Inteligencia moral del niño y del adolescente

de Robert Coles, por Francisca R. Quiroga

Tít. orig. The Moral Intelligence of Children
Kairós, Barcelona – ESPAÑA 1997

Robert Coles se propone exponer en este libro su experiencia como psiquiatra de niños, maestro voluntario y padre de tres hijos, que le ha llevado a descubrir la importancia de la dimensión moral de nuestra vida y, en consecuencia, de formar el sentido moral de los niños. Desde que empiezan a hablar, más en la edad escolar y de nuevo en la adolescencia, las personas se hacen preguntas éticas y buscan las respuestas para saber cómo orientar su vida. Es preciso ayudarles; enseñarles a que el pensamiento dirija las decisiones y la actuación; y facilitarles vivir de una manera buena (cfr. pp. 15, 20, 23, 49, 132, 176, 188, 200)
Como consecuencia de la orientación recibida en sus estudios de psiquiatría y en la práctica profesional, durante años veía los problemas de sus pacientes —niños y adolescentes— «con las lentes» —dice él mismo— de la psicología, reduciéndolos a su dimensión emocional (cfr. p. 137). Pero los niños le fueron haciendo descubrir que su visión era reductiva e insuficiente; que sólo llegaba a entenderlos cuando se percataba del sentido moral de sus planteamientos y de su conducta. También fue descubriendo que, tanto en niños como adolescentes, los problemas por los que les habían llevado a su consulta, procedían de que les faltaba una guía moral; frecuentemente les falta la atención debida por parte de sus padres. También los adolescentes que acudían a él querían que los ayudara en asuntos morales y psicológicos (cfr. p. 214).
La visión antropológica del autor que está latente en todo el libro es simple pero sustancialmente verdadera. La expresa de un modo directo cuando afirma que somos criaturas de cognición, de pasión y de propósito: intentamos ordenar nuestros conocimientos y deseos de modo que nuestra vida tenga un sentido (cfr. p. 137). Insiste en que no hay que mirar sólo el comportamiento exterior, sino también el mundo interior, y principalmente desde un a perspectiva ética. Hemos de enseñar a los niños a ver hacia dentro y hacia fuera desde un punto de mira moral; a ver el valor ético de sus pensamientos y de su conducta (cfr. p. 47).
En varias ocasiones se califica de psiquiatra psicoanalista; sin embargo el planteamiento antropológico y ético que pone de manifiesto en este libro no responde a las características ideológicas de la escuela psicoanalítica. Su concepción del hombre no es materialista, ni mecanicista ni determinista. Mucho menos pansexualista. En el apartado 3 del capítulo II, dedicado a la adolescencia afirma que, para la mayoría de los adolescentes, los problemas que les preocupan no son los relacionados con el sexo —en contra de lo que muchas veces suponen los adultos, incluidos sus propios padres—, sino lo que se refiere al sentido de la vida (cfr. p. 201).
Fue alumno de Eric Erikson y conoció a Anna Freud, de la que conserva unas palabras que cita en tres momentos del libro. Las obras de esta autora contienen serios errores; pero las declaraciones que reproduce Coles no; no aportan nada significativo y resultan más bien confusas, pero no afirma nada que pueda calificarse de falso. Hace también referencias a otros autores de la escuela psicoanalítica americana. Pero da más valor a las afimaciones de una madre con sentido moral que a las de Melanie Klein o Anna Freud (cfr. pp. 100-101).
Su concepción moral, como la antropológica, es en sus líneas básicas verdadera. La vida buena es la de quien tiene las virtudes como guía para la acción. Sostiene que, para vivir las virtudes no basta tener conocimientos teóricos; hay que saber lo que son y querer vivirlas, porque atraen. Se consigue inculcar este modo de vivir en los niños si los adultos les dan un ejemplo auténtico, y si saben iluminar a los niños con su palabra en el momento oportuno. Aprecia mucho que las personas encuentren formas de vivir que realizan las virtudes (cfr. p. 151).
Las buenas cualidades que más se destacan son la generosidad y la preocupación por los demás; entre los defectos, el egoísmo, el ser jactancioso, el ir a la caza de alabanzas. Señala también como éticamente negativo dejarse llevar por los impulsos sin controlarlos. Insite en que hay que enseñar a vivir las virtudes con sencillez, en la vida diaria (cfr. pp. 30-33).
Es poco riguroso a la hora definir como distinguimos lo que nos gusta o desagrada, de lo que es bueno o malo; tampoco precisa cómo llegamos a saber que determinadas cualidades son virtudes o son vicios (cfr. pp. 44-45). Habla, en ocasiones “de la regla de oro de la moral” o del “ideal bíblico”, sin precisar más. De alguna manera entiende que las virtudes vividas son evidencias morales; las llama«hipótesis compartidas» (cfr. p. 47). Confía en el buen sentido moral y en la guía que puede proporcionar la religión; por eso aconseja a los padres que se fíen de la sabiduría de su propia confesión religiosa; hace referencia, sobre todo a la cristiana, la judía y la islámica.
