Construyendo un Buen Matrimonio

Steven Garber, PH.D.

Traducido por Cristhiam Álvarez Rosales para Enfoque a la Familia®

Hace casi un año recibí una llamada de un antiguo estudiante que me pedía que lo acompañara a él y a “una amiga” a desayunar. Unas cuantas mañanas después nos encontramos para comer rosquillas en una pequeña cafetería.

Cuando los vi entrar, tomados de la mano, me pregunté si se traían algo «entre manos». El inocente encanto en ellos me persuadió muy pronto de que mi intuición era correcta, lo que me confirmaron no mucho después en la conversación cuando anunciaron: «¡Nos vamos a casar!» Puesto que he vivido toda mi vida entre estudiantes, he escuchado noticias como estas todo el tiempo.

Debo confesar… a veces trae gozo inmediato, pues los conozco lo suficiente para saber que serán buenos el uno con y para el otro. Existen otras ocasiones en que pienso: «Déjenme observar y escuchar por un rato; les deseo lo mejor». Y algunas veces se me hunde el estómago ya que simplemente parece que es la decisión incorrecta.

He estimado al joven en esta pareja por seis años, desde que llegó a Washington para estudiar por un semestre. Bastante serio política y filosóficamente, pasó sus días caminando entre la oficina del grupo de especialistas del juez Robert Bork investigando sobre el libro que se publicó bajo el título Slouching Toward Gomorrah, que en español sería «Ir de Hombros Caídos Hacia Gomorra», (Traducción literal del título original en inglés) y su reflexión de clase sobre los debates políticos contemporáneos a la luz de la fe bíblica. Pero su elegante cortesía siempre estaba en tensión con una travesura que hacía difícil creer que él se tomara a sí mismo de forma muy seria.

Un año después se graduó y aplicó para un posgrado sobre estudios en teoría política. Pero antes que eso sucediera, la historia le dio un bandazo y se vio siendo el único en su familia que podía asistir a su abuela quien padecía de la enfermedad de Alzheimer. Con una valentía y gracia inusuales, pasó los siguientes cuatro años como su cuidador principal, ocupándose de ella como ella lo había ello con él cuando era un niño pequeño sin madre veinte años atrás. Desarrolló, paralelamente a su trabajo principal de pasar el tiempo con su abuela, un negocio de libros raros. Y lentamente, muy lentamente, se dio cuenta que su visión vocacional cambiaba de la arena pública al púlpito y comenzó a planear una educación seminarista.

Mientras hablamos esa mañana, fue obvio que estos dos amigos de secundaria se habían enamorado en los últimos diez años, yendo de una universidad a otra y pasando por diferentes experiencias en los años siguientes –uno permaneciendo en casa, muy literalmente; la otra viviendo y trabajando en el extranjero–, se habían encontrado el uno al otro a través de su amistad profunda. Leyendo buenos libros, haciendo largas caminatas, tocando música maravillosa… los pormenores de la vida juntos les permitió crecer en el amor el uno por el otro. Como apuntó Dickens’ David Copperfield cuando reflexiona sobre su propio esfuerzo de amar a una joven mujer: «Es la nimiedad la que hace la sumatoria de la vida». Mientras lo escuchaba, se volvió más y más claro que estos dos se querían como esposo y esposa y tanto como era posible aún sin estar casados habían calculado el costo.

Me preguntaron si yo podía hacer el sermón de la ceremonia de bodas, esa era, de hecho, la razón principal por la que querían encontrarse conmigo esa mañana. Les recordé que yo era un profesor y como tal muy poco le ayudaba a mis jóvenes amigos de esa forma. Se habían preparado, parece, para esa respuesta, y después de mirarlos por largo rato de forma dura –aunque muy cariñosa– a los ojos, les dije que me encantaría ser parte de su feliz día.

Puesto que ahora me siento más profundamente autorizado en sus vidas y en su futuro de lo que me hubiera imaginado cuando me levanté aquella mañana –y ya que vivían fuera del estado y por consiguiente más allá de la posibilidad para conversar cara a cara más a menudo– decidí hacerlo y dar un pequeño sermón sobre el significado del matrimonio, algo para reflexionar en los meses por venir. Les dije que había observado dos cualidades que marcaban los matrimonios que duraban (al menos «duraban» en el sentido de que había felicidad substancial –aunque nunca perfecta– tanto para el esposo como para la esposa). Puesto de forma simple, los matrimonios que florecen son amistades que se caracterizan por la decisión diaria de encontrar encanto y dar gracia al cónyuge. Con glorias y vergüenzas, «en las buenas y en las malas», son esos dos hábitos del corazón los que distinguen a los buenos matrimonios de aquellos que no lo son tanto.

