UNA FAMILIA EN FORMACIÓN de Salvador Minuchin

La familia es una unidad social que enfrenta una serie de tareas de desarrollo. Estas difieren de acuerdo con los parámetros de las diferencias culturales, pero poseen raíces universales.
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Y el jugo de mi familia es el mismo que el jugo de millones de familias “ordinarias”, puesto que los problemas básicos de mi familia son los mismos que los de millones de familias: se originan en una situación familiar basada en la necesidad de adherir a los principios que constituyen la base de todos los hogares “corrientes”.
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Al comienzo del matrimonio, una joven pareja debe enfrentar un cierto número de tareas. Los esposos deben acomodarse mutuamente en un gran número de pequeñas rutinas. Por ejemplo, deben desarrollar rutinas para acostarse y levantarse aproximadamente a la misma hora. Debe existir una rutina para comer juntos, y para poner y sacar la mesa. Debe existir una rutina para estar desnudo y tener relaciones sexuales, para compartir el baño y para leer el diario del domingo, para mirar televisión y elegir los programas, y para salir a lugares que son del gusto de ambos.

En este proceso de mutua acomodación, la pareja desarrolla una serie de transacciones, formas en que cada esposo estimula y controla la conducta del otro y, a su vez, es influido por la secuencia de conducta anterior. Estas pautas transaccionales constituyen una trama invisible de demandas complementarias que regulan muchas situaciones de la familia.

La pareja también enfrenta la tarea de separarse de cada familia de origen y de negociar una relación diferente con los padres, hermanos y parientes políticos. Las prioridades deben modificarse, ya que los deberes fundamentales de los nuevos esposos conciernen a su matrimonio. Las familias de origen deben aceptar y apoyar esta ruptura.

Del mismo modo, los encuentros con los elementos extrafamiliares -trabajo, deberes y ocios- deben reorganizarse y regularse de un nuevo modo. Se deben adoptar decisiones en lo que concierne al modo en que se permitirá que las demandas del mundo exterior interfieran con la vida de la nueva familia. Cada esposo debe conocer a los amigos del otro y seleccionar a áquellos que serán los amigos de la pareja. Cada cónyuge debe ganar nuevos amigos y perder otros antiguos.

El nacimiento de un niño señala un cambio radical en la organización de la familia. Las funciones de los cónyuges deben diferenciarse para enfrentar a a los requerimientos del niño, de atención y alimento y para encarar las restricciones así impuestas al tiempo de los padres. Por lo general, el compromiso físico y emocional con el niño requiere un cambio en las pautas transaccionales de los cónyuges. En la organización de la familia aparece un nuevo grupo de subsistemas, en el que los niños y los padres tienen diferentes funciones.
Este periodo requiere también de una renegociación de la fronteras con la familia en su conjunto y con los elementos extrafamiliares. Los abuelos, tías y tíos pueden incorporarse para apoyar, orientar u organizar las nuevas funciones en la familia. O la frontera alrededor de la familia nuclear puede fortalecerse.

Los niños se hacen adolescentes y luego adultos. Nuevos hermanos se unen a la familia, o los padres se convierten en abuelos. En diferentes períodos del desarrollo, así, se le requiere a la familia que se adapte y reestructure. Los cambios de la fuerza y productividad relativa de los miembros de la familia requieren acomodaciones continuas, al igual que el cambio general de dependencia de los niños frente a sus padres que se convierte en dependencia de los padres en relación con los hijos. A medida que los hijos abandonan la familia, reaparece la unidad original de marido y mujer, aunque en circunstancias sociales totalmente distintas. La familia debe enfrentar el desafío de cambios tanto internos como externos y mantener, al mismo tiempo, su continuidad, y debe apoyar y estimular el crecimiento de sus miembros mientras se adapta a una sociedad en transición. Estas tareas no son fáciles de encarar.
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La unión de dos personas con la intención de formar una familia, constituye el comienzo formal de una nueva unidad familiar. Pero entre la iniciación formal de una familia y la creación de una unidad viable hay un gran trecho. Una de las tareas que enfrenta la nueva pareja es la negociación de su relación con la familia del cónyuge. Además cada familia de origen debe adaptarse a la separación o separación parcial de uno de sus miembros, la inclusión de un nuevo miembro y la asimilación del subsistema del conyuge en el marco del funcionamiento del sistema familiar. Si las estructuras de las familias de origen instauradas hace mucho tiempo, no se modifican, es posible que lleguen a amenazar el proceso de constitución de una nueva unidad.
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Cuando nace un niño, deben aparecer nuevas funciones. El funcionamiento de una unidad conyugal debe modificarse para enfrentar los requerimientos de la paternidad. En general, el sistema debe efectuar los complejos cambios requeridos para pasar de un sistema de dos a un sistema de tres.
Por lo general, el compromiso de la mujer con una unidad de tres, incluyendo un mayor compromiso con el matrimonio, se inicia con el embarazo. El niño es una realidad para ella mucho antes que para el hombre. Recién en el nacimiento él comienza a sentirse como un padre, y, en algunos casos, incluso más tarde. El hombre puede seguir sin comprometerse mientras la mujer ya se está adaptando a un nuevo nivel de formación familiar.
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La crianza de un niño ofrece múltiples posibilidades para el crecimiento individual y para consolidar el sistema familiar. Al mismo tiempo, es un campo en el que se disputan muchas batallas arduas. A menudo, los conflictos no resueltos entre los esposos son desplazados al área de la crianza del niño debido a que la pareja no puede separar las funciones de padre de las funciones de esposo.

Fragmentos del libro “Familias y terapia familiar” de Salvador Minuchin

fuente:Familiae psicoterapia

Adiccion al reconocimiento

«Los elogios y el reconocimiento me acompañaron durante toda mi infancia. Y, sin darme cuenta, poco a poco se convirtieron en una adicción. “La pequeña Eva recita poesía estupendamente —me decían a los seis años—. ¡Seguro que más adelante hablará en público maravillosamente!”. Y la pequeña Eva aprendió la lección. No había alabanza que le bastara, y cada vez aprendía más poesías, cantaba canciones y se recreaba con el reconocimiento de los demás. Incluso es muy posible que confundiera los elogios con el amor. Pero, en todo caso, eso le marcó la ruta a seguir: rendir y alcanzar logros para ser amada, apropiarse de cosas que le sirvieran de confirmación.
»No tardó en convertirse en un hábito. A la espera de elogios y aplausos, mi conducta empezó a modificarse de forma imperceptible. Desde aquellos inicios casi juguetones, desarrollé, espoleada por el orgullo, una auténtica adicción al reconocimiento. Para sentirme satisfecha, necesitaba realizar un trabajo cada vez más intenso y más adaptado a las expectativas de los demás: fue una lucha que me llevó al borde de la autoliquidación.

»Descubrir el embuste de aquella pauta supuso un proceso largo y doloroso. Hasta que no se acabaron las alabanzas no fui capaz de reconocer la estrategia que estaba adoptando inconscientemente. Por una vez, la pequeña Eva no había cumplido las expectativas de los demás; y entonces la imagen de mí misma quedó destrozada.»

Este relato autobiográfico de Eva Herman nos plantea una interesante cuestión. Hemos de empezar por reconocer que a todos nos importa el reconocimiento de los demás. Y quienes dicen que no les importa en absoluto, probablemente adoptan una pose de suficiencia que delata su propia inseguridad.

En el mundo profesional, político, académico, cultural…, las ansias de alcanzar nuevas cotas de prestigio o de estimación son siempre un riesgo de adicción al reconocimiento. Está claro que no es malo, ni negativo, querer tener un prestigio personal, una buena reputación. Al contrario, es una pretensión lógica y positiva, pues hace mejorar a las personas y al conjunto de la sociedad, y lo contrario, en cambio, nos haría empeorar a unos y otros. Pero no debemos trabajar ni vivir para ser reconocidos, sino para encontrar nuestro camino de mejora personal en servicio a la sociedad en que nos ha tocado vivir.