Destaca mucho la influencia de los padres en la formación moral de los niños, porque sostiene que la fuente principal de enseñanza moral es el ejemplo, lo que se ve vivir día a día. Los niños son testigos de nuestra vida, y este testimonio es lo que los forma o los destruye. Los niños y los adolescentes necesitan tener a su lado adultos en los que realmente puedan apoyarse, en los que puedan confiar, con valores que sean creíbles, deseables y que les facilitan compartir su experiencia de vida (cfr. p. 82). Especialmente los adolescentes se preguntan “en qué creen” sus padres; cuando sus aspiraciones son de poca altura, a pesar de la apariencia de éxito, los hijos los desprecian (cfr. pp. 202 y ss.). Pero no hay que esperar a la adolescencia. Destaca la importancia de dedicar tiempo y atención a los niños desde que son pequeños. (cfr. p. 177). En la mayoría de las historias clínicas de niños y adolescentes con problemas, se encuentra padres ausentes o despegados (cfr. pp. 81-85).
Ha visto que los niños buscan saber cómo comportarse y que esperan llegar a saberlo mirando la conducta de los mayores. Se hacen preguntas éticas fuertes y esperan una respuesta de padres y profesores. Así fue entendiendo que la vida buena tiene que partir de un conocimiento moral, que los niños aprenden sobre todo viéndolo vivido, más que por enseñanzas teóricas. Hay que ayudarles también dialogando con ellos sobre lo que es bueno o malo; hay que suscitar en ellos cuestiones de conciencia, preocupación moral (cfr. p. 24). También ayuda la narrativa. En el Apéndice final (pp. 256-258) recomienda varios libros; entre ellos las obras de William Bennet, E libro de las virtudes (1993) y The Moral Compass: Stories of life”s Journey (1995); desde luego los clásicos de la literatura universal.
En varias ocasiones se refiere a la conciencia. En la p. 141 afirma: «La conciencia es la voz dentro de nosotros que ha oído realmente las voces de los demás (por supuesto, empezando por nuestros propios padres) y, por tanto, nos habla en murmullos, aunque a veces nos grita diciéndonos lo que debemos hacer y lo que no, guiándonos en nuestra forma de pensar y de actuar». Afirma que el sentido de lo bueno y de lo malo se forma gracias al testimonio de «padres y madres que están convencidos de lo que debe decirse y hacerse, y en qué circunstancias, así como de lo que es intolerable, de lo que no debe ser permitido en absoluto» (p. 83).
En el libro se hace referencia a Dios. Desde luego los niños le ponen de manifiesto que Dios cuenta en sus vidas. Sin embargo, no se ve que entienda que Él es el fundamento de la vida moral. Entre los casos que recoge, es significativo el de un niño de seis años, que mostraba claramente que, a esa edad, se puede entender que hay una relación entre Dios, el hombre y los planetas (cfr. pp. 137-141). También es expresiva la historia de Betsy (cfr. pp. 143-152). Ocasionalmente hace referencias positivas a acciones o actitudes religiosas, como la oración (cfr. p. 94).
Lamenta que en la sociedad norteamericana —sobre todo en los ambientes más acomodados y cultos— se esté perdiendo el sentido moral, que va siendo sustituido por un psicologismo que califica de retórico y vacío. Su propósito es, por eso, hacer valer su experiencia como psiquiatra para hacer ver la importancia del sentido de lo bueno y de lo malo, del sentido ético para la vida de toda persona. Señala que en los colegios se valora a los alumnos sólo en términos de inteligencia; él propone que los profesores se hagan también otro tipo de preguntas: si son generosos o egoístas, si prestan atención a los demás o están concentrados en sí mismos. Le alarma todavía más, ver a los padres contagiados por la mentalidad psicologista (cfr. pp. 117-118; 179-185; 212). Lo que es un problema moral se envuelve en jerga psicológica, evadiendo así enfrentarse con su verdadera naturaleza (cfr. p. 20). En concreto, los problemas que plantean muchos adolescentes que son enviados al psiquiatra se deben a que van a la deriva, sin ninguna convicción moral que los oriente (cfr. p. 72).
En muchas partes del libro reproduce palabras de niños y adolescentes: discusiones en clase, declaraciones de sus pacientes, diálogos de padres con los que se reúne regularmente. Se advierte que les ayuda a expresarse y a manifestar las cuestiones éticas que llevan dentro; pero se echa de menos que no dé una orientación explícita, cuando el caso lo requiere. Hay como una cierta contradicción entre este modo de proceder y lo que afirma varias veces: los niños necesitan una orientación moral, y la esperan de los adultos; con hechos y también con palabras. En cuanto los niños empiezan a hablar —dice— ya entienden los mensajes morales explícitos; y necesitan que se los den (cfr. pp. 117-118). Tampoco resulta acertado, en este sentido, el comentario a la película Una historia de Bronx (cfr. pp. 33-36). Hay algunos momentos en que la exposición es menos acertada o confusa. Concretamente, el análisis de algunos casos, por ejemplo, el de Tim (pp. 163-171) es poco claro.
Francisca R. Quiroga 26-X-2000 – BARCELONA, ESPAÑA

Fuente: conocereisdeverdad.org

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