Y como les dije que planearan por un año su matrimonio, los abracé, ansiando desde lo más profundo que pudieran aprender a hacer justamente eso.

Algunos meses antes de la fecha de la boda empecé a recibir correos electrónicos donde exponían sus esperanzas y sueños en desarrollo. Los anoté debidamente y revisé mi calendario para asegurarme que estábamos haciendo planes para el mismo lugar y hora. Después los días empezaron a pasar mucho más rápido. Los correos electrónicos también aumentaron con un alboroto sobre un cambio de iglesia justo unas cuantas semanas antes del Gran Día. En mi corazón empecé a pedirle sabiduría al cielo para hablar palabra de Dios ante la comunidad de familia y amigos que se reunirían para ser testigos de sus promesas de darse amor fiel el uno por el otro. Y nos reunimos en un edificio de una iglesia en el campo en el Condado de Lancaster en el centro de Pennsylvania.

La hermosura y la consideración que se entrelazaron a lo largo del servicio fueron extraordinarias. Aunque todas las bodas son únicas y muestran sus propias visiones distintivas del «día más bello y maravilloso», no creo que haya visto una ceremonia que haya mostrado tal ordenada gracilidad. Pero aunque la riqueza teológica y estética del servicio merecen su propia crónica, mi interés aquí está en otra parte.

Por muchos años me he estado planteando la pregunta: «¿Cómo los estudiantes aprenden a conectar lo que creen sobre el mundo con cómo viven en el mundo? Esa pregunta puede legítimamente llevar la conversación a miles de direcciones distintas ya que le interesan tanto los debates filosóficos como las dinámicas psicológicas, en preguntas que tratan sobre el llamado y la carrera, tanto en lo académico como en las responsabilidades relacionales. Todo lo que está debajo del sol… desde los compromisos más públicos hasta las preocupaciones más personales está escrito en la forma en que conectamos lo que creemos con cómo vivimos –una visión de mundo con una forma de vida.

Aquí está la cuestión: mientras más escucho a los estudiantes, más seguro estoy que es en sus relaciones que sus creencias más profundas se evidencian más –especialmente las relaciones entre hombres y mujeres.

No pasa una semana sin que le hable a una persona de 18 o 25 años sobre las «relaciones». Ese ha sido el caso por 20 o más años y por consiguiente he tenido MUCHAS conversaciones. Las historias son siempre distintas, pero hay temas comunes que son inevitables. La risa. El dolor. La angustia. Las esperanzas. Los sueños. En alguna combinación siempre están presentes, encontrando una forma creativa más para ser expresada en una relación entre un joven y una joven. Y he escuchado y he vuelto a escuchar.

En esta área de la vida, como en cualquier otra, es posible sacar excelentes calificaciones como reprobar. Lo he visto miles de veces en miles de formas distintas. Un tipo puede ser teológicamente astuto y sociológicamente sofisticado y tratar a las chicas en su vida de forma horrible. Una mujer puede tener un nivel de madurez inusual en casi todas las cosas y tomar las decisiones más atroces en sus relaciones. Miles de veces, en miles de formas distintas.

Cuando era un joven estudiante universitario hace ya un tiempo, en pocos meses después de escuchar por primer vez la palabra «visión de mundo» fui confrontado con una «relación» fallida más. Había actuado de forma egoísta, otra vez. Y en lugar de fortalecer el compromiso y la comunicación porque una amistada verdadera sabe cómo abordar el egoísmo –arrepentimiento y perdón– «terminamos». ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Después de todo, estábamos «saliendo». Por la gracia de Dios ninguno cometió suicidio –acuérdense de Romeo y Julieta– y por todo lo que he visto no hubo traumas para toda la vida en ninguno, y a pesar de ello, y a pesar de ello… Tenía ese deseo por algo más distintiva y profundamente cristiano, alguna forma de tener relaciones que fueran más verdaderamente formadas por mis creencias básicas sobre la vida y el amor. De hecho recuerdo que miraba hacia el cielo mientras conducía a través del campo en un Volkswagen cuando comenzaba mi segundo año de estudios en la universidad y le decía a Dios: «¿Cuál es tu propósito? ¿Cómo quieres que sean las relaciones?».

No hubo rayos, ni señales en el cielo. Pero comencé a pensar… comencé a pensar cristianamente –usando las palabras de Harry Blamires en The Christian Mind [«La Mente Cristiana»]– sobre el significado de mis relaciones con las chicas (en ese entonces las llamaba «chicas», aunque se que las personas de sexo femenino en edad universitaria son ahora «mujeres» lo que está bien para mí). Y traté de hacer eso a la luz de esta idea nueva para mí sobre la visión de mundo cristiana. Parecía lógica realmente. El área de mi vida sobre la cual pensara, sintiera y cuidara más, esa área debería ser la que ante todo sometiera a esta nueva forma de pensar que iba a estar conscientemente conectada con mis compromisos y convicciones como cristiano. En el corazón de esa visión de mundo, conforme comencé a entenderla, estaba circundante visión del Señorío de Cristo. No había una sola pulgada cuadrada del todo de la realidad de la cual Jesús no fuera el Señor. Creía eso y amaba creerlo.

