Silencios amigos y enemigos

Escrito por Diego Ibañez L. / Nº 162
Martes 04 de Agosto de 2009

Aunque parezca contradictorio, el silencio también es un medio de comunicación entre marido y mujer. Por eso, conviene que cada uno deje espacios de silencio al otro.
Muchas personas le temen al silencio como si fuera un adversario del diálogo. Un temor similar experimentan otros a la soledad, como si silencio y soledad fueran sinónimos contrarios al buen humor, la alegría y la buena comunicación. Pero estos temores no son más que signos de inmadurez, como lo demuestran esos adolescentes que se escudan detrás de la música a todo volumen, o se disuelven en el anonimato de las pandillas y hacen cualquier cosa ante el miedo de quedarse solos.

Silencio bueno y silencio malo
El silencio, en sí mismo, no es un fin. Todos conocemos lo duro que es el silencio frío, egoísta, el que calla por comodidad, el que prescinde de los demás porque se tiene como único punto de referencia. Callar, entonces, equivale a no querer escuchar. Más que silencio, parece un ruido en el oído y en el corazón que impide acercarse a los demás.

El silencio bueno es muy diferente. Sin él, es difícil no ser superficial y juzgar las cosas o las personas sólo por sus apariencias. Si no se quiere que haya un extraño o un desconocido dentro de uno, hay que darle espacio al silencio bueno, ese que permite a una persona entrar en su intimidad y aprender a conocerse, a conocer a quién lleva dentro, qué es lo que quiere o hacia donde se encamina.

A los amigos hay que salir a buscarlos: A uno mismo, no
Para conocer bien a alguien, debo tratarlo, acercarme a él y conversar. Sin embargo, para estar con nosotros mismos no tenemos que movernos ni llamarnos.

El yo profundo siempre nos acompaña, aunque tantas veces no nos detenemos en él, porque suele convertirse en un desconocido o un extraño si no penetramos en nuestro interior y si no optamos por tomar decididamente el timón de nuestro barco para no dejar que sólo lo muevan las olas de las circunstancias, de las urgencias, de las llamadas del exterior.

El ruido interior es señal de despersonalización, de anonimato. Las personas se acostumbran a preguntarse habitualmente “¿qué me queda por hacer?” y no responden a otras preguntas más interesantes y decisivas: “¿cómo debo ser?, ¿qué rasgos de mi carácter debo rectificar?, ¿cómo es el trato con mi mujer o con mi marido?, ¿atiendo como debo a cada hijo?, ¿hago bien mi trabajo?, ¿por qué estas reacciones de impaciencia o de tristeza?, ¿cuáles son las causas profundas de mi mal genio?” Preguntas que sólo puedo responder si me doy espacios de silencio para encontrarme conmigo mismo, e intentar hacer las paces y no vivir en una continua contradicción con el que soy o aparento ser.

El respeto a los espacios de silencio del otro en el matrimonio
Para hablar con Dios, de eso se trata la oración, el silencio es el único portero que abre esa puerta. Y ambos deben respetar estos espacios que pertenecen al otro. Se puede rezar en familia, lo que es una señal para todos en una casa de que se tiene un sentido trascendente de la vida; pero las relaciones íntimas con Dios son siempre personales. No se hace un examen de conciencia en común. Y ese hablar con Dios sin ruido de palabras exige espacios de silencio, como también para ponerse de acuerdo con uno mismo. Estar juntos es necesario; hacer cosas juntos es señal de unidad de gustos y aficiones; conversar es imprescindible. Pero para que esa conversación no se limite al ¿cómo lo pasaste? o ¿cuánto te costó?, o hay que arreglar la lavadora, precisa que cada uno se haya dado el regalo del silencio, donde nos encontramos con nuestro modo de ser más profundo y auténtico. Para darse, dicen los que saben, hay que conocerse, porque sólo se da lo que se tiene y no lo que se cree tener.

La cuna de la conversación es el silencio
Las conversaciones que escapan de lo inmediato o de lo urgente sólo nacen del silencio. La amistad entre marido y mujer proviene de que cuando hablan son capaces también de mostrar al otro su intimidad, dándose a conocer y permitiendo que el amor se cultive y se abone. Sólo se ama a quien se conoce, dice una sabia sentencia. Con el paso del tiempo, ambos son capaces además de interpretar no sólo lo que le dicen, sino también lo que el otro calla, porque se saben comprendidos. Basta una mirada y esa mirada dice más que muchas palabras. Los ojos tienen un lenguaje cuya clave hay que conocer. El que sabe callar aprende también a observar y, lo que es fundamental, a escuchar.

Todo esto no significa olvidar que hay silencios de incomunicación, incluso de rechazo; que hay silencios egoístas, que expresan aburrimiento o simple comodidad. El cansancio, qué duda cabe, es proclive a no pronunciar palabra. Pero esos silencios desunen, distancian, y se debe luchar contra ellos.

fuente: hacerfamilia

Deja tu comentario

0 comentarios.

Deja tu comentario


[ Ctrl + Enter ]