El amor como elección y los dos objetos del amor

by Ramon Acosta Peso – Master CC Matrimonio y Familia – 3 hijas

Hasta ahora hemos visto cómo el amor es fundamentalmente una pasión, algo que se padece y que uno no elige. Pero el amor implica también nuestra libertad: esto es, puede ser vivido como una elección en la que la persona se implica a sí misma. Para ello es preciso conocer el bien que nos atrae y la comunión a la que nos llama. El amante asume un protagonismo definitivo pues con su libertad es él quien quiere amar, vincularse, entregarse. El amor pasa entonces a ser también un acto de la voluntad. 

Indudablemente nuestro amor se dirige a la persona: queremos a la persona. Pero cuando amamos nuestra intención implica un doble objeto que tiende a dos cosas. Aristóteles lo había definido así: « Amar es querer a alguien un bien ». En el mismo acto de amor se tiende a la persona con la que se desea entrar en comunión real, y al bien que queremos para ella y que constituye la mediación real necesaria del amor en el obrar. Por tanto, el amor propiamente dicho es el amor de comunión, el amor de amistad, que busca al amigo no por el propio provecho o interés egoísta, sino por sí mismo, por su propia dignidad y virtud. Nuestro amor a las personas (por sí mismas) es esencialmente diferente de nuestro amor a las cosas. Las cosas en realidad, en sentido propio, no las amamos, sino que las apreciamos en la medida que nos sirven. A las personas a las que amamos tendemos a comunicar nuestros bienes, mientras que de las cosas tendemos a adquirir lo que nos falta.

De este modo, podemos hablar de una verdad del amor, que supera la simple sinceridad de los sentimientos, y que radica en la verdad del bien que deseamos para tal persona. Querer a la persona por sí misma implica necesariamente querer aquellos bienes que le permiten subsistir en sí misma. Sin la mediación de estos bienes el amor a la persona se convierte en un sentimiento vacío.

LAS DIMENSIONES DE LA EXPERIENCIA AMOROSA

Para vivir plenamente el amor conyugal es fundamental que los novios reconozcan la dinámica afectiva que lo motiva, pero también todas las dimensiones de la persona — en este caso dos personas– que ponen en juego. En el análisis de las diversas dimensiones que implica la atracción entre el hombre y la mujer nos preguntaremos cinco cuestiones: cuál es la reacción propia de cada nivel; qué la motiva; qué finalismo implica; cuál es su acto propio; y qué repercusión subjetiva comporta, así como reconocer cuál es el riesgo de absolutizar esta dimensión[1].

Dimensión corporal-sensual
REACCIÓN: Con una «excitación corporal»
MOTIVACIÓN: La apreciación de los «valores corporales-sexuales», de Marta en cuanto complementarios de los suyos.
FINALIZA:«Al cuerpo y a los órganos» de Marta.
ACTO PROPIO:La «unión sexual».
REPERCUSIÓN SUBJETIVA: Una satisfacción sensual, el «placer carnal».
RIESGO DE ABSOLUTIZARLA: Olvida a la persona. Acaba tratándola como un objeto a utilizar.

Dimensión afectivo-psicológica
REACCIÓN: «Emocionándose».
MOTIVACIÓN: Los «valores humanos ligados al hecho de ser varón o mujer».
FINALIZA A: la «mutua presencia interior» de Marta dentro de sí mismo.
ACTO PROPIO: «La unión de sentimientos»
REPERCUSIÓN SUBJETIVA: Pepe se «complace» en Marta.
RIESGO DE ABSOLUTIZARLA: Puede olvidar la realidad de sus valores e idealizarla

Dimensión personal
REACCIÓN: La «admiración».
MOTIVACIÓN: La «persona misma» de Marta.
FINALIZA: A la «promoción de la persona» de Marta.
ACTO PROPIO: El «don de sí recíproco»
REPERCUSIÓN SUBJETIVA: El «gozo».
RIESGO DE ABSOLUTIZARLA: Perder la simpatía del afecto, el carácter lúdico de saber esperar en la entrega

Dimensión trascendental
REACCIÓN: El «estupor»
MOTIVACIÓN: el «misterio de Dios y de su amor presentes en Marta»
FINALIZA: «en la comunión con Marta vivir la comunión con Dios»
ACTO PROPIO: La «alabanza» y la «acción de gracias»
REPERCUSIÓN SUBJETIVA: el «gozo de los bienaventurados»
RIESGO DE ABSOLUTIZARLA: Vivir la comunión con Dios sin tener en cuenta verdaderamente a Marta, procurando vivirla por separado o imponiendo su propia vivencia espiritual

[1] Cf. J. Noriega, El destino del eros, Palabra, Madrid 2005, 42-47. 144-145

fuente: bpf.laiconet.es

Deja tu comentario

0 comentarios.

Deja tu comentario


[ Ctrl + Enter ]