Y tenía consecuencias en todo. En las artes, la política, la economía, el trabajo, el estudio, todo –incluso mis relaciones con las chicas. Tuve mis traspiés, especialmente cuando era estudiante (terminé saliéndome de la universidad después de mi segundo año y tomando una educación «extraacadémica» de dos años; una historia que he contado con más detalle en The Fabric of Faithfulness [«La Fábrica de la Fidelidad»]). Pero estaba comprometido en tratar de ser diferente, en tratar por primera vez en mi vida joven de entrar en una relación con las jóvenes mujeres de mi vida sin ningún otro motivo que amarlas sin egoísmo. Dicho en una sola palabra: ser un amigo.

Eso requirió que me arrepintiera del lenguaje que había distorsionado tanto mis relaciones en la adolescencia particularmente la noción que categorizaba a algunas chicas como «amigas» y a otras como «novias». Eran tipos diferentes de chicas; todo mundo sabía eso, y nunca se deberían encontrar las dos.

En su lugar, traté de pensar cristianamente sobre las chicas y sobre la amistad, mis convicciones profundas me llevaron a preguntarme sobre la posibilidad de una «amistad redentora» para ver cómo podría ser creer y comportarse como si la amistad no fuera lo más cercano a lo mejor, después de todo. De hecho, actuar como si fuera el estándar de Dios, Su expectativa, para los hombres y las mujeres solteros –sin importar si tuvieran 20… o 60 años. Conforme empecé a cuestionar más y más mis supuestos culturales –sintiendo la tensión de vivir en el mundo pero no de este– me encontré a mi mismo menos dispuesto a seguir el «juego de la citas» y todo lo que implicaba sobre la exclusividad y la intimidad fuera del matrimonio. Y por más de cinco años viví así. Nunca de forma perfecta, siempre luchando con y por la integridad, pero aún así aprendiendo las virtudes de la amistad.

Lo que ocurrió entre ese compromiso y la decisión cinco años después de comprometerme con una amiga, Meg –mi ahora esposa por 22 años– es otra historia. Nunca tuvimos lo que podría llamarse una «relación de citas». De hecho, durante los años que me salí de la universidad, ella se graduó y se fue a trabajar y a sacar su posgrado en una universidad en otra parte del país. Nuestro contacto era intermitente, aunque sí teníamos respeto y afecto duraderos el uno por el otro. Varios años más tarde empezamos a escribirnos más seriamente lo que terminó es una visita para Navidad. Por primera vez hablamos sobre matrimonio… y una semana después nos comprometimos. Mi padre me escribió una carta en la que muy suavemente me decía: «He estado orando por años para que esperaras a Meg». Y mi madre le dijo a ella: «Hace años empecé a orar para que tú y Steve se encontraran». Sentimos una maravillosa confirmación de nuestro débil esfuerzo por ser amigos fieles de aquellos que nos conocían, en muchas formas, mejor que nosotros a nosotros mismos.

Años después, después de ver muchos matrimonios, buenos y no tan buenos, saludables y no tan saludables, estoy más seguro que nunca de que la amistad es la que marca a los matrimonios que permanecen. El matrimonio resulta ser una larga amistad al final; sorpresa de sorpresas, no es una cita larga, después de todo.

Pero por eso es que me sorprendió tan profundamente esa mañana –comer rosquillas y escuchar a la joven pareja hablar sobre su decisión de casarse. «Fue obvio que estos dos amigos de secundaria se habían enamorado en los últimos diez años… se habían encontrado el uno al otro a través de su amistad profunda. » Hay algo con la amistad, con una amistad redimida, que hace posible que casados y solteros se preocupen sobre las cualidades de la camaradería, compañerismo y la colegialidad, características que sostienen las relaciones siempre y en cualquier lugar. Para decirlo de otra forma, las amistades que están marcadas por el evangelio del reino, formadas por la fidelidad en una visión de mundo informada bíblicamente, son aquellas en que los amigos se preocupan más en servir que en ser servidos. Pensar cristianamente sobre las relaciones comienza, y quizás termina, ahí.

Hay muchas formas de abordar el matrimonio; cada historia es única, incluyendo la nuestra. Pero solo hay una forma para abordar un buen matrimonio, y es a través de la visión y las virtudes de la amistad

fuente:enfoquealafamilia.com

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