Todos necesitamos de una cierta aprobación de los demás y, al tiempo, todos necesitamos no depender demasiado de la confirmación de los demás. Somos interdependientes unos de otros. Todos queremos ser saludados, felicitados, solicitados, tenidos en cuenta. Todos necesitamos autonomía y, a la vez, necesitamos del aprecio y del afecto de los demás.

No debemos vivir pendientes de ese reconocimiento, pero sí debemos estar pendientes de reconocer el mérito y la dignidad de los demás. Reconocer el trabajo de los compañeros, jefes o colaboradores. Reconocer el afecto y los desvelos de que somos objeto dentro de la familia, entre nuestros amigos, en nuestro trabajo. Agradecer el reconocimiento que recibimos de los demás sin tomarlo como excusa para esforzarnos menos o para creernos superiores o imprescindibles. Fomentar en nuestro entorno esa dinámica de aprecio, de estima y de gratitud que nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos, y exigirnos más, sean muchas o pocas nuestras cualidades naturales. Una dinámica que no ensalza al mejor dotado para envanecerlo tontamente, ni humilla al que posee menos talento, sino que transmite a todos un deseo de hacer bien las cosas, un sentimiento de seguridad personal, de estímulo para ser mejor. Sentirse reconocido cuando se obra bien es vital para construir una sociedad, pues nos hace sentirnos más comprometidos y rendir más.

Dar reconocimiento es decir lo justo en el momento apropiado. Premiar el esfuerzo y la actitud, no sólo el resultado final. No suelen ser precisos grandes elogios ni recompensas materiales. Muchas veces basta con una sonrisa o unas sencillas palabras de aprecio. Un detalle de atención que expresa nuestra satisfacción, que transmite esa energía que proviene de saberse valorado. Un reconocimiento que no genera adicción, pues no está centrado en el halago personal, sino en el esfuerzo por mejorar y en el sentido de servicio a los demás.

Alfonso Aguiló
fuente:interrogantes.net

Alfonso Aguiló, “Inteligencia maternal”

Durante décadas se ha extendido el tópico de que la maternidad atonta y alela a las mujeres, centrando su vida en un mundo infantil y relegándolas a tareas tediosas y repetitivas. Así lo explica Katherine Ellison, una exitosa periodista de investigación galardonada con el Premio Pulitzer y que considera que todas esas ideas proceden de clichés y trivializaciones que no reflejan la realidad.

En su libro “Inteligencia maternal” muestra, a partir de recientes investigaciones científicas y de su propia experiencia como madre, que, lejos de ese viejo mito, la maternidad contribuye a estimular la inteligencia de las mujeres, al enfrentarlas a nuevos retos y a la necesidad de resolver nuevas situaciones. Su libro, que ha sido un best seller a nivel mundial, está repleto de anécdotas y relatos sobre madres jóvenes que aseguran que la maternidad es un enriquecimiento general para la mujer, acentúa su sensibilidad e incrementa sus capacidades gracias a lo que ha empezado a llamarse inteligencia maternal.

Muchas mujeres son acosadas por reticencias que flotan en el ambiente y que les empujan a postergar la decisión de engendrar un hijo. A su vez, temen que, al ser madres, sufran un declive en sus facultades personales. Está muy presente el tópico de la mujer embarazada agobiada y sensiblera que llora por cualquier tontería, o el de la madre extenuada incapaz de pensar en nada salvo en los horarios de los niños y en la lista de la compra. La angustia que genera esa imagen de la maternidad ha ido en aumento y es sin duda responsable de que muchas mujeres retrasen mucho los embarazos.

Katherine Ellison insiste en primer lugar en el enriquecimiento del repertorio emocional y la gran experiencia que aportan los niños. Remarca también la enorme fuerza natural del vínculo entre madre e hijo como una poderosa fuente de valores para la propia vida de la madre. Contrariamente a lo que ocurre con la amistad o la dedicación profesional, o incluso con el propio matrimonio, el cuidado de un hijo implica una gran capacidad para hacer frente a cualquier desafío, por difícil que este sea, y son desafíos que quizá en otro contexto les harían tirar la toalla pero que ahora les fortalecen y engrandecen como personas.

Hoy también sabemos que el cerebro humano, que antaño se consideraba petrificado en la edad adulta, puede desarrollarse a lo largo de toda la vida en respuesta a nuevos estímulos. Hace unos años, todo parecía indicar que debíamos aceptar el triste destino de ir perdiendo recursos mentales con la madurez, pero ahora sabemos que no paramos de formar nuevas neuronas y nuevas conexiones en respuesta a nuevos apremios. Esto hace que, en contra de la imagen clásica de la madre como víctima del estrés, resulten estar bastante mejor cualificadas para afrontarlo.

Es muy sorprendente la fuerza natural interior que se activa en los padres para que se obre el milagro cotidiano de que cuiden de sus hijos. ¿Qué fuerza casi sobrenatural les impulsa a invertir tal cantidad de energía en atender a un ser vivo que en los primeros estadios de su existencia no hace poco más que comer, llorar y ensuciarse? El sentido personal del confort de los padres se modifica, y viejos paradigmas son reemplazados por otros nuevos que les llevan a volcarse en la preocupación por el bienestar de otro ser humano. Ese compromiso es un factor clave para el desarrollo de cuestiones humanas tan esenciales como el afecto entre las personas, la educación, la transmisión de valores, la sociabilidad y el amor.

El altruismo que despierta y desarrolla la maternidad es uno de los motores más poderosos que sacan adelante cada día a nuestra sociedad. Un altruismo que habitualmente incluye también al padre: la transformación que experimenta un hombre quizá egoísta que se ve de pronto expuesto a un contacto cercano con niños pequeños ha protagonizado el argumento de un sorprendente número de películas producidas por Hollywood en los últimos tiempos. Cuidar de los hijos es una gran fuente de humanidad que nuestro tiempo está empezando a valorar como merece.

fuente: interrogantes.net

¿Cómo crear buenos lectores?

«La búsqueda de conocimiento mediante la lectura debe ser una prioridad y es fundamental estimularla desde la infancia», subraya el mensaje que se difunde con motivo del Día Internacional de la Literatura Infantil y Juvenil, que se celebra el 2 de abril, como complemento al día internacional del libro, el 23 de abril.

Y es que un lector no nace, se hace. Por ello empezar a contarle historias a los niños lo antes posible, incluso al nacer, es el primer paso para crear buenos lectores.
Muy importante también, es el ejemplo que se vive en casa: que los niños vean a los padres y hermanos leyendo es un gran paso para adquirir el hábito de la lectura desde la infancia.

Los especialistas recomiendan que de cero a tres años, la lectura debe ser una rutina diaria de al menos 15 minutos y antes de ir a la cama. Además, compartir lecturas con nuestros hijos es una excelente manera de acercarnos más ellos, conocer mejor su mundo y enriquecer nuestra conversación, creando un espacio de diálogo al que siempre nos gustará volver. Por ello, la lectura debe ser una parte natural de la vida familiar.

Consejos para estimular la lectura

Existen varias acciones que ayudarán a los padres a crear y estimular el hábito de la lectura en sus hijos. He aquí algunos consejos:

Léale en voz alta a cualquier edad.
Dedíquele 15 minutos diarios de lectura.
Escoja un buen momento para leer, en un lugar confortable y sin distracciones.
Léale libros que disfruten juntos.
Respete sus elecciones.
Léale y diviértanse pues querrá repetir la experiencia.
Relea el mismo libro cuantas veces se lo pida.
Hable con él o ella sobre lo que leen, permítale expresar sus gustos y opiniones.
Nárrele cuentos de hadas, de la vida diaria, de la familia.
Lea con él/ella las imágenes: descríbanlas y hablen sobre ellas.
Organice con su hijo su propia biblioteca.
Lea en casa lo que le gusta pues su hijo seguirá su ejemplo.
Lleve a casa diversos materiales de lectura: cuentos, libros de animales, revistas y periódicos.
Visite las bibliotecas con su hijo.
Visite las librerías y permítale comprar libros que él quiera.
Regale libros y anímelo a regalar libros a sus amigos.
Lleve libros a las consultas médicas, viajes largos, etc.
Lea con él/ella recetas, vallas, empaques, instrucciones, noticias de prensa etc.