clímaco, La escala del paraíso, XV,98 (PG 88,880).

[14] N. Cabasilas, Vida en Cristo, VI, 4 .

Fuente: catholic.net