El riesgo de idolatrar el amor

Ramon Acosta Peso – Master CC Matrimonio y Familia – 3 hijas
Las dificultades del amor pueden llegar a obstaculizar más o menos la excelencia del amor. Pero cuando lo desfiguran en la acción, y la persona actúa llevada por un amor no verdadero, surge una última y terrible dificultad: idolatrar el amor. No se trata aquí de idolatrar la persona amada, pues se es consciente con cierta rapidez de que la otra persona, por muchas cualidades que tenga, jamás podrá ser perfecta totalmente; ni tampoco se trata de idolatrar la experiencia del amor, en cuando único ámbito verdaderamente personal en un mondo complejo y agresivo… Se trata más bien de un extraño intento de justificar con el amor todo lo que la persona realiza, especialmente las equivocaciones, los errores, los pecados. «Lo siento, lo hice porque te amaba». Como si el amor tuviese el poder y la autoridad de un dios, como si el puro sentimiento pudiese dar todo, hacer todo, justificar todo.

Con ello, el ‘sentimiento de amor’ viene asumido como criterio de autenticidad, y, por ello, de todo amor. Para poder valorar moralmente las acciones sería preciso atender si existe un ‘contexto de amor’ adecuado o si se da una cierta ‘intención de amor’.

Es verdad que en el cristianismo el amor asume el valor de criterio último de acción. Pero para ello ha realizado un proceso de purificación del amor, alcanzando una nueva visión de su naturaleza y de la armonía que implica.

Ante este intento de idolatrar del amor, ¡qué contraria es la experiencia de los que verdaderamente aman! Ya que cuando se descubren a sí mismos habiendo perdido el respeto de la persona y usado de ella, no pretenden justificarse, sino que precisamente por el gran amor que la tienen, se inculpan aún más su negligencia. El amor no justifica nada. Todo lo contrario, acusa tremendamente.

El riesgo de confundir el amor con el sentimiento «Ya no siento lo mismo por ti», «se acabó el amor», «deseo volver a sentirme vivo»…, son expresiones frecuentes alegadas para dar término a una relación cuando el amor se reduce a sentimiento. Cuando hablamos de «amor» –de relación interpersonal, de don de sí, de intimidad, de reciprocidad, de irrevocabilidad, de fidelidad— muchos lo terminan entendiendo como sentimiento, afecto, emoción. Para el hombre y la mujer postmodernos la expresión amor se ha ido vaciando de sentido, reduciéndose tan sólo para expresar un sentimiento, mezcla de afecto y deseo, que se enlaza más con un ideal al que todos aspiran alcanzar pero que nadie cree real. De ahí que la dificultad mayor que se observa en muchos de los matrimonios actuales estriba en que los cónyuges interpretan conscientemente su unión como un sentimiento y su amistad como un afecto. No llegan a entender o no quieren entender su misterio, rechazan la conexión del amor con la verdad misma que implica, con la responsabilidad que genera por la persona amada, de modo que todo queda al arbitrio de la sinceridad e intensidad de los sentimientos. Todo es valorado por el sentimiento.

Nadie duda que, en estos casos, la experiencia amorosa posea una dimensión sentimental. La cuestión no es prescindir de esta dimensión, sino, más bien, dejarla hablar en toda su grandeza. Pero el mero sentimiento no es capaz de unir e integrar las distintas dimensiones de la persona, y de ahí que el amor vivido así se viva distorsionado en la pareja. Esta «pareja sentimental» queda frágil y encuentra dificultades para superar los conflictos y el paso de los años de vida en común, de tal manera que el vaivén de los sentimientos se interpreta a menudo como que ya no se aman («Ya no siento lo mismo por ti»; «se acabó el amor»), y de esta inquietud surge la idea de la ruptura («mejor será que lo dejemos y reiniciemos nuestra vida»). Ambos se extrañan del callejón sin salida en el que se encuentran: «Pensaba que te quería», cuando en realidad no tenía más proyecto que el de reflejarse en él: confunden los sentimientos con el amor. Esto es fruto de la des-personalización del amor en manos del emotivismo («sentimos mucho el uno por el otro», «se nos murió el amor»): ya «no me preocupa tanto quién eres» como «qué reacciones despiertas en mí». Eso constituye un auténtico fracaso, se mire por donde se mire.

El «sujeto emotivista» es ‘pasional’ en su vida privada (juzga el mundo de su intimidad en relación al conjunto de los afectos que aparecen a su conciencia: «sentirse bien») y ‘utilitario’ en su vida pública. Es un sujeto débil, incapaz de tomar verdaderas decisiones al encontrarse solo ante ellas, un sujeto en el que crece un vacío entre lo público y lo privado, sin capacidad de unificar esos dos ámbitos de la vida. El resultado es una vida fragmentada, dividida en una serie de compartimientos estancos a los que vincula las distintas emociones que va viviendo en cada momento. El emotivismo actual ha encerrado la vida en la cárcel del instante y reduce su contenido en la emoción que nos despierta una situación determinada en la que nos vemos implicados. Esto le ocurre a la concepción ‘romántica’ del amor, que lo concibe como un acontecimiento espontáneo, fuera del control de la libertad, extraño a la responsabilidad ética de un cuidado y de un trabajo asiduo, y refractario a toda institucionalización. Un amor tal puede vivir sólo en el instante o en la repetición de instantes. El «afectado» vive con tal intensidad este instante que sólo puede justificar su pasividad con frases como: «No he podido resistirlo, me ha seducido», «no puedo hacer nada por evitarlo»; pero con otras elude lo que un verdadero amor implica: «No me supone responsabilidad alguna, no tengo por qué cuidarlo», por tanto es anti-matrimonio institución, basta con «que lo vivamos espontáneamente».

En estas «parejas sentimentales», por consiguiente, será exclusivamente la intensidad lo que mida la verdad propia de su amor. Al poner el acento en el estado afectivo del momento y no en la construcción de una vida, pierden su valor en cuanto promesa de una comunión. Pierden el sentido del tiempo como un elemento positivo del amor y, por el contrario, tienden a eternizar el momento, por lo que es imposible que vean sus propias vidas como la construcción de una historia. Otra consecuencia destructiva de este tipo de amor es que tiende a un prototipo de fusión con el amado, que termina por anular a la persona.

Fuente: boletin de pastoral familiar

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