La inteligencia emocional aplicada a la vida diaria

Por Guiselle Jiménez

El problema no radica en las emociones en sí, sino en su conveniencia y en la oportunidad de su expresión.
Aristóteles

Un par de días antes del cumpleaños de su novio, Gloria decidió que le haría a éste un almuerzo especial, así que buscó una receta exótica y fue a comprar todos los ingredientes necesarios. Cuando llegó la fecha, Gloria se levantó temprano, estaba emocionada pensando en lo bien que la pasaría con su novio, tomó el teléfono para llamarlo y felicitarlo; sin embargo, cuando éste contestó, le comentó que estaba muy contento porque su familia lo había invitado a almorzar en un lugar fuera de la ciudad. Gloria no se percató cómo el flujo sanguíneo aumentó a sus manos, y cómo su ritmo cardíaco se aceleraba al mismo tiempo que recibía una dosis grande de adrenalina, se enojó tanto que le tiró el teléfono y corrió a botar todos aquellos ingredientes especiales con los que ella pensaba complacerlo, la adrenalina fluía por su cuerpo al tirar uno a uno los componentes de su receta al basurero. Encima de esto, pasó toda la mañana y parte de la tarde molesta con Sergio. Sin embargo, al acercarse la noche, se empezaba a arrepentir de sus actos y pensaba que, en lugar de haberlos tirado, hubiera guardado los ingredientes y usarlos para hacerle una cena en lugar de un almuerzo… ¿Que le pasó a Gloria? ¿Por qué no se controló?

Según el Diccionario de la Real Academia Española, la inteligencia es un término que se refiere a la capacidad de entender o comprender, así como de resolver problemas. De la misma manera, y de acuerdo con su principal exponente, Daniel Goleman, la Inteligencia Emocional o I.E. es un término que se refiere a la capacidad para entender o comprender las emociones, aspecto que puede ser de gran ayuda para tomar el control de los impulsos emocionales, comprender los sentimientos de los demás, mantener buenas relaciones o, como lo menciona el mismo autor, desarrollar lo que Aristóteles denominara la infrecuente capacidad de «enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto».

De acuerdo con Goleman, en su libro la Inteligencia Emocional, “(…) todas las emociones son, en esencia, impulsos que nos llevan a actuar, programas de reacción automática con los que nos ha dotado la evolución. (…) de ese modo, en toda emoción hay implícita una tendencia a la acción (…)”. Así las cosas, cada emoción predispone al cuerpo a un tipo diferente de respuesta; cuando se experimenta enojo, miedo, felicidad, amor, sentimientos de ternura, satisfacción sexual, sorpresa, desagrado o tristeza, el cuerpo reacciona de distintas maneras; el sentir calma, satisfacción, tensión, sudoración por nerviosismo, experimentar una disminución o aumento de energía, o el sonrojarse, son ejemplos de la manera en que el cuerpo puede responder.

Con respecto a esto, y como en el caso de Gloria, pueden surgir situaciones en que las personas no pueden tener control absoluto de sus emociones, lo que las puede llevar a cometer actos explosivos que después son motivo de vergüenza, arrepentimiento e inclusive sufrir problemas de salud o de socialización. Se puede dar el caso de que, si la reacción emocional se prolonga, el organismo mantendrá reacciones de ira, estrés o angustia por un periodo largo de tiempo, lo cual puede llevar al individuo a buscar alguna manera de compensar o de mitigar esa sensación; un ejemplo de esto es buscar ingerir excesivamente bebidas alcohólicas o hacer uso de drogas ilícitas para “olvidar los problemas”, lo cual puede ser sumamente peligroso.

A todo esto, el punto es ¿de qué modo se aporta inteligencia a las emociones para desempeñarse mejor en la vida diaria? Pues bien, según Goleman, (1997), la Inteligencia Emocional involucra una serie de habilidades, entre ellas el conocimiento de las propias emociones, el autocontrol, la capacidad para motivarse a uno mismo, el conocimiento de las emociones ajenas y el control de las relaciones.

Estos aspectos implican el auto conocimiento, la conciencia, así como la capacidad de tranquilizarse a uno mismo, el poder reconocer a tiempo el sentimiento que se experimente, el diferenciar lo racional de lo emocional, la empatía y la habilidad para relacionarse adecuadamente con las emociones ajenas. Cabe mencionar que, el cerebro está sometido a un aprendizaje continuo y las habilidades acá mencionadas se pueden ir mejorando progresivamente de acuerdo a los hábitos adecuados y el esfuerzo constante.

Bibliografía

Goleman, D. (1997). La inteligencia emocional. Barcelona: Kairós.

Fuente:enfoquealafamilia,